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domingo, 8 de diciembre de 2013

EL DESTINO SE EQUIVOCA




Conservo vagos recuerdos de mi hermana Carlota.
Quizá, si la memoria no me falla, lo cual sería comprensible tras los casi 15 años de distancia, el recuerdo más intenso es su risa. Una risa alegre, jovial. Carcajadas de felicidad inmensa. Ninguna imagen. Solo la música de su risa.
Ahora, mientras espero en el altar, me giro hacia atrás y la veo cerca, en la primera fila de bancos, con una sonrisa grande, espléndida. No me parece mi hermana. ¿Qué me une a ella? Mis padres, claro. Pero es un enlace sanguíneo, algo físico, y no está sustentado por una vida común. Es una desconocida total y la única prueba tangible de que es mi hermana es su gran parecido físico con el mío.
—Estoy muy contento de veros aquí. Es, creo, lo segundo más bonito que ocurrirá hoy.
A mi lado, mi madre actuando como madrina, otra gran desconocida, me mira y trata de contener las lágrimas para, al final, abandonar una empresa tan inútil y gemir y abrazarme y besarme en la cara.
—Y nosotras, cariño. Siempre te hemos querido. No sabes cuánto tiempo he tenido que esperar para que ocurriese algo así. Tenerte a mi lado. Abrazarte. Vos es lo más…
—Mamá, no sigas… que soy de lágrima fácil.
Intenta sobreponerse y se aplica ligeros toques con un pañuelo sobre los párpados para no estropear su maquillaje.
—Tu padre…
—Sí, lo sé —murmuro mientras aprieto los dientes.
La ira empieza a manifestarse. Está repleta de imágenes grises, oscuras. Imágenes de venganza y odio. Cuánto daño puede hacer la venganza.
De repente, la música de la entrada nupcial comienza y me digo que no es momento de tener sentimientos tan negros.
Y menos en el día de mi boda.
Me vuelvo y contemplo extasiado a mi novia Teresa avanzar por el pasillo central de la iglesia.
Todos se giran para ver a mi futura mujer. Amigos, su familia y la poca mía que ha venido. El padre de Teresa avanza con paso débil. Parece que fuese ella quien le sostuviese del brazo y no al revés.
Sin embargo, no tengo tiempo ni ganas de mirar a nadie más que a mi Teresa. Elegante y preciosa, vestida de blanco y arrastrando una cola que sus sobrinas de pocos años intentan sin éxito levantar del suelo. Tampoco ella dedica mucho tiempo a mirar a los invitados. Solo tiene ojos para mí y viceversa.
¿Quién diría que, a estas alturas del enlace, sintiese un nudo tan grande en el estómago al verla tan guapa?
Entre las ideas más recurrentes que se me agolpan en la cabeza, algunas son evidentes: ¿Por qué me ha elegido? ¿Qué he hecho para que una mujer tan bella quiera casarse conmigo? ¿Por qué me siento el hombre más afortunado del mundo?
—Hola, cariño —me dice cuando llega a mi lado.
Aprieto los labios, intentando contener el raudal de sentimientos que se me agolpan en forma de lágrimas. Mi madre me coge de la mano y me transmite ánimos.
—Este niño siempre a sido muy llorón —me excusa ante Teresa.
—Pues que alegre esa cara si no quiere que me ponga a llorar también y nos casemos entre lloros.
Asiento con más entereza de la que poseo y beso en la mejilla a Teresa.
—Hazlo por mí, Felipe —me susurra mientras me toma del cuello—. Son solo unas horas. Es el día más feliz de mi vida. Quiero recordarlo siempre con lágrimas y felicidad. Pero no ahora.
Me muerdo los labios y asiento de nuevo. Al final no tengo más remedio que abrazarla tan fuerte como puedo. El gesto la coge desprevenida y me ríe dichosa.
—Te quiero —respondo débilmente.
Ella murmura algo pero en ese momento sorbo por la nariz y no la oigo.
Me giro hacia los invitados antes de que los cuatro tomemos asiento en el altar.
Al fondo están mis amigos y compañeros del trabajo. Uno de ellos levanta el brazo y grita que vivan los novios.
La iglesia entera responde al unísono en un ensordecedor coro.
Mi último vistazo es para Carlota. En una esquina, muy cerca, junto a la familia de mi novia. Se han caído bien. Las han acogido como si fuesen refugiadas.
—Mi hermana está sola. No conoce a nadie.
—Vos estás bien. Tu hermana está bien. No pensés en ella, pensá en Teresa —responde mi madre con sequedad. Me sobresalto al escucharla pues pensé que mis palabras eran solo un pensamiento.
Teresa me coge de la mano y hago caso a mi madre.
El sacerdote se acerca al micrófono y empieza la ceremonia.
—Hijos míos, nos hemos reunido hoy aquí…

### 


—Sos ve lindo.
Sonrío y asiento agradecido.
Tengo los dedos entrecruzados pues no sé que hacer con mis manos. Cerca, se oye la música agradable de una sonata interpretada por un cuarteto subido a una tarima en una esquina del jardín donde esperamos al convite.
—Tú también. La verdad es que no pareces mi hermana. Eres muy guapa.
Carlota ríe ante la ocurrencia. Varios recuerdos se agolpan al escuchar su risa. Es cierto que no parece mi hermana pero ríe como ella.
—¿Y qué parezco, entonces? ¿Una extraña? ¿Una pimpolla que se ha colado en tu boda?
Chasqueo la lengua y tardo unos segundos en contestar.
—No tengo más recuerdos tuyos que la música de tu risa.
—Curioso que vos digas eso. De mi hermanito tampoco recuerdo mucho excepto sus lloros.
Estamos sentados juntos en un banco de piedra. Detrás nuestro una fuente deja caer hilos de agua por varios caños produciendo un sonido de gorgoteo relajante. Estamos sentados muy juntos, cadera con cadera, hombro con hombro. Siento el calor que emana de su cuerpo y aspiro el aroma de su perfume.
Nuestra cercanía se me antoja incómoda en ocasiones y natural en otras. Supone una intimidad y confianza que no he tenido tiempo de asumir en las poco más de diez horas desde que nos hemos visto por primera vez, como quien dice. Carlota luce un palabra de honor de un rosa pastel, entallado y de falda hasta la rodilla, dejando a la vista unos hombros redondeados y de tacto seguramente suave. Tiene recogido su cabello castaño en un moño complicado y elegante que hace resaltar sus mechas claras. La sombra de ojos oscura destaca el blanco de sus ojos y el pintalabios de un rosa intenso envuelve sus labios con una cobertura jugosa.
—Creo que me miras como no debieras, hermanito.
Trago saliva y sonrío incómodo. Me aparto de ella lo justo para que nuestros cuerpos ya no se toquen.
—Qué cabrón mi padre, ¿no? —digo para romper el silencio que cada vez se vuelve más incómodo entre nosotros.
Carlota bufa con un asentimiento y hace ademán de sacar un paquete de cigarrillos de su bolso. Pero parece pensarlo mejor y, tras echar un vistazo al resto de invitados tras los arbustos y no ver a ninguno fumando, vuelve a guardar el paquete.
—Sin problema, por favor —la animo, sabiendo que así conseguiré que se sienta más confiada.
Enciende el cigarrillo.
—Tu padre no fue un boludo. Fue un hijo de puta. Me avergüenza decir esto en tu boda pero me alegro de que haya muerto. Bueno, me da bronca pero vos sacás el tema, luego no te quejes.
Trago saliva y la animo a continuar mientras la miro. Detrás nuestro la fuente sigue descargando el agua en chorros lentos y cantarines.
—¿Un pucho?
Me tiende el cigarrillo. No debería pero entiendo que así conseguiré mayor complicidad. Aunque pienso que quizá ya haya demasiada.
Me pasa el suyo y se enciende otro para ella. El filtro está ligeramente húmedo de su saliva. Su pintalabios sabe a cereza azucarada.
De ese modo, consigo la versión oscura y prohibida —y quizá la verdadera— de lo que ocurrió hace tantos años.
Mi padre perdió el interés por mi madre a los pocos años de mi nacimiento. Buscó su felicidad en los brazos de otras mujeres y terminó por envolver su matrimonio en una red de mentiras, infidelidades y desagravios. Mi madre, que no tenía un pelo de tonta, lo consintió esperando que recapacitase, sobre todo por nosotros dos. Pero él nunca quiso mirar atrás. Las discusiones llegaron de repente cuando mi madre gritó basta.
En la interpretación que conocía, mi padre no tuvo más remedio que dejar marchar a mi madre, la cual había conocido a un argentino adulador, igual de guarro que ella, para al final llevarse a mi hermana a otro país a traición. Nunca más se supo de ellas. Nunca me quiso, jamás tuvo la menor intención de verme crecer ni de arreglar su matrimonio.
En esta otra versión, mi padre golpeaba a mi madre. Cansada y derrotada, humillada y apaleada, mi madre quiso llevarnos lejos pero mi padre consiguió la custodia gracias a una imaginativa perorata ante el juez encargado del divorcio. Ayudaron también sus influencias en el partido. Mi madre huyó con nosotros fuera. En el último instante, en la terminal aérea, mi padre consiguió retenerme. Lo mismo habría hecho con Carlota si mi madre no hubiese corrido con ella en volandas.
—Todos los días habla de vos, ¿comprendés? Murmura incoherencias mientras manosea fotos que han perdido el color y las esquinas. Jamás se perdonó el dejarte aquí.
—Os arriesgabais a lo peor al volver —comenté al imaginar que al pisar suelo español, mi madre y mi hermana estarían sujetas a las leyes españolas—. Pero, cuando cumpliste los 18…
—Para entonces la Argentina era mi casa. Soy porteña. No había ni hay nada en España por lo que mereciese la pena volver.
—¿Qué tal yo?
Carlota apagó el cigarrillo pisándolo sobre una baldosa con sus sandalias de tacón.
—Vos ya no existís. Mamá te guardó para ella y juzgó que debía cargar con cualquier pena y recuerdo ella sola.
De repente, una gota de agua de la fuente salpica a Carlota en su espalda desnuda y da un respingo. Sin pensarlo, la seco con mi mano. Tiene la piel suave, tibia.
Mantengo mis dedos sobre su espalda, sobre su piel. Apoyo mi mano por completo y la sensación de calor que brota de su cuerpo me quema la palma.
Cuando la miro, Carlota me devuelve una mirada ambigua, entre el desconcierto y la naturalidad. Ella no se aparta y yo quiero seguir sintiendo su piel, su respiración que se vuelve más agitada por momentos, haciendo que su pecho se comprima más dentro del vestido.
Súbitamente, mi mujer Teresa aparece por entre los arbustos del jardín.
Tengo el tiempo justo de apartar la mano y apoyarla en mi rodilla.
—Cariño, ven conmigo, que vamos a hacernos unas fotos con unos amigos. Te lo robo, Carlota.
Me coge de la mano y me aleja de mi hermana.
Sin saber por qué, me siento aliviado. Pero también extrañamente apenado.

###


Contemplo mi reflejo en el espejo del cuarto de baño de la suite del hotel a las 11 y pico del mediodía.
Encuentro algunos rasgos semejantes en mis facciones que no tengo problema en identificarlos en la cara de mi hermana. Labios grandes, mentón grueso, nariz afilada.
Vuelvo a la cama. En realidad solo me levanté para mear y, al final, acabé frente al espejo varios minutos, buscando semejanzas en mi cara.
¿Por qué razón? Porque tengo que encontrar alguna que me permita ver a Carlota como a mi hermana y no como a una mujer que me atrae. Una mujer que no se me quita de la cabeza.
Me asusto al pensar en la respuesta. Ha surgido de repente, influenciada por la modorra y la borrachera que aún quedan en mi cabeza tras cuatro horas de sueño.
Tras pasarnos casi toda la noche bailando y hablando con amigos y familiares, la boda terminó con una noche de bodas en la que, tanto Teresa como yo, no tuvimos reparos en admitir que era imposible de consumar.
Sin embargo, ahora que la veo en la cama, dormida de costado, oculto su cuerpo únicamente por un escueto camisón de raso, quiero follarla.
Quiero que me sienta muy cerca, muy dentro y quiero sentirla muy cerca y muy adentro. Tengo una mujer, tengo una esposa. Y, aunque todavía no sé qué he hecho para merecerla, quiero que sepa —quiero saber— que la quiero. Que la necesito para vivir, para respirar y que si mi corazón late muy rápido es solo por causa suya.
Por ello, me acurruco a su lado, solapando mi pecho contra su espalda, mi vientre contra sus nalgas, mi erección contra sus bragas.
La tenue luz del día se filtra con dificultad entre las cortinas gruesas y la penumbra me deja vislumbrar su hombro desnudo. Aparto un mechón de su cabello de la mejilla y lo llevo detrás de la oreja. Su lóbulo me llama a gritos, buscando consuelo y humedades que me encargo de suministrar con suaves besos.
Teresa gime y se despereza.
—Qué me haces… —murmura amodorrada.
Deslizo un brazo debajo del suyo, tomo una teta y oprimo con delicadeza la carne magra mientras reparto mis besos, cada vez más urgentes, por su rostro. Deslizo su cabello para mostrar el inicio de su nuca y muerdo con suavidad extrema.
Teresa me gime contenta. Intenta ponerse boca arriba pero la retengo en su posición con mi abrazo.
—No, quédate como estás.
Me hace caso y extiende su brazo para acariciarme la cadera y el culo sobre los calzoncillos. Hunde sus uñas en mi carne cuando inicio una danza rítmica sobre su raja con mi erección.
Bajo mis labios, siento sus orejas arder y sus mejillas volverse incandescentes a medida que la tensión se acumula en ella. Gira su cabeza y entreabre sus labios para buscar los míos. Deposito besos justo en la comisura y una sonrisa de descontento se dibuja en sus labios pues ansía los míos y no se lo permito. Su lengua repasa los rastros de saliva que he dejado a su alcance. Quiere volverse hacia mí pero continuo impidiéndoselo de modo que gime frustrada y cada vez más tensa. El deseo se adueña de ella y me tiene muy cerca pero fuera de su alcance.
—Cabrito —murmura entre gemidos mientras mueve acompasadamente su culo contra mi polla— ¿Estás disfrutando, verdad? Porque yo estoy a punto de reventar.
Sonrío encantado de que me confirme la profunda desazón que la colma.
La mano que araña mi piel ahora se adentra dentro de mi única prenda y empuña la verga, sacándola. Sus dedos recorren el tallo y masajean los huevos. Rodea mi cadera y hunde sus uñas en una nalga. Le es complicado doblar el brazo pero decide suspender el ensañamiento sobre mi culo para realizarlo sobre mi miembro.
Arriesgándome a que se gire finalmente, bajo mi mano hasta sus bragas y se las intento bajar. Teresa me ayuda separando las piernas, sin aprovecharse de su libertad de movimientos. Quiere sentirse coartada, limitada, quiere que yo crea que tengo el control cuando en realidad es ella quien decide ser controlada.
Empuño un ramillete de vello púbico y me sorprendo al notar el resto de su vulva afeitada y suave. Mi mujer no puede evitar reír quedamente cuando palpo la piel aterciopelada de los mofletes.
—¿Cuánto tiempo llevabas pidiéndomelo?
Sigue con los muslos separados, permitiendo que mi mano recorra su raja abierta y húmeda.
Aprieto la carne caliente en señal de agradecimiento y beso con fuerza su cuello. Teresa ahoga un gemido que apaga con rapidez en la almohada.
La giro hacia mí y me coloco sobre ella, entre sus piernas abiertas. Un sentimiento de dominio y propiedad se apoderan de mí. La bella hembra que agita su pecho buscando aliviar la quemazón que siente abajo, intentando respirar compulsivamente, me devuelve una mirada cargada de deseo y sofoco. Tiene el cabello revuelto y un mechón se ha pegado a su húmedo labio inferior y otro oculta una parte de su cara haciendo que su rostro parezca más ávido, más hambriento.
Despejo su cara con suavidad, con dedos temblorosos, con miedo de romper la belleza extrema que parece revestir su cara. Sus labios dibujan una sonrisa tierna y sus párpados se entornan en un gesto delicado.
Quiero decirla que la quiero con toda mi alma pero prefiero demostrárselo tomándola de las mejillas y juntando nuestros labios en un beso limpio. Teresa me toma de la nuca y sus dedos acarician mi cuello.
La imagen fugaz de mi hermana aparece de improviso, en la oscuridad, tras una chispa enorme, como un fogonazo. Su cara, su sonrisa amplia, sus labios gruesos y apetecibles. Sugerente, prohibida.
Abro la boca y mi lengua busca con urgencia la de mi mujer. Nuestras salivas se mezclan a la vez que restriego mi polla contra su sexo. Quiero borrar esa imagen de mente y me separo y veo a mi mujer con cara sorprendida, con los labios entreabiertos y húmedos. Tomo sus muñecas y escondo sus manos bajo su almohada, buscando esa sensación de dominio y propiedad que ansío. Me digo que no necesito otra mujer más que la mía.
Teresa comprende mi juego —ojalá que no mi necesidad, mi inseguridad— y me ofrece su cuerpo entero, su sexo desnudo, su confianza incondicional.
Me yergo sentado entre sus muslos y recojo su camisón. Mis dedos se posan sobre su vientre palpitante. Asciendo con lentitud, apreciando el sudor que hace resbalar mis palmas, mis pulgares oprimen la carne a mi paso. Me detengo al inicio de sus costillas que se marcan con cada aspiración profunda. Las tetas conservan las marcas de un bronceado que Teresa intentó ocultar con sesiones de rayos uva para el escote del vestido de la boda. Cuando me enteré, mostré mi desacuerdo. Por suerte, aún se notan las líneas en la piel. Las areolas, grandes y oscuras, de tamaños desiguales, solapan sus bordes moteados con las fronteras del bronceado. Me inclino y pellizco uno de los pezones mientras soplo con genuina maldad el otro.
—¡Felipe! —ríe mi mujer.
La piel oscura se contrae y el pezón asciende, sin que Teresa, que no puede aguantar la risa, pueda hacer nada por evitarlo hasta que, al final, sin poder contenerse, se cubre las tetas, riendo como una descosida.
Chasqueo la lengua, llevando sus manos de nuevo bajo la almohada. Teresa me sonríe y accede.
Contemplo el resultado del suplicio en los pezones y estoy conforme al verlos erguidos. Pero ahora soy yo quien oculto sus tetas bajo mis manos. Noto la dureza en mis palmas mientras oprimo la carne, sintiendo las costillas debajo.
—Pero qué cabrito está hecho mi marido.
Sonrío, adulado, y me tumbo sobre ella. Agradezco la calidez que su cuerpo transmite y permito que me abrace muy fuerte con sus brazos y piernas. Hundo mi cara en su pelo y dejo que el aroma llene mi nariz y boca. Su cabello huele a champú y perfume. También a sudor y ternura. Es el olor de mi mujer y lo siento vivo dentro de mí, como una droga que me inspira a cometer travesuras, guarradas.
—¿Lo hacemos a pelo? —susurro a su oreja mientras vuelvo a frotar mi sexo contra el suyo.
—¿Hay otra forma de hacerlo en la noche de bodas? —contesta entre gemidos para, tras un jadeo al notar mi verga presionar sobre su entrada, preguntar en voz baja— ¿Quieres tener un Felipe chiquito?
Nos miramos unos instantes. Ambos queremos estar seguros de comprender qué puede ocurrir. Teresa no toma la píldora pues su regla no tolera los efectos de las hormonas.
Lo hemos hablado muchas veces. Teresa quiere ser madre pero yo he postergado la decisión varias veces. La responsabilidad me abruma. Incluso ahora, con el deseo carcomiéndome por entero, noto mi corazón bombear más rápido y mi estómago encogerse.
Un pensamiento, una cara que intento ocultar en lo más profundo de mi cabeza, me obliga a decidirme, a tomar una determinación.
—Sí, quiero —digo en alto, por segunda vez en las últimas horas.
Y así, notando como mi mujer me abraza con decisión y me besa con locura, con las lágrimas a punto de desbordar de sus ojos, entierro mi miembro lentamente en su acogedor y húmedo interior.
Lo siento sumergirse entre recovecos empapados, horadando pliegues lubricados.
Teresa grita fuerte.

###


—Necesito sincerarme con alguien. Tengo un secreto que debo contar. No puedo esconderlo por más tiempo —digo mientras tomo la taza de café con las dos manos. La taza tiembla y, por un momento, temo que se desparrame el café antes de que llegue a mis labios.
Carlota se gira hacia mí y su mirada me traspasa a través de sus gafas de sol. No se molesta por dejar de mirar la plaza cubierta de palomas, niños y madres donde está situada la terraza de la cafetería donde estamos sentados. A nuestro lado, una silla vacía indica el lugar que ocupó mamá hasta hace unos minutos cuando tuvo que marchar para poner en orden los billetes de regreso a Argentina.
—Soltarlo —dice, animándome al verme cohibido.
—Creo que siento algo por mi hermana.
Bajo la mirada con rapidez, escondiéndola, y, tras unos segundos de espera, la levanto y encuentro la suya aún fija en mí. Los cristales ligeramente ahumados de sus gafas me permiten verla parpadear varias veces.
—¿Qué sentís? —pregunta sin que perciba diferencia alguna en su tono de voz— ¿Qué sentís vos por ella?
—Realmente es complicado de expresar —admito—. Es como si no fuese mi hermana, como si fuese una mujer con la que no tengo parentesco. Por eso no me asusta el tema del incesto. Pero no deja de ser carne prohibida.
—Pero, vamos a ver, bajá un cambio ¿qué sentís vos por ella? —pregunta de nuevo, transmitiendo una urgencia en su voz que ahora puedo captar con facilidad.
—Afinidad. Cercanía. Confianza —digo espaciando las palabras, omitiendo aquella que aún no logra salir de mi garganta.
—Eso no es incesto, Felipe. Es amor entre hermanos. Lo natural, ¿no?
—Pero también quiero abrazarla. Quiero sentirla cerca de mí, su cuerpo junto al mío. Quiero besarla. Quiero oler su cuerpo.
Carlota inspira aire y lo expira con lentitud, asumiendo la verdadera naturaleza de mi confesión. Toma aire de pronto pero no dice nada. En su lugar, saca otro cigarrillo del paquete y lo enciende.
Yo también necesito uno. Me urge hacer algo con mis manos, sentirlas ocupadas y no verlas temblar como si agitase unos dedos de gelatina.
—¿Y si ella no senté lo mismo? ¿Sos lo has preguntado, hermanito? —contesta, recalcando la última palabra—. Además, vos acabáses de casar con la mujer que amas, ¿no?
—Ya te he dicho que es complicado.
—Mi consejo es que la olvides. Que mates eso que sentís por tu hermana. No es natural. Hacés daño a muchas personas si persistes.
—Lo sé, lo entiendo. Pero es lo que siento, no puedo evitarlo. La primera vez que la vi fue como un shock, como si de repente el destino la hubiese puesto delante de mí y la señalase. Es esa. Esa mujer es la que te hará feliz el resto de tu vida.
—Eso son macanas. Hazmé caso, olvídate de ella. Da igual que ella sea tu hermana u otra mujer. Conozco poco a Teresa pero de algo estoy segura. Que te quiere como ninguna otra mujer lo hará.
—¿Y si no puedo olvidarla? ¿Y si cada vez que cierro los ojos es la cara de mi hermana la que primero aparece? ¿Y si cuándo hago el amor con mi mujer no quiero cerrar los ojos porque si lo hago me imagino que es con mi hermana con quien lo estoy haciendo?
Carlota apretó los labios y se pasó el cigarrillo entre los dedos con rapidez.
—¿Sabes qué? Creo que te comprendo pues tengo una amiga que sentía algo parecido por su hermano. Pero es un sentimiento que supo que jamás podría crecer porque, aparte del tema del incesto, la distancia tornose en obstáculo insalvable. Además, tenía novio y no quiso hacerle daño. Ni hacérselo a sí misma.
—Si fueses ella, ¿Qué sentirías por tu hermano?
—No siento nada. Bueno, no quiero sentir nada, ya te lo he dicho.
—¿Y si un día te visitase en la Argentina?
El cigarrillo de Carlota cayó de repente de entre sus dedos. Lo recogió rápido de la mesa y lo aplastó con saña sobre el cenicero.
—No le permitiría visitarme. Créeme, ni siquiera le esperaría en el aeroparque. No contestaría a sus llamadas. Haría una viaje lejos de casa, a la Pampa, solo para no verle.
—¿Apartarías lejos de ti al hombre que el destino quiere que sea tu pareja?
Carlota bufó con risa falsa.
—No creo en el destino.
—Entonces…
—Entonces nada, Felipe. Córtala. Lo que no puede ser, no puede ser. Punto.
Se levantó de la mesa y guardó el tabaco y el mechero.
Posé una mano sobre la suya. Carlota miró mis dedos con el ceño fruncido pero no apartó los suyos.
—Felipe, dále…
—Retira tu mano si quieres.
Cerró los ojos y me suplicó con la mirada. Podía ver perfectamente tras los cristales ahumados como sus ojos trataban de contener las lágrimas.
—¿Y si no quiero? —murmuró. Una lágrima apareció tras un cristal, cayendo despacio por la mejilla.
—Podemos entonces averiguar si el destino se ha equivocado.
Me levanté y me incliné sobre ella.
Nuestros labios se acercaron. Nos besamos lentamente, compartiendo antes nuestros alientos.
—No podé ser, Felipe, no podé ser —sollozó, apartándose.
Marchó en dirección al hotel, sin volver la vista atrás. Con el bolso pegado a su costado y su mano ocultando su boca. Mientras caminaba, la oí llorar.
Al día siguiente, Teresa y yo nos despedimos de ellas en la terminal.
Lloramos los cuatro.
—Pero qué llorón sos. A ver cuándo nos visitáis los dos por allí.
—Quizá seamos tres los que veáis llegar.
Mi madre me miró, preguntándome con la mirada si había oído bien a mi mujer.
Asentí mientras abrazaba a Teresa.
—Seremos tres —confirmé.
Una nueva tanda de abrazos y besos y lloros siguieron a los de la despedida.

###


—¿Qué haces levantado a estas horas, cariño?
Teresa se acercó a mí y rodeó mi cuello con los brazos. Me besó en la sien. Su barriga, ya bastante pronunciada, me rozó un costado.
Deposité un beso en su frente y otro sobre nuestro futuro hijo. Luego volví a fijar la mirada sobre la pantalla del monitor.
—¿Otra vez buscando ofertas de vuelos?
—Las echo de menos —murmuré para, al final, bostezar cansado.
—¿Por qué no esperar a que haya nacido? Yo ya no puedo acompañarte.
Lo sé, pensé. Cuento con ello.
Solo quiero estar seguro de que el destino se equivoca.

lunes, 7 de febrero de 2011

Consummatum incestus

—Papá, mamá, me da igual lo que penséis. Ya soy una mujer y, aunque vuestras opiniones son muy importantes para mí, no son determinantes. Y tampoco categóricas. Si os cuento esto, no es por agradaros o informaros, sino porque sois mis padres y creo que tenéis derecho a saberlo, pero no os creáis que ese derecho que os otorgo podéis usarlo para intimidarme con vuestras miradas fijas o vuestras poses interrogadoras.
La joven entrecruzó sus dedos enjoyados y depositó sus manos en el regazo. Pero luego, despacio, muy despacio, posó sus manos en el hueco que se formó al separar sus piernas, recogiéndose la falda. Había sido una suerte que le dejaran vestirse con aquel vestido, con sus anillos, con sus joyas, sin ataduras de ningún tipo, y lo iba a aprovechar.
Se dejó resbalar un poco más en el respaldo de la silla, arremangándose la falda, y disfrutó con una sonrisa satisfecha, entornando sus ojos, cuando notó el embarazo de sus padres al ver la mayor parte de sus muslos al descubierto y sentir los tirantes de sus hombros deslizarse por sus brazos, acariciando la piel. Descruzó las manos y se llevó un mechón negro que caía delante de sus ojos hasta detrás de una oreja, sintiendo como sus pendientes tintineaban al agitarse.
Soslayó la mirada del hombre y la mujer que estaban delante de ella y se regocijó al ver la turbación reflejada en sus rostros cuando volvió a converger sus manos en la falda, subiendo la tela más aún, más allá de la franja de piel que limitaba el recato, dejando atrás la provocación, internándose en el descaro. Notó bajo la tela el vello púbico encrespado aireado y se mordió el labio inferior al sentir como su interior se iba humedeciendo. Entornó los ojos de puro gozo, alimentándose del nerviosismo de su padre, del martirio de su madre. Ahuecó los hombros para permitir que la parte superior del vestido se deslizase, centímetro a centímetro por su pecho y detuvo el avance de la tela cuando advirtió un débil respingo en las caderas de su padre. Se miró los pechos y enarcó una triunfal sonrisa cuando vio aparecer en la costura de la tela el inicio de la oscuridad de su pezón derecho.
Consideró entonces, puestos sus progenitores ya en situación, continuar con su relato.
—No me golpeé con una piedra, ni me ocurrió nada extraño o traumático. Sé que os han dicho muchas cosas, porque muchos son los rumores que se cuentan en los pasillos, esos chismes de enfermeras maliciosas. Es verdad que muchos médicos de la ciudad han hablado conmigo, con batas impolutas y carpetas relucientes, andares apresurados y miradas graves; pero aún no han concluido, y no creo que lo hagan jamás. Y vosotros queréis una respuesta, ansiáis encontrar una respuesta. Matarías por una respuesta, seguro.
La madre se llevó las manos a la cabeza, en un intento de exteriorizar su repulsa, de buscar un apoyo en su marido. Pero, al ver que su gesto no provocaba ninguna respuesta por parte del padre, simuló colocarse el cabello y atusarse la coleta.
—Acudí a la poza por el extremo calor que había por la tarde. La llaman la poza de los suspiros y yo aún no sabía por qué.
Aquella tarde, las chicharras envolvían el aire con sus ruidos en el campo de al lado y, cuando salí de casa a tumbarme en el jardín bajo la sombra del abedul, en mi caminar, las sandalias levantaban un polvo seco, denso, que se resistía a posarse de nuevo en la tierra y que llevaba consigo el calor del suelo. Notaba bajo las suelas el polvo abrasador y, entre la corta distancia entre la puerta del patio trasero y el abedul, todo mi cuerpo estaba ya cubierto de pegajoso sudor. Me notaba húmedos los pliegues de los párpados y parecía que llorase lágrimas de sudor. Cuando me senté entre las raíces del viejo abedul, en el hueco que se amolda perfectamente a mis caderas, ese hueco caprichoso, forrado de musgo seco, me noté el cabello empapado. A lo lejos contemplaba el patio y a ti, mamá, tendiendo la ropa recién sacada de la lavadora, y a ti, papá, meciéndote en la hamaca, sesteando.
Las chicharras de los matojos del jardín, enmudecidas por mi caminar, volvieron a envolverme con sus ruidos persistentes, propagando su cantar hasta más allá del maizal que hay detrás del jardín, hasta más allá de la huerta del vecino. La sombra del abedul convertía el soporífero ambiente en soportable pero, aun así, el aire era abrasador, y mi sudor empapaba todo mi pelo, mi vestido, mis bragas, mi sujetador y hacía resbalar las plantas de mis pies fuera de mis sandalias. Mi saliva era espesa y remojaba mis labios con ella, sintiéndola evaporarse al instante. Me desprendí del sujetador y de las bragas y formé con las prendas una bola húmeda de tela y aros de metal que dejé sobre una raíz del abedul. Costaba respirar y el calor parecía irradiar del suelo, del musgo seco, del aire, incluso del mismo árbol.
Decidí entonces acercarme a la poza. Salí del jardín por la puerta trasera y no os distéis cuenta. Caminé por el sendero entre los maizales, cuya longitud producía una sombra que solo me llegaba hasta el cuello. Agitaba frecuentemente el vestido, despegándolo de mi piel, y el aleteo de la tela húmeda lo enfriaba, y al posarse de nuevo en mi piel, me estremecía ante el único bienestar que podía procurarme. A lo lejos, muy a lo lejos, se oía un tractor y las omnipresentes chicharras cantaban a mi alrededor. En el cielo, una nube oscura, solitaria, se acercaba despacio, pareciendo desgajarse en pedazos a medida que avanzaba. El polvo que levantaba mi caminar se adhería a mis pies y mis piernas y enmudeció con rapidez el sonido de succión que el sudor de las plantas de mis pies provocaba en las sandalias.
El agua de la poza, la poza de los suspiros, estaba oscura y serena. Los juncos se combaban hacia la superficie y el amarillo de las hierbas resecas aledañas dio paso al verdor vivificante que emanaba alrededor de la poza, enmarcada por una floresta de hierbas salvajes, moras y frambuesas silvestres, grosellas y bayas mezcladas con ramas espinosas, todo cubierto y oculto por varios sauces llorones cuyas hojas alargadas y densas se inclinaban en busca del agua. Sus hojas parecían en verdad llorar y el agua que tenían debajo eran sus lágrimas derramadas. La humedad de la poza era fuente de vida y de calma, de reposo y transición. De cambio.
Me quité el vestido y me descalcé y me sumergí sin dudarlo en el agua negra y tibia de la poza.
Delirio, frescor, éxtasis… Quizá las palabras no sean argumento suficiente para describir aquel momento de gozo que sentí al meterme en el agua; agua que quizá proviniese de las lágrimas de los sauces. Parecía como si el calor huyese de aquel remanso ovalado, un oasis en medio de la cruel y fogosa tarde. Hundí varias veces la cabeza en el agua y a cada inmersión iba deshaciendo más y más capas de polvo que se habían cuarteado en mi piel, emergiendo aún más limpia que antes, aún más pura, aún más inocente. Porque necesitaba recuperar la inocencia, papa, la inocencia que había perdido, mamá.
Suspiré ensimismada en mi propio placer y comprendí porqué se llamaba la poza de los suspiros.
Apoyé los codos en un saliente rocoso con aspecto de neumático derretido y agité las piernas en la superficie, riendo como una chiquilla, salpicando todo a mi alrededor, feliz como una niña que descubre de nuevo la felicidad que creía haber perdido. Porque volvía a ser una niña, papá y mamá, una niña inconsciente, atolondrada, irreverente, ociosa, cuyo único afán era disfrutar de las sensaciones placenteras que me regalaba la vida y que, en ese momento, la poza, con su agua espumosa y los juncos combados y las hojas de las sauces agitándose con mis pataleos, reunía sin lugar a dudas. Las sensaciones de la poza de los suspiros.
¿Podéis creer que me quedé dormida? Sí, igual que una niña que se ha cansado de jugar y chillar, de reír y cantar. Apoyada en mi piedra-neumático, flotando mi cuerpo desnudo, emergiendo mis atributos de niña-mujer, me quedé traspuesta. Era un duermevela, la típica modorra del atardecer, un paso ligero y huidizo entre la vigilia y el sueño, infundido por el calor sofocante y la placidez de aquel oasis.
Y llegó Tomás. Mi hermano Tomás. Vuestro hijo Tomás.
—Hola, mi reina del agua —me saludó.
Parpadeé varias veces desembarazándome de la confusa modorra y aprecié que estaba desnudo, igual que yo, igual que otras veces. Me sonrojé como la chiquilla que era al ver su sexo envarado, despuntando de su fronda oscura, ridiculizando los juncos combados que le flanqueaban. Apartó varias ramas del sauce que tenía detrás de él y se introdujo a mi lado en el agua. Yo no quería, mamá, porque estaba desnuda y era una chiquilla. Pero Tomás tenía el cabello fosco y cubierto de polvo y quería bañarse.
—Frótame en la cabeza, mi reina, que tengo el pelo muy sucio —dijo mi hermano acercándose a mí.
Mis dedos desenredaban su cabello, emergiendo burbujas que exhalaba por su nariz y su boca. Y, mientras, sus manos descendían por mis costillas y se ceñían al contorno de mis senos. Sus uñas rozaban mi piel y dibujaban el contorno ovalado de mis pechos, imprimiendo una fina línea que iba recorriendo mis senos, acercándose con ineludible precisión hacia mis pezones. Sus caricias me provocaban risas y lamentos, carcajadas y resoplidos, porque sentía sus dedos bajo el agua alcanzar con cada vuelta recorrida mis pezones inflamados. Y, cuando al fin llegaron a la corona de mis senos, deteniéndose en la piel tirante y pellizcándolos, una inexplicable risa me invadió, una sucesión de carcajadas me obligó a reír dichosa. Tomás, mi Tomás.
Quizá fueron cuatro minutos, seguro que menos tiempo, pero a mí me lo pareció así, y luego mi hermano ascendió impulsándose en mis hombros, surcando el aire con su cuerpo limpio, aspirando una gran bocanada de aire, mirándome con sus ojos de mora silvestre, arañando mi vientre y mi pecho con su sexo envarado, como un arado que hiende la tierra y la abre para permitir que el aire la oxigene.
—¡Reina mía! —exclamó para luego volver a hundirse en el agua, su piel contra mi piel, dejando una estela flamígera con su sexo en mi piel a medida que descendía.
Aprisionó mis caderas con mis manos mientras hundía su cara en mi sexo, ahí abajo, insondable, bajo el agua. Y me hacía cosquillas con su nariz y yo reía fuerte, muy fuerte. Sopló con fuerza en mi interior y las burbujas afloraron a la superficie como nenúfares preñados de regocijo. Y yo agitaba las piernas y Tomás me las abría más y más para permitir que las burbujas que encerraban su aliento me recorriesen todo mi sexo, escarbando en mi interior, deslizándose por mi piel para ascender a la superficie.
Porque, papá, mamá, Tomás me decía que yo le hacía feliz, y así me sentía yo también, como la chiquilla más feliz sobre la tierra y el agua. Porque hacía feliz a mi hermano.
Tomás emergió y yo me apoyé en la piedra-neumático con los codos, sonriendo, mientras Tomás me rodeaba con los brazos. Su cuerpo pegado al mío, su sexo envarado presionando sobre el mío, sus pezones convergiendo sobre los míos. Su aliento era cálido y me infundía pensamientos arrebatadores. Su nariz resbalaba sobre la mía y sus labios rozaban los míos. Y sus ojos de mora silvestre me miraban risueños y me decían que todo estaba bien, que la vida era un placer y que merecía la pena disfrutarla en compañía.
De modo que le abracé alejándome de la piedra-neumático y los dos nos hundimos en el agua de la poza, en la negra y tibia agua de la poza. Mi cabeza apoyada en su cuello, sus manos ahuecándome la nuca. Nos hundíamos cada vez más y más. La claridad superior se fue difuminando y el agua nos iba envolviendo más y más a medida que descendíamos en el interior de la poza. Los débiles jirones de luz que aún quedaban se oscurecieron y la negra e insondable poza fue acogiendo nuestro descenso.
Yo era feliz, papá, yo era feliz, mamá, y Tomás era feliz; porque yo sabía que le reconfortaba mi abrazo y se refugiaba en el calor de mi cuerpo a medida que la densa oscuridad nos envolvía y el agua iba sepultándonos más y más. Y no dejó de abrazarme ni yo a él, ni dejó de ahuecar su cara en mi cuello, fundiéndonos en la negra noche de agua.
Pero desperté. Maldita sea, asqueroso tractor del infierno. Su ruido inmundo y su pedorreo de gasóleo quemado me devolvieron a la mierda de vida que sigo viviendo, la que me toca vivir ahora, sin Tomás.
Salí del agua y me vestí con el inmundo traqueteo del tractor cercano, escupiendo ventosidades al aire. Mascullé imprecaciones y odié profundamente al conductor mientras me calzaba las sandalias y caminaba de vuelta a casa. Supongo que, aquel que condujera el tractor, me vio alejarme de la poza. El horrendo sol me secó el vestido húmedo, porque húmeda estaba mi piel al salir de la poza de los suspiros, y al llegar a casa ya no conservaba ningún vestigio de humedad en mi cuerpo ni en mi vestido. Y el recuerdo de Tomás ya se había desvanecido y consumido bajo aquel calor infernal.
—Y ahora decidme, papá, mamá, ¿por qué tuvo Tomás que ahogarse en esa poza? Porqué nadie estuvo cerca cuando se cayó dentro, porqué aún sigue sin señalizar, sin cercar, sin drenar, sin secar, sin tapar, ¿por qué se permitió que muriera mi hermano Tomás?
El hombre y la mujer no respondieron. Solo se miraron y las lágrimas afloraron a sus ojos y resbalaron por sus mejillas y luego se levantaron, se acercaron a su hija y se arrodillaron frente a ella. Fue la madre quien habló, porque el padre, al preguntar, se le quebró la voz al empezar a hablar. Un enfermero se acercó al ver la poca distancia que había entre la interna y los visitantes pero otro enfermero, que esperaba en la otra esquina de la sala, le disuadió con un meneo de cabeza.
—No, hija mía, no —sollozó la madre— ¿Por qué mataste tú a Tomás? ¿Por qué le ahogaste en la poza?
—¿Yo maté a Tomás, dices? —susurró la joven para luego emitir un falso suspiro, dibujando una sonrisa—. Quién sabe, quizá tengas razón, mamá, o quizá fuese él quien me matase primero, muchas veces, quizá no fueron los sauces que rodeaban la poza quienes lloraban y que mi piedra-neumático tuviese otro fin distinto al de apoyarme en ella… Por cierto, ¿cómo está mi niño? Ya tiene que haber empezado a ir a la guardería. Seguro que es el más guapo de todos, ¿a que sí, mamá? Tiene los ojos muy bonitos, ¿no es cierto?
La madre no respondió. La joven sonrió, acercando su rostro al de su madre, deleitándose en el horror que empezaba a florecer en los ojos de su progenitora.
—¿Sigue teniendo mi hijo esos ojos de mora silvestre que tenía el tuyo?
Y la madre, tras parpadear durante varios segundos, emitió un alarido que sacudió la sala entera. Un alarido que heló la sangre a los enfermeros e hizo estremecer el alma de su marido. Un alarido que provenía del convencimiento de haber engendrado a dos seres infrahumanos, crueles y horrendos.
Los enfermeros, tras reponerse de la impresión, redujeron a la joven que empezó a carcajear de pronto y la volcaron al suelo y la maniataron y la sacaron a rastras de la sala mientras seguía riendo, brotando siniestras risotadas de su boca desencajada. Y las risas se seguían oyendo, cada vez más lejanas, mientras, en la sala, el padre intentaba calmar a su mujer, la cual ya solo emitía débiles chillidos de agonía.