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martes, 11 de septiembre de 2012

-(Entre paréntesis)- 1/9



CAPÍTULO 1

El corazón de Elisabeth Reddith empezó a latir de forma desacostumbrada cuando el automóvil donde viajaba en compañía de su novio Phill Crawford dejó atrás la bifurcación y se internó en la carretera que conducía a la mansión Walsh.
Phill la miró extrañado al notar el rápido movimiento que hacían sus dedos al jugar entre sí.
—¿Nerviosa, querida? —preguntó posando una mano sobre su regazo.
El contacto de los dedos de Phill provocó que Elisabeth diese un respingo en el asiento y se girase hacia él con la sorpresa pintada en su bello rostro.
—Lo siento, Eli, te he asustado —sonrió Phill.
La muchacha sostuvo la mirada del joven con el futuro más prometedor de la Escuela Superior de Ingeniería Industrial y, al notar el aprecio que veía en sus ojos entornados, se obligó a sonreír aunque no tuviese la más mínima gana de hacerlo.
—Lo siento, cariño. No sé qué me pasa pero, de repente, un temor me ha asaltado.
—Nadie lo diría, Eli —bromeó Phill. Redujo la velocidad del deportivo de color rojo fuego al acercarse y, al fin, se detuvo ante las enormes puertas que marcaban el límite de la parcela de los Walsh—. Estás muy tensa. No estarás aún dolorida por mis caricias de antes, ¿verdad?
Elisabeth recordó de pronto los dedos de Phill accediendo por zonas de su anatomía inferior, zonas húmedas y enrojecidas, zonas candentes que la provocaron alaridos de placer. Recordó sus chillidos y, sin poder evitarlo, sus mejillas enrojecieron.
Phill notó su embarazo y emitió una sonrisa. También a él le había sorprendido aquella reacción tan apasionada y visceral. Ninguna mujer había proferido gritos tan sensuales al acariciarla. Definitivamente, Eli era una caja de sorpresas. Por fuera parecía pura inocencia pero, en cuanto el deseo la abrumaba, explotaba como un volcán en plena erupción.
Una pareja de guardias de seguridad impecablemente vestidos de negro, casi invisibles en la penumbra del atardecer, se acercó hasta el coche y Phill bajó la ventanilla de su puerta.
—Phill Crawford y su pareja Elisabeth Reddith. Estamos invitados a la fiesta.
Uno de los guardias consultó la lista de invitados que tenía en una carpeta y, tras tachar ambos nombres, indicó a su compañero con un gesto de la cabeza que abriese la puerta.
—Diviértanse y recuerden que luego tienen que volver en coche; sean prudentes con el alcohol.
Phill frunció el ceño ante aquel consejo que sonaba a monserga. En cuanto hubo flanqueado la entrada, soltó un bufido de indignación.
—Menudo cretino. “Sean prudentes con el alcohol” —repitió con voz de pito—. Ese idiota se acordará de nosotros. Pienso comentárselo a Josh Walsh. No me extrañaría que mañana estuviese en la cola del paro.
Elisabeth miró a Phill de reojo y luego encendió la luz del salpicadero y bajó el espejito superior para mirarse el maquillaje.
Phill la miró esbozando una sonrisa mientras recorría la avenida interior de la parcela en dirección a la mansión. Lo que menos necesitaba Elisabeth era retocarse el maquillaje, pensó Phill. Incluso dudaba que pudiese realzar más su belleza si cabe. Su largo cabello castaño y ondulado estaba recogido en un complicado peinado que dirigía toda la atención hacia su cara y su cuello. Unos luminosos y grandes ojos verdes captaban la primera atención e, invariablemente, luego se dirigían hacia el cutis fino de sus pómulos y, por último, desembocaban en unos labios anchos y grandes pintados de carmín. Un cuello largo y sensual era la antesala de un cuerpo largo y estilizado que aquel vestido ceñido realzaba a la perfección. Y cuyas reacciones ante la excitación no dejaban de sorprenderle.
Elisabeth pareció darse cuenta que Phill no dejaba de mirarla con una atención carente de ternura sino, más bien, recreándose en las sugerentes curvas de su cuerpo bajo la tela del escueto vestido. Sus mejillas se tiñeron de un rubor intenso y bajó la mirada avergonzada. Todavía se sentía molesta consigo misma por su reacción exagerada ante la masturbación proporcionada por los dedos de Phill. No entendía por qué había sido tan espontánea. Quizás Phill sabía qué teclas tocar para que su sensualidad se desbordase.
De todas formas, intentando olvidar la sesión de sexo anterior, no estaba acostumbrada a que su cuerpo fuese expuesto con tanta generosidad de escotes y, si por ella fuera, habría acudido con un vestido largo y suelto en el que la comodidad no compitiese con la sensualidad. Pero el vestido verde que llevaba era el último regalo de Phill, específico para esta fiesta, y no podía negarse a llevarlo.
En cierto sentido, se sentía obligada a llevarlo aunque no le gustase. Las curvas de sus pechos se apretaban sobre el escote y provocarían que las miradas masculinas convergiesen allí donde ella no deseaba que se dirigiesen. Era un vestido abierto y que obligaba a no llevar sujetador, lo cual no beneficiaba en absoluto a la carne vibrante de sus senos compactados. No era una mojigata pero tampoco quería parecer algo que, en el fondo, no era. Sin embargo, desde que salía con Phill, su imagen pública estaba cambiando de una forma tan drástica que la asustaba.
—No somos los primeros, parece —comentó Eli para desviar la atención de su novio sobre sus globos cuando se acercaron a la explanada principal. Multitud de invitados aguardaban en la puerta principal aunque algunos ya iban entrando al interior.
El comentario fue acompañado de un rápido movimiento de manos por parte de ella para apartar los dedos de Phill que iban subiendo por entre sus muslos. Aunque no llevase sujetador, sí iba provista de un tanga minúsculo, lo suficientemente discreto para que las costuras no se adivinasen bajo la falda. Sin embargo, se notaba tan húmeda que notaba el triángulo de tela bien aprisionado entre sus pliegues.
Phill chasqueó la lengua al verse rechazado y dirigió el deportivo hacia una plaza vacía entre una furgoneta y un descapotable con abolladuras en la carrocería y la pintura del maletero desconchada.
—Ese tiene que ser el coche de aquel cretino de último curso. No sé qué espera demostrar con ese trasto que parece caerse a pedazos. Si no tiene dinero para comprarse un descapotable en condiciones, que no nos amargue la vista con este trasto, ¿no te parece?
—No todo el mundo tiene unos padres ricos —comentó Eli en voz baja. Sabía que Phill se enfadaba cuando no le daba la razón. Y, aunque no debía encolerizar a su novio, el libertino gesto de aquella mano internándose entre sus piernas la había puesto a la ofensiva.
Phill apretó los labios sin contestar. Bajaron del coche y caminaron por entre el camino de grava fina que llevaba a la gran escalinata de mármol que conducía a la entrada de la mansión. Los largos y finos tacones de las sandalias de Eli provocaron que, al hundirse en la grava, las piernas de la muchacha trastabillaran peligrosamente. No estaba acostumbrada a llevar unos tacones de semejante altura. La hacían el cuerpo aún más esbelto y alto de la que ya de por sí era pero aumentaban las posibilidades de tropezar y caerse. Phill la sujetó por los hombros y deslizó una mano por la espalda desnuda en dirección al trasero de Eli.
—Gracias, querido —masculló Elisabeth subiendo con firmeza la mano de su novio hacia la cintura.
Phill la miró frunciendo el ceño y apretó los dientes. Elisabeth no entendía aún que aquel vestido espectacular, aquellas preciosas sandalias, aquel bolso de diseño y aquellas joyas que adornaban su cuello y sus muñecas requerían una compensación que aún no se le había dado. Tras conseguir que Eli consiguiese un orgasmo más que decente, esperaba que la chica aliviase la hinchazón que bullía entre sus piernas. Sin embargo, y para su decepción, Eli parecía tan abochornada por sus gritos que se olvidó de que él también necesitaba consuelo.
Llevaban saliendo tres meses y, por más que lo había intentado, agasajándola con innumerables regalos y muestras de atención, su hendidura aún era inaccesible para su pene. Se preguntaba por cuánto tiempo más podría resistirse a tomar algo que, por derecho, ya era suficientemente suyo. Aún no se habían acostado y, aunque conocía de sobra todos los recovecos del cuerpo de Eli aún no la había hecho suya. Sin embargo, se dijo, Eli estaba tan sensual y la había agasajado de tal forma aquella noche que era imposible no culminar con algo que no fuese una velada explosiva.
—¿Podrás subir bien las escaleras, Eli? —sonrió Phill tendiéndole el brazo para que se apoyase en él.
Elisabeth le miró molesta por el comentario que consideró despectivo y rechazó el brazo. Sin embargo, no bien empezó a subir los escalones de mármol, se vio asediada por las miradas de los demás invitados sobre su cuerpo. Sus piernas temblaron reflejando su nerviosismo y tomó el brazo de Phill más como asidero donde poder serenarse que como apoyo para caminar erguida.
—Estás espléndida, Eli —sonrió Doris, una amiga de la universidad, al acercarse a ellos.
—Gra… Gracias —susurró Eli. De repente, le faltaba el aire y sintió que sus mejillas se teñían de un intenso rubor. Miró a su alrededor contemplando a decenas de miradas masculinas y femeninas posadas sobre su cuerpo y deseó esconderse de todas ellas y volver a su casa, con su chándal holgado, tumbada sobre el sofá y viendo una película romántica en la televisión. Aquello era un suplicio para ella. Indeseado pero estimulante. Deseó con toda su alma que nadie advirtiese el aroma de sus jugos discurriendo por entre sus muslos.
Fue saludando a varios amigos y compañeros de la universidad mientras, con la mirada buscaba un lugar donde la oscuridad pudiese protegerla de todas aquellas miradas obsesivas. Para rematar su nerviosismo, Phill la había dejado sola nada más llegar: se había acercado a saludar a varios compañeros.
Los ojos de Eli vagaron por entre la multitud para luego desviarse por entre las formas oscuras que la noche provocaba sobre el extenso jardín que rodeaba la mansión y, más allá, sobre las sombras que la arena de la playa y el mar se intuían.
El bullicio en la entrada de la mansión sería poco comparado con el que habría dentro y, con seguridad, una minucia si lo comparaba con la explanada que se extendía por detrás, junto a la playa. La mezcla de voces hacía que las conversaciones que se mantenían a su lado fuesen casi indistinguibles. Y ocultaban el rumor de las olas. Algo que siempre la había serenado.
No entendía el porqué de su excitación, aunque adivinaba que todas aquellas miradas masculinas, recorriendo el perfil de su cuerpo, intentando atisbar por entre sus senos comprimidos, aspirando el aroma de su sexo encharcado, podían tener algo que ver.
Valor, cariño, se dijo desviando la vista hacia el aparcamiento. Estás radiante, no estás enseñando nada que no quieras y has venido acompañada de uno de los estudiantes más ricos e influyentes del Campus. Nada puede salir mal.
Pero su corazón se detuvo por un instante cuando los faros de un coche recién llegado iluminaron fugazmente un Camaro del 78 oculto entre las sombras. Se le cayó el bolso que sostenía entre sus manos y ahogó un gemido.
Conocía perfectamente aquel Camaro del 78. Y aún más a su propietario. Se agachó con lentitud para recoger el bolso del suelo, notó su tanga arrugarse y escurrir sus humedades y luego, tras alzarse, conteniendo la respiración, fijó la mirada hacia la multitud en busca de Rodderick Holmes.
Rodderick Holmes. Maldito bastardo.
Su mirada se encontró con la de Phill a lo lejos, el cual la miró con una sonrisa, intercambió unas palabras con sus compañeros, todos se giraron hacia ella y la miraron con ojos libidinosos. No la importó que sus miradas embelesadas la desnudasen, otra preocupación más urgente la turbaba.
Al cabo de unos segundos Phill se dio cuenta de la palidez acusada del rostro de Eli. Se acercó a ella.
—¿Te ocurre algo, cariño? —dijo tomándola de la cintura—. Parece que hayas visto un fantasma.
Elisabeth se volvió hacia él y permitió que la mano de Phill se deslizase más hacia abajo. Los dedos se internaron entre sus piernas y se detuvieron al encontrarse con los regueros de su excitación. No la importó. Todo por sentir la calidez de una mano sobre su cuerpo tembloroso.
Aunque esa calidez no fuese, ni de lejos, la que le había proporcionado las manos de Rodderick Holmes hacía tiempo.
Eli miró a Phill y negó con la cabeza.
—Estoy bien. Vamos adentro, por favor; de repente, he sentido un escalofrío.
Phill se llevó los dedos a los labios y saboreó la dulzura intensa de Eli.
“Bienvenidos sean los escalofríos”, pensó alborozado.



CAPÍTULO 2

—¿No es sencillamente espectacular?
Elisabeth se giró hacia Doris y, por un instante, la miró con extrañeza. Su mente vagaba entre los recuerdos pasados. Recuperó, sin embargo, una sonrisa a tiempo y afirmó con la cabeza.
—Es cierto —confirmó—. Esta mansión es inmensa. El lujo y la sofisticación que emanan de cada rincón confirman el poder de los Walsh.
Y en verdad lo era. El grueso de los invitados había entrado ya en el interior de la enorme sala y, aun así, no se encontraban en absoluto apretados sino que las paredes parecían alejarse entre sí para dar una sensación de inmensidad. Multitud de lámparas de cristal de Bohemia colgadas de un alto techo bañaban a todos los invitados con una luz teñida de matices brillantes y multicolores. Colgados de las paredes, una profusión de largos cuadros y enormes tapices vestían los largos muros. Decenas de estatuas de escenas antiguas adornaban los rincones. El propio suelo estaba revestido de mármol rosáceo alternando ribetes de mármol negro. El lujo y la grandiosidad de aquel lugar eran imponentes. No en vano los Walsh era la familia más adinerada, influyente y poderosa del valle y el hecho de que su hijo universitario, Josh Walsh, hubiese decidido dar un fiesta de gala para festejar el comienzo del curso académico no hacía sino incrementar la magnificencia de aquella familia. Incluso el Gobernador y su esposa habían acudido a la celebración, así como el decano y el rector de la universidad. Nadie quería faltar en aquella celebración donde se daban la mano el poder, la política y el dinero. La lista de invitados había sido, en un principio, redactada con bastante sobriedad y era muy escueta, producto de los progenitores de Josh Walsh. Sin embargo, y dado que su hijo también era una celebridad en el equipo de béisbol, la lista aumentó al añadirse a sus compañeros de deporte. Después, por cuestiones puramente políticas, se sumaron a la lista a los cargos influyentes de la ciudad y, al final, cuando el número superaba ampliamente la centena, y dado que parecía haber más gente fuera del círculo universitario que del Campus, la lista se abrió para que cualquier alumno matriculado pudiese asistir siempre y cuando se siguiesen unas estrictas normas de etiqueta y modales.
Sin embargo, si por Eli fuera, no habría acudido. Aquellas fiestas no entraban dentro de sus planes habituales de disfrutar de una noche de un sábado de finales de verano. Pero Phill era ahora su novio y había insistido tanto que no tuvo más remedio que aceptar. Cuando apareció con aquel vestido de corte insinuante y falda cortísima indicando que ese sería su atuendo, se sintió impulsada a rechazar con vehemencia el acudir. Había más porciones de su cuerpo a la vista o claramente insinuadas bajo la escueta tela del vestido que ocultas bajo él. Su peinado y los complementos parecían rematar su imagen de mujer erótica y orgullosa de mostrar su cuerpo. Y todo junto parecía proclamar que también ella misma era propiedad exclusiva de Phill Crawford.
"Eres mía y te vestirás como yo quiera", creyó oír de sus labios cuando le dijo que se sentía avergonzada y ridícula con aquel vestido. Demasiada porción de sus pechos estaba a la vista y la corta falda impedía que pudiese agacharse sin mostrar sus interioridades.
—Has cambiado mucho, Eli —dijo Doris mirándola de arriba abajo, pareciendo confirmar los pensamientos de Elisabeth.
—¿Tanto se nota? —sonrió mirando a su amiga.
—Estás más que guapa, Eli. Este vestido hace de ti una diosa. Pero yo te conozco desde hace tiempo, sé que no es tu estilo; supongo que te habrás dado cuenta de cómo te miran los hombres. ¿Tanto te ha cambiado Phill?
Elisabeth miró a su amiga y no supo qué responder.
Era cierto. Demonios, claro que era cierto. Bajó la vista y se miró el vestido verde de tela delicada sujeto a su cuello por dos finas tiras, abrazando su espalda con finos hilos entrecruzados, moldeando su cintura con ceñidas curvas y terminando en la corta falda asimétrica que dejaba su muslo derecho casi a la vista en su totalidad. Las areolas de sus pezones estaban a punto de desbordar el escote. El vestido era caro, sin duda. ¿Cuánto dinero podría haber costado? Mucho, seguro. No menos de tres o cuatro mil dólares. Si a eso sumábamos joyas, bolso y sandalias, la suma podría fácilmente duplicarse. Y, lo más gracioso de todo, es que se sentía ridícula y avergonzada. Estaba segura de que su cuerpo estaba más expuesto así que con un bikini. Jamás hubiese sido tan atrevida de vestirse con un vestido tan sugerente ni de calzarse unos sandalias de tacón tan alto, por precioso que fuese todo.
Elisabeth levantó la mirada y se dijo que, quizá, lo peor de aquel asunto no era ella sino otra persona. Para ser más concretos, alguien llamado…
De repente, le vio. Aquellos tacones, unidos a su gran altura, le permitían ver a través de las cabezas de la multitud y Rodderick Holmes apareció entre todos ellas. Estaba conversando con el grupo de jugadores del equipo e iba a acompañado de Mary Ann Parker.
Elisabeth se agachó rápidamente simulando colocarse una de las sandalias. No la importó notar la falda ceñida arremangarse, dejando a la vista sus nalgas.
—¿Qué ocurre, Eli? —preguntó Doris imitándola y agachándose junto a ella. Quizá Doris no fuese una chica guapa, pero sí era muy lista— ¿A quién has visto?
Eli la miró angustiada, notando que el aire la faltaba. Simuló colocarse las tiras de las sandalias pero era inútil intentar engañar a Doris.
—¿Rodderick, verdad? —sonrió Doris.
Elisabeth miró a Doris implorando con la mirada que no volviese a decir aquel nombre. Su amiga captó de inmediato el significado de la mirada de sus brillantes ojos verdes entornados.
—Ve a por algo de beber, cariño. Distraeré a unas cuantas personas para que no te vea pasar. Y bájate la falda, estás atrayendo más moscardones que en un festín de sobras.
Eli posó una mano sobre la rodilla de su amiga expresándola su gratitud.
Doris vio alejarse a su amiga agachada, intentando pasar desapercibida entre la gente y suspiró. Luego se incorporó y buscó con la mirada a Rodderick Holmes. Pero no era tan alta como Eli y no llevaba unos largos tacones. Solo podía ver, apoyada sobre la punta de sus zapatos, muchas cabezas y no pocas espaldas.
De todas formas, tampoco hizo falta. Cuando se volvió frustrada hacia el camino que había seguido Eli, se encontró frente a frente con Rodderick.
—¿Dónde está, Doris? —preguntó el chico.
—No sé de quién me hablas, Rod —respondió ella decidida a mantener oculta la discreción su amiga.
Rodderick suspiró y posó una mano sobre el hombro de Doris. La muchacha sintió la firmeza de aquella enorme mano y la calidez que la piel transmitía a la suya. No tuvo tiempo de sentirse insultada. La profunda mirada de Rod la traspasó entera y sus cejas espesas se juntaron para componer una expresión de honda franqueza. Sintió como su corazón se aceleraba desbocado y ardores inmensos brotaban de su vientre.
—He visto a Phill. Solo quiero hablar con ella, por favor —insistió Rodderick—. Tú sabes bien lo qué ocurrió entre ella y yo. Dame la oportunidad de aclarar una duda.
Doris sintió como cualquier sentimiento de protección hacia Eli se desvanecía entre el contacto cálido de la mano de Rod y sus palabras pronunciadas con aquel tono lastimero y ronco. Pero, por encantador que fuese aquel muchacho, no debía flaquear. Aunque le estaba costando un mundo. Sus ojos azules, su cabello rubio revuelto, su mentón cuadrado y varonil. Sintió como algo se licuaba en su interior y manchaba sus bragas. Y luego aquella esencia que perfumaba su enorme cuerpo varonil. Era más de lo que cualquier mujer podía soportar. Se dijo que si la sonreía se vería completamente a su merced. Solo una sonrisa suya y haría lo que fuese por él.
“Maldito seas, Rod”, pensó, “Si estuviésemos solos ahora estarías debajo de mí, implorando aire para respirar mientras te devorase”.
—Ella no quiere hablar contigo. Le hiciste mucho daño, ¿recuerdas?
—Ella también a mí. Y creo que me merezco una explicación, por pequeña que sea, ¿no crees?
—¿Acaso se te ha ocurrido pensar que si ella no quiere darte ninguna explicación será por algo?
Rodderick parpadeó unos instantes, confundido. El hechizo de su mirada hipnótica se rompió y Doris dio un paso hacia él, triunfal.
—Déjala en paz. Ella está saliendo ahora con Phill Crawford y tú con Mary Ann Parker.
Y yo con nadie, pensó Doris. La vida no era justa. Evitó desviar la mirada por el fornido cuerpo del hombre.
—Solo quiero hablar, de verdad —insistió Rod.
Tenía que ganarse a Doris, pensó Rod. Solo así podría disponer del tiempo suficiente para mantener aquella charla tanto tiempo postergada con Eli.
—Por favor… — suplicó Rod arrodillándose y entrecruzando los dedos a modo de oración. Ladeó la cabeza y sus labios compusieron una sonrisa que dejaba entrever unos dientes blancos y brillantes.
Doris no tardó ni un segundo en claudicar. El bochorno que estaba sintiendo al ver a los demás girarse hacia ellos, atraídos por la pose extravagante de Rod, hizo que un profundo rubor aflorase a su cara. Por no hablar de la incómoda sensación de sentir su ropa interior empapada.
—Asqueroso manipulador —masculló entre dientes mientras obligaba a Rod a levantarse de un tirón.

domingo, 2 de septiembre de 2012

DESCUIDO






Bocetos previos a "Descuido":




domingo, 19 de agosto de 2012

EN EL ESPACIO NADIE PUEDE OÍR TUS GEMIDOS



Susie resbaló hasta quedar sentada, apoyada en el mamparo de proa de la sala de víveres. Colocó junto a ella el rifle de positrones cuyo extremo aún estaba al rojo vivo. Se limpió con un jirón de su camiseta la grasa negruzca que cubría su cara y que irritaba sus ojos. El dolor punzante de su costado derecho volvió a hacerse presente, así como el de su rodilla izquierda, cuya hinchazón la preocupaba más.
A su lado, el teniente Siezes, todavía desnudo, sólo ataviado con un par de botas anti-gravitatorias y un paño que cubría sus genitales, también se apoyó en el mamparo aunque permaneció de pie. También su cuerpo evidenciaba numerosas heridas y contusiones pero era difícil distinguirlas entre la grasa negruzca que resbalaba por su piel, mezclándose con sudor y sangre reseca. Todavía empuñaba la pistola láser en una mano con dedos tan crispados que el arma se agitaba como una hoja meciéndose al viento.
—Joder —murmuró el teniente, sin mirar a la mujer, con la vista fija en el extremo oscuro del corredor iluminado por luces rojas estroboscópicas.
—Ese bicho por poco me agarra. Suerte que estabas detrás.
El teniente soltó una risa aguda.
—Le reventé el puto cuello, o lo que fuese esa parte que unía el torso con la cabeza. Ni se enteró.
Ambos se pasaron el dorso de la mano por la frente para limpiar los regueros de sudor que les bajaban hasta las cejas. El sofocante calor, unido a un atmósfera enrarecida les hacía enrojecer y respirar con dificultad.
Un sonido ululante se oyó lejano, creando ecos a través de los pasillos oscuros y geométricos. Los dos se giraron hacia los lados, alerta. Susie atrapó el rifle entre sus manos, el teniente alzó la pistola.
—Es el mecanismo de purificación de aire —siseó en voz baja el teniente.
Susie se mordió el labio inferior, negó con la cabeza y apretó el rifle contra sus pechos.
—El bicho lo inutilizó. Fue lo primero que hizo. Cuando Sara fue a repararlo, comenzó la carnicería —tragó saliva y se humedeció el labio superior, saboreando la grasa negruzca que aún quedaba bajo su nariz—. Eso no es el purificador.
—Sólo había un bicho —insistió el teniente, mirando ceñudo hacia Susie.
—Sólo vimos a uno —corrigió ella. Usó el rifle como bastón para levantarse. La rodilla hinchada le envió espasmos de dolor agudo y al incorporarse no pudo evitar soltar un quejido sordo. Rebuscó bajo su elástico de su braga y encontró dos comprimidos de regeneración; uno se lo tendió al teniente, el suyo lo tragó de un bocado—. Es el mismo sonido que escuchamos, también Sara pensó que era el purificador y fue la primera en caer.
—¿Hay más cosas como esa sueltas en la nave?
Susie cerró los ojos y usó el pulgar e índice para limpiarse los párpados de grasa. Luego, en respuesta a la pregunta del teniente, desactivó el seguro del rifle y pulsó el botón de carga. Un zumbido cada vez más agudo surgió de la culata del arma.
—Eso parece. ¿Vamos?
El teniente la miró con expresión risueña.
—Estás loca. Mi unidad ha sido exterminada por un solo bicho de esos. Tu tripulación está repartida en trozos por toda la nave. Por poco pierdo una pierna y tú tienes... tenías ―se corrigió― la rodilla inutilizada. ¿Y quieres ir a por él? Yo me vuelvo a mi nave. Tú puedes hacer lo que quieras.
Susie mantuvo su mirada unos instantes para luego escupir una mezcla de sangre y mucosas entre las botas anti-gravitatorias del teniente.
—¿Vas a rajarte ahora, teniente Siezes, oficial de combate?
—Ese bicho nos va a descuartizar, loca.
—Eso lo dirás tú. Yo sé algo que tú no sabes y que inclinará la balanza a nuestro favor.
—¿Qué?
—Esos bichos quieren aparearse. Antes de que vuestra nave apareciese, antes de que Sara fuese devorada, ese bicho la violó.
—No jodas. Ni siquiera es humano.
—No me preguntes cómo funcionan. Pero yo vi cómo le clavaba algo en el coño. Algo largo, grueso, untado de lubricante. Esos bichos están salidos, enfermos.
—Y tú quieres convertirte en su reclamo.
—Tengo algo que quieren, sí. Y tú estarás esperándolo.
—Deliras. Estás más enferma que esos bichos. No razonas. Ni siquiera sabemos si hay más ¿Acaso no has visto su estatura, sus garras, sus dientes?
Susie se encaró con el teniente y avanzó hasta presionar su pecho contra el de él. El calor sofocante que iba aumentando en la nave propiciaba que sus cuerpos sudasen y brillasen bajo las luces estroboscópicas como si estuviesen enfundados en plástico.
—Óyeme bien, soldadito cobarde. Si tenemos la más mínima oportunidad de salir de esta puñetera nave y llegar a la tuya, será cargándonos antes a ese bicho. Sabe perfectamente que tú y yo estamos atrapados y adónde queremos ir. Pero tenemos una ventaja contra él, o sea, yo. ¿Se te ocurre otra forma de salir con vida de esta jodienda?
El teniente sorbió por la nariz sin dejar de mirar a la hembra que se pegaba a él. Susie era una mujer en todos los sentidos, no solo en valentía o estupidez; también estaba dotada de curvas opulentas bien visibles: únicamente unas bragas sucias de grasa y una camiseta de tirantes ceñida a sus pechos cubrían sus atributos. Pero no era eso lo que provocaba que el miembro viril del teniente comenzase a hincharse sino la expresión decidida e intrépida que arrojaban unos ojos verdes, enmarcados en un cabello pardusco que caía alborotado sobre sus hombros.
—Sigues loca, mujer. Loca de remate.
Susie sonrió y su sonrisa terminó por desarmar al teniente. El miembro empalmado tropezó contra el abdomen de la mujer y cuando Susie acercó sus labios a los de él y atrapó entre sus dientes la carne rosada del labio inferior, el corazón del teniente bombeó sangre a un ritmo enloquecido, destinando todas las fuerzas de reserva de su cuerpo a un solo propósito.
—La cuestión es esta, soldadito —jadeó Susie empuñando el miembro endurecido del teniente bajo el paño. Bajo la tela intuía un miembro de proporciones respetables— ¿Estarás a la altura cuando el bicho quiera follarme?
El teniente no necesitó de más acicates. Tomó a Susie del cuello y apretó su boca contra la de ella para comerle los labios con ansia. Ambos respiraron con dificultad por la nariz mientras sus lenguas se entrelazaban, deslizándose entre salivas densas. Susie no soltaba el rifle láser ni tampoco el pene de dureza granítica. Aplastó sus pechos contra el del teniente Siezes, de pronto sentía la urgente necesidad de aliviar la picazón extrema que brotaba de sus pezones. Pero cuando la mano del teniente descendió hacia el triángulo ígneo situado entre sus piernas, tuvo que apartarle de un empujón.
―Quieto, mi soldadito, quieto.
Susie fijó su mirada en la del teniente. Se obligó a serenarse. Un bicho alienígena había devorado a toda la tripulación y diezmado un batallón de soldados. Sólo quedaban ellos con vida y, ante la cobardía de aquel soldado más propenso a salir por piernas que enfrentarse al bicho no le había quedado otra opción que estimular su hombría por el método más expeditivo: apelando a su deseo primigenio de apareamiento. El mismo que parecía mover la mente del bicho.
—¿Estás conmigo? —preguntó Susie, evitando mirar el miembro erecto.
El teniente se mordió el labio inferior mientras echaba un vistazo pormenorizado al bello cuerpo de la hembra. De la hendidura bien visible en las bragas parecían emanar vapores espirituosos, los pezones arañaban la tela como tuercas esperando ser desenroscadas. Él no parecía tener reparos en fotografiar con la mirada cada palmo de piel desnuda. Estaba claro lo que esperaba recibir como premio si conseguían salir con vida de aquella ratonera.
—Vamos a reventar a ese jodido bicho, sí.


La criatura estaba confundida. Y si comprendiese el significado de la sorpresa, si su mente asimilase el significado del estupor, también se sentiría estupefacta.
Pero no era eso lo que impelía a la criatura a caminar por aquellos corredores metálicos desconocidos. Sólo una motivación impulsaba aquel poderoso cuerpo recubierto de quitina de un negro tan extremo que, a voluntad, podía incluso absorber todo fotón de luz disperso a su alrededor. Literalmente, la criatura podía crear oscuridad a su paso.
La perpetuación de la especie. Eso era lo que infería a la criatura la motivación suficiente para seguir en un entorno tan hostil como desconocido, habitado por seres que no dudarían en eliminarla si les diese la oportunidad.
Los corredores eran estrechos y estaban cuajados de frecuentes obstáculos que dificultaban su avance. Además, sus sentidos se reducían a un sónar térmico que le ofrecía una imagen imprecisa a causa del sofocante ambiente de la nave y una rudimentaria visión que captaba impulsos eléctricos.
Si se dejase llevar por el sentimiento de venganza, la criatura ya habría dado cuenta del último par de seres que quedaban en la nave. Pero no podía, los necesitaba. Al menos a uno de ellos, el de proporciones más menudas. Desconocía el cómo pero entendía que aquel ser albergaba dentro de su cuerpo la posibilidad de engendrar.
Su compañero también lo supo en cuanto tuvo cerca a uno de esos seres. Y consiguió retener el tiempo suficiente al ser para inyectar su carga de material genético. Él estaba cerca, consiguió ver cuál era el conducto (tras probar varios) que aquellos seres poseían para recibir el material genético. Pero era la primera vez que se relacionaban con esos seres y no lo habían probado antes. Y tampoco sabían que el cuerpo de aquellos seres era sumamente frágil, como los suyos si no dispusiesen de la coraza de quitina que cubría por entero sus cuerpos. Al menos eran nutritivos.
La ironía tampoco tenía cabida en la mente de la criatura, pero si pudiese entenderla, quizá le pareciese gracioso el largo y solitario viaje interestelar que su compañero y él habían realizado. Cientos de galaxias recorridas, miles de mundos hollados, escudriñados en busca de otros seres de su misma especie u otros que les permitiesen perpetuarse. Y, cuando, al fin encontraban unos seres compatibles, capaces de proporcionar descendencia y proveerles de una posibilidad de esparcir su simiente, resulta que eran seres inteligentes y violentos, reacios a dejarse fecundar.
De modo que la criatura, sin acusar desgaste por la tensión de la caza, sin el acicate del miedo, con el sólo propósito de diseminar su material genético en el único ser disponible que quedaba en la nave, se encaminó hacia donde se hallaban. Los tenía bien localizados. Debía ser extremadamente cuidadoso en el acercamiento. El acecho y la sorpresa era su única baza aparte de su camuflaje. Y también debía prestar el suficiente cuidado en el endeble cuerpo del ser cuando la inyectase su material. Había que ser muy cuidadoso, muy cauteloso.
Pero también debía tener cuidado con el otro ser. Ese no tenía la capacidad de engendrar, pero era más grande y robusto. Y era el que había acabado con su compañero. Debía tener especial cuidado con él. Ese era el primero del que debía encargarse.
También había que tener precaución con los objetos que portaban. Esos seres, aun provistos de cuerpos endebles, poseían armas. Y eran efectivas a distancia, por lo que debía redoblar su cautela.
La criatura comprendía que sólo le quedaba una oportunidad. Y había que aprovecharla.


La pareja eligió la sala de enfermería debido a lo diáfano del entorno. Era una sala grande, una de las más grandes de la nave (así debía ser por las leyes de cirugía y salud de los cargueros interestelares). Las paredes estaban revestidas de aluminio anodizado y una única mesa metálica de operaciones, situada en el centro de la sala, permitía tener una visión de conjunto en todas las direcciones. Además, era la única sala provista de un generador autónomo de energía y, por ello, los grandes focos dispuestos sobre la mesa emitían una luz intensa que proporcionaba una iluminación extrema.
Una cámara frigorífica, empotrada en la pared frente a la mesa, estaba destinada a albergar muestras biológicas y bolsas de suero, sangre, proto-órganos y repuestos biónicos. Fue el escondite elegido por el teniente Siezes. Algo que habían aprendido de la criatura alienígena que había exterminado la tripulación y el batallón de soldados era que uno de sus sentidos era el rastreo térmico. Enfriando su temperatura corporal, el teniente Siezes confiaba en pasar desapercibido para poder sorprender al bicho por detrás cuando se abalanzase sobre Susie para violarla. Mantenía la puerta de la cámara frigorífica entornada, lo suficiente para permitir que el frío extremo del interior se mezclase con el abusivo calor del exterior y, de esa forma, impedir su muerte por congelación.
La mujer se hallaba sentada sobre la mesa de operaciones, con el rifle escondido bajo la mesa. Mantenía las piernas separadas, las manos sobre el borde de la mesa, los dedos rozando la culata del arma. Poco la importaba su desnudez total ni que el teniente, controlando la mesa desde la puerta entornada tuviese acceso visual completo a su cuerpo. Precisamente su desnudez era uno de los reclamos de la trampa, quería provocar a la criatura, si ello podía ser posible. Y, aunque el pensamiento fuese lejano y totalmente fuera de lugar, disfrutaba imaginando la mirada del hombre atenta a sus curvas, recorriendo su anatomía de arriba a abajo sin descanso, deteniéndose sobre sus pechos y sobre el sexo casi oculto entre sus manos. Se sabía deseada y débiles pero persistentes punzadas de lujuria avivaban sus pensamientos. Con frecuencia se sorprendía imaginando al teniente saliendo de la sala y abalanzándose sobre ella, sin importar el peligro que acechaba en la nave. El deseo de mantener sexo con el teniente volvía una y otra vez y a veces se maldecía al darse cuenta que sus dedos se alejaban del rifle para acercarse a la hendidura entre sus piernas en busca de alivio.
El teniente era incapaz de soportar la vista de aquel espectáculo sin poder participar. Se mantenía tenso, con el arma entre sus manos. El frío intenso de la cámara frigorífica incidía sobre todo en su cuello y espalda y, aunque se había cubierto con varias mantas térmicas, notaba como la escarcha y el hielo se iban acumulando alrededor de él, convirtiendo la condensación de su aliento en diminutas chispas de hielo que se le clavaban en la cara como alfileres. Pero, aunque por fuera se estuviese congelando, por dentro un ardor intenso le consumía viendo cómo Susie se tocaba.
La mujer posaba con creciente frecuencia sus dedos sobre el horno que rugía entre sus piernas. Con cada roce su cuerpo se estremecía y un espasmo de placer le tensaba la espalda. Pero, al cabo de tímidos escarceos, los dedos volvían al borde de la mesa, listos para agarrar el rifle. Debía mantenerse alerta, era su vida la que estaba en juego. Sin embargo, la llamada del deseo se avivaba a cada segundo, los latidos del corazón de la mujer se volvían más atronadores, las fantasías más detalladas. Suspiros de impaciencia surgían de los labios de Susie. Ansiaba sentirse tocada, acariciada, estrechada. En su imaginación, el teniente Siezes la sujetaba de las caderas mientras restregaba el miembro por la abertura de su sexo. Los dedos de la mujer, carentes de cualquier control ni sujetos al peligro que acechaba, ya no tenían reparo alguno en separar los labios para acariciar el interior pulsátil. Los jugos discurrían sin control, ya abierto el grifo. Manaban en regueros que fluían entre las nalgas comprimidas, convirtiéndose en un charco translúcido que iba aumentando de tamaño. Además, el ambiente sofocante de la nave, debido al purificador de aire inutilizado, provocaba que Susie sudase sin descanso, aumentando su temperatura corporal, creando brillos y enrojecimientos intensos en su piel.
«Me está mirando», no dejaba de pensar la mujer. «Sus ojos están fijos en cada detalle de mi cuerpo, captando los temblores de mis pechos, oyendo el chasquido de mis dedos al chapotear». La mujer no distinguía la cara del teniente a través de la fina rendija de la cámara frigorífica, solo una banda vertical de oscuridad por la que a veces escapaba un aliento escarchado. Pero eso la bastaba para imaginarse al teniente asir su miembro con la otra mano. Ese miembro que ella retuvo entre sus dedos antes, por el que notaba la sangre discurrir con fuerza, sintiendo los poderosos y rápidos latidos del corazón masculino manteniendo erecto el pene. Susie se disgustó consigo misma por haber soltado el miembro. Ahora solo pensaba en tenerlo de nuevo entre sus manos y acariciarlo entero, empuñarlo y agitarlo, clavárselo y sintiendo el calor emanando del glande rosado.
La mujer ni se dio cuenta del internamiento de uno de sus dedos en el interior de su feminidad. El dedo discurrió lubricado hasta el nudillo, presionando la pared superior. El pulgar tampoco pudo contenerse e imprimió firmes rozamientos sobre el extremo superior de los labios, sobre el bulbo erecto que sobresalía del capuchón. Un sonoro quejido reverberó por la sala. Era la llamada del deseo, la llama del placer ansiando ser compartido, la lujuria convertida en carne, el discurrir de néctares manando del coño de una hembra.
El teniente Siezes parpadeaba con cada vez menor frecuencia. Los carámbanos de hielo se creaban con rapidez inusitada sobre su cara, formándose bajo su nariz y barbilla. La pistola ya no temblaba en su mano. Ni siquiera sentía los dedos, había olvidado siquiera que la empuñaba. Se mantenía ajeno a cualquier otro estímulo que no fuese el ver a la mujer dándose placer. El frío entorpecía sus movimientos, imprimía una suerte de lentitud paulatina. Restregaba su miembro con frenesí; era la única parte de su cuerpo de la que surgían nubes de calor.
Los jadeos de Susie inundaron la sala de enfermería, rebotando en las paredes metálicas. La mujer, ya completamente entregada a su placer, apartó la otra mano del borde de la mesa, lejos del rifle, y apoyó el codo detrás de ella para poder inclinarse y acceder más profundamente a su interior. El tímido escarceo inicial en su sexo se convirtió en un furioso agitar, presionar y frotar en el clítoris, accediendo a la vez con varios dedos al interior jugoso de su sexo. La masturbación ocupaba cada pensamiento de Susie y su respirar apresurado y quejidos roncos acompañaban el tumultuoso acto sexual. Lejos quedaba cualquier resquicio de preocupación, de tensión ante el peligro. Solo ella, su imaginación y unas manos entregadas por completo a desenterrar placeres.
Ninguno de los humanos se dio cuenta de la enorme mancha de oscuridad que ocultaba una de las esquinas de la sala de enfermería. La criatura, con su camuflaje de coraza de quitina de negro extremo eliminaba cada fotón de luz y era virtualmente invisible en aquel halo de negrura.
Solo una nube negra, un fantasma de tinta china deshilachada por la que asomaban tres pares de miembros.
Permanecía quieta, atenta al extraño comportamiento del ser tumbado sobre la mesa metálica.
Y le fascinaba. No entendía el cómo ni el por qué, pero la criatura estaba fascinada. Miraba embelesada el espectáculo de sexo solitario. Una danza que parecía realizarse con los miembros inferiores contraídos y penetrándose con rapidez.


La criatura ignoraba qué significaba el sexo. Hacía eones, su especie también se reproducía intercambiando material genético con otros miembros. No existía una diferencia de género ya que cada individuo disponía de la capacidad de procrear. Sin embargo, su compañero y él habían perdido aquel recurso biológico tras miles y miles de años de soledad, eran casi tan viejos como el tiempo. Además, el intercambio genético no producía ningún sentimiento placentero, era más bien un impulso producto del instinto, acuciado por las hormonas.
La criatura, eso sí, entendía que el ser que se retorcía sobre la mesa de metal experimentaba un placer intenso. Captaba los estallidos eléctricos naciendo del interior de la cabeza, repartiéndose por todo el cuerpo a través de la espina dorsal, provocando la contracción de centenas de músculos bajo la piel, condensándose como nubes estelares entre las extremidades inferiores.
Su otro sentido, el rastreador térmico, vibraba ofreciendo una imagen cuajada de tonos rojos y violetas, intensificándose hasta el granate sobre la zona superior del abdomen del ser y entre el nacimiento de sus piernas Toda la sala estaba teñida bajo el espectro de la luz roja (excepto una banda de azul intenso que manaba de una sala contigua).
De entre el trío de extremidades inferiores de la criatura, su órgano intercambiador de material genético estaba listo para el enlace. Había alcanzado su longitud máxima y el fluido genético en forma de néctar untuoso afloraba en el extremo.
Y, aunque tuviese al ser junto a ella, la criatura se resistía a fecundarla. La fascinación de aquella danza de extremidades enloquecidas donde unas se separaban y otras accedían al interior del torso, impedía a la criatura moverse.
Quizá así fuese como esos seres se reprodujesen. La especie de la criatura nunca necesitó de danzas de auto-cortejo aunque, a través de sus largos viajes conociese a otras especies que sí lo practicasen.
Pero ninguna danza era tan atrayente e imaginativa como la de estos seres.
Sin embargo, por hermosa y sugerente que fuese aquella danza, la criatura debía fecundar al ser. Su órgano intercambiador estaba preparado, su material genético listo para ser inyectado. Y no percibía ningún rastro, ni térmico ni eléctrico, del otro ser. Debía completar su propósito.
Y solo esperaba que aquel ser se mostrase algo más predispuesto que el otro al que su compañero intentó fecundar.


Los berridos de Susie afloraban de su garganta sin descanso, reverberando por la sala, poniendo banda sonora a su placer.
Con las piernas alzadas y encogidas, separados los muslos y las manos sobre su sexo, la mujer no cesaba de introducir varios dedos en su interior mientras su otra mano recorría su torso sudoroso.
El miembro del teniente Siezes ocupaba toda su imaginación. Poseída por el falo erecto del soldado se veía a sí misma agitada por los empellones, removiéndose sus pechos en frenéticas sacudidas mientras ella avivaba la penetración clavando las uñas en las nalgas tensas del soldado.
Incluso le parecía sentir el tubo de carne ardiente acceder a su interior. Largo y grueso, separaba sus paredes interiores en su avance para alcanzar su destino. Aquel pene horadaba su feminidad, tensando sus paredes internas, dilatando su vagina para acomodarse al grosor de la carne tubular.
De la garganta de la mujer surgió un chillido emocionado producto del inmenso placer que su imaginación y sus dedos la proporcionaban.
Todo su cuerpo se balanceaba adelante y atrás, al ritmo de las violentas embestidas de un teniente Siezes poseído de una lujuria inhumana.
Susie estaba entusiasmada. Incluso le parecía sentir el aliento ardiente del teniente sobre su cuello, lamiendo la fina piel de la garganta, bajando por su torso y succionando la piel de sus pechos, pellizcando sus pezones hinchados.
Pero, cuando notó como sus dos pezones realmente estaban siendo mordisqueados a la vez, se dio cuenta que algo no iba bien.
Abrió los ojos y se encontró inmersa en una oscuridad como nunca antes había visto, de un negro tan absoluto que hasta las luces que iluminaba la sala de enfermería palidecían como estrellas lejanas.
Lo supo. De pronto comprendió el acusado dolor que brotaba de su sexo, el imponente órgano horadando su interior y dilatando sus paredes, el origen de aquellos pellizcos que aplastaban sus pechos.
Gritó aterrorizada.
La criatura intensificó la profundidad de la penetración, accediendo hasta el límite del sexo femenino. La hembra sintió el extremo del órgano presionando hasta las mismas vísceras, desgarrando, infligiendo un dolor inhumano.
Susie reaccionó con rapidez. Encogió las piernas y golpeó con los pies hacia la oscuridad. Se topó con una coraza de tacto rugoso bañada en excrecencias viscosas. Reprimió el asco y pateó con todas sus fuerzas varias veces hacia la negrura que la cubría.
Consiguió su propósito: la criatura se separó de ella. Las manos de Susie se abalanzaron hacia el borde de la mesa, empuñaron el rifle.
Apuntó hacia el centro del negro absoluto que se cernía entre sus piernas.
—Jódete, bicho de mierda.
El fogonazo de protones estalló muy cerca. Consiguió alejarse lo suficiente para no resultar salpicada por el torrente de pedazos que brotaron de la oscuridad.
El impacto lanzó a la criatura contra la pared opuesta. El sonido de las paredes abolladas, desgajadas del metal fundido, siseó por toda la sala.
La criatura exclamó un chillido de dolor agudo. El camuflaje desapareció y el bicho se mostró tal cual era. El ser intentó incorporarse.
Su sentido de la visión de la criatura solo la mostraba un caos de luces indistinguibles. El otro sentido, el de la percepciones eléctricas, no la proporcionaba ninguna lectura.
Susie no dudó. Se levantó, corrió hacia el bicho y apoyó el extremo del rifle sobre las fauces cuajadas de dientes filosos. El sonido de la carga, el olor metálico de los protones condensándose, el zumbido del disparo inminente.
El estallido volatilizó la cabeza de la criatura. Un espasmo estertor en las seis extremidades indicó su muerte indudable.
Susie contempló al bicho con asco desmesurado para luego girarse hacia la puerta de la cámara frigorífica.
—¡Teniente Siezes! —chilló— ¡Soldadito cobarde!
Susie abrió la puerta de la cámara.
Tuvo tiempo de apartarse antes de que el cuerpo del teniente cayese al suelo.
Una sonrisa pintaba sus labios. Con una mano aún sostenía la pistola mientra que con la otra empuñaba el falo congelado.
Una capa de hielo cubría el cuerpo entero, como una coraza translúcida. La piel poseía una blancura inmaculada y solo se apreciaba algo de color en el miembro empalmado.
—Joder —murmuró Susie al ver el cadáver. La caída había desgajado el pene y el glande aún giraba sobre sí a unos metros.
Pero a la mujer no le preocupó demasiado la muerte de aquel hombre.
Estaba más preocupada por el fluido fosforescente que resbalaba por entre sus piernas.
Fue entonces cuando notó un retortijón de tripas y varias nauseas en su boca.
Gimió al sentir como algo se revolvía en su interior.
Algo vivo.