RSS
Facebook
Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de marzo de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (3/3)



—Vamos a cerrar una temporada. El gerente quiere pintar el bar y cambiar el aspecto de la barra.
El grupo de madres miró al camarero mientras iba sirviendo los cafés y los desayunos en la terraza de la cafetería. Por lo general, enmudecían al llegar él. Pero ahora, Neus rompió el silencio.
—Pero, Braulio, ¿a dónde vamos a ir ahora? ¿Quién nos va a dar de comer por las mañanas?
El camarero sonrió y luego se encogió de hombros. Las echaría de menos. Se demoró algo más de lo acostumbrado en servir el pedido. Sentía las miradas de todas ellas fijas en él, en sus movimientos, en la forma que tenía de repartir los platos, en la tarea de echar la leche en cada taza con café humeante. Eran buenas clientes, atentas, agradecidas, dejaban excelentes propinas, sí, las iba a echar de menos.
En cuanto quedaron solas, Socorro tomó la palabra.
—Bueno, parece que este será el último viernes que quedemos aquí.
—Romperemos una tradición.
Todas asintieron mientras daban cuenta de tostadas y bollos.
Matilde fue la encargada de romper un silencio triste que se postergó mientras comían.
—Podemos continuar con nuestra nueva tradición. Podemos centrar nuestras reuniones en nuestras confesiones en vez de en el lugar.
—Nuestras cochinadas —puntualizó Carmen.
—Cochinadas o no, son fantasías sexuales que algunas hemos cumplido. Se merecen ser compartidas con las demás —se defendió Matilde.
—¿Hemos? —repitió Neus mirando a Matilde. Dejó los cubiertos sobre la mesa y se giró hacia su amiga—. O sea, que tú también tienes una fantasía cumplida. La que nos provocó para confesar nuestros secretos resulta que ahora tiene una fantasía cumplida.
—Que la cuente, que la cuente —corearon todas entre risas.
Matilde se sonrojó y se hizo la remilgada.
—Sois como niñas.
—¿Es una fantasía cochina?
Matilde masticó despacio, sabiéndose el centro de las miradas de todo el grupo de madres. Disfrutó de aquel momento, a nadie le viene mal, de vez en cuando, ser el foco de atención, que sus palabras sean escuchadas con avidez.
—Algo guarrilla sí que es —por fin respondió.
—Cuenta, cuenta.

<—El relato de Matilde—>

Creo que todo empezó cuando, de pequeña, un domingo mi padre me llevó al parque. Los dos solos, mientras me empujaba en el columpio, le sorprendí mirando con atención el partido de fútbol entre chavales que había al lado. Los miraba con tristeza, como si al verlos, recordase algo que le causase mucha pena. Yo le pregunté qué pasaba y él, supongo que imaginando que no lo entendería, me contestó que ojalá hubiese nacido niño. Luego me siguió empujando con más fuerza, yo le pedía más fuerte y él reía y decía que si me caía, mamá nos mataría, pero me hizo caso y me agarré muy fuerte al columpio, como él me dijo. Grité asustada y gozosa, reímos y yo le abracé muy fuerte y le dije que le quería. Luego él lloró y me pidió perdón por haberme dicho eso de no nacer niño. Yo le prometí que jamás lo contaría y hasta ahora nunca lo he contado.
Pero jamás dejé de pensar en ello.
Desde entonces me sentí culpable por haber nacido mujer, eso es algo que no puedo remediar y por ahora no he podido quitármelo de la cabeza. No es una obsesión ni tampoco es la sensación de vivir en un cuerpo distinto al que siento. Es solo que quería agradar a mi padre. Seguro que él no recordará aquel suceso ni tampoco relacionará todo lo que vino después. El caso es que, días después de aquel domingo, comencé a fijarme en los chicos. Quería ser como ellos, actuar como ellos, parecer un chico o, al menos, adquirir sus costumbres, su imagen. Le pedí a mamá que me cortase el pelo, quería llevarlo corto, mi madre me dijo que no, claro, que tenía un cabello precioso y que todas las niñas lo llevaban largo. Pensó que era una rabieta, no sospechó mis razones. Así que me lo corté yo misma. Cuando me descubrieron en el baño, con el pelo cortado y los mechones desiguales, se enfadó mucho, yo creo que más por tener unas tijeras en la mano que por otra cosa. Me gané una azotaina y me quedé sin postre varias semanas. Incluso me llevaron a un psicólogo, pero no solté prenda, dije que lo había hecho por diversión.
Lo siguiente, tal y como veía a mi padre y a los demás chicos, fue intentar orinar de pie. Al principio fue todo un desastre, imaginaros todo el inodoro regado de orina. Me tocaba limpiarlo como podía. Por supuesto, era mi padre el que recibía todas las reprimendas de mamá, le echaba unas broncas tremendas y él no rebullía, se enterraba tras el periódico murmurando para sí. Poco a poco me fui haciendo con ello y hoy por hoy, tengo la técnica muy depurada. Es inevitable que salpique algo pero no más de lo que lo haría cualquier hombre. Solo hay que colocarse de horcajadas, algo inclinada hacia adelante, te separas los labios muy bien y aprietas despacio, controlando el arco de pis, siempre mirando el arco, siempre atenta a la fuerza con la que orinas. Curiosamente, haciendo esto casi toda mi vida, he desarrollado músculos en mi vagina que les hacían arrancar alaridos de placer a mis parejas cuando hacíamos el amor. No hay mal que por bien no venga.
Paralelamente a mi transformación externa, sabía que tenía que desarrollar mi forma de ser. Respecto a mi tono de voz no pude hacer nada, pero en cuanto al lenguaje sí. Fuera de casa, comencé a soltar tacos sin motivo alguno. Mis preferidos eran “coño”, “hostias”, “cojones” y todo lo que tenga que ver con “Dios”. Me gané a pulso la fama de malhablada entre mis amigas pero eso duró poco hasta que comencé a buscar bronca. Saltaba a la mínima, no dejaba pasar ni una, macho hasta la médula, aunque supusiese más de una vez volver a casa con un moratón o un labio roto. Malhablada y busca-broncas, esa era yo, ni siquiera los chicos me rechistaban. También intenté jugar al fútbol, pero es un deporte que nunca me gustó, eso de correr detrás de las pelotas, como si fuese una mujer hambrienta. Además, se me desarrollaron los pechos demasiado pronto y pronto el correr fue un problema.
Realmente era un dilema. Veía a mi madre y me fijaba en sus amplios senos, yo la preguntaba si tendría sus tetas y ella sonreía y me decía que aún era muy niña para preocuparme por eso. Ya, y una mierda. Cuando me compró el primer sujetador, no tardé ni una hora en quitármelo. Por suerte, vivíamos en un edificio, en una quinta planta sin ascensor. En la tercera planta, al fondo del pasillo, había una esquina que usaba para desembarazarme del sujetador al salir a la calle. ¿Qué era eso de llevar una prenda opresora en mi pecho? Para nada, los chicos no usaban eso. Aquello, claro, tonta de mí, no hizo sino exacerbar los ánimos de los chicos cuando mis pechos continuaron creciendo sin sustento ni sujeción. Daños colaterales, qué se le iba a hacer. Ya de adolescente, en el instituto, me gané la fama de feminista radical. Había conseguido que mi madre se rindiese con mi peinado corto y creo que con eso ya está todo dicho respecto a mi determinación. Era deslenguada, llegaba a las manos por nada, meaba de pie, aborrecía el sujetador y quería equipararme a los chicos en derechos. Me fue fácil encasillarme en aquel rol social que no me iba ni me venía pero que usaba como excusa para desarrollar mi hombría.
Entre mis opciones sexuales, cuando las hormonas me atacaron en la pubertad sin piedad alguna, se me abrieron un abanico de posibilidades más amplio que el habitual. Probé el sexo tardíamente, seguía acomplejada por mi falta de pene ya que, en todo lo demás, podía equiparme perfectamente a un hombre. Mi primera relación sexual la tuve a los diecinueve con un chaval de la universidad, en su coche. Fue un fracaso absoluto. La verdad es que estaba cantado pero, por no sé qué absurda fijación, supongo que por instinto, quise hacerlo con un tío. El primer problema surgió con la posición. De ninguna manera yo habría de estar debajo y él, más salido que el pico de una lanza, accedió con tal de metérmela y verme las tetas. Lo de la virginidad no supuso mayores problemas, una cosa era que fuese virgen en el sexo y otra que desconociese el placer de masturbarme con consoladores caseros. Lo que no le hizo mucha gracia al chaval, Rodrigo creo que se llamaba, fue que llevase la voz cantante en todo el proceso. Protestó todo lo que quiso cuando le tumbé en el asiento trasero y me coloqué sobre él, pero un par de gemidos, un manoseo de tetas y todo arreglado. Yo tenía el asunto húmedo, preparado para él y, cabalgando sobre su polla, iniciamos el coito. Al cabo de pocos trotes, apareció la sangre. Él se alegró mucho, estaba ufano, dijo que había roto mi himen, que me había desvirgado. Pero la sangre no cesó de escurrir de mi interior. Nos asustamos. Pobre diablo, en cuanto me la saqué, resultó que se había desgarrado el frenillo. Total, que directos a Urgencias. Me lloraba como una nena, con toda su picha cubierta de pañuelos de papel que el rojo carmesí no cesaba de teñir. Le aparqué el coche, llamé a sus padres y allí le dejé, bastante frustrada y algo cabreada por no obtener placer alguno de aquella noche. También le dejé el marrón de las manchas de sangre en toda la tapicería del coche de sus padres, a saber cómo lo solucionaría, no le he vuelto a ver desde entonces. No fue el último hombre con el que tuve sexo pero nunca me gustaron sus reticencias en cuanto al reparto de roles y posiciones. Somos imanes de polos similares y con eso está todo dicho, qué cojones.
Escarmentada, inicié una relación, hasta ahora inconclusa, con las mujeres. Todo fue mucho más fácil, más cómodo y más natural. No me considero lesbiana, ni bisexual ni quiero que me pongan etiquetas, me gustan las mujeres igual que me gustan los hombres, pero las que escogía, por educación o necesidad o influidas por la sociedad, ansiaban ser la parte inferior de la ecuación, la parte dominada, la parte servil. Claudia fue mi primera pareja. Ya éramos amigas cuando ocurrió lo de Rodrigo y aproveché nuestra amistad como cuña para ahondar en nuestra relación. Un viernes, cuando la acompañé hasta los servicios de la discoteca donde bailábamos, me abalancé sobre ella y nos encerramos en un aseo. Quiso protestar pero acallé sus gemidos con mi lengua. Quiso apartarme pero la detuve llevando sus brazos a la espalda. Quiso patearme pero la hice sentar sobre el inodoro, le arremangué la falda y le bajé las bragas. El resto de protestas, una vez mis dedos arramplaron con su sexo, enmudecieron por arte de magia. No estuvo mal. Habiendo probado el beso con hombres y mujeres, las prefiero a ellas sin dudarlo. Sabemos usar la lengua con más imaginación y disfrutamos mucho más con los preliminares. Mis parejas son dulces, se dejan hacer y me dejan toda la iniciativa, tanto en la convivencia del día a día como en la cama.
Conocí a mi actual pareja, Verónica, hace algunos años, en un viaje a México. Coincidimos en una excursión por el Yucatán, fue toda una suerte encontrarme al amor de mi vida en un lugar tan lejano para que luego resultase que vivíamos a sólo unas manzanas de distancia. Ella estaba de luna de miel con su marido, un tipo aborrecible, no sé qué vio en él. Luego supe que el marido se parecía demasiado a mí. En cuanto nos vimos, supe desde el primer instante que sería mía. Guapa, sencilla, de ademanes comedidos y muy tímida, un flechazo, vamos. Comprendo que pocas parejas tengo a mi disposición cuando desde el comienzo establezco que una relación conmigo no se basa en la igualdad, y por eso, en cuanto tengo una a tiro, me lanzo de cabeza. Su marido sería como yo pero no tenía ni pizca de seso, era bruto y algo dado a usar la mano cuando le daba la gana. En cuanto regresamos a España, me faltó tiempo para llamarla y quedar con ella. Me considero un poco manipuladora pero en su caso solo me hizo falta abrirla los ojos para que se diese cuenta del error que había cometido. Pensé que sería fácil pero costó lo suyo, máxime cuando se dio cuenta que estaba embarazada.
Así pues, desencantada de todo, Verónica me abrió su corazón pero no todo salió como yo quería. Verónica no pensaba en otra cosa que en su hijo, de modo que siguió con su matrimonio, moribundo desde su nacimiento, pero muy vivo el condenado. Me convertí en su amante. Durante los cuatro años siguientes, la descubrí una nueva forma de ver la vida y me beneficié de su amargura conyugal. Nos enamoramos perdidamente y nuestra relación, aunque oculta, día a día se iba consolidando. La primera noche que hicimos el amor fue muy especial. Acababa de acostar a su hijo, nuestro hijo ahora, su marido estaba de viaje y teníamos toda la noche para nosotras solas. Conocía ya su cuerpo desnudo al detalle, suspiraba por él todas las noches, pero nunca había sido mío. Me coloqué sobre ella y la besé con tanta pasión que luego me confesaría que se había corrido sólo con mis besos. Yo ya había preparado aquel encuentro desde hacía tiempo y me proponía cumplir una de mis máximas ambiciones, uno de mis sueños más deseados. Me coloqué un arnés alrededor de mi cintura e ingles del que pendía un consolador que hacía las veces de miembro surgido de mi entrepierna y cuyo extremo posterior se introducía en mi orificio. Verónica se asustó al ver aquel monstruo azul de látex bicéfalo pero la aseguré que sería todo muy suave, nada de dolores.
Ninguna de mis anteriores parejas había accedido a ser penetrada por aquella polla de plástico ni había aceptado que yo usase una prótesis. Lo más bonito que le habían llamado al verlo era grotesco. Pero para mí representaba mucho, qué digo mucho, para mí representaba la culminación de toda una vida, por fin podría cumplir mi sueño más íntimo, mi anhelo más deseado. Me introduje un extremo en mis partes y conecté el vibrador. El zumbido se adueñó de la quietud del salón. Verónica cerró los ojos y abrió sus piernas, abriendo con sus dedos la entrada a su caverna. La penetración fue mortalmente placentera para mí, algo dolorosa para ella. Cuanto más ímpetu arrojaba sobre su pubis, enterrando el consolador en su sexo, más se hundía el otro extremo en mi vagina. Llegué al orgasmo casi darme cuenta, al poco de empezar, como un adolescente novato. Al fin, y ahora que sabéis toda mi historia me comprenderéis, me sentía realmente desvirgada y realizada. Por suerte, Verónica disfrutó lo suficiente como para, en la siguiente ocasión que tuvimos, volver a depositar un voto de confianza en el artilugio.
No puedo contar más. El consolador de doble cabeza se ha convertido en elemento imprescindible en nuestras relaciones sexuales. Verónica y yo alcanzamos orgasmos tan intensos como extraordinarios y, en cierto modo, su rol de mujer de la casa no se ha visto muy alterado. Casi un año después de aquella noche, Verónica se separó de su marido y ahora vivimos las dos juntas junto a nuestro hijo.

jueves, 1 de marzo de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (2/3)



Carmen caminaba algo apartada del grupo mientras se dirigían desde el colegio hacia el bar. Aquel viernes no tenía ganas de hablar. Se sentía cansada, le dolía todo. Se sentó con sus amigas en la terraza del bar casi por inercia. Dejó cazadora de su hijo en su regazo y la abrazó, aferrándose a ella como un salvavidas.
—Carmen, ¿me escuchas?
Carmen volvió la cabeza, aturdida, hacia Sonsoles. Luego se dio cuenta que el resto también la miraba, incluso el camarero, que mantenía su bolígrafo en el aire junto a la libreta.
—Carmen, ¿dónde estás, mujer? ¿Quieres tostada con zumo o un ocho de crema?
—No tengo hambre.
—Tostada y zumo para ella —pidió en su lugar Sonsoles al camarero. Éste anotó el pedido y marchó con la lista completa del grupo de madres.
Carmen quiso retraerse de nuevo en su interior. Lamentaba no haberse dado cuenta que aquel día era viernes y tocaba reunión. El peor día para acompañar a su hijo al colegio. Ahora tendría que enfrentarse a sus amigas. El ataque, tal y como imaginaba, no se hizo esperar. La verdad es que, se dijo, no tenía por qué quedarse a tomar un café.
—Carmen, cielo, ¿qué te ocurre?
—Nada, nada. La verdad es que tengo prisa, este fin de semana nos vamos al pueblo y tengo que preparar…
Matilde la agarró del brazo en el momento justo en que pensaba levantarse de la silla. El gesto la pilló por sorpresa, Matilde parecía haber adivinado sus intenciones. No pudo mantener su mirada y tuvo que bajar la suya.
—Cuéntanos, Carmen.
—No, de verdad. Tengo prisa y…
Matilde la apretó la muñeca en el momento en que llegó el camarero con sus pedidos. Todas se mantuvieron en un silencio espartano. Incluso el camarero, que las conocía demasiado bien, se apresuró a servir cafés, tostadas, zumos y bollos lo antes posible, se sabía extraño en la conversación.
Cuando quedaron solas, mientras se iban pasando unas a otras servilletas para dar cuenta del desayuno, el silencio continuó. Matilde, por encontrarse junto a Carmen, fue la encargada de ocuparse de su tostada. Untó la mantequilla y la mermelada y le tendió una servilleta.
—Cuéntanos, Carmen. Estoy segura que, entre todas, sabremos darte buenos consejos o, por lo menos, te escucharemos atentas, ¿verdad, chicas?
Todas asintieron.
—Es que es algo cochino…
—No temas, querida —dijo Socorro mirando luego a Neus—. Estamos curadas de espanto. Apuesto a que es otra fantasía sexual satisfecha.
Todas sonrieron, recordando el relato de Neus el viernes anterior. La aludida se sonrojó y tragó con dificultad el trozo de bollo.

—El relato de Carmen—

Yo creo que todo empezó con esa revista. Era un folleto de un supermercado, grueso y de hojas finas, lleno de ofertas del tres-por-dos y promociones, de esos que te manchas los dedos al pasar las hojas. Fausto, mi marido, por lo general no leía los folletos, era yo la que hacía las compras, él solo se encargaba de llevarme en coche los sábados por la mañana al súper y luego le aguantaba mientras se iba enfurruñando más y más a medida que íbamos con el carrito de pasillo en pasillo. Por esto no entendí la razón que le llevó aquel sábado a detener el carrito frente a la sección de máquinas de gimnasio. Se plantó frente a un aparato para hacer abdominales que estaba en promoción, se sacó una hoja del bolsillo, la desdobló y comparó la foto de la hoja con el cacharro. Reconocí la hoja como la portada del folleto. Sin dudarlo, cogió la caja del estante y la metió al carrito.
“Es para hacer ejercicio, que me noto la barriga de la treintena”, respondió cuando le miré totalmente perpleja. Ni por asomo había imaginado que Fausto se preocupase por su barriga, a mí al menos no me lo había dicho. No digo que tenga mucha, algo tiene, la clásica curva de la felicidad, que diríamos todas, yo ya me había acostumbrado. “A ver cuánto te dura la tontería”, le dije. Cuando llegamos a casa, ya se había olvidado del cacharro, le tuve que recordar que era algo que había comprado él y que si no iba siquiera a abrir la caja, que lo devolviese. Se enfadó conmigo, claro. Creo que le sentó mal.
El caso es que, a partir del día siguiente, todas las noches, antes de acostarse, se hacía tropecientas abdominales con el cacharro. Yo no pensaba que fuese a durarle tanto la tontería pero supongo que le había herido en su orgullo y, por eso, no cejó en el empeño. Al cabo de tres semanas, su barriguilla había menguado y comenzaron a resaltársele los bultos de los músculos. Yo debería haber estado feliz de tener un marido que se preocupase de su figura pero, como dije, ya me había acostumbrado a su curva de la felicidad. Cada noche ocupaba más y más tiempo en esculpir sus abdominales, le robaba tiempo al único momento del día en que lo solía tener para charlar, hablar de nuestras cosas y hacer el amor. Tras salir de la ducha, se excusaba en que estaba muy cansado y se dormía en un santiamén. Pero eso no fue lo peor.
Fausto comenzó a mirarme mal. Nunca me lo dijo a la cara y yo tampoco le presioné para que me lo confesase, y no, no eran paranoias mías. Ya sé que no tengo un cuerpo escultural de esos que lucen las niñas de ahora, todo tetas y culo y lo demás esmirriado como alambres, me da grima verlas la cara chupada, las costillas hambrientas y las piernas finas como palos. Sé que Fausto me miraba mal por mi cuerpo; la barriguilla, las cartucheras, la piel de pollo… pero es que yo no me preocupo por lo que se ve y mi marido empezaba a juzgarme por ello. Alguna vez dejó caer, en una conversación robada de sus ejercicios, que mi figura era un botijo; lo dijo entre bromas, y yo sonreí como una lela, más contenta porque charlásemos que por insultarme. Lo cierto es que Fausto tenía una tableta riquísima pero no la compartía con nadie más que con él mismo, alguna vez le pillé mirándose al espejo, orgullosísimo de su vientre escultural.
Desde entonces, cogí yo también la manía de mirarme ante el espejo. Teníamos uno en el pasillo de nuestro dormitorio y, cuando él estaba en el trabajo y el nene en el colegio, me desnudaba y me pasaba horas delante del espejo mirando mi cuerpo. Reconozco que me obsesioné, pero no caí en el mismo círculo vicioso que Fausto (“no estoy demasiado fuerte, aún no, un poco más”). Me encantaba mirarme al espejo y, como no podía mirarme por detrás, me compré otro que coloqué a mi espalda y que guardaba en el cajón de la tabla de planchar. Me veía por todos los lados, en todos los recovecos. Fausto no me hacía el amor desde hacía semanas y supongo que necesitaba mimarme ya que nadie me parecía hacer caso. Fue como un revulsivo contra mi falta de sexo, de cariño.
Me vestía para aquellos momentos, me maquillaba, me arreglaba solo para mí. Me colocaba entre los dos espejos y comenzaba a desnudarme. Lentamente, ejecutando una danza suave y erótica, me iba despojando de la ropa, regalándome piropos, besando mi imagen reflejada. Día a día, mientras Fausto continuaba desarrollando unos exorbitados abdominales, yo iba desarrollando mi particular baile solitario. Cada día me gustaba más y más y, como es natural y por la falta de sexo conyugal, terminé por, una vez desnuda, empezar a tocarme. Acercaba los dos espejos a la cama y me retorcía ante mi imagen desnuda, explorando mi interior y acariciando mis curvas con rotundo y sincero apasionamiento. Fui desarrollando una oscura versión de mí misma, la de una zorrita encantada de darse placer a sí misma. Estaba profundamente enamorada de mi cuerpo y de mi versión oscura.
Pero llegó un momento en que, cansada de masturbarme para mí, ansié que otros disfrutaran de mi vena exhibicionista. Ambicionaba conseguir los suspiros y anhelos de los demás. Ya no me bastaba con mis piropos y mis soeces comentarios ante el espejo. Quería el de los demás, suplicaba sentirme deseada por otros. Y entonces, por ironías de la vida, la solución llegó de manos de mi marido. Una noche comentó que los compañeros de la oficina se iban a un local de striptease a celebrar una despedida de soltero. Se rió de ellos y continuó haciendo abdominales. No me costó nada encontrar en internet, al día siguiente, tras mi sesión matutina de contemplación y masturbación, una lista de locales de striptease en la ciudad. Sin pensármelo dos veces, llamé al que tenía más lejos de casa. Quería trabajo y, aunque al principio se negaron alegando no sé qué de que sólo trabajaban con profesionales, insistí y al final accedieron a hacerme una prueba.
Me convencí que necesitaba demostrar mis dotes exhibicionistas, fue lo que me dio fuerzas para presentarme en aquel oscuro garito una mañana. El local estaba vacío, varias señoras de la limpieza estaban fregando los suelos, algunos hombres fumaban en la barra y una mujer parecía ensimismada en varios libros y una pila de facturas en una mesa. Me acerqué a los hombres y le dije al que parecía más serio que venía por la prueba. Me miraron de arriba a abajo con ojo crítico, desnudándome con los ojos, se removieron en sus butacas y calibraron mis interioridades. Me excité ante sus miradas lascivas y supe, desde ese momento, que mis temores eran infundados, les resultaba atractiva. Pero, al fin y al cabo, eran hombres y su instinto de copulación guía sus pensamientos; necesitaba la aprobación de las mujeres, si ellas se excitaban conmigo, habría triunfado. Por suerte, la mujer enterrada en libros y facturas parecía la jefa de todo aquello ya que me dijo que me sentara en su mesa con su acento argentino. Eso hice.
“Algo tenés ganado porque esos de ahí no se ponen burros con cualquier piva”, comentó tras mirarme fijamente. Me pidió que le hablase de mí. Me inventé una vida totalmente distinta a la que tenía. Era huérfana, sin familia, algo puta y me encantaba ser y verme como una zorra. En ningún momento la mujer sonrió ni asintió, se limitó a escucharme con cara aburrida o agobiada. Tenía una mirada cansada, ojeras de insomnio o de trasnochar frecuentemente. La verdad es que me divertí inventando aquella historia fantasiosa, incluso mientras la contaba me iba excitando. “ Buhe, dale”, me interrumpió, “, subí ahí arriba y demostrá lo que sabés hacer”.
Fue como mi alternativa, tal que si mis bailes entre los dos espejos hubiesen sido capeas de pueblo y aquello fuese la prueba de fuego. Me subí al estrado, una tarima circular. “Ponlá música, a ver si tené ritmo”, dijo la mujer al barman que estaba tras la barra fregando. Comenzó a sonar un chunda-chunda machacón y estridente, se encendieron los focos que había en el borde de la tarima y el espectáculo dio comienzo. La luz me cegaba al incidir directamente sobre mí y la música me hacía daño sólo de oírla. Algo coartada, empecé a desperezarme, a moverme al son de aquella sucesión de acordes estrepitosos de música electrónica. Los focos, al principio molestos, los encontré luego prácticos porque me impedían ver a los demás. Y así, concentrada en mi exhibición, me dejé llevar por el ritmo arrebatador.
Una barra surgía del centro de la tarima hasta el techo, me balanceé y la usé para apoyarme, descalzarme y arrojar mis zapatos lejos, más allá del muro de luz. Me dejé llevar por la música, convertí mis brazos en marionetas de los machacones acordes electrónicos. La falda me impedía moverme con la libertad que necesitaba y fue la primera prenda de la que prescindí. Vestida entonces solo con la blusa y la ropa interior, agarrada a la barra, restregué mis manos por todo mi cuerpo, me encantaba dejarme llevar en mis refriegas por el ritmo ensordecedor. Agobiada por los calores del baile, comencé a sudar y a necesitar estar más aireada, más ligera. La blusa fue mi siguiente prenda en caer y volar más allá del muro de luz de los focos. Me sentía genial, ya sólo vestida con mi sujetador y mis braguitas, estrenados aquella misma mañana. Dí vueltas y más vueltas alrededor de la barra mareándome, me contorsionaba hasta dolerme las articulaciones, pero me encantaba todo aquello. No sabía qué tal lo estaba haciendo pero me sabía observada, mirada por al menos media docena de hombres y tres mujeres y no pensaba en otra cosa que en pasármelo bien y dar rienda suelta a mi espíritu gamberro y putón.
Fue esa intención, la de gozar de aquel momento, la que me impulsó a desabrocharme el sujetador y lanzarlo también lejos de mí. Mis pechos despendolados, botando al son de mis brincos y meneos, me arrancaron destellos de placer. Me los amasé y oprimí con pasión, dulce a veces, ruda otras. Mis pezones erectos arañaban la palma de mis manos, un subidón de energía me recorría las extremidades y me dejaba llevar por la música y el erotismo marrano que me desbordaba. Estaba descontrolada, me dejaba llevar por mis instintos, eran más fuertes que mi razón, que la música, que todo. Me quité las braguitas y también las lancé lejos, al fondo de mis inhibiciones, al fondo de toda una vida de rectitud moral, de apariencias, de opresiones.
Descarrilada, sin poder aguantarme, comencé a frotarme el sexo. Refregaba mi entrepierna con ímpetu, ayudada por mis muchas humedades. Acuclillada, con un brazo en alto sujeto a la barra y bien abierta de piernas, apoyé mis nalgas en el frío metal y hundí varios dedos en mis cavidades, gozando de los placeres más primitivos, más atávicos. Gemí y chillé enrabietada porque el ritmo del chunda-chunda era demasiado lento para mis penetraciones, para mis manoseos guarretes.
De repente, la música cesó y los focos se apagaron. Pero, ¿qué pasaba? Ay, Dios, no les ha gustado mi número, pensé. Cuando al fin me acostumbré a la penumbra del local, me encontré con decenas de cabezas arracimadas junto a la tarima. Muchos, eran muchos. Hombres y mujeres de rostros enrojecidos, de caras sonrojadas, sudorosas. Ojos como platos, boquiabiertos, lamiéndose los labios resecos, haciéndose cosas entre las piernas. Oh, Dios, cómo disfruté de aquel momento, de aquel instante de gloria. Alrededor mío decenas de ojos fijos en mi cuerpo desnudo, en mi piel enrojecida, en mis pezones endurecidos, en mi sexo encharcado. Si no fue un orgasmo lo que me sacudió el cuerpo entero al sentirme tan deseada, tan venerada no sé qué fue pero jamás lo olvidaré. Fue como una explosión de placer concentrado, como si, por unos segundos, el universo entero girase alrededor mío.
La mujer, la jefa del local, se abrió paso a empujones entre la muchedumbre. Estallaron los aplausos. Gritos, silbidos, piropos, marranadas, estaba en la gloria. No había forma de llegar hasta la tarima pero ella lo consiguió a base de codazos y malas maneras. Estaba que echaba humo, una cara de mala hostia le nublaba la vista, un ceño fruncido arrugaba su frente, era la única con cara de disgusto. Me cogió del brazo y me sacó a rastras. Decenas de manos me tocaron, me palparon cuando me arrastró lejos, cientos de dedos me pellizcaron, aferrándose a mis pechos, abrazándose a mis nalgas, arañándome las piernas. Algo de miedo sí sentí, agobiada por la turba enloquecida, pero la jefa imponía, chillaba y me arrastraba con sus zarpas.
—Vos no sos bailarina ¡Sos puta!
Me llevó hasta la salida y me tiró mi ropa y mi bolso. Ofendida no quedé, claro, porque razón no le faltaba a la mujer.
Aquella noche, Fausto, como siempre, sacó el cacharro de hacer abdominales. Poco le duró la tanda de ejercicios. Comencé a contorsionarme delante de él, a moverme tal y como hice aquella mañana en el local. En mi cabeza escuchaba el chunda-chunda y al cerrar los ojos, el muro de luz me cegaba. Poco duró también mi baile. Me cogió de la cintura y me arrastró hasta la cama, empalmado como un potro desbocado.
Lo malo es que mi marido ha vuelto a coger barriga. Cada noche ejecuto mi particular baile para él y al poco de empezar está ya más salido que un mandril en celo. Las noches resultan agotadoras, hacemos el amor hasta quedar exhaustos. Resulta que ahora está deprimido porque los pantalones que compró ya no le valen y las camisas no le sientan bien. Pobrecito mío. Suerte que todas sus penas se le pasan cada noche cuando bailo para él.

lunes, 27 de febrero de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (1/3)


Era un grupo de madres que se reunían cada viernes a desayunar en la cafetería tras dejar a sus hijos en el colegio. Habían escogido ese día por ser el último de la semana en el que tendrían parte del día libre. Luego llegaría el fin de semana y habría que lidiar no sólo con un marido ocioso, sino también con los hijos. Aquella hora escasa que se reunían a tomar un café y comer una tostada o un bollo servía como acopio de fuerzas ante la marabunta que se avecinaba y que comenzaría ese viernes por la tarde. Era su pequeño momento de relax, un remanso de tranquilidad.
Al principio eran únicamente tres. Eran vecinas y se conocían. Sus hijos iban al mismo colegio y era natural juntarse y charlar tras dejarles. Luego, gracias a que sus hijos eran amigos, llegaron otras madres. El grupo se fue haciendo más grande. No todos los viernes coincidían todas ellas, a veces no pasaban de la media docena, otras veces la superaban.
Escogían siempre la misma cafetería. Estaba cerca del colegio y, de este modo, no se privilegiaba a algunas para llegar antes a casa. El camarero, testigo de la formación y crecimiento del grupo, las esperaba todos los viernes a las nueve y media. Los días de invierno las reservaba varias mesas en un rincón cálido, los días de verano las tenía preparadas unas mesas en la terraza.
Las mujeres, de un escueto abanico de edad que rondaba entre los veintipocos y los casi-treinta, dedicaban su charla a discutir sobre si tal o cual profesor era demasiado exigente, porqué la comida había subido tanto de precio o los trucos que tenían cada una para sacar la ropa de sus hijos y maridos de la lavadora más limpia que cuando la compraron. Eran temas de conversación triviales, algunas veces curiosos, otros didácticos y los más, simple meteorología.
Todo cambió cuando llegó Matilde. No era una nueva en el grupo, hacía varios meses que asistía a las reuniones. Pero era muy callada. Se limitaba a escuchar y pocas veces dejaba caer su opinión. Algunas la tildaban de sosa cuando faltaba algún viernes, otras de tímida. Pero un viernes de inicios de mayo, cuando comenzaron a estrenar la temporada de terraza, hizo una escueta y simple pregunta aprovechando un momento de silencio.
—¿Alguna vez habéis cumplido una fantasía sexual?
La pregunta hizo enmudecer a todas. Un silencio sepulcral se adueñó del corro en torno a las mesas. El sexo era tema tabú en el grupo. Se nombraba con ambigüedad y de pasada.
Neus, una de las fundadoras del grupo, morena y delgada, enrojeció y enterró su mirada en su taza. Nadie se fijó en ella porque todas las miradas convergían hacia Matilde. Fue la propia Matilde la que notó el profundo embarazo de Neus.
—Tú sabes de lo que hablo, Neus.
La aludida se ruborizó aún más cuando sintió todos los ojos puestos en ella. Socorro, otra de las fundadoras del grupo, se atragantó al ver a su amiga tan turbada. Creía conocerla muy bien y, sin embargo, descubría que Neus tenía un secreto de esos que querrías matar por conocer.
—Es cierto, Neus, qué colorada estás. Cuenta, cuenta.
—Prometedme que nada de lo diga saldrá de aquí.
—Lo que ocurra en el grupo, se queda dentro del grupo —sentenció Matilde.
Luego paseó su mirada por las demás madres que fueron asintiendo una por una, cada cual más intrigada por lo que Neus iba a confesar. El pacto quedó sellado desde aquel momento.

<—El relato de Neus—>

Mi marido, Pedro, me había cambiado mucho y yo había asistido a aquel cambio con un mezcla de estupor y desconsuelo. Donde primero noté aquel cambio fue en su forma de hablar. Utilizaba palabras malsonantes para referirse a sus superiores en la empresa. Decía que eran unos cabronazos. Yo le recriminaba por usar un vocablo tan soez como hiriente y más delante del niño, pero él se justificaba diciendo que así es como se sentía desde que había cambiado la directiva en la empresa. Sí que es cierto que llegaba más tarde a casa y que algunos fines de semana tenía que hacer horas extra. Me extrañó ese cambio pero pensé que sería una etapa que pasaría. Luego, sin embargo, vinieron sus insistencias. Me sorprendió una noche arremangándome el camisón y bajándome las bragas cuando me creía dormida. Me enfadé mucho, me pidió perdón, me argumentó que estaba muy estresado, que necesitaba un alivio. De ningún modo se lo permití, le hice ver que aquello estaba en contra totalmente de una convivencia cristiana como la que teníamos. Lo intentó varias noches y, por fortuna, era poco habilidoso y me despertaba con sus movimientos. Yo le exhortaba a confesarse cada domingo en la iglesia. Íbamos todas las semanas, éramos muy creyentes. Al principio, tal y como teníamos costumbre, me hizo caso. Pero llegó un domingo en el que no quiso ir a misa, aquello me descolocó por completo. Hablaba en serio, no quería ir a la iglesia. Le hice ver que aquello era el peor pecado que podía cometer, pero siguió en sus trece. De modo que continué yendo a misa yo sola.
El ir a la iglesia sin compañía me hizo tomar conciencia de todo lo que sucedía a mi alrededor. Antes, cogida del brazo de Pedro, me sentía segura y protegida. Desde el primer domingo que fui sola a la casa del Señor, me di cuenta que los hombres me miraban de forma distinta. Era paradójico porque pensé que sus miradas estarían cargadas de reproche y condena por no haber sido capaz de convencer a mi marido de venir conmigo. En su lugar, me encontré miradas lascivas y penetrantes. Sentía en todo momento, desde que entraba por la puerta hasta que salía, como docenas de ojos se posaban en mí. Sabía de sus intenciones pero no entendía por qué me hacían sentir así. Pero lo peor fue que empecé a sentir cierta satisfacción por aquella atención, me enorgullecía de provocar tantos giros de cabeza.
Fue entonces cuando me di cuenta que Matías me sonreía de manera distinta. Matías era un mendigo que tenía el portal de la iglesia como segunda (o quizás primera) morada. La caridad es una virtud y yo siempre tenía una moneda para él. Olía mal y vestía peor, su pelo estaba desgreñado y a veces su cara estaba cubierta de mugre u hollín. Sin embargo, por extraño que parezca, me caía bien. Era atento y me abría la puerta de la iglesia para entrar, aunque eso lo hacía con todos, pero yo notaba que conmigo lo hacía de otra forma. Como digo, desde que empecé a ir sola a la iglesia, su sonrisa hacia mí fue bien distinta. Era una sonrisa lasciva, como la de todos los hombres allí, pero la acompañaba con un brillo de ojos que me hacía parpadear atolondrada. A Matías no le consideraría guapo, era un hombre de mediana edad y yo soy aún una jovencita. No sé si sabría definir qué me atraía de él, no era un sólo aspecto de su cuerpo, eran muchos, todos juntos. Y, por raro que parezca oírlo, su sonrisa cargada de pensamientos carnales me excitaba y me hacía hervir la sangre. Era como una adicción.
Primero fueron sólo los domingos. Sentía la necesidad de encontrarme su sonrisa acariciando mi cuerpo. Sus harapos y suciedad se transmutaban en mis fantasías en trajes y perfume intenso. Demoraba mi entrada en la iglesia, disfrutaba con su mirada posada sobre mí, me enrojecía y todo mi cuerpo, Dios me perdone, suplicaba por él. Matías no era ajeno a mi debilidad y eso le hacía ser más descarado, me cogía del brazo y me acercaba a él cuando depositaba una moneda sobre su mano. Mis piernas temblaban, mi corazón se aceleraba. Ya en la iglesia, no pensaba en otra cosa que salir cuanto antes para buscar su mirada, su olor, su desvergüenza. Comencé a ir a la iglesia entre semana. Pedro no puso objeciones, alegué mis salidas ante él diciéndole que necesitaba confesarme más a menudo por sus pecados. Él se reía y me dejaba en paz, cuidando de Pedrito. Yo salía de casa con la mentira atormentándome; pero con el sólo pensamiento de encontrarme a Matías, se me iban todos los prejuicios. Adoraba su desfachatez, su rudeza y su aliento a vino rancio. Las horas del día las pasaba contando las que faltaban para ir a la iglesia, las de la noche las pasaba suspirando por él. Mis fantasías iban más allá de lo decente y caían en lo salvaje. Matías simbolizaba para mí la libertad, la fuerza, la independencia.
Todo cambió un viernes. Iba a casa con prisa por ir a hacer la compra, precisamente me acababa de despedir de vosotras, después de tomar el café. En un callejón cercano al supermercado, revolviendo los contenedores de basura, descubrí a Matías buscando algo para comer. Los dos nos miramos cara a cara. Era la primera vez que nos veíamos sin la iglesia de por medio. Fui directa hacia él. Era mi cuerpo el que tiraba de mí, era mi enfermiza obsesión la que daba fuerzas a mis pasos. Hedía a comida podrida pero su tufo me excitó hasta lo indecible. Sin mediar palabra, buscando el refugio del enorme contenedor, le empujé detrás de él. No se esperaba mi agresividad y quiso defenderse empujándome. Me resistí, le cogí del pelo y le besé. Mi lengua atravesó su boca, era la primera vez que besaba de aquella forma, y a otro hombre que no fuese mi marido. Sabía a colillas y alcohol fermentado pero, lejos de asquearme, me dio fuerzas. Busqué su torso desnudo bajo las muchas capas de ropa, todas raídas, que llevaba encima. Su piel era áspera y estaba cubierta de vello ensortijado. Sus manos, en cuanto comprendió que mis intenciones eran carnales, amasaron mi trasero. Un calor extremo me nació de entre las piernas cuando arremangaron mi falda y las hundió entre mis nalgas. Sentía dolor a causa de la fiereza de sus zarpas pero aquello me encendió aún más.
Busqué su sexo y me alegré de comprobar cómo, bajo los pantalones, una enorme dureza se hacía palpable. Me faltó tiempo para abrirle la bragueta y sacar su miembro erecto. Me lo llevé a la boca sin pensar. Me sentía relativamente a salvo detrás del contenedor pero cuando Matías gimió al lamerle el sexo, temí que la gente nos descubriese, peor aún, que me reconociesen. Le tumbé en el suelo, nos desnudamos de mala manera y, arrodillándome sobre su cara, estampé mi sexo sobre su boca mientras succionaba su tranca. Sus labios sobre mi sexo me arrancaron destellos de placer que conseguía acallar con su miembro en mi paladar. Me sentía a la vez sucia y desalmada para con mi marido pero también me consideraba víctima de los deseos de mi cuerpo, de las frustraciones de una vida sexual desaprovechada. El miembro de Matías creció tanto en mi boca que llegué a atragantarme. Ignoraba que un pene fuese a crecer tanto, pensaba que el de mi marido era el tamaño establecido, pero aquello rebasaba cualquier medida. Aquel falo monstruoso cuyo extremo a duras penas cabía en mi boca me tenía estupefacta y encantada a la vez, mi mendigo asilvestrado era un portento sexual.
Oleadas de placer sacudían mi cuerpo y a punto estuve de gritar cuando varios finales se agolparon en mi entrepierna. Desfallecía, temblaba como una chiquilla, la saliva se me escurría de los labios. Matías, tan desacostumbrado como yo en los coitos, también se vino. Una cantidad ingente de fluido anegó mi boca, trallazos profundos de esperma caliente surgían de la herramienta que no sacaba de la boca. Creo que llegué a tragar hasta dos veces para limpiar mi paladar pero de aquel tronco no cesaba de manar savia que terminé por dejar escurrir de mis labios. Tosí y tuve que sentarme a su lado porque sus manos y su boca no daban respiro a mi sexo. Me limpié con uno de sus trapos sucios la boca, el esperma me escurría por el mentón y el cuello. Le aparté las manos, molesta, porque me agarraba la cintura para volver a aposentar mi trasero en su cara. Insistía obcecado.
Fue entonces cuando me tiró del pelo y me obligó a colocarme a cuatro patas. Quise resistirme pero tiraba de mi cabeza y me tapaba la boca. Sentí un miedo horrible, la situación se me escapaba de las manos, Matías se había vuelto incontrolable, era una bestia gobernada por deseos primarios. Chillé pero una de sus manos tiraba aún más de mi pelo y, con la otra, hundía varios de sus dedos mugrientos en mi boca. Entonces me penetró. Fue como ser empalada por un rescoldo, como fuego líquido atravesando mi interior. Tardé en darme cuenta que me había forzado por mi orificio más femenino. Los empellones que me propinaba, y que hacían que su miembro se incrustase hasta el fondo de mis entrañas, eran dolorosos. Extraía, eso sí, cierto placer malsano en el hecho de ser penetrada por un miembro que llenaba toda mi cueva. Acercó su cara sobre la mía, obligándome a aspirar el tufo a vino rancio que manaba de su boca. Su lengua lamió mis mejillas y sienes mientras continuaba cabalgándome, obligando a mi cuerpo a ser víctima de su furia descontrolada, primordial.
Las entrañas se me revolvieron de nuevo, las piernas me temblaron, los espasmos recorrieron mi espalda, volvía a experimentar un goce extremo de un acto que, aunque ya no podía controlar, sí podía disfrutar. Matías terminó dentro de mí poco después. Me apartó de él como una muñeca usada. Eso me molestó, lloré mucho, ahogando mi llanto entre mis manos, ocultando mis lágrimas con mi cabello deshecho. Matías se vistió rápido, cubriéndose con sus harapos, y se alejó de mí, saliendo del callejón a la carrera. Me acurruqué tras el contenedor y me encogí muerta de miedo, apoyada en la pared. Me manché el mentón de sangre al apoyarlo en las rodillas porque las tenía despellejadas. Lloraba, no por haber sucumbido a los arrebatos del placer más sórdido sino porque la imagen que tenía de Matías como mendigo altanero y libre se había convertido en la de un monstruo desconsiderado y furibundo, dotado de un descomunal miembro. Pero, de alguna manera, me sentía bien, era como si me hubiera desprendido de algo que me oprimía y me coartaba. Había satisfecho uno de mis sueños aunque se hubiese vuelto, por momentos, pesadilla.
Dejé de ir a la iglesia, me moriría de vergüenza si viese a Matías plantado en la puerta. Todavía recuerdo la cara que puso Pedro, arqueando una ceja, cuando le dije que aquel domingo no iría a la iglesia. Me preguntó por qué y yo le respondí que Dios estaba en todas partes. Cuando ronroneé en su oreja y le acaricié su bragueta, pegó un bote del sofá que casi caemos los dos al suelo. Aparté el periódico que le temblaba en las manos, lo aferraba como un escudo interponiéndolo entre él y yo, pero de nada le sirvió. Pedrito estaba en catequesis, no volvería hasta la hora de comer. Mi marido se santiguó.