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domingo, 14 de octubre de 2012

VELLO PÚBICO



Mientras los veo ir tomando posiciones, me fijo en  un gran macetero del porche de la casa. El esqueleto de un rosal tiene enganchado, entre sus espinas secas, el pelo artificial de lo que parece la peluca de una muñeca.
Me quedo mirando la maraña de pelo negro. Recojo el pelo y lo amaso entre los dedos. Está seco y tiene el tacto del plástico endeble y quebradizo. No se parece en nada al pelo natural.
Al pelo natural del coño.
Me fascinan los coños poblados. Quizá mi obsesión (porque eso es lo que es, no hace falta mentirse), me venga de pequeño, cuando compartía dormitorio con mi hermana melliza.
Me permito unos instantes para recordar, antes de que se desate la tormenta.
Lucía, mi hermana melliza, me saca siete minutos y ya era una mujer, con todo lo que una mujer debe tener, cuando acabábamos de cumplir la mayoría de edad. Sin embargo, mi físico no revelaba una edad cercana a los 18 años. Parecía haberse estancado mi cara en la ternura de los 12 y mi cuerpo no levantaba más de un metro y poco del suelo. Por aquel entonces no me daba cuenta, pero la enfermedad de la estatura corta se cebaba en mí y amenazaría con limitar mi vida y mi confianza. Sin embargo, recién estrenada la mayoría de edad, mis padres no consideraron necesario apartarnos a Lucía y a mí en dormitorios separados. A ello ayudó el que Lucía jamás se quejase de tener a su hermanito mirándola embobado mientras se cambiaba de bragas. Yo era y siempre sería su hermanito pequeño: tierno, puro, ingenuo e inocente. Tampoco entonces me daba cuenta, pero un cierto retraso mental me impediría madurar hasta los 30. Mientras tanto, yo era el niño mimado, el niño que no crecía. Una especie de Peter Pan retrasado.
El vello púbico de mi hermana se me apareció una mañana. No es que brotase de repente ni que aquel día fuese especial. Ya lo había visto antes. Pero, aquella mañana, mi hermana entró en el dormitorio tras la ducha de la mañana y yo desperté en el preciso momento que la toalla que la cubría caía al suelo.
Y su coño pareció refulgir como un tesoro.
La mata de vello oscuro, brillante, denso y enmarañado surgió entre las brumas de mi despertar. Miraba el coño de mi hermana alucinado, temblando de la emoción. Lucía me miró con una sonrisa cargada de complicidad y se acercó al borde de mi cama, desnuda, ofreciéndome una mejor vista.
No me atreví a tocarlo a pesar de que me lo plantó frente a la cara. Aspiré el limpio aroma del jabón que procedía de su interior. El vello ocultaba su sexo, pero Lucía me abrió su interior. Repartí mis miradas anonadadas entre su cara y su coño abierto, con el asombro y la certeza de estar contemplando un tesoro que muy pocos llegarían a ver. Mi hermana soltó una risa y se mordió la punta de la lengua. El mismo tono rosáceo que surgía de entre los labios de su cara se apreciaba en el de los labios de su coño. Lucía ahuecó su pelvis y levantó las caderas para mostrarme su sexo en todo su piloso esplendor. El vello describía un triángulo perfecto que parecía converger entre la untuosidad de los carrillos del coño, para luego, difuminarse como pelillos dispersos y finos al inicio de los muslos y entre las nalgas, alrededor del agujero fruncido.
Lucía me preguntó si quería tocarle el coño. No dijo «coño», claro, yo sólo era un pequeñajo que abría la boca maravillado. En cierto modo, Lucía me estaba ofreciendo una de las pocas oportunidades, eso creía ella, que tendría en la vida de manosear un coño. Mi enfermedad parecía pasar inadvertida sólo para mí.
Estaba enfermo. Nací enfermo. Y todos lo sabían excepto yo. Todo el que tenía cerca se mostraba muy cariñoso conmigo. Se agachaban y me sonreían. Se acuclillaban pero, aun así, yo era más bajo. Incluso mis amigos del centro especial eran más altos que yo. Y, por ser más altos, yo era el desamparado, el tierno pimpollo, el delicado alelí del barrio.
Quizá por eso a Lucía le sorprendió que comiese de un bocado todo el pelo de su coño que pude apresar. Soltó un pequeño gritito que luego cambió por sonrisa al sentir cosquillas.
Degustando el sabor del pelo de su coño, encontré que no sabía a nada. Era como mascar un vello suave, con cuerpo, rabiosamente caliente. Casi como el relleno de espuma del sofá. Aunque insípido, su textura me cosquilleaba el paladar y los pelillos se me colaban entre las encías.
Lucía me tomó de la cabeza para apartarme cuando mi lengua anegó de saliva su coño. Lamí  la hendidura que brotaba dentro de su pelo rizado. Su risa se desvaneció y la cambió por una respiración grave, intensa. Un aroma oscuro, salvaje, me invadió de repente. Lucía inspiró profundamente.
—Quita, anda. Escupe.
Negué con la cabeza, con la mata de pelo rizado en mi boca. Lamiendo su raja. Mascaba y tragaba su pelo o, al menos, lo intentaba. Lucía comenzó a suspirar. Me enganchó del cabello y tiró de él para separarme de su coño.
—Para, para, ¿no ves que me pongo muy mala?
Abrí la boca y la miré asustado. Me aparté. Estaba haciendo daño a mi hermana, eso me había dicho. Yo no quería causarla daño alguno.
—Lo siento —murmuré sintiendo las lágrimas resbalar por mis mejillas. Mi hermana tenía la cara roja, las mejillas encendidas.
—No, no, no, cosita linda, no, no. No llores, anda, que no ha sido nada.
Me cogió de los mofletes y me besó en la frente y entre los ojos.
—Lo siento —repetí. Me besó en la nariz y en los labios. Me enjugó las lágrimas con sus dedos y me sonrió alegre.
—Mañana, si quieres, te dejo jugar otra vez con mi pelo. Pero no vuelvas a hacerme eso, ¿vale?
Se me ocurrió preguntarla por qué no podía chuparla el coño.
—Porque enfermo de repente, ¿no has visto? Me entra fiebre y tiemblo toda entera.
Abrí los ojos, asustado. No pensé que las mujeres tuviesen una debilidad así en el cuerpo. Lo sentía por ellas.
Al día siguiente, tras mascar el pelo con cuidado, sin tirar de él ni ensalivar el coño para no hacer enfermar a mi hermana, la pregunté si todas las mujeres sufrían aquella suerte desdichada de tener entre las piernas esa funesta debilidad. Asintió con la cabeza mientras hundía sus dedos delicadamente entre mi pelo, acariciando mis orejas. «¿Incluso mamá?», pregunté. Asintió de nuevo.
—Pero no nos gusta hablar del secreto. Si yo te lo he contado es porque eres especial, muy especial. Es el secreto de las mujeres. Ningún hombre lo sabe, pero tú sí, porque eres especial. No se lo cuentes a nadie, ¿vale? Ni tampoco lo que tú y yo hacemos juntos.
Sonreí y la prometí no revelar jamás el secreto de las mujeres a nadie.
Tiempo después, cuando Lucía dejó los estudios y quedó preñada del que sería su proxeneta, le perdí la pista. Nuestros padres vivían su vejez en una residencia, enganchados todo el día a tubos y manguitos, a pastillas y papillas. Lucía cuidaba de su hija, mi sobrina, mientras los clientes usaban su cuerpo como se usa un trapo de cocina: para cualquier cosa.
Mis compañeros me hicieron la señal. Dejé la maraña de pelo de la peluca de la muñeca sobre el rosal y entré en la casa. Era hora de volver a ver a mi hermana.
Hablé primero con mi cuñado, que esperaba sentado junto a la puerta, todavía colocado. Me miró de arriba a abajo y rió feliz. No nos conocíamos. Mi hermana tampoco pareció haberle hablado de mí. Me preguntó qué buscaba y le contesté que una mamada y un polvo. Pagué la tarifa y así pude pasar al interior.
Me encontré a Lucía abierta de piernas, tumbada en un sofá destartalado (igual que la casa, igual que su marido, igual que su vida), con la falda arremangada y la mugre instalada entre las uñas de sus dedos. Se estaba calentando una dosis de caballo mientras murmuraba para sí incoherencias. La luz se filtraba en regueros suaves, procedentes de los agujeros de los periódicos que tapiaban las ventanas.
Mi sobrina reía alegre en la habitación de al lado, viendo los dibujos animados.
Mi hermana no me reconoció o quizá iba también tan colocada que la vista no le funcionaba. Además, estaba ocupada tratando de avivar el caldo de caballo en la cuchara para fumarlo.
—¿Qué quieres que te haga? ¿Prefieres el coño o el culo?
Gruñí asqueado.
Lucía no atinaba a calentar la cuchara con el mechero y la llama lamía alegre la piel moteada de sus dedos.
—Conozco el secreto de las mujeres —dije en voz baja.
Tardó en comprender. Me miró con el miedo instalado en sus ojos opacos. Posó en el suelo la cuchara que todavía contenía la heroína sin calentar. Nos miramos durante unos segundos en silencio. Lucía tenía el sexo descuidado y demacrado. No le gustó que la viese el coño sucio. Se lo quiso tapar bajándose la falda pero la coordinación de sus dedos no era precisa ni fiable. Estalló en un lloriqueo quejumbroso, mostrando dos hileras de dientes desparejos (ausentes la mayoría).
Quiso levantarse pero las piernas no la sostuvieron: cayó al suelo y se arrastró hacia mí, llorando.
Esquivé los dedos de mi hermana y rodeé la habitación de paredes desportilladas para sentarme junto a mi sobrina en el sofá.
Era una rubiales de ojos grandes, de unos cinco años, con una mirada ingenua y vivaz; me recordó a alguien, muchos años atrás. Tenía la misma estatura que yo. Nos presentamos. Me tomó por un amigo.
Antes de que su madre rompiese a gritar y a llorar, al poco de entrar la policía, tapé las orejas de mi sobrina con las manos. Ajenos a todo, continuamos viendo los dibujos animados. El marido sacó una escopeta. El fuego cruzado atronó la casa con susurros de lamento. Un trozo de yeso pasó zumbando por encima de mi cabeza.
La pequeña se daría cuenta de algo ocurría tras de nosotros porque quiso volverse. Se lo impedí, con las manos en su cabeza, ocultando sus orejas. Me miró con curiosidad, como si me preguntase con la mirada qué ocurría en la habitación vecina. Negué con la cabeza.
La besé en la frente, nos giramos hacia la televisión y recé para que mis compañeros terminasen cuanto antes.
Todavía no sabía qué hacer con mi hermana ni con el desgraciado de su marido. Si es que aún vivían. Quizá fuese mejor empapelarlos y que gastasen lo que les quedase de su mísera vida entre barrotes. Todavía no lo tenía claro. Ahora, mi mayor preocupación era la pequeña que insistía con terror creciente en la mirada en saber qué jaleo era aquel que había montado detrás de nosotros.

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