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domingo, 23 de junio de 2013

LA FIESTA



No sé en qué momento decidí que era mejor ser una zorra que una mujer orgullosa.
La fiesta estaba organizada por el nuevo director de la oficina, un chaval de medio pelo con mucha labia pero sin sangre. Habíamos acudido casi todos por el mero hecho de pasar una noche alegre, cenar gratis y poco más. Algunos habían traído a sus familias y los críos correteaban de un lado a otro entre carreras y gritos. La noche era agradable y un servicio de catering se ocupaba de no dejar nuestras copas vacías ni nuestras bocas hambrientas.
Había desempolvado para la ocasión uno de mis vestidos de fiesta de la juventud y me sorprendió que aún cupiera dentro del entallado traje de ceñida tela azul de raso. El escote prominente y un recogido al aire estilizaban mi cuello y figura y me divertía encontrarme con las miradas cargadas de lascivia de mis compañeros de trabajo, afanándose en escrudiñar cada milímetro de mis contornos.
-Disfrutando, ¿verdad?
Nos giramos Teresa y yo para encontrarnos con Francisco, el chaval.
-Una fiesta divertida, señor -confirmé mientras tomaba un trago de mi copa.
-Así lo espero, señoritas. Llegarán más tarde tiempos peores, así que ahora, a divertirse.
Cuando Francisco se alejó para saludar a otros compañeros, Teresa y yo nos miramos recelosas.
-”Llegarán más tarde tiempos peores” -repitió ella- ¿Qué habrá querido insinuar?
-¿Recortes? -susurré a su oído con disimulo.
Teresa me miró con ojos entornados, tragó saliva y se limitó a tomar un trago de su bebida.
No sería extraño. El anterior director dimitió ante la junta directiva al presentarse las últimas cuentas de resultados, bastante desfavorables. No había ningún comunicado al respecto pero era un secreto a voces: la empresa iba mal y había que aumentar los beneficios.
O reducir los gastos.
Aprovechando que Teresa fue abordada por varios compañeros de Contabilidad interesados en oír las aventuras de su reciente viaje de novios, me alejé del grupo para buscar algo de soledad entre las sombras de los setos que bordeaban el jardín de la finca.
La finca era enorme, con un jardín bien cuidado. Se notaba mucho dinero invertido allí. El chaval tenía que disponer de pasta incluso debajo de la cama.
Medité sobre la posibilidad de perder mi puesto de trabajo. El departamento de publicidad donde trabajaba no era precisamente rentable. Éramos demasiados y, sin clientes ni contratos, no había mucho futuro por delante.
-¿Por qué estás sola?
Pegué un brinco y, al volverme, Francisco me miró sonriente. Extendió sus manos a modo de disculpa cuando me vio alterada por el susto.
-Perdona, no quería asustarte.
Tomé aire con fuerza mientras me agarraba el pecho. Aún notaba las convulsiones del sobresalto en mi corazón.
También noté como Francisco no podía evitar fijar la mirada sobre mi escote.
-Vaya, sí que me has dado un buen susto, Fran.
Me salió del alma. ¿Quién llama al nuevo director de la empresa con su diminutivo? Enrojecí al instante. Por suerte, el chaval no pareció incómodo.
-Lo siento. Te vi sola y me pregunté si te ocurría algo.
Agarré con firmeza la copa mientras dejaba que los mal disimulados vistazos de Francisco se paseasen por mis curvas.
-¿Me indicas dónde están los servicios? Necesito refrescarme.
Francisco sonrió y me acompañó dentro de su casa. Las habitaciones eran amplias y con pocos muebles, aumentando la sensación de opulencia. Lo que sí había eran cuadros y esculturas. Docenas de ellos en cada estancia. El chaval tenía tanta pasta que se me revolvía el estómago.
-Es la primera puerta a la derecha del pasillo -me señaló-. Disculpa, Isabel, tengo que atender al resto de invitados.
Bebí de un trago lo que me quedaba de mi copa y le agarré de la corbata para impedir que marchara.
-Pues empieza por atenderme a mí.
Busqué sus labios y le besé con ansia, como una loba hambrienta.
No pensé, solo actué. Quizá fuese el alcohol, quizá otros motivos, pero estaba hambrienta. No quería estar sola.
Noté como su boca, al principio indecisa, pronto correspondió con igual gula que la mía. Nuestras lenguas se afanaron en devorarse mutuamente y nuestras salivas se fundieron.
Sus manos se posaron sobre mis tetas y apretaron la carne. Bajaron el escote y sus dedos liberaron una teta del sujetador. Sus ojos miraron con detenimiento mi pezón oscuro y luego fijaron su vista en la mía. En su mirada entornada se adivinaban juegos marranos, intenciones lúbricas, deseos malsanos. Sus uñas pellizcaron el pezón y gemí complacida. Una de sus piernas se internó entre las mías y su muslo frotó con fuerza mi entrepierna. Al instante sentí como violentos calores me ascendía de ahí abajo.
Estaba claro que el chaval no iba a contentarse con mi teta.
Sin embargo, al poco de comenzar nuestro escarceo, Francisco dio un paso atrás.
-No, espera, no. Tengo que estar con los demás. Se preguntarán dónde estamos; si nos vieran sería horrible. ¿Te imaginas que…?
-No nos verán, cobardica -ronroneé agarrándole del cinturón para arrimarle de nuevo hacia mí.
Su polla estaba ya hinchada y presionaba contra el elástico de sus calzoncillos. Sin darle tiempo a protestar, le bajé la bragueta y metí la mano. Su miembro estaba caliente y pedía a gritos una ración de cariño.
El chaval tembló como un flan de gelatina. Mi lengua repasó las comisuras de sus labios. No acertaba más que a tartamudear un “no” mientras sobaba su verga erecta y sus cojones hinchados.
Me acuclillé y, mientras exhibía mi sonrisa más impúdica, saqué su polla al aire. Las venas que recorrían el prepucio eran gruesas y la rosada punta del glande asomaba divertida.
-Madre del amor hermoso -murmuró el chaval cuando me llevé su carne a la boca.
El miembro seguía aumentando de tamaño dentro de mí mientras succionaba y lamía la porción que había tragado. Francisco posó sus manos sobre mis sienes para guiar mi lengua y labios sobre el trozo de polla que necesitaba más atenciones. Aquel bicho no parecía tener fin en su aumento de tamaño y adquirió unas dimensiones tales que fui incapaz de contener toda su largura. La saliva se me escurría y goteaba de mi mentón sobre mis muslos.
Cuando Francisco me obligó a incorporarme, eché un vistazo a su polla y abrí los ojos asombrada. Tenía un pollón digno de un negro; algunas mujeres saldrían corriendo, imaginándose escocidas tras ser penetradas por aquel bicho.
Se sacó los huevos de la bragueta y también su tamaño me hizo bizquear anodadada.
Mi asombro se tornó temor cuando me levantó la falda del vestido y buscó el elástico de mis pantis y el de mis bragas para bajármelos. Quizá tenía que ser una de aquellas mujeres que huían despavoridas ante el tamaño de aquel miembro.



Su mano buscó mi coño peludo y se abrió paso entre los pliegues para acceder a mi interior. Me sonrió complacido al encontrar una extensa humedad ya presente. Uno de sus dedos penetró mi vagina y presionó con fuerza sobre mi vejiga. No pude evitar doblarme sobre mí vientre y apoyarme en sus hombros. Un escalofrío brutal sacudió mi pecho y me obligó a agarrarme con fuerza a sus brazos. Un gemido salió de mi boca y sonó ronco. Francisco hundió su boca sobre mi cuello y mordisqueó mi piel mientras su dedo comenzó un bombeo rapidísimo en mi coño que aceleró la salida de más jugos de su interior.
Gemí angustiada y le supliqué con la mirada que se detuviera si no quería que me viniese en aquel momento. Ignorándome, el cabrón aceleró las embestidas. Apreté los dientes, incapaz de retrasar el orgasmo. Una explosión de colores y luces brillaron tras mis párpados cuando cerré los ojos. Las piernas me temblaron y los brazos se me agarrotaron sobre sus hombros. Una increíble sensación de placer me hizo olvidar todo a mi alrededor. Me abandoné al bienestar del orgasmo, disfrutando de los espasmos sobre mi vientre.
Fue entonces cuando noté su polla presionar sobre la entrada de mi coño. Abrí los ojos angustiada. Le miré de frente, suplicando con ojos llorosos que me dejase recomponerme. Francisco me mordió el labio inferior y me miró divertido, dibujando una sonrisa maligna con sus labios. Me negó con la cabeza. No iba a dejarme escapar. Mi coño iba a saber cuán larga era su polla.
El bicho se abrió paso en mi vagina como si un gigante intentara colarse por una diminuta tubería. Un dolor agudo se fundió con el placer del orgasmo que aún me embargaba. El grueso miembro puso a prueba la elasticidad de mi entrada. Necesité agarrarme con más fuerza a sus hombros, gimiendo dolorida mientras notaba como su pollón me partía en dos.
Cuando noté como la punta presionaba sobre el fondo, agradecí con un suspiro el final de aquel tormento. Pero otro, mucho más doloroso, comenzó. Su gigantesca polla inició un bombeo inclemente. Soltaba pequeños grititos cada vez que su glande presionaba sobre el final de mi vagina. Y Francisco parecía complacido en ello pues me sonreía ufano, divertido.
Nuestras miradas convergían de vez en cuando, cuando notaba como los ramalazos de dolor se tornaban insoportables o cuando ligeras pizcas de placer asomaban a mis labios y mentón contraídos.
Cuando aceleró los empellones, en busca del orgasmo, me creí morir. No podía evitar soltar gemidos de dolor y ello provocaba aún más a Francisco, que se empeñaba en hundir con mayor firmeza su pollón en mi desgraciado coño.
Noté como se venía y el semen regaba mi interior. Francisco respiró con fuerza sobre mi cuello mientras el orgasmo le hacía respirar con fuerza.
Nos tomamos unos segundos de descanso, apoyándonos en la pared del pasillo, intentando que nuestras respiraciones se aquietaran. Notaba como su semen se escurría de mi entrada y discurría sobre un muslo en un reguero.
Entramos ambos al servicio sin dirigirnos la palabra. Me senté a horcajadas sobre el bidet y me lavé los genitales mientras Francisco hacía lo mismo sobre el lavabo. Me notaba los labios externos enrojecidos y, al contacto del agua fría, sentí un alivio inmediato. La gran cantidad de semen derramada dentro de mí se me escurría en mi posición y necesité varios minutos hasta notar como ya no goteaba nada de mi coño.
-Creo que eres la primera mujer que me usa el bidet. Ni siquiera había comprobado si funcionaba el grifo.
Le miré componiendo una sonrisa vergonzosa, ocultando los pinchazos de dolor que su pollón había dejado en mi interior. Después de compartir un polvo no era cuestión de aparentar remilgos mientras, sentada a horcajadas sobre la loza, limpiaba mis genitales.
Nos terminamos de asear ambos frente al espejo. Nuestras miradas confluían en ocasiones a través de nuestro reflejo.
Salimos después a la fiesta, con el margen de un minuto para no despertar sospechas. Cuando andaba, me notaba la entrepierna aún dolorida. Una molesta sensación en las tripas me recordaba con frecuencia la dolorosa pero intensa experiencia y me notaba las mejillas enrojecer, preguntándome si alguien se daría cuenta.
Teresa me abordó de repente.
-¿Dónde estabas, Isabel? Te has perdido lo mejor. Paco, el de Contratos, acaba de contar un chiste buenísimo. Aún me duele el pecho de la risa.
A mí me dolía otra parte del cuerpo.
-Estaba pensando en lo de antes, Teresa.
-¿El qué?
-Lo de los recortes.
-¿Y qué has pensado? -susurró Teresa tras una pausa en la que recuperó la seriedad.
-Que habrá que currar el doble para no irse a la puta calle.

martes, 14 de mayo de 2013

MÁS BOCETOS






lunes, 13 de mayo de 2013

BOCETOS









martes, 9 de abril de 2013

MI VECINO MARRANO DEL SEGUNDO











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$$$.A mi bella vecina del tercero,
$$$.Supongo que te preguntarás porqué estás leyendo mi respuesta en tu ordenador y no en una hoja de papel sacada de tu buzón. Luego te lo explico.
$$$.Lo primero es lo primero. Lamenté haber leído tu respuesta cargada de odio y amenazas de violencia. Es obvio que no has sabido entender cuánto respeto y admiración siento por ti. Nunca utilizo el ascensor porque no sabría qué decirte si te encontrase allí dentro. Balbucearía un saludo y enrojecería mi cara de vergüenza. Te considero una mujer muy guapa y con un cuerpo esbelto y bien cuidado (excepto por el vicio del tabaco, aunque eso ya lo iremos viendo). ¿Te viene a la cabeza el nombre RED_WIFI_JAVI? No lo creo porque tu portátil se conecta automáticamente a esa red wifi sin que se lo pidas. RED_WIFI_JAVI es el nombre de mi red wifi. La tengo abierta con el único propósito de conocer qué usuarios se conectan a ella y cuáles son sus hábitos de navegación y el contenido del disco duro de su ordenador. Imagina lo que he encontrado en el tuyo. ¿Te acuerdas de ese video que tu ex grabó mientras hacías cositas en la bañera? Lo tengo.
¿Y ese otro en el que dejaste la cámara en el suelo y te desnudaste entera para ver cómo eras por ahí abajo? Lo tengo también. Por cierto, preciosa corrida la que vino después.
¿Qué me dices de ese que se grabó dos veranos atrás cuando fuiste con tus amigas a una playa nudista y tú decidiste que era buena idea probar a hacerlo con Sandra? Pues también lo tengo.
$$$.Ahora piensa en qué ocurriría si tuviese la idea de crear una página web en donde apareciesen todos esos videos y algunos más, junto con las 3767 fotografías y otras cosillas de tu vida y que, ironías de la vida, como trabajo de informático, he programado un código para que, si no lo desactivo cada día, esa web siga sin aparecer. ¿Qué te parece?
$$$.No deseo llevarme mal contigo, no me entiendas mal. Eres una mujer preciosa y, cuando digo que tienes un cuerpo para pecar todos los días de la vida, lo digo con fundamento. Déjame seguir imaginándote como la muchacha de risa fácil, mirada traviesa y sexualidad abierta que eres.
$$$.Por cierto, he modificado ciertos parámetros de tu ordenador para que no puedas hacer ciertas cosas como borrar los ficheros que me interesan. Puedes responderme con el programa que he instalado en tu ordenador y que puedes abrir con el acceso directo que tienes en el escritorio, entre la foto de tu coño depilado y el mp3 de la canción que descargaste ayer de Presuntos Implicados.

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$–¿Estás conectado, vecino del segundo?
$–Estoy aquí, bella vecina del tercero. Creo que es mejor que, ahora hay más confianza entre nosotros, usemos nuestros nombres, ¿verdad, Susana? Yo me llamo Javier.
$–¿Por qué me haces esto, Javier?
$–Porque sé que nuestro destino es conocernos y juntarnos.
$–Estás enfermo. De verdad. Lo tuyo no es normal. Ahora mismo estoy llorando de puro miedo.
$–¿Estás excitada?
$–¡Subnormal! ¿Cómo coño crees que voy a estar excitada cuando sé que vivo con un vecino en el piso inferior que tiene la mente trastornada?
$–Lamento que tengas miedo. Sin embargo, no tienes motivos para temerme.
$–¿No? Me has robado mi vida entera. Sabes más de mí que yo misma. Eso produce miedo. Cualquiera tendría miedo. Si eso no puedes entenderlo es que no eres normal.
$–…
$–¿Sigues ahí, Javier?
$–Sí, sigo aquí. Dime, Susana, ¿cómo fue el comer el coño de tu mejor amiga?
$–Pero qué cansino eres. ¿No te das cuenta de lo grave que es lo que me estás haciendo?
$–¿Os habéis acostado más veces, Sandra y tú?
$–¿Pero tú lees lo que he escrito? Te repito que no estoy de humor para hablar de mi vida privada.
$–¿A qué supo su coño?
$–Y dale. ¿Eres idiota? ¿Es que solo piensas en el sexo? ¿No tienes otras metas en la vida que joderme la mía?
$–Respóndeme.
$–Imagínatelo tú solito. Estás más salido que el mango de un sartén.
$–Hablando de sartenes, hoy he preparado unas alitas de pollo a la pimienta que están de muerte.
$–¿Alitas de pollo? Menudo cocinillas estás tú hecho. No tendrás ni puta idea de cocinar, como si lo estuviese viendo. De tu cocina, que igual que la mía da al patio interior, no ha salido nunca el olor de un plato bien preparado.
$–Eso no es cierto. Ayer preparé bacalao a la riojana y me salió, también, de muerte. Soy buen cocinero.
$–No mientas, fantasma. Yo solo olí a aceite quemado. Los hombres no tenéis ni puta idea de cocinar.
$–Te equivocas de medio a medio, Susana. Mira, te mando una foto de las alitas de pollo que he hecho.
$–¿Dónde está la foto?
$–Botón superior, el que tiene el icono de un clip. Parpadea y se ilumina de color amarillo. No tiene pérdida.
$–No tienen mala pinta. Seguro que te las ha traído tu madre.
$–Te equivocas de nuevo. Si quieres, te mando otra foto de cómo dejé la cocina.
$–Claro, típico. Habrás dejado el fogón hecho un cristo. Sois todos unos manazas.
$–Ahí me has pillado. Pero te aseguro que me salieron muy buenas.
$–Pásame la receta.
$–¿Cómo se dice?
$–Da igual, déjalo.
$–…
$–Pásame la receta, por favor.
$–Ya la tienes. En tu disco duro. Me he permitido crearte una carpeta en el escritorio y, dentro, está la receta de las alitas de pollo. Si quieres, tengo más.
$–No parece complicada.
$–No lo es. Si te animas, pásame una foto de cómo te quedaron. Usa el mismo icono.
$–Me falta la cebolla. Y las alitas.
$–Hoy es sábado. Si te apuras, todavía encontrarás el supermercado abierto.
$–…
$–Mira, Javier, esto de hablar así no es plan, ¿me acompañas a comprar al supermercado? Podemos hablar de todo esto cara a cara. Lo hablamos y ya está. Y luego nos olvidamos el uno del otro.
$–…
$–¿Javier?
$–Lo siento, Susana. Te quiero para mí. Y tenerte delante de la pantalla es más seguro. Ya te dije que soy muy tímido. ¿Tienes dinero para comprarlo todo?
$–Idiota. ¿Es que además de las bragas también me vas a pagar la comida?
$–Si así estás contenta, sí.
$–No, gracias, fantasma. Adiós.
$–No, Susana. Adiós no. Hasta luego.
$–Ya veremos.

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$–Vecino, ¿estás ahí?
$–Claro que sí, Susana. Pero mejor, llámame Javier.
$–¿Y qué tal, Javier–Cabrón?
$–¿A qué viene ese odio?
$–No tienes gracia ninguna. Me tienes jodida pero bien. ¿Y si te denuncio? Adiós a la web y a todo.
$–No lo creo. La página web que contiene todo el material que te define como una guarra de campeonato está alojada en el extranjero y redireccionada varias veces por servidores fantasma. Al final la borrarían o bloquearían, claro. Pero para entonces…
$–Eres un hijo de puta. Me haces daño, lo sabes ¿no?
$–Ninguno, Susana. Ahora mismo no te hago ningún daño. La página web seguirá sin existir mientras tú hagas lo que quiero.
$–¿Y qué quieres?
$–…
$–¿Qué quieres de mí?
$–Ahora quiero que te toques.
$–Para tocarme estoy yo ahora, idiota.
$–Vamos, Susana, sé bien lo mucho que te gusta tocarte.
$–Hijo de la gran puta.
$–Tócate.
$–Ya me estoy tocando. Acabo de extender el dedo índice y me estoy sacando un moco. ¿Lo quieres? Te lo dejo en el buzón, junto con lo que voy a soltar dentro de poco en el inodoro.
$–Qué cochina eres.
$–¿En serio crees que voy a permitir que un tipejo como tú me chantajee? Ni siquiera me ves para confirmar lo que hago.
$–Hazte una foto y guárdala en el ordenador.
$–Lo llevas claro.
$–¿Qué tal te salieron las alitas de pollo?
$–No me vengas ahora con esas. Estamos hablando de que eres un delincuente.
$–Delincuente es aquel delinque. Tú lo has hecho conectándote a una red wifi que no es tuya.
$-La red está abierta. No es delito, payaso.
$–Pero puedo demostrar que sí.
$–Tú mismo estás cavando tu tumba. Estoy haciendo fotos de todo lo que has escrito con una cámara. Y, como no están en el ordenador, no puedes cogerlas. Jaque mate. Ahora sí voy a la policía.
$–¿Para cotejarlas con qué?
$-¿Qué dices?
$–Pues que esas fotos pueden haber sido tomadas hace tiempo. O de otro ordenador. O esto lo has escrito tú misma, todo, tus frases y las mías.
$–No cuela.
$–Sé de qué hablo, Susana.
$–Por favor, déjame vivir en paz. Sin rencores. Me olvido de ti y tú de mí. Y todos contentos.
$–Yo no puedo olvidarme de ti.
$–Romperé el ordenador.
$–Entonces tendrás que escuchar de boca de otros cómo te lo montaste con tu amiga Sandra durante ese verano.
$–Mira, ¿sabes lo que te digo? Que me da igual. No he hecho nada malo. Puedo vivir con ello.
$–¿Aceptas que te vean como una chica desenfrenada y que disfruta con el sexo?
$–¿Qué tiene de malo, a ver?
$–Nada.
$–Pues eso. Haz lo que quieras. Esta es la última vez que hablamos. Adiós.
$–Hasta luego, Susana.
$–No. He dicho adiós.
$–Susana, me tienes aquí para lo que sea.
$–Adiós, psicópata. No me das miedo. Adiós.

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$–¿Javier, estás ahí?
$–Claro que estoy aquí, mi bella Susana.
$–Me han despedido del trabajo.
$–¿Por qué?
$–Dicen que he robado del almacén. Pero es mentira. Jamás haría una cosa así y menos con la que está cayendo con lo de la puta crisis.
$–¿Y qué vas a hacer?
$–No lo sé. Estoy mal, muy mal. Fíjate, se lo estoy contando a mi vecino salido… Esto es un puto infierno. Ni siquiera sé por qué le cuento esto a un psicópata. Creo que necesito hablar. Con quien sea.
$–Pues yo estoy aquí para escuchar.
$–Joder, me quiero morir.
$–No digas eso. Supongo que necesitaban prescindir de personal. Pero esas no son formas.
$–Eso me han dicho mis padres.
$–¿Necesitas dinero?
$–No, mis padres y mi hermano me van a ayudar a pagar la hipoteca. Además, no te lo he pedido, no vayas de rico porque no cuela.
$–Por cierto, gracias por el tanga.
$–No, oye, eso es lo otro que quería comentarte. Ese tanga me gusta mucho, quiero que me lo devuelvas.
$–Sabes de sobra, Susana, que no te lo voy a devolver. ¿Cuánto te costó?
$–…
$–¿Cuánto, Susana?
$–Déjalo. Te lo regalo. Solo te lo he pedido porque junté sin querer la colada con la ropa sucia y no está lavado.
$–Lo sé.
$–Eres un asqueroso marrano y un amargado.
$–Cambiando de tema, ¿qué vas a hacer ahora?
$–Yo qué sé. No tengo ni puta idea. La cosa está chunga. Lo que sí voy a necesitar es pañuelos de papel, no puedo dejar de llorar y no me apetece salir de casa.
$–Luego subo y te dejo unos paquetes en el felpudo. Por cierto, hablando de felpudo, me gusta que hayas dejado de depilarte el coño.
$–Javier, por favor…
$–En serio, no entiendo de dónde ha salido la estúpida moda de dejarse el coño más pelado que la cabeza de un calvo.
$–Yo lo hacía porque me gustaba más así. Además, si llevas bikini no es plan de enseñarlo todo.
$-¿Y dejarlo todo pelado?
$-Eso vino de las pelis porno. ¿No lo sabías? Y yo que te consideraba un desquiciado pajero…
$-¿Quieres que lo sea?
$-Me da igual lo que seas. Me importa un rábano.
$-Volviendo al tema. ¿Por qué te afeitabas el coño cuando no era verano?
$-Coquetería.
$–¿Coquetería?
$–Mucho. Era muy coqueta. ¿En serio no lo habías pillado antes por mis bragas?
$–¿Y ahora?
$–Es que no me apetece. Me estoy volviendo vaga.
$–El vello embellece.
$–También he dejado de depilarme las piernas y los sobacos.
$–Me encantan las mujeres naturales.
$–Y también el del bigote y el del mentón. Y también las cejas.
$–Creo que eso ya es demasiado…
$–¡Qué tonto eres! ¿No te digo que me han despedido hoy? ¿Cómo quieres que hablase con los clientes así de cochina? Además, me hice el láser en las piernas. Por cierto, tengo que volver a por un repaso.
$–Pero lo de las cejas y las axilas…
$–Eso es verdad.
$–¿Nunca te has cortado al afeitarte el coño?
$–No, voy con cuidado. Pero sí que se me enquistan algunos pelos cuando crecen. Luego tengo que andar sacándolos uno por uno. Si te fijas, en una de las últimas fotos de este verano se me veía un pelo enquistado en el borde de la braga del bikini. Creí que me moriría de vergüenza. Eso pasa por ir con prisas.
$–Te amo, Susana. Te amo con locura.
$–Qué idiota eres. Estás loco, ¿lo sabes?
$–Loco por ti.
$–Payaso. Ni siquiera nos hemos visto una sola vez.
$–Pero te conozco de toda la vida.
$–¡No fastidies, ahora me entero! Creo que el próximo video que voy a grabar es yo misma llorando sin parar, tirada en el sofá y tapada con una manta, como estoy ahora. Sí, eso voy a hacer. Y lo voy a hacer solo para que te jodas.
$–Perdona si te he molestado.
$–Creo que voy a dejarte. Me apetece estar sola. ¿Me dejas los pañuelos en el felpudo?
$–Ahora mismo. No abras la puerta ni te asomes por la mirilla o no los tendrás.
$–¿Tú qué sabes si te voy a espiar? Además, ni que me importases lo más mínimo.
$–Tú me importas.
$–Déjalo, Javier. Tráeme los putos pañuelos y ya está.
$–A tus pies.
$–¿Me estás vacilando?
$–No, que estoy a tus pies. Tú mandas y yo obedezco.
$–Creía que era al revés. Eres tú quien me tiene agarrada de los cojones con esa puta web donde salgo follando.
$-¿No lo habías aceptado ya?
$-No me apetece que en una entrevista de trabajo me hayan visto el coño desde todos los ángulos.
$-Bueno, ya sabes lo que tienes que hacer entonces.
$-Mamón.
$–Creí que habíamos superado esa fase de la relación.
$–¿De qué relación hablas, Javier? Yo nunca he dejado de pensar que eres un psicópata.
$–Pues entonces te ordeno, sucia guarra, que recojas los pañuelos de tu felpudo en cinco minutos.
$–Pues vale.
$–¿Prefieres que sea un psicópata salido que un vecino amigo?
$–Cada uno en su lugar.
$–Y tú eres la perra sumisa que obedece todos mis deseos.
$–Remedio que me queda.
$-…
$-Joder, no sé ni lo que digo. Eres idiota.
$–Tócate, Susana.
$–Y una mierda. Me acabo de quedar sin trabajo y no estoy para chorradas.
$–¿Lo ves? No sabes lo que quieres.
$–Pero qué payaso eres. No tienes ni zorra de lo mal que me encuentro.
$–Te puedo consolar.
$–Vale. Sube y hablamos. Tú y yo. Cara a cara.
$–Sabes que no puedo, Susana. No puedo.
$–No puedo… no puedo… no tienes huevos. Eso es lo que pasa.
$–…
$–¿Javier?
$–Tendrás los pañuelos en cinco minutos.
$–Abriré la puerta. Necesito hablar con alguien.
$–Yo solo soy un psicópata salido y sin sentimientos, tú bien lo has dicho.
$–Pero eres mi psicópata.
$–Hasta luego, Susana.
$–Hasta luego, cobarde.

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$–¿Javier, estás ahí?
$–…
$–Javier, sé que estás ahí, que estás leyendo mi mensaje. Estoy fatal, de verdad, muy mal, necesito hablar contigo. Con alguien. Nadie me coge el teléfono.
$–…
$–Si no respondes, bajo ahora mismo y llamo a tu puerta hasta que me abras, tú verás.
$–…
$–¡Me cago en la puta, Javier! Sé un hombre, coño. Dime algo.
$–…
$–Qué mierda todo. Hombres… cuando los necesitas nunca están. Vete a la mierda, Javier.

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$–Hola, mi bella vecina del tercero.
$–Hola, Javier. Si me vieses ahora no dirías eso. No me lavo el pelo desde hace cuatro días. Y ya no sé a lo que huelo.
$–Susana, tú eres bella sin más. Da igual cómo esté tu pelo o cómo huelas.
$–¿Dónde estabas hace dos días?
$–Ya vi tus mensajes. Lo siento, tenía que pasarme por la empresa. Suelo trabajar desde casa pero hay veces que es inevitable ir para allá. Se me estropeó mi ordenador del trabajo y, sin él, el de casa no funciona.
$–Necesito dinero, Javier.
$–¿Para qué?
$–Para comer. Porque sé que no me invitarías a comer a tu casa. Ni tú subirías a la mía.
$–¿Cuánto dinero quieres?
$–Nada, Javier. No quiero nada. Solo era una excusa para saber si podíamos vernos y charlar. Pero ya veo que no tienes huevos. Ni dos, ni uno, ni medio. Ninguno. No te importo para nada. Eres un mentiroso de mierda.
$–Lo siento.
$–No, no lo sientes. Sé que te importo. Tú mismo lo has dicho. Pues dame esa alegría, déjame verte.
$–Tengo un trabajo para ti.
$–¿Qué quieres que te haga?
$–¿Te masturbarías para mí?
$–Si subes, te hago lo que quieras. Ya ves cómo estoy. Haré lo que pueda.
$–Gracias pero ya sabes que no subiré. Cuando hablaba del trabajo iba en serio. Tengo un empleo para ti.
$–¿De qué hablas?
$–¿No querías un trabajo?
$–Puede. ¿De qué se trata?
$–En mi empresa hace falta una chica de la limpieza.
$–¿Limpiar? Creo que no. Antes era secretaria. No puedo ponerme a limpiar.
$–Ganarás más que antes.
$–¿También sabes cuánto cobraba?
$–No haberte metido en la web del banco usando una red wifi que no era tuya.
$–Ya, sí. Gracias por el consejo. Y por el trabajo. Pero no.
$–Tú misma. No trabajarías mucho. La mayoría curramos desde casa como yo, de modo que no ensuciamos allí. Serían cuatro despachos y los cuartos de baño. 1200 al mes. Te acabo de enviar un adjunto con la oferta, tu currículo y algunos detalles.
$–Te lo están flipando tú solo. Ninguna limpiadora gana eso al mes.
$–Tú sí. Adivina quién se encarga del papeleo de las nóminas.
$–¿Estafarías a tu propia empresa?
$–Tú me importas más que la empresa.
$–No sé qué decir.
$–Yo sí: mañana a las diez tienes la entrevista. Habrá muchas y muchos aspirantes pero no temas, el puesto es tuyo.
$–¿También tú decides a quién contratar?
$–No. pero he engordado tu currículo un poco. Estúdiatelo.
$–¿Ya lo has presentado?
$–El plazo terminó anteayer.
$–Gracias.
$–No se merecen. ¿Irás guapa?
$–¿Debo?
$–Me gustaría.
$–¿Vas a estar allí?
$–A lo mejor. Dejaré que dudes.
$–En serio, Javier, muchas gracias.
$–No se merecen.
$–Quiero verte, Javier.
$–…
$–Sí, Javier, sí. Ya estoy harta. Me planto ahora mismo abajo y te tiro la puerta si hace falta.
$–Lo que tienes que hacer es ponerte guapa para mañana.
$–Lo mejor para eso es un buen polvo, Javier.
$–O masturbarse con mucho mimo.
$–Al final te voy a pillar, lo sabes, ¿no?
$–Pero muy al final.
$–Vale. Me voy a masturbar para ti.
$–Cuéntame qué te haces.
$–Sí, claro, voy a andar con una mano en el teclado mientras con la otra me toco. Dime qué me harías tú.
$–Estarías desnuda. Primero me colocaría a tu espalda. Llevaría tu melena hacia delante para descubrir tu nuca. Besaría tu piel. Dejaría que el olor de tu pelo me inundase la nariz. Posaría tus manos sobre tus hombros, esos hombros redondeados y preciosos que tienes. Deslizaría mis labios por tu cuello y ascendería hacia tus orejas.
$–Estarán al rojo vivo.
$–Mordería y chuparía la carne del lóbulo hasta arrancarte un gemido. Mientras tanto, mis manos bajarían por tu cintura. Te abrazaría por detrás y presionaría mi pecho contra tu espalda, mi sexo contra tu culo.
$–Cuánto gusto.
$–Una mano subiría hacia tus tetas, la otra bajaría hacia tu coño.
$–¿Sin depilar?
$–Sin depilar. Mis dedos se hundirían en el matojo ardiente, surcando los zarcillos de tu vello púbico. Mi otra mano aprisiona una teta, estruja su carne, pellizca el pezón.
$–Me lo estoy haciendo.
$–Abriría tus piernas, tu sexo estaría chorreando. Mis dedos empuñan tu vello, tu gran matojo de vello oscuro y rizado.
$–Tira de él. Me encanta sentir el dolor en mi coño tirante.
$–Hundiría mis dedos en la entrada de tu sexo. La humedad que saldría de tu coño sería ya copiosa y ardiente.
$–No lo sabes tú bien.
$–De repente, te daría la vuelta y me acuclillaría delante de tu mismo coño. De un bocado, sin aviso previo, me comería todo tu coño peludo.
$–Joder, más, dime más.
$–Mi lengua esparciría saliva por tu entrada, bebería de tu interior, empaparía todo el vello. Lamería tu raja de abajo a arriba, una vez y otra vez y otra. Muchas veces, muy rápido mientras mi mano frota tu clítoris. Un dedo de mi otra mano te penetra. Muy hondo. Araña tu interior salvaje, húmedo, ardiente.
$–Escribes bien. Pero ya puedes parar. Ya me he corrido.
$–¿Cuándo te lamía el coño?
$–No, cuando me abrazaste. Creo que estaba tan cachonda que con solo imaginármelo me he corrido de sopetón. Ha sido increíble. Ojalá me lo hicieses alguna vez. Aunque no dijeses ni mu. Solo quiero que me toques y me beses, que me abraces. Necesito que alguien me abrace. Sube y abrázame.
$–No podría.
$–Sí, Javier, sí podrías. Lo acabas de hacer. Me lo has descrito de una forma que he conseguido correrme nada más empezar. Ningún hombre me hecho eso. Además, solo quiero que me abraces. Solo quiero llorar sobre un hombro.
$–Déjalo, Susana. Ambos sabemos cuál es nuestro lugar. Venga, ponte guapa para mañana.
$–Dime que estarás conmigo. Aunque no te vea. Aunque no me hables. Dímelo.
$–Estaré contigo.
$–Creo que estoy empezando a sentir algo por ti, Javier.
$–¿Por qué lo dices?
$–Porque me cuidas y me quieres. ¿Quieres más razones?
$–Hasta mañana, Susana.
$–Hasta mañana, Javier. Deséame suerte.
$–Suerte.

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$–¿Javier, estás ahí?
$–…
$–Es solo para decirte que me han cogido para el puesto. ¿Por qué han tardado una semana en decidirse? Muchas gracias. Estoy a prueba pero soy muy feliz.
$–…
$–Te voy a pillar. Sabes que te voy a pillar. Y cuando lo haga te voy a dejar seco. Te voy a comer entero a besos.
$–…
$–Eres mío, Javier. A lo mejor no lo entiendes pero eres mi psicópata. Por cierto, me he corrido con las bragas puestas que te he dejado en el buzón. Las quiero de vuelta aún más húmedas, ya sabes lo que quiero.
$–…
$–También he dejado un video mientras me lo hacía. Está en el escritorio pero seguro que ya te habrás hecho una copia. Ahora voy a hacer una tarta con una de las recetas que me dejaste. ¿Quieres un trozo? ¿O prefieres comerla de mi cuerpo? Guardaré un trozo para ti por si te animas.
$–…
$–Un beso, Javier. Hasta luego.

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