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sábado, 30 de marzo de 2013

MI MARIDO ME ENGAÑA



No tenía mala pinta, no, pensé al verme el pubis depilado en el espejito. Me había recortado el pelo simulando una llama sinuosa y ahora admiraba mi trabajo sentada en la tapa del retrete. Sonreí imaginando qué diría Roberto cuando viese esta sorpresita, se quedaría encantado, seguro.
Joder, es que me había quedado de puta madre. ¡Pero qué artista estás hecha, Lucía! Pero no tuve tiempo de ensimismarme más en los pelos de mi coño, porque la alarma del horno pitó. Me cubrí con el albornoz para tapar mi desnudez y fui a paso vivo hasta la cocina. Saqué la bandeja y apareció una lasaña de cuatro pisos rellena de queso y carne de varios animales. Mmm, olía de muerte. Con el queso bien tostadito y la bechamel aun burbujeando. Esta era la otra sorpresa que tenía preparada a Roberto, su cena favorita.
Dentro de unos diez minutos aparecería por la puerta de casa con su habitual “Hola, chochito” y yo enfurruñada mirando detrás suyo al pasillo del rellano por si le habían escuchado. Ya solo faltaba que en la comunidad me llamasen la “chochito”. De seguro que si me nombraban, ya lo hacían así. Bueno, no importa, al menos hoy no me importa. Hoy Roberto me puede llamar chochito, coñito o putilla, porque tal y como le voy a recibirle es lo menos que se puede pensar de mí.
La verdad es que toda la tarde había estado muy atareada, preparando la cena y preparándome a mí. No era una ocasión especial, era simplemente porque me apetecía, para levantarme el ánimo. Hacía un mes escaso que había cobrado la última paga del paro y ahora solo contábamos con el sueldo de él. Mi trabajo de secretaria en un bufete de abogados se fue a la mierda cuando el bufete despareció. Efectos de la crisis, ya se sabe. Busca que te busca, me tiré así casi un año. Entre tanto, sacaba unas perras fregando portales, cuidando críos y cogiendo el bajo a los pantalones de medio vecindario; un certificado de escolaridad no da para mucho. Por supuesto todo sin alta en la Seguridad Social ni contrato. Lo hacía porque teníamos un pisito hipotecado, un coche financiado y dos bocas que alimentar, las de Soraya y Pablo, nuestros hijitos que esta noche se habían quedado con mi madre en su casa, la única que podía sospechar qué podría ocurrir esta noche.
Suspiré ante esta puta vida, pero no dejé que nuestros apuros económicos me amargasen. Si pensaba en que había meses que había que tirar de la tarjeta de crédito ni me hubiera levantado de la cama.
Total, que apagué el horno, chillé al ver que faltaban cinco minutos escasos para que Roberto exclamase “Hola, chochito”, corrí hasta el cuarto de baño y lo recogí todo a lo barullo, metiéndolo a presión en los armarios, barrí el suelo de toda la pelambrera que me había afeitado del coño (ya vendrían los picores mañana, ya, pero hoy no) y corrí hasta el dormitorio para colocarme el atuendo de putilla: un tanga trasparente y un salto de cama igual de sugerente. Ante el espejo asentí satisfecha al ver mis tetas perfectamente definidas a través de la gasa, con los pezones oscuros dominando el reflejo. Volví al cuarto de baño para constatar que mi peinado seguía estando perfecto. No, un mechón se había soltado, qué hijoputa. Volví a llevarlo hacia atrás y utilicé otra pinza para mantenerlo sujeto, de ahí no te mueves, amiguito. Último vistazo a la cara, seguro que Roberto ya estaba entrando al ascensor. Frente despejada, cejas definidas, sombra de ojos azulina, rímel en su sitio, pintalabios con el gloss aun brillante, pómulos colorados y gargantilla del cuello apuntando al canalillo.
A ver, el resto del cuerpo. Levanto los brazos, como si me encañonaran por detrás, ¡manos arriba! Axilas lisitas, antebrazos sin mácula. Me pongo de puntillas apoyando la ingle en el borde del lavabo, y me bajo el tanga. Ningún pelillo disperso; la piel aún está roja pero ya actuará la crema hidratante. La llama peluda en su sitio. Levanto las piernas, como haciendo aerobic; sin pelillos, todo bien por ahí. Nudo del salto de cama en el centro. Ombligo bien a la vista. Otra vez el puto mechón. No coloqué bien la pinza. Ahora sí. Bien.
Bien, Lucía, bien, me digo. Estás puta, puta.
–¡Ah! –exclamo. Los zapatos. Joder.
Corro hasta el armario del pasillo. Mierda, ya oigo el ascensor abrirse, diez segundos como mucho. Estampo las pantuflas en el fondo del zapatero de dos patadas en el aire, junto con el albornoz arrebujado y me calzo los zapatos de tacón de aguja. Las llaves, mierda ya oigo las llaves tintinear tras la puerta y yo en el pasillo, acuclillada, atándome la tira del talón de los zapatos, las tetas en volandas. Mierda, se me ha salido una teta del salto de cama, el puto mechón que se vuelve a soltar, el sudor empezando a causar estragos en las sienes y las axilas. Mierda.
–¡Hola, Lucía! –dice Roberto al abrir la puerta.
El tiempo se detiene, arrugo el hocico.
¿Cómo que “Hola, Lucía”, qué coño pasa, ay Dios? ¿Y mi “Hola, chochito”?
Se me queda plantado con la puerta abierta, mirándome pasar la tira del zapato por la minúscula hebilla, la teta fuera. Estoy en la posición de oír el disparo del árbitro para correr los cien metros lisos. Y me dice “Hola, Lucía”. Ni chochito, ni coñito ni putilla. Al menos un “Uy, cariño, tienes una teta fuera, espera que te saco la otra”. Ni siquiera eso me dice.
–¿Qué haces? –pregunta cerrando la puerta tras de sí, consciente que si los vecinos se asoman a la mirilla verán a su mujer con un teta fuera y con cara de gilipollas. Y con un mechón suelto. Para colmo me doy cuenta que el tanga ya no es tan elástico como hace años y se me ha deslizado a un lado, mostrando todo el asunto. Joder. Me lo coloco antes de levantarme y me meto el pecho dentro de la inútil prenda.
–¿Qué pasa? –añade para volver aún más absurda mi postura.
Que qué pasa, me dice.
–¡Sorpresa! –fuerzo una sonrisa que me sale mal dibujada, como la de mi hija Soraya en un dibujo que cuelga del frigo. Estiro los brazos y ladeo la cabeza, hombros y caderas en ángulo opuesto, piernas juntitas. Puto mechón de los huevos. Parezco una putorra saliendo de una tarta hueca lista para menear las tetas en una fiesta de solteros.
–Sorpresa de qué –dice con cara extrañada, dejando el maletín en el suelo, junto al radiador. Ya le he dicho muchas veces que no lo deje ahí, que el calor se comerá el símil-cuero, pero nada, erre que erre.
–¿No te llegó el mensaje que te envié? –mantengo aún la sonrisa, brazos en alto. Parezco idiota, ya no una puta, sino idiota.
Trastabillo al acercarme a él sobre los jodidos tacones y le abrazo colgándome de su cuello, como desfallecida, necesitada. Añoro un poco de cariño, papito, dame un poquito, anda. Joder, parezco mendigar sexo por un bocadillo, vaya mierda.
–Pues no, no me ha llegado nada, ningún mensaje. Lucía, qué pasa, ¿y los niños? –pregunta aún extrañado. Una alarma se adueña de sus ojos.
–Nada, están con mi madre, cariño. Dime, ¿no te gusto? –pregunto, poniendo cara de perrilla necesitada.
Roberto ya sonríe. Bien. Más sonrisa. Ojos brillantes, los entorna. Sonrisilla. Bien, bien. Me rodea con los brazos por la cintura. Baja las manos, papito, que debajo está mi culito bien desnudito, para que lo toques, lo goces todito. Desliza los dedos sobre la tira del tanga y me besa. Joder, cuánto has tardado en darme un beso, un poco más y tengo que meterme un pepino por el culo para que me hagas caso. Sus dedos reptan hasta las nalgas y aprietan con ternura. No, ternura no, Roberto, ahora no. Aprieta bien, coño, que no me he puesto un tanga para nada. Que aprietes, coño, que me presiones el coño con tu nabo, hostias. Bueno, al menos ya ha sacado la lengua de la boca. Vaya, ha fumado. Mira que se lo tengo dicho, que ahora ya no estamos para gastar en tabaco. Es que me lo pone difícil, el muy idiota. Además, estoy segura que el mensaje le ha llegado, si hasta recibí confirmación de recepción.
–Estás preciosa, ¿follamos? –me pregunta despegando sus labios de los míos. Ya había empezado a internar los dedos entre las nalgas, en dirección a lo desconocido, auxiliándose del cordón del tanga, como un espeleólogo para descender a una sima.
–¿Y la cena? –pregunto.  Pero luego pienso “A la mierda la cena”, aquí estamos a lo que estamos, que no follamos como Dios manda desde que nos fuimos de vacaciones, hace dos años. Luego calentaré la lasaña en el microondas y listo. Ahora necesito carne, pero no en mi estómago.
–Tú eres la cena –me susurra. Sonríe y me lame la garganta. Cómo sabe el malnacido decir la frase adecuada en el momento justo. Asiento a la vez que un escalofrío me recorre la espalda al sentir su lengua acariciarme el cuello.
Me coge en volandas y me lleva al dormitorio. Uuhh. Yo sigo agarrada a su cuello como un macaco de los documentales. Me deposita en la cama como si fuese una muñeca de porcelana y se queda desnudo en un santiamén. Yo le miro intentando no borrar la sonrisa bobalicona de mi cara pensando en la sorpresa de mi coño. Ya tiene la polla horizontal, ascendiendo hacia el vientre a trompicones, bamboleada como una vara de zahorí mientras se quita los calcetines. Su polla está buscando coños.
–Ya está contentilla –señalo con la mirada su pene.
–Como para no estarlo –confirma él–. Se la levantas hasta a un muerto–. Se sube a la cama y se arrodilla a mis pies para quitarme el tanga. Ya verás, ya, te vas a quedar relamiéndote hasta el juicio final. Le dejo hacer, deslizando el tanga por mis piernas y lo tira a su espalda, acabando sobre el sinfonier, al lado de las fotos de mis niños. Piernas recogidas, bien abiertas, inspección del sargento, ¡fiiiirmes!
–¿Te gusta? –sonrío mordiéndome el labio inferior cuando se queda anonadado viéndome el chumino. Joder, esto es peor que un examen, aquí no se pueden sacar chuletas, ni copiar a la compañera.
Vaya si le gusta. Dios, es como un niño con una piruleta enorme, la misma carilla. Ojos como platos, boca abierta, sonrisa de oreja a oreja. Si tuviese una cámara ahora… Roberto asiente con la cabeza varias veces. “Sí, sí, sí, Lucía ¿cómo coño no me va a gustar?”, murmura.
Se me lanza como un poseso, como un perro famélico devorando la comida. Desliza los brazos por debajo de mi culo levantándome la pelvis y con las piernas en alto. ¡Cuidado, que me desmontas! Zaca, al tomate. Separa con los carrillos los pliegues y llega hasta el meollo del asunto con una maestría digna de un experto, sin manos, solo con la nariz y los papos. Qué arte tiene mi niño. A mí me tiene doblada de mala manera, con las tetas apoyadas en la mandíbula, sosteniéndome sobre los codos como puedo. Pero, joder, que bien se pasan los males cuando tú chico te está comiendo el chumino. Y más éste, que sabe cómo hacerme correr en un tiempo record. Photo–finish, ganadora… Lucía Rejerosa, orgasmo en veintidós segundos y dos décimas.
Chillo histérica, hundiendo las uñas en la colcha de puro goce. Mierda, que hijoputa, como sabe hacerme gozar como una cerda. Y lo más gordo de la situación es que no puedo hacer nada para contenerme: es como un imán, su boca atrae mis orgasmos, es inaudito. Ni tiempo me ha dado de tocarme las tetas o clavarle las uñas en los hombros, hostia puta.
Emerge de las profundidades con la cara empapada de mi corrida, parece que se acabe de lavar la cara. Le cojo de las orejas y me lo como a besos. Has sido un niño malo, Robertillo, muy malo, retuerzo las orejas mientras le lamo toda la cara, hacerme correr así, a la seño, de buenas a primeras, como si fueses el puto amo, cabroncete. ¿No ves que me has dejado en ridículo, niño? Ahora verás, puto crío de los cojones, te voy a dejar seco el nabo.
Le tumbo debajo de mí y empuño su polla mientras le sigo secando la cara, bueno, mejor dicho, sustituyendo lubricaciones por saliva. Se la meneo con ganas, parece un borrón mi mano sacudiéndosela de lo rápido que la froto. “Para, animal”, me murmura, “que vas a hacer fuego como sigas así”. Yo ni caso, te voy a sacar toda la leche, hijoputa, ahora verás, hacerme correr como si fuera una novata, yo, que he parido a dos niños con una año de diferencia. Te la voy a dejar tan seca que el pis te va a hacer daño cuando salga, cabrón. Y como un león, oteo agachada el manubrio izado. Ay, mira una gacela, qué maja, pobre gacelita, tan tierna, tan joven, tan inocente… a la mierda la gacelita, ¡tengo hambre! ¡Ñam! Me lanzo comiéndomela de un bocado.
–Hostias –chilla Roberto dando un respingo en la cama.
Tiene un sabor raro, este trozo de carne no tiene el gusto que recuerdo. Me recuerda a las bandejas plastificadas de fruta que compro en el centro comercial. Qué curioso.
Bueno, a lo que estás, Lucía. Me recojo el maldito mechón pero poco después, mientras engullo y trago, arriba y abajo, arriba y abajo, se sueltan los demás mechones. Las pinzas saltan como a presión. Chiuuu, chiuuu, como balas.
–Ay, mi madre –gime Robertillo, y se sujeta en mi cabeza, deshaciéndome el peinado del todo, no para clavármela más aún, que ya la tengo en la garganta, sino porque el pobrecito ya se me viene. Me la saco de la boca y se la sacudo un rato. Todavía no, niño malo, quiero que surja una puta fuente, quiero ponerme perdida de leche por todas partes, joder. Todas las babas que me he dejado en la polla salen ahora despedidas por el aire al son de mis meneos. Plic, en toda la cara. Plic, en todo el pelo.
Sigo con cara de posesa. Giro la cabeza con una sonrisa de loca histérica, dientes apretados, ceño fruncido. Te vas a cagar, puto crío, vas a vomitar leche hasta quedarte seco como una momia. Varios mechones se me agitan como si fuesen látigos, algunos conservan en el extremo la pinza, dispuestos a sacarme un ojo a la mínima. Me los arranco de un zarpazo, fuera interrupciones, fuera despistes. Sigo agitando la gaseosa a punto de explotar. Roberto aúlla de placer, está fuera de sí. Ya llega, se le notan las piernas temblar, los dedillos de los pies arquearse tensos, ya se me corre, ni niño se me corre. Bien, bien. Acerco los labios. Venga esa lechecita, pollita mía.
Cagada.
Sale un chorrillo transparente, de leche nada. Tongo, tongo, que nos devuelvan las entradas. ¿Qué coño es esto, dónde está mi leche? Roberto sigue chillando, convulsionándose. Buen orgasmo, majete, pero donde está mi premio, ¿eh?
Esto no es normal. Roberto eyacula una cantidad importante de semen, y su polla solo ha escupido una mierda transparente que ni es leche ni es nada. Esto solo ocurre cuando se lo solía hacer a la tercera o a la cuarta vez, cuando sus huevos están ya vacíos. Mierda, ¿a ver si llego tarde y me tengo que comer los mocos?
Es entonces cuando husmeo el manubrio en busca de pistas. Como un puto perro. Algo me huele mal. Literalmente. Aquí huele a condón, ese era el sabor extraño de antes, ese, sí. Elemental, querida Lucía, es látex.
Fuera bromas. Esto es serio. Vasta de hacerte la payasa. La polla de mi marido huele a condón.
Ay, Dios. Qué has hecho, hijo de puta. Adiós calentón, adiós todo.
La suelto como si su polla me diese calambre. Se ha dado cuenta. Ya no jadea, ya no gime.
–¿Qué pasa, Lucía?
–Tu polla sabe a condón– informo con tono serio.
No le miro. Continúo en la misma posición, recostada a su lado, mirando su pene desinflarse. Joder, enterarte de que tu marido te pone los cuernos  de esta manera… saboreando el regustillo del condón que ha utilizado para no preñar a la desgraciada que se ha tirado… es que hay que ser gilipollas.
–Deja que te explique –empieza él.
Malo. No lo niega. ¡Por lo menos, niégalo, hijo de puta, me merezco eso al menos!
Me levanto. Aún llevo los zapatos de tacón, mierda. No, a ver si ahora, me rompo un tobillo. Cornuda y coja, qué cojones, para qué queremos más. Trastabillo sobre los zancos en dirección al cuarto de baño. La corneta toca retirada. Estoy a punto de soltar la de Dios. Me contengo. Todo sea por los vecinos. Queridos vecinos, qué majos son…
¡A la mierda con los vecinos, joder! Que me he afeitado el chumino para que este desgraciado me lo desprecie tirándose a otra.
–¡Hijo de puta! –exploto.
–Lucía, no es lo que tú… –intenta decir.
Es lo que faltaba. Que me tome por idiota, no te jode.
–A mí no, Roberto, a mí no –voy subiendo el tono–. A la otra te la tendrás camelada, pero conmigo ni lo intentes. ¿Qué coño me vas a decir?, que te has hecho una paja en la oficina y como acababan de hacer los baños, te ha dado pena y te has puesto un condón para no ensuciar, ¿no?
–No, espera… –no le dejo explicarse. Corro hacia el cuarto de baño y cierro la puerta tras de mí. Echo el cerrojo. Apoyada la espalda en la puerta me voy dejando caer. Ziiip, resbalo y me doy un señor culazo. Mierda, mi culo.
Lloro como la Magdalena, entierro mi cara entre las rodillas. Esto no se hace, Roberto, esto no se hace, que tienes dos hijos, malnacido. Qué coño te he hecho yo para que me hagas esto. ¿Quedarme en paro, es eso, eh? Quedarme en paro, sí.
Mierda.
–¿Lucía? –llama tras la puerta.
–¡Cabrón, déjame en paz! –chillo. Me golpeo la cabeza con la puerta una y otra vez. Pom, pom. Qué cojones has hecho, hijo de puta. Pom, pom. Qué has hecho, joder.
Roberto llama a la puerta con los nudillos, toc, toc, ¿estás bien?, pregunta. Nuestros golpes se superponen. Esto es surrealista, ahora van acompasados. Pom, toc, pom, toc. Vale, ya paro yo. Él también se detiene.
Me duele el culo, mierda. Y ahora también la cabeza. Siento el coño enfriarse en el suelo, aún está húmedo y estoy poniendo el suelo perdido. Me levanto como puedo, con los tacones, apoyándome en el borde del lavabo, y con un temblor de piernas que no sé yo si llegaré arriba entera. Llorando como una descosida. Qué idiota soy, pienso, mirándome los zapatos. Me los quito y los tiro a la bañera.
–Lucía, por favor –insiste Roberto detrás de la puerta.
–¡Qué te largues, hostias! –chillo con voz aguda.
Me miro al espejo, apoyada en el lavabo. Tengo el rímel corrido y los surcos grises de las lágrimas dibujan en mis mejillas una suerte de cicatrices, hasta la mandíbula, como si me hubiesen arrancado la cara y me hubiesen plantado esta otra. Ahora sí que tengo aspecto de idiota. Gimo secándome los mocos con el dorso de la mano. Tengo unas patas de gallo enormes, y unas arrugas de expresión que parezco el Joker de Batman como poco. Mierda. Me doy cuenta que aún llevo puesto el salto de cama. Las tetas caídas, desinfladas. A dónde quieres ir con estos melones, Lucía, que ya tienes casi cuarenta tacos, hija mía. Bajo la mirada y tras un vientre deslustrado de dos partos aparece el coño. Todavía no escuece, pero ya lo hará, ya. Y luego las cartucheras, el culo fofo, las piernas hinchadas… joder, ya no quiero ver más. Busco con la mirada dentro del armario el albornoz y solo encuentro el de Roberto. ¿Y el mío, dónde coño está el mío? Ah, sí, junto a las pantuflas, en el armario del pasillo, arrebujado, hecho un guiñapo. Como estoy yo ahora. Igualita.
–Se llama Daniel –me suelta de repente.
Creo que no he oído bien. ¿Ha dicho Daniel? Ay, mi madre.
–¿Cómo que Daniel? –pregunto en voz baja. Tanto que no creo que me haya escuchado.
–Sí, Daniel –dice. Oigo como se sienta en el parqué del pasillo, apoyándose en la pared.
Quito el cerrojo, abro la puerta. Ha recogido las piernas y mira al suelo, a sus pies. Sigue en pelotas, con el pene encogido, como las uñas de un gato.
–Te has follado a un tío –digo en voz baja, apoyada en el quicio de la puerta, mirándole con más asco del que puedo expresar –. Me has engañado con un tío.
No lo entiendo.
–¿Has metido la polla que he mamado en el culo de un tío? –pregunto sin saber si esto es una pesadilla o sigue siendo la puta realidad– ¿Desde cuándo me la pegas con un hombre?
Roberto gime como un niño. Ahora es él quien entierra la cara entre las rodillas.
–Desde que me violaron la primera vez.
Ay, Dios, que me caigo muerta. Me caigo muerta y de aquí me recogen por los pies. Esto tiene que ser una broma.
–¿Cómo que te violaron, idiota? ¿Quién te violó?
–En el ascensor, hace meses.
–¿Qué ascensor, el del trabajo?
Sorbe los mocos y niega con la cabeza.
–Aquí, en casa. Me violó un vecino. Daniel es el vecino del cuarto.
¿El del cuarto? ¿Quién, esa bestia de casi dos metros con brazos como troncos?
Reprimo un ligero temblor al pensar en la pedazo de herramienta que se gastará ese monstruo.
Pero no. Esto no puede ser real. Mi marido no, no señor. Mi marido se tira pedos y tiene pelos en el culo. Mi marido ronca y me araña con las uñas de sus pies en la cama.
Por Dios Bendito, joder, ¡mi marido es un gañán, es mi gañán! Esto no puede ser verdad.
–Si esto es una broma, te juro que… –advierto.
Roberto alza la mirada y me la clava con ojos enrojecidos.
Hostias, hostias, hostias. Conozco a Roberto como si le hubiese parido, mierda.
Me mira fijamente, con lágrimas desbordando sus ojos, cayendo en regueros por sus mejillas.
–¿Por qué no me lo has contado antes?
–¿Qué me violan sistemáticamente? ¿Qué no puedo dejar de llorar como un puto crío cada vez que me Daniel me la clava? ¿Qué cago sangre día sí y día no?
Jesús.
Me acerco al muñeco que aún yace arrebujado junto a la pared y hundo mis dedos en su cabello. Es mi muñeco, hostia puta, es mi muñeco y me lo han desgraciado.
Pero aún hay una cuestión en el aire.
–¿Por qué te pones condón?
Roberto rehúye la mirada y niega con la cabeza.
–¿No qué? –insisto, tirando ahora de su cabello.
Le tiemblan los labios, los mocos le resbalan por las comisuras, las lágrimas le corren como afluentes, como las putas cataratas del Niágara.
–Es que… es que me corro. Me obliga a ponerme condón para no manchar el suelo cuando me corro.
Flipo en colores. Hostia putísima.
–¿Cómo que te corres?
–Que me gusta, que disfruto.
–¿Pero qué dices, subnormal? ¿Te gusta tener el ojo del culo como una olla?
Roberto encoge los hombros. Y luego rompe a llorar como la Magdalena.
No, no, esto es peor. Mucho peor que ser mil veces cornuda. Mucho peor, sí.
Tengo un marido… un marido…
¿Pero qué coño tengo yo por marido?
Tomo aire y me levanto. Me apoyo en el marco de una puerta. Cómo me duelen los talones. Putos tacones, los odio, los odio con toda mi alma.
–Levanta –ordeno.
Roberto me miro desde abajo. Su mirada baja hasta mi coño llameado.
No cabrón, no, ni coños ni hostias, joder. Le suelto un sopapo. Noto la palma de mi mano mojada de sus lágrimas.
–¡Levanta, joder!
Se levanta a trompicones. Baja la mirada. No sabe dónde colocar sus brazos, ni qué hacer con las manos. Termina por abrazarse como una niña aterrada.
–Me has engañado, hijo de puta. Me has jodido de lo lindo, puto mamón.
Asiente débilmente.
Hijoputa.
Veremos si realmente dices la verdad, cabrón de mierda.
–De cara a la pared. Agáchate. No, así no, idiota. Sube el culo, abre las piernas. Más, más.
Tiene el ojete en carne viva. Dios Bendito.
Le meto tres dedos sin previo aviso, así, sin avisar.
Mi marido exhala un suspiro de placer.
¡Marrano de los huevos! ¿Con que disfrutas si te rompen el culo, eh?
Araño el interior de su culo. Noto un calor horroroso, un calor infernal en su interior. ¿Estará mi coño igual de caliente cuando me la clava?
Increíble. Su polla se hincha como si tuviese un resorte. Masejeo el interior y presiono bien al fondo, sobre la zona más almohadillada. Roberto gime angustiado. Me cago en la puta, mi marido goza como un cabrón. Yo, que no le he ofrecido mi culo ni por lo más sagrado, él me lo tiende como si de un caramelo se tratase.
Roberto menea el culo, arquea la espalda. Se remueve para clavarse mis dedos más adentro, más al fondo.
Y, entonces, se corre.
Hostia putísima. Se corre, el muy nalnacido se corre. Un chorro de semen surge de su palo hinchado. Salpica en la pared y el suelo. Se ha corrido, joder, se ha corrido. Me ha puesto perdido el parqué y el zócalo.
Mi preciosa leche, mi adorada leche, derramada, resbalando viscosa. Todavía caen hilos de la punta de su rabo.
Roberto cae al suelo, arrodillado.
Gime y me llora como un cervatillo. Temblando como una hoja al viento.
Me lavo las manos a conciencia en el lavabo. Cuando vuelvo, le encuentro en la misma posición.
–Levanta.
Me mira con ojos aterrados.
–Levanta, que nos vamos a emergencias y luego a comisaría.
Me niega con la cabeza, abre la boca patidifusa para protestar.
Exploto. A la mierda los vecinos, a la mierda los gritos, a la mierda todo.
–¡Nadie me viola a mi marido, me cago en la puta! ¿Entiendes? ¡Nadie! ¡Tu culo es mío, tu polla es mía, tu leche es mía, tú eres mío!

domingo, 22 de abril de 2012

Las emociones de una mañana cualquiera


Las emociones crecen inconmensurables si son vividas en un estado de sorpresa tal que no permitan ser objeto de la razón ni de las consecuencias.
François Pipellion se repetía esta premisa con fervorosa adicción mientras se estiraba los calcetines sentado en la cama y con las perneras de sus pantalones de pinza arremangadas hasta la espinilla. Delante de él, un espejo de cuerpo entero montado sobre un caballete mostraba el reflejo de un hombre aún en la apacible treintena; unas entradas disimuladas con un peinado meticuloso y un bigotito recortado terminaban de crear la ilusión en François de que su juventud aún no había terminado. Su traje entallado escondía unas formas aún ajenas al abandono de la cuarentena. De vez en cuando, le gustaba mirar su perfil desnudo en el espejo, contemplando el torso fibroso (escondiendo la tripa que comenzaba a crecer, inevitable).
—Cariño, vas a llegar tarde —dijo Colette, apareciendo en el dormitorio con un cesto de mimbre donde sus manos, con movimientos veloces y letales como las mordidas de una cobra furiosa, iban recogiendo las prendas interiores usadas en el día anterior.
—No voy a llegar tarde, Colette, yo nunca…
—Nunca llegas tardes —terminó su mujer la frase preferida de François para luego soltar una media carcajada burlona.
François la siguió con la mirada por el dormitorio. Chasqueó la lengua irritado ante la costumbre de Colette por terminar sus frases. Enfundada en una gruesa bata descolorida que escondía sus bellezas femeninas excepto su precioso cabello azabache, la hermosa Colette mordió y atrapó con sus manos bragas y calzoncillos, calcetines y medias, pijamas y sujetadores para luego, a paso vivo, dejar de nuevo solo a François y a su reflejo en el espejo.
Las emociones crecen inconmensurables si son vividas en un estado de sorpresa tal que no permitan ser objeto de la razón ni de las consecuencias, se repitió de nuevo para sí François. Si tuviese que aplicar esas palabras a su rutina matrimonial, sonarían mordaces. François se calzó los zapatos de charol y se anudó los cordones mientras repetía su mantra.
Por fin, con un largo suspiro, se levantó, repasó su ropa impecable y, cogiendo el abrigo y el maletín, caminó hasta el pasillo donde enfiló con un exacto giro de tobillo hacia la puerta principal.
—Cariño, marcho a trabajar —se despidió con voz seca.
—Adiós —sonó la voz de su mujer desde la cocina, más seca aún.
Y tras esta escueta despedida, François Pipellion salió de su casa y cerró la puerta tras de sí.
***
Mientras esperaba que el ascensor se detuviese en su planta, François no pudo evitar fijarse en la mirilla de la puerta de sus vecinos, los Pousien. Un ligero parpadeo en la mirilla fue el signo inequívoco de que Sophie Pousien no le quitaba ojo, como de costumbre, a todos y cada uno de sus movimientos. François Pipellion esbozó una media sonrisa y, con calculada familiaridad, deslizó una mano hacia su pantalón para recolocar el interior de sus calzoncillos, demorándose con exagerados aspavientos en aquel gratificante alivio. Poco antes de llegar el ascensor, avivó sus malabares dentro del pantalón, mordiéndose el labio inferior.
Pulsó el botón del sótano y aguardó inmóvil la bajada del ascensor hasta las profundidades. Un nuevo y exacto giro de tobillo lo alejó del aparcamiento subterráneo y dirigió su caminar hacia la zona de los trasteros. Abrió la puerta del suyo, encendió la luz y cerró tras de sí.
Disponía del tiempo justo, de modo que François comenzó a desvestirse con habilidad, colocando su abrigo y chaqueta en un gabán situado junto a la estantería donde se apilaban los cartones de leche. Apoyó el maletín sobre varias cajas de cereales. Aflojó su corbata, desabotonó su camisa y colocó ambas prendas en una percha situada en un gancho de la pared. También se deshizo de sus pantalones, demorándose un rato largo en impedir que ninguna arruga apareciese cuando también los colocó en la percha. Se quitó los calcetines y también los calzoncillos holgados, con los cuales tuvo igual cuidado, situándolos sobre los zapatos de charol.
Una bolsa de plástico de la basura contenía sus nuevas ropas. Calzoncillos de algodón, usados y con manchas oscuras en las zonas más transitadas. Calcetines arrugados, camiseta de manga corta con cercos de sudor bajo las axilas. El pantalón azul oscuro estaba también bastante maltratado por el descuidado almacenaje. La camisa amarillo chillón lucía el logotipo postal bordado sobre el bolsillo izquierdo. Botas descoloridas y arañadas en la puntera fueron su calzado. Completó su disfraz con una carpeta abultada donde las esquinas de varios sobres emergían de los extremos.
Las emociones crecen inconmensurables si son vividas en un estado de sorpresa tal que no permitan ser objeto de la razón ni de las consecuencias, se repitió en voz baja.
François Pipellion salió del trastero, apagó la luz y cerró la puerta. Caminó hasta el ascensor que, oportunamente, continuaba esperándole y pulsó el botón.
—El bolígrafo —exclamó de repente, a mitad del trayecto. Se llevó una mano al bolsillo de la camisa y resopló aliviado al encontrarlo allí.
***
Salió del ascensor y se encaminó con paso titubeante hacia el pasillo de la planta. Abrió la carpeta y sacó uno de los numerosos sobres. François Pipellion se pasó la mano por su cabello, lo revolvió y, tras sorber por la nariz, se cercioró de que el remitente fuese el correcto y dirigió sus pasos hacia la puerta. Llamó al timbre y, mientras esperaba a que le abriesen, sacó también de la carpeta un impreso de recepción de certificado urgente.
Colette abrió la puerta y miró con gesto contrariado al cartero. Acababa de llenar una lavadora y estaba eligiendo el programa de lavado.
—Buenos días, madame. Certificado urgente para Nicolette Pipellion.
—Soy yo. ¿Qué es?
—Una multa de tráfico, madame. Hoy en día no se puede correr, te cazan en cualquier sitio. Escriba sus datos y firme aquí, por favor.
Colette torció el gesto ante el comentario del cartero, tomó el bolígrafo que le tendía y escribió su nombre hasta que se detuvo ante el apartado que solicitaba el número de carte d'identité. No se lo sabía de memoria. Su marido se le recordaba cada vez que lo necesitaba, recitándoselo de memoria.
—No me sé el número. Espere, que voy a buscar la cartera. Entre, por favor, no se me quede en el pasillo.
François entró y dejó entornada la puerta. A solas, contempló la escritura de la mujer. Eran letras largas, exuberantes. Juntas formaban una imaginaria ascensión que el recuadro que pretendía encerrarlas ni las doblegó ni las encerró.
Colette no encontró su bolso allí donde esperaba y, por eso, se alegró de haber dejado pasar al cartero. No solía permitir el acceso a su casa a cualquiera y menos en bata. El cartero esperando miserablemente encima del felpudo, qué vergüenza. Cuando por fin encontró el bolso, tirado sobre el sofá del salón, sonrió al fin. Sacó su cartera y extrajo la tarjeta. Al levantar la vista, vio como el cartero había abandonado su pasiva espera en el pasillo y la contemplaba desde la puerta del salón. Sus miradas se cruzaron y, tras unos segundos de confrontación, Colette bajó la suya con una sonrisa a la vez que se llevaba un mechón de su cabello azabache detrás de la oreja.
—Es usted muy guapa —murmuró el cartero mientras Colette escribía el número de su carte d'identité en el impreso. La mujer alzó la vista y se vio sorprendida por la arrebatadora mirada del hombre. Sonrió, algo azorada, mientras terminaba de escribir, ahora con letra menos firme.
—Ya está —dijo al fin, cuando terminó. Respiraba con dificultad, sintiendo como la bata le constreñía el pecho y elevaba con exagerada intensidad su temperatura corporal. La mirada desprovista de educación de aquel cartero sugería un fervor inusual. Cuando el hombre le tendió el sobre, sus manos rozaron las suyas y el contacto inflamó las mejillas de ambos hasta que Colette sintió como hervía de deseo.
—Es usted tan hermosa, madame —repitió el cartero, estrechando el espacio que los separaba.
Colette dejó escapar una bocanada de aire por sus labios, sofocada por un repentino golpe de calor. Llevó hasta su pecho la carta y la apretó contra sí.
El abrazo del cartero fue violento, igual que su beso. Los labios de Colette acogieron la lengua y permitieron el acceso hasta su boca. El bigotito se le clavó en el labio superior y las mejillas. Ya sin poder desoír los impulsos que dominaban su cuerpo, correspondió al abrazo pasional.
Las manos de François revolvieron el cabello azabache de Colette y, tras despeinarla, se deslizaron por la bata y apretaron con exquisita meticulosidad sus curvas de mujer para, investidas de una urgencia vital, desanudar el cordón y abrir la prenda.
El cuerpo desnudo de Coletee emergió de la bata henchido de luminosidad, cegando al cartero. Cayó arrodillado a sus pies, disfrutando de una epifanía. Colette tomó la nuca de François y atrajo su rostro hacia su entrepierna, inclinando la pelvis hacia la boca. Una risa jovial salió de sus labios al sentir la boca succionar su sexo. La risa se tornó en gemido y el gemido en jadeo. Sus piernas temblaron y sus pechos vibraron reflejando los estremecimientos de su respiración.
Solo cuando François la alzó en el aire, sujetándola ingrávida de las nalgas, chilló entusiasmada. El cartero la tendió sobre el sofá, se internó entre sus muslos abiertos y, abriéndose el pantalón, la penetró con un certero martillazo. Colette se vio sumida en un baile en el que su cuerpo era ferozmente devorado y sus miembros zarandeados con una pasión desacostumbrada. El clímax la envolvió de sudor y la hizo gritar alborozada. François se vino sobre su vientre, dibujando largos cordones nacarados sobre las curvas de su tripa.
—Un placer, madame —masculló el cartero mientras escondía su miembro dentro del pantalón. Recogió su carpeta tirada en el suelo y comprobó que el impreso estuviese correctamente rellenado. Por último, dedicó una sonrisa de gratitud hacia una Colette aún abierta sobre el sofá—. Buenos días.
***
Las emociones crecen inconmensurables si son vividas en un estado de sorpresa tal que no permitan ser objeto de la razón ni de las consecuencias, repitió para sí François Pipellion en el trastero mientras terminaba de anudarse los zapatos de charol. Guardó la ropa que había usado en la bolsa de basura de nuevo y salió del trastero, tras apagar la luz.
—¡El maletín! —exclamó de repente mientras el ascensor le llevaba hasta su domicilio. Sonrió aliviado al encontrarlo junto a sus pies. Lo cogió del asa y suspiró.
Salió del ascensor y caminó con andar firme y sosegado.
—Monsieur Pipellion.
François se giró y contempló a Sophie Pousien recortada bajo el marco de la puerta.
—Quiero hablarle sobre ciertos hechos que he presenciado frente a mi puerta.
François tragó saliva, apretó las mandíbulas. Se acercó hasta la puerta y se detuvo sobre el felpudo.
—¿Qué hechos, madame Pousien?
La mano de Sophie atenazó el contenido entre las piernas de François aprovechando que el hombre la miraba con inquietud. No todos los días Sophie Pousien salía a la puerta vestida con ropa interior transparente.
Una sonrisa pícara endulzó el rostro juvenil de Sophie mientras tiraba de François hacia el interior. Entre sus dedos, el contenido de los calzoncillos se hinchaba imparable. El hombre cerró la puerta tras de sí, sin saber todavía si los virtuosos dedos de Sophie hurgando dentro de su pantalón con exagerados aspavientos procedían de la realidad o la fantasía. Cuando los dientes apresaron el extremo de su miembro no le quedó más remedio al estupefacto François que admitir que su vecina era muy real, al igual que el intenso gemido que salió de sus gargantas. Su maletín cayó al suelo.
Sophie degustó el intenso sabor de la dureza, siguiendo con la lengua los vericuetos venosos que la rodeaban. Rugió poderosa al sentir como flaqueaban las rodillas de François, se irguió y tirando del hombre, lo obligó a tumbarse sobre el suelo del pasillo para, tras despojarse del tanga, montarse encima.
Sophie gozaba entusiasmada con su papel dominador y disgregó sus rizos al aire, lo que enardeció su cabalgadura, sin importar que las garras de François vapulearan sus pechos y pellizcaran sin delicadeza sus bulbosos pezones. Los dorados cabellos se agitaron y revolvieron como regueros de oro envejecido azotando sus hombros y espalda. Gritó extasiada cuando el clímax la poseyó y su chillido estridente reverberó en el aire.
Hizo arrodillarse a un François completamente sumiso y, acomodando su cabeza entre las piernas, agitó el miembro con sus manos hasta que el contenido salpicó su cara y se mezcló entre sus rizos. Los quejidos lastimosos de su vecino no hicieron sino confirmar su indudable superioridad sobre el hombre que se deshacía sobre ella.
—Discutiremos esos hechos… cuando usted desee —titubeó François mientras recomponía su traje y su dignidad ante una Sophie Pousien sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y fumando un cigarrillo.
—Sin duda —asintió ella.
***
Tres metros separaban las puertas de los domicilios de los Pipellion y los Pousien.
Y fue en esos tres metros donde coincidieron François Pipellion y René Pousien, cada uno saliendo del domicilio ajeno, dirigiéndose al propio.
—Hoy es domingo, François —dijo René al ver el traje de su vecino.
—Lo mismo digo, René —contestó al ver el mono de albañil de su vecino.
René chasqueó la lengua. François, sin embargo, recitó en voz baja su frase favorita:
Las emociones crecen inconmensurables si son vividas en un estado de sorpresa tal que…
—¡El maletín!