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sábado, 10 de marzo de 2012

¿Quieres dotar a tu relato de un encanto especial? -El escenario-


¿Quieres dotar a tu relato de un encanto especial? -El escenario-

Empiezo una serie de entradas en el blog sobre los detalles que caracterizan a un buen relato de uno excelente.

Supongamos que terminas tu relato. Es fantástico, piensas mientras lo relees, me encanta. Pero, y lanzas un suspiro, me falta algo. Hay algo que no cuadra, le falta chispa, le falta ese toque.
A lo peor, concluyes, todo es una mierda.
Vale, no nos agobiemos.
Hagamos un repaso:

Escenario

¿Está someramente descrito o sobran detalles por todos los lados? El escenario de un relato, por regla general, no debe ocupar en su descripción más que el espacio justo, las palabras exactas. Si quieres que el tragaluz de una buhardilla muestre una luz cenital que será importante para dar color al relato y que servirá para el argumento, ponlo. Si la buhardilla no será más que un lugar de paso, ni siquiera hará falta que describas su contenido. Recuerda: cuando dices buhardilla todos nos formamos una imagen. Y con eso basta si no necesitas más.
No detalles más de lo imprescindible. Solo lo que sirva. Nada más. Tienes que jugar con lo que el lector sabe. Y con lo que no sabe, pero debe conocer.
Un ejemplo:
Cuando decimos “mar”, todos sabemos qué es. Si quieres, sin embargo, un mar embravecido, tendrás que describir cómo de revuelto está o, Y ESTA ES LA CLAVE, que efectos produce en el personaje o en un objeto. Observa:
“El mar estaba revuelto, olas de considerable tamaño se alzaban ayudadas por el viento, que era frío e indomable”.
Compáralo con:
“El mar revuelto zarandeaba nuestra barca, propinando golpes peligrosos, eliminando cualquier estabilidad. Tenía miedo de caer al agua. El viento, además, azotaba mi cara con bofetadas de espuma, saladas y frías”.
Seguro que ahora lo ves todo más claro, ¿a que sí?

En la próxima entrada del blog miraremos cómo están los personajes.

miércoles, 6 de octubre de 2010

PARA ESCRIBIR RELATOS ERÓTICOS

Surge esta guía para intentar suplir las carencias que, considero, aparecen con demasiada frecuencia en los relatos publicados en la web de TR. Sin embargo se podrían aplicar a cualquier tipo de escrito, salvando las distancias.
Lo primero, lo más importante, para escribir relatos eróticos (o pornográficos, quién sabe dónde está la diferencia) es escribir con la cabeza y no con la polla (o el clítoris). Parece un chiste, pero está lejos de serlo. Hay que olvidar, mientras se escribe, todos esos calores que te entran al transcribir aquella idea o recuerdo que te martiriza y te enciende la libido. Hay que ser profesionales; escribir erótica es lo mismo que escribir aventuras, suspense, etc. No creas que por teclear con ese deseo calenturiento anidando en la entrepierna vas a poder transmitir a tu escrito ese deseo. No, amigo/a, no. Me viene a la cabeza la imagen de un escritor haciéndose una paja con una mano mientras con la otra va tecleando a trompicones, loco por expresar su orgasmo por medio de palabras. O una cosa o la otra, señores; hazte la paja antes o después de escribir, pero mantén el pajarito (o la pepita) escondido mientras tecleas o, te aseguro, saldrá una mierda tan grande como indigerible.
Y, no obstante, tu escrito tiene que expresar esa idea que te atormenta. ¿Qué cómo se hace?, pues con arte, mi amigo, con puro arte. Parece fácil, pero ya habrás intuido que no lo es. Te contaré como lo hago yo, ten en cuenta que en esto de escribir no hay reglas. Mis relatos suelen empezar con una imagen, una escena, un cúmulo de escenas o, simplemente, una idea. Es mala cosa empezar el relato con un personaje, alrededor del cual surgen las situaciones, sobre todo porque las nenas esculturales y cachondas o las tímidas y huidizas ya están retratadas, siento decirlo, de todas las maneras posibles. No intentes crear a alguien nuevo, especial, arrebatador, porque ya está inventado, te lo aseguro. ¿Tú crees que, entre los cuarenta y pico mil relatos que hay en la web, aún no se ha creado nada parecido a lo que estás pensando? Es simple estadística. Ahora bien, el cómo actúa un personaje ante una determinada situación, como se desarrolla y crece su personalidad (o muta) ante los hechos que se le presentan… ay, amigo, ahí está la gracia del asunto.
Alrededor, por ejemplo, de esa imagen, escena, etc, es de donde surgen las preguntas, las preguntas que deben hacerse los lectores y que hacen tejer un relato que atrape o que al menos sea grato de leer. Las preguntas que te harán parir la trama. Supongamos que nos viene a la imagen un cuarto pequeño, amueblado con enseres antiguos, objetos de antaño, madera oscura, arañada, deslucida; una mesa camilla en el centro, con un tapete de ganchillo. Alrededor de la mesa cuatro ancianas juegan a las cartas; rostros arrugados, concentración absoluta mientras se trasiegan copitas de anís o chinchón y van echando las cartas jugando a la brisca mientras despellejan a sus vecinas o familiares con comentarios hirientes, de esos que solo la edad sabe sacar toda la iniquidad y mala leche. Un reloj carrillón da las seis y un gato maúlla desperezándose en una esquina. Quizá, pensando en un relato erótico, te venga a la cabeza una situación típica: detrás de las ancianas, un hombre y una mujer, con un delantal por única ropa, con la cofia de ella y la pajarita de él como muestras en su vestuario de su servilismo, esperan inmutables, como dos estatuas, el devenir de los acontecimientos. ¿Por qué están desnudos? ¿A qué aguardan? ¿Por qué no les importa mostrar sus vergüenzas? Seguro que te surgen más interrogantes. Las respuestas son las que te dan el camino a seguir para escribir el relato. Y esas respuestas motivarán más interrogantes: ¿cómo ha llegado a esa situación la pareja? ¿Qué ocurrirá después? Si te cuesta encontrar más preguntas o pergeñar las respuestas es debido a dos motivos: tienes poca imaginación, y por lo tanto, siendo franco, mejor será que, por ahora, te dediques a otra cosa que a escribir. También puede ser debido a que tu método de extracción de ideas sea otro, perfecto en ese caso.
Vale, bien, tienes historia. Una historia más o menos hilvanada, con los suficientes cabos sueltos aquí y allá para que tú mismo vayas descubriendo los detalles y te incentiven durante la escritura. Y ahora, ¿cómo la cuentas? Pues poco a poco, poniendo palabra tras palabra. Pero antes, detente, no sigas. Te falta lo fundamental, aquello que puede convertir tu relato en algo interesante de leer a algo imprescindible de leer. Ritmo. Sí, ritmo, como en las canciones. Puede ser pausado, lento, con situaciones y escenarios descritos con detalle y mimo. O rápido, electrizante, sin que te deje respirar. Puedes combinarlos si quieres, no tienes porqué limitarte a un solo registro rítmico. Ritmos lentos se consiguen con frases largas, palabras masticadas, difíciles de digerir, descripciones detallistas cargadas de opiniones y preñadas de sentimentalismo y hondura. Ritmos rápidos aparecen con diálogos cortantes, acciones furiosas, párrafos de pocas palabras, un devenir continuo de contradicciones y mareantes subidas y bajadas, como en una montaña rusa.
Cuando escribas, por favor, no lo cuentes. Dilo. Aprecia la diferencia con este ejemplo.
“Alfredo estaba furioso con Ana. Se sentía abochornado y dolido ante lo que estaba escuchando. Un cornudo, eso era, un puñetero cornudo. Y la muy puta quería que la perdonase. No hay derecho, pensó, esto exige un resarcimiento descomunal. Ahora vas a ver, rió para sí.”
Esto no, señores, esto no. Si solo sabes contarlo así, matas todo el encanto de la escena. ¿No puedes imaginarte la situación, intuir el diálogo, dejar que sea el lector quien adivine, a través de tus palabras escritas la escena, los sentimientos, los pensamientos? Deja que sea él quien lea, guiado por tus palabras (aunque solo le muestres un camino posible, como un corderillo) de lo que quieres expresar. Deja que el lector imagine. Por ejemplo así:
“El hombre se sentó con el cuerpo rígido en el sofá, las manos en las rodillas, los dedos tensos clavados en las rotulas, la mirada fija en la pared, dejando que aquella sensación de odio le embargase.
—¿Me perdonas, Alfredo? —preguntó Ana con un hilo de voz, sentándose a su lado. Intentó tomar entre sus manos una de las de su novio, pero no le fue posible. Estaban unidas con firmeza a las rodillas.
Alfredo apretó los labios, permitiendo que sus mandíbulas rechinasen en el interior de su boca, consintiendo que la respiración entrecortada se adueñase de su pecho. Los dedos de su novia estaban tibios al contacto con su mano. Tibios no, fríos, pensó, tan fríos como ella. Pero así de frío debía mostrarse él, argumentó, más frío aún.
—Perdonarte. Eso me pides, Ana —repitió Alfredo mirando a los ojos de su novia. Ni siquiera esos ojos azulados, pensó amargado, están cubiertos de lágrimas. Ni siquiera muestran un arrepentimiento genuino. No, no lo hacen ahora, pendón de los cojones, se dijo para sí, pero lo harán, puta, te juro que lo harán. Esos ojos tuyos tan lindos van a suplicar, sí, ya lo verás.”
Un párrafo convertido en cuatro, más largo, sí. Más complicado de escribir, sí. Menos adjetivos, sí. Más ambiguo, sí. Pero, ¿te gusta escribir? ¿Te has imaginado la situación, la tensión entre ambas personas? ¿Has intuido de va el asunto, porqué viene motivado el enfado de él? Si eres capaz de sacar eso, de vomitar ese alud de sentimientos, continúa escribiendo. Si no… ya sabes la respuesta, lo siento.
Este corto escrito, resumido, sería así: escribe con cabeza. Las situaciones mandan, no los personajes. Imprime un ritmo al relato. Cuéntalo, no te conformes con decirlo.
A estos pequeños consejos, añade uno bien grande. Lee. Pero lee mucho, y si no es erótica, tanto mejor. Y no leas los relatos de la web, no. Lee libros de verdad, impresos en hojas o en formato electrónico, pero libros de verdad. Adquiere vocabulario, busca nuevas formas de expresar aquello que retienes, aquello que te impulsa a escribir. No hay nada de malo en escribir pensando o imitando a un escritor consagrado (que no publicado). No serás el primero que lo hace.
Por último, ¿qué historia se te ha ocurrido en torno a las ancianas en su mesa-camilla tras las cuales esperan esa pareja desnuda? ¿Ahora sí? Pues, venga, dale a la tecla, joder, ya estás tardando.

lunes, 10 de mayo de 2010

¿CÓMO ESCRIBO?



Bueno, antes de nada, explicaros que cada maestrillo tiene su librillo, y el mío, mejor o peor, es éste.
La tarea de escribir no la concibo sino como un auto-descubrimiento. Quiero participar, al igual que el lector, de la magia de ir avanzando y encontrando un mundo inexplorado y nuevo. Es por eso que, habitualmente, sólo tengo una vaga idea de cómo espero que fluyan las cosas. Una pequeña guía me basta. A partir de ahí, al igual que un ovillo bajo una rueca, voy desmadejando el texto. Y éste, no siempre discurre por donde quiero.
Se podría decir, utilizando un símil, que parto de las espinas del pescado y voy construyendo el pez. Pero no sé qué tipo de pez aparecerá.
Esto, no pocas veces, me ha traído algunos disgustos y otros tantos quebraderos de cabeza. El principal: llegar a un punto muerto sin saber cómo continuar. Es en estos casos cuando me lamento de mi estilo de escritura. Pero es también, cuando me hallo en estos atolladeros, cuando elucubro una forma de continuar que no se me había ocurrido. ¿Magia? No. Es darle al tarro y pensar, pensar y pensar.
Cuando creo que la trama decae, suelo darle un giro inesperado, ponerlo todo patas arriba, formarme un nuevo obstáculo y preguntarme ¿cómo salgo ahora de ésta?
En cuanto a los personajes, me gusta describirlos hasta cierto punto, definiéndolos con el detalle suficiente para que el lector pueda hacerse una idea correcta de mi visión del personaje, pero dejando una cierta amplitud de interpretación que, creo, es la base para poder crear un personaje convincente y único. Sobre todo, suelo dotarles de algunos defectos, físicos o de comportamiento, que impiden que la fantasía de la aburrida perfección vuele sobre ellos.
Una vez que he acabado el borrador de la historia, llega el proceso mecánico y milagroso de la revisión. Mecánico porque hay que ir corrigiendo faltas de ortografía o gramática, sustituyendo adjetivos y adverbios repetidos o malsonantes por otros más “inspirados”, intentando no destruir el espíritu de la historia. Milagroso porque suelo encontrar agujeros en el escrito que me permiten ahondar y mejorar aún más en una descripción o un diálogo.
Por supuesto, los diálogos deben ser creíbles y fáciles de entender. Deben hacer avanzar la historia y atenerse al viejo dicho de “no me lo cuentes, muéstramelo”. Permiten, además, hacer ver cómo es un personaje con el lenguaje que utiliza y sus muletillas.
¿Qué os parece mi forma de parir relatos? ¿Cuáles tenéis vosotros?

sábado, 8 de mayo de 2010

¿POR QUÉ ESCRIBO?



Porque me aburre esta vida insulsa y malsana. Porque me hubiese gustado ser otra persona, en otro lugar, en otra época.
Pero soy quien soy. Y me gusta como soy.
Pero hay veces que no me basta con saberme quién soy. Quiero ser más personas, vivir algo que jamás viviré, ser un hombre, ser otra mujer.
Y porque estoy hasta los huevos de la hipocresía social.
¿Qué me queda tras un día al venir del trabajo? Solo mi imaginación y yo. Las dos juntas. Algo haremos, que no quepa duda.