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martes, 21 de diciembre de 2010

CLIENTES

Una ligera brisa se cuela por debajo de la minifalda y me asciende hasta la ingle. Cruzo las piernas embargada por una repentina necesidad de mear. Cuando me entra frío en los bajos me entran las ganas de mear, es matemático. Agradezco el vello que me cubre el sexo. Quizá por esa razón los humanos hemos conservado el vello en las zonas más delicadas de nuestros cuerpos. Hace tiempo leí en una revista, no sé si era Muy Interesante o Quo, creo que da lo mismo, que la pregunta que cabe hacerse no es porqué los humanos hemos perdido el vello corporal, sino porqué hemos conservado el vello en las axilas y las gónadas. Algunos más que otros. En mi caso no demasiado, pero todo va por gustos y modas. Y comodidades. Yo prefiero dejar que el vello luzca bajo la lencería, que llene las bragas pero sin asomar por los bordes. En cuanto a los sobacos, depende del cliente porque a mí me da lo mismo.
Pretender que un perro haga sus necesidades donde a ti te venga bien es algo que requiere de poco sentido común o mucho adiestramiento y la anciana que ha subido a su caniche al macetero urbano del árbol bajo cuyas ramas me cobijo esperando al cliente no tiene pinta de ser adiestradora. Pero el perro obedece y mea y caga donde la anciana le dice que lo haga. Un joven sentado en el banco adyacente desvía la mirada de mi culo para posarla, hipnotizado, sobre el perro defecando. Una vez tuve un cliente que nada más llegar al adosado me dejó sola en el enorme salón tras haberme pagado por adelantado, el doble de lo acordado, no dije nada, y no creo que la agencia tuviese alguna vez conocimiento de mi propina. Al cabo de unos minutos me vino con unos cuantos periódicos cuyas hojas fue repartiendo por un rincón del salón. El montón de papeles fue cubierto luego por unas bolsas de supermercado abiertas, plastificando el envoltorio.
—Caga —me ordenó señalándome el improvisado mingitorio.
Observé con aprensión la cochiquera que me había montado en un par de minutos. ¿Coprofilia? Desestimé la explicación que estaba meditando tras fijarme en su barba cana y cuidada, pero me equivocaba. Tenía el labio superior recortado y el mentón cuidadosamente definido. La montura al aire denotaba unas patillas de tungsteno y unas lentes de cristal orgánico. Mucha pasta. La agencia no me había advertido previamente de los gustos de este cliente, quizá no los hubiese expresado. Un fetichista encerrado dentro de un putero dentro de un respetable conciudadano, de los que iría al teatro Calderón la tarde de los domingos con su señora y a diario se tomaría sus cafés en el Lyon D´or. Quizás un concejal, no sé, un algo cargo con seguridad.
—Cagar vale el triple y no garantizo la consistencia de mis zurullos, tengo frío.
El cliente me miró con sorna cuando confesé las pocas posibilidades de obtener un chorizo digno de un fetichista. No dijo nada, tampoco importaba que lo hiciese. Sacó de su cartera otros cuatro billetes de cien euros y me enseñó el dobladillo vacío donde había alojado el dinero. Subió la calefacción y al cabo de unos minutos el ambiente se volvió cálido, casi bochornoso. Me deshice de la ropa y me acuclillé desnuda encima de las bolsas y delante del profesor (porque tenía pinta de profesor). Simulé un esfuerzo ímprobo que supuse le pondría aún más cachondo de lo que ya estaba, sentado frente a mí, igual de desnudo y haciéndose unas friegas en la verga y en su ano.
Les ahorraré detalles sobre olores, texturas o consistencias. Y sabores. De propina, porque no me aguantaba, acompañé el plato con un pis turbio.
Ya viene, creo que es él. Un Renault Space de color burdeos se detiene en doble fila. Dudo que sea mi cliente. Él no debería dudar, porque llevo la ropa que decidió (los clientes son muy rigurosos al respecto): camiseta juvenil hasta el ombligo, minifalda prieta, pantis oscuros y botas de caña arrugada. Sin ropa interior. El anorak que llevo encima es decisión mía, prefiero una mueca de disgusto en su cara que un resfriado, los noviembres como este, ventoleros y húmedos, no avisan. Sabré disculparme.
La puerta derecha se abre, invitándome a entrar. Al volante está una mujer.
—¿Vas de parte de Juan? —me acerco a preguntar.
—No, yo soy Juan —contesta la mujer sin desviar su mirada del espejo retrovisor que tiene en su puerta. Su rostro alargado aparentará una edad cercana a la cuarentena, quizá hacia abajo porque aún conserva bastantes rasgos de una juventud que aún parece disfrutar por la belleza que transmite, realzada con el maquillaje ligero y el cabello castaño teñido con mechas claras y recogido en un moño casual. Viste blusa de seda y falda de lino oscura con una larga abertura lateral que deja entrever el refuerzo de unas medias y un triángulo de carne pálida y firme.. Dudo durante unos instantes si introducirme en el vehículo. Las mujeres no me contratan porque mi aspecto y mi cuerpo las recuerda a las hijas que tienen o las que las gustaría tener. O las que no tienen. Los hombres lo hacen sin dudarlo un instante, son hombres y es consustancial a su género.
—Mi niña se ha hecho mayor —me confesó un cliente cuando me desnudé frente a él mientras se masturbaba sentado en el sillón. Su mirada se desvió detrás de mí y giré la cabeza siguiendo su dirección. Un marco hecho con palillos cortados a la mitad encerraba una foto familiar compuesta por mi cliente y su mujer flanqueando a una jovencita de aspecto similar al mío, quizá algo mayor.
—Ay, papi, me pica aquí —lloriqueé arrodillándome en su regazo. Me incorporé sobre el cojín delante de él y le planté el pubis afeitado en los morros. Hundió las uñas en mis nalgas y aspiró con deleite la fragancia que ascendía desde mi hendidura para luego degustar con la lengua el sabor de mis humedades. Un escalofrío me recorrió la espalda desde la nuca hasta la rabadilla cuando rebañó los pliegues alrededor del clítoris. Me fue difícil mantener el equilibrio apoyada sobre su cabeza cuando la movía sin cesar por toda la extensión de mi vulva. Terminé por arrodillarme sobre su regazo de nuevo, clavándome el pene que discurrió dentro de mi interior como si hubiese estado bañado en aceite.
—Llevas un anorak —dijo tras chasquear la lengua de fastidio la mujer. Seguía con la mirada fija en el espejo retrovisor—. Determiné expresamente a la agencia qué ropa debías llevar puesta.
—Hace frío —argumenté sin demasiadas esperanzas de saber cómo podría disculparme por mi lógica preocupación por la salud. Esta mujer, a pesar de ser mujer, no debía contar con mucha empatía. Las que contratan a putas tienen que, previamente, haberse comido, digerido y cagado su empatía. Y esta tenía pinta de ser madre.
—Sube —y ante mi duda, creo que intentando enmendar el engaño de su identidad, pero no lo tenía tan claro, añadió—. Te pago el doble.
Me acomodo en el asiento y ya voy a colocarme el cinturón de seguridad cuando la mujer sube la temperatura del climatizador. Me quito el anorak en respuesta y me coloco el cinturón. Se inclina sobre mí acomodándomelo para que cruce entre mis tetas y me arremanga la minifalda dejando a la vista el refuerzo de los pantis. Meticulosa hasta el extremo, me hace girar la cara hacia ella y me retoca los labios con un gloss de Margaret Astor que saca de la guantera. No es el mismo tono de coral pero a ella le da igual y a mí también. Luego baja la visera del techo y se retoca su peinado y su maquillaje con idéntica minuciosidad. Cuando termina deposita sobre el salpicadero un billete de quinientos y otro de cien euros. Los guardo en el bolso que dejo en el asiento trasero. El interior del monovolumen es enorme y huele a pino.
—¿Te lo has pasado bien, cariño? —me pregunta dulcificando su expresión cuando me vuelvo a colocar en el asiento. Se ha vuelto hacia mí posando una mano tibia sobre mi muslo, cerca del refuerzo. Su aliento huele a hierbabuena y en su mirada distingo el brillo del orgullo de una madre—. ¿Te ha follado por fin tu novio?
Sostengo su mirada a pesar de que sus dedos se deslizan sobre mi vulva caliente. Compongo una sonrisa de tristeza que no sé si será de su agrado, pero apuesto a que sí, no suelo fallar. Hace meses, cuando cumplí los dieciocho, trabajé en una perfumería. El jefe, un hombre calvo y rechoncho de frente aceitosa, debía pensar que era una bruja, hija de una bruja o pariente de una bruja porque parecía adivinar siempre sus intenciones. Tenía la manía de que al hablar, dejaba en suspenso el final de las frases (y yo las terminaba), momento que aprovechaba para deslizar sus dedos por su frente y luego por la cara, repartiendo el aceite por cada recoveco de sus arrugas. La chica a la que sustituía le había proferido, tras varios meses de arcadas reprimidas, la singular osadía:
—¡Pero límpiese la cara, por dios, que da asco verle la jeta!
Don Manuel, que así se llamaba y quería hacerse llamar, me contaron las compañeras que delante de ella se pasó la lengua por entre los labios brillantes arrebañando entre sus comisuras el poso del mejunje resplandeciente de su frente y abrió mucho los ojos, quizá sorprendido, o igual satisfecho, cuando la chica terminó por vomitar agarrándose el vientre al ver su lengua degustar la grasa, momento que Don Manuel aprovechó para, en un gesto poco caballeroso, agarrarla del pelo y llevar su cara al suelo embadurnándola en el desayuno a medio digerir que la pobre chica había tenido que expulsar por el orificio contrario.
—Resbaló cuando la ayudaba a incorporarse —me aclaró mi jefe cuando le pregunté, una noche que nos quedamos solos haciendo caja. Luego como si sus palabras requiriesen un pago por mi parte, y como había supuesto, me bajó los pantalones y las bragas y se dedicó a sorber con gran disfrute el zumo de mi vulva. Me hizo daño en los labios, el pobre cabrón; chupó con tanta fuerza que se me fueron las maneras, llamándole de hijoputa para arriba, pero como iba a la suyo y, cuando intenta apartarlo, mis dedos resbalaban en su calva aceitosa, me vino el orgasmo más por costumbre que por placer. Terminé por zafarme meándome en su cara y soltando algunas ventosidades. Le arruiné una decena de cajas de perfume que resultaron salpicadas por mi pis y Don Manuel, como recompensa, me dio una patada en el culo figurativa, mandándome de nuevo a la calle.
—Creo que no lo he hecho bien, mamá —le respondí a la mujer. Me sonrió condescendiente y arrancó el Space incorporándose al tráfico. Giró en la avenida de Sánchez Arjona y fuimos rectos por José Acosta detrás de un autobús de La Regional —. Creo que tendrás que volver a explicarme cómo tengo que hacerlo porque Sergio se corrió a los pocos segundos y no sé por qué.
—No te preocupes, cariño —respondió la mujer pasándome la mano por el cabello, reteniéndolos en mi nuca, en un gesto de ternura que me hizo revolverme inquieta en el asiento—. Cuando lleguemos a casa, papá y yo te lo volvemos a explicar. Pero esta vez, presta atención, ¿eh? Y no discutas cuando tu padre te quiera enseñar cómo se hace, ¿vale, me lo prometes? Es por tu bien. —. Sus dedos se deslizaron del pelo hacia la mejilla y luego presionó con el índice y el medio sobre mis labios. Abrí la boca y permití que sus dedos penetraran. Apresé con los dientes las uñas cuando empezaron a lastimarme el interior del carrillo y la mujer sacó los dedos azorada.
—Perdona, cariño —se disculpó llevándose los dedos pringosos a sus labios para saborear mis jugos.
Empezaron a caer cuatro gotas que, al cabo de un momento se tornó en lluvia presurosa mientras, recortado sobre los edificios de la ciudad, el ocaso iba languideciendo. Seguimos todo recto en dirección a Zaratán donde la mujer giró en una rotonda cercana a la población en dirección a la urbanización que quedaba al lado del centro comercial.
—Mamá —proseguí con mi pantomima mientras recorríamos una hilera de adosados. Había aminorado y, por fin, se detuvo sobre la puerta de un garaje. Sacó de la guantera un mando de infrarrojos que pulsó mientras se volvía hacia mí.
—Dime, tesoro.
—Me da corte decírtelo, pero Sergio se corrió y yo no. Me dejó a medias.
—Descuida, que sabremos cómo arreglarlo, hija.
La puerta terminó de abrirse con un chirrido final y entramos en el garaje. La mujer detuvo el monovolumen junto a un Seat Ibiza de color oliva. Cuatro bicicletas de montaña de distintos tamaños yacían colgadas de la pared que teníamos a la derecha, al lado de una estantería donde se acumulaban varias cajas de leche, botellas de aceite, latas de conserva y un jamón serrano oculto con un saco. La mujer pulsó de nuevo el botón del mando y la puerta bajó renqueante hasta golpear el suelo de hormigón con un crujido.
Me colgué el bolso al hombro pero la mujer negó con la cabeza expresando su contrariedad. Adiviné que, terminado el trabajo, volvería a llevarme al paseo Zorrilla.
—He preparado tu cena favorita, cariño. O traías hambre después de tanto follar o necesitabas una alegría tras una decepción. Me temo que tendrá que ser por lo segundo, pero no estés triste, seguro que toda la culpa fue de Sergio, que no supo satisfacerte, ¿a que sí?
—Quiero creer que sí, mamá, me disgustaría decepcionaros.
La mujer iba camino de una puerta en un extremo del garaje pero se detuvo y se giró hacia mí cuando acaba de abrir la puerta interior que daba acceso. Unas escaleras ascendían hasta una puerta abierta donde asomaban unos pies cubiertos con unas pantuflas. Una lágrima se deslizó por los ojos enmarcados de rímel de la mujer y sus labios dibujaron una sonrisa de orgullo acentuada por un mentón fruncido.
—¿Decepcionarnos? —repitió la mujer abriendo los brazos hacia mí—. Ven aquí, cariño.
Me abrazó con fuerza y correspondí aquel abrazo con otro de similares pretensiones. Estaba de veras preocupada porque aquella mujer representaba con extrema fidelidad su rol. Ignoraba como había conseguido llorar pero supuse que estaba tan enfrascada en su papel que los sentimientos eran casi genuinos. Un reconfortante aliento tibio me calentó la nuca, pero la mujer pronto mostró su verdadero deseo; sus dedos bajaron por mi espalda y levantándome la falda se introdujeron bajo los pantis, entre las nalgas, para desaparecer el dedo medio dentro de mi esfínter. Di un respingo y ahogué un quejido que la mujer contuvo con su otra mano hundiéndome la cabeza entre sus tetas. Su dedo ahondó aún más en mi culo mientras los demás se perdían entre la maraña de vello púbico alrededor de mi vulva excitada. Reprimí un gemido cuando comenzó a imprimir un vaivén lento a su mano, restregando mis humedades por entre el vello. Desabotoné temblorosa su blusa hasta debajo del sujetador y le saqué la carne de una teta hasta liberar el pezón de la una de las copas. Procedí a sorber con fruición para agradecer su labor en mis orificios. La mujer no reprimió un suspiro cuyo eco resonó en el garaje.
—Amanda, ¿sois vosotras, cariño? —preguntó una voz masculina tras la escalera.
La mujer se apartó de mí con una sonrisa. Luego, mientras me subía los pantis y me arreglaba la minifalda a su gusto, se pasó la lengua por los labios, enjugando la saliva que se había desparramado por sus comisuras. Se colocó la teta bajo el sujetador y se abotonó la blusa. Cuando decidió que nuestro atuendo era el correcto se colocó tras de mí, invitándome a subir con una palmada en el trasero.
—Sube, cariño, que tu padre se pondrá muy contento cuando te vea así de guapa.
Deposité un beso en sus mullidos labios y afirmé con la cabeza, subiendo las escaleras delante de ella.
Me detuve congelando la postura cuando me encontré frente a frente con don Anselmo. Seguro que él también me reconoció pero ninguno pensábamos deshacer el hechizo por un reconocimiento mutuo. Me recordaría, creo, por una de las últimas conversaciones que tuvimos.
—Patricia —y se apoyó sobre mi pupitre, acercando su cara a la mía. Mis compañeras se apartaron unos metros, los suficientes para no perder detalle de las formas y las palabras. No podía achantarme así que soporté durante unos segundos su aliento a tabaco de pipa Amsterdamer. A su favor debo decir que la vainilla del tabaco lo hace muy soportable, alcanzando el adjetivo de fragancia, en su contra, que el mostacho se le había clareado tanto que resultaba cómico. Como no retrocedí, ni tenía intención de hacerlo aún a pesar de que el flequillo de su pelo alborotado lindaba con el mío, prosiguió algo molesto— no puedes venir a clase con minifalda. Me temo que tengo que pedirte que vuelvas a casa a cambiarte. Eso si quieres volver, claro.
La clase enmudeció, pendiente de nosotros. Quizá todo ocurriese en mi cabeza y había dejado de escucharles, quizá no, ahora me da igual.
—Llevo el pantalón del chándal en la mochila —contesté mientras aspiraba el aroma a vainilla. Sus ojos refulgían de un azul opalescente que en todas nosotras ya había sido causa de algún suspiro más o menos disimulado, seguido de un “cabrón” o “hijoputa” o lindezas del estilo, porque su categoría de profesor le limitaba bastante en nuestros anhelos húmedos. Yo no congeniaba con aquellos calificativos, pero tampoco quería dejar de tener amigas.
—Me parece bien —convino don Anselmo para luego erguirse y mirar al resto de la clase—. Eh, vosotras, meted ese cigarrillo donde yo no pueda verlo, la clase empieza en cinco minutos —. Mis ojos convergieron en el paquete de su pantalón de pana azul marino. La bragueta estaba medio abierta entreviéndose un calzoncillo de color burdeos. Don Anselmo, a pesar de ser profesor, era buen tipo. Admito que me pasaba los exámenes por el orto e iba a clase para pasar el tiempo. Quizá porque su aroma a vainilla me hacía removerme en el asiento cada vez que me envolvía con él, quizá porque en el fondo aún parecía joven, no aproveché la oportunidad de dejarle en ridículo. Y por eso le subí la bragueta para, de paso, confirmar lo que sospechaba, que estaba palote. Ni se enteró, el pobre.
Papá se inclinó hacia mí abriendo los brazos y me lancé entre ellos provocando un momento de desequilibrio que casi nos lleva al suelo. Llevaba el mismo mostacho, con aquel triángulo informe bajo la nariz de vello claro que me provocaba una sonrisa. Conservaba las mismas gafas pero se había dejado corto el pelo, peinado hacia atrás. No había pasado dos años y ya echaba de menos aquel perfume a vainilla que me envolvió al instante y que parecía brotar de su ropa como si todo su cuerpo oliese a vainilla. Estrechó el abrazo sobre mí y sus manos se aposentaron al final de mi espalda desnuda. Tenía los dedos calientes, acogedoramente calientes, y se recrearon en mi piel acariciándola como solo un hombre puede hacer, consiguiendo que un escalofrío me ascendiera hasta la nuca poniéndome el vello del cuello de punta.
—Papi —lloriqueé—, no te enfades, pero todo lo que mamá y tú me enseñasteis no me sirvió de nada; Sergio se me corrió al poco y yo me quedé a dos velas, compuesta y sin polla.
—Bueno, cariño, no importa —dijo separándome de él lo suficiente para poder vernos frente a frente—, tu madre ha preparado tu comida favorita y después de cenar nos cuentas qué pasó, ¿vale?
Don Anselmo imprimía también aquella beatitud en su rostro que me descolocaba por completo, igual que Amanda, como así la había llamado. Las arrugas en las comisuras de los ojos y la sonrisa adjunta a un mentón fruncido denotaban orgullo y ternura a partes desiguales. En sus ojos azules se acumulaban en los extremos una acumulación de lágrimas que parecían a punto de desbordar el límite de las pestañas inferiores. Tampoco él parecía tener ninguna dificultad para abrir el grifo del llanto a la conveniencia de un papel que, cada vez más, se me antojaba demasiado real. Tan real que asustaba, tan real que reconfortaba.
Mamá posó sus manos en mis hombros y deslizó su cabeza al lado de la mía para unir sus labios a los de papá en un beso que requirió varios giros de cabeza.
—Temo que tu hija no puso en práctica nada de lo que la enseñamos, amor —susurró la mujer cuando despegó sus labios y depositó un beso ruidoso en mi mejilla —. Pero yo creo que toda la culpa fue de su novio, que no supo follarse a la niña como es debido. Me ha confesado que ni siquiera se corrió una sola vez.
—Pobre, no te preocupes, tesoro, que todo tiene arreglo —contestó mi padre ascendiendo sus dedos por mi espalda. La camiseta se me arremangó a su paso y se quedó enganchada en los pezones. Algún gesto tuvo que hacer Amanda detrás de mí porque don Anselmo, embalado como iba, estuvo a punto de estropearlo todo al despojarme de la camiseta. Sus manos descendieron, al igual que mi camiseta, pero sus dedos continuaron dejando rastros candentes por mi espalda que me provocaban convulsiones en el vientre. Solo los hombres saben hacer eso, repito, no se lo pidas hacer a una mujer porque no ocurrirá lo mismo.
Recuerdo hace días, cuando me senté en un rincón apartado de El Cisne, mientras esperábamos las cervezas que habíamos pedido, que el cliente, una mujer madura, acercó su silla a la mía a la manera de un banco y deslizó una mano bajo mi blusa por la espalda. Era más mayor que Amanda; tiempo habría tenido para deglutir y cagar suficientes dosis de empatía, me temo. Su mano se topó con el sujetador y lo desabrochó con un chasquido de dedos.
—Tienes unas tetas muy bonitas, querida —susurró la mujer posando su mirada en mis pechos mientras la otra mano se deslizaba entre mis piernas bajo la falda plisada. Yo carecía de bragas, como dejó expresamente advertido a la agencia y sus dedos se toparon con los pliegues de mi sexo. Separé un poco los muslos para facilitarle la tarea y sonreí turbada bajando la cabeza. Simulaba aturdimiento, pero era vergüenza y obedecía, en su ignorancia, a sus desvelos cándidos y torpes, sobre mi conejo.
—Gracias —murmuré removiéndome en la silla, inquieta. Menos mal que una mano me aplicaba generosos pero inertes pellizcos en los mofletes de la vulva porque la otra, la que acariciaba mi espalda, me producía indiferencia, incluso repulsión. Nuestras posturas eran, ante todo, reveladoras, la mujer con una mano a mi espalda y la otra oculta bajo la mesa redonda de mármol y yo sugiriendo un ataque de chinches en el culo por cómo me revolvía en el asiento. Pero al camarero que vino con las cervezas le dio lo mismo nuestro rollo, a mí me dio lo mismo y a la mujer le dio lo mismo. Más tarde, en su casa, al lado de la plaza de los leones, cuando se acuclilló frente a mí para lamerme la almeja la deslicé las manos de mi espalda a mis tetas y luego a mi culo; pensé que quizás, en otros lugares de mi geografía, podría sentir algo más que repulsión con su contacto. Me equivoqué y la pobre mujer tuvo que comerme un coño bastante seco durante un cuarto de hora hasta que se cansó y se fue a por un vaso de agua para reponer saliva. Antes de volver tuve tiempo suficiente para meterme un par de dedos por el agujero y dejarme a punto para la segunda parte. Pero la muy patosa no supo aprovecharlo y allí estuvimos media hora larga sin que yo pudiese emitir más que ligeros suspiros de fastidio.
—Ya te viene, puta —me contestaba alborozada la buena mujer aplicándose más si cabe.
Pero no vino y, al final, a diez minutos del final de mi sesión, simulé un orgasmo bastante treatero, con caída de baba y todo. Si hubiésemos permutado posiciones la hubiese dejado lista en un par de minutos, sin duda.
Don Anselmo me guió hasta el salón donde mamá había colocado un mantel bordado de motivos florales sobre otro de hule amarillo. Seis platos apilados en parejas iban acompañados de sus respectivos cubiertos, vasos, copas y servilletas. Papá me separó la silla para que me sentara y luego me roció con varios besos en la frente y lo que no era la frente. Se le notaba ansioso, expectante. Si por él fuese, adiviné, me habría arrancado la ropa en el pasillo y me habría follado hasta berrear piedad. Apoyó los antebrazos en el borde de la mesa con la cuchara en una mano y un trozo de pan en la otra tras haber llenado los vasos con agua y las copas con verdejo.
Mamá vino al poco con un mandil bajo el vestido que proclamaba, según las palabras que llevaba impresas, “Pídanme leche para el café, pero no esperen que la saque de aquí debajo” y una vaca a dos patas, debajo de las letras, se agitaba las ubres. Muy gracioso, mamá. Traía una sopera que colocó sobre un cubremantel de esparto que traía pillado entre el meñique y el anular.
—Ayúdame, cariño —pidió a son Anselmo para colocar el troquel de esparto.
La sopa aún estaba humeante. Mamá distribuyó entre los tres platos las almejas, los jirones de pescado y las gambas acaracoladas junto a unos picatostes que trajo a continuación. Cuando nos sentamos y sorbí un poco de la cuchara, coincidí con el gemido de mi padre, era la sopa de pescado más buena que había probado hasta entonces.
—Para los míos, lo mejor —agradeció mamá, para luego dirigirse hacia mí: —Y dime, cariño, ¿llegaste a probar el sexo anal con Sergio, lo hablasteis?
Tragué rápido. Miré de soslayo a don Anselmo que también me miraba de reojo.
—Me quedé con las ganas, mamá —contesté—. Yo que iba toda dispuesta; no sabes lo incómodo que es aplicarte un enema para dejarlo todo limpio, escuece. Y el muy idiota a los pocos meneos se me vino encima. Ay, mamá, no me dijiste que luego el semen se te escurre por la raja si te pones a andar, le fui dejando gotitas de leche de camino al baño; espero que no se enfade.
—Pero luego se la chuparías para ponerla contenta de nuevo, ¿no? —inquirió papá—. Una eyaculación precoz no es el fin del mundo, ya te enseñé cómo se hace, y tú lo viste con mi polla, que se levantó al poco de correrme en tu madre, ¿te acuerdas, no?
Tragué de nuevo, pero fue saliva. La sopa seguía esperando en la cuchara frente a mi boca entornada. No estaba segura de poder seguir comiendo mientras manteníamos una conversación sobre prácticas amatorias. No al menos hasta el segundo plato.
—¿Qué hay de segundo, mamá? —me dirigí a Amanda.
—No cambies de tema, hija, responde a tu padre, ¿se la chupaste después de correrse?
—No… no… —titubeé dejando la cuchara en el plato. De todas formas ya había derramado el contenido salpicando alrededor del plato—, no lo hice, papá. No te enfades, por favor. Me dio un poco de asco tragarme su polla.
Don Anselmo se giró hacia Amanda apretando los labios de indignación, buscando una complicidad en su enfado. Mamá dejó la servilleta que tenía en la mano y, sin mediar aviso, me sacudió un tortazo que me hizo girar la cara. Me agarré la mejilla ardiente mientras emitía un quejido lastimero.
—Es que… es que… —volví a titubear— olía muy mal, papá, su leche estaba agria. Mientras me limpiaba en el bidé, rebañé un dedo por mi raja y probé el sabor. Estaba cortada, de verdad, sabía repugnante —una lágrima se me derramó sin querer por la mejilla ardiente. El tortazo había sido de veras y había sonado muy fuerte, como el chasquido de una rama gorda quebrándose—. No como la tuya, papá, tu leche es muy dulce, sabe a leche condensada con vainilla, es deliciosa.
—Ay, cariño —arrugó la frente mamá. Sus ojos evidenciaban una pretendida disculpa ante un golpe que le había sido obligado arrear. Se levantó y me acurrucó la cabeza entre sus tetas—, la de tu padre está muy rica, claro que sí, pero tienes que aprender a degustar otras, no sabes lo que te pierdes si no nos haces caso, mi niña —y acompañó sus palabras de consuelo con unas caricias en mi pelo. La abracé con fuerza, reteniéndola durante unos segundos. Nos separamos a disgusto, cuando papá carraspeó irritado.
Amanda fue recogiendo los platos, el mío a medio terminar, dejando los inferiores. Don Anselmo seguía sosteniendo una mirada furtiva, sin que en su expresión pudiese encontrar un gesto de empatía.
—Tu madre tiene razón, Patricia —dijo por fin mi padre cuando nos quedamos solos—, o aprendes a paladear las leches ajenas o vas por mal camino.
Patricia. Me había llamado Patricia, me había llamado por ni nombre. Seguía frotándome la mejilla dolorida; don Anselmo me había reconocido.
Mamá retiró la sopera y en su lugar colocó una bandeja con canelones. La bechamel que los cubría lucía una costra pardusca que había sido rematada con briznas de perejil. Probé uno cortándolo a la mitad con el canto del tenedor y me lo llevé a la boca. Era de atún y tomate frito. Estaba delicioso pero algo caliente, la otra mitad la enfrié con tímidos soplidos.
—Está muy rico, mamá.
Amanda me sonrió ligeramente mientras me sostenía el mentón con la mano, ahuecando entre sus dedos mi mandíbula. Aquellos dedos eran capaces de arrancarme tanto una lágrima de dolor como una muestra de ternura.
—Qué preciosa es nuestra hija, ¿verdad, cariño? —preguntó dirigiéndose a don Anselmo.
Una débil sonrisa se formó en los labios de papá mientras afirmaba con la cabeza masticando.
—No me extraña con una madre tan guapa—confirmó tras tragar. Se miraron posando los tenedores en el plato, una chispa pareció resurgir de sus ojos. Se acercaron y se besaron con pasión. La mano de mamá se deslizó entre las piernas de papá mientras consentía que la de mi padre le revolviera las tetas a través del mandil.
—Dejemos algo para luego, cariño —dijo mamá apartando las manos de mi padre que ya estaban hurgando bajo la blusa. Me di cuenta que las tetas de mamá se habían despendolado demasiado con el magreo; se había quitado el sujetador. Quién sabe si también las bragas, si es que antes las había tenido puestas.
—Come, tesoro —me animó mamá sirviéndome otro par de canelones en el plato. Un rubor en sus mejillas hacía brillar su cara mostrando una belleza que antes solo se intuía. Estaba claro que a esta mujer una ración de desvelos en los pezones la haría correrse sin remedio.
Desdeñar tus zonas erógenas es ser infiel a ti mismo, es buscar un atisbo de felicidad donde sabes que no encontrarás más que suspiros de desánimo y tristeza. Recuerdo a una clienta que tendría mi edad, o al menos eso aparentaba su cara. Era guapa y era lesbiana, me confesó cuando terminaba la sesión. Yo la dije que iba tras las pollas y su labio inferior comenzó a temblar de desconsuelo pero poco más podía hacer; fue una de mis primeras clientas y yo aún estaba digiriendo mi propia empatía, preparándome para cagarla en poco tiempo, por eso se me chascó algo en mi cabeza y acabamos durmiendo varias semanas juntas, disfrutando de una convivencia que se terminó de forma abrupta cuando sus padres nos pillaron en pelotas follando en la terraza del ático un domingo a la hora de la misa. Me recogió en López Gómez, a la altura de Castilla Comic y me llevó a su casa, un ático en la plaza España enfrente de la iglesia. Me cogió del brazo como si fuésemos amigas mientras íbamos caminando entre la gente. Vestía con traje gris marengo y medias con rosas bordadas y aunque por detrás lucía un culo soberbio, respingón y dicharachero, por delante estaba plana. Llevaba el pelo recogido en un moño sofisticado, de los que salen en las revistas. Le alabé el recogido y me dijo que todos los días pasaba por la peluquería. Lucía una manicura francesa y su maquillaje era sobrio pero elegante, resaltando unos labios carnosos y un mentón decidido; era abogada, me dijo de pasada. Estábamos en verano y el día había comenzado bochornoso y se había tornado por la tarde casi opresivo. Cuando llegamos a su casa se desnudó dejando el traje en un galán y, mientras se frotaba las señales del elástico de las bragas, me ofreció una cerveza. Sacó dos de un frigorífico americano repleto de recipientes etiquetados con fecha y contenido. El ático carecía de paredes y el baño estaba separado del resto de elementos por un cristal con dos gruesas bandas opacas a la altura del pecho y la cadera.
—¿No se te esparce el olor después de ir al baño?, no hay paredes que lo contengan —pregunté sosteniendo la mirada durante varios segundos en la mampara del baño.
Marta me imitó burlona mirando con la cabeza ladeada el cristal, disimulando una sonrisa. Realmente era muy guapa, con aquellos ojos suyos, de color almendrado.
—Te parecerá curioso, pero todos se quedan con las ganas de preguntármelo, eres la primera visita que se atreve a decirlo.
Me sonrojé avergonzada. Conservaba aún cierta candidez pudorosa de la que ya no creo que quede rastro. Es lo único que, a día de hoy, más echo en falta.
—Es cierto —continuó—. Me gasto una fortuna en ambientadores. Y más yo, que cago a todas horas —luego me explicó el motivo de tal intrusión escatológica en la vida hogareña, aunque no se lo había pedido—. Mi madre, que es diseñadora, me decoró el ático a su gusto, no al mío.
Me desnudó con lentitud, recreándose en las prendas desabrochadas que se iban deslizando curvas abajo por mi piel. Le gustaba mirar como la tela iba descendiendo, exponiendo mis carnes ocultas. Cuando me vio las tetas chilló de alegría dando palmas al ver los pezones gordezuelos que se me habían erizado, pero los suyos despuntaban aún más. Luego me confesó que tenía que colocarse parches de silicona en ellos para impedir unas arrugas antiestéticas en el la blusa y el traje.
—Encima, si se me resbala alguno me corro sin querer; es un ligero roce y me vengo abajo sin remedio.
Probé sus palabras y, en efecto, sus lastimeros gemidos resonaron por las cuatro paredes en unos pocos segundos. Pero su rostro, luego de reponerse del gusto, mientras las lágrimas aún le humedecían las mejillas, se volvió serio. Me llevó una mano hasta su vulva lampiña.
—Te he contratado para que me ayudes a darme gusto aquí abajo. Arriba ya sé cómo hacérmelo.
Empecé con un ligero masaje en los mofletes oscuros mientras le arañaba el clítoris. Su gesto no acusó ningún cambio significativo. Pasé a recrearme en los rosáceos aledaños de su orificio vaginal. Tampoco obtuve respuesta, bueno, sí, una mohín de tedio en sus labios, los superiores. La penetré con dos dedos y, aunque el interior estaba lubricado, tampoco surtió efecto. Ni siquiera por el ano, ni presionando sobre el abultamiento interior de la vagina donde las demás nos deshacemos. La señalé el botellín de cerveza y se encogió de hombros, aceptando.
La boquilla desparecía en su interior en ráfagas parduscas acompañadas de sonidos de succión pero lo único que conseguí fue un fruncimiento del entrecejo evidenciando un dolor creciente.
Fue lamerla la puntita de los pezones y se revolvió como una posesa sobre el sofá. Cuando recuperó el resuello se me echó a llorar. Se cubrió con un fular de cachemir de color pistacho.
—Cada mujer es diferente, no te preocupes, anda —la animé despojándola del fular.
Probamos incluso por medio de simpatía, una frente a la otra, espatarradas en el sofá. Me frotaba la almeja mientras ella me imitaba. Cuando empecé a notar las contracciones del vientre ella solo emitió un suspiro por respuesta y me cortó el orgasmo.
Cuando terminó la sesión me invitó a unas pizzas que pidió por teléfono y cuando estábamos terminando se me declaró.
—Marta —así se llamaba, o pensé que se quería hacer llamar. A mí, lo de mantener la privacidad me parece lógico, yo no me hago llamar Patricia, sino Úrsula o Elena, según se propicie la clientela. Luego resultó, en las semanas que siguieron, que había sido sincera, pero yo también lo fui—, no sé si esto resultará. Voy a seguir siendo puta.
—Y yo abogada, lo cual, en ciertas ocasiones, resulta parejo —replicó contenta.
Nos besamos intercambiando las pizzas que aún masticábamos. Al final, tras varios días de arduas intromisiones vaginales logré arrancarle un orgasmo o eso me hizo creer. Yo ya lo dudo. Luego, sus padres, cuando asaltaron el ático por sorpresa y nos pillaron cepillándonos las almejas mutuamente, se la llevaron a León, a otro bufete. No volví a verla. Hace días recibí un email suyo; se acababa de casar y se disculpaba por no haberme invitado a la boda. Me adjuntó una foto sacada con el móvil delante del espejo, subiéndose la falda del traje de novia y enseñándome su conejo pelado. Yo ya la había olvidado (había cagado varias veces dosis ingentes de empatía para entonces) y borré el email con la foto.
—Yo no quiero postre, cariño —dijo papá. Se levantó de la mesa y se sentó, dejándose caer, en el sofá. Luego se palmeó los muslos mientras me sonreía—. Ven aquí, cariño, enséñale a papá cómo discurrió el polvo.
Miré de reojo a Amanda, pero estaba ocupada recogiendo los platos. No advertí, por tanto, ninguna señal en contra. El postre era yo.
Me senté en el regazo de papá mientras sonreía lascivo, incapaz de contener un enorme bulto entre sus piernas que no le importó enseñar cuando las abrió y me escurrí entre ellas, dándole la espalda. Quedé sentada entre sus piernas en el borde del cojín, dentro de aquella pinza que convergía en su enorme erección que sentía pulsátil en la rabadilla, con aquel aliento a vainilla envolviéndome entera. Sus manos se posaron sobre mi vientre, aprovechando la zona de mi piel carente de ropa. Mis brazos descansaban sobre sus muslos y su respiración me sacudía en oleadas la nuca con aires tórridos, ausentes de cualquier presagio benigno. Sus dedos ascendieron por mi pecho bajo la camiseta hasta ahuecar mis tetas y empezaron a estimular los pezones con suaves caricias y pellizcos. Apoyé la cabeza, hasta entonces tensa y expectante, en su clavícula y entorné los ojos mientras me dejaba arrastrar por el torrente de sensaciones placenteras que me recorrían el pecho, entrecortaban mi respiración y abrían el grifo de las humedades de mi sexo.
—Dime, hija mía —susurró grave don Anselmo— ¿estabas igual de excitada que ahora, igual de expectante ante el gozo por follar con Sergio, igual de húmeda ahí abajo, igual de sedienta aquí arriba? —comenzó a posar sobre mi cuello débiles besos que me acariciaban la garganta con los pelos de su bigote. El escalofrío que descendió de mi cabeza hasta mi coño me hizo sacudirme como si hubiese metido los dedos en un enchufe. Un gemido ascendió por mi cuello en dirección hacia el techo y sonó ronco y apagado. Fútil ante el maremoto que se cernía sobre mi hendidura que notaba desbordada de lubricaciones.
—Así no, papá —reconocí. Me sentía protegida entre sus piernas y a la vez ansiosa e indefensa. Recorría con mis dedos sus rodillas con movimientos ávidos, anhelantes de poder posar mis manos sobre mi almeja y destapar la caja de los orgasmos—. Tú me das mucho gusto. Sigue así, por favor.
Cuando mamá se arrodilló frente a nosotros y comenzó a recogerme los pantis para terminar despojándome de ellos, suspiré dichosa. Los dedos finos y sus uñas acariciaban la epidermis de mis piernas con suaves aleteos que me hacían revolverme en mi sillón paterno como si estuviese sentada sobre brasas, convulsionando mi vientre, sintiendo mi orgasmo a punto de reventar mi cordura. Las sienes me ardían, sentía los labios secos, los pezones tensos y a punto de estallar, incesantemente estimulados por las certeras uñas de don Anselmo. Cuando sentí la lengua de mamá posarse sobre mi raja, no pude resistir más. Me dejé llevar por el embate del orgasmo que golpeaba mi sexo, ansioso por liberarse. Me agité presa de convulsiones, apoyándome en las rodillas de papá, agitando en el aire los pies para terminarlos por posar sobre la espada de mamá que seguía bebiendo el néctar que rebosaba de mi hendidura.
Noté su espalda desnuda y cuando pude entreabrir los ojos descubrí que se había soltado su larga melena por la espalda, desparramándose por los costados, y que solo conservaba puesto el mandil. Sus nalgas redondeadas y apetitosas se mecían parejas con los movimientos de su cabeza. Una suave música árabe resonaba por el salón imprimiendo a los ecos de mi orgasmo un marco geográfico que me trasportaba a los zocos y las teterías marroquíes.
Papá me pellizcó con saña los pezones, devolviéndome a la realidad del salón donde un matrimonio se afanaba en proporcionarme más placer del que podía abarcar. Mi corazón estaba punto de reventar.
—No me has respondido, Patricia —dijo dejando rastros húmedos por mi cuello. Su saliva se desvanecía sobre mi piel ardiente, sin terminar de fundirse con el sudor que me recorría entera. Notaba mi cabello adherido a la cabeza, empapados los mechones que se pegaban a mi frente y las sienes. Sus manos resbalaron por mi piel, descendiendo con la ayuda del sudor que impregnaba mi epidermis. Rebasaron la falda recogida y se detuvieron sobre la mata de vello púbico. Los labios de mamá se retiraron hacia mis muslos, continuando su pródigo besuqueo—. Dime, hija mía, qué te hizo tu novio.
—Ay, papá —conseguí articular tras tragar una generosa dosis de saliva que se había acumulado bajo mi lengua—, di mejor qué no me hizo, porque si supiese tocarme como tú lo haces, solo una pizca incluso, aún estaría rebañando su leche agria, cortada o grumosa, lo mismo me daría.
—Tu padre es el mejor—coincidió mamá levantándome las piernas y abriéndomelas para apoyarlas sobre las de don Anselmo. Ahora toda mi entrepierna se exhibía sin remedio y se exponía al grato contemplar de mi comensal materna. Mamá no perdió oportunidad al verme el esfínter a la vista y comenzó a acariciarlo, deslizando sus uñas por las nervaduras que convergían en el orificio que contraía y distendía, acuciado por sus desvelos, orificio por el que ahora ansiaba ser satisfecha—, tu padre tiene manos de artista, manos de escultor de orgasmos, dedos de violinista que saben arrancar las notas más graves del instrumento más inerte.
Asentí confirmando las palabras de Amanda cuando sentí los tímidos pellizcos del vello estirado por los dedos de mi progenitor. Pellizcaba los mechones rizados que cubrían mi sexo como si interpretase una melodía en un instrumento que solo sabía derrochar gemidos y quejidos lastimosos, las notas que escapaban de mis labios. Un tímido dedo materno se abrió paso dentro el anillo anal para penetrarme, enfundado en una capa de saliva o acaso embadurnado por mis humedades que rezumaban de mi sexo.
—Sergio fue muy burdo… no, quise decir bruto, papá —comencé relatando con dificultad con la limitada imaginación que me quedaba; mi atención estaba puesta en otros menesteres. Cerré los ojos y me abandoné al torrente de sensaciones que convergían en mi entrepierna—, me penetró si haber estado lubricada. Me hizo daño, sentía su glande abriéndose paso en mi interior rugoso y áspero y, aunque luego me vino toda la humedad que era menester, se reía cuando me quejaba. Le suplicaba que fuese más despacio, que me dolía, que me provocaba daño en mi agujero.
—¿Aún te duele, mi niña? —inquirió papá mientras seguía afinando las cuerdas de mi instrumento. Entre el dedo de mamá que recorría mis tripas sin descanso y los pinchazos que me sacudían la vulva, me estaba empezando a sobrevenir de nuevo el orgasmo. Presentí que aquella noche iba a acostarme cansada, agradablemente extenuada.
—No, papá, mis penas se esfuman con tus caricias y aquellas que aún persisten se tornan arrullos que recorren mi interior —murmuré poética. Don Anselmo musitó un sonido de satisfacción mientras sus dedos se afanaban ahora en ahondar en mi vagina.
Don Anselmo era, y todavía es, supongo, mi profesor de Literatura. Era bastante majo en el sentido que te hacía mostrar un mínimo de interés por los libros. Ponía un especial énfasis en los escritores de la generación del 27. Cuando llegaban sus clases, consideradas unánimemente como las menos soporíferas, solía sorprendernos con un poema de Lorca, Cernuda o Machado, aunque este último pertenecía a una generación anterior.
—Vaya mierda de lección, las cagarrutas de paloma tiene más conocimiento —soltaba cuando necesitábamos desviarnos de su generación favorita para desplazarnos por el temario impuesto por Educación.
No creo que hubiese ninguna ni ninguno que no aprobase su asignatura. No por que levantase la mano, que en eso era tan cabrón como el que más; simplemente aprendíamos, y punto, ni más ni menos. Ya podían otros, imitar a nuestro querido don Anselmo. El pobre se desvivía por nuestro conocimiento todos los días, tanto si le dolía la cabeza como si se quejaba de que la vida le puteaba sin remedio, de que su hija se volvía tonta y su hijo idiota. Conversaba con nosotros en los pasillos o en corrillos clandestinos en el patio, a espaldas del profesorado que, dicho sea de paso, ninguno se salvaba se ser, y parecer, un perfecto cretino. El tiempo nos coloca a cada uno en su lugar y si ahora les llamo cretinos es porque lo eran, unos más que otros (pero el funcionariado aviva la mediocridad, así que tienen disculpa). Pero si ellos eran cretinos nosotros éramos cabrones. Supongo que he acabado de puta porque eso es lo que soy, no lo que quería llegar a ser. Hablo de nuestro cuerpo docente en masculino, porque no teníamos profesoras (pero haberlas, haylas, como las meigas, solo que no nos daban clase).
Sí que hubo, sin embargo, una profesora interina, la única que nos dio clase.
Sustituía a Ginés, nuestro profesor de Latín, que terminó por cogerse una baja por estrés (léase por nosotros, “cabronis maximis”). Se llamaba Verónica o señorita López, mejor lo segundo si no querías una mirada cargada de odio y una sonrisa lobuna a juego, y nos vino embarazada, de unos seis o siete meses. Ya era grande de por sí con el bombo pero a lo alto destacaba incluso más. Superaba la media de altura docente con holgura y le sobraban centímetros para mirar con desgana a cualquiera que osase sostenerle la mirada. La muy puta era guapa, y tenía buenas formas que su estado había, en algunos casos, acentuado y en otros, cuando menos, conservado. Como rubia natural se encargaba de mantener siempre lisa y limpia una melena que la llegaba hasta la cintura y que gustaba a veces de trenzar en dos coletas que, si te descuidabas cuando deambulaba entre los pupitres, te sacudían unos tortazos que se te quitaban las ganas de fijarte en el resto de su cuerpo, donde destacaban unas enormes tetas y un redondo culo. Ojos azules y tez pálida, como una valkiria. Pero su mote, a pesar de las oportunidades que ofrecía su generosa anatomía, era el de la “meona”.
No había clase que no tuviese que abandonar dos y hasta tres veces para salir a toda carrera con un previo “sin alborotos, vuelvo en cinco minutos”. Intrigados, por fin obtuvimos una respuesta cuando en el pasillo, don Anselmo confesó que hacía lo mismo en el claustro, y es que, a causa del embarazo, su vejiga resultaba oprimida y se le escapaba el pipí cada dos por tres.
Por aquel entonces yo ya despuntaba como singular puta en ciernes, derechita al trabajo que ejerzo hoy en día, y todo el mundo andaba siempre amoscado por mi singular don para adivinar las intenciones ajenas. La meona no me iba a la zaga, me superaba con creces, incluso. Un día, hace dos años y pico, durante el recreo, andaba yo en el servicio meando (sin la frecuencia insólita de la meona, claro) cuando escuché el rumor de un pis ajeno salpicando la loza adyacente, seguido de un pedete tímido.
—Pedorra, déjame vivir —susurré riéndome la gracia (sigo siendo igual de idiota).
—¿Señorita Asenjo? —oí la voz de la meona. Tragué saliva. ¿Los profesores no tenían inodoros propios?
—Disculpe, señorita López —me disculpé, aunque ya sabía que la había cagado y este año me costaría aprobar latín.
Salí del cubículo y fui a lavarme las manos cuando, reflejado en el espejo que tenía enfrente, la puerta del excusado donde estaba la meona se abrió de par en par y mostró a la interina aún sentada en el inodoro.
—Venga aquí, señorita Asenjo —ordenó con voz inflexible.
Intuí que mi aprobado en la lengua de Cicerón dependía de obedecer o ignorar su orden. No me equivocaba, ya he dicho que soy buena en adivinar intenciones, pero la meona era mejor.
—Cierre la puerta —dijo cuando me planté frente a ella, invadiendo su cubículo. Ese día Verónica llevaba pantalones de lino amplios, remangados hasta los tobillos, las bragas con lunares rosas junto a ellos. Lucía unos muslos enormes y un pródigo ramillete de color paja ocultaba su sexo, a duras penas visible por el abultamiento de la barriga. Reposaba sus manos sobre las rodillas y su liviana respiración no presagiaba nada bueno.
—Es usted la más puta de toda la clase —insultó. O profetizó, mejor dicho.
—¿Sabe qué me gustaría hacerle? —continuó mientras cruzaba los brazos debajo de sus tetazas, elevando aquel derroche mamario sobre sus brazos.
Advertí un fugaz y casi imperceptible movimiento de su mirada sobre mis caderas y comprendí sus intenciones. Me bajé los pantalones del chándal y las bragas y me coloqué sobre sus piernas boca abajo, poniéndola bajo sus morros mis nalgas palpitantes.
La primera palmada sonó hueca pero fue porque había golpeado entre las cachas, sobre el conejo que ya había notado humedecerse con la absurda situación que estaba experimentando. Reprimí un gemido al que siguió una lluvia de azotes indiscriminados, que me hicieron tensar de dolor la espalda. La meona sabía exactamente donde provocar dolor, repartiendo sus golpes a la altura de los riñones o al inicio de los muslos. A mi pesar, me estaba excitando.
—Me está manchando las piernas con su coño excitado —susurró tirándome de la coleta que entonces llevaba para alzar mi cabeza junto a la suya. Sentía en el costado derecho la presión de las carnes mamarias y aquello me avivó aún más.
Me arrodillé entre sus piernas, apoyando mis nalgas amoratadas en los talones de las zapatillas, y deslicé una mano en busca del ramillete dorado que brillaba entre sus muslos. Si el derroche de muslos era ingente, el de su vulva era despilfarrador. El enorme sexo le ardía como si fuese un horno y el clítoris despuntaba arrebatador. Tras unas caricias entre sus labios, la meona terminó por suspirar y arquear las cejas extasiada. Mientras continuaba con mis frotamientos, comenzó a pellizcarse los pezones bajo el suéter de lana que llevaba encima. Al poco los pezones destacaron como cerezas bajo la tela mientras yo continuaba con las maniobras en sus bajos con una mano y, con la otra en los míos, que desesperaban por una atención similar. De sus labios solo escaparon exhalaciones ruidosas que se confundieron con las mías, acompasándose. Nuestros orgasmos llegaron, sin embargo, desparejos. El suyo sobrevino sin aviso, pero unido a contundentes saltos sobre el inodoro, removiendo aquel descomunal derroche de carne ante mis ojos. El mío fue más tímido, acomplejado en comparación. La limpié y me limpié con papel higiénico y, antes de que saliese, me retuvo del brazo y me hizo extender la palma de la mano donde colocó una tarjeta que sacó del bolso que tenía al lado.
—Piénselo —dijo sin hablar, formando la palabra con lentitud en sus labios. Habían entrado más chicas y quería preservar el silencio y la intimidad.
Solo un número de teléfono adornaba el rectángulo de cartón, al que llamé esa misma tarde. Resultó ser el de la agencia a la que me afilié cuando alcancé una mayoría de edad (que no de madurez).
El orgasmo entre las piernas de papá, hurgando sus dedos y los de mi madre en orificios adyacentes me asaltó sin preaviso como a la meona aquel día. Me escurrí del sofá entre las piernas de don Anselmo, incapaz de mantener un solo músculo contraído, para acabar sentada en el suelo sobre el regazo de mamá. Nos besamos intercambiando dosis acumuladas de saliva mientras me despojaba de la camiseta. Su sexo conversaba con el mío un diálogo parecido; aplastaba su vientre contra el mío, enredando su vello con el mío. Sus uñas se perdían en el vello de mi nuca, reteniendo mi cabeza para ahondar con su lengua en mi interior. La deshice el nudo a su espalda que retenía el mandil y permití que sus pechos conociesen a los míos.
Magreé sin asomo de ternura la carne de sus mamas, recreándome en la madurez del magro contenido, pellizcando las areolas y arañando los pezones desbordantes. Los gemidos y jadeos expresaban nuestro deseo y más que respirar, succionábamos el aire usado de los pulmones ajenos, embriagándonos del rancio hálito que expulsábamos con desdén, haciendo acopio de caricias en pieles ajenas, sollozos incontenidos y promesas de placeres inminentes.
Separó mi cara de la suya, reteniendo entre sus dedos mis mejillas para taladrarme con aquellos ojos acuosos, retándome a adivinar qué perversión estaba maquinando, qué suplicio carnal deseaba transgredir. Y yo la complacía horadando con los dedos su interior vaginal mientras estampaba sonoras palmadas a sus nalgas palpitantes, permitiendo que su deseo se avivara con incesantes acometidas seguidas de desgarradoras detenciones, mirando aquellos ojos rebosantes de lágrimas, saboreando el manjar de sus morbosos quejidos, dilucidando si el placer había rebosado su alma o había resquicio para algún jirón más.
Su mirada cruzó detrás de mí y giré la cabeza en su dirección. Don Anselmo se había desembarazado de los pantalones y los calzoncillos y se frotaba la verga hinchada recreándose en nuestro empacho carnal. Mi madre gateó por encima de mí en busca del pilón de papá, golpeándome sus mamas en su gateo apresurado en busca del faro que la guiaba. Se tragó entera la polla mientras, sobre mi boca, su vulva cubierta de jugos goteaba su néctar a través de las estalactitas creadas por su vello púbico empapado.
Mientras mamá se aplicaba con juvenil frenesí a proporcionar una noche al faro paterno, mi cometido se redujo a desenredar y volver a enredar con mi lengua el vello púbico de la vulva y la charca central de la que provenían las humedades. Me abrazaba a los muslos de mamá como si fuesen columnas donde asirme mientras escuchaba encima del sofá el dulce gorgoteo de la saliva rebosando unos labios que cubrían y descubrían el falo.
Amanda no permitió que me adeudara el orgasmo. Se zafó de mi lengua y de mis abrazos y se encaramó sobre el sofá para acoger con inusitado frenesí la verga de papá en su vagina. Me di la vuelta, aún sentada, para contemplar la copulación mientras mantenía viva la llama sobre mi hoguera, avivando los rescoldos con continuos frotamientos. Sonreía ante los sofocos que embargaban a ambos, disfrutaba del despilfarro de sudor y fluidos que absorbían el enmoquetado del sofá. Mis padres estaban gozando de un polvo glorioso.
Mamá se rindió rápido, abandonándose al dulce bullir de placeres arremolinados en torno a su sexo, gimoteando como una chiquilla, liberando lágrimas y resoplidos a partes desiguales. Se hizo a un lado recostándose sobre el resto del sofá, dejando emerger un arrugado falo que emitía un estertor húmedo tras la eyaculación. La mirada de papá se posó sobre la mía.
—A ver, cariño, enséñale a tu padre cómo se revive a un pellejo de carne, convirtiéndolo en azote de incógnitas grutas.
Ascendí como mi madre por aquel desfiladero creado entre piernas y cojines de sofá en busca de una antorcha con la que prender mi alma. Comencé lamiendo los testículos cubiertos de vello espeso que aún atrapaba entre sus rizos gotas del néctar de mi madre para luego dedicarme a la verga. Sorbí las sobras de semen que afloraban del prepucio y experimenté gozosa el rápido revivir del pene de don Anselmo. Las cavidades interiores volvieron a acoger chorros continuos de sangre, las venas exteriores retornaron a su hinchazón y aquella máquina volvió a emerger del vello fangoso para despuntar orgullosa de nuevo, sacudiendo el aire a su paso. Mamá seguía extenuada, boqueando aire limpio que la sacudiese el cansancio que la oprimía y nos miraba con mirada lánguida y sonrisa desdibujada.
Me senté sobre aquella verga degustando el manjar que otros labios acogían. Papá imprimió un ritmo más pausado a nuestra cópula, reptando sus manos por mi vientre y deteniéndose sobre mis pechos, amasando la carne con dedicación. Ahora fueron nuestros jadeos y sofocos los que inundaron el salón, nuestro sudor el que nos envolvía, nuestras pieles las que se ruborizaban.
Mi orgasmo llegó otra vez de improviso, quizá como el de Amanda, atronador sin duda; papá seguía desgarrando los jirones de mi interior con calculada rapidez. Cuando los estertores de mi placer se escapaban de mi cuerpo, papá frunció el ceño, y se limitó a gruñir cuando le tocó su turno, sujetándome por la cintura sobre la falda arremangada y ahogando un grito que murió en su garganta.
Cuando me separé de él, un sopor amenazó con invadirme, adueñándose de mis párpados. Realmente había follado con bastante ilusión, poniendo un empeño que dudaba conseguir tras varios orgasmos previos. Don Anselmo se levantó y sonrió señalándome a su mujer. Se había acurrucado en un rincón del sofá y se había abandonado al sueño, el mismo que ahora yo trataba de desembarazarme.
Me hizo un gesto con el dedo para que mantuviese silencio y de un armario del mueble que ocupaba una pared del salón, sacó una manta con la que cubrió con esmero el cuerpo de Amanda. Luego me señaló la cocina, al otro lado del pasillo, a donde nos dirigimos. Cerró la puerta tras de mí.
—¿No tienes que ir al servicio a limpiarte? —me preguntó.
Negué con la cabeza sonriendo.
—No quiero causar molestias.
—Y yo no quiero que andes por ahí sucia y recién follada, anda ve y límpiate, está a mano derecha.
Afirmé con la cabeza tomándole la palabra y me metí en el cuarto de baño. Me quité la falda y utilicé varios pedazos de papel higiénico para limpiarme el sudor de la cara y las humedades del sexo. Don Anselmo apareció ya vestido en la puerta y chasqueó la lengua al verme restregarme por la piel los gurruños de papel.
—Utiliza una toalla, Patricia, no me importa. Toma, tu ropa —y me depositó la camiseta, y los pantis sobre el bidé.
Volví a la cocina cinco minutos después. Estaba encendiendo una pipa y en la mesa había un bote de aluminio de tabaco Amsterdamer. El aroma a vainilla pronto envolvió la estancia, así como el humo. Sobre la encimera, al lado del fregadero se acumulaban decenas de marcos. Supuse que habían querido despojar al salón de todo rastro de familiaridad. Amanda y don Anselmo aparecían en varias fotografías pero las demás tenían a un chico y una chica de miradas sonrientes y ojos ensoñadores, en varios momentos de la infancia y de la adolescencia. La joven, en la fotografía que la representaba con más edad tenía un parecido cercano al mío.
—Vuestros hijos —murmuré volviéndome hacia don Anselmo. No me respondió.
—¿Cómo has acabado así? —preguntó al cabo de unos minutos, mientras chupaba la boquilla de la pipa. Un denso humo amarillento se había esparcido a su alrededor, ascendiendo al techo.
Me encogí de hombros y me senté a su lado, en una banqueta que saqué de debajo de la mesa.
—No sé —respondí—, supongo que cada uno tiene al final lo que se merece, ¿no?
—Tendrás que follar con gente de todo tipo, no quiero ni imaginar lo que estarás obligada a hacer, ¿cuánto tiempo crees que te queda para que alguien te rebane el cuello o te transmita alguna enfermedad? Esto no es vida, hija.
Tendí la mano en demanda de una calada y don Anselmo me tendió la pipa. La cazoleta estaba tibia y acogí con agrado el calor en la palma de la mano.
—Pagan bien; pero tú, dime, ¿cuánto tiempo crees que faltará para que un padre palurdo o una madre hastiada te sacudan por haber suspendido al malnacido que han criado? También tu profesión tiene riesgos. Además, la agencia me protege, me garantiza una seguridad.
Expulsé el humo sintiendo como me ardía la garganta. El aroma a vainilla parecía vedado al fumador, solo los demás podían disfrutar del olor. Le devolví la pipa algo mareada.
—Al menos sí que puedo felicitarte por tu trabajo, eres buena. Pero me duele reconocerlo.
Sonreí ruborizándome. Vaya por dios, aún me quedaba algo de pudor en mi interior.
Don Anselmo levantó la mirada hacia el reloj de pared que había sobre nosotros. Era cerca de la una de la mañana. Vació la pipa sobre un cenicero de cristal que sacó de un cajón y la colocó boca abajo. Antes de que pudiese preguntar, don Anselmo se anticipó.
—¿Dónde quieres que te deje?
—Si no le importa, don Anselmo, en el paseo Zorrilla, cerca del Corte Inglés.
—Apéame del don, Patricia, tú tampoco eres ya la señorita Asenjo, ¿no? Hagámoslo bien por una vez, por favor.
Afirmé con la cabeza, sonriendo. Supe que la farsa había terminado, por fin.
—Vale, papá.
—¿Tu madre ya te pagó? —preguntó al recoger las llaves del coche.
Asentí con la cabeza mientras bajábamos al garaje. La música árabe, que hasta entonces había enmudecido, volvió lejana del salón. Pero pronto se extinguió.

MILAGROS

—¿Podría rellenarme este formulario, por favor? —escuché mientras caminaba hasta la sala de exploración.
—Claro, faltaría más —contestó una voz femenina, nasal, algo estridente. Arrastraba las eses y entonaba con autoridad, confianza. Pero era una seguridad irreal, producto de una aversión natural hacia nosotros. Incluso noté algo de aprensión en la última palabra.
Mmm, pensé, una nueva clienta.
Aminoré el paso y giré la cabeza lo suficiente para poder atisbar por la puerta entornada de la sala de espera.
Mujer, morena, en la treintena. Gafas de pasta de color oscuro, cristales estrechos. Ojos grandes, verdes o azules o una mezcla. Cejas espesas y perfiladas. Pómulos marcados, nariz fina y alargada, labios gruesos y pintados de cereza madura. Maquillaje superficial, casual. Mentón cuadrado, mandíbula recta. Cabello castaño, mechas oscuras. Moño desenfadado, adornado con finos mechones resurgiendo como surtidores de la confluencia entre moño y cabeza. Cuello fino, remarcado por el cabello recogido. Gargantilla de plata; precisa adornos para remarcar su belleza ya de por sí generosa. Pendientes grandes, también de plata; imprimen dinamismo a sus movimientos.
Francisco, el ayudante, se vuelve y oculta con su cuerpo el de la mujer.
Somos cuatro doctores en la clínica. Tres hombres y una mujer. Yo soy la mujer.
No es fácil ser higienista buco-dental y mujer a la vez, como supondrán. Le pides a un paciente que abra la boca y notas como mantiene los labios abiertos, las piezas dentales a la vista, la lengua replegada, la saliva acumulándose. Pero sus ojos zigzaguean aterrorizados cuando te ven empuñar la cureta. El sonido es agudo, chirriante, un taladro en miniatura. En manos de una hembra asusta, hiere al alma directamente. Los hombres chorrean saliva, su mirada se encomienda a su dios; las mujeres tiemblan, palpitan sus párpados de incrédulo pavor.
Al principio sus temores eran los míos.
Prejuicios, sospechas, desconfianza… qué se yo. Pero soy buena, lo sé. Aunque no puedo evitar ser mujer. Un hándicap. Ya me lo dijo mi padre, afamado rompe-ilusiones e hijo de puta a partes iguales, “las tetas y los dientes no casan, Virtudes, búscate otra especialidad”. Pues no, papá, dientes quise y dientes tengo.
Una hora más tarde entro en la sala de exploración B y sobre la silla ergonómica tengo a la mujer.
Está de espaldas, pero es ella; moño desenfadado, con surtidores de mechones. A su lado está Joaquín, enfermero diplomado. Muy sonriente, condescendiente, con las manos revoloteando sobre ella. Claro, la mujer es guapa. No se percatan de mi presencia.
Pero es una belleza fría, inaccesible para ti, Joaquín.
La silla está reclinada y ahora distingo un vestido morado de dos piezas. La chaqueta está colgada de una percha cercana. Blusa de satén, escote sugerente pero solo desde mi posición. Pechos revoltosos, sujetador algo suelto. Tiene los dedos cruzados y descansa las manos sobre su vientre, sobre la confluencia de la blusa y la falda de tubo. Medias oscuras, impolutas.
—Buenos días —digo cuando Joaquín está a punto de posar una mano sobre las de ella.
Joaquín se pone tieso, como un niño pillado in fraganti metiendo sus manitas en el bote de los chuches. Este chuche no es para ti, Joaquín, no es de tu tipo.
Es del mío.
—¿Está cómoda, Milagros? —pregunta Joaquín, dando un paso hacia atrás. Un último intento. Que no te enteras, chaval.
Una limpieza. Algo de sarro, sí. No demasiado. Encías sanas, un principio de caries en el segundo molar superior, nada grave por ahora.
Asiente tras la limpieza y me acerco a su lado, sentada sobre la butaca. Joaquín ha marchado hacia la sala de espera, ya no es necesario. Me quito la mascarilla y le pido que abra la boca de nuevo. Ya no tengo interés de galeno. Es otro interés.
Me gustaría quitarme los guantes de látex y sentir sobre el dorso de mis dedos posarse sus labios gruesos.
Su mano toca mi muslo, a través de la bata. Algo casual, todo muy casual. Está tentando, preguntando con el gesto, conociendo posibilidades,
Las hay, Milagros, claro que las hay, ¿por qué no?
Descruzo las piernas. Ella parpadea, captando mi respuesta nada sutil.
—En recepción le darán una tarjeta con el número de la clínica. En unos seis meses deberá hacerse un chequeo; hay que vigilar esa caries.
—¿Y si quiero que me atienda usted?
—La atenderé yo.
—Virtudes me dijo que se llamaba.
Asiento con la cabeza.
—Me he sentido muy tranquila con usted, Virtudes. No me había ocurrido antes con ningún dentista.
Sonrío halagada. Sus dedos acarician mi bata. Mantengo la sonrisa.
—Es usted muy competente, muy profesional.
—La veremos de nuevo por aquí entonces, ¿no?
—Esté segura de ello, Virtudes.
Se levanta y se coloca la chaqueta. Clak, clak, hacen sus tacones al golpear el piso de mármol. Algo más alta que yo; no llevo tacones, por lo que estaremos parejas.
La acompaño a recepción. Solicito a Gertru, la secretaria, una tarjeta de visita. Se me cae al suelo cuando se la tiendo a Milagros. “Perdón”. Ella se agacha, yo me agacho. Sus rodillas clarean tras las medias estiradas. Rodillas ligeramente separadas, permitiéndome atisbar la confluencia oscura de sus muslos. Escamoteo la tarjeta y la proporciono una sacada del bolsillo de mi bata. No se ha dado cuenta. O sí, pero no muestra sorpresa ni varia su sonrisa de disculpa.
Sale de la clínica sin volver la cabeza hacia atrás. Buena chica, ni yo sospecharía.
Por la tarde conduzco hacia mi casa, en las afueras. Suena el móvil. “Número desconocido”, muestra la pantalla. Activo el manos libres.
—Buenas tardes, Milagros.
Unos segundos de vacilación, se oye crepitar al altavoz con su respiración agitada. Duda. ¿Qué estoy haciendo, dónde me meto, qué busco?, se preguntará.
—Hola, Virtudes.
—En mi casa, calle Pelícano número 12, 3 A —la indico sin ambages.
—¿Una cena?
—Es posible —respondo tras un instante.
Me detengo en un semáforo y la escucho respirar fuerte, un suspiro, luego un carraspeo. Desea preguntarme algo, pero duda, no lo tiene claro.
Nada en esta vida está claro, Milagros. Hay cosas más o menos seguras, casi certeras. Otras no, hay que arriesgarse.
—¿Qué llevo puesto? —pregunta al fin.
Sonrío. Menuda chiquilla. Está confusa, insegura. Ese traje serio, esas facciones angulosas y aquel moño desenfadado, discordante, con ese surtidor de mechones clamando un poco de atención.
Corto la llamada. Ya es hora de que decidas tú, Milagros.
Suena el timbre de casa. La pasta está casi terminada. Capelettis a la romagnola. Abro la puerta. Clak, clak, suenan mis tacones sobre el parqué.
Abro la puerta. Milagros alza la vista y esboza una sonrisa tímida. Tiene entre sus manos una botella de Verdejo. Perfecto para acompañar a la pasta.
Viste un traje de tirantes sencillo, escotado, de falda amplia. Piernas desnudas, zapatos de charol. Gargantilla y pendientes minimalistas. Uñas pintadas de rojo, igual que su vestido, igual que su bolso, igual que sus zapatos, igual que sus labios.
Nos damos dos besos en las mejillas. Noto como los suyos exhalan un suspiro.
—Huele muy bien —comenta cuando la acompaño hasta el salón. Esta nerviosa, su mentón tiembla emocionado.
Se sienta cruzando las piernas. Bonitas piernas. Bronceadas, atléticas, piel tersa.
—Pareces tensa, ponte cómoda —la ordeno mientras cojo dos copas del estante sobre el televisor.
Descorcho la botella y escancio un tercio del vino.
Me acerco a ella y paso una mano por detrás de sus hombros. Contemplo mi reflejo sobre los cristales de sus gafas de pasta. Entreabre sus labios, su garganta se revuelve tragando saliva. Expectante. Dios, qué tímida eres, Milagros, me estás desarmando por completo.
Juguetea con sus dedos sobre la copa mientras me habla de ella. Telefonista. Divorciada. La gustan los niños. Prefiere la playa al campo. Rock melódico. El color rojo. Abuelos fallecidos. Odia el deporte.
Sentadas en la mesa del salón comemos los capelettis. Música de Vivaldi, Il Cimento dell'Armonia e dell'invenzione, opus 8, cuarto movimiento.
Comemos en silencio. Sonríe. Paladeo la comida y su embarazo.
Milagros se levanta de la mesa y se acerca a mí. Separo la silla, se arremanga el vestido y se sienta a horcajadas sobre mi regazo. Miro hacia abajo y vislumbro un tanga abultado donde el vello púbico resbala por entre los elásticos.
—Me gustas —susurra mientras apoya sus labios sobre mi mentón.
Hundo los dedos en su moño desenfadado y lo deshago. Cabello suelto que se desparrama por entre sus hombros desnudos, serpenteando por su espalda. Su lengua asoma por entre sus carnosidades y lame mi labio inferior.
Mis dedos reptan por la depresión de su columna que se adivina bajo el talle y alcanzo sus caderas. Estrecha nuestro encuentro de cuerpos. Milagros respira rápido, inundándome con su aliento tibio.
—¿Cuándo te empezaron a gustar las mujeres? —pregunto entre beso y beso.
—No lo sé, desde pequeña, supongo. Me casé pronto y mal. Una noche, mientras me penetraba, de repente, dejé de sentir su miembro. Fue extraño. Era como un tubo de carne ajeno a mí. Su lengua me raspaba las mejillas, sus dedos me arañaban los pechos, su aliento era fétido.
—El sexo no lo es todo. Ni siquiera una parte. Es solo algo. Se puede vivir sin sexo.
—Yo no.
—Tú no puedes vivir sin sexo.
—Yo no —repitió—. El sexo es la realidad y el amor la ficción. Mi coño es algo tangible, el cariño no es tangible.
—Pero aún le quieres —pregunté mientras desabrochaba el botón superior de su espalda y bajaba la cremallera.
Negó con la cabeza. Me miró con ojos de indecisión, acuosos, brillantes. Parpadeó y el aleteo de sus pestañas rozó las mías.
Abracé su espalda desnuda donde las costillas se notaban cercanas a la piel.
—¿Qué hago? —preguntó mientras aposentaba sus antebrazos sobre mis hombros—. No sé qué hacer ahora.
La llevé a la cama y la desnudé por completo. La hice tumbarse con los miembros estirados, apuntando a los vértices del colchón. Respiraba entrecortado, sus pechos se removían inquietos, su vientre palpitaba expectante, su sexo demandaba caricias.
La até a las columnas del cabecero y el pie de la cama. Se dejó hacer, confiada. Estaba tensa, quizá ilusionada por la dominación. La tapé los ojos con un pañuelo y me volví al salón.
Me tomé dos copas de vino antes de que gimiera mi nombre.
Volví a la habitación en silencio.
—Virtudes, ven —gimió de nuevo, ignorando que estaba a su lado.
Ladeaba la cabeza y combaba su vientre intentando deshacerse de sus ataduras. Pero no ponía mucho empeño. Aún no estaba asustada. Todavía tenía la esperanza de que todo fuese un juego. Una prueba, incluso.
—Dios, qué he estoy haciendo, joder —dijo en voz baja—. En pelotas, atada en la cama de la tía que me ha limpiado los dientes hoy, joder. Mierda, mierda.
Volvió a revolverse en la cama. El somier crujió y las ligaduras de sus muñecas y tobillos se ciñeron más y más. Empezó a respirar de forma compulsiva. De su sexo manaron unas gotas de orina que mancharon las sábanas blancas de amarillo. Ahora sí estaba asustada. Pronto se dio cuenta que, por más que se intentase zafar de las ligaduras, no era posible. Y aquello la aterrorizó aún más.
—Cálmate, Milagros, cálmate, joder —se dijo en voz baja. Estaba empezando a sudar por las axilas y las sienes. Luego me llamó, y en su tono había más rabia que miedo:—¡Milagros!
El sudor terminó por aflorar por toda su piel, convirtiéndola en una mujer aterrada, sucia, carente de autocontrol.
Su pecho subía y bajaba rápido, su respiración era ya compulsiva.
—¡Virtudes, ven aquí, joder! —chilló histérica. Las lágrimas empaparon la venda y la tela se ciñó a sus párpados y bajo la tela y sus párpados, vi como las convexidades de sus iris trazaban furiosas ráfagas.
De las comisuras de sus labios se escapaba la saliva. Terminó por vaciar su vejiga sobre las sábanas. Ni se dio cuenta, supongo. Volvió a agitarse sobre la cama húmeda con las renovadas fuerzas que la adrenalina le infería. El cabecero crujió y noté como sus muñecas se amorataban del esfuerzo.
Pero era un esfuerzo vano. Imposible. Madera de encina, Milagros.
—Estoy aquí —dije.
Chilló sobresaltada.
—¡No te he oído!, ¿desde cuándo estás aquí? —gritó angustiada—. Desátame, te lo pido por lo que más quieras, desátame.
Negué con la cabeza. Entendió mi silencio perfectamente.
—¿Qué quieres? ¿Quieres follarme? Fóllame y luego me marcharé —suplicó—. No diré nada, jamás diré nada.
—¿Quieres follar? —pregunté.
—Sí, quiero follar. Follaremos. Joderemos hasta que quedes a gusto. Y luego me marcho y todo perfecto.
—Acabas de mearte en la cama y toda la habitación apesta a sudor y orina. Y tú quieres follar.
—¿No quieres follar? —preguntó aterrada. Porque ahora mismo solo tenía su cuerpo. Solo podía ofrecer eso. No tenía nada más que eso. Ni confianza, ni control, ni rastro de orgullo.
—¿Qué quieres? —susurró tragando saliva con dificultad. La mayor parte de ella se escapó por entre sus labios— ¿Qué quieres de mí?
Suspiré y caminé hasta la cocina en busca de un botellín de agua.
—¿Adónde vas, qué haces? —gritó desde el dormitorio.
Volví y le acerqué el botellín a los labios. Tenía un dosificador, igual que un pezón, pero de plástico azul.
—Es solo agua —aclaré cuando apretó los labios, negándose a beber.
Sostuve el botellín en el aire, posado sobre sus labios. Pasaron los segundos y, tímidamente, los entreabrió y saboreó la gota que afloraba por el pezón azulado. Luego chupó con ahínco.
—Más despacio —la aconsejé.
No me hizo caso. Se atragantó y tosió escupiendo el agua sobre sus tetas.
—¿Esto es un secuestro? —preguntó tras recuperarse.
—No digas tonterías, Milagros, esto no es un secuestro —reí— ¿Crees que me habría preocupado de envolverte las muñecas y los tobillos con seda para que no te lastimasen las ligaduras? ¿Crees que seguiría igual de tranquila tras haber echado a perder un colchón de visco-elástica? ¿Te daría agua para hidratarte?
—No quieres follar, no quieres secuestrarme, ¿qué coño quieres?
—No he dicho que no quiera follar.
—Vale, follemos, pues.
—Mmm, no sé, no sé, Milagros.
—¿No te gusto? Dime lo que quieres, que yo te lo hago. ¿Lamerte el coño, las tetas, el culo, beber tu pis, comer tus cagadas? Dime lo que sea, yo lo hago.
—Si me cagase sobre tu boca, ¿tú comerías mis excrementos?
—Si me dejas marchar sí.
—Eres una guarra, Milagros.
Posé mi mano sobre su pecho izquierdo y aprisioné entre los dedos su pezón. Gimió asustada, pero luego emitió un gruñido que quería sonar a placer. Si demuestro placer estoy salvada, piensa. Pero finge muy mal.
—Mírate, Milagros.
—No puedo.
Su respuesta me descolocó y me hizo soltar una carcajada absurda. La quité la venda de los ojos. Parpadeó confusa y fui testigo de cómo sus pupilas se empequeñecían para aclimatarse a la luz de la tarde.
Se calmó al instante al verme desnuda. La desnudez implicaba deseo. Su cuerpo iba a salvarla, sí.
—¿Me vas a hacer daño? —preguntó fijando sus ojos en los míos.
—¿Quieres que te haga daño? —. Sorbí un trago de agua del botellín.
Negó con la cabeza y demandó con la mirada más agua. Agité el botellín vacío.
—Voy a por más —dije.
No gritó mientras iba a por otro botellín. Me senté a su lado y chupó del pezón azulado.
—Me hacen daño las cuerdas de los pies y las manos, Virtudes.
—Eso es porque te has asustado y has tirado fuerte.
—Me he asustado porque eres una demente.
—¿Yo? —pregunté señalándome ente las dos tetas con el botellín.
—Sí, tú, hija de puta. Me has asustado de veras. Creí que me moría del susto.
Negué con la cabeza, sonriendo incrédula.
—Te llamé —añadió. Comenzó a llorar de nuevo.
—Me necesitabas —dije.
—Estaba sola, asustada, atada en la cama, con todo al aire. Y tú no venías, joder. O viniste, pero en silencio. Para verme sufrir, para oírme chillar angustiada.
Seguí en silencio.
—Me he meado del miedo, mierda. Terror, Virtudes, estaba aterrorizada de que me clavases yo que sé, que me golpeases, que me torturases, que al día siguiente apareciese descuartizada en un vertedero.
Seguí sin responderla.
—Estás enferma —terminó diciendo.
—¿Te he dado a entender algo que apoye tus temores? —pregunté tendiéndola el pezón azulado.
Apretó los labios negándose a beber más agua.
—Esto no se hace, mierda, esto no se hace así, me has dado un susto de muerte, hija de puta.
Me encogí de hombros y la desaté despacio. Se levantó y me miró imprimiendo todo el asco y odio que podía imprimir una mirada.
Se puso el vestido y se calzó los zapatos. La tela del vestido chupó toda la humedad de la orina y el sudor que bañaban su espalda. Olvidó ponerse el tanga.
Cogió el bolso y salió de casa dando un portazo.
Volví al salón y me serví el vino que quedaba en la botella. Volví a conectar el equipo de música y Vivaldi volvió a acariciar las paredes del salón.
Al día siguiente, Milagros volvió a llamarme. Estaba recogiendo los platos del lavavajillas.
—Quiero verte —dijo con una entereza que no tenía. Finges muy mal, Milagros.
Respiré varias veces sin decir nada.
—Estoy en tu portal, ¿puedo subir? —preguntó desesperada.
Colgué y pulsé el botón de apertura de la puerta del portal. A través de la pantalla, Milagros cruzó rauda la puerta. Poco después escuché el clak, clak de sus tacones sobre el pasillo y dio unos toques a la puerta.
—Hija de puta —saludó mientras entraba en casa.
Se sentó en el sofá y se quitó la gabardina que llevaba puesta. Estaba desnuda. Aún se la notaban los cardenales de sus muñecas y tobillos.
Sacó del bolsillo de la gabardina un paquete de tabaco y encendió un cigarrillo sin preguntar. Saqué un cenicero de cristal de un cajón y se lo tendí.
El cigarrillo temblaba entre sus dedos. Daba caladas profundas, quemando solo el papel, dejando un gran cono brillante.
—Quiero más —pidió mientras miraba fijamente el cenicero. Luego me miró suplicante—. No sé qué pasó ayer, pero quiero más.
Me senté junto a ella y la cogí del mentón, obligándola a mirarme.
Dejó el cigarrillo sobre el cenicero y se abalanzó sobre mí, estampando sus labios sobre los míos. Se arrodilló sobre mi regazo y sonrió al ver que me dejaba hacer.
Me quitó la camiseta y el sujetador y, tomando uno de mis pechos entre sus dedos, se llevó el pezón a la boca. Lo embadurnó de saliva y luego me miró desde abajo.
Esperaba aprobación. Acaso un gruñido de satisfacción por mi parte.
La agarré de su cuello, de su fino cuello y sostuve su mirada unos instantes.
—A la cama —ordené con voz inflexible.
Se levantó y caminó presurosa hasta el dormitorio.
Chasqueé la lengua y me levanté, saqué una copa y descorché una botella de vino tinto. Luego me senté en el sillón y, mirando el reloj, sorbí un poco de vino.
Transcurrió casi una hora hasta que escuché su voz gimiendo.
—Virtudes, ¿estás aquí?

El ÚLTIMO TREN

Subirme al último tren.
En eso pensaba mientras caminaba por el andén de la estación del Norte, acarreando una maleta de viaje con unas pocas mudas y algo de ropa; no muy elegante, porque tampoco tengo tanto dinero. Y mientras iba con la maleta a cuestas iba mirando los vagones antiguos de madera y hierro que aquella locomotora vetusta había traído con una fatiga que le suponía dada la antigüedad de su desvencijado exterior.
La era del AVE y yo a punto de meterme en aquella cochambre ruidosa y chirriante. Sacudí la cabeza intentando deshacerme del impulso de correr hasta la ventanilla y anular el billete.
—¿Sube? —me preguntó un mozo de la estación.
—Eh… sí, claro —contesté algo dubitativa. Qué coño, si hasta había mozo de estación y todo.
Los escalones de entrada al vagón crujieron cuando me apoyé en ellos y un chillido de óxido carcomido pareció recorrer toda la estructura del vagón.
—¿Esto es seguro? —pregunté girándome hacia el mozo.
Pero ya no estaba.
Joder, Carolina, qué haces, ¿qué coño haces?, me pregunté cada vez más indecisa.
Pero entonces, como si alguien hubiese escuchado mis pensamientos y me diese un plazo extremadamente corto para decidirme, sonó el silbato de la estación. Era un sonido irreal, claro, un mp3 amplificado por los altavoces de la estación, en algo se iba el doble coste que había tenido que pagar por el billete.
Súbete las bragas y arrea, Carol, me dije para darme ánimos. Realmente los necesitaba.
Terminé de subir los escalones y entré en el vagón justo cuando, con un golpe seco que sacudió la estructura entera, la locomotora comenzó a moverse arrastrando los vagones detrás.
Cerré la puerta del vagón tras de mí y caminé por el estrecho pasillo. Clak, clak, sonaban mis tacones al golpear el suelo desvencijado de parque del pasillo.
Me detuve frente al compartimento 8D. Dos puertas correderas con cristales cubiertos con visillos con el logotipo de ADIF impedían ver el interior. Descorrí las puertas y entré en el compartimento. Dejé la maleta en el suelo y contemplé mis aposentos durante los próximos tres días.
Dos sillones laterales forrados de cuero granate y, sobre ellos, dos literas plegadas.
—Buenos días.
Me giré espantada hacia el origen de la voz y me encontré con un hombre sentado en una esquina en uno de los sofás.
—Espero no haberla asustado —se disculpó cortés.
—Pues lo ha hecho.
—No era mi intención, lo siento.
La estructura vibró durante unos instantes y el vagón sufrió una sacudida. Caí sobre el sofá que tenía detrás.
—¿Se ha hecho daño?
—¿Qué coño ha sido eso? —pregunté entre el miedo y la duda de si llegaría de vuelta de una pieza.
—Estos vagones antiguos no poseen prácticamente amortiguación alguna. Pero forma parte del encanto de lo antiguo.
Me cagar en lo antiguo, pensé.
—¿No es este mi compartimento? —pregunté recelosa tras mirar mi billete y constatar que había entrado en el mío. Pensaba que todo el compartimento era para mí sola.
—Seguro que lo es —contestó el hombre con una sonrisa—. Igual que el mío, ¿lo ve?
Me tendió su billete y lo contemplé incrédula. Bonifacio de la Torre. Ese era el nombre al cual estaba expedido.
No tiene cara de Bonifacio, pensé devolviéndole el billete. Más bien de Andrés o Antonio o Miguel. Pero no de Bonifacio.
—¿Y usted se llama?
—¿Mi nombre? —pregunté suspicaz ante su desfachatez.
—Ya que vamos a convivir durante tres días en el mismo compartimento no quisiera dirigirme siempre a usted como “señorita”.
—“Señorita” está bien —contesté mordaz.
El hombre sonrió mientras se encogía de hombros. El tal Bonifacio llevaba sobre sus piernas un sombre de ala corta y vestía un traje de franela gris a rayas. Se había quitado la chaqueta que colgaba de una percha junto a él y debajo llevaba un chaleco del que colgaba la cadenilla de un reloj de bolsillo. Lucía una pajarita negra bastante coqueta. Y me miraba con expresión divertida.
—¿Le gusta mi atuendo? —preguntó vanidoso.
—Es bonito, de época —confirmé.
—A juego con el vagón y nuestro viaje, claro.
Sobre la litera que tenía encima descansaba una maleta de cuero envejecido con las esquinas reforzadas con un metal igual de envejecido.
—Tiene también una maleta a juego —comenté divertida.
—Es natural, no iba a traer mi Samsonite.
—La verdad es que la discordante parezco ser yo, con mis vaqueros y mis camisetas —dije sonriendo.
—No diga eso, señorita, me va a hacer enrojecer.
Aquel tipo era de veras gracioso. Y ocurrente.
—Carolina —dije.
Bonifacio sonrió aún más y me tendió la mano.
—Bonifacio de la Torre, Bon para los amigos. Encantado de conocerla, señorita Carolina.
Estreché su mano y, al contacto con sus dedos, un escalofrío me sacudió entera. Me recorrió el brazo y me hizo tomar conciencia del roce sobre mis pezones de las dos camisetas que llevaba encima. Y de la incómoda estrechez de las perneras de mis pantalones sobre mis piernas. Bonifacio retuvo nuestras manos juntas un tiempo más largo de lo habitual. Y fue él el que deshizo el hechizo, soltando mi mano que quedó huérfana en el aire.
—¿Por qué ha tomado este tren, Bon? —pregunté apropiándome de su amistad con rapidez.
—Placer —contestó con voz burlona.
Su respuesta era casi tan atrevida como insinuante.
Sonreí estúpidamente acomodándome en el asiento y cruzando los brazos y las piernas. Aquel hombre me estaba desbaratando cualquier pizca de autocontrol que tuviese.
Si es que alguna vez la tuve.
Mis padres murieron jóvenes, en un accidente de tráfico teñido de alcohol e inconsciencia, y fueron mis abuelos quienes, reconozco que con bastante manga ancha, habían criado, lo mejor que pudieron, a la mujer insegura y suspicaz que ahora soy. Hacía dos años que ellos me habían dejado y, con un trabajo encontrado por azar y una fuerte dosis de descontrol, sobrevivía casi al día sin haberme encontrado aún a mí misma.
Pensé que estos tres días me darían tiempo para pensar, para encauzar mis derroteros existenciales en alguna dirección. Y si no era así, por lo menos disfrutar con el viaje.
—¿Y usted, señorita Carolina?
—Carol, por favor —supliqué. “Señorita Carolina” me retraía años atrás como si una maestra estirada agitase la regla en el aire mirando con desagrado mis deberes por hacer. Parecía como si aquel tipo lo hiciese aposta, como si supiese de mi indefensión ante la vida.
—Carol —repitió conforme.
—Escapar, supongo —contesté con vaguedad—. Descansar unos días del trabajo y no hacer nada.
Bon asintió sonriente, apreciando mi respuesta. Supe por su mirada que había entendido mi imprecisión en toda su amplitud.
Me revolví en el asiento y descrucé las piernas para volverlas a cruzar nerviosa. Bon me miraba fijamente y sonreía. Y sonreía, y seguía sonriendo. Su sonrisa me estaba crispando más allá de lo que habitualmente podía soportar.
—Oye, mira —le dije con franqueza—. No sé de qué vas con esa sonrisa tuya cómo si todo fuese gracioso para ti. Pero no me gusta. Me gusta la gente seria. Y tú pareces provocarme con esa sonrisita.
Bonifacio no cambió el gesto ni se mostró sorprendido.
—La pido disculpas si la he molestado —dijo—. Pero es que yo soy así.
—Así no me gustas —dije apropiándome del compartimento entero y, ya puestos, de su forma de ser.
—Tendrá que resignarse, Carol.
—Y una mierda —contesté cogiendo mi maleta y abriendo la puerta del compartimento.
Bon me miró con su eterna sonrisa mientras cerraba la puerta, pero antes, le dediqué una cariñosa despedida.
—Que te den, payaso.
Al cabo de media hora volví a entrar en el compartimento.
Bon apartó el libro que tenía frente a él y me miró por encima de sus anteojos. Joder, ni siquiera llevaba gafas normales y corrientes, sino unos cristales circulares engarzados en una escueta montura de metal negro.
—No hay… más plazas libres —dije con voz entrecortada. Luego, tras dejar la maleta sobre una esquina del sofá, me planté frente a él y le advertí.
—No quiero más sonrisas ni más miraditas suyas de esas, ¿estamos?
—Bájese en la próxima estación, si lo desea —contestó sin variar su posición.
Contuve la respiración unos instantes hasta que resoplé abatida.
—Haga lo que le dé la puta gana —repliqué mientras me tumbaba sobre mi sofá—. Ya verá lo bien que se lo pasa en la vida real.
Bon respondió. No esperaba que respondiese y menos que se encarase conmigo.
—Pienso que es usted la que vive amargada y asumiendo que la vida tiene que ser gris, tanto para usted como para los demás. Y eso es muy triste.
Me incorporé atacada allí donde más me dolía. Pero no por ello me reprimí.
—Tú no eres quién para juzgarme ni saber de mí, no me vengas con ese rollo, joder.
—Quien se pica ajos come —contestó sonriendo.
El comentario, de tan pueril como certero, me hizo enfadar de veras.
—Menudo payaso tengo aquí metido —replique cruzándome de brazos y piernas, desviando la mirada hacia la ventanilla. El paisaje estaba compuesto de borrones que iban tomando forma a medida que enfocaba hacia el horizonte.
Tras unos minutos le miré de reojo. Se había vuelto a enfrascar en la lectura del libro. Un libro antiguo, como no, de hojas amarillentas y tapas desconchadas, estampadas con un motivo abstracto de hojas verdes y moradas.
Así es como debían ser los libros, pensé. Sin una portada que captase la atención visual y que obligase a abrirlo para poder degustarlo sin un prejuicio previo.
El símil con aquel tipo era demasiado evidente para no darme cuenta. Solo interpretaba un papel, el de caballero de los de antes, a juego con el compartimento, con el vagón, con el tren entero. Al instante me arrepentí de mis palabras anteriores.
—¿Qué lee? —pregunté con tono reconciliador.
—“La insoportable levedad del ser”.
—Milan Kundera —contesté sin dudarlo.
Bon sonrió y siguió con la lectura.
—Escuche —pedí con voz ronca tras unos segundos. Tragué saliva y me aclaré la voz—. Creo que le debo una disculpa. Le he atacado sin motivo alguno y la verdad… la verdad es que me siento un poco mal por ello.
Bon me miró por encima de sus anteojos y tras recorrer visualmente toda mi anatomía, deteniéndose ligeramente en mis pechos, con aquella mirada suya tan electrizante, afirmó con la cabeza.
—Acepto sus disculpas —dijo sonriente.
—¿Por qué me ha mirado las tetas? —pregunté divertida.
—¿Sus tetas? —preguntó sorprendido, difuminando por primera vez su perenne sonrisa. Aunque luego la recuperó sin parecer haberla perdido nunca.
Me fijé, creo que por primera vez, su rostro. No era demasiado agraciado, admitámoslo, pero aquel bigotito fino y esa nariz aguileña le conferían un halo de deliciosa irrealidad. Bon no era guapo, claro que no, pero su sonrisa era franca, desarmaba hasta a la persona más borde que, en este compartimento, era yo.
—¿Le gustan mis tetas? —pregunté con mirada picante.
—¿Vamos a hablar de sus tetas?
—No, claro que no —respondí cambiando de sofá y arrimándome a él.
Bon entrecerró los ojos y miró fugazmente hacia el pestillo de las puertas corredizas del compartimento.
—Qué pajarita más mona llevas —susurré melosa mientras se la acariciaba con la uña del índice.
Dejó el libro sobre sus piernas y se estiró para colocar el pestillo de las puertas correderas.
Mis dedos corretearon por el cuello de su camisa hasta posarse sobre la piel de su garganta. Tragó saliva. Bajé la vista y contemplé divertida el bulto que se iba hinchando entre sus pantalones de pitillo.
Bon siguió mi mirada y se desabrochó el botón superior y se bajó la cremallera para liberar su opresión. Unos calzoncillos de algodón blanco asomaron por la abertura y su miembro estirado se dibujó con extrema precisión.
Era un ejemplar magnífico, grueso, estriado. Me relamí los labios imaginándome su color y textura.
Hay quien piensa que todas las pollas son iguales. No señor mío, no señor, cada una es única, un invento comparable al del ojo o la oreja. Un órgano que crece y se estira para penetrar en el conducto femenino lo más posible para que el semen alcance, con no pocas dificultades, la matriz.
—No dude, Carol, sé que lo está deseando.
Sonreí avergonzada y posé con delicadeza una mano sobre aquel falo. Estaba caliente. Sentí palpitar a través del algodón la sangre burbujear y arremolinarse entre las cavidades esponjosas del pene.
—¿Permite? —pregunté señalando con la mirada su polla. Me di cuenta que, a cada segundo que pasaba, me iba abstrayendo más y más en aquel juego de rol.
—Faltaría más —asintió complacido Bon—. Sírvase usted misma, Carol.
Deslicé una mano bajo el calzoncillo e hice emerger el pene a la luz. Sí, definitivamente era hermoso. Un tono sonrosado imprimía carácter y nervio al tallo. Venas de varios grosores serpenteaban juguetonas y terminaban en aquella fina piel que protegía el glande rojizo.
—No sé si debiera... —admití algo turbada. La punta de aquella polla llamaba a mis labios pero no quería parecer tan desconsiderada ni presuntuosa de llevármelo a la boca sin pedir permiso.
Decidí dar ejemplo y me quité los pantalones vaqueros tras desembarazarme de los botines.
—Espero que no piense mal —argumenté mientras me arrodillaba en el estrecho espacio entre los sofás—. Solo lo hago para sentirme más cómoda y permitirle recrearse la vista.
—No me incomoda —admitió Bon desplegando el glande y ofreciéndomelo gustoso—. Es un buen divertimento.
Sonreí divertida con la situación y me incliné sobre aquel espléndido espécimen, saboreando con delicados lametones su piel.
Un gruñido me indicó que acometía con especial dedicación mi trabajo.
—Estoy encantada de que esté encantado —comenté entre lametones salivales. No pude dejar de sonreír ante mi ocurrencia.
—Los dos encantados —admitió Bon dejando escapar un gemido de placer.
Con una mano sujetaba la polla que hundía en mi boca. Interné la otra para abrazar los testículos laxos que aún estaban ocultos bajo los calzoncillos. Jugueteando con las bolas logré intensificar el tono y calidez de los gruñidos de Bon.
Lamentablemente las dos operaciones mantenían mis manos ocupadas con la inconveniencia que en mis necesitadas partes eso suponía. No tuve más remedio que requerir de la ayuda de Bon.
—Siento importunarle tanto —sonreí lúbrica mientras me limpiaba con el dorso de la mano los labios empapados en saliva— ¿Podría aliviarme mi raja? No se lo pediría si yo pudiese hacerlo pero... ay, señor, ¡qué apuros!
Bon torció el gesto simulando desagrado. Qué cabrón, estaba representando fielmente a un caballero de los de antes, de los que odian tocar, manipular, manosear.
Pero yo ansiaba sus restregones por mi raja. Mis manos no, las suyas. Las mías podían satisfacerme cuando quisiera, las suyas proporcionarían un tacto nuevo, exótico. Lo quería a él.
—No es lo usual, Carol, compréndame —se cruzó de brazos y se mantuvo en su posición, con las piernas abiertas, los calzoncillos arremangados, la polla bañada en saliva y, aun así, cubierto de un halo de inflexible apostura. Quizá las orejas algo inflamadas, sí, un poco de colorete en sus mejillas, admitámoslo, incluso sus anteojos se habían deslizado por el puente de la nariz debido a los vaivenes de mi mamada. Pero mantenía su porte, qué demonios.
Me deshice de las camisetas y el sujetador y las bragas quedándome desnuda para él. Ya solo conservaba los calcetines que, para mi total indefensión, se habían arremangado hasta los tobillos.
—Complázcame —gemí sentándome sobre sus piernas, solapando su polla pringosa a uno de mis muslos—. Me es muy necesario.
Y en verdad lo era. Sentía el coño arderme reclamando una atención que me estaba costando más de lo habitual.
—Olvide su desdén —añadí como último recurso, apelando a su hombría— busco al caballero que no permitiría una insatisfacción femenina, hágame el favor de aliviar a una jovencita apurada.
Descruzó los brazos con lentitud mientras nos mirábamos a los ojos. El traqueteo provocaba que mis pechos se revolviesen como gorriones inquietos y mi vientre palpitase encendido.
Su mano se posó sobre mi sexo. Abrí las piernas con rapidez. Sus dedos abrazaron mi vulva.
No iba depilada pero al menos llevaba las bragas limpias y estaban casi nuevas. En mi descargo debo advertir que cuando te encuentras de sopetón con una fantasía erótica no sueles ir emperifollada.
Sus dedos comienzan a escarbar entre la maraña de vello empapado en mis sudores. Un olor penetrante asciende de mi sexo. Me abrazo a él mientras hundo mi cara en el respaldo de piel granate del sofá. Uno de sus dedos hurga entre mis pliegues y alcanza mi agujero. Otro dedo avanza inexorable, impúdico hacia el otro agujero.
—Por el otro no —susurro con voz grave, pero luego le tiento—, hoy no.
Me muerdo el labio inferior sintiendo como mis carnes se agitan volátiles ante los meneos de sus dedos. Exhalo un suspiro, luego un gemido, más tarde un gritito cuando me penetra con el dedo medio.
—No puedo más —gimo arrodillándome sobre su regazo.
Tengo tanta necesidad de algo que me inunde el coño que haría cualquier cosa, cualquiera. Mis rodillas sudadas resbalan sobre el cuero granate del sofá. Me enchufo la punta del nabo sobre mi vulva y antes de sentarme, miro a Bon.
Tiene los cristales de los anteojos empañados y su bigotito está brillante e hinchado del sudor que acumula. Un reguero de saliva mana de una comisura del labio.
—Señorita Carol —indica con voz todo lo firme que su polla medio enterrada en mi coño puede imprimir—, le ruego que me libere de mi compromiso, si alguna vez hubo alguno. Fornicar como monos hambrientos no nos hace más humanos. Vuelva a su sitio, se lo ruego.
Compongo en la cara una expresión de niña dolida. Eso no me va a servir, pienso al ver su gesto inflexible, así que adopto el papel de niña traviesa. Asomo la punta de la lengua entre los labios y sonrío negando con la cabeza mientras dejo caer poco a poco mis caderas sobre la polla. Joder, qué gusto.
—Señorita Carol —protesta con voz teñida por la emoción—, por favor...
Niego con la cabeza, meneando las caderas alrededor del miembro, notando como la punta hurga en mis interioridades arrancándome un gusto atroz.
Unos golpes a la puerta.
—Inspección. Abran al revisor, por favor —oímos una voz tras las puertas correderas.
Nos miramos con ojos como platos.
—Hostias —susurro dándome cuenta de mi posición. Al menos Bon está vestido. Se enfunda la polla y listo. Pero yo... mierda, si ni siquiera sé dónde andan mis bragas.
—Un minuto —responde Bon con voz aflautada. Carraspea y traga saliva mientras me mira—. La señorita está echándose la siesta, ahora le abrimos.
No hay tiempo para las bragas. Me enfundo los vaqueros y me pillo un mechón rizado con la cremallera. Aprieto los dientes y siseo una maldición.
Bon abre la ventanilla para que el aire fresco disimule el aroma a sexos rezumantes. La brisa me contrae los pezones y cuando me coloco las camisetas el roce me arranca incomodidades y otra maldición.
—Disculpen —oímos a la voz acompañada de otros toques sobre las puertas.
—El libro, el libro —susurra Bon al ver a su querido amigo boca abajo sobre mi sillón, con las hojas dobladas ¿Cómo coño ha ido a parar ahí? Se lo tiendo.
Nos acomodamos cada uno en su sillón. Asentimos mirándonos para darnos el visto bueno. Mierda. Tiene una mancha enorme de mis humedades en sus pantalones. Se la tapa con el libro, bien hecho, Bon.
Quita el pestillo, las puertas se abren. Un hombre con mostacho descuidado y peluquín alborotado estira el pescuezo y resopla malhumorado. Nos mira inquisitivo, paseando su mirada por nuestros aposentos.
Me revuelvo inquieta. Los pelos del coño atrapados en la bragueta me están arrancando destellos de dolor. Bon aguanta la mirada con indiferencia.
Pasea su mirada por todos los recovecos del compartimento. Su mostacho se agita, parece husmear algo raro. Detiene su mirada en las literas. La mía no está deshecha. Se supone que estaba dormida, mierda. El revisor gruñe confuso.
Miro a Bon pidiendo ayuda. Su mirada desciende hasta sus zapatos. Vaya, tiene bastante con esconder mis bragas bajo sus zapatos de charol. Ay de mis bragas. Sonrío abatida.
Pero el hombre abandona su talante inquisidor y relaja sus facciones.
—Lo siento —indica el revisor—, pero debemos asegurarnos que no hay daños en los vagones. Nos ha costado mucho restaurarlos, ¿son de época, saben?
—Lo entendemos —contesta Bon taciturno.
Y se marcha indicándonos que dentro de una hora se abre el vagón restaurante.
Bon cierra el pestillo de nuevo.
Yo me dejo caer sobre el sofá y no me importa que, al final, los pelos pillados se desprendan como alfileres claveteados en mi coño.
Bon adopta de nuevo su sonrisa. Me incorporo y me desabrocho el pantalón y me bajo la bragueta con lentitud. Noto como la entrepierna de mi pantalón está húmeda.
Bon aparta el libro ante mi gesto y libera su polla del encierro.
—¿Dónde lo habíamos dejado? —pregunta en voz baja, sonriendo lúbrico.
Le devuelvo una sonrisa traviesa y me acerco a él.