RSS
Facebook
Mostrando entradas con la etiqueta Fantasía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fantasía. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de abril de 2012

Mundos paralelos. Capítulo 2


Un aroma denso y penetrante a incienso fue lo primero que sus sentidos le informaron. Palmas y gritos. Sonidos graves y tintineos de metal.
Daniel pensó que la sala de urgencias de aquel hospital era muy rara. Los ruidos iban y venían, como si le tapasen las orejas. Luego se fueron haciendo más fuertes. Palpó bajo sus manos un metal duro, tibio al contacto de su mano. Notó un regusto extraño en la boca, como a vinagre mezclado con limón. Movió la lengua, aún con los ojos cerrados y notó como le faltaban varias muelas.
Hostia puta, pensó, el tipo ese me ha jodido bien de lo lindo. A ver cómo le digo a papá que tengo que ponerme dientes nuevos. ¿De dónde coño sacamos el dinero?
Abrió los ojos y entonces Daniel sí flipó aún más.
No estaba en una habitación de hospital. Seguro.
A menos que se hubiesen llevado el techo, cambiado las paredes por columnas de piedra engalanadas con telas carmesíes, las luces por antorchas colgadas de las columnas, todos los enfermeros se hubiesen quedado en calzoncillos y las enfermeras bailasen desnudas salvo pulseras y colgantes metálicos en sus cuellos y muñecas y cinturas. Un humo espeso, azulado y picante invadía todo a su alrededor.
Notó como algo le ceñía la frente. Pensó que era una venda que le cubría la cabeza.
Estoy loco, pensó. O eso o el golpe en la cabeza me ha dejado idiota.
Las mujeres bailaban despacio, alrededor de los hombres, apostados cada uno sobre una columna. Se fijó en que ellos no llevaban calzoncillos sino taparrabos de cuero, simples pedazos de piel oscura que no ocultaban los  miembros, algunos erectos. Botas anudadas a sus pies completaban sus atuendos. Por alguna razón, no prestó atención inmediata a las mujeres desnudas, con sus redondeces femeninas revoloteando y sus caderas meciendo unas nalgas sedosas, en consonancia con unos muslos torneados y luciendo finos tobillos. Las armas que pendían de las cinturas de los hombres inmóviles llamaban más su atención. Espadas enormes, cuchillos afilados, hachas de doble filo que reflejaban la luz de las antorchas.
Qué cojones es esto.
Daniel notó que estaba sentado y tenía apoyadas sus manos en algo. Cuando bajó la mirada se encontró con sus dos manos sobre el extremo de la empuñadura de una espada ancha y de guardas adornadas con algo que parecía oro. Pero lo que más le impactó fueron sus dedos.
Dedos anchos, gruesos, sucios. El dorso de sus manos estaba surcado de un vello oscuro. Y estaban manchados de sangre.
Sangre.
Recorrió con la mirada el filo de la espada y contempló gruesos cuajarones de sangre seca y cabellos adheridos. Sintió como las tripas se le revolvían.
Soltó la espada asqueado y el arma cayó por unos escalones de piedra hasta el centro de la estancia, produciendo tintineos agudos al rebotar en la piedra.
Las mujeres detuvieron su danza y los hombres apostados sobre las columnas volvieron sus miradas sorprendidas hacia él.
Daniel se levantó y notó como algo no iba bien al sentir fuertes músculos en sus muslos. Levantó la vista y se encontró con que sus brazos habían engordado varias veces, apareciendo músculos y cicatrices sobre sus antebrazos. Sus bíceps estaban tensos y duros, protuberantes. Sintió como un enorme pecho se hinchaba en su torso, acogiendo el aire viciado del ambiente, cargado de incienso y esencias.
—¡Qué hostias pasa aquí! —gritó. Y una voz grave, potente, de cantante de ópera, salió de su garganta.
Se llevó las manos al cuello y notó como también había crecido, destacándose gruesos músculos como maromas. Hizo caso omiso a las miradas asombradas de hombres y mujeres. Una barba corta pero densa y fuerte le crecía hasta la nuez. Se llevó la mano a la cara ante el asombro de los presentes y palpó unos maxilares tensos seguidos de una barbilla gruesa. Su nariz, que pensaba que estaría rota por el puñetazo del garrulo, era ahora más grande y recta. Incluso se llevó las manos detrás de la cabeza para palpar un cabello grueso y denso, largo y rubio. Cuando se llevó la mano a la cabeza, notó un tibio metal.
Se quitó la corona y miró el objeto entre muda estupefacción. Notó su boca entreabierta.
Un hombre, de cabellos plateados y manco pero de cuerpo robusto y cubierto de cicatrices, abandonó su posición frente a la columna y recogió la espada del suelo. El metal siseó de forma ultrahumana entre sus manos y se agitó como si tuviese vida propia. La hoja pareció combarse como una serpiente entre los humos de la estancia, inquieta, rabiosa. El tipo subió rápido los escalones que lo separaban de Daniel y le tendió el arma con expresión servil, bajando la mirada.



—Su arma, mi señor —murmuró.
Daniel no se fijó en el arma que parecía desembarazarse del puño de aquel hombre manco. Había descubierto, sobre los escalones, el cadáver desmembrado y sajado de un cuerpo humano. Entrañas esparcidas por los escalones y sangre aún húmeda regando la piedra.
Daniel alargó la mano para señalar el cuerpo, temblando de puro terror. La espada tendida por el hombre manco, sin esperar a ser recogida, saltó por sí sola hacia la mano de Daniel que la empuñó en un acto reflejo. El metal adquirió su alargada y ancha forma original con un siseo agudo y se alzó en el aire.
Docenas de gargantas masculinas prorrumpieron en un grito al unísono que retumbó por toda la estancia, haciendo vibrar hasta la piedra sobre la que estaba Daniel de pie. Las mujeres se postraron al suelo frente a él y Daniel notó como también varias personas a sus costados, en quienes no había reparado hasta entonces, también se inclinaron en su dirección.
El arma se alzó aún más en el aire, como si Daniel la sostuviera en alto y los gritos aumentaron de volumen hasta ensordecerle.
Y, aunque estaba sintiendo las piernas temblando de miedo y el vientre revolviéndose de asco al oler la sangre del cuerpo mutilado bajo él, un cosquilleo parecido a orgullo ascendió de su columna vertebral y le hizo alzar la cabeza hacia la espada. El extremo puntiagudo apuntaba a una noche cuajada de estrellas donde dos lunas llenas, una de ellas roja como la sangre que ensuciaba la hoja de la espada, le hicieron bizquear aún más asombrado.
Estoy muerto o estoy loco, pensó Daniel. Pero bendita muerte o locura la que ha creado esto.

Mundos paralelos. Capítulo 1


El chico cogió las llaves de casa que se guardó en el bolsillo. Entró en la habitación vacía de su padre y cogió un billete de 20 euros.
—Marcho —gruñó atravesando el salón.
Su padre, tumbado en el sofá, se levantó de un respingo.
—¿Cómo?
—Marcho a tomar algo por ahí.
El hombre le miró sin esconder la rabia de su cara y agarró el brazo de Daniel con fuerza.
—¿Dónde coño vas a estas horas de la noche? ¿No es acaso miércoles? ¿No tienes que ir mañana al instituto?
—Es mi cumpleaños, papá, será solo un rato —replicó el chico retomando su camino hacia la puerta. Pero el brazo estaba firmemente sujeto.
—¿Cumpleaños? —apretó con más fuerza el brazo— ¿Qué cojones te crees que esto, niñato, “pensión Loli”?
El chico intentó librarse del agarre de su padre con un tirón pero la mano recia sobre su brazo no cedió.
—Ya tengo 18 años, puedo decidir a dónde voy y cuándo.
—¿18 años, tú? —el padre no mostró ninguna risa sarcástica—. Escúchame bien, Daniel. Cuando me traigas buenas notas, cuando sepa que aprovechas bien el tiempo de estudio, cuando aprendas a responsabilizarte de las tareas de la casa, entonces, y solo entonces, hablaremos sobre salir de noche por ahí entre semana. ¿Me has entendido?
Daniel aprovechó un instante de flojera en los dedos de su padre para desasirse. En vez de escapar, se enfrentó a su padre, un hombre más bajo que él, de barriga prominente, camiseta de tirantes y calzoncillos sucios. Aún seguía oliendo a un tufo mezcla de grasa y metal de la fábrica donde trabajaba. Un sentimiento de asco alteró la cara de Daniel.
—No me extraña que mamá te abandonase.
La sorpresa caló hondo en el hombre. Tanto que no pensó en responder con ira ni violencia. Bajó la vista sin saber qué hacer.
Daniel resopló exagerando con un aspaviento de manos el tufo que emanaba del cuerpo de su padre y luego salió de casa.
Mientras caminaba por las calles, alumbradas por farolas de luz amarillenta, Daniel comenzó a experimentar algo parecido al remordimiento.
Quizá no debiera haberle hablado así. Pero la mayoría de edad recién adquirida ese mismo día se suponía que daba ciertas ventajas, ¿no? Ya era adulto, podía tomar sus propias decisiones, sin esperar obstáculos.
El parquecillo donde hacían los botellones estaba cerca. Bueno, seguro que el viejo lo olvidaría pronto. Y lo de su madre… bueno, a los dos les había sorprendido que hubiese desaparecido así, de la noche a la mañana.
Entró en una tienda multi-servicio abierta de madrugada y compró dos botellas de vodka, una de whisky y varias botellas de refrescos. Sacó el carnet de identidad ante el dependiente que le cobraba.
—Soy mayor de edad.
—Pues vale —respondió el dependiente, mirándole de reojo. Daniel conocía a aquel dependiente. Nunca le había pedido el carnet al comprar alcohol antes. Pero ahora le apetecía fardar de su mayoría de edad.
El parquecillo estaba ya lleno hasta los topes de jóvenes. Las motos petardeaban y los gritos y risas se oían desde lejos. Tanta gente reunida le sorprendió.
Me cago en todo, pensó Daniel estupefacto, ¿qué coño hace aquí toda esta peña?
Se acercó al banco donde estaban sentados sus colegas.
—¿Y todos estos?
—No tengo ni zorra. Acoplados, supongo —le miró Luis dando una calada a su peta— Nos habrán visto fumar unos canutos y… bueno, macho, felicidades, ¿eh? —se levantó del banco y le tiró unas cuantas veces de la oreja.
—¡Quita, joder! —se soltó Daniel en cuanto vio a Marta a unos metros de distancia
Los amigos le cogieron las bolsas de licores y refrescos mientras sentía como le palmoteaban la espalda. Él solo tenía ojos para Marta.
Estaba agachada de espaldas a él, llenándose un cachi de cubata, rodeada de más personas que no conocía.
Marta era una compañera de clase. O lo sería si acudiesen más a menudo. Ambos.



La joven se acuclilló y el elástico del tanga rosa le asomó por la cinturilla del vaquero ceñido. Marta tenía un culo redondo, de caderas anchas, hermosas, donde el bulto de su sexo se apreciaba con detalle entre sus muslos. Era una chica que gustaba de llevar ropa provocativa y, sobre todo, le gustaba exhibirse. Tenía el cabello rubio recogido en rastas que colgaban sobre su espalda como pequeñas cuerdecillas doradas adornadas con bisutería. El color moreno de su piel contrastaba con el color pajizo del cabello y a Daniel le excitaba el cuerpo de la joven más de lo que pudiese admitir.
—¿Te mola, eh? —preguntó un colega.
Daniel no respondió, seguía absorto en las redondeces de las nalgas. Los pechos henchidos de Marta presionaban sus piernas y el tetamen se amoldaba bajo su camiseta poniendo a prueba el sujetador. Marta fue pionera en muchos sentidos concupiscentes, como el de perder la virginidad al poco de tener la regla, según ella misma pregonaba orgullosa. Daniel lo sabía porque, de un modo u otro, siempre acababa encontrándose con ella en el instituto. Al menos cuando los dos iban a clase. Si Marta era un pendón, él era un gandul fumeta.
—Tú, payaso, ¡qué cojones le miras a mi chica!
Un tipo alto y con cara de becerro se plantó entre Daniel y Marta. Llevaba un vaso de plástico casi vacío en una mano y en la otra un puño que agitaba amenazador.
—Lo siento, tío —balbuceó Daniel mostrando las palmas de las manos al mirarle a la cara. El tipo estaba borracho a juzgar por cómo le bailaban los párpados y le temblaban las piernas. Pero, así y todo, tenía hombros anchos y pecho abultado.
La joven corrió a coger de la mano al tipo con cara de becerro que se acercaba a Daniel.
—Olvídalo, anda. Es solo un pringao de clase que anda siempre salido.
El pringao. Eso era para la guapa de Martita. Y mira de veces que se lo había llamado cuando osó acercarse a ella y balbucear frases incoherentes.
—Te miraba el culo, el muy cerdo —masculló con un vozarrón grave. Se giró hacia Marta —¿Le doy una paliza, quieres que se la dé, coñito mío?
Marta miró a Daniel, sonriendo bobalicona al sentirse poderosa y poder decidir la suerte del chico.
—Pero mírale bien, Richard, no es más que un pobre idiota sin seso ni gracia. Y además un jijas, no te duraría ni un segundo.
Daniel no decía ni una palabra. Sus colegas tampoco querían meterse en aquel embrollo; el grupo del tipo alto y la Marta era más numeroso que el suyo. A decir verdad, sus colegas estaban más pendientes de agarrar bien las bolsas con las botellas de licor y refresco si había que salir por patas.
El novio de Marta rió con voz de cerdo viendo a Daniel y decidiendo que, en efecto, no valía una mierda y le plantó un morreo a su novia agarrándola una de sus enormes tetas con una de sus enormes manos. Marta frotó su entrepierna con el muslo del novio. Miró de soslayo a Daniel y le indicó con un movimiento de ojos que se largara.
“Lárgate, pringao, o mi novio te revienta los sesos”.
Los colegas de Daniel también vieron la mirada. Y no les gustó nada.
—Jo, tío, ¿ahora tenemos que largarnos? Habíamos llegado primero, hostia puta —oyó Daniel que murmuraba Luis a su espalda.
Daniel no contestó. Apretó los dientes. Estaba ya hasta los cojones de que le chulearan; su mayoría de edad tenía que servir para algo. Primero su padre y ahora este garrulo. ¿Largarse? De eso nada. Además, aquella teta estrujada le había enturbiado los pensamientos.
Cogió una botella de licor de la bolsa por el cuello.
—¿Qué cojones haces, subnormal, no ves que te va a matar? —bufó Luis al ver qué se proponía Daniel—. Vámonos de aquí antes de que esto se joda del todo.
—Iros a la mierda —masculló Daniel dando un paso hacia la pareja morreándose—. No os necesito.
—La madre que lo parió, este tío es idiota —oyó que soltaba otro colega detrás de él.
Daniel se acercó más hacia la pareja. El tipo soltó la teta al verle acercarse.
—Eh, tú, hijo de puta —llamó Daniel al tipo con cara de becerro.
Marta fue lanzada a un lado con un chillido cuando Daniel corrió hacia él, blandiendo la botella.
La botella recorrió una parábola en el aire sin encontrar destino alguno. Daniel no vio el puñetazo que se estampó sobre su cara. Aún borracho, el tipo era muy capaz en una pelea. Daniel cayó al suelo, boca arriba. Sintió como su botella de vidrio estallaba al cascarse sobre el cemento y se encontró con el extremo desportillado de la botella entre sus dedos.
—Maldito cobarde de los cojones —bramó el tipo abalanzándose sobre él.
No tuvo tiempo de alzar el vidrio afilado. Una patada directa a su cabeza terminó con todo.
Sintió como dentro de su cuello algo se rompía y en su cabeza algo estallaba y lo cubría todo de negro. Un negro pegajoso y oscuro, denso como la brea. Cuando se quiso dar cuenta que era su sangre cubriéndole la cara ya fue tarde para pensar en otra cosa.
Todo acabó de repente. Así. En un instante. Fin.

martes, 21 de diciembre de 2010

CAUDIONA (7)

7.
Tosí sintiendo como mi garganta arrastraba miles de agujas de hielo por mi boca. Mi barba crujió bajo la tela cuando despegué mis labios. El aire estaba espeso y enrarecido.
La oscuridad era absoluta. Abrí los ojos sintiendo como el hielo alrededor de mis párpados se quebraba y se clavaban en mi piel.
Probé a mover los brazos y las piernas y, aunque al principio se negaron a colaborar, respondieron con dolorosos y lentos crujidos, casi ahogados entre el mar de entrañas en el que estábamos cubiertos.
Sentí el cuerpo de Caudiona acurrucada sobre mí. Saqué una mano de entre las vísceras secas y agité con cuidado el rostro de mi hermana. Escuché extasiado como empezó a emitir gruñidos de dolor y se iba desperezando.
—Caudiona —susurré con dificultad.
Mi hermana respondió con un quejido.
Estiré un brazo y palpé el angosto agujero donde nos encontrábamos. Mi guante resbaló por el duro hielo y distinguí un punto de donde parecía provenir un tenue resplandor.
Busqué mi puñal pero no lo encontré entre el mar de vísceras. Y tampoco tenía mi espada. Ningún objeto duro. Excepto mis puños.
Golpeé la superficie pétrea sintiendo como los nudillos parecían resquebrajarse con cada puñetazo. No tenía espacio suficiente para impulsar con fuerza mis golpes por lo que repetí mis puñetazos una y otra vez. Cada golpe iba a acompañado de un sonido sordo que hacía vibrar las paredes del nicho.
Continué hasta que sentí como la sangre me resbalaba entre los dedos enguantados. Por suerte el frío era tan intenso que no sentía casi nada de dolor.
Al fin fui recompensado con ruido de hielo resquebrajado y aquel sonido enardeció mis golpes hasta que toda la estructura se agrietó y se fragmentó. Grandes bloques de hielo cayeron sobre nosotros.
Sujeté a Caudiona y se fue abriendo paso entre las entrañas y la nieve compacta. Luego salí yo.
Cuando el sol nos inundó con su fulgurante resplandor grité de júbilo. Era como nacer de nuevo, como enfrentarnos a una nueva vida.
Emergimos de nuestro encerramiento y nos tumbamos exhaustos sobre la superficie de nieve, dejando que un sol misericordioso nos reconfortase con su divino calor.
Tras descansar unos instantes, nos levantamos y miramos a nuestro alrededor.
Un paisaje nevado se extendía en un extremo hasta el horizonte, más allá de donde alcanzaba la vista. Completamente liso y desértico. En el otro extremo, a lo lejos, se alzaban las montañas de donde habíamos partido.
No quedaba casi ni rastro de las torres. Parecía como si jamás hubiesen existido y solo varios pedazos de muros desgajados indicaban que alguna vez algo se había levantado sobre aquellos riscos.
Caudiona se deshizo del turbante llevándose varios mechones dorados adheridos consigo y lo tiró al suelo.
—Pongámonos en marcha —dijo exhalando una bocanada de aliento condensado.
Echó a andar al lado contrario a su anterior hogar, hacia el blanco horizonte inacabable.
—¿Adónde? —pregunté viéndola caminar con paso inseguro entre la nieve compactada.
—No lo sé. Lejos de aquí, no lo sé.
—¿Adónde? —repetí sin moverme.
Caudiona se giró, apretó los labios y me miró con aquellos ojos oscuros y pétreos.
Abrió la boca para contestar pero no dijo nada. Se volvió y siguió caminando.
Recogí su turbante en previsión de una más que segura gélida noche y eché a andar tras ella.

CAUDIONA (6)

6.
Me ceñí aún más al cuerpo de mi hermana sobre el lomo del monstruo mientras sufríamos los furiosos embates del viento huracanado. Durante nuestro alojamiento el tiempo había empeorado bastante y fuertes ventiscas que traían consigo grandes nubes de nieve compacta zarandeaban con poderoso ímpetu el vuelo de la bestia.
Caudiona gritaba de vez en cuando algo pero era incapaz de entender lo que decía. El calor que desprendía la bestia parecía doblegarse ante la intempestiva tormenta y pronto estuvimos tiritando, cubiertos de escarcha y nieve.
A nuestro alrededor solo había densas cortinas de nieve azulada y era incapaz de distinguir y oír nada más que el furioso viento gélido golpearnos una y otra vez. Ni siquiera los fortísimos latigazos sonoros producidos por las alas de la bestia eran audibles y, cuando giré la cabeza para fijarme en una de ellas, distinguí enormes agujeros y grietas entre los huesos que componían la estructura del ala.
—¡Los dioses de hielo están furiosos! —aulló Caudiona.
Súbitamente nos estrellamos contra la nieve del suelo y salí volando catapultado por el brusco aterrizaje.
Rodé sobre la nieve en un torbellino demencial de viento y hielo. Cerré los ojos y sentí un fuerte golpe en la espalda al detenerme contra algo duro.
Después solo sentí frío. Más frío del que jamás había sentido. Un frío que me envolvió y penetró en mi interior como si el hielo se penetrase en mi piel y congelase mi sangre, solidificando mis músculos y haciendo estallar mis huesos.
—¡Caudiona! —chillé en medio del vendaval. Mi grito no fue capaz de traspasar la barrera de nieve y viento que me rodeaba. Solo era capaz de distinguir un blanco compacto que me golpeaba el rostro y me hacía tambalear como un guiñapo.
Un chillido lejano, como el mugido de un buey moribundo, surgió de algún lugar imposible de determinar.
Sin pensar a dónde me dirigía, me levanté y caminé hundiendo las piernas en el espeso manto nevado. Había escuchado de nuevo el mugido y me pareció provenir de aquella dirección. Caminé con cada vez más cansancio en las piernas, ya inermes, hacia el sonido. La nieve crujía bajo mí y me habría paso a brazadas.
Al cabo de un tiempo que se me antojó eterno me topé con la bestia. Era solo un montículo nevado del cual sobresalía el morro congelado y un trío de ojos que parpadeaban con desgana. Con movimientos torpes fui desalojando con las manos bloques de nieve compacta del lomo de la bestia hasta que sentí el bulto que era mi hermana. Aún estaba abrazada pero su cuerpo estaba inmóvil.
—¡Caudiona! —grité sintiendo como la nieve penetraba en mi boca y se llenaba con rapidez.
La abrí la tela que cubría su cara y distinguí como movía débilmente los labios. Estaba viva, loados fueran los dioses en los que no creía.
La bestia emitió otro mugido y giró sus ojos para mirarme con aterradora resignación ante su destino.
A menos que se me ocurriese algo, Caudiona y yo acompañaríamos a la bestia al olvido de la muerte.
Una idea surgió en mi mente abotargada. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y comencé a retirar nieve de un costado de la bestia al ver que los vendavales solo azotaban el lado opuesto.
Al poco de empezar dejé de sentir mis dedos y los brazos y los hombros a veces se negaban a continuar. Pero, apretando los dientes y casi a ciegas, resolví seguir con mi absurdo plan. Nuestra muerte era casi segura y solo una pequeña esperanza, tan pequeña como ridícula, nos separaba de ella.
Cuando el nicho fue suficiente grande para cobijarnos, me deshice de la espada —sería un objeto inútil allí dentro—, abracé a Caudiona y rodamos en el interior. Me encogí tiritando y acogí en mi regazo el cuerpo replegado de mi hermana. Eché sobre nosotros mis abrigos de pieles.
Era el lugar y el momento de rezar. De pedir un favor a cualquier dios y solicitar una intercesión por nuestras vidas. Los débiles latidos, casi inapreciables, del corazón de la bestia fueron lo único que en aquel agujero se oyó.
Estábamos condenados a morir. Pero yo, en aquel infierno de hielo, nieve y viento, estaba satisfecho. Al fin y al cabo, tal y como había prometido a nuestros padres, había encontrado a Caudiona. Poco importaba ya, pensé, que fuese justo antes de morir congelados.
El último latido de la bestia coincidió con el taponamiento del nicho encima de nosotros. La losa que sellaría nuestro féretro.
“Ahí vamos”, pensé, mientras sacaba con movimientos espasmódicos el puñal de mi cintura. Palpé el vientre de la bestia encima de nosotros y clavé el puñal.
Fue como apuñalar una piedra escamosa. Varias chispas saltaron e iluminaron débilmente el nicho. Lo intenté de nuevo pero tampoco tuve éxito. No entendía si era debido a mis escasas fuerzas o a la naturaleza ultraterrena de aquel bicho.
—¡Por los dioses! —farfullé sintiendo como mi lengua se negaba a moverse.
La mano de Caudiona emergió de entre las pieles y me sobresaltó. Se posó sobre la mía, bajo la cual sostenía el puñal, y, tras unos instantes, distinguí como un fulgor rojizo surgía de la hoja despuntada del arma.
Contemplé perplejo como el acero mutaba a un color sanguíneo y, cuando mi hermana gruñó, hundí exhalando un grito la hoja en el duro pellejo del monstruo. La hoja atravesó limpiamente la piel y rajé encima de nosotros todo lo que la articulación del hombro me permitió.
Al instante se vertió encima de nosotros una marea de pringosas vísceras que nos envolvió hasta la cabeza con su calidez.
El hedor era horrible. Pero el frío contuvo mis ganas de vomitar y pronto me habitué a aquella fetidez.
En la oscuridad de aquella tumba, suspiré y, estrechando el cuerpo de mi hermana entre las viscosas entrañas de la bestia, me abandoné al dulce sopor al que me había resistido hasta entonces.

CAUDIONA (5)

5.
—¿Tanto he cambiado, Braco, cómo me ves? —musitó mi hermana mientras aposentaba su mejilla sobre mi pecho.
—Eres mi hermana.
—Acabas de yacer conmigo, Braco. No puedes escudarte en nuestro parentesco.
—¿Por qué lo has buscado? —pregunté refiriéndome a nuestra unión incestuosa mientras peinaba entre mis dedos sus cabellos dorados.
—Te reconocí cuando os vimos desde el aire. Además, era la hora de cenar.
La miré confuso, sin entender.
—Nos alimentamos de vuestros fluidos. Por eso he querido que terminases sobre mi piel.
La miré torciendo los labios ante tal atrocidad contra la naturaleza. Por suerte no advirtió mi gesto o eso creí.
Se incorporó quedándose arrodillada a mi lado. Me miró con sus ojos pétreos.
—Escucha, Braco, tu compañero y tú debéis salir de aquí.
—No me iré sin ti —protesté—. Te lo dije antes. Somos ladrones. Bernilius ha venido a por el oro. Yo a por ti.
—Solo hay un lugar posible para mí, y es dentro de estos muros, con las mías. Escúchame bien: vamos a mataros esta noche, no nos gusta tener alimañas ladronas en casa. Debéis huir.
—No sin ti —repetí—. Prometí a nuestros padres que algún día te encontraría.
—Diles que me encontraste —dijo desviando la mirada—. Que me casé con un rico comerciante y vivo feliz y que les he dado muchos nietos. O que aún no me has encontrado, da igual. Invéntate lo que sea.
La tomé de los hombros y la obligué a mirarme.
—Caudiona. Nuestros padres están muertos.
—¿Qué dices?
La hablé de mi anterior rango en el ejército. De cómo supimos, yo y varios leales soldados, de las intenciones de mi señor Ifadión cuando quiso apropiarse de las tierras de unos campesinos para levantar un coto de caza. De cómo me interné en su palacio una noche y le enseñé el color de sus vísceras. De cómo su hermano Alcides le sustituyó y, al no apresarnos, se ensañó con nuestras familias. De cómo lloré cuando tuve que reunir los pedazos que habían sido los cuerpos de nuestro padre y nuestra madre sin saber a quién pertenecía cada uno y les di sepultura a escondidas.
Caudiona me miró durante todo mi relato sin parpadear, fijos sus ojos opacos en los míos.
—Vale —dijo tan solo.
Se levantó y se acercó a la palangana donde hundió varios dedos en el agua para luego removerla durante un tiempo que se me antojó demasiado extenso.
—Muy bien. Os traeré una bolsa de monedas. Os llevaré lejos, donde la nieve está más tierna. Tendréis suficiente dinero para divertiros durante un tiempo.
—Caudiona… —protesté.
—No, Braco —me cortó—. Parece que todavía no entiendes qué soy. Vivo rodeada de nigromantes, de echo soy uno de ellos. Vendemos nuestras artes al que mejor nos paga. Y ya está. Así es mi vida. Con la tuya haz lo que quieras.
—Nuestros padres…
—Los tuyos. Yo ya los olvidé hace tiempo. Utiliza el dinero para vengar su muerte o emborracharte a su salud.
—Te raptaron.
—El tiempo diluye y empequeñece aquel hecho. Me otorgaron dones que casi nadie valora. A tu modo de ver me transformaron en un ser indigno de vivir fuera de estos muros. Pero dentro de ellos soy alguien, sirvo para algo. Tú solo te apropias de lo ajeno, matas a inocentes y correteas por ahí mirando siempre detrás de tu espalda, atento a las sombras, suspicaz ante lo extraño. Y todo por encariñarte de unos campesinos que te recordaron a tus padres. Pobre Braco, de la noche a la mañana el general admirado es un vagabundo perseguido.
Quise responderla pero no me dejó.
—Cuenta hasta cien. Reúne a tu compañero y esperadme aquí. La muerte es la única recompensa que obtendréis si intentáis cualquier engaño.
Salió en silencio y dejó la puerta entornada.
Entré en la celda de Bernilius. La puerta también estaba entornada y lo encontré tumbado sobre el colchón. Su celda era igual a la mía. Aún sonreía y resoplaba satisfecho.
—Jamás imaginarías lo que me ha ocurrido —sonrió.
Le expliqué con detalle el plan que había urdido mi hermana.
—Si nos va a regalar una bolsa de monedas es porque la cantidad que tienen es tan grande que no echarán en falta esa porción. Tenemos que hacernos con más.
—Caudiona no bromea, Bernilius. Cojamos ese dinero y larguémonos de aquí. Ya te he dicho que saben de sobra lo qué somos. Y no son tímidos comerciantes o afeminados burgueses.
Bernilius me miró con desprecio.
—¿No ansías más cuando sabes que hay de sobra? Te conformas con muy poco, Braco. Tú ya tienes a tu hermana, vayamos a por lo mío.
—Me conformo con salir vivo de aquí. Ese dinero es el pago por olvidarme de ella para siempre.
Bernilius desvió su mirada hacia la ventana y fijó su mirada en el furioso temporal que se cernía fuera. Negó lentamente con la cabeza.
Caudiona entró en la estancia. Llevaba en sus brazos nuestra ropa y las armas.. Paseó su mirada por nuestros rostros y adivinó al instante el pensamiento de Bernilius.
—Vístete, Braco, nos vamos. Tu amigo quiere probar suerte. Él sabrá.
Me calcé las botas y me fui colocando la ropa ante la mirada divertida de Bernilius. Mi hermana también había traído su túnica de múltiples capas y el turbante. Se lo embozó hasta dejar solo visibles sus ojos opacos.
—Bernilius —rogué mientras me ajustaba el cinturón del que colgaba la vaina de la espada.
—Tu hermana tiene razón. Probaré suerte —fue todo lo que dijo por respuesta.
Caudiona y yo salimos de la celda dejando entornada la puerta. Sonrió mientras nos alejábamos.
—Nuestra marcha y la falta de un bicho de esos resultará extraña —la advertí mientras ascendíamos por las escaleras al piso superior—. Te castigarán por ayudarme a huir.
—Seremos rápidos —respondió lacónica—. Y tú servirás para propagar un mensaje: nadie nos roba y sale con vida de nuestros dominios.
—¿Bernilius sufrirá?
Caudiona se giró para mirarme y estrechó sus párpados. Debajo de la tela que cubría su cara supe que sonreía.
—Oh, sí, y espero que cuando vuelva me hayan dejado algo.

CAUDIONA (4)

4.
Accedimos a una amplia sala donde la bestia se tumbó y nos bajamos. El suelo era de piedra al igual que las paredes. Grandes bloques pétreos apilados sin argamasa y de abombados salientes constituían la amplia pared circular que delimitaba la estancia. Otras dos bestias como la nuestra se agazapaban en un extremo de la sala, con las alas plegadas y la mirada fija en nosotros. Un grupo de sirvientes se ocupaban de las bestias y varios de ellos acudieron hasta nosotros.
Un mecanismo de pesos y cadenas elevó el portón hasta que la gruesa madera crujió y chirrió al encajarse en la abertura. Una luz difusa que manaba del alto techo iluminaba tenuemente la estancia. El olor de aquellas bestias aladas hedía a azufre y grasa descompuesta.
Las jóvenes se despojaron de sus ropas quedando desnudas salvo unas tiras anchas y cortas que ocultaban su sexo y sus nalgas. Los sirvientes se hicieron cargo de las ropas en silencio.
Sus cuerpos desnudos estaban cubiertos por tatuajes compuestos de miles de líneas finas y oscuras surcando cada porción de su piel. Sus curvas moldeadas y sugerentes incitarían a guerras y batallas con un solo contoneo de sus carnes.
—Aquí dentro no necesitareis vuestras ropas invernales —dijo la que había tenido delante de mí durante el viaje. Dos sirvientes se acercaron hasta nosotros.
Lo cierto era que en aquella sala la temperatura era agradable, incluso bochornosa. Bernilius y yo nos deshicimos de las pieles pero conservamos el peto, los calzones y las armas. Las mujeres torcieron el gesto al advertir nuestras espadas colgando a la cintura.
—Podéis confiar en nosotras, no tenéis necesidad de portar armas en nuestra morada —dijo la otra joven, exhibiendo una franca sonrisa. Tenía el cabello negro como la brea y refulgente como el onyx. Caía sobre su espalda y pechos como una cascada de aceite espeso—. Os serán limpiadas y afiladas antes de vuestra partida.
No tuvimos más remedio que obedecer. Si no descortés, al menos sospechosa habría sido nuestra negativa a quedarnos indefensos. No deshicimos de nuestras armas que fueron recogidas con celeridad por los sirvientes.
La joven elevó los brazos sobre su cabeza y describió con ellos un arco. Al instante la estancia se iluminó con profusión a medida que sus brazos describían el semicírculo. La grandiosidad de aquella magia rivalizaba con la belleza de sus rostros. Los intrincados tatuajes inundaban sus caras con círculos, elipses y curvas apretadas resaltando sus facciones, arremolinándose en impúdicos meandros sobre sus ojos.
Era magia, sí. Estábamos a su merced, sí. Tragué saliva. Estábamos completamente a su merced. ¿Qué robo y qué secuestro habríamos de cometer sin ropa, sin armas? Nuestra condición de ratas aprisionadas se fue afianzando en mi mente.
—Caudiona —dijo la de cabello moreno a la otra joven, de larga y dorada melena—, enseña a nuestros invitados sus aposentos.
Bernilius y yo fuimos detrás de la joven hasta unas escaleras junto a la pared que descendían hacia el piso inferior.
El nombre no era común, pero bastaba para hacer dudar. Sin embargo, la pequeña cicatriz en su ceja derecha, residuo de una aparatosa caída de pequeña cuando jugaba a perseguirme, era incuestionable.
Caudiona, repetí en voz baja. Había penetrado y luego esparcido mi simiente durante el viaje sobre mi propia hermana.
Mi compañero no me escuchó. Iba más pendiente del contoneo de las nalgas de ella que de mi voz.
La joven, sin embargo, sí que oyó mis palabras y se volvió un instante para mirarme con curiosidad mientras bajábamos por los escalones.
En el piso inferior un pasillo longitudinal lo dividía en dos mitades. Estrechas puertas se sucedían a cada lado y la joven se detuvo entre dos de ellas.
—Estas serán vuestras habitaciones. Descansad de vuestro agotador viaje. Confío en que nos acompañéis después a la comida para relatarnos vuestros viajes. ¿Cómo os llamáis?
—Yo soy Ciro de Germanio —dijo Bernilius inclinándose, tomando la mano de Caudiona y besando su muñeca—, y mi compañero es Berio de Solemnios. A vuestro servicio, mi señora.
La joven se marchó dedicándome una mirada suspicaz. Estaba seguro que me había reconocido. Aun por la barba y las cicatrices, pocas personas conocí que rebasasen los dos metros de estatura.
Cerré la puerta tras de mí y contemplé mi habitación. Constaba de un sencillo colchón de paja, un taburete y una palangana llena de agua tibia. Las paredes eran de piedra caliza y un ventanuco cerrado dejaba entrever una ventisca furiosa que golpeaba con nieve espesa sobre el cristal.
Me acerqué a la puerta e intenté abrirla. Me fue imposible, estaba firmemente anclada a la pared.
Encerrados como ratas. Maldije con un gruñido la situación en las que nos encontrábamos. Sopesé la posibilidad de echar la puerta abajo a base de empujones pero deseché el plan. Más inteligente sería averiguar cuál era el mecanismo de apertura cuando saliésemos a comer.
Me acerqué al ventanuco y contemplé como la nieve iba cubriendo sin pausa el alféizar exterior de nieve.
No sé cuánto tiempo transcurrió pero escuché unos pasos lejanos que se acercaban. La puerta se abrió y mi hermana entró cerrando la puerta tras de sí en silencio. Apoyó en ella la espalda y me miró con aquellos ojos opacos. Estaba desnuda.
—Braco —susurró en voz baja.
Me levanté y fui hacia ella para abrazarla. Pero un gesto de su cabeza me hizo detenerme a mitad de camino.
—¿Qué habéis venido a hacer aquí? Apestáis a ladrones de lejos.
—Mi compañero ha venido en busca de oro, sí —confirmé sin pensarlo. Era mi hermana. Y, de todas formas, todos en aquella torre estarían enterados ya—. Yo solo he venido a por ti.
—¿A por mí? —sonrió Caudiona. Era una sonrisa burlona pero era la primera vez que la veía sonreír. Estaba ciertamente hermosa. Pero chasqueé la lengua de fastidio al ver como aquellas líneas negras surcaban su piel. La marca de lo oscuro, de lo indigno, de la hechicería.
Adivinó mis pensamientos y ensanchó su sonrisa.
—¿Qué ocurre, hermano mío, te disgusta en qué se ha convertido tu desamparada hermanita pequeña?
—Estás… estás… —tragué saliva y di un paso atrás—. ¿Te jactas de ser lo que eres?
Se acercó hacia mí, alzando la cabeza para mirarme a los ojos. Me di cuenta, por primera vez, que la opacidad de los suyos se asemejaba a la del basalto. Era imposible no turbarse ante aquellos párpados lubricando sus ojos de piedra cada parpadeo.
—¿De ser qué? —preguntó relamiéndose los labios. Colocó sus manos a su espalda e inspiró hondo, sacando pecho, con altanería—. Venga, dilo, hermano mayor, dilo para que pueda oírte. Que estas paredes blancas sean el eco de tus palabras.
—Una sierva de lo oscuro —susurré dando otro paso hacia atrás.
Tropecé con el colchón y caí sobre él de espaldas. Caudiona se abalanzó rauda sobre mí, arrodillándose sobre mi vientre. Su lengua rosada se internó entre el vello de la garganta y ascendió por el mentón hasta llegar a mis labios entreabiertos que sorteó ascendiendo por mi mejilla hasta llegar a mi entrecejo. Su aliento era penetrante y olía a sangre fresca.
Yo, Braco, general del ejército del noble Ifadión, con cientos de muertes cargando sobre mis hombros incluida la de mi propio señor, ahora me veía desvalido y acobardado ante la lúbrica lengua de una joven hechicera. Podría apresar su fino cuello con una mano y apretar hasta que sus frágiles huesos crujiesen, sintiendo bajo la palma de mi mano como su garganta se quebraba. El mundo sería un poco mejor. Cualquiera me lo agradecería. No importaba que fuese mi hermana.
En cambio, apresé su pequeña cabeza con una mano, atraje sus labios a los míos y deslicé mi otra mano hacia la hendidura que sus nalgas ocultaban.

CAUDIONA (3)

3.
Las torres se levantaban sobre los salientes rocosos del pico más alto. Era una estructura formada por varios faros aposentados sobre los riscos, comunicados entre sí por puentes colgantes. Cada torre poseía en el embudo invertido que formaba su cúspide un estandarte y todos ellos, largos y oscuros, restallaban lejanos en el aire como látigos que añadían a los vientos ululantes de aquellas alturas una siniestra comparsa a modo de música.
Bernilius y yo nos miramos mientras nos embozábamos las pieles de oveja a la cara. El frío y húmedo viento encontraba cualquier resquicio en nuestra ropa y producía escarcha con el mero contacto. Debíamos parpadear a menudo para impedir que los ojos se nos cerrasen por el hielo acumulado alrededor de ellos. Nuestros caballos habían muerto hacía pocas horas, nada más iniciar la marcha por aquel paisaje nevado. Si algún lugar podía calificarse de inhóspito, este podría ser un buen exponente.
El acceso a las torres desde la base de la montaña, si lo había, no estaba visible. Trepamos hasta una roca y miramos encima nuestro en busca de cuál era la forma de llegar hasta aquel cúmulo de torres infestadas de seres oscuros.
El fuerte viento nos impidió oír el batir de alas hasta que surcaron los cielos encima de nosotros, ensombreciéndonos. Alzamos la mirada y dos grandes bestias de oscuro vientre, larga cola y gigantescas alas membranosas desafiaron los fuertes vientos para dirigirse hacia las torres. Dudo que nos viesen: íbamos cubiertos de pieles blancas y grises, fundiéndonos entre aquel paisaje helado. Aun así nos agazapamos entre las rocas con los ojos abiertos de asombro y tratando de calmar nuestros asustados corazones. Varias personas iban en sus lomos tumbados y abrazados al cuerpo de las bestias, llevando ropajes livianos y ondeantes.
No sé qué eran esos monstruos, jamás habíamos visto algo igual. Dudo que su existencia tuviese cabida en este mundo, debiendo pertenecer, por fuerza, a otro bien distinto.
Una de aquellas bestias dio un giro brusco en el aire y batiendo con rapidez sus alas, tomó tierra delante de nosotros. Sus cuatro patas se posaron sobre la nieve compacta. Un grueso penacho de humo gris y denso salió de la boca monstruosa colmada de dientes puntiagudos y apretados y emitió un chillido ensordecedor, acallando por unos instantes el continuo ulular del viento.
Dos personas descendieron del lomo del monstruo y, tras mirarse unos instantes, se dirigieron hacia nosotros.
La huida era fútil. Aquella bestia nos alcanzaría en un solo momento. Nos incorporamos y, tratando de dominar el fuerte temblor de nuestros dedos, extrajimos las espadas de sus vainas y nos dispusimos a hacer frente a las dos figuras que venían a nuestro encuentro. No portaban arma visible alguna y por ello nos causaban más temor.
Bajamos de la roca y juntamos nuestros cuerpos para tratar de conservar algo de calor y cubrirnos mutuamente. Nuestras espadas vibraban con el aire furioso, disimulando la tiritona de nuestros brazos.
Cuando estaban cerca, una de las figuras resbaló en la nieve y de entre sus túnicas grises de múltiples capas ondeantes sobresalió una pierna blanca y estilizada para apoyarse. Era la pierna de una mujer. Miré a Bernilius y vi en sus ojos cubiertos de escarcha el reflejo de una común extrañeza.
—¿Quiénes sois? —gritó para hacerse oír entre los vientos infernales una de la voces, femenina, cuando se detuvieron a pocos pasos de distancia.
Eran dos mujeres y, aunque el relampagueante agitar de sus ropajes impedía vislumbrar sus formas, de vez en cuando las telas se ceñían a sus redondeces mostrando cuerpos voluptuosos. Llevaban la cara cubierta con turbantes y tan solo asomaban sus ojos, igual que en nuestro caso.
Pero los suyos eran negros y opacos, desprovistos del blanco que enmarcaban unas pupilas humanas.
—Dos viajeros que han perdido el rumbo —gritó Bernilius, repitiendo la excusa que acordamos si nos sorprendían.
Las dos mujeres, o lo que fuesen aquellas figuras de ojos inhumanos, se miraron y distinguimos como entrecerraban sus párpados, dilucidando la veracidad de nuestras palabras.
—Sois nuestros huéspedes —gritó una de ellas. Tenía la voz menos potente y casi no la oíamos—. Venid con nosotras.
Dieron media vuelta y se volvieron hacia la bestia que aguardaba agachada en la nieve.
Nos miramos y sonreímos ante nuestra suerte. Aquellas mujeres iban a soltar a dos chacales como nosotros en su morada.
Envainamos las espadas y las seguimos.
El enorme bicho alzó su cabeza cuando nos vio acercarnos. Tenía una cara siniestramente reptiliana, pero dotado de tres ojos ambarinos dispuestos en triángulo que parpadeaban al unísono. Emitió un chillido agudo que hizo estremecerse nuestras almas y agarrotarnos los corazones.
Las dos mujeres subieron gráciles a lomos de la bestia y nos tendieron la mano para ayudarnos a subir. Cuando apoyé el culo sobre el lomo de aquella bestia advertí que la piel estaba caliente, deliciosamente caliente. Al igual que la de la hembra que tenía delante. Se agachó y se abrazó al lomo. Una de las telas que ocultaban su trasero se deslizó traicionera hacia una nalga, permitiéndome atisbar su interior desnudo donde, en efecto, su hendidura demostraba su condición femenina. Cientos de tatuajes adornaban su piel blanquecina.
—Tumbaos sobre nosotras —gritó la que tenía delante—. O no sobreviviréis al frío de las alturas.
Me ceñí al cuerpo tibio de la mujer y ésta dio un respingo cuando mis pieles de oveja heladas se aposentaron sobre su trasero desnudo. La mujer estaba casi oculta debajo de mí a causa de mi gran envergadura. Por detrás noté como la otra mujer deslizaba sus manos dentro de las pieles de mis costados y aposentaba sus dedos tibios sobre mi vientre. Me giré y vi como Bernilius había hecho lo mismo dentro de las ropas de la mujer, aferrando sus senos. Los ojos de la mujer parpadearon pareciendo agradecer el contacto.
Esto era de locos. En una situación como esta, el deseo carnal empezaba a despertarme incómodas hinchazones en mi entrepierna.
La bestia se levantó y desplegó sus enormes alas membranosas. Los músculos debajo nuestro se tensaron y noté la increíble fuerza que aquel ser poseía. Las alas se agitaron con rapidez alrededor nuestro y un calor antinatural pareció envolvernos a medida que levantábamos el vuelo. Los aleteos eran como enormes látigos restallando el aire, descargando aterradores trallazos sonoros que nos envolvían a uno y otro lado. Me agarré con más firmeza a la mujer debajo de mí. El suelo nevado se alejó de nosotros y ganamos altura.
La mujer detrás de mí susurró algo que respondió la que tenía debajo. No distinguí que dijeron, hablaban una lengua extraña, pero la que tenía detrás de mí hurgó dentro de mis ropas en busca de mi sexo. Lo encontró con rapidez. Sus dedos pequeños apresaron el talle y comenzaron a estimularlo. Sus manos y mi sexo golpeaban las nalgas de la otra mujer que levantó la grupa, predisponiéndose a la monta.
Las manos guiaron mi miembro erecto hacia el conducto lubricado que tenía delante y lo introdujeron con decisión. El interior era tortuosamente acogedor. Comencé a bombear con movimientos pausados, manteniendo el equilibrio sobre el lomo del monstruo en pleno vuelo. Entre el restallido de batir de alas se oían nuestros gemidos. También escuché los de detrás de mí y supe que Bernilius hacía lo propio con la mujer que tenía a mi espalda.
Cuando el éxtasis me sobrevino los dedos de la mujer sobre mí deslizaron mi miembro pringoso fuera y descargué mis fluidos sobre las nalgas desnudas entre jadeos y convulsiones. Varios chillidos de gozo y un lúbrico y extraño sonido de succión acompañaron mis jadeos.
Tras recuperarme, desvié la mirada debajo del lomo de la bestia y distinguí una de las torres acercándose hacia nosotros con rapidez. Un portón enorme surgió de la desnuda piedra del muro y bajó hasta quedarse horizontal como una enorme rampa de aterrizaje.
La bestia se meció con fuerza en el aire agitando ensordecedoramente sus alas para tomar tierra en la gran abertura. El aire se colmó de latigazos furiosos y las cuatro patas tomaron tierra sobre el portalón bajado.
No tenía idea de cómo saldríamos de allí, pensaba mientras descendíamos del lomo de la bestia. En los ojos de Bernilius distinguí el mismo temor. Ya no éramos chacales sino, más bien, ratas atrapadas en una trampa.

CAUDIONA (2)

2.
Cuando llegó el alba habíamos puesto suficiente distancia entre nosotros y aquel pueblo para preocuparnos de ser perseguidos.
Nuestro destino estaba al norte, siempre al norte, más allá de los soportables páramos, en busca de las picudas montañas nevadas que se alzarían en el horizonte varias jornadas más tarde.
Mi montura pronto acusó la pesadez de mi cuerpo y se agotó en el tercer día. Por suerte había robado en previsión de aquella inevitable suerte otro caballo. Una cuarta montura llevaba nuestras vituallas.
Cabalgábamos sin cesar durante el día y solo parábamos cuando nuestros cuerpos pedían un descanso, el hambre era inaguantable o los caballos exhaustos se negaban a continuar. Bernilius se empeñó, sin objeción por mi parte, en llevar más licor que comida y si bien el viaje era pesado y aburrido, íbamos siempre sonrientes y de buen humor.
Dábamos amplios rodeos para esquivar los pequeños poblados que nos íbamos encontrando a nuestro paso, pero cuando la nieve comenzó a alfombrar el paisaje, todo rastro de humanidad desapareció.
—Llegaremos mañana. No pareces muy contento —comentó Bernilius mientras cortaba un trozo de carne curada y lo echaba a las brasas. Acaba de anochecer y habíamos encontrado un promontorio libre de nieve donde crecían algunos rastrojos donde los caballos podían pastar.
Le miré unos instantes y retorcí el pellejo de cuero en busca del poco licor que contenía. Le tendí el pellejo casi vacío.
—No me agrada demasiado el lugar a donde vamos —respondí tras tragar.
—Los dos salimos ganando, míralo de esa forma. Yo consigo una fortuna y tú recuperas a tu hermana.
—No estoy seguro de querer recuperarla.
Bernilius dio la vuelta a la carne con la ayuda de un cuchillo y volvió a clavarlo en la tierra.
—Sigue siendo tu hermana, Braco. Yo no tengo tanta suerte como tú.
—Tu hermano no era un hechicero.
—No. Era un humilde y orgulloso campesino que se conformaba con sus animales, su pedazo de tierra, su mujer y sus hijos.
—Tu hermano y su familia podían levantar sus cabezas bien alto. Eran personas honorables.
Bernilius chasqueó la lengua y luego escupió a las brasas. El siseo de su saliva burbujeando produjo un silbido agudo.
—¿Y eso de qué les sirvió cuando Alcido y sus perros fueron a sus tierras a buscarme, eh? Dime de qué les sirvió.
—No quería… —me disculpé al ver la furia en su cara. Pocas veces había visto enojado a Bernilius. Aquel hombre, con su delgado y enjuto cuerpo, era todo lo que me separaba de la soledad.
—Ahorcados como perros, con sus entrañas cubiertas de moscas colgando debajo de sus pies. Dime que mal hicieron esos niños, Braco. Dime qué honor hubo en ellos. Si hubiesen sido mis hijos habría vendido a mi hermano con un solo rasguño en sus caras. Un arañazo, su simple raspón. Mi hermano no fue valiente, fue un estúpido.
—Mis padres… —protesté, pero Bernilius me cortó rápido.
—Y los míos, por todos los dioses, también los míos. Ya sabíamos a qué nos ateníamos cuando esparcimos las vísceras de aquel canalla por todo su palacio.
Bernilius sacó el cuchillo de la tierra y miramos la hoja mellada reflejar las ascuas brillantes. Durante un instante el cuchillo pareció bañado en sangre.
—Poco honor queda ya en este mundo, Braco. Y menos debería quedar en nosotros, que hemos violado templos, mancillado a preciosas doncellas, robado a humildes comerciantes y degollado a inocentes para robar fruslerías y baratijas.
—Es una hechicera, una adoradora de dioses oscuros, amante de demonios, la zorra de…
—Es tu hermana. Lo único que te queda de ti en este asqueroso mundo.
Pinchó uno de los trozos de carne humeante y me lo ofreció.
—¿Vas a renunciar a lo único que te salva del olvido?
Miré el trozo de carne y tras dudar unos segundos lo desclavé del cuchillo.
—Así me gusta —dijo con voz hosca mientras recogía otro pedazo de carne para él.

CAUDIONA (1)

PRÓLOGO
La mujer saltó dolorida de la cama y cuando iba a echar a correr fuera de la alcoba, pero se detuvo y se giró unos instantes a contemplar al gigante extendido sobre la cama.
Parecía plácidamente dormido.
Estaba desnudo, igual que ella. El tamaño de la cama era desmesurado. Si se colocaba a la altura de los pies, como él, podría aposentar su cabeza entre su pecho, como había hecho durante el rato en el que se quedó dormida.
Debía marchar, no había tiempo para pensar en cuántos pájaros habían hecho falta para rellenar el colchón. O cuántas horas necesitaría para volver a sentarse sin escozores en una silla. El rey Braco tenía un miembro parejo con su estatura y el cuerpo musculoso y cubierto de blancas cicatrices había estado a punto de provocarla un desmayo. El insaciable frenesí que el monarca derrochaba en el sexo solo era comparable con el profundo sueño que luego, al terminar, le invadía. O eso suponía ella.
—¿Ya marchas? —susurró Braco.
La mujer dio un respingo.
—Mi señor… —tragó saliva y dudó que fuese capaz de aguantar otra sucesión de empellones en su sexo como los que había sufrido—. Os creía dormido. Estoy agotada, iba a…
Recordó que aquel hombre era tan enorme como astuto. Pocas tretas podrían sacarla de aquella habitación.
—No marches, vuelve a la cama.
Era el rey. No podía contradecirle. Pero sí demorar su ansia.
—Mi señor —sonrió melosa volviendo a la cama. Cogió una botella de licor y dos copas que llenó hasta el borde. Las piernas le temblaban solo de pensar que su plan no tuviese éxito—. Me preguntaba si querrías acompañar este momento con algo de licor.
El monarca se irguió y se sentó apoyando su espalda en el cabecero de la cama. Toda la estructura crujió con su peso. Entrecerró los ojos durante unos segundos, sondeando los de la mujer y luego alargó la mano para tomar la copa que le tendía.
—La noche es fría —comentó el monarca al ver el amplio ventanal que había enfrente de la cama. Los primeros copos de nieve empezaron a azotar el cristal, impulsados por una ligera brisa—. Y está comenzando a nevar.
Se bebió el contenido de la copa de un trago y la mujer se apresuró a volver a llenarla.
—Mi señor —dijo la mujer mientras sorbía un poco de aquel licor. Estaba dulzón, pero había empezado a notar sus efectos en poco tiempo. Quizá fuese la causa de la impertinencia de su petición—. A veces suspiráis cuando veis a vuestra esposa. He notado que solo sonreís en su compañía y la prodigáis halagos y carantoñas. ¿No sois acaso suficientemente feliz con ella para andar buscando cuerpos ajenos como el mío con los que aplacar vuestra libido?
El rey pareció ignorar la pregunta de la mujer. Miraba al frente, a la ventana por donde se atisbaban los copos posarse sobre el alfeizar.
—Lléname de nuevo la copa, mujer, y te contaré una historia.
El licor volvió a rebosar la copa.
 
1.
Mi hermana.
Solo ese pensamiento, ningún otro. Era increíble, ni lo habría podido imaginar siquiera. En boca de cualquier otro, le habría abierto en canal y desparramado sus vísceras sobre su cara.
—¿Braco, estás bien, amigo? —oí a mi lado. Aquella voz detuvo mis pensamientos.
Me giré hacia Bermilius. Tenía la jarra en el aire, mirándome sonriente.
—¿Estás bién? —repitió bebiendo un gran trago. Apuró el contenido y se incorporó con dificultad para pedir más bebida a la camarera. Su llamada terminó en un grito agudo y estridente que hizo enmudecer durante unos instantes a los parroquianos de la taberna.
—Solo pensaba —contesté cuando me dio unas palmadas en la espalda.
—En tu hermana —adivinó mi amigo.
Asentí con la cabeza y bebí varios tragos seguidos de mi licor.
—Estás de acuerdo, entonces, ¿no? —preguntó Bernilius.
—Aún no sé qué pensar —susurré mientras me limpiaba los morros ocultos con la barba con el dorso de la mano—. Caudiona no puede haberse convertido en una…
Bernilius me hizo un gesto con la mano para que callase. La camarera, una mujer rolliza y de cara sonrojada, llegó hasta nosotros y llenó nuestras jarras. Tendió la mano sobre la mesa para reclamar el importe y mi amigo sacó de una bolsa atada a su cintura una moneda reluciente que mostró entre sus dos dedos a la mujer. Cuando la mujer fue a cogerla, Bernilius esquivó sus manos y depositó la moneda entre los abultados pechos de la mujer.
Cuando la camarera marchó, Bernilius deslizó la moneda que nunca se había separado de sus dedos de nuevo en su bolsillo.
—Esta es la última ronda. No se tragará de nuevo el truco —susurró mi amigo relamiéndose los labios mientras miraba el trasero bamboleante de la camarera desaparecer entre la multitud.
Me llevé el borde de la jarra a los labios mientras sonreía. Aquel larguirucho y enclenque ladrón, otrora soldado como yo e igualmente buscado por deserción, no dejaba de impresionarme.
—No estarás pensando en recuperar esas monedas del lugar donde las dejas, ¿no? —reí dando un toque con el hombro al de Bernilius.
No calculé la fuerza del toque y, ayudado por el poco equilibrio que le restaba debido a su ebriedad, cayó al suelo derramando todo el contenido de la jarra sobre él.
Nos miramos unos instantes y rompimos a reír. Entre mis graves carcajadas y las suyas tan agudas, atrajimos de nuevo la atención de los demás clientes.
—Hora de irse —dije tendiendo la mano a mi compañero aún en el suelo.
—¿Hay trato entonces? —preguntó disolviendo su sonrisa y expresando la gravedad de su proposición.
Afirmé con la cabeza y solo entonces se ayudó de mi mano para levantarse. Salimos de la taberna con paso calmado pero ligero. Nuestras cabezas podían hacer a cualquiera de los que nos rodeaban ricos durante varias generaciones.
—Nos harán falta caballos —dije fijándome en el establo adyacente al local del que acabábamos de salir.
—Y provisiones —añadió Bernilius señalando con la cabeza a las vituallas del carro junto al almacén.
Nos anudamos las vainas de las espadas al muslo para que no tintineasen y corrimos entre las sombras hacia el comienzo de nuestra misión.

La hidra de Viceka (8)

8.
Avancé con una espada llameante hacia el agua. Agarré con fuerza el escudo con la otra mano. Las piernas cada vez me dolían más. Cada paso que daba era atroz. Debería encomendarme a algún dios, pero no sentía respeto por ninguno.
Arrojé varias piedras al agua.
—¡Hidra! —grité— ¡Bicho asqueroso, sal para que pueda verte tus feas caras!
El agua burbujeó en el centro de la laguna.
Arrojé más piedras. Las burbujas se movieron en mi dirección. El monstruo se dirigía hacia mí. Aquella criatura había hecho caso de mi llamada.
El paraje estaba lleno del humo denso del sebo y el olor era nauseabundo. Tragué saliva y tosí.
Estaba loco. Claro que estaba loco. El corazón me latía con fuerza y las piernas me temblaban. Sí, estaba loco.
Una cabeza emergió del agua poco a poco. La luz azulada de los fuegos se reflejaba en su piel escamosa. Dos ojos ambarinos me estudiaron con detalle. La cabeza era tan grande como mi escudo. Una lengua bífida y rojiza lamió el agua. Dioses, era enorme, más de lo esperado.
Otras dos cabezas surgieron del agua a ambos lados de la primera. Igual de grandes, igual de malignas. Se acercaron las tres. Sus cuellos eran largos, como los de una serpiente, sinuosos, cubiertos de escamas relucientes.
La hidra sacó su cuerpo del agua. Cuatro patas gruesas terminadas en garras afiladas hicieron retumbar la tierra. Una cola larga se agitaba como un látigo, restallando en el agua. Las cabezas chillaron y el humo se arremolinó en el aire con sus potentes rugidos.
Me miraron durante un segundo, agitando sinuosas sus tres cabezas en el aire, estudiando la ridícula situación: un gigante herido con una espada rota llameante y un escudo abollado. La bestia se abalanzó sobre mí.
Corrí hacia ella, bramando enfurecido.
Una de las cabezas se lanzó como un dardo sobre mí. La detuve con el escudo. Su boca abierta hedía a corrupción y sus dientes afilados resbalaron en la superficie del escudo. Esquivé otra cabeza que trató de arrancarme el brazo con el que sostenía la espada. Sus acometidas eran vertiginosas, sus golpes retumbaban en todo mi cuerpo, resbalaba por la arena. Las cabezas lanzaban chillidos ensordecedores, horrendos. Esquivé otro mordisco y descargué con un golpe todo el peso del arma y el brazo sobre el cuello. Saltaron esquirlas de sus escamas. Cercené limpiamente el pescuezo. Un rastro de grasa llameante rasgó el aire y un lastimero y estridente bramido sacudió todo el paraje. La cabeza decapitada se sacudió en el suelo, coleteando, intentando atraparme las piernas. Dejaba un rastro de sangre negra siseaba que carcomía la arena, fundiéndola y haciéndola estallar. Tuve que retroceder.
El cuello cercenado humeaba en la herida. La hidra se replegó hacia el agua y hundió el cuello descabezado en el lago.
—¡No! —grité alarmado.
El agua curó la herida. E impidió la cicatrización. Dos cabezas más surgieron del cuello decapitado con rapidez, con endemoniada rapidez. Cuatro cabezas. Resoplé disgustado. No había pensado que aquel monstruo fuese tan inteligente.
Las dos nuevas cabezas se abalanzaron sobre la cabeza inerte y la devoraron en pocos segundos, desgarrando la carne sanguinolenta entre las dos y engullendo grandes pedazos. Sus mandíbulas trituraban su propia carne y huesos con gula. Pronto aquellas dos nuevas cabezas eran igual de grandes que sus dos hermanas.
Las cuatro cabezas se giraron hacia mí y me pareció distinguir una malévola sonrisa en sus morros achatados. Las cuatro chillaron con inhumanos gritos que resonaron en el aire.
La espada me quemaba las manos. Pedazos de grasa en llamas me caían sobre los cuatro dedos y el antebrazo. La empuñadura se había calentado hasta un punto inmanejable. Corrí hasta la hoguera donde estaba la muchacha junto al escudo con las demás armas.
—¡Es inmortal! —chilló angustiada la muchacha tapándose la nariz y la boca para no respirar el humo negro.
—No, solo es más astuta de lo que pensé —dije echando la espada al caldo en llamas del escudo. Empuñé el hacha con el filo mellado. El mango siseó al contacto con la palma de mi mano y noté su calor extremo quemarme la piel de los dedos.
—Huyamos, por tu dios, nada puedes hacer —dijo ella intentando retenerme.
—Yo no tengo dios —dije desasiéndome de sus brazos—, solo tengo a mi hermana.
Me lancé a voz en grito hacia el monstruo. Las piernas me fallaron a mitad de camino. Caí al suelo, al inicio de la playa. La muchacha chilló angustiada. La hidra se abalanzó sobre mí sin contemplaciones. Recogí el hacha y me levanté jadeando, escupiendo gargajos oscuros y sangre. El sudor me cegaba los ojos y solo veía a cada parpadeo como el monstruo se acercaba con una rapidez asesina.
No sé cómo detuve la primera acometida. Alcé el escudo en el último instante. Las fauces de una cabeza me hicieron temblar el cuerpo entero. Otras dos cabezas se agitaron a ambos lados del escudo, buscando los costados; las esquivé. El hacha pesaba demasiado. Se me resbalaba entre los dedos entumecidos. La arena y el sudor hacían que a cada movimiento sintiese como el mango al rojo vivo se escurría entre mis dedos chamuscados.
Grité angustiado. La cuarta cabeza asomó por arriba, su baba goteando mi cara me hizo alzar la mirada. Se lanzó hacia mí con inusitada rapidez. La esquivé en el último instante, doblando mi espalda. La torsión hizo crujir mis caderas y mis piernas temblaron. Agité el hacha y descargué con una furia ciega el filo sobre la cabeza. Una fina lluvia de sangre me salpicó el brazo y el rostro. Grité de dolor, sentí como ardía mi piel.
Retrocedí agotado, calmando mis heridas con arena. Me costaba respirar. Casi no me tenía en pie, al final caí arrodillado. El cuello cercenado y humeante se agitó frenético en el aire.
La criatura volvió hacia la laguna y calmó su nueva herida. Dos nuevas cabezas comenzaron a brotar como ramas de un árbol.
Así era imposible. Jamás lo lograría. No podía luchar con el monstruo y a la vez impedir que retornase al agua para impedir su curación. Grite de rabia, de impotencia. Era frustrante, horriblemente frustrante.
La muchacha se me acercó y me ayudó a ponerme derecho.
—¡Te matará! —lloró desolada. Me limpió la cara de hollín y arena con sus andrajos.
Negué con la cabeza. El frío se había instalado en mis piernas y ya no se iba a ir. Tirité mientras seguía negando con la cabeza.
Intenté ponerme en pie pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caerme de bruces.
Ya está, pensé mientras me incorporaba, se acabó, no puedo hacer más. Mira lo que has conseguido, Braco, con las promesas del vino, las mujeres y la comida. Morirás como el perro que siempre fuiste.
Comencé a llorar. La muchacha enjugó mis lágrimas mientras me acompañaba en el llanto.
—No puedo ni tenerme en pie —sollocé.
Nos miramos a través de las cortinas densas del negro humo empalagoso. Vi como entre sus manos apretaba firmemente la bellota.
Un chillido nos hizo volvernos hacia la hidra. El monstruo ya había dado devorado la cabeza cercenada y se había dado cuenta de mi debilidad. Se abalanzó raudo hacia nosotros, levantando abanicos de arena húmeda a la carrera.
La muchacha me miró de nuevo y sonrió. Depositó un tenue beso en mis labios. Y se lanzó hacia la hidra.
—¡No! —grité estirando el brazo, intentando detenerla. Caí a la arena.
Cuando levanté la cara el monstruo estaba frente a ella. Dudaba. No podía ser tan fácil. Un bocado tan sencillo de coger. La muchacha tenía uno de los brazos estirado en alto, la mano cerrada, la bellota en el puño.
Una de las cabezas le seccionó limpiamente el brazo a la altura del hombro. No gritó, no pudo. Otra cabeza del monstruo se abalanzó sobre la cabeza de la muchacha. Las otras tres dieron cuenta del resto del cuerpo. No duró mucho. La muchacha tampoco era gran cosa, ni siquiera para alimentar a una bestia.
Entre el crepitar de las llamas y la fetidez de la grasa humana quemándose, solo se oían el triturar de huesos y la deglución de sus gargantas. Un mero aperitivo.
Las cabezas se volvieron hacia mí. Sonrieron. Sí, sonrieron. Aquellos cinco achatados morros curvaron sus belfos y estrecharon sus párpados. Unos chillidos agudos, el equivalente a sus risas, se oyeron en la noche.
Cuando la hidra se lanzó hacia mí algo sucedió. Una de sus patas quedó en el aire, indecisa. Las cabezas se miraron confusas y luego bajaron hasta su vientre, el cual se hinchaba por momentos.
Me enjugué los ojos de arena y hollín y lágrimas y sudor. Una de las cabezas emitió un ruido sordo, como un eructo. La otra cloqueó alarmada. Las otras dos golpearon con el morro a su vientre y la última cabeza me miró fijamente, silbando un chillido de odio. Si una criatura como esa pudiese odiar, su expresión sería la de la quinta cabeza. Dejó escapar hilos de baba por entre sus dientes.
Las dos primeras cabezas se atacaron entre sí mientras las demás mordisquearon con delicadeza su vientre. La delicadeza dejó paso a la furia y luego al descontrol. Se estaba dañando a sí misma.
Las cabezas iniciaron una sucesión de chillidos graves y agónicos mientras se iban atacando unas a otras y a su propio cuerpo. El aire se tiñó de una lluvia de sangre espesa y pedazos de carne que iban cayendo alrededor.
El frío, por mi parte, había trepado hasta mi cintura y se había instalado en mi pecho. Noté como cada vez me costaba más respirar. El humo oscuro me parecía más denso, más pegajoso. Intenté toser pero ya no podía casi ni respirar. Noté como la sangre afloraba a mis labios y bañaba mi barba. Los párpados me pesaron más y más.
A cada parpadeo veía como la bestia continuaba devorándose a sí misma, como las cabezas caían al suelo sin vida. Desgarradas, trituradas. La hidra iba a morir.
Igual que yo.
Frío, mucho frío. Me castañetearon los dientes. Cerré los ojos para no volver a abrirlos. Negro, solo negro.
Escuché pasos en la arena, lejanos, difusos. Alguien me tocó. Una voz pronunció mi nombre, una y otra vez, mientras sentía como me zarandeaban la cabeza.
Una chispa, una diminuta y fugaz chispa se encendió en medio de la negrura. Hubo otras, más y más. Un calor reconfortante pareció nacer en alguna parte de mi cuerpo o de mi mente. Sí, era calor, tierno y nutritivo calor.
Cuando abrí los ojos el rostro de Caudiona me miraba desde arriba. Sonreía.
—¿Estoy… muerto? —balbuceé.
—Aún no, grandísimo idiota —respondió acariciándome la cara con la suya—. Aún no.

La hidra de Viceka (7)

7.
Bajé de la loma rocosa con cuidado. Las rocas estaban sueltas y una pequeña explanada de arena, una playa cubierta de huesos y piedras, era lamida por el agua oscura del pequeño lago. Conseguí llegar hasta la arena y contemplé el pequeño desfiladero que daba acceso a la laguna. Varios hombres de Alcido llegaron temerosos. Esperaban encontrarme allí. Me escondí agazapado entre las rocas. No tenían ningún interés en despertar de nuevo a la bestia. Recogieron partes de la armadura cubierta de hollín de algún compañero achicharrado por el alcronte y se marcharon rápido.
Esperé hasta el atardecer, hasta que se inició la noche. Había cogido varios jirones de ropa carcomida por las llamas y me había procurado con ellos una suerte de calzones y una vendas para mis pies doloridos. Las heridas de los talones supuraban un líquido amarillento y los bordes de los agujeros se empezaban a ennegrecer, pudriéndose.
Salí de mi escondite cuando juzgué que ya no volverían más soldados. Varios pedazos de cuerpos, torsos y miembros, yacían desparramados por la arena, tiñendo de sangre reseca la playa. Busqué en silencio las armas que aún podían servir para la batalla. Hachas, espadas, cascos, escudos, armaduras. Todo estaba mellado o derretido, no habían dejado nada entero. Malditos soldados carroñeros. Maldito alcronte.
Despellejé los pedazos de carne que había, en busca de grasa humana y animal. Solo había una forma posible de matar a una hidra.
Las hidras son monstruos horrendos, voraces, feroces, no mayores que un mamut, con el cuerpo de serpiente. Suelen tener varias cabezas, parecidas a las de un lagarto, más grandes, y, si cortas una, crecen dos más en el lugar del muñón. La propia hidra se alimenta de sí misma cuando no tiene nada qué comer. La única forma de impedir que broten más cabezas es cauterizando con fuego la herida.
Para eso estaba destinado el alcronte y su aliento de fuego. El plan era ingenioso, pero un alcronte también lo es. No acata órdenes, se rige por una destrucción sin medida, acabando con todo rastro de vida terrenal a su paso. No tiene otro pensamiento en su cabeza.
El dolor en los talones era cada vez más intenso. La inflamación se extendía hacia la pierna y estaba empezando a notar un entumecimiento de los músculos. Por fortuna el dolor era tan grande que minimizaba el del dedo mutilado convirtiéndolo en molestia.
Sobre un escudo volcado fui depositando todo el sebo que fui encontrando raspando y sajando en los pedazos de carne.
—¿Qué haces? —oí detrás de mí.
Me giré con rapidez cogiendo un espada rota a la mitad de su hoja. Era la muchacha. Estaba sentada junto a una roca, mirándome con atención.
—No te he oído llegar —murmuré asustado, pidiendo con un gesto de la mano que acallase el tono de su voz. Si aquella mujer había podido sorprenderme no quería llegar a pensar qué sucedería si Alcido decidía volver a echar otro vistazo. El dolor me volvía descuidado— ¿Dónde están el noble y los suyos?
—Se marcharon.
Me acerqué para mirarla más de cerca. Tenía los pies desnudos llenos de arañazos y magulladuras al tener que descender por la ladera rocosa. Todavía sudaba y los corros de su frente y sus sienes mostraban más de esa piel blanca y pecosa que había debajo de la mugre.
—Tengo la señal —dijo señalándose el tatuaje del cuello—. Jamás podré rechazar ni esconder lo que soy.
“Ni tú ni nadie”, pensé.
—No sé hacer otra cosa —añadió.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nombre. Nunca lo he necesitado.
—¿No recuerdas dónde naciste, quiénes fueron tus padres?
Negó con la cabeza. Seguramente sus progenitores la vendieran a un burdel nada más nacer, incapaces de hacer frente al gasto que hacía falta cuidar de una hija. Era un subproducto, un residuo de la pobreza. Poco más que una cagada que depositas en un agujero, lo tapas y luego marchas.
—¿Qué haces? —preguntó señalando con la cabeza al casco.
—Recojo sebo. Impregnaré las pocas armas decentes que quedan con él y las prenderé fuego. Confío en que al cortar una cabeza de la hidra, el fuego del sebo prendido cauterice la herida.
Se encogió de hombros sin entender. Señaló con un dedo la bellota que llevaba al cuello.
—Sigue creciendo.
—Necesita un medio para vivir. Era de mi hermana. La sangre de la hidra servirá para ello. Es vivificadora.
—Tu hermana está muerta.
—No. No lo está.
—Y esa bellota hará que resucite —dijo con sorna—. Estás loco confiando en la hechicería.
—Es lo único que me queda. Detesto la magia, pero no tengo otra opción.
—Vas a arriesgar tu vida por la posibilidad de que tu hermana reviva gracias a una magia que odias.
—Sí.
Calló. Me volví para terminar de extraer la grasa blancuzca y cubierta de raíces rojas de los pedazos.
—Ojalá tuviese un hermano tan grande y tan loco que hiciese eso por mí —dijo acercándose. Sacó su estilete de entre los ropajes y me ayudó en la tarea.
—Solo la tengo a ella —murmuré—. Caudiona tenía razón. No debimos acercarnos al campamento. Todo es culpa mía.
Me miró sonriendo y se acercó a darme un beso en la mejilla.
Las aguas cercanas de la pequeña laguna estaban inmóviles. Negras. Espesas. La noche había empezado y necesitábamos hacer un fuego. Me alejé para recoger ramas secas. No había muchas; alrededor de la laguna solo había piedras y arena.
Monté una pequeña hoguera en pocos minutos. Troceé el sebo sobre el escudo cóncavo. Embadurné las pocas armas servibles que encontré con el sebo y comprobé que el fuego ardía en sus filos como había esperado.
—Tienes que ponerte a salvo, en las rocas.
—Puedo ayudar —dijo poniéndose en pie.
A la luz de las llamas su cuerpo tembloroso por el frío era aún más enjuto. Estaba igual de seco que las ramas que había encontrado. E igual de quebradizo.
—Escóndete —dije colocando las armas sobre el escudo volteado, pomos y empuñaduras en el borde. Las llamas eran azules y despedían un humo negro que tiznaba al acercarse y que hedía a podredumbre. Pronto todo el aire sería irrespirable, debía darme prisa.
La muchacha negó con la cabeza y se acuclilló junto al escudo.
—Te cuidaré el fuego.
Mierda. Necesitaba toda la ayuda posible. Sonreí.
La miré durante unos instantes y la tendí la bellota.
—Guárdala bien.
Disponía de un escudo abollado y dos espadas y un hacha que, en otro momento, habría desdeñado por estar inservibles. Ahora eran todo lo que tenía.
Miré las vendas empapadas en sangre de mis pies y los improvisados calzones que constituían mi única ropa. Mierda, pensé, de todo esto no puede salir nada bueno.

La hidra de Viceka (6)

6.
Desperté con dolores por todo el cuerpo. Abrí los ojos pero estaba oscuro. Estaba tapado con una tela sucia y agujereada que me permitía ver poco. Quise moverme pero no pude. Estaba aún somnoliento. La cabeza parecía que iba a caérseme del cuello, los hombros me crujían, las manos me ardían. Sentía la lengua espesa, lenta.
Estaba sentado, recogido. Las rodillas junto a mi pecho, los brazos inmovilizados entre las piernas. Me dolía un dedo, el meñique de la mano derecha. Giré la muñeca y advertí en la penumbra que no tenía meñique. En su lugar, un muñón junto al nudillo. Aún estaba fresca la herida, un corro de sangre resbalaba por mi pierna izquierda.
Intenté moverme pero me ardieron los tobillos. Me miré perplejo las piernas. Me habían agujereado los talones, entre el hueso y el tendón. Una soga gruesa pasaba a través de ellos, perforando los dos pies. Una soga peluda, empapada en sangre oscura, seca.
Grité enfurecido. Oí pasos alrededor mío. Gruñidos y una conversación que no entendí. Me golpearon la espalda y grité más fuerte.
Me quitaron la tela de encima y la luz de un día ya avanzado me dañó los ojos. Estaba sobre un carro, entre tinajas de barro. Dos soldados estaban de pie a ambos lados y me sonrieron burlones. Uno de ellos me escupió y su saliva me empapó los labios y la barba del mentón. El otro me pisó los dedos de los pies. Exhalé un grito de impotencia. Estaba desnudo y tenía el cuerpo magullado. Al menos, la parte que podía ver. Noté mi miembro entero.
—¡Qué es esto! —grité. Forcejeé pero cada movimiento significaba una tortura en mis talones. Me habían amarrado la soga alrededor de la espalda y al moverme tensaba la parte que me cruzaba los pies, produciéndome un dolor agudo.
—Llama al mando, ha despertado —dijo uno. Me golpeó en un hombro, cayendo de costado. Sentí como el tendón de los talones crujía y aullé dolorido.
A través de las rendijas de las tinajas distinguí la cara de un hombre. Mi miraba con los ojos abiertos. Tenía el iris opaco y una expresión de sorpresa se pintaba en la parte de su rostro visible. Parecía mirar más allá de mí, a lo lejos.
—Dime, compañero, ¿qué ocurre? —le pregunté.
No respondió, tenía la mirada fija en el infinito.
Dieron un golpe al carro y su cabeza giró alrededor de su cuello cercenado. Solo era una cabeza, no había más.
No entendía nada. Pero lo peor de todo es que recordaba menos.
Aun notaba la bellota alrededor de mi cuello. Las rodillas la compactaban sobre mi esternón. Noté como los recuerdos afloraron a mí con rapidez. Gracias a la bellota.
Recordé haber bebido mucho la noche anterior. Contra un mando que en realidad eran tres. Mi hermana. El alcrento. El campamento. La hidra.
Me pusieron derecho y me echaron un jarro de orines tibios en la cabeza. Enfrente de mí estaba Alcido, montado a caballo, rodeado de su séquito de mandos. Me miraba ceñudo, hosco, irritado. Tenía la cara cubierta de polvo y algunos arañazos. Peor estaban los hombres alrededor suyo. Quien no lucía una brecha por la que manaba sangre tenía un miembro de menos, con el muñón ennegrecido. Tenían los rostros tiznados de hollín. Un repulsivo hedor a carne humana quemada emanaba de sus heridas.
—Sigue vivo, mi señor —dijo uno de los mandos.
—Ya lo veo, inútil —respondió Alcido.
—¡Mi hermana, mi anillo! —grité.
Alcido se permitió una sonrisa y luego escupió al suelo.
—Menos es nada —musitó dirigiéndose a su subordinado, borrando su sonrisa y mirándome con odio. Luego se dirigió a los mandos del ejército—. Vale, nos vamos. Ordena a la turba que se ponga en marcha.
—Están heridos, mi señor. No soportarán el viaje de regreso.
—Me da lo mismo. Para lo que sirven, no me importa que no llegue ninguno vivo.
Se dieron media vuelta y se alejaron.
—Darle de beber algo. A ese desgraciado sí lo quiero vivo —dijo Alcido.
Una joven enjuta y de huesos marcados se subió al carro con dificultad y con un jarra de agua y un cuenco. Llevaba marcado en el cuello el tatuaje de su profesión. Tenía el pelo negro, cubierto de hollín, y crespo. Lucía unas piernas esqueléticas y unos brazos huesudos. Tenía el rostro pegado a la osamenta, los ojos saltones. Escanció agua turbia en el cuenco y me lo acercó a los labios.
—Dime, muchacha, ¿qué ha pasado, porqué hay tanta muerte? —murmuré tras tragar.
—Un desastre, todo por culpa de ese bicho… —respondió tras comprobar que los guardias no nos miraban.
—¿La hidra?
—A ese no lo he visto. El de las alas, el negro.
—El alcronte, el demonio.
—¿Era un demonio?
Intentó escupir, dejando escapar un gargajo de sus labios tumefactos y la saliva seca se quedó colgando de su mentón.
—Habla, muchacha, ¿qué sucedió?
—Los hombres marcharon hacia la hidra al entrar la mañana. Pero el demonio se volvió loco, no respondía a las órdenes, atacó a los soldados.
Intenté reírme. Solo me salió una carcajada a medias. Un alcronte no es un animal que obedezca sin rechistar. Son seres inteligentes y malvados.
—¿Y el nigromante que lo controlaba?
—Eran dos, un hombre y una mujer.
—Sí, mi hermana Caudiona, ¿qué pasó? Responde, mujer, dime.
—Vomitó fuego y muerte. Se volvió contra los soldados, contra las bestias de cuernos enroscados, contra los carros, contra nosotras. Escupía fuego y muerte allá donde quisiera. Las armas no podían nada contra él. Las flechas no le afectaban, espadas y hachas no llegaban a tocarle.
—Mi hermana, ¿qué pasó con ella?
—Los brujos intentaron controlarlo. Cuando por fin lo pudieron someter y encerrarlo en la laguna, el señor Alcido ordenó matarlos. Estaba furioso, nunca le había visto tan enfadado.
—¿Cómo… cómo que ordenó matarlos? —pregunté con voz trémula.
—Gritó que la magia era traicionera, que los brujos nos querían matar. Flechas. Los cosieron a flechas.
—Flechas —repetí sin poder creerlo. Mi hermana muerta. No era posible, no podía morir así. Caudiona no.
—Tiraron los cadáveres al agua, junto con los restos calcinados de todo lo aquel demonio carbonizó. Flotaron, pero luego algo se los tragó. Las aguas se removieron y salió espuma.
—Y yo durmiendo la mona —me lamenté.
La muchacha me acercó de nuevo el cuenco y bebí de nuevo aquella agua con sedimentos. Tosí al atragantarme. Las ligaduras por mi cuerpo se tensaron y mis talones crujieron. Apreté los dientes reconcomido por el intenso dolor.
—Tu bellota…
—¿Así llamas a mi verga? —pregunté mirándola de reojo.
—El colgante. Le ha crecido una raíz cuando el agua la ha tocado. Acaso… ¿también eres hechicero?
Negué con la cabeza.
—Ayúdame a cortar estas cuerdas, mujer.
Se alejó de mí, con sus ojos saltones temerosos, mirando a su alrededor, temiendo que alguien nos hubiese escuchado. Los guardias seguían cerca, pero sin prestarnos atención. Los pocos soldados que quedaban se iban reuniendo en un corrillo a lo lejos. No quedaban muchos. Algunos carecían de una pierna. Otros la arrastraban calcinada, envuelta en vendas que cubrían el hueso desnudo del miembro. No eran muchos, poco más de dos docenas.
—Corta las sogas, mujer —rogué.
—Nos matarán.
—Quizá, antes o después. Tú ya no sirves para satisfacer, te echarán a los perros. A mí me torturarán. Te llevaré conmigo.
—Estás herido.
—Son rasguños sin importancia —mentí—. Escaparemos o moriremos rápido. Te ofrezco la libertad o una muerte rápida.
Dudó. Lo noté en su mirada que evaluaba con rapidez mi cuerpo.
—La libertad —susurré de nuevo al ver como apretaba los labios indecisa.
Miró detrás de ella. Los guardias que nos vigilaban se habían alejado para participar en la rapiña de los pertrechos de los muertos. No iban a quedarse sin su parte del botín mortuorio.
Sacó de entre los harapos que cubrían su cuerpo consumido un estilete ennegrecido.
—Lo encontré entre las cenizas de los caídos —explicó mientras manipulaba torpemente la diminuta hoja—. Es de metal. Mira cómo reluce.
—Apúrate, mujer —la urgí—. Me da igual dónde lo hayas conseguido.
Sus movimientos eran toscos. Con una mano sostenía el cuenco cerca de mis labios, derramando el agua sucia en el resquicio entre mi pecho y mis piernas recogidas, simulando darme de beber. Por detrás, cortaba las sogas que había a mi espalda. Cada movimiento suyo, cercenando hebra a hebra el grueso de la cuerda, hacía vibrar la que penetraba en mis talones. Apretaba los dientes, reprimiendo el dolor agudo que me recorría entero.
—¿Te duele? —preguntó alarmada.
—Tú sigue, mujer, tú corta, corta, corta.
—Ya está, ya las he cortado. Quedan tus pies.
Mis brazos cayeron inertes a los costados.
—Quítame la soga de los talones, de un tirón. Yo tengo las manos dormidas.
—Muerde —dijo dándome a mascar el estilete entre los dientes—. Te va a doler.
Estaba escuálida. Solo así se comprende el horrible sufrimiento que padecí. Tiraba sacando la soga centímetro a centímetro. “Está agarrada”, se lamentaba sudando. Las gotas de sudor se llevaban la mugre de su cara, mostrando una piel blanca y pecosa. La soga velluda arrancaba pedacitos de carne y coágulos de sangre que la salpicaban los brazos y sus harapos.
—Ya está —suspiró arrodillada frente a mí tras lo que me parecieron horas interminables de angustia—. Eres libre. Somos libres.
Intenté mover las piernas y los brazos. Respondieron bien. Lentos pero bien. Todo mi cuerpo crujía. Mis brazos crujían, mi cuello crujía, mi espalda crujía, mi cintura crujía, mis rodillas crujían.
Los guardias seguían inmersos en su reparto de buitres.
Saltamos del carro y rodamos acuclillados en dirección a un saliente rocoso. Trepamos entre las piedras y nos ocultamos. Necesitaba estirarme, estaba anquilosado. Yo, desnudo y cubierto de moratones y heridas, luchando por respirar. A mi lado la puta; sonriente, empuñando el estilete, embargada por el éxtasis de la huida.
—Tenemos que alejarnos, mujer.
Nos arrastramos entre las piedras de la loma, despellejándonos el vientre, las rodillas cuando podíamos gatear.
Pronto llegaron los gritos de alarma. Nuestra ausencia ya era conocida. Oí como Alcido bramaba pestes y maldiciones. Los guardias fueron degollados sin preámbulos, chillando como puercos.
—¡Braco, excremento de vaca! —gritaba enfurecido. Nos habíamos distanciado lo suficiente, ladera arriba, para poder asomarnos entre las rocas sin que nos distinguiesen. Además, estábamos tan sucios de polvo y tierra que nuestros cuerpos eran grises y casi mimetizados con el paisaje rocoso.
—¡Te mataré yo mismo, igual que a tu hermana! —vociferaba— ¡Chilló como la puta que era cuando la descuarticé!
Apreté los dientes y luego azucé a la muchacha a seguir avanzando, alejándonos de aquel lugar. Los gritos de Alcido se perdieron lejanos.
La muchacha pronto se dio cuenta de cuál era nuestra dirección.
—Volvemos hacia la laguna —musitó asustada.
—Hacia la hidra —añadí.
—Estás loco, vamos hacia la muerte, insensato —se detuvo.
Me volví hacia ella y descubrí el horror pintado en su cara sucia.
—Vete si quieres.
—Tú solo no puedes hacer nada.
—Ya veremos —respondí cogiendo entre mis dedos la bellota que me colgaba del cuello. Un pequeño brote verde empezaba a asomar por la parte superior. Las raíces inferiores se extendían rápido, en busca de una fuente acuosa, de un terreno fértil.
Ignoraba qué brotaría de aquel fruto, pero emanaba un tufo a hechicería antinatural que provenía de mi hermana. Si la bellota luchaba por sobrevivir, el espíritu de Caudiona aún se resistía a caer en el olvido, en la oscuridad de la muerte.
—Huyamos, te lo ruego. Nos esconderemos. Seré tu mujer, seré tu esclava, seré lo que tú quieras —imploró la muchacha tomándome del brazo.
Se deshizo de los andrajos que llevaba y me mostró su cuerpo huesudo cubierto de llagas y eccemas. No tenía pechos, solo dos minúsculos pezones hundidos entre las costillas. El sexo afeitado estaba cubierto de costras sanguinolentas. No quería ni pensar el hambre que debía tener ni cuánto tiempo hacía que su cuerpo no conocía el agua.
—Te daré hijos. Fuertes, grandes como tú, y muchos. Que no te engañen tus ojos, bien alimentada daré leche abundante y mi cuerpo te acogerá siempre que quieras —lloró.
La agarré de los hombros. Bajo mis nueve dedos su cuerpo palpitaba. Era un saco de huesos cubierto de piel tirante. Parecía que fuese a resquebrajarse de un momento a otro.
—Te lo ruego… —farfulló sumida en un llanto incontenible.
—Deja de llorar, muchacha —dije borrando aquellas lágrimas con los pulgares. Su cabecita cabía en la palma de mi mano—. Deja de llorar o agotarás la poca agua que retienes.
—Entonces… —se animó.
—Entonces… tú decides. Si esperas un tiempo, Alcido y sus ratas se marcharán. Si los sigues de lejos llegarás a algún pueblo. Allí podrás empezar una nueva vida. O puedes acompañarme.
—Acompañarte a la muerte, me pides.
—A la muerte, sí. La de la hidra.
La muchacha recogió de mala gana sus ropas y se sentó en una roca. Desvió la mirada hacia el grupo de soldados, unos puntos difusos en la lejanía, más abajo, que se afanaban como locos en encontrarnos.
—¿Por qué? —musitó sin mirarme— ¿Tanto aprecias la recompensa?
—No, mujer. El rey o su hija pueden morirse de asco, si no lo están ya. Quiero esa sangre, pero no busco gratitud o premios. Ya ajustaré cuentas más adelante con Alcido. Ahora quiero salvar a mi hermana.
—La bruja de pelo de paja.
—Sí, esa bruja es mi hermana.
—Era. Está muerta. Te lo dije. La ensartaron flechas hasta que su cuerpo pareció un erizo. Y luego trocearon su cuerpo. La bestia que tú dices dio cuenta de sus restos.
Miré la bellota y acaricié las raíces translúcidas. Buscaban un sustrato fértil. Solo había uno posible.
Eché un último vistazo a la ramera y me alejé en cuclillas.
—Está muerta —repitió a mi espalda alzando la voz—. Muerta, muerta. Loco idiota, ¿por qué no lo entiendes?