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sábado, 30 de noviembre de 2013

FATAL DESCUIDO


Sucedió de repente. Un instante antes o uno después y su vida habría continuado igual. ¿Lo que dura un parpadeo? No, quizá más. Un segundo. Sí, solo eso.
Su vida entera cambió en un escaso segundo.
Agustín levantó la mirada y captó ese segundo mágico en el que la parte superior del bikini de la vecina no consiguió sujetar el bamboleo del contenido y los grandes pechos se desparramaron por la parte inferior.
Vanesa corrigió el descuido tan pronto lo advirtió. Realmente había sido una temeridad intentar salir de la piscina con un impulso, apoyarse en el borde, y ascender rápido. También debía achacarlo a esa idea suya de que nada podía salir mal vistiendo aquel sexy conjunto de baño pero de apariencia endeble.
Se hundió en el agua y ocultó de nuevo sus pechos desnudos bajo la superficie. Luego miró a su alrededor para estar segura de que nadie se había dado cuenta.
Su mirada quedó inmóvil sobre la de su vecino.
Dios. No podía ser. Todos menos él. Ése que siempre la miraba de reojo, ése que no perdía detalle de sus escotes. Ese marrano. Ni siquiera le había visto llegar. La piscina de la comunidad de vecinos estaba casi vacía aquella mañana. ¿Cuándo había llegado? Aunque otra pregunta era más importante.
¿Le había visto? ¿Vio sus tetas?
Agustín no se atrevió a parpadear. Mantuvo la mirada fija en la de su vecina. El cuerpo rígido, el cuello estático. Ella lo miraba desde el agua, tampoco desviaba la vista. Los ojos verdosos clavados en los suyos.
Agustín se sintió privilegiado, único. Pensó que aquel momento podía haberse perdido a menos que él hubiese prestado atención. ¿Cuántos de esos momentos apoteósicos, verdaderas jugarretas del destino, aparecerían al cabo del día? Durarían poco, un segundo a lo sumo. Era como asomarse detrás del escenario, entre bambalinas, viendo los engranajes del destino girar, el discurrir de una vida normal, sin percatarse de esos instantes de felicidad suprema. El volar de una falda que se hincha por el aire, un bulto traicionero bajo la bragueta de un adolescente, el hilo de saliva que humedece un labio inferior, la turbación de unas mejillas por el efecto efímero de una fantasía. Momentos mágicos, irrepetibles.
Vanesa se tumbó en el césped boca abajo. Una suave pendiente permitía que pudiese obtener una vista precisa de su vecino, colocado más arriba, tras el recinto de la piscina. Continuaba sin perderla ojo. Sintió como sus mejillas ardían y las aletas y lóbulos de sus orejas inflamados. Sentía vergüenza. Pero también excitación. Era la emoción de haber mostrado una parte de su anatomía de la que se sentía poco feliz y constatar que, para su desengaño, provocaba el asombro y devoción ajenas.
Agustín había imaginado las tetas de su vecina varias veces. No. Muchas veces. Las había dibujado mentalmente grandes, pues grande era el contorno que provocaba en los vestidos, blusas y camisetas de su dueña. Había esbozado varias localizaciones para las areolas y los pezones sobre la carne, siempre teniendo en cuenta la ligera distorsión anatómica que provocaban los sujetadores. Sin embargo, su color y dimensiones era poco menos que un misterio. Así como la caída de los pechos. ¿Tendría la piel de los senos líneas de bronceado? ¿Algún lunar? ¿Marcas de estrías? ¿Qué formas tendrían los pechos de perfil? ¿Areolas bulbosas o arrugadas al excitarse? ¿Algo de vello alrededor del pezón, de la areola, entre los senos?
Todas las respuestas acababan de ser reveladas.
Llegó un momento en el que Vanesa comenzó a soportar aquella mirada fija en ella. Latente, inmisericorde, glacial. Los ojos continuaban en aquel estado de asombro perenne y ello la hacía sentir a cada segundo más avergonzada. Pero también más excitada. Se sentía sucia y viva a la vez. Era dichosa porque sabía que podía provocar un estado de ensimismamiento al que era imposible sustraerse. Sus tetas. Eran solo sus tetas. Sus mamas, sus pechos. Ni siquiera reparaba en ellos a lo largo del día. Ni siquiera daba importancia al hecho de sentirlos comprimidos entre sí cuando dormía de costado. Solo advertía su presencia, su enorme presencia, cuando necesitaba colocar o quitarse el sujetador, cuando sentía su peso inercial al andar rápido o al correr, cuando notaba el broche del sujetador y los tirantes morder su carne. Eran tetas. Solo un par de tetas grandes que reunirían tres o cuatro quilos del total de su peso. Y, sin embargo, causaban aquel desorden juicioso en la mente del vecino.
Agustín empezó a sentirse estafado. Cabreado. ¿Eran así? ¿Y por qué no como en aquella fantasía que tuvo mientras se masturbaba ayer mismo? No. No, no tenían que ser así. Había imaginado varios tamaños, varias formas. Se había imaginado sosteniéndolas, sorbiendo el pezón oscuro, prieto, erecto. Apretándolas, notando su contenido comprimiéndose. La realidad era dura. Dura y descarnada pues todas sus hipotéticas medidas y tamaños quedaban descartados. Eliminados. Todos menos uno. Y él no las quería así. Las quería más juntas, más llenas, más jugosas, más caídas, más separadas, más levantadas, más de todo. Siempre distintas, siempre cambiantes. ¿Por qué así, sólo así? No, no.
Vanesa no pudo evitar sonreír mientras se colocaba las gafas de sol. De ese modo, resguardándose detrás de un cristal tintado, podía mantener la mirada acusadora de su vecino. Poderosa, omnipotente, se sabía capaz de infundir un estado de tontuna total en la mente de su vecino. Y en la de cualquier hombre. Todos eran iguales. Solo su vecino vio sus tetas salirse del bikini aunque estaba segura de que otros quedarían igual de agilipollados. Todos. Cualquier hombre quedaría sujeto, encadenado a sus tetas. A sus maravillosas y preciosas tetas. Sus divinas tetas, sus gordas tetas.
Jodido. Así se sentía Agustín. Seguro que su polla, la cual intentaba acumular sangre, comprimida entre el cuerpo y el césped, persiguiendo una erección que intentaba mantener a raya sin mucho éxito, no estaba de acuerdo. Pero la verdad era esa. La realidad daba asco. ¿Por qué había tenido que mirar en ese preciso instante? ¿El destino? Si era así, el destino era un hijoputa de los peores. Prefería mil veces no haber sido tan estúpido como para mirar. Ojalá hubiese ocurrido de forma diferente. Ojalá no hubiese mirado. Qué mierda todo.
Aunque el vecino por fin desvió la mirada, Vanesa seguía igual de exultante. Igual de maravillada. Ella seguía mirándole. Fijamente. Por eso, cuando el vecino minutos más tarde se levantó para marchar, pudo atisbar, durante poco menos de un segundo, la imponente erección que ocultaba bajo una toalla que pegaba al vientre. Fue un instante. Un momento pequeño, menos de un segundo. La toalla se abrió y mostró las consecuencias de su descuido anterior. Enorme. Un rabo enorme bajo el bañador. Largo, duro, vertical. La demostración de lo que pueden hacer un simple par de tetas. Al instante sintió como una agradable humedad colmaba el interior de su sexo.
Agustín decidió subir a casa rápido. La vida era una puta mierda. Malditos los descuidos, joder. Mierda todo.

domingo, 14 de julio de 2013

LA TERAPIA



La mujer levantó la mirada de la holo–revista, de la cual si la hubiesen preguntado en ese momento de qué trataba no podría haber respondido, y acompañó a la enfermera a la sala. Ojalá tuviese su saxo a mano para tocar alguna melodía. Era la única forma de relajación que conocía.
–Hola, Mercedes.
Mercedes estrechó la mano del hombre que se levantó tras la mesa para saludarla. Era grande, casi dos metros. Fornido, de piel tostada, mulato quizá, de unos cuarenta o cincuenta años, con una gran barba canosa que parecía extenderse por su barbilla y mandíbulas como un abanico.
–Hola –respondió ella. El apretón de manos era firme  pero suave. La mano del doctor era ridículamente pequeña en comparación con la de ella, mucho más grande. Sus manos eran enormes.
–Bien, Mercedes. Bien, bien, bien –continuó el hombre tras sentarse y ojear el expediente de la mujer. Eran tres hojas garabateadas de escritura pequeña y apretada, sin casi espacios entre las palabas, sin casi altura entre las líneas. Como si algo grande, enorme, gigantesco tuviese que caber dentro de un pequeño, diminuto espacio.
–Esta es tu sesión número 32. Confío en que ya estés empezando a ver resultados –comentó el doctor.
–Ninguno, en realidad. No he notado ningún cambio. Ya lo sabe. La verdad es que no sé qué hago aquí.
El doctor levantó la vista del folio. Se fijó en el enorme y elaborado moño que Mercedes lucía. Su larga melena estaba comprimida con arte en aquel gigantesco moño.
–Los demás pacientes experimentan mejoría en pocas sesiones. No puede ser que tú no hayas experimentado nada, como tú dices.
–Pues es la verdad. Quiero dejar el tratamiento o… lo que sea esto. Prepárame la factura y acabamos con esto ya.
El doctor dejó el folio y, cruzándose de brazos, se echó para atrás en su sillón.
Mujer y hombre se miraron a los ojos durante unos instantes. Sin parpadear, sin mover un músculo de la cara. Ambos mantenían una lucha de orgullo, una lucha de posición.
–De acuerdo. Esta será la última sesión. Terminaremos esta sesión y le prepararé la factura.
La mujer pasó a un rincón de la sala, detrás de un biombo. Fue desnudándose con lentitud, doblando la falda con sumo cuidado, abotonando la blusa vacía sobre la percha para que no se arrugase, plegando sus bragas sobre sí para ocultar la mancha húmeda que había sobre el refuerzo. Dentro de sus enormes manos cabían todas sus prendas. Iba a echar de menos las sesiones por un solo detalle: era el único momento en el que conseguía olvidar el permanente dolor de cabeza y cuello producidos por su enorme cabellera comprimida en el gran moño. Pesaba demasiado.
Se colocó la bata oscura que arrastraba por los pies y salió del biombo para, ayudada por la enfermera, tumbarse sobre la camilla.
La enfermera le pidió que abriese la boca y Mercedes dejó que el instrumento, un objeto de metal y goma parecido a una espátula, descansase entre su paladar y los dientes.
Era un audífono óseo, una novedosa herramienta capaz de trasmitir sonidos al oído interno sin usar el canal ordinario. Su ventaja era que proporcionaba una sensación relajante sin interferir en las orejas, permitiendo que el sujeto siguiese oyendo. Era como tener otro par de orejas.
–Relájese, Mercedes –susurró el doctor a la vez que la enfermera bajaba la luz de la sala poniéndola en penumbra–. El audio subliminal comenzará en unos segundos.
Una suave música ambiental, sonidos del bosque y agua fluyendo entre riachuelos, inundó la sala con un volumen bajo. La sala estaba cubierta en realidad de cientos de altavoces ocultos, de modo que la inmersión acústica era total.
El audífono óseo era el instrumento para inyectar las afirmaciones subliminales. La esencia del tratamiento.
Mercedes dejó que su cuerpo se rindiese a la profunda necesidad de relajación que los sonidos proporcionaban. Sintió como su respiración se volvía lenta, pausada. Entre cada respiración los segundos aumentaban. Los latidos de su corazón se volvieron inapreciables. Su mente se tornó blanca, difusa. La mujer dejó de sentir su cuerpo desde abajo. Primero fueron los pies, que desparecieron como humo. Luego sus piernas y nalgas, que dejaron de tener peso en la camilla. El vientre y su pecho fueron los siguientes, a la vez que los brazos y sus enormes manos. El cuello pareció licuarse y fundirse en la almohada. Al final, su cabeza pareció deshacerse entre volutas llevadas por el viento, olvidando los dolores que su gran moño le causaba.
Solo sentía su sexo. Su vagina. Sus labios. Su clítoris. Sus órganos sexuales parecían flotar en el aire, libres, espectrales. Sentía la sangre fluir por su clítoris, volviéndolo duro como un guijarro. Su vagina se cubrió en el interior de fluidos lubricantes que desbordaban hacia sus labios, donde su entrada parecía secretar una olorosa y transparente baba.
–Ha empezado –murmuró el doctor mirando al monitor conectado a la consola de control–. Ya está dentro.
–¿Es cierto que no obtiene resultados?
El doctor levantó la vista y miró a su enfermera. Le irritó que su subordinada también pusiera en duda los resultados de su tratamiento.
–No, claro que no, que estupidez de pregunta. Es mentira, una sucia mentira. Miente.
–¿Entonces?
–¿Entonces qué? –contestó malhumorado.
–Lo siento, doctor. Es que no entiendo cómo es la única que no mejora. Todas las demás lo hacen. Su terapia es un éxito, tenemos una lista de espera de casi dos años. Los clientes pagan lo que sea, hasta toda su fortuna si usted quisiera. No hay duda de que la terapia funciona…
–¿Pero? –interrumpió el doctor mientras manipulaba los controles de la consola.
–¿Por qué ella sigue igual?
El doctor cerró los ojos unos instantes. También a él le carcomía la duda. Tampoco él sabía la respuesta.
–Ni puta idea. Tampoco me importa, en realidad –mintió.
Tras cargar el programa de control subliminal en la consola y ejecutar las redundancias, se levantó de su silla y se dirigió a la enfermera.
–Prepárate. Tengo ganas de acabar esto cuanto antes.
En realidad el doctor estaba frustrado. Sabía desde las primeras sesiones que la terapia no funcionaba con Mercedes. Había pasado noches en vela tratando de averiguar por qué. Pero la mujer seguía igual.
La enfermera asintió y comenzó a desnudarse. Se quitó la bata y el uniforme. Se despojó de la camiseta, el sujetador y las bragas. Quedó desnuda y se dirigió hacia el instrumental situado sobre una mesita disimulada tras otro biombo. Metió sus piernas en los agujeros del arnés y se abrochó a la cintura el artilugio. Una descomunal verga de látex surgía erecta de su entrepierna. La punta rozaba sus senos. Se apretó el arnés firmemente a las nalgas para impedir que se desplazara. Luego vertió una generosa cantidad de lubricante sobre la verga hasta cubrirla entera. La verga brillaba y el lubricante la hacía brillar como un falo brillante, sobrecogedor.
El doctor, mientras, también se había desnudado por completo. Había alzado las piernas de Mercedes en el aire, sujetándolas por dos cinchas que colgaban del techo. Había desanudado la bata que cubría el cuerpo de Mercedes y la parte superior de su cuerpo desnudo estaba al aire. Del sexo femenino manaba un fluido blanquecino, que teñía el ambiente con su olorosa presencia.
La enfermera se encaramó a la camilla, colocándose a horcajadas bajo el vientre de Mercedes, intentando que la enorme verga que nacía de su entrepierna apuntase a la entrada del coño de la mujer. El doctor también se situó y plegó el extremo inferior de la camilla para tener fácil acceso a su ano.
–¿Estamos listos? –preguntó el doctor con voz monocorde. La verga del doctor era real. No tan gigantesca como la falsa de su enfermera pero también estaba erecta y cubierta de una generosa capa de lubricante.
–Lista –confirmó la enfermera.
Ambos aposentaron sus miembros en la entrada de sus respectivos orificios.
Y empujaron.
El coño y el culo de Mercedes fueron abriéndose al paso lento y cadencioso de los vaivenes controlados de ambas vergas.
La lubricación ayudó a acelerar las penetraciones. La verga de la enfermera expandió la vagina de Mercedes hasta su límite cuando la punta golpeó contra la entrada de la matriz. Un abombamiento en su vientre indicaba con exactitud hasta dónde estaba enterrado el falo de látex. La vejiga se fue vaciando por la extrema compresión, soltando un chorro continuo de pis que fluía mojando la imposible verga falsa y la verdadera del doctor.
También el doctor ejecutaba su parte del proceso. El recto tenía poco espacio para acoger la polla negra del doctor pero, aún así, el anillo fue engullendo la verga poco a poco, sin descanso. El doctor trataba de enterrar su miembro hasta el fondo, usando los muslos de Mercedes como asideros. Notaba la presión de la verga de látex bajo las diferentes capas de tejidos dentro del vientre de Mercedes. Las rugosidades internas del recto, sumado a la presión de la otra gigantesca verga, dificultaban su avance. Pero, por fin, logró enterrar su miembro hasta la base, hasta que su vientre quedó comprimido entre las nalgas de Mercedes por abajo y las nalgas de su enfermera presionando por arriba.
El vientre de Mercedes parecía deforme. Los detalles de la verga de látex se adivinaban bajo la piel, poniendo a prueba la elasticidad de los tejidos humanos. El ombligo de Mercedes parecía hinchado, como el de una embarazada. En realidad, su barriga entera parecía hinchada.
–Diez minutos –comentó el doctor mientras conectaba un cronómetro.
Ambos iniciaron un movimiento sincronizado. Primero se movía la enfermera, que bombeaba su verga descomunal dentro de la vagina de Mercedes. Luego el doctor, dentro del recto.
–Ritmo, ritmo. El ritmo lo es todo –alzó la voz el doctor cuando se dio cuenta de que la enfermera aceleraba sus embestidas–. Mantenga el ritmo, joder.
La música ambiente también estaba sincronizada por las penetraciones y algunos pájaros piaban con cada embestida, así como el salpicar del agua.
El cronómetro sonó.
Ambos suspiraron aliviados. Estaban cubiertos de sudor y sus cuerpos despedían un aroma fuerte. También el de Mercedes.
Poco a poco fueron extrayendo sus respectivas vergas. La enfermera casi pierde pie al bajarse de la camilla; tenía las piernas agarrotadas. El doctor necesitó sentarse en el suelo. Su culo mulato resbaló en el mármol por el sudor. Cada vez le costaba más terminar cada sesión. Y tenía otras cinco más aquel día. Pero las sesiones con Mercedes eran más agotadoras de lo habitual; sabía que no servirían de nada.
El doctor levantó la mirada y vio los enormes agujeros dilatados de Mercedes. Podía ver, sin ayuda de instrumental alguno, la entrada de la matriz y el inicio del intestino grueso.
La enfermera se desabrochó el arnés con dedos agarrotados, para dejar caer la enorme polla al suelo, la cual rebotó varias veces, salpicando a su alrededor con gotitas de lubricante.
–¿Qué será de ella?
El doctor tardó en responder a la pregunta.
–No lo sé. Pero vive dios que hemos hecho todo lo posible.
Mercedes despertó al cabo de unas horas, tendida en una camilla. Aún conservaba dentro de su boca el audífono óseo, conectado a una consola a su lado.
Un rastro de babas unió el aparato con sus labios cuando se lo sacó de la boca.
Tenía su ropa al lado. Su enorme mano la cogió toda a la vez. Se vistió con lentitud. Se sentía relajada y descansada, aunque empezaba a sentir el dolor creciente en su cuello y cabeza por aquel gran moño que tiraba de ella hacia atrás.
Al menos, esta había sido la última sesión.
Cuando estuvo vestida, salió de la sala de descanso y se acercó al mostrador. El escáner retinal leyó sus ojos y un parpadeo sirvió para confirmar el pago del tratamiento.
Del inútil tratamiento.
Llegó a casa unos minutos más tarde. El aerodeslizador autopropulsado no encontró apenas tráfico en la ruta.
Su marido ojeaba el holo-periódico cuando entró en el salón.
–¿Preparada? –preguntó a modo de saludo, tratando de contener la segura decepción que iba a aparecer como en anteriores ocasiones.
–Claro. Cuando quieras.
Ambos se desnudaron en el dormitorio. Él se colocó sobre ella. Apuntó su verga erecta sobre la entrada. Mercedes sintió dolor cuando el glande presionó sin poder entrar. La entrada no se dilataba. La verga seguía sin entrar. Como siempre.
–Sigue sin entrar. Solo conseguiré hacerte daño. Vistámonos, esto es una pérdida de tiempo.
La mujer trató de evitar que las lágrimas no cayesen pero no lo consiguió. El marido la miró duramente.
–Qué pérdida de tiempo. Y de dinero. Lo raro es que todos hablan bien de ese doctor, maldita sea. Yo también fui y mírame ahora: más dura que un palo. Directa al agujero ¿Cómo es posible que tú seas la única?
La mujer se miró el ombligo amoratado.
–¿Y si es por abajo, en cualquiera de estos dos? –preguntó ella, señalándose el coño y el ano dilatados, abiertos, boqueantes.
El hombre negó vehementemente.
–Imposible.
–¿Cómo estás tan seguro? –insistió Mercedes mientras se vestía.
–Algo en mi cabeza me lo dice. Una vocecita.
–Como a mí...
–Entonces, ¿¡por qué no dilatas, joder!?
La mujer no respondió. Se vistió, anduvo hasta otra habitación, se llevó el instrumento a la boca y extrajo una música desafinada y asíncrona. No la importaba no tocar bien el saxo. Era lo único que la aliviaba.


En la consulta, el doctor abrió los ojos y un sudor frío le recorrió la frente y goteó hasta sus sienes.
–Enfermera –llamó con voz trémula.
–Dígame qué lee aquí. Creo que estoy sufriendo una alucinación.
La enfermera entornó los ojos asustada al ver el rostro del doctor pero le hizo caso. Se inclinó sobre el monitor y leyó:
“Texto audio subliminal Mercedes: 1– Disfrutas con el saxo. 2– Tus orificios se ensanchan. 3– Tu moño se ensancha. 4– Tu mano se ensancha.”
–¿Qué opina? –preguntó el doctor.
–Que va siendo hora de que tome esas clases de mecanografía. Cuanto antes. O que pase el corrector ortográfico alguna vez.

martes, 19 de octubre de 2010

INHUMANO

Inhumano, ¿sabes?, creo que esto es inhumano, demencial incluso, Paola. No exageres, Rafa, dijo ella, es solo… mala suerte, creo yo. ¡Y una polla de mala suerte!, bufó él, mala suerte es que el taxi que nos trajo al hotel hubiese pinchado, mala suerte es que nos hubiese tocado una habitación debajo de los cubos de la basura, no, Paola, no, no me digas que es mala suerte, porque esta luna de miel es el colmo de la crueldad, fíjate si estoy harto que hoy, nada más llegar por la mañana, mientras sacabas la ropa de las maletas, me doy cuenta que no he metido la caja de condones en la bolsa de viaje porque no los encuentro, bueno, no importa, me dije, seguro que aquí, en el hotel, se pueden encontrar bien a mano, no seremos los primeros recién casados que se olvidan de traer gomitas, total, que bajo a recepción y le pregunto a la niña que hay detrás de la barra un lugar donde comprar condones y la muy putita, con las tetas desbordando su bikini, me suelta que no tienen, que la máquina está vacía, sí,sí, esa máquina que luego viste en un rincón por la noche al salir, esa, que hace días que, según la putita, debería haber venido un chico para reponerla y ni dios ha aparecido para llenarla de condones, y la digo que qué hago sin condones, que me acabo de casar, que estoy tan caliente que me follaría hasta un caniche, y la putita que no se puede aguantar la risa y se le sale una teta del bikini, uy, dice ella, perdona, no, perdona ni hostias, digo yo, que estoy sin condones y salido total y me sacas una teta, para rematar la jugada, puta, más que puta, y la nena que se le borra la sonrisilla de la cara y me suelta que estoy loco y que hay sido un incidente, un incidente, qué cojones, me rio yo, me cago en la mar salada de los incidentes, nena, le digo yo, como me saques la otra teta te pongo a mirar “pa” Cuenca y me resarzo de la falta de condones, pues que subo como una moto a la habitación y te pillo duchándote y yo con la verga más tiesa que un palo de fregona y me preguntas si me ducho contigo, pues claro que me ducho contigo, te digo, y me quito la ropa y me meto en la ducha, un cuadrángulo amamparado cubierto de vapor donde no se ve nada y que… bueno, Paola, tú sabes, o sea, que me meto con el armatoste armado y me pides que te frote en la espalda y yo, como maridito bien arrimado te froto la espalda con una mano y con la otra te agarro una teta, y tú que me meneas la verga con el culo avivando ardores y yo que te pellizco los pezones y que el jodido vapor me embadurna hasta la sesera y que no puedo más, te digo, y te doy la vuelta como puedo, porque… tú sabes, la puta mampara, y el agua caliente que no ayuda en nada, tú sabes, manando encima nuestro, y que voy a reventar Paola, te suplico, y te acuclillas y te meriendas mi nabo, eso está bien, y empiezo a marearme de lo bien que lo haces, y se me va la cabeza, bueno, se me fue, y me apoyo en el grifo del agua fría y de allí salen cubitos de hielo, joder, saltamos como gamos y yo que pierdo pie y me apoyo en la puñetera mampara, me la llevo por delante, tropiezas y te apoyas en mis piernas y todo el tinglado se viene abajo y menos mal que no era de cristal la puta mampara, Paola, menos mal porque la hostia que me di fue cojonuda, acabo con la espalda destrozada y tú al menos conservas la dignidad, pero yo termino boca arriba como las cucarachas, pero bueno, una anécdota, si tampoco está tan mal, poca cosa fue al final porque llamamos al servicio de habitaciones y nos la arreglaron en un periquete mientras nos íbamos de paseo, de paseo, sí, pero más calientes que dos marranos en celo, que todavía me acuerdo como me pellizcabas el culo, so guarra, que te podrías haber cortado un poco y haberlo hecho por fuera, pero no, la Paola quiere tocar culo y me mete toda la mano dentro del pantalón, no te rías, si hasta me metiste un dedo por el culo, so guarra, no te rías, perra, no te rías que salté como una pulga, pero venga, que entramos en un chiringuito, porque en este puto complejo o “resort” de los huevos no hay otra cosa, encerrados como macacos con pulseritas de colorines, pero oye, que se agradeció sentarse sobre las banquetitas, donde podía apoyar los huevos y poco más de lo pequeñas que eran, y tú que te quedas de pie, ¿no te sientas, cariño?, pregunto inocente, es que no llevo bragas, me confiesas al oído, por dios, Paola, ir con esa faldita sin bragas, menuda puta estabas hecha, no te rías, Paola, no te rías que nos viene el camarero y nos tenemos que marchar porque a la niña le da corte estar de pie, que yo quería esa copita, Paola, que estaba muerto de sed, la necesitaba, joder, que el vapor de la ducha me había escaldado los huevos, pero bueno, hay que ceder, es la vida en pareja, y vamos paseando por la playa y no se me quita una imagen de la cabeza mientras tú sigues pillando culo debajo del pantalón, pedazo guarra, la imagen de tu coño desnudo, aireado debajo de la falda, y me pongo becerro otra vez y, claro, si la polla empitonada tira de un lado y tú tienes la mano en el otra, ahí algo tiene que salir, pero no sale nada y tú sigues provocándome en el culo, Paola, y no puedo más, que algo tiene que salir te digo, que tú me aprietas por detrás y que mi polla inflada aprieta por delante, pues que salga la polla, me dices y te llevo en volandas al cobertizo de los socorristas, por dios que esté abierto, rezo, y está abierto y cierro detrás nuestro y te quito la faldita, me quitas el pantalón y te pongo a cuatro patas, y allí no hay nada, ni bragas ni pelos, pero qué has hecho Paola, lloro de alegría al verte el coño limpito, y me sonríes encogiendo los hombros y te muerdes la lengua, putona, pero aún no sabes que no tengo condones, mi alma, así que trae acá ese culo, jodida marrana, y me aplico en dejarte más limpita si cabe, te endiño la lengua hasta el cogote y sorbo tu coñito afeitado y me sabe a gloria, te lo digo y te lo repito y gimes pidiendo más y más y te saco hasta las entrañas del coño y luego me dirijo al ojete, tu lindo ojete, y te me derrumbas de gusto mientras te lamo el culito mientras mis dedos te llenan la cueva, y me pides más y más y ya no tengo más saliva para embadurnar mi polla y joderte el ojete, Paola, y tu esperas mi nabo perforarte el chumino, pero tengo la boca seca, puto vapor, puto chiringuito, putas bragas, por el coño, me dices sin imaginar que iba directo al otro agujero, ¿pero tú tomas la píldora, mi niña?, te pregunto, ponte un condón, me sueltas y empiezo a llorar como un niño, y te digo que no hay condones, que no los hay en toda el puto “resort”, que no los has traído, me gritas, que no, joder, que no, que estarán todavía en España, y te me pones a llorar y yo también lloro más y más porque no soporto verte llorar y te suelto entre hipos que te puedo dar por culo y te me vienes abajo y rompes a llorar aún más y de repente se abre la puerta y nos pillan en pelotas, llorando como niños, que no hay condones, grito a los socorristas, y nos da igual taparnos que no, porque no hay condones, sigo gritando, pero nos tapan con unas toallas y nos mandan de vuelta a la habitación y de camino mendigo un condón a los curiosos que nos miran compungidos, pero nadie tiene, putos mentirosos, sí que tenéis, malditos desgraciados, no puede ser que seamos la única pareja con ganas de follar, yo os maldigo, les grito, y la recepcionista que nos ve llegar y se asusta y se le sale otra teta y a mí me da algo, Paola, que la puta niña se está riendo de mí, que me saca una teta para joder, que no, me dices, que se le ha salido al vernos llorar, que se asustó, pero que de putilla tiene aires, me confirmas en la habitación, pero si yo solo quiero follar, Paola, solo quiero follarme a mi mujer, o sea, a ti, pero es que no hay gomitas, me respondes, pues por el culo, te pregunto de nuevo, y me plantas una hostia en la mejilla, por mi madre que mi culo sale virgen de este “resort”, me gritas, y yo me derrumbo y me obligaste, tú sabes que me obligaste, Paola, no tenía otra opción y me encierro en el cuarto de baño y me hago una paja, pero aún estoy caliente, y me hago otra y puedo con una tercera porque aún me arden los huevos y tú aporreando la puerta, que me meo, me chillas, por tu madre, Rafa, que me lo hago aquí mismo y te dejo entrar pero yo sigo a lo mío y me tumbo en la bañera mientras voy a por la cuarta y mientras me miras abochornada soltando el pis no puedes evitar tocarte, no me jodas, Paola, y venga a tocarnos, tú en la taza del pis y yo en la bañera, y te pones colorada, y me pongo colorado, y yo venga a darle al nabo, y te restriegas las tetas y terminas por quitarte la ropa y te plantas delante de mí, apuntándome con el coño, ¡putón!, y yo te lamo más y más, y me agarras la cabeza y la entierras en mi coño, se te rilan las piernas, esto es el no parar, pero no hay condones, ¡a la mierda todo!, gritas, me sueltas y te subes encima de mí en la bañera y te metes el nabo hasta el fondo del coño, sin gomita ni gomota ni hostias, qué rico Paola, y follamos como locos, joder, claro que sí, como putos locos, que en esa bañera soltaste más cochinadas que en toda tu vida y, zas, que la bañera se nos revienta en dos, pero qué puta bañera de los cojones es esta, joder, y una tubería estalla y de la raja de la bañera brota agua helada, sí, más helada que la de la ducha, pero de dónde narices sacarán el agua tan fría en el Caribe, me pregunto yo, pero salimos vivos de allí, jodidos pero vivos, y volvemos a llamar al servicio del hotel y nos dicen que es una putada, ya lo creo que es una putada, una putada de habitación con bañeras anti-polvos, joder, pero no hay más habitaciones, cómo que no hay más habitaciones, grito, y mientras tanto, el agua llega hasta la terraza, que no saben cómo cortarla, así que nos mandan a otro resort de la compañía, mira qué majos, pero el taxi que nos lleva pincha, ya ves, y la nueva habitación está debajo de los cubos de la basura, ya ves, pero aquí sí hay condones, ya ves. Ya veo, Rafa, ya veo, pero, ¿se puede saber por qué no estamos follando?, pregunta la mujer. Pues porque acabo de encontrar los putos condones, Paola, no esos que acabo de comprar, no, los que tenía en la puñetera bolsa de mano, que no miré bien, pero ahora déjame dormir, por favor, déjame dormir.