martes, 14 de mayo de 2013
MÁS BOCETOS
Posted by Ginés Linares on martes, mayo 14, 2013 with No comments
martes, 9 de abril de 2013
MI VECINO MARRANO DEL SEGUNDO
Posted by Ginés Linares on martes, abril 09, 2013 with 7 comments
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$$$.A mi bella vecina del tercero,
$$$.Supongo que te preguntarás porqué estás leyendo
mi respuesta en tu ordenador y no en una hoja de papel sacada de tu buzón.
Luego te lo explico.
$$$.Lo primero es lo primero. Lamenté haber leído tu
respuesta cargada de odio y amenazas de violencia. Es obvio que no has sabido
entender cuánto respeto y admiración siento por ti. Nunca utilizo el ascensor
porque no sabría qué decirte si te encontrase allí dentro. Balbucearía un
saludo y enrojecería mi cara de vergüenza. Te considero una mujer muy guapa y
con un cuerpo esbelto y bien cuidado (excepto por el vicio del tabaco, aunque
eso ya lo iremos viendo). ¿Te viene a la cabeza el nombre RED_WIFI_JAVI? No lo
creo porque tu portátil se conecta automáticamente a esa red wifi sin que se lo
pidas. RED_WIFI_JAVI es el nombre de mi red wifi. La tengo abierta con el único
propósito de conocer qué usuarios se conectan a ella y cuáles son sus hábitos
de navegación y el contenido del disco duro de su ordenador. Imagina lo que he
encontrado en el tuyo. ¿Te acuerdas de ese video que tu ex grabó mientras
hacías cositas en la bañera? Lo tengo.
¿Y ese otro en el que dejaste la cámara en el suelo
y te desnudaste entera para ver cómo eras por ahí abajo? Lo tengo también. Por
cierto, preciosa corrida la que vino después.
¿Qué me dices de ese que se grabó dos veranos atrás
cuando fuiste con tus amigas a una playa nudista y tú decidiste que era buena
idea probar a hacerlo con Sandra? Pues también lo tengo.
$$$.Ahora piensa en qué ocurriría si tuviese la idea
de crear una página web en donde apareciesen todos esos videos y algunos más, junto
con las 3767 fotografías y otras cosillas de tu vida y que, ironías de la vida,
como trabajo de informático, he programado un código para que, si no lo
desactivo cada día, esa web siga sin aparecer. ¿Qué te parece?
$$$.No deseo llevarme mal contigo, no me entiendas
mal. Eres una mujer preciosa y, cuando digo que tienes un cuerpo para pecar
todos los días de la vida, lo digo con fundamento. Déjame seguir imaginándote
como la muchacha de risa fácil, mirada traviesa y sexualidad abierta que eres.
$$$.Por cierto, he modificado ciertos parámetros de
tu ordenador para que no puedas hacer ciertas cosas como borrar los ficheros
que me interesan. Puedes responderme con el programa que he instalado en tu ordenador
y que puedes abrir con el acceso directo que tienes en el escritorio, entre la
foto de tu coño depilado y el mp3 de la canción que descargaste ayer de
Presuntos Implicados.
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$–¿Estás conectado, vecino del segundo?
$–Estoy aquí, bella vecina del tercero. Creo que es
mejor que, ahora hay más confianza entre nosotros, usemos nuestros nombres,
¿verdad, Susana? Yo me llamo Javier.
$–¿Por qué me haces esto, Javier?
$–Porque sé que nuestro destino es conocernos y
juntarnos.
$–Estás enfermo. De verdad. Lo tuyo no es normal.
Ahora mismo estoy llorando de puro miedo.
$–¿Estás excitada?
$–¡Subnormal! ¿Cómo coño crees que voy a estar
excitada cuando sé que vivo con un vecino en el piso inferior que tiene la
mente trastornada?
$–Lamento que tengas miedo. Sin embargo, no tienes
motivos para temerme.
$–¿No? Me has robado mi vida entera. Sabes más de mí
que yo misma. Eso produce miedo. Cualquiera tendría miedo. Si eso no puedes
entenderlo es que no eres normal.
$–…
$–¿Sigues ahí, Javier?
$–Sí, sigo aquí. Dime, Susana, ¿cómo fue el comer el
coño de tu mejor amiga?
$–Pero qué cansino eres. ¿No te das cuenta de lo
grave que es lo que me estás haciendo?
$–¿Os habéis acostado más veces, Sandra y tú?
$–¿Pero tú lees lo que he escrito? Te repito que no
estoy de humor para hablar de mi vida privada.
$–¿A qué supo su coño?
$–Y dale. ¿Eres idiota? ¿Es que solo piensas en el
sexo? ¿No tienes otras metas en la vida que joderme la mía?
$–Respóndeme.
$–Imagínatelo tú solito. Estás más salido que el
mango de un sartén.
$–Hablando de sartenes, hoy he preparado unas alitas
de pollo a la pimienta que están de muerte.
$–¿Alitas de pollo? Menudo cocinillas estás tú
hecho. No tendrás ni puta idea de cocinar, como si lo estuviese viendo. De tu
cocina, que igual que la mía da al patio interior, no ha salido nunca el olor
de un plato bien preparado.
$–Eso no es cierto. Ayer preparé bacalao a la
riojana y me salió, también, de muerte. Soy buen cocinero.
$–No mientas, fantasma. Yo solo olí a aceite
quemado. Los hombres no tenéis ni puta idea de cocinar.
$–Te equivocas de medio a medio, Susana. Mira, te
mando una foto de las alitas de pollo que he hecho.
$–¿Dónde está la foto?
$–Botón superior, el que tiene el icono de un clip.
Parpadea y se ilumina de color amarillo. No tiene pérdida.
$–No tienen mala pinta. Seguro que te las ha traído
tu madre.
$–Te equivocas de nuevo. Si quieres, te mando otra
foto de cómo dejé la cocina.
$–Claro, típico. Habrás dejado el fogón hecho un
cristo. Sois todos unos manazas.
$–Ahí me has pillado. Pero te aseguro que me
salieron muy buenas.
$–Pásame la receta.
$–¿Cómo se dice?
$–Da igual, déjalo.
$–…
$–Pásame la receta, por favor.
$–Ya la tienes. En tu disco duro. Me he permitido
crearte una carpeta en el escritorio y, dentro, está la receta de las alitas de
pollo. Si quieres, tengo más.
$–No parece complicada.
$–No lo es. Si te animas, pásame una foto de cómo te
quedaron. Usa el mismo icono.
$–Me falta la cebolla. Y las alitas.
$–Hoy es sábado. Si te apuras, todavía encontrarás
el supermercado abierto.
$–…
$–Mira, Javier, esto de hablar así no es plan, ¿me
acompañas a comprar al supermercado? Podemos hablar de todo esto cara a cara.
Lo hablamos y ya está. Y luego nos olvidamos el uno del otro.
$–…
$–¿Javier?
$–Lo siento, Susana. Te quiero para mí. Y tenerte
delante de la pantalla es más seguro. Ya te dije que soy muy tímido. ¿Tienes
dinero para comprarlo todo?
$–Idiota. ¿Es que además de las bragas también me
vas a pagar la comida?
$–Si así estás contenta, sí.
$–No, gracias, fantasma. Adiós.
$–No, Susana. Adiós no. Hasta luego.
$–Ya veremos.
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$–Vecino, ¿estás ahí?
$–Claro que sí, Susana. Pero mejor, llámame Javier.
$–¿Y qué tal, Javier–Cabrón?
$–¿A qué viene ese odio?
$–No tienes gracia ninguna. Me tienes jodida pero
bien. ¿Y si te denuncio? Adiós a la web y a todo.
$–No lo creo. La página web que contiene todo el
material que te define como una guarra de campeonato está alojada en el
extranjero y redireccionada varias veces por servidores fantasma. Al final la
borrarían o bloquearían, claro. Pero para entonces…
$–Eres un hijo de puta. Me haces daño, lo sabes ¿no?
$–Ninguno, Susana. Ahora mismo no te hago ningún
daño. La página web seguirá sin existir mientras tú hagas lo que quiero.
$–¿Y qué quieres?
$–…
$–¿Qué quieres de mí?
$–Ahora quiero que te toques.
$–Para tocarme estoy yo ahora, idiota.
$–Vamos, Susana, sé bien lo mucho que te gusta
tocarte.
$–Hijo de la gran puta.
$–Tócate.
$–Ya me estoy tocando. Acabo de extender el dedo
índice y me estoy sacando un moco. ¿Lo quieres? Te lo dejo en el buzón, junto
con lo que voy a soltar dentro de poco en el inodoro.
$–Qué cochina eres.
$–¿En serio crees que voy a permitir que un tipejo
como tú me chantajee? Ni siquiera me ves para confirmar lo que hago.
$–Hazte una foto y guárdala en el ordenador.
$–Lo llevas claro.
$–¿Qué tal te salieron las alitas de pollo?
$–No me vengas ahora con esas. Estamos hablando de
que eres un delincuente.
$–Delincuente es aquel delinque. Tú lo has hecho
conectándote a una red wifi que no es tuya.
$-La red está abierta. No es delito, payaso.
$–Pero puedo demostrar que sí.
$–Tú mismo estás cavando tu tumba. Estoy haciendo
fotos de todo lo que has escrito con una cámara. Y, como no están en el
ordenador, no puedes cogerlas. Jaque mate. Ahora sí voy a la policía.
$–¿Para cotejarlas con qué?
$-¿Qué dices?
$–Pues que esas fotos pueden haber sido tomadas hace
tiempo. O de otro ordenador. O esto lo has escrito tú misma, todo, tus frases y
las mías.
$–No cuela.
$–Sé de qué hablo, Susana.
$–Por favor, déjame vivir en paz. Sin rencores. Me
olvido de ti y tú de mí. Y todos contentos.
$–Yo no puedo olvidarme de ti.
$–Romperé el ordenador.
$–Entonces tendrás que escuchar de boca de otros
cómo te lo montaste con tu amiga Sandra durante ese verano.
$–Mira, ¿sabes lo que te digo? Que me da igual. No
he hecho nada malo. Puedo vivir con ello.
$–¿Aceptas que te vean como una chica desenfrenada y
que disfruta con el sexo?
$–¿Qué tiene de malo, a ver?
$–Nada.
$–Pues eso. Haz lo que quieras. Esta es la última
vez que hablamos. Adiós.
$–Hasta luego, Susana.
$–No. He dicho adiós.
$–Susana, me tienes aquí para lo que sea.
$–Adiós, psicópata. No me das miedo. Adiós.
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$–¿Javier, estás ahí?
$–Claro que estoy aquí, mi bella Susana.
$–Me han despedido del trabajo.
$–¿Por qué?
$–Dicen que he robado del almacén. Pero es mentira.
Jamás haría una cosa así y menos con la que está cayendo con lo de la puta
crisis.
$–¿Y qué vas a hacer?
$–No lo sé. Estoy mal, muy mal. Fíjate, se lo estoy
contando a mi vecino salido… Esto es un puto infierno. Ni siquiera sé por qué
le cuento esto a un psicópata. Creo que necesito hablar. Con quien sea.
$–Pues yo estoy aquí para escuchar.
$–Joder, me quiero morir.
$–No digas eso. Supongo que necesitaban prescindir
de personal. Pero esas no son formas.
$–Eso me han dicho mis padres.
$–¿Necesitas dinero?
$–No, mis padres y mi hermano me van a ayudar a
pagar la hipoteca. Además, no te lo he pedido, no vayas de rico porque no
cuela.
$–Por cierto, gracias por el tanga.
$–No, oye, eso es lo otro que quería comentarte. Ese
tanga me gusta mucho, quiero que me lo devuelvas.
$–Sabes de sobra, Susana, que no te lo voy a
devolver. ¿Cuánto te costó?
$–…
$–¿Cuánto, Susana?
$–Déjalo. Te lo regalo. Solo te lo he pedido porque
junté sin querer la colada con la ropa sucia y no está lavado.
$–Lo sé.
$–Eres un asqueroso marrano y un amargado.
$–Cambiando de tema, ¿qué vas a hacer ahora?
$–Yo qué sé. No tengo ni puta idea. La cosa está
chunga. Lo que sí voy a necesitar es pañuelos de papel, no puedo dejar de
llorar y no me apetece salir de casa.
$–Luego subo y te dejo unos paquetes en el felpudo.
Por cierto, hablando de felpudo, me gusta que hayas dejado de depilarte el
coño.
$–Javier, por favor…
$–En serio, no entiendo de dónde ha salido la
estúpida moda de dejarse el coño más pelado que la cabeza de un calvo.
$–Yo lo hacía porque me gustaba más así. Además, si
llevas bikini no es plan de enseñarlo todo.
$-¿Y dejarlo todo pelado?
$-Eso vino de las pelis porno. ¿No lo sabías? Y yo
que te consideraba un desquiciado pajero…
$-¿Quieres que lo sea?
$-Me da igual lo que seas. Me importa un rábano.
$-Volviendo al tema. ¿Por qué te afeitabas el coño
cuando no era verano?
$-Coquetería.
$–¿Coquetería?
$–Mucho. Era muy coqueta. ¿En serio no lo habías
pillado antes por mis bragas?
$–¿Y ahora?
$–Es que no me apetece. Me estoy volviendo vaga.
$–El vello embellece.
$–También he dejado de depilarme las piernas y los
sobacos.
$–Me encantan las mujeres naturales.
$–Y también el del bigote y el del mentón. Y también
las cejas.
$–Creo que eso ya es demasiado…
$–¡Qué tonto eres! ¿No te digo que me han despedido
hoy? ¿Cómo quieres que hablase con los clientes así de cochina? Además, me hice
el láser en las piernas. Por cierto, tengo que volver a por un repaso.
$–Pero lo de las cejas y las axilas…
$–Eso es verdad.
$–¿Nunca te has cortado al afeitarte el coño?
$–No, voy con cuidado. Pero sí que se me enquistan
algunos pelos cuando crecen. Luego tengo que andar sacándolos uno por uno. Si
te fijas, en una de las últimas fotos de este verano se me veía un pelo
enquistado en el borde de la braga del bikini. Creí que me moriría de
vergüenza. Eso pasa por ir con prisas.
$–Te amo, Susana. Te amo con locura.
$–Qué idiota eres. Estás loco, ¿lo sabes?
$–Loco por ti.
$–Payaso. Ni siquiera nos hemos visto una sola vez.
$–Pero te conozco de toda la vida.
$–¡No fastidies, ahora me entero! Creo que el
próximo video que voy a grabar es yo misma llorando sin parar, tirada en el
sofá y tapada con una manta, como estoy ahora. Sí, eso voy a hacer. Y lo voy a
hacer solo para que te jodas.
$–Perdona si te he molestado.
$–Creo que voy a dejarte. Me apetece estar sola. ¿Me
dejas los pañuelos en el felpudo?
$–Ahora mismo. No abras la puerta ni te asomes por
la mirilla o no los tendrás.
$–¿Tú qué sabes si te voy a espiar? Además, ni que me
importases lo más mínimo.
$–Tú me importas.
$–Déjalo, Javier. Tráeme los putos pañuelos y ya
está.
$–A tus pies.
$–¿Me estás vacilando?
$–No, que estoy a tus pies. Tú mandas y yo obedezco.
$–Creía que era al revés. Eres tú quien me tiene
agarrada de los cojones con esa puta web donde salgo follando.
$-¿No lo habías aceptado ya?
$-No me apetece que en una entrevista de trabajo me
hayan visto el coño desde todos los ángulos.
$-Bueno, ya sabes lo que tienes que hacer entonces.
$-Mamón.
$–Creí que habíamos superado esa fase de la
relación.
$–¿De qué relación hablas, Javier? Yo nunca he
dejado de pensar que eres un psicópata.
$–Pues entonces te ordeno, sucia guarra, que recojas
los pañuelos de tu felpudo en cinco minutos.
$–Pues vale.
$–¿Prefieres que sea un psicópata salido que un
vecino amigo?
$–Cada uno en su lugar.
$–Y tú eres la perra sumisa que obedece todos mis
deseos.
$–Remedio que me queda.
$-…
$-Joder, no sé ni lo que digo. Eres idiota.
$–Tócate, Susana.
$–Y una mierda. Me acabo de quedar sin trabajo y no
estoy para chorradas.
$–¿Lo ves? No sabes lo que quieres.
$–Pero qué payaso eres. No tienes ni zorra de lo mal
que me encuentro.
$–Te puedo consolar.
$–Vale. Sube y hablamos. Tú y yo. Cara a cara.
$–Sabes que no puedo, Susana. No puedo.
$–No puedo… no puedo… no tienes huevos. Eso es lo
que pasa.
$–…
$–¿Javier?
$–Tendrás los pañuelos en cinco minutos.
$–Abriré la puerta. Necesito hablar con alguien.
$–Yo solo soy un psicópata salido y sin
sentimientos, tú bien lo has dicho.
$–Pero eres mi psicópata.
$–Hasta luego, Susana.
$–Hasta luego, cobarde.
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$–¿Javier, estás ahí?
$–…
$–Javier, sé que estás ahí, que estás leyendo mi
mensaje. Estoy fatal, de verdad, muy mal, necesito hablar contigo. Con alguien.
Nadie me coge el teléfono.
$–…
$–Si no respondes, bajo ahora mismo y llamo a tu
puerta hasta que me abras, tú verás.
$–…
$–¡Me cago en la puta, Javier! Sé un hombre, coño.
Dime algo.
$–…
$–Qué mierda todo. Hombres… cuando los necesitas
nunca están. Vete a la mierda, Javier.
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$–Hola, mi bella vecina del tercero.
$–Hola, Javier. Si me vieses ahora no dirías eso. No
me lavo el pelo desde hace cuatro días. Y ya no sé a lo que huelo.
$–Susana, tú eres bella sin más. Da igual cómo esté
tu pelo o cómo huelas.
$–¿Dónde estabas hace dos días?
$–Ya vi tus mensajes. Lo siento, tenía que pasarme
por la empresa. Suelo trabajar desde casa pero hay veces que es inevitable ir
para allá. Se me estropeó mi ordenador del trabajo y, sin él, el de casa no
funciona.
$–Necesito dinero, Javier.
$–¿Para qué?
$–Para comer. Porque sé que no me invitarías a comer
a tu casa. Ni tú subirías a la mía.
$–¿Cuánto dinero quieres?
$–Nada, Javier. No quiero nada. Solo era una excusa
para saber si podíamos vernos y charlar. Pero ya veo que no tienes huevos. Ni
dos, ni uno, ni medio. Ninguno. No te importo para nada. Eres un mentiroso de
mierda.
$–Lo siento.
$–No, no lo sientes. Sé que te importo. Tú mismo lo
has dicho. Pues dame esa alegría, déjame verte.
$–Tengo un trabajo para ti.
$–¿Qué quieres que te haga?
$–¿Te masturbarías para mí?
$–Si subes, te hago lo que quieras. Ya ves cómo estoy.
Haré lo que pueda.
$–Gracias pero ya sabes que no subiré. Cuando
hablaba del trabajo iba en serio. Tengo un empleo para ti.
$–¿De qué hablas?
$–¿No querías un trabajo?
$–Puede. ¿De qué se trata?
$–En mi empresa hace falta una chica de la limpieza.
$–¿Limpiar? Creo que no. Antes era secretaria. No
puedo ponerme a limpiar.
$–Ganarás más que antes.
$–¿También sabes cuánto cobraba?
$–No haberte metido en la web del banco usando una
red wifi que no era tuya.
$–Ya, sí. Gracias por el consejo. Y por el trabajo.
Pero no.
$–Tú misma. No trabajarías mucho. La mayoría curramos
desde casa como yo, de modo que no ensuciamos allí. Serían cuatro despachos y
los cuartos de baño. 1200 al mes. Te acabo de enviar un adjunto con la oferta,
tu currículo y algunos detalles.
$–Te lo están flipando tú solo. Ninguna limpiadora
gana eso al mes.
$–Tú sí. Adivina quién se encarga del papeleo de las
nóminas.
$–¿Estafarías a tu propia empresa?
$–Tú me importas más que la empresa.
$–No sé qué decir.
$–Yo sí: mañana a las diez tienes la entrevista.
Habrá muchas y muchos aspirantes pero no temas, el puesto es tuyo.
$–¿También tú decides a quién contratar?
$–No. pero he engordado tu currículo un poco.
Estúdiatelo.
$–¿Ya lo has presentado?
$–El plazo terminó anteayer.
$–Gracias.
$–No se merecen. ¿Irás guapa?
$–¿Debo?
$–Me gustaría.
$–¿Vas a estar allí?
$–A lo mejor. Dejaré que dudes.
$–En serio, Javier, muchas gracias.
$–No se merecen.
$–Quiero verte, Javier.
$–…
$–Sí, Javier, sí. Ya estoy harta. Me planto ahora
mismo abajo y te tiro la puerta si hace falta.
$–Lo que tienes que hacer es ponerte guapa para
mañana.
$–Lo mejor para eso es un buen polvo, Javier.
$–O masturbarse con mucho mimo.
$–Al final te voy a pillar, lo sabes, ¿no?
$–Pero muy al final.
$–Vale. Me voy a masturbar para ti.
$–Cuéntame qué te haces.
$–Sí, claro, voy a andar con una mano en el teclado
mientras con la otra me toco. Dime qué me harías tú.
$–Estarías desnuda. Primero me colocaría a tu
espalda. Llevaría tu melena hacia delante para descubrir tu nuca. Besaría tu
piel. Dejaría que el olor de tu pelo me inundase la nariz. Posaría tus manos
sobre tus hombros, esos hombros redondeados y preciosos que tienes. Deslizaría
mis labios por tu cuello y ascendería hacia tus orejas.
$–Estarán al rojo vivo.
$–Mordería y chuparía la carne del lóbulo hasta
arrancarte un gemido. Mientras tanto, mis manos bajarían por tu cintura. Te
abrazaría por detrás y presionaría mi pecho contra tu espalda, mi sexo contra
tu culo.
$–Cuánto gusto.
$–Una mano subiría hacia tus tetas, la otra bajaría
hacia tu coño.
$–¿Sin depilar?
$–Sin depilar. Mis dedos se hundirían en el matojo
ardiente, surcando los zarcillos de tu vello púbico. Mi otra mano aprisiona una
teta, estruja su carne, pellizca el pezón.
$–Me lo estoy haciendo.
$–Abriría tus piernas, tu sexo estaría chorreando.
Mis dedos empuñan tu vello, tu gran matojo de vello oscuro y rizado.
$–Tira de él. Me encanta sentir el dolor en mi coño
tirante.
$–Hundiría mis dedos en la entrada de tu sexo. La
humedad que saldría de tu coño sería ya copiosa y ardiente.
$–No lo sabes tú bien.
$–De repente, te daría la vuelta y me acuclillaría
delante de tu mismo coño. De un bocado, sin aviso previo, me comería todo tu
coño peludo.
$–Joder, más, dime más.
$–Mi lengua esparciría saliva por tu entrada,
bebería de tu interior, empaparía todo el vello. Lamería tu raja de abajo a
arriba, una vez y otra vez y otra. Muchas veces, muy rápido mientras mi mano
frota tu clítoris. Un dedo de mi otra mano te penetra. Muy hondo. Araña tu interior
salvaje, húmedo, ardiente.
$–Escribes bien. Pero ya puedes parar. Ya me he
corrido.
$–¿Cuándo te lamía el coño?
$–No, cuando me abrazaste. Creo que estaba tan
cachonda que con solo imaginármelo me he corrido de sopetón. Ha sido increíble.
Ojalá me lo hicieses alguna vez. Aunque no dijeses ni mu. Solo quiero que me
toques y me beses, que me abraces. Necesito que alguien me abrace. Sube y
abrázame.
$–No podría.
$–Sí, Javier, sí podrías. Lo acabas de hacer. Me lo
has descrito de una forma que he conseguido correrme nada más empezar. Ningún
hombre me hecho eso. Además, solo quiero que me abraces. Solo quiero llorar
sobre un hombro.
$–Déjalo, Susana. Ambos sabemos cuál es nuestro
lugar. Venga, ponte guapa para mañana.
$–Dime que estarás conmigo. Aunque no te vea. Aunque
no me hables. Dímelo.
$–Estaré contigo.
$–Creo que estoy empezando a sentir algo por ti,
Javier.
$–¿Por qué lo dices?
$–Porque me cuidas y me quieres. ¿Quieres más
razones?
$–Hasta mañana, Susana.
$–Hasta mañana, Javier. Deséame suerte.
$–Suerte.
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$–¿Javier, estás ahí?
$–…
$–Es solo para decirte que me han cogido para el
puesto. ¿Por qué han tardado una semana en decidirse? Muchas gracias. Estoy a
prueba pero soy muy feliz.
$–…
$–Te voy a pillar. Sabes que te voy a pillar. Y
cuando lo haga te voy a dejar seco. Te voy a comer entero a besos.
$–…
$–Eres mío, Javier. A lo mejor no lo entiendes pero
eres mi psicópata. Por cierto, me he corrido con las bragas puestas que te he
dejado en el buzón. Las quiero de vuelta aún más húmedas, ya sabes lo que
quiero.
$–…
$–También he dejado un video mientras me lo hacía.
Está en el escritorio pero seguro que ya te habrás hecho una copia. Ahora voy a
hacer una tarta con una de las recetas que me dejaste. ¿Quieres un trozo? ¿O
prefieres comerla de mi cuerpo? Guardaré un trozo para ti por si te animas.
$–…
$–Un beso, Javier. Hasta luego.
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sábado, 30 de marzo de 2013
MI MARIDO ME ENGAÑA
Posted by Ginés Linares on sábado, marzo 30, 2013 with 3 comments
No tenía mala pinta, no, pensé al
verme el pubis depilado en el espejito. Me había recortado el pelo simulando
una llama sinuosa y ahora admiraba mi trabajo sentada en la tapa del retrete.
Sonreí imaginando qué diría Roberto cuando viese esta sorpresita, se quedaría
encantado, seguro.
Joder, es que me había quedado de
puta madre. ¡Pero qué artista estás hecha, Lucía! Pero no tuve tiempo de
ensimismarme más en los pelos de mi coño, porque la alarma del horno pitó. Me
cubrí con el albornoz para tapar mi desnudez y fui a paso vivo hasta la cocina.
Saqué la bandeja y apareció una lasaña de cuatro pisos rellena de queso y carne
de varios animales. Mmm, olía de muerte. Con el queso bien tostadito y la
bechamel aun burbujeando. Esta era la otra sorpresa que tenía preparada a
Roberto, su cena favorita.
Dentro de unos diez minutos aparecería
por la puerta de casa con su habitual “Hola, chochito” y yo enfurruñada mirando
detrás suyo al pasillo del rellano por si le habían escuchado. Ya solo faltaba
que en la comunidad me llamasen la “chochito”. De seguro que si me nombraban,
ya lo hacían así. Bueno, no importa, al menos hoy no me importa. Hoy Roberto me
puede llamar chochito, coñito o putilla, porque tal y como le voy a recibirle
es lo menos que se puede pensar de mí.
La verdad es que toda la tarde
había estado muy atareada, preparando la cena y preparándome a mí. No era una
ocasión especial, era simplemente porque me apetecía, para levantarme el ánimo.
Hacía un mes escaso que había cobrado la última paga del paro y ahora solo
contábamos con el sueldo de él. Mi trabajo de secretaria en un bufete de abogados
se fue a la mierda cuando el bufete despareció. Efectos de la crisis, ya se
sabe. Busca que te busca, me tiré así casi un año. Entre tanto, sacaba unas
perras fregando portales, cuidando críos y cogiendo el bajo a los pantalones de
medio vecindario; un certificado de escolaridad no da para mucho. Por supuesto
todo sin alta en la Seguridad Social ni contrato. Lo hacía porque teníamos un
pisito hipotecado, un coche financiado y dos bocas que alimentar, las de Soraya
y Pablo, nuestros hijitos que esta noche se habían quedado con mi madre en su
casa, la única que podía sospechar qué podría ocurrir esta noche.
Suspiré ante esta puta vida, pero
no dejé que nuestros apuros económicos me amargasen. Si pensaba en que había
meses que había que tirar de la tarjeta de crédito ni me hubiera levantado de
la cama.
Total, que apagué el horno, chillé
al ver que faltaban cinco minutos escasos para que Roberto exclamase “Hola,
chochito”, corrí hasta el cuarto de baño y lo recogí todo a lo barullo,
metiéndolo a presión en los armarios, barrí el suelo de toda la pelambrera que
me había afeitado del coño (ya vendrían los picores mañana, ya, pero hoy no) y
corrí hasta el dormitorio para colocarme el atuendo de putilla: un tanga
trasparente y un salto de cama igual de sugerente. Ante el espejo asentí satisfecha
al ver mis tetas perfectamente definidas a través de la gasa, con los pezones
oscuros dominando el reflejo. Volví al cuarto de baño para constatar que mi
peinado seguía estando perfecto. No, un mechón se había soltado, qué hijoputa.
Volví a llevarlo hacia atrás y utilicé otra pinza para mantenerlo sujeto, de
ahí no te mueves, amiguito. Último vistazo a la cara, seguro que Roberto ya
estaba entrando al ascensor. Frente despejada, cejas definidas, sombra de ojos
azulina, rímel en su sitio, pintalabios con el gloss aun brillante, pómulos
colorados y gargantilla del cuello apuntando al canalillo.
A ver, el resto del cuerpo. Levanto
los brazos, como si me encañonaran por detrás, ¡manos arriba! Axilas lisitas,
antebrazos sin mácula. Me pongo de puntillas apoyando la ingle en el borde del
lavabo, y me bajo el tanga. Ningún pelillo disperso; la piel aún está roja pero
ya actuará la crema hidratante. La llama peluda en su sitio. Levanto las
piernas, como haciendo aerobic; sin pelillos, todo bien por ahí. Nudo del salto
de cama en el centro. Ombligo bien a la vista. Otra vez el puto mechón. No
coloqué bien la pinza. Ahora sí. Bien.
Bien, Lucía, bien, me digo. Estás
puta, puta.
–¡Ah! –exclamo. Los zapatos. Joder.
Corro hasta el armario del pasillo.
Mierda, ya oigo el ascensor abrirse, diez segundos como mucho. Estampo las
pantuflas en el fondo del zapatero de dos patadas en el aire, junto con el
albornoz arrebujado y me calzo los zapatos de tacón de aguja. Las llaves,
mierda ya oigo las llaves tintinear tras la puerta y yo en el pasillo,
acuclillada, atándome la tira del talón de los zapatos, las tetas en volandas.
Mierda, se me ha salido una teta del salto de cama, el puto mechón que se
vuelve a soltar, el sudor empezando a causar estragos en las sienes y las
axilas. Mierda.
–¡Hola, Lucía! –dice Roberto al
abrir la puerta.
El tiempo se detiene, arrugo el
hocico.
¿Cómo que “Hola, Lucía”, qué coño
pasa, ay Dios? ¿Y mi “Hola, chochito”?
Se me queda plantado con la puerta
abierta, mirándome pasar la tira del zapato por la minúscula hebilla, la teta fuera.
Estoy en la posición de oír el disparo del árbitro para correr los cien metros
lisos. Y me dice “Hola, Lucía”. Ni chochito, ni coñito ni putilla. Al menos un “Uy,
cariño, tienes una teta fuera, espera que te saco la otra”. Ni siquiera eso me
dice.
–¿Qué haces? –pregunta cerrando la
puerta tras de sí, consciente que si los vecinos se asoman a la mirilla verán a
su mujer con un teta fuera y con cara de gilipollas. Y con un mechón suelto.
Para colmo me doy cuenta que el tanga ya no es tan elástico como hace años y se
me ha deslizado a un lado, mostrando todo el asunto. Joder. Me lo coloco antes
de levantarme y me meto el pecho dentro de la inútil prenda.
–¿Qué pasa? –añade para volver aún
más absurda mi postura.
Que qué pasa, me dice.
–¡Sorpresa! –fuerzo una sonrisa que
me sale mal dibujada, como la de mi hija Soraya en un dibujo que cuelga del
frigo. Estiro los brazos y ladeo la cabeza, hombros y caderas en ángulo
opuesto, piernas juntitas. Puto mechón de los huevos. Parezco una putorra
saliendo de una tarta hueca lista para menear las tetas en una fiesta de
solteros.
–Sorpresa de qué –dice con cara
extrañada, dejando el maletín en el suelo, junto al radiador. Ya le he dicho
muchas veces que no lo deje ahí, que el calor se comerá el símil-cuero, pero
nada, erre que erre.
–¿No te llegó el mensaje que te
envié? –mantengo aún la sonrisa, brazos en alto. Parezco idiota, ya no una
puta, sino idiota.
Trastabillo al acercarme a él sobre
los jodidos tacones y le abrazo colgándome de su cuello, como desfallecida,
necesitada. Añoro un poco de cariño, papito, dame un poquito, anda. Joder,
parezco mendigar sexo por un bocadillo, vaya mierda.
–Pues no, no me ha llegado nada,
ningún mensaje. Lucía, qué pasa, ¿y los niños? –pregunta aún extrañado. Una
alarma se adueña de sus ojos.
–Nada, están con mi madre, cariño.
Dime, ¿no te gusto? –pregunto, poniendo cara de perrilla necesitada.
Roberto ya sonríe. Bien. Más
sonrisa. Ojos brillantes, los entorna. Sonrisilla. Bien, bien. Me rodea con los
brazos por la cintura. Baja las manos, papito, que debajo está mi culito bien
desnudito, para que lo toques, lo goces todito. Desliza los dedos sobre la tira
del tanga y me besa. Joder, cuánto has tardado en darme un beso, un poco más y
tengo que meterme un pepino por el culo para que me hagas caso. Sus dedos
reptan hasta las nalgas y aprietan con ternura. No, ternura no, Roberto, ahora
no. Aprieta bien, coño, que no me he puesto un tanga para nada. Que aprietes,
coño, que me presiones el coño con tu nabo, hostias. Bueno, al menos ya ha
sacado la lengua de la boca. Vaya, ha fumado. Mira que se lo tengo dicho, que
ahora ya no estamos para gastar en tabaco. Es que me lo pone difícil, el muy
idiota. Además, estoy segura que el mensaje le ha llegado, si hasta recibí
confirmación de recepción.
–Estás preciosa, ¿follamos? –me
pregunta despegando sus labios de los míos. Ya había empezado a internar los
dedos entre las nalgas, en dirección a lo desconocido, auxiliándose del cordón
del tanga, como un espeleólogo para descender a una sima.
–¿Y la cena? –pregunto. Pero luego pienso “A la mierda la cena”, aquí
estamos a lo que estamos, que no follamos como Dios manda desde que nos fuimos
de vacaciones, hace dos años. Luego calentaré la lasaña en el microondas y
listo. Ahora necesito carne, pero no en mi estómago.
–Tú eres la cena –me susurra. Sonríe
y me lame la garganta. Cómo sabe el malnacido decir la frase adecuada en el
momento justo. Asiento a la vez que un escalofrío me recorre la espalda al
sentir su lengua acariciarme el cuello.
Me coge en volandas y me lleva al
dormitorio. Uuhh. Yo sigo agarrada a su cuello como un macaco de los
documentales. Me deposita en la cama como si fuese una muñeca de porcelana y se
queda desnudo en un santiamén. Yo le miro intentando no borrar la sonrisa
bobalicona de mi cara pensando en la sorpresa de mi coño. Ya tiene la polla
horizontal, ascendiendo hacia el vientre a trompicones, bamboleada como una
vara de zahorí mientras se quita los calcetines. Su polla está buscando coños.
–Ya está contentilla –señalo con la
mirada su pene.
–Como para no estarlo –confirma él–.
Se la levantas hasta a un muerto–. Se sube a la cama y se arrodilla a mis pies
para quitarme el tanga. Ya verás, ya, te vas a quedar relamiéndote hasta el
juicio final. Le dejo hacer, deslizando el tanga por mis piernas y lo tira a su
espalda, acabando sobre el sinfonier, al lado de las fotos de mis niños.
Piernas recogidas, bien abiertas, inspección del sargento, ¡fiiiirmes!
–¿Te gusta? –sonrío mordiéndome el
labio inferior cuando se queda anonadado viéndome el chumino. Joder, esto es
peor que un examen, aquí no se pueden sacar chuletas, ni copiar a la compañera.
Vaya si le gusta. Dios, es como un
niño con una piruleta enorme, la misma carilla. Ojos como platos, boca abierta,
sonrisa de oreja a oreja. Si tuviese una cámara ahora… Roberto asiente con la
cabeza varias veces. “Sí, sí, sí, Lucía ¿cómo coño no me va a gustar?”,
murmura.
Se me lanza como un poseso, como un
perro famélico devorando la comida. Desliza los brazos por debajo de mi culo
levantándome la pelvis y con las piernas en alto. ¡Cuidado, que me desmontas!
Zaca, al tomate. Separa con los carrillos los pliegues y llega hasta el meollo
del asunto con una maestría digna de un experto, sin manos, solo con la nariz y
los papos. Qué arte tiene mi niño. A mí me tiene doblada de mala manera, con
las tetas apoyadas en la mandíbula, sosteniéndome sobre los codos como puedo.
Pero, joder, que bien se pasan los males cuando tú chico te está comiendo el
chumino. Y más éste, que sabe cómo hacerme correr en un tiempo record. Photo–finish,
ganadora… Lucía Rejerosa, orgasmo en veintidós segundos y dos décimas.
Chillo histérica, hundiendo las
uñas en la colcha de puro goce. Mierda, que hijoputa, como sabe hacerme gozar
como una cerda. Y lo más gordo de la situación es que no puedo hacer nada para contenerme:
es como un imán, su boca atrae mis orgasmos, es inaudito. Ni tiempo me ha dado
de tocarme las tetas o clavarle las uñas en los hombros, hostia puta.
Emerge de las profundidades con la
cara empapada de mi corrida, parece que se acabe de lavar la cara. Le cojo de
las orejas y me lo como a besos. Has sido un niño malo, Robertillo, muy malo,
retuerzo las orejas mientras le lamo toda la cara, hacerme correr así, a la
seño, de buenas a primeras, como si fueses el puto amo, cabroncete. ¿No ves que
me has dejado en ridículo, niño? Ahora verás, puto crío de los cojones, te voy
a dejar seco el nabo.
Le tumbo debajo de mí y empuño su
polla mientras le sigo secando la cara, bueno, mejor dicho, sustituyendo
lubricaciones por saliva. Se la meneo con ganas, parece un borrón mi mano
sacudiéndosela de lo rápido que la froto. “Para, animal”, me murmura, “que vas
a hacer fuego como sigas así”. Yo ni caso, te voy a sacar toda la leche,
hijoputa, ahora verás, hacerme correr como si fuera una novata, yo, que he
parido a dos niños con una año de diferencia. Te la voy a dejar tan seca que el
pis te va a hacer daño cuando salga, cabrón. Y como un león, oteo agachada el
manubrio izado. Ay, mira una gacela, qué maja, pobre gacelita, tan tierna, tan
joven, tan inocente… a la mierda la gacelita, ¡tengo hambre! ¡Ñam! Me lanzo
comiéndomela de un bocado.
–Hostias –chilla Roberto dando un
respingo en la cama.
Tiene un sabor raro, este trozo de
carne no tiene el gusto que recuerdo. Me recuerda a las bandejas plastificadas
de fruta que compro en el centro comercial. Qué curioso.
Bueno, a lo que estás, Lucía. Me
recojo el maldito mechón pero poco después, mientras engullo y trago, arriba y
abajo, arriba y abajo, se sueltan los demás mechones. Las pinzas saltan como a
presión. Chiuuu, chiuuu, como balas.
–Ay, mi madre –gime Robertillo, y se
sujeta en mi cabeza, deshaciéndome el peinado del todo, no para clavármela más
aún, que ya la tengo en la garganta, sino porque el pobrecito ya se me viene.
Me la saco de la boca y se la sacudo un rato. Todavía no, niño malo, quiero que
surja una puta fuente, quiero ponerme perdida de leche por todas partes, joder.
Todas las babas que me he dejado en la polla salen ahora despedidas por el aire
al son de mis meneos. Plic, en toda la cara. Plic, en todo el pelo.
Sigo con cara de posesa. Giro la
cabeza con una sonrisa de loca histérica, dientes apretados, ceño fruncido. Te
vas a cagar, puto crío, vas a vomitar leche hasta quedarte seco como una momia.
Varios mechones se me agitan como si fuesen látigos, algunos conservan en el
extremo la pinza, dispuestos a sacarme un ojo a la mínima. Me los arranco de un
zarpazo, fuera interrupciones, fuera despistes. Sigo agitando la gaseosa a
punto de explotar. Roberto aúlla de placer, está fuera de sí. Ya llega, se le
notan las piernas temblar, los dedillos de los pies arquearse tensos, ya se me
corre, ni niño se me corre. Bien, bien. Acerco los labios. Venga esa lechecita,
pollita mía.
Cagada.
Sale un chorrillo transparente, de
leche nada. Tongo, tongo, que nos devuelvan las entradas. ¿Qué coño es esto,
dónde está mi leche? Roberto sigue chillando, convulsionándose. Buen orgasmo,
majete, pero donde está mi premio, ¿eh?
Esto no es normal. Roberto eyacula
una cantidad importante de semen, y su polla solo ha escupido una mierda
transparente que ni es leche ni es nada. Esto solo ocurre cuando se lo solía
hacer a la tercera o a la cuarta vez, cuando sus huevos están ya vacíos.
Mierda, ¿a ver si llego tarde y me tengo que comer los mocos?
Es entonces cuando husmeo el
manubrio en busca de pistas. Como un puto perro. Algo me huele mal.
Literalmente. Aquí huele a condón, ese era el sabor extraño de antes, ese, sí.
Elemental, querida Lucía, es látex.
Fuera bromas. Esto es serio. Vasta
de hacerte la payasa. La polla de mi marido huele a condón.
Ay, Dios. Qué has hecho, hijo de
puta. Adiós calentón, adiós todo.
La suelto como si su polla me diese
calambre. Se ha dado cuenta. Ya no jadea, ya no gime.
–¿Qué pasa, Lucía?
–Tu polla sabe a condón– informo
con tono serio.
No le miro. Continúo en la misma
posición, recostada a su lado, mirando su pene desinflarse. Joder, enterarte de
que tu marido te pone los cuernos de
esta manera… saboreando el regustillo del condón que ha utilizado para no
preñar a la desgraciada que se ha tirado… es que hay que ser gilipollas.
–Deja que te explique –empieza él.
Malo. No lo niega. ¡Por lo menos,
niégalo, hijo de puta, me merezco eso al menos!
Me levanto. Aún llevo los zapatos
de tacón, mierda. No, a ver si ahora, me rompo un tobillo. Cornuda y coja, qué
cojones, para qué queremos más. Trastabillo sobre los zancos en dirección al
cuarto de baño. La corneta toca retirada. Estoy a punto de soltar la de Dios.
Me contengo. Todo sea por los vecinos. Queridos vecinos, qué majos son…
¡A la mierda con los vecinos,
joder! Que me he afeitado el chumino para que este desgraciado me lo desprecie
tirándose a otra.
–¡Hijo de puta! –exploto.
–Lucía, no es lo que tú… –intenta
decir.
Es lo que faltaba. Que me tome por
idiota, no te jode.
–A mí no, Roberto, a mí no –voy
subiendo el tono–. A la otra te la tendrás camelada, pero conmigo ni lo
intentes. ¿Qué coño me vas a decir?, que te has hecho una paja en la oficina y
como acababan de hacer los baños, te ha dado pena y te has puesto un condón
para no ensuciar, ¿no?
–No, espera… –no le dejo explicarse.
Corro hacia el cuarto de baño y cierro la puerta tras de mí. Echo el cerrojo.
Apoyada la espalda en la puerta me voy dejando caer. Ziiip, resbalo y me doy un
señor culazo. Mierda, mi culo.
Lloro como la Magdalena, entierro
mi cara entre las rodillas. Esto no se hace, Roberto, esto no se hace, que
tienes dos hijos, malnacido. Qué coño te he hecho yo para que me hagas esto.
¿Quedarme en paro, es eso, eh? Quedarme en paro, sí.
Mierda.
–¿Lucía? –llama tras la puerta.
–¡Cabrón, déjame en paz! –chillo.
Me golpeo la cabeza con la puerta una y otra vez. Pom, pom. Qué cojones has
hecho, hijo de puta. Pom, pom. Qué has hecho, joder.
Roberto llama a la puerta con los
nudillos, toc, toc, ¿estás bien?, pregunta. Nuestros golpes se superponen. Esto
es surrealista, ahora van acompasados. Pom, toc, pom, toc. Vale, ya paro yo. Él
también se detiene.
Me duele el culo, mierda. Y ahora
también la cabeza. Siento el coño enfriarse en el suelo, aún está húmedo y
estoy poniendo el suelo perdido. Me levanto como puedo, con los tacones,
apoyándome en el borde del lavabo, y con un temblor de piernas que no sé yo si
llegaré arriba entera. Llorando como una descosida. Qué idiota soy, pienso,
mirándome los zapatos. Me los quito y los tiro a la bañera.
–Lucía, por favor –insiste Roberto
detrás de la puerta.
–¡Qué te largues, hostias! –chillo
con voz aguda.
Me miro al espejo, apoyada en el
lavabo. Tengo el rímel corrido y los surcos grises de las lágrimas dibujan en
mis mejillas una suerte de cicatrices, hasta la mandíbula, como si me hubiesen
arrancado la cara y me hubiesen plantado esta otra. Ahora sí que tengo aspecto
de idiota. Gimo secándome los mocos con el dorso de la mano. Tengo unas patas
de gallo enormes, y unas arrugas de expresión que parezco el Joker de Batman
como poco. Mierda. Me doy cuenta que aún llevo puesto el salto de cama. Las
tetas caídas, desinfladas. A dónde quieres ir con estos melones, Lucía, que ya
tienes casi cuarenta tacos, hija mía. Bajo la mirada y tras un vientre
deslustrado de dos partos aparece el coño. Todavía no escuece, pero ya lo hará,
ya. Y luego las cartucheras, el culo fofo, las piernas hinchadas… joder, ya no
quiero ver más. Busco con la mirada dentro del armario el albornoz y solo
encuentro el de Roberto. ¿Y el mío, dónde coño está el mío? Ah, sí, junto a las
pantuflas, en el armario del pasillo, arrebujado, hecho un guiñapo. Como estoy
yo ahora. Igualita.
–Se llama Daniel –me suelta de
repente.
Creo que no he oído bien. ¿Ha dicho
Daniel? Ay, mi madre.
–¿Cómo que Daniel? –pregunto en voz
baja. Tanto que no creo que me haya escuchado.
–Sí, Daniel –dice. Oigo como se
sienta en el parqué del pasillo, apoyándose en la pared.
Quito el cerrojo, abro la puerta.
Ha recogido las piernas y mira al suelo, a sus pies. Sigue en pelotas, con el
pene encogido, como las uñas de un gato.
–Te has follado a un tío –digo en
voz baja, apoyada en el quicio de la puerta, mirándole con más asco del que
puedo expresar –. Me has engañado con un tío.
No lo entiendo.
–¿Has metido la polla que he mamado
en el culo de un tío? –pregunto sin saber si esto es una pesadilla o sigue
siendo la puta realidad– ¿Desde cuándo me la pegas con un hombre?
Roberto gime como un niño. Ahora es
él quien entierra la cara entre las rodillas.
–Desde que me violaron la primera
vez.
Ay, Dios, que me caigo muerta. Me
caigo muerta y de aquí me recogen por los pies. Esto tiene que ser una broma.
–¿Cómo que te violaron, idiota? ¿Quién
te violó?
–En el ascensor, hace meses.
–¿Qué ascensor, el del trabajo?
Sorbe los mocos y niega con la
cabeza.
–Aquí, en casa. Me violó un vecino.
Daniel es el vecino del cuarto.
¿El del cuarto? ¿Quién, esa bestia
de casi dos metros con brazos como troncos?
Reprimo un ligero temblor al pensar
en la pedazo de herramienta que se gastará ese monstruo.
Pero no. Esto no puede ser real. Mi
marido no, no señor. Mi marido se tira pedos y tiene pelos en el culo. Mi
marido ronca y me araña con las uñas de sus pies en la cama.
Por Dios Bendito, joder, ¡mi marido
es un gañán, es mi gañán! Esto no puede ser verdad.
–Si esto es una broma, te juro que…
–advierto.
Roberto alza la mirada y me la
clava con ojos enrojecidos.
Hostias, hostias, hostias. Conozco
a Roberto como si le hubiese parido, mierda.
Me mira fijamente, con lágrimas
desbordando sus ojos, cayendo en regueros por sus mejillas.
–¿Por qué no me lo has contado
antes?
–¿Qué me violan sistemáticamente? ¿Qué
no puedo dejar de llorar como un puto crío cada vez que me Daniel me la clava? ¿Qué
cago sangre día sí y día no?
Jesús.
Me acerco al muñeco que aún yace
arrebujado junto a la pared y hundo mis dedos en su cabello. Es mi muñeco,
hostia puta, es mi muñeco y me lo han desgraciado.
Pero aún hay una cuestión en el
aire.
–¿Por qué te pones condón?
Roberto rehúye la mirada y niega
con la cabeza.
–¿No qué? –insisto, tirando ahora
de su cabello.
Le tiemblan los labios, los mocos
le resbalan por las comisuras, las lágrimas le corren como afluentes, como las
putas cataratas del Niágara.
–Es que… es que me corro. Me obliga
a ponerme condón para no manchar el suelo cuando me corro.
Flipo en colores. Hostia putísima.
–¿Cómo que te corres?
–Que me gusta, que disfruto.
–¿Pero qué dices, subnormal? ¿Te
gusta tener el ojo del culo como una olla?
Roberto encoge los hombros. Y luego
rompe a llorar como la Magdalena.
No, no, esto es peor. Mucho peor
que ser mil veces cornuda. Mucho peor, sí.
Tengo un marido… un marido…
¿Pero qué coño tengo yo por marido?
Tomo aire y me levanto. Me apoyo en
el marco de una puerta. Cómo me duelen los talones. Putos tacones, los odio,
los odio con toda mi alma.
–Levanta –ordeno.
Roberto me miro desde abajo. Su
mirada baja hasta mi coño llameado.
No cabrón, no, ni coños ni hostias,
joder. Le suelto un sopapo. Noto la palma de mi mano mojada de sus lágrimas.
–¡Levanta, joder!
Se levanta a trompicones. Baja la
mirada. No sabe dónde colocar sus brazos, ni qué hacer con las manos. Termina
por abrazarse como una niña aterrada.
–Me has engañado, hijo de puta. Me
has jodido de lo lindo, puto mamón.
Asiente débilmente.
Hijoputa.
Veremos si realmente dices la
verdad, cabrón de mierda.
–De cara a la pared. Agáchate. No,
así no, idiota. Sube el culo, abre las piernas. Más, más.
Tiene el ojete en carne viva. Dios
Bendito.
Le meto tres dedos sin previo
aviso, así, sin avisar.
Mi marido exhala un suspiro de
placer.
¡Marrano de los huevos! ¿Con que
disfrutas si te rompen el culo, eh?
Araño el interior de su culo. Noto
un calor horroroso, un calor infernal en su interior. ¿Estará mi coño igual de
caliente cuando me la clava?
Increíble. Su polla se hincha como si
tuviese un resorte. Masejeo el interior y presiono bien al fondo, sobre la zona
más almohadillada. Roberto gime angustiado. Me cago en la puta, mi marido goza
como un cabrón. Yo, que no le he ofrecido mi culo ni por lo más sagrado, él me
lo tiende como si de un caramelo se tratase.
Roberto menea el culo, arquea la
espalda. Se remueve para clavarse mis dedos más adentro, más al fondo.
Y, entonces, se corre.
Hostia putísima. Se corre, el muy
nalnacido se corre. Un chorro de semen surge de su palo hinchado. Salpica en la
pared y el suelo. Se ha corrido, joder, se ha corrido. Me ha puesto perdido el
parqué y el zócalo.
Mi preciosa leche, mi adorada
leche, derramada, resbalando viscosa. Todavía caen hilos de la punta de su
rabo.
Roberto cae al suelo, arrodillado.
Gime y me llora como un cervatillo.
Temblando como una hoja al viento.
Me lavo las manos a conciencia en
el lavabo. Cuando vuelvo, le encuentro en la misma posición.
–Levanta.
Me mira con ojos aterrados.
–Levanta, que nos vamos a emergencias
y luego a comisaría.
Me niega con la cabeza, abre la
boca patidifusa para protestar.
Exploto. A la mierda los vecinos, a
la mierda los gritos, a la mierda todo.
–¡Nadie me viola a mi marido, me
cago en la puta! ¿Entiendes? ¡Nadie! ¡Tu culo es mío, tu polla es mía, tu leche
es mía, tú eres mío!
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