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lunes, 5 de marzo de 2012

La llamada de un pervertido


—La llamada de un pervertido—

—Hola, ¿eres tú?
El teléfono había sonado varias veces. En la pantalla digital del teléfono de sobremesa parpadeaba: “Privado”. Había dudado si descolgar o no. Estaba atareada, haciendo la cama. Al cabo de cinco timbrazos, terminé por descolgar, enredarme con el cable, y, tras un “¿Dígame?”, escuché una voz grave, profunda que me hizo la pregunta. Tardé unos segundos en responder.
—Disculpe, ¿por quién pregunta?
Una pausa. Y luego, una risa subterránea. No relacioné esa risa con ningún familiar ni amigo. No sonaba agresiva ni burlona. Era una risa que parecía acariciarme el cuerpo entero, hasta mi piel vibraba. Trabajo como técnica de sonido en una emisora, adoro la voz humana.
—Pregunto por ti, claro.
Instintivamente, me ceñí la bata alrededor de mi cuerpo. Imaginé a alguien al otro lado de la línea, un hombre maduro por el extremadamente grave timbre vocal, divirtiéndose con la broma, disfrutando de mi sorpresa.
—No me interesa, gracias —respondí como cualquier otra llamada comercial.
—¿No te interesa? Aún no me has dejado…
Colgué sin escucharle.
¿Quién era? ¿Por qué a mí?
Intenté acallar mi curiosidad, pero el mal estaba hecho. Mi cabeza empezaba a hacerse preguntas. Sabía que debía acallar esa vocecita interior que me preguntaba qué estaba ocurriendo.
Doce segundos. La duración de la llamada parpadeó varias veces en la pantalla digital antes de ser sustituida por la hora: las nueve y cuarto. Me pregunté quién era el estúpido que se dedicaba a llamar a un número al azar la mañana de un martes cualquiera.
Un perturbado en potencia, eso era; si le hubiese dejado continuar habría escuchado su respiración entrecortada mientras se masturbaba. No me cabía duda de que eso era lo que perseguía el demente al otro lado de la línea. Habría probado con varios números, contestándole hombres o mujeres maduras. Cuando respondí yo, inició su juego. ¿Me había parecido oír una bragueta abriéndose mientras se reía? Quizá, bien pudiera ser. Quizá estuviese ya desnudo, preparado.
Mal asunto. Empezaba a barruntar sobre él y la llamada. Mi cabeza empezaba a imaginarse cosas, mi curiosidad innata había iniciado todo esto. Menudo cabrón.
Sonreí. Al menos, había sido algo nuevo; había que mirar las cosas por el lado positivo. Me había llamado un pervertido a las nueve y cuarto de la mañana, pero también había experimentado un momento de curiosidad, de incertidumbre. Bien, una nueva experiencia. Ya está. Era hora de hacer las tareas de la casa.
Pero no me moví del teléfono.
Casi, sin saber por qué, deseé que aquel degenerado llamase de nuevo. Me encantaría volver a escuchar su voz. Rica en matices, renqueante, sensualmente profunda. Lástima que fuese la voz de un marrano.
Me sorprendí mirando fijamente el teléfono de sobremesa, esperando oír la señal de llamada. Porque (y ahora lo tenía claro) no había motivos para no confesar lo obvio: quería que llamase otra vez.
Esperé. Me crucé de brazos. Escuchaba en la quietud de la casa el golpeteo lejano del segundero del reloj de la cocina. Recordé que tenía que bajar a hacer la compra, luego ir al banco a ingresar la cuota de la comunidad. Asocié el dinero con la jornada de trabajo de la tarde; tenía que ducharme, peinarme. También tenía que llamar a la peluquería, las raíces comenzaban a notarse demasiado. Tenía que hacer mil cosas por la mañana, pero seguía aquí plantada, mirando el teléfono. La pantalla digital mostraba las nueve y media.
El teléfono sonó de nuevo. Sentí un pinchazo en el pecho, un estallido de adrenalina, un retumbar de latidos. “Privado”. Descolgué. El teléfono se me escurrió de mis dedos, hice malabares en el aire, al final lo agarré del cable rizado, tiré de él, alcancé el auricular y me lo llevé a la oreja.
—¿Hola?
—¿Ahora respondes con un “hola”? Qué graciosa.
Me mordí el labio inferior. Qué tonta soy. Punto para él.
Su voz era profunda, dos o tres octavas inferior a la de cualquier voz que hubiese oído antes.
—¿Quién coño eres?
Su risa inundó la línea telefónica. Esta vez duró varios segundos o me pareció que duraba más que antes.
—¿Quién crees que soy?
—Un marrano, un pervertido —contesté sin dudarlo.
—¿Un pervertido que te llama un martes por la mañana?
Me senté en el sofá que tenía al lado, las piernas me temblaban, también necesitaba apoyar el brazo con el que sostenía el teléfono. Su voz parecía trascender el auricular. Nadie podía tener una voz tan grave y sensual y, a la vez, ser un pervertido. Pero él quiso serlo:
—Vale, seré un pervertido.
—Pero no lo eres.
—Lo seré si tú quieres.
Su voz era pausada. Poseía una resonancia fuera de lo común. Pero también era suave, melodiosa, como la de un tenor. Era una voz tan sensual como electrizante.
Me abrí la bata, los sofocos me estaban acalorando. No tenía sentido negar lo evidente: su voz me agradaba.
—¿Cómo vas vestida?
—No te importa.
—¿Cuántos años tienes?
—Tampoco te importa —respondí algo reticente. No quería darle ninguna pista acerca de mí— ¿Cuántos años tienes tú?
—Cincuenta y seis.
Fruncí el ceño pero luego tragué saliva, aceptando el dato como cierto. Su timbre era grave, su tono era tranquilizador: bien pudiera estar diciendo la verdad. Los pervertidos no tienen edad, todos tenemos uno oculto. Pero, aun así, me sorprendió estar hablando con un desconocido que me sacase más de treinta años.
—¿Estás sola?
—Puede que no.
Una pausa dilatada. Escuché su respiración calmada. Incluso aquel crepitar sordo, era sensual.
Siguió sin hablar. ¿Estaría echándose para atrás? Mis respuestas eran demasiado imprecisas. Si quería seguir oyéndole, debía ofrecer algo a cambio. Él me había dicho su edad, parecía un trato justo. Y su voz era tan divina…
—Sí, estoy sola.
—¿Sabes lo que tengo en mi mano derecha?
Tu polla. Con tu mano agarras tu polla. Te estás pajeando a mi costa, imaginándome desnuda, cabrón degenerado; esbozando en tu retorcida mente formas exuberantes, agregándome atributos imposibles. Pero no puedo culparte: yo también me imagino tu miembro erecto. Grande, grueso, de proporciones irreales.
Mi imaginación navega desbocada.
Paso mi lengua por los labios, los noto hinchados y calientes.
—¿Qué tienes en tu mano derecha? —pregunto con un hilillo de voz.
—Es tan grande…
Claro que sí. Enorme, surcada de venas. Un glande sonrosado, brillante. Tus cojones brincan con cada sacudida.
Doy un respingo cuanto me noto la otra mano sobre mi vientre. No sé cómo ha ocurrido, mi imaginación ha tomado el control de mi cuerpo. La aparto, la poso en el cojín del sofá. Pero luego la vuelvo a colocar donde estaba, aunque más abajo, sobre la cinturilla del pantalón del pijama. ¿Por qué no? Me estoy excitando. Solo veo en mi cabeza su polla dura, su mano empuñando un grueso tallo, frotándola con ritmo creciente. Cierro los ojos, notando mi sangre bullir.
—¿Te estás tocando? ¿Estás imaginándome desnuda?
—Al igual que tú.
Un calor intenso me abate el pecho. Suspiro profundamente. ¡Qué hijo de puta! ¿Cómo habrá adivinado mis intenciones? Mi mano se escabulle dentro del pantalón, busco mi entrepierna. Noto un calor húmedo brotando de mi sexo. No puedo remediarlo, es más fuerte que yo. Pellizco mi pubis, un ramalazo de placer me recorre la espina dorsal, me remuevo en el sofá. Abro las piernas, me arrellano en el respaldo.
—Háblame —pido cuando pasa el tiempo sin escuchar más que su respiración ruidosa. Me he dado cuenta que su voz no me agrada. Me excita. Me incita.
—Ayer me encontré con mi vecina en el ascensor.
—¿Cómo es ella?
—Es como tú.
Una satisfacción inexplicable me hace sonreír. Acaricio mi sexo, noto las primeras humedades chasquear. Suspiro extasiada, no sé si por el frotamiento al que someto mi coño o por la imagen que se ha formado en mi mente: yo en el ascensor, con él a mi lado. Un hombre maduro, sonrisa enigmática, pelo alborotado y plateado, mirada penetrante, voz grave y ronca.
—¿Qué sucedió?
—Llevábamos tiempo esperando aquella ocasión. Detuvimos el ascensor.
—Sigue.
—Nos miramos. Dimos vueltas dentro del habitáculo, uno alrededor del otro, observándonos, midiéndonos.
—Os enganchasteis.
—Como dos fieras. El ascensor tembló cuando la empujé, cuando te empujé sobre una esquina.
Sonrío, me noto salivar en abundancia. A la vez, hundo varios dedos bajo la braga, sorteo mi vello ensortijado, accedo a mi hendidura. Mi humedad aflora. No pienso en lo que hago, no quiero pensar, sólo imaginar. Deslizo los dedos arriba y abajo, anegando mi vulva con los primeros fluidos. Luego me llevo los dedos a la boca. Noto varios pelillos rizados en mis labios. Degusto mi excitación, mi placer licuado. Trago saliva varias veces.
—Mientras te comía la boca, fui desabotonando tu blusa.
Mi placer sube de repente, un espasmo me sacude la espalda. Aprieto los párpados, sus palabras, hondas y pausadas, me dan margen suficiente para recrear mi fantasía.
—Llevaba aquel sujetador que tanto te gusta —continúo de repente yo.
Mis palabras me excitan. Sentía la necesidad de entretejer mi voz en la historia. No me detuve a pensar qué decía, hablaba mi placer, mi ansia. Escabullo la mano bajo la camiseta del pijama. Amaso mis pechos, encuentro mis pezones duros, afilados.
—Hundiste la cara entre mis pechos, besaste mi piel, deslizaste el sujetador sobre mi torso, lamiste mis pezones.
Débiles espasmos en el pecho y las caderas se sucedían a medida que torturaba mis pezones.
—Me sujetaste la cabeza, hundías los dedos entre mi cabello, presionaste mi cara sobre tus pechos. Bajé una mano por tu vientre, palpé tu piel candente, el deseo te hacía retorcerte.
Era justo así. Notaba pequeños temblores en mi cintura, daba pequeños respingos sobre el sofá mientras pellizcaba mis pezones. Me era sorprendentemente fácil imaginar su gran mano abarcar mis curvas, escabulléndose bajo mi falda.
—Me arremangaste la falda, tu mano se ahuecó sobre mis bragas. Arañé tu cuero cabelludo mientras me mordías los pezones inflamados.
—Llevabas tiempo fantaseando con mi pecho velludo y bronceado. Me empujaste al otro extremo del ascensor, las paredes temblaron de nuevo. Me arrancaste la camisa, los botones saltaron y rodaron por el suelo.
—Besé tu pecho, apresé entre mis dientes tu vello espeso, lamí tus tetillas. Gemías y me agarrabas del pelo. Me tiraste de él y llevaste mi boca hacia la tuya. Mi saliva te encendía, mi lengua te quemaba.
Mis dedos descendieron de nuevo, esta vez hacia el interior de mis bragas. El horno encharcado que me encontré allí derretiría hasta el hielo. Mis dedos repartían las humedades por los intersticios labiales y apelmazaban el vello púbico.
—Tus manos desabrocharon mi cinturón, bajaron los pantalones. Tu boca apresó mi verga a través de los bóxer; lamiste su longitud, desesperabas por tenerla en tu boca.
Ligeros temblores en mi pubis me indicaron que el orgasmo llamaba a mi puerta. Aferré el teléfono con una mano mientras con la otra prodigaba urgentes caricias a mi motor revolucionado. Contraigo los abdominales, me preparo para los espasmos. Cantidades ingentes de saliva se acumulan en mi boca, trago a la máxima velocidad que me deja mi respiración.
—Me deshice de la prenda. Tu polla mostraba un esplendor divino. Grande, gruesa, mis manos no alcanzaban a rodearla. Su dureza… su dureza…
Me fue imposible continuar. Gemí sin contenerme. Todo mi cuerpo se tensó, oleadas de placer sacudieron mi vientre. Apreté los dientes, azuzando con ráfagas veloces mi clítoris, dilatando la marejada de placeres. La saliva se me escurría por las comisuras, mis manos zumbaban, mis dedos desfallecían. Y, aun así, la voz grave y sinuosa del pervertido maduro me torturaba sin piedad.
—La dureza de mi polla te sobrecogió. Tus dedos dibujaron caricias, tus uñas arañaron sendas, tu lengua estampó su sello húmedo.
Su voz tenía el don de la melodía. Se sincronizaba perfectamente con mis contracciones abdominales. O quizás era yo quien acoplaba los embates de mi corrida al ritmo de sus palabras. El placer me inundaba sin descanso. Gemía, murmuraba, siseaba, el orgasmo era inacabable. Su voz no se detuvo, continuó espoleando mi imaginación, alargando mi agonía.
—Engulliste hasta donde tu boca pudo tragar. Tu saliva bañaba mi glande, tus manos estrujaban mis cojones. Lamías, arañabas, succionabas. Tu ímpetu era arrollador, no pude postergar por más tiempo mi corrida. Mi semen inundó tu boca. Los trallazos eran desmesurados. Me vacié por completo en tu interior, tragabas cada gota de mi esencia, tu garganta se afanaba incansable por deglutir cada eyaculación, cada inyección de mi néctar…
—Detente, para ya.
Necesitaba un descanso, me sentía todo el cuerpo baldado y sucio. Los ecos del orgasmo aún se manifestaban en un rilar de piernas incontrolable. El corazón me retumbaba, las sienes me palpitaban, sudaba generosamente.
—Tengo que reponerme —supliqué. Lamí las puntas de mis dedos cubiertos de mis humedades tibias. El sabor de una corrida es tan delicioso como adictivo. Pero mi cuerpo clamaba reposo. No estaba acostumbrada a tanto placer desbordado. Era increíble lo rápido que aquel hombre había conseguido en tan poco tiempo con su voz. Pero también debía admitir lo rápido que había sido yo en sumergirme en su historia. Lo tenía claro: su voz era mágica.
—Has disfrutado —susurró lentamente.
Sonreí mientras me rebañaba los dedos. El desconocido había interpretado con certeza mis gimoteos. Una risa confortable me salió de los labios. Él también se rió, con su risa honda, enigmática. ¿Sabría que su voz me estremecía hasta el alma? Aun distorsionada por la señal telefónica, su timbre grave me hacía burbujear la sangre.
Llamaron a la puerta. El timbre musical se oyó lejano. Era chirriante en comparación con su voz.
—Tengo que dejarte.
—¿De verdad tienes que hacerlo?
Su pregunta llegó tras una breve pausa. Seguía siendo calmada, suave. De repente, recordé que en ningún momento había notado diferencias de velocidad en su voz durante la conversación. No era posible que alguien se corriese sin afectar a su respiración, sin que trasluciesen los embates de los espasmos musculares. Una duda me poseyó.
Sonó de nuevo el timbre de la puerta. Ahogué el micrófono del teléfono con una mano y respondí con una voz.
—¡Ya voy!
Manoseé el teléfono con ambas manos. Quise saber la respuesta a mi duda.
—¿Te corriste?
Su risa nasal me acarició el oído con su timbre resonante. La ausencia de respuesta por su parte me confirmó mi duda:
—Ni siquiera te estabas tocando, ¿verdad?
Se rió aún más. Su risa adquirió un tinte burlón, inteligente, artero. Me respondió al cabo de unos segundos. Pero, en ese momento, llamaron de nuevo a la puerta.
—¡Que ya voy, joder!
Cuando volví a colocarme el auricular en la oreja, sólo alcancé a escuchar el final de su respuesta.
—… ascensor, ¿importa eso?
Luego colgó.
Escuché el tono monocorde del teléfono y después miré el auricular unos instantes.
Me levanté del sofá. Las rodillas me crujieron, mis piernas amenazaron con sacudidas: la tensión experimentada aún me pasaba factura. Al asomarme por la mirilla de la puerta, no vi a nadie en el pasillo. Estiré el elástico de las bragas sudadas sobre mis nalgas, ceñí la bata y abrí la puerta.
Me asomé al pasillo y no había nadie.
Antes de cerrar, me percaté de la nota que había sobre el felpudo. El anverso estaba en blanco. En el reverso, con pulcra caligrafía, estaba escrito:
“Hasta la próxima vez que coincidamos en el ascensor”.

jueves, 1 de marzo de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (2/3)



Carmen caminaba algo apartada del grupo mientras se dirigían desde el colegio hacia el bar. Aquel viernes no tenía ganas de hablar. Se sentía cansada, le dolía todo. Se sentó con sus amigas en la terraza del bar casi por inercia. Dejó cazadora de su hijo en su regazo y la abrazó, aferrándose a ella como un salvavidas.
—Carmen, ¿me escuchas?
Carmen volvió la cabeza, aturdida, hacia Sonsoles. Luego se dio cuenta que el resto también la miraba, incluso el camarero, que mantenía su bolígrafo en el aire junto a la libreta.
—Carmen, ¿dónde estás, mujer? ¿Quieres tostada con zumo o un ocho de crema?
—No tengo hambre.
—Tostada y zumo para ella —pidió en su lugar Sonsoles al camarero. Éste anotó el pedido y marchó con la lista completa del grupo de madres.
Carmen quiso retraerse de nuevo en su interior. Lamentaba no haberse dado cuenta que aquel día era viernes y tocaba reunión. El peor día para acompañar a su hijo al colegio. Ahora tendría que enfrentarse a sus amigas. El ataque, tal y como imaginaba, no se hizo esperar. La verdad es que, se dijo, no tenía por qué quedarse a tomar un café.
—Carmen, cielo, ¿qué te ocurre?
—Nada, nada. La verdad es que tengo prisa, este fin de semana nos vamos al pueblo y tengo que preparar…
Matilde la agarró del brazo en el momento justo en que pensaba levantarse de la silla. El gesto la pilló por sorpresa, Matilde parecía haber adivinado sus intenciones. No pudo mantener su mirada y tuvo que bajar la suya.
—Cuéntanos, Carmen.
—No, de verdad. Tengo prisa y…
Matilde la apretó la muñeca en el momento en que llegó el camarero con sus pedidos. Todas se mantuvieron en un silencio espartano. Incluso el camarero, que las conocía demasiado bien, se apresuró a servir cafés, tostadas, zumos y bollos lo antes posible, se sabía extraño en la conversación.
Cuando quedaron solas, mientras se iban pasando unas a otras servilletas para dar cuenta del desayuno, el silencio continuó. Matilde, por encontrarse junto a Carmen, fue la encargada de ocuparse de su tostada. Untó la mantequilla y la mermelada y le tendió una servilleta.
—Cuéntanos, Carmen. Estoy segura que, entre todas, sabremos darte buenos consejos o, por lo menos, te escucharemos atentas, ¿verdad, chicas?
Todas asintieron.
—Es que es algo cochino…
—No temas, querida —dijo Socorro mirando luego a Neus—. Estamos curadas de espanto. Apuesto a que es otra fantasía sexual satisfecha.
Todas sonrieron, recordando el relato de Neus el viernes anterior. La aludida se sonrojó y tragó con dificultad el trozo de bollo.

—El relato de Carmen—

Yo creo que todo empezó con esa revista. Era un folleto de un supermercado, grueso y de hojas finas, lleno de ofertas del tres-por-dos y promociones, de esos que te manchas los dedos al pasar las hojas. Fausto, mi marido, por lo general no leía los folletos, era yo la que hacía las compras, él solo se encargaba de llevarme en coche los sábados por la mañana al súper y luego le aguantaba mientras se iba enfurruñando más y más a medida que íbamos con el carrito de pasillo en pasillo. Por esto no entendí la razón que le llevó aquel sábado a detener el carrito frente a la sección de máquinas de gimnasio. Se plantó frente a un aparato para hacer abdominales que estaba en promoción, se sacó una hoja del bolsillo, la desdobló y comparó la foto de la hoja con el cacharro. Reconocí la hoja como la portada del folleto. Sin dudarlo, cogió la caja del estante y la metió al carrito.
“Es para hacer ejercicio, que me noto la barriga de la treintena”, respondió cuando le miré totalmente perpleja. Ni por asomo había imaginado que Fausto se preocupase por su barriga, a mí al menos no me lo había dicho. No digo que tenga mucha, algo tiene, la clásica curva de la felicidad, que diríamos todas, yo ya me había acostumbrado. “A ver cuánto te dura la tontería”, le dije. Cuando llegamos a casa, ya se había olvidado del cacharro, le tuve que recordar que era algo que había comprado él y que si no iba siquiera a abrir la caja, que lo devolviese. Se enfadó conmigo, claro. Creo que le sentó mal.
El caso es que, a partir del día siguiente, todas las noches, antes de acostarse, se hacía tropecientas abdominales con el cacharro. Yo no pensaba que fuese a durarle tanto la tontería pero supongo que le había herido en su orgullo y, por eso, no cejó en el empeño. Al cabo de tres semanas, su barriguilla había menguado y comenzaron a resaltársele los bultos de los músculos. Yo debería haber estado feliz de tener un marido que se preocupase de su figura pero, como dije, ya me había acostumbrado a su curva de la felicidad. Cada noche ocupaba más y más tiempo en esculpir sus abdominales, le robaba tiempo al único momento del día en que lo solía tener para charlar, hablar de nuestras cosas y hacer el amor. Tras salir de la ducha, se excusaba en que estaba muy cansado y se dormía en un santiamén. Pero eso no fue lo peor.
Fausto comenzó a mirarme mal. Nunca me lo dijo a la cara y yo tampoco le presioné para que me lo confesase, y no, no eran paranoias mías. Ya sé que no tengo un cuerpo escultural de esos que lucen las niñas de ahora, todo tetas y culo y lo demás esmirriado como alambres, me da grima verlas la cara chupada, las costillas hambrientas y las piernas finas como palos. Sé que Fausto me miraba mal por mi cuerpo; la barriguilla, las cartucheras, la piel de pollo… pero es que yo no me preocupo por lo que se ve y mi marido empezaba a juzgarme por ello. Alguna vez dejó caer, en una conversación robada de sus ejercicios, que mi figura era un botijo; lo dijo entre bromas, y yo sonreí como una lela, más contenta porque charlásemos que por insultarme. Lo cierto es que Fausto tenía una tableta riquísima pero no la compartía con nadie más que con él mismo, alguna vez le pillé mirándose al espejo, orgullosísimo de su vientre escultural.
Desde entonces, cogí yo también la manía de mirarme ante el espejo. Teníamos uno en el pasillo de nuestro dormitorio y, cuando él estaba en el trabajo y el nene en el colegio, me desnudaba y me pasaba horas delante del espejo mirando mi cuerpo. Reconozco que me obsesioné, pero no caí en el mismo círculo vicioso que Fausto (“no estoy demasiado fuerte, aún no, un poco más”). Me encantaba mirarme al espejo y, como no podía mirarme por detrás, me compré otro que coloqué a mi espalda y que guardaba en el cajón de la tabla de planchar. Me veía por todos los lados, en todos los recovecos. Fausto no me hacía el amor desde hacía semanas y supongo que necesitaba mimarme ya que nadie me parecía hacer caso. Fue como un revulsivo contra mi falta de sexo, de cariño.
Me vestía para aquellos momentos, me maquillaba, me arreglaba solo para mí. Me colocaba entre los dos espejos y comenzaba a desnudarme. Lentamente, ejecutando una danza suave y erótica, me iba despojando de la ropa, regalándome piropos, besando mi imagen reflejada. Día a día, mientras Fausto continuaba desarrollando unos exorbitados abdominales, yo iba desarrollando mi particular baile solitario. Cada día me gustaba más y más y, como es natural y por la falta de sexo conyugal, terminé por, una vez desnuda, empezar a tocarme. Acercaba los dos espejos a la cama y me retorcía ante mi imagen desnuda, explorando mi interior y acariciando mis curvas con rotundo y sincero apasionamiento. Fui desarrollando una oscura versión de mí misma, la de una zorrita encantada de darse placer a sí misma. Estaba profundamente enamorada de mi cuerpo y de mi versión oscura.
Pero llegó un momento en que, cansada de masturbarme para mí, ansié que otros disfrutaran de mi vena exhibicionista. Ambicionaba conseguir los suspiros y anhelos de los demás. Ya no me bastaba con mis piropos y mis soeces comentarios ante el espejo. Quería el de los demás, suplicaba sentirme deseada por otros. Y entonces, por ironías de la vida, la solución llegó de manos de mi marido. Una noche comentó que los compañeros de la oficina se iban a un local de striptease a celebrar una despedida de soltero. Se rió de ellos y continuó haciendo abdominales. No me costó nada encontrar en internet, al día siguiente, tras mi sesión matutina de contemplación y masturbación, una lista de locales de striptease en la ciudad. Sin pensármelo dos veces, llamé al que tenía más lejos de casa. Quería trabajo y, aunque al principio se negaron alegando no sé qué de que sólo trabajaban con profesionales, insistí y al final accedieron a hacerme una prueba.
Me convencí que necesitaba demostrar mis dotes exhibicionistas, fue lo que me dio fuerzas para presentarme en aquel oscuro garito una mañana. El local estaba vacío, varias señoras de la limpieza estaban fregando los suelos, algunos hombres fumaban en la barra y una mujer parecía ensimismada en varios libros y una pila de facturas en una mesa. Me acerqué a los hombres y le dije al que parecía más serio que venía por la prueba. Me miraron de arriba a abajo con ojo crítico, desnudándome con los ojos, se removieron en sus butacas y calibraron mis interioridades. Me excité ante sus miradas lascivas y supe, desde ese momento, que mis temores eran infundados, les resultaba atractiva. Pero, al fin y al cabo, eran hombres y su instinto de copulación guía sus pensamientos; necesitaba la aprobación de las mujeres, si ellas se excitaban conmigo, habría triunfado. Por suerte, la mujer enterrada en libros y facturas parecía la jefa de todo aquello ya que me dijo que me sentara en su mesa con su acento argentino. Eso hice.
“Algo tenés ganado porque esos de ahí no se ponen burros con cualquier piva”, comentó tras mirarme fijamente. Me pidió que le hablase de mí. Me inventé una vida totalmente distinta a la que tenía. Era huérfana, sin familia, algo puta y me encantaba ser y verme como una zorra. En ningún momento la mujer sonrió ni asintió, se limitó a escucharme con cara aburrida o agobiada. Tenía una mirada cansada, ojeras de insomnio o de trasnochar frecuentemente. La verdad es que me divertí inventando aquella historia fantasiosa, incluso mientras la contaba me iba excitando. “ Buhe, dale”, me interrumpió, “, subí ahí arriba y demostrá lo que sabés hacer”.
Fue como mi alternativa, tal que si mis bailes entre los dos espejos hubiesen sido capeas de pueblo y aquello fuese la prueba de fuego. Me subí al estrado, una tarima circular. “Ponlá música, a ver si tené ritmo”, dijo la mujer al barman que estaba tras la barra fregando. Comenzó a sonar un chunda-chunda machacón y estridente, se encendieron los focos que había en el borde de la tarima y el espectáculo dio comienzo. La luz me cegaba al incidir directamente sobre mí y la música me hacía daño sólo de oírla. Algo coartada, empecé a desperezarme, a moverme al son de aquella sucesión de acordes estrepitosos de música electrónica. Los focos, al principio molestos, los encontré luego prácticos porque me impedían ver a los demás. Y así, concentrada en mi exhibición, me dejé llevar por el ritmo arrebatador.
Una barra surgía del centro de la tarima hasta el techo, me balanceé y la usé para apoyarme, descalzarme y arrojar mis zapatos lejos, más allá del muro de luz. Me dejé llevar por la música, convertí mis brazos en marionetas de los machacones acordes electrónicos. La falda me impedía moverme con la libertad que necesitaba y fue la primera prenda de la que prescindí. Vestida entonces solo con la blusa y la ropa interior, agarrada a la barra, restregué mis manos por todo mi cuerpo, me encantaba dejarme llevar en mis refriegas por el ritmo ensordecedor. Agobiada por los calores del baile, comencé a sudar y a necesitar estar más aireada, más ligera. La blusa fue mi siguiente prenda en caer y volar más allá del muro de luz de los focos. Me sentía genial, ya sólo vestida con mi sujetador y mis braguitas, estrenados aquella misma mañana. Dí vueltas y más vueltas alrededor de la barra mareándome, me contorsionaba hasta dolerme las articulaciones, pero me encantaba todo aquello. No sabía qué tal lo estaba haciendo pero me sabía observada, mirada por al menos media docena de hombres y tres mujeres y no pensaba en otra cosa que en pasármelo bien y dar rienda suelta a mi espíritu gamberro y putón.
Fue esa intención, la de gozar de aquel momento, la que me impulsó a desabrocharme el sujetador y lanzarlo también lejos de mí. Mis pechos despendolados, botando al son de mis brincos y meneos, me arrancaron destellos de placer. Me los amasé y oprimí con pasión, dulce a veces, ruda otras. Mis pezones erectos arañaban la palma de mis manos, un subidón de energía me recorría las extremidades y me dejaba llevar por la música y el erotismo marrano que me desbordaba. Estaba descontrolada, me dejaba llevar por mis instintos, eran más fuertes que mi razón, que la música, que todo. Me quité las braguitas y también las lancé lejos, al fondo de mis inhibiciones, al fondo de toda una vida de rectitud moral, de apariencias, de opresiones.
Descarrilada, sin poder aguantarme, comencé a frotarme el sexo. Refregaba mi entrepierna con ímpetu, ayudada por mis muchas humedades. Acuclillada, con un brazo en alto sujeto a la barra y bien abierta de piernas, apoyé mis nalgas en el frío metal y hundí varios dedos en mis cavidades, gozando de los placeres más primitivos, más atávicos. Gemí y chillé enrabietada porque el ritmo del chunda-chunda era demasiado lento para mis penetraciones, para mis manoseos guarretes.
De repente, la música cesó y los focos se apagaron. Pero, ¿qué pasaba? Ay, Dios, no les ha gustado mi número, pensé. Cuando al fin me acostumbré a la penumbra del local, me encontré con decenas de cabezas arracimadas junto a la tarima. Muchos, eran muchos. Hombres y mujeres de rostros enrojecidos, de caras sonrojadas, sudorosas. Ojos como platos, boquiabiertos, lamiéndose los labios resecos, haciéndose cosas entre las piernas. Oh, Dios, cómo disfruté de aquel momento, de aquel instante de gloria. Alrededor mío decenas de ojos fijos en mi cuerpo desnudo, en mi piel enrojecida, en mis pezones endurecidos, en mi sexo encharcado. Si no fue un orgasmo lo que me sacudió el cuerpo entero al sentirme tan deseada, tan venerada no sé qué fue pero jamás lo olvidaré. Fue como una explosión de placer concentrado, como si, por unos segundos, el universo entero girase alrededor mío.
La mujer, la jefa del local, se abrió paso a empujones entre la muchedumbre. Estallaron los aplausos. Gritos, silbidos, piropos, marranadas, estaba en la gloria. No había forma de llegar hasta la tarima pero ella lo consiguió a base de codazos y malas maneras. Estaba que echaba humo, una cara de mala hostia le nublaba la vista, un ceño fruncido arrugaba su frente, era la única con cara de disgusto. Me cogió del brazo y me sacó a rastras. Decenas de manos me tocaron, me palparon cuando me arrastró lejos, cientos de dedos me pellizcaron, aferrándose a mis pechos, abrazándose a mis nalgas, arañándome las piernas. Algo de miedo sí sentí, agobiada por la turba enloquecida, pero la jefa imponía, chillaba y me arrastraba con sus zarpas.
—Vos no sos bailarina ¡Sos puta!
Me llevó hasta la salida y me tiró mi ropa y mi bolso. Ofendida no quedé, claro, porque razón no le faltaba a la mujer.
Aquella noche, Fausto, como siempre, sacó el cacharro de hacer abdominales. Poco le duró la tanda de ejercicios. Comencé a contorsionarme delante de él, a moverme tal y como hice aquella mañana en el local. En mi cabeza escuchaba el chunda-chunda y al cerrar los ojos, el muro de luz me cegaba. Poco duró también mi baile. Me cogió de la cintura y me arrastró hasta la cama, empalmado como un potro desbocado.
Lo malo es que mi marido ha vuelto a coger barriga. Cada noche ejecuto mi particular baile para él y al poco de empezar está ya más salido que un mandril en celo. Las noches resultan agotadoras, hacemos el amor hasta quedar exhaustos. Resulta que ahora está deprimido porque los pantalones que compró ya no le valen y las camisas no le sientan bien. Pobrecito mío. Suerte que todas sus penas se le pasan cada noche cuando bailo para él.

lunes, 27 de febrero de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (1/3)


Era un grupo de madres que se reunían cada viernes a desayunar en la cafetería tras dejar a sus hijos en el colegio. Habían escogido ese día por ser el último de la semana en el que tendrían parte del día libre. Luego llegaría el fin de semana y habría que lidiar no sólo con un marido ocioso, sino también con los hijos. Aquella hora escasa que se reunían a tomar un café y comer una tostada o un bollo servía como acopio de fuerzas ante la marabunta que se avecinaba y que comenzaría ese viernes por la tarde. Era su pequeño momento de relax, un remanso de tranquilidad.
Al principio eran únicamente tres. Eran vecinas y se conocían. Sus hijos iban al mismo colegio y era natural juntarse y charlar tras dejarles. Luego, gracias a que sus hijos eran amigos, llegaron otras madres. El grupo se fue haciendo más grande. No todos los viernes coincidían todas ellas, a veces no pasaban de la media docena, otras veces la superaban.
Escogían siempre la misma cafetería. Estaba cerca del colegio y, de este modo, no se privilegiaba a algunas para llegar antes a casa. El camarero, testigo de la formación y crecimiento del grupo, las esperaba todos los viernes a las nueve y media. Los días de invierno las reservaba varias mesas en un rincón cálido, los días de verano las tenía preparadas unas mesas en la terraza.
Las mujeres, de un escueto abanico de edad que rondaba entre los veintipocos y los casi-treinta, dedicaban su charla a discutir sobre si tal o cual profesor era demasiado exigente, porqué la comida había subido tanto de precio o los trucos que tenían cada una para sacar la ropa de sus hijos y maridos de la lavadora más limpia que cuando la compraron. Eran temas de conversación triviales, algunas veces curiosos, otros didácticos y los más, simple meteorología.
Todo cambió cuando llegó Matilde. No era una nueva en el grupo, hacía varios meses que asistía a las reuniones. Pero era muy callada. Se limitaba a escuchar y pocas veces dejaba caer su opinión. Algunas la tildaban de sosa cuando faltaba algún viernes, otras de tímida. Pero un viernes de inicios de mayo, cuando comenzaron a estrenar la temporada de terraza, hizo una escueta y simple pregunta aprovechando un momento de silencio.
—¿Alguna vez habéis cumplido una fantasía sexual?
La pregunta hizo enmudecer a todas. Un silencio sepulcral se adueñó del corro en torno a las mesas. El sexo era tema tabú en el grupo. Se nombraba con ambigüedad y de pasada.
Neus, una de las fundadoras del grupo, morena y delgada, enrojeció y enterró su mirada en su taza. Nadie se fijó en ella porque todas las miradas convergían hacia Matilde. Fue la propia Matilde la que notó el profundo embarazo de Neus.
—Tú sabes de lo que hablo, Neus.
La aludida se ruborizó aún más cuando sintió todos los ojos puestos en ella. Socorro, otra de las fundadoras del grupo, se atragantó al ver a su amiga tan turbada. Creía conocerla muy bien y, sin embargo, descubría que Neus tenía un secreto de esos que querrías matar por conocer.
—Es cierto, Neus, qué colorada estás. Cuenta, cuenta.
—Prometedme que nada de lo diga saldrá de aquí.
—Lo que ocurra en el grupo, se queda dentro del grupo —sentenció Matilde.
Luego paseó su mirada por las demás madres que fueron asintiendo una por una, cada cual más intrigada por lo que Neus iba a confesar. El pacto quedó sellado desde aquel momento.

<—El relato de Neus—>

Mi marido, Pedro, me había cambiado mucho y yo había asistido a aquel cambio con un mezcla de estupor y desconsuelo. Donde primero noté aquel cambio fue en su forma de hablar. Utilizaba palabras malsonantes para referirse a sus superiores en la empresa. Decía que eran unos cabronazos. Yo le recriminaba por usar un vocablo tan soez como hiriente y más delante del niño, pero él se justificaba diciendo que así es como se sentía desde que había cambiado la directiva en la empresa. Sí que es cierto que llegaba más tarde a casa y que algunos fines de semana tenía que hacer horas extra. Me extrañó ese cambio pero pensé que sería una etapa que pasaría. Luego, sin embargo, vinieron sus insistencias. Me sorprendió una noche arremangándome el camisón y bajándome las bragas cuando me creía dormida. Me enfadé mucho, me pidió perdón, me argumentó que estaba muy estresado, que necesitaba un alivio. De ningún modo se lo permití, le hice ver que aquello estaba en contra totalmente de una convivencia cristiana como la que teníamos. Lo intentó varias noches y, por fortuna, era poco habilidoso y me despertaba con sus movimientos. Yo le exhortaba a confesarse cada domingo en la iglesia. Íbamos todas las semanas, éramos muy creyentes. Al principio, tal y como teníamos costumbre, me hizo caso. Pero llegó un domingo en el que no quiso ir a misa, aquello me descolocó por completo. Hablaba en serio, no quería ir a la iglesia. Le hice ver que aquello era el peor pecado que podía cometer, pero siguió en sus trece. De modo que continué yendo a misa yo sola.
El ir a la iglesia sin compañía me hizo tomar conciencia de todo lo que sucedía a mi alrededor. Antes, cogida del brazo de Pedro, me sentía segura y protegida. Desde el primer domingo que fui sola a la casa del Señor, me di cuenta que los hombres me miraban de forma distinta. Era paradójico porque pensé que sus miradas estarían cargadas de reproche y condena por no haber sido capaz de convencer a mi marido de venir conmigo. En su lugar, me encontré miradas lascivas y penetrantes. Sentía en todo momento, desde que entraba por la puerta hasta que salía, como docenas de ojos se posaban en mí. Sabía de sus intenciones pero no entendía por qué me hacían sentir así. Pero lo peor fue que empecé a sentir cierta satisfacción por aquella atención, me enorgullecía de provocar tantos giros de cabeza.
Fue entonces cuando me di cuenta que Matías me sonreía de manera distinta. Matías era un mendigo que tenía el portal de la iglesia como segunda (o quizás primera) morada. La caridad es una virtud y yo siempre tenía una moneda para él. Olía mal y vestía peor, su pelo estaba desgreñado y a veces su cara estaba cubierta de mugre u hollín. Sin embargo, por extraño que parezca, me caía bien. Era atento y me abría la puerta de la iglesia para entrar, aunque eso lo hacía con todos, pero yo notaba que conmigo lo hacía de otra forma. Como digo, desde que empecé a ir sola a la iglesia, su sonrisa hacia mí fue bien distinta. Era una sonrisa lasciva, como la de todos los hombres allí, pero la acompañaba con un brillo de ojos que me hacía parpadear atolondrada. A Matías no le consideraría guapo, era un hombre de mediana edad y yo soy aún una jovencita. No sé si sabría definir qué me atraía de él, no era un sólo aspecto de su cuerpo, eran muchos, todos juntos. Y, por raro que parezca oírlo, su sonrisa cargada de pensamientos carnales me excitaba y me hacía hervir la sangre. Era como una adicción.
Primero fueron sólo los domingos. Sentía la necesidad de encontrarme su sonrisa acariciando mi cuerpo. Sus harapos y suciedad se transmutaban en mis fantasías en trajes y perfume intenso. Demoraba mi entrada en la iglesia, disfrutaba con su mirada posada sobre mí, me enrojecía y todo mi cuerpo, Dios me perdone, suplicaba por él. Matías no era ajeno a mi debilidad y eso le hacía ser más descarado, me cogía del brazo y me acercaba a él cuando depositaba una moneda sobre su mano. Mis piernas temblaban, mi corazón se aceleraba. Ya en la iglesia, no pensaba en otra cosa que salir cuanto antes para buscar su mirada, su olor, su desvergüenza. Comencé a ir a la iglesia entre semana. Pedro no puso objeciones, alegué mis salidas ante él diciéndole que necesitaba confesarme más a menudo por sus pecados. Él se reía y me dejaba en paz, cuidando de Pedrito. Yo salía de casa con la mentira atormentándome; pero con el sólo pensamiento de encontrarme a Matías, se me iban todos los prejuicios. Adoraba su desfachatez, su rudeza y su aliento a vino rancio. Las horas del día las pasaba contando las que faltaban para ir a la iglesia, las de la noche las pasaba suspirando por él. Mis fantasías iban más allá de lo decente y caían en lo salvaje. Matías simbolizaba para mí la libertad, la fuerza, la independencia.
Todo cambió un viernes. Iba a casa con prisa por ir a hacer la compra, precisamente me acababa de despedir de vosotras, después de tomar el café. En un callejón cercano al supermercado, revolviendo los contenedores de basura, descubrí a Matías buscando algo para comer. Los dos nos miramos cara a cara. Era la primera vez que nos veíamos sin la iglesia de por medio. Fui directa hacia él. Era mi cuerpo el que tiraba de mí, era mi enfermiza obsesión la que daba fuerzas a mis pasos. Hedía a comida podrida pero su tufo me excitó hasta lo indecible. Sin mediar palabra, buscando el refugio del enorme contenedor, le empujé detrás de él. No se esperaba mi agresividad y quiso defenderse empujándome. Me resistí, le cogí del pelo y le besé. Mi lengua atravesó su boca, era la primera vez que besaba de aquella forma, y a otro hombre que no fuese mi marido. Sabía a colillas y alcohol fermentado pero, lejos de asquearme, me dio fuerzas. Busqué su torso desnudo bajo las muchas capas de ropa, todas raídas, que llevaba encima. Su piel era áspera y estaba cubierta de vello ensortijado. Sus manos, en cuanto comprendió que mis intenciones eran carnales, amasaron mi trasero. Un calor extremo me nació de entre las piernas cuando arremangaron mi falda y las hundió entre mis nalgas. Sentía dolor a causa de la fiereza de sus zarpas pero aquello me encendió aún más.
Busqué su sexo y me alegré de comprobar cómo, bajo los pantalones, una enorme dureza se hacía palpable. Me faltó tiempo para abrirle la bragueta y sacar su miembro erecto. Me lo llevé a la boca sin pensar. Me sentía relativamente a salvo detrás del contenedor pero cuando Matías gimió al lamerle el sexo, temí que la gente nos descubriese, peor aún, que me reconociesen. Le tumbé en el suelo, nos desnudamos de mala manera y, arrodillándome sobre su cara, estampé mi sexo sobre su boca mientras succionaba su tranca. Sus labios sobre mi sexo me arrancaron destellos de placer que conseguía acallar con su miembro en mi paladar. Me sentía a la vez sucia y desalmada para con mi marido pero también me consideraba víctima de los deseos de mi cuerpo, de las frustraciones de una vida sexual desaprovechada. El miembro de Matías creció tanto en mi boca que llegué a atragantarme. Ignoraba que un pene fuese a crecer tanto, pensaba que el de mi marido era el tamaño establecido, pero aquello rebasaba cualquier medida. Aquel falo monstruoso cuyo extremo a duras penas cabía en mi boca me tenía estupefacta y encantada a la vez, mi mendigo asilvestrado era un portento sexual.
Oleadas de placer sacudían mi cuerpo y a punto estuve de gritar cuando varios finales se agolparon en mi entrepierna. Desfallecía, temblaba como una chiquilla, la saliva se me escurría de los labios. Matías, tan desacostumbrado como yo en los coitos, también se vino. Una cantidad ingente de fluido anegó mi boca, trallazos profundos de esperma caliente surgían de la herramienta que no sacaba de la boca. Creo que llegué a tragar hasta dos veces para limpiar mi paladar pero de aquel tronco no cesaba de manar savia que terminé por dejar escurrir de mis labios. Tosí y tuve que sentarme a su lado porque sus manos y su boca no daban respiro a mi sexo. Me limpié con uno de sus trapos sucios la boca, el esperma me escurría por el mentón y el cuello. Le aparté las manos, molesta, porque me agarraba la cintura para volver a aposentar mi trasero en su cara. Insistía obcecado.
Fue entonces cuando me tiró del pelo y me obligó a colocarme a cuatro patas. Quise resistirme pero tiraba de mi cabeza y me tapaba la boca. Sentí un miedo horrible, la situación se me escapaba de las manos, Matías se había vuelto incontrolable, era una bestia gobernada por deseos primarios. Chillé pero una de sus manos tiraba aún más de mi pelo y, con la otra, hundía varios de sus dedos mugrientos en mi boca. Entonces me penetró. Fue como ser empalada por un rescoldo, como fuego líquido atravesando mi interior. Tardé en darme cuenta que me había forzado por mi orificio más femenino. Los empellones que me propinaba, y que hacían que su miembro se incrustase hasta el fondo de mis entrañas, eran dolorosos. Extraía, eso sí, cierto placer malsano en el hecho de ser penetrada por un miembro que llenaba toda mi cueva. Acercó su cara sobre la mía, obligándome a aspirar el tufo a vino rancio que manaba de su boca. Su lengua lamió mis mejillas y sienes mientras continuaba cabalgándome, obligando a mi cuerpo a ser víctima de su furia descontrolada, primordial.
Las entrañas se me revolvieron de nuevo, las piernas me temblaron, los espasmos recorrieron mi espalda, volvía a experimentar un goce extremo de un acto que, aunque ya no podía controlar, sí podía disfrutar. Matías terminó dentro de mí poco después. Me apartó de él como una muñeca usada. Eso me molestó, lloré mucho, ahogando mi llanto entre mis manos, ocultando mis lágrimas con mi cabello deshecho. Matías se vistió rápido, cubriéndose con sus harapos, y se alejó de mí, saliendo del callejón a la carrera. Me acurruqué tras el contenedor y me encogí muerta de miedo, apoyada en la pared. Me manché el mentón de sangre al apoyarlo en las rodillas porque las tenía despellejadas. Lloraba, no por haber sucumbido a los arrebatos del placer más sórdido sino porque la imagen que tenía de Matías como mendigo altanero y libre se había convertido en la de un monstruo desconsiderado y furibundo, dotado de un descomunal miembro. Pero, de alguna manera, me sentía bien, era como si me hubiera desprendido de algo que me oprimía y me coartaba. Había satisfecho uno de mis sueños aunque se hubiese vuelto, por momentos, pesadilla.
Dejé de ir a la iglesia, me moriría de vergüenza si viese a Matías plantado en la puerta. Todavía recuerdo la cara que puso Pedro, arqueando una ceja, cuando le dije que aquel domingo no iría a la iglesia. Me preguntó por qué y yo le respondí que Dios estaba en todas partes. Cuando ronroneé en su oreja y le acaricié su bragueta, pegó un bote del sofá que casi caemos los dos al suelo. Aparté el periódico que le temblaba en las manos, lo aferraba como un escudo interponiéndolo entre él y yo, pero de nada le sirvió. Pedrito estaba en catequesis, no volvería hasta la hora de comer. Mi marido se santiguó.

domingo, 5 de junio de 2011

EL CERRAMIENTO

—Bueno, vamos con el siguiente punto de la reunión.
—¿Cómo que el siguiente?
El hombre hizo caso omiso a la intervención de la joven.
—Han aparecido varios brotes de cucarachas en los pasillos…
—Oye, no, no, no. Mi punto del orden del día no se ha discutido aún.
—…he pedido presupuesto a varias empresas de control de plagas. En los documentos….
—¿Estás sordo o qué? ¿Estáis todos sordos?
La joven se levantó y se giró sobre sí para mirar al resto de asistentes a la reunión.
Ninguno de los vecinos la devolvió la mirada. Algunos prefirieron bajar la vista antes que fingir que no la escuchaban.
—¡Hostia puta! —gritó cogiendo el respaldo de la silla y golpeando con ella el suelo— ¡Prestarme atención, joder!
Todos se giraron hacia ella. Por fin había conseguido captar su atención. Aunque fuera a través de la violencia.
—Tu punto del orden del día ya ha sido debatido, Lourdes —dijo con voz monocorde el presidente de la Comunidad.
Recogió los folios de la mesa sobre la tarima de la sala. Los juntó y cuadró con golpecitos sobre la mesa. No estaba dispuesto a ceder un milímetro.
—Y un huevo ha sido debatido. Aquí solo he visto levantarse dos manos en contra de mi cerramiento.
—Pues son una más de las que hay a favor de él. Tienes que quitarlo. Votación legal, Lourdes, la mayoría ha hablado.
—Qué coño de mayoría estás hablando, aquí estamos siete vecinos. Solo hemos votado tres. ¿Y los demás?
—Se han abstenido, Lourdes. Admítelo, por favor: tienes que desmantelar tu cerramiento. Lo construiste por tu cuenta, saltándote los estatutos de la Comunidad por el forro.
—No, no. Espera, no. Los únicos que han votado en mi contra han sido tu mujer y el viejo del primero.
Ninguno de los aludidos quiso devolver la mirada a Lourdes.
La joven se sentía impotente. Ocho mil quinientos euros con veinticinco. Más los costes del desmantelamiento. Se sentía frustrada y abandonada. ¿Qué daño hacía su galería interior a la fachada del edificio? ¿Qué ocurría, que ella era la única que tenía dinero para hacerlo o qué?
Puñetera envida. Eso ya lo sabía de antes. Pero no les creía capaces de llegar hasta este extremo.
Los jodidos vecinos, utilizando unos estatutos arcaicos y que nadie respetaba, pretendían que tirase a la basura tanto dinero invertido…
No. Por Dios Santos que no.
—Vale.
—¿Estás de acuerdo, Lourdes? —repitió el presidente con ojos lánguidos, fingiendo indiferencia.
Los demás puntos del orden del día eran una excusa para convocar la reunión extraordinaria. ¿A quién coño le importaba que el hijo de la del tercero fuese un cabronazo ya, a sus trece años, y le gustase dar martillazos a los azulejos del pasillo común? Una hostia bien dada y punto ¿O los cientos de cucarachas que habían surgido por todo el edificio? ¿No tenían pies cada uno para pisarlas?
No. Lo importante era desmontarle el chiringuito a la morena del cuarto. Tetas puntiagudas, culito respingón y cara de viciosa. Provocando con sus camisetas de tirantes y sus pantaloncitos cortos. ¿Por qué coño su mujer no podía estar la mitad de buena que ella? ¿Por qué se negaba a hacer en la cama una pequeña parte de lo que creía que Lourdes gustaba de hacer con sus amantes?
Si no podía tenerla, tenía que aplastarla. Como una de esas cucarachas. Mala, mala. Jódete, puta viciosa.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Cuánto tiempo de qué?
—Cuánto tengo para desmantelar la galería.
El presidente de la Comunidad no tenía ni puñetera idea de cuánto tiempo se necesitaba para echar abajo algo así.
—Una semana.
—¿Una semana?
—Una semana. Hasta el miércoles próximo.
—Siete días.
—Sí, bueno, lo que viene a ser una semana —creía que la joven le estaba vacilando. Se envalentonó de todas formas al verla aceptar la derrota— ¿Sabes contar, Lourdes? Uno, dos, tres…
—¿Contar? Claro que sé contar, no os preocupéis ninguno.
—No nos preocupamos, Lourdes —añadió la mujer del presidente—. Mi marido solo quiere asegurarse que has comprendido cuánto tiempo…
—Lo he pillado, María, lo he pillado, gracias. Sé contar. Cuento de puta madre.
—Yo solo quería dejar claro…
—María. Basta —cortó su marido.
Un silencio interrumpido por varios carraspeos inundó la sala durante unos segundos. Afuera de la sala del Centro Cívico del barrio que habían alquilado para la reunión, se oyeron melodías de guitarras y niños gritando. Todo el que quisiera en el barrio podía alquilar una sala del Centro Cívico.
—Yo ya no pinto nada aquí —dijo Lourdes saliendo de la sala. No se había vuelto a sentar.
Cerró la puerta al salir y los reunidos quedaron en silencio. Se miraron unos a otros.
“¿Y ahora qué?”, parecieron preguntarse.
—A ver… ¿hay algo más que alguien quiera preguntar? —quiso saber el presidente—. Ruegos, preguntas… esas chorradas.
—¿Y lo de las cucarachas?
—Eso es muy caro, Fermín. Que cada cual las mate como mejor le dé la gana.
—Pero…
—Ni peros ni hostias. A ver, Fermín, ¿quieres apoquinar tú los dos mil euros que cuesta fumigar el edificio entero, eh?
—Pero la comunidad… Una votación…
El presidente le ignoró.
—Si no hay más cuestiones…
La reunión se disolvió unos segundos después.
Afuera, Lourdes, pegada la oreja a la puerta, corrió rápido hacia los servicios públicos del Centro Cívico.
Cerró la puerta del escusado con un golpe. El cerrojo no encajaba y la puerta insistía en quedarse medio abierta. Lourdes se sentó sobre la taza del inodoro y arreó una patada a la puerta que la encajó con un crujido en el marco.
Respiró hondo varias veces para calmarse.
A medida que se iba sosegando, sus labios se fueron combando en una suerte de sonrisa siniestra, achinándose sus ojos.
Luego, su cuerpo, ajeno al devenir de sus pensamientos, centrado únicamente en la posición y lugar donde se encontraba, mandó la señal de orinado. Lourdes chasqueó la lengua. Se subió la falda, se bajó las braguitas, subió la tapa, colocó unos papeles en el borde del asiento y suspiró a gusto al oír el chorro romper contra la loza.
La puerta chirrió al abrirse por sí sola.
Otra patada la hizo encajarse de nuevo.
—Siete días —siseó en voz baja.
***
***
***
—¿Y por qué tengo que ir siempre yo, joder?
—No fastidies, Roberto, que solo es abrir la puerta y ver quién es. ¿No sabes hacer eso, te da miedo?
—Tú estás al lado, en la cocina, Saray.
—Estoy preparando la comida. Y estoy en bragas. ¿Quieres hacer el favor de abrir tú?
—Y yo estoy con el pijama, joder.
—Ni joder ni hostias, Roberto, ¿es que siempre tenemos que discutir por todo? Abre la puñetera puerta ya, por favor.
—Venga, va. Porque es fin de semana, ¿vale?
—¿Qué quieres decir con fin de semana, Roberto? ¿Que como sabes que haces el gandul y no mueves un dedo en casa, me vas a hacer caso un sábado por la mañana? ¿Ahora tienes conciencia, cariño?
—Conciencia, dice ésta… —masculló Roberto en voz baja.
El hombre meneó la cabeza y se levantó del sofá, dejando el periódico sobre la mesa del salón. Se rascó el trasero y luego el paquete bajo el pantalón del pijama. Caminó con pasos deliberadamente lentos hacia la puerta.
Sonó otra vez el timbre.
—Ya va, ya va, joder.
—No rezongues y abre, Roberto. Que es para hoy.
Roberto internó una mano bajo la camiseta para rascarse la barriga peluda. Se inclinó sobre la mirilla de la puerta. Dio un respingo al ver quién era.
Dudó durante unos instantes si abrir o no. También se relamió para sí al verla a través de la mirilla.
Lourdes vestía una de sus camisetas de tirantes, empapada de sudor, con las tiras del sujetador rosa a la vista, sobre sus hombros redondeados y relucientes… Volvía de correr. Como cada sábado. Solo que hoy había venido mucho antes.
—¿Quién es, cariño? ¿No abres?
Quitó la cadena y dio dos vueltas de llave para abrir la puerta.
—Es Francisco. Querrá quedar hoy por la tarde para las cartas, ya sabes.
—Todos los sábados lo mismo —musitó por lo bajo Saray— ¿Cuánto hace que no salimos juntos?
Se volvió hacia su marido, dejando el cuchillo con el que cortaba los ajos sobre la tabla.
—¿Y si…?
Se detuvo al ver cerrarse la puerta. Roberto ya no la escuchaba. Todos los fines de semana igual. Cuando más tiempo tenían para ellos.
Saray suspiró y se llevó las manos al pelo. Solo follar, solo follar. Ni un abrazo, ni un beso. A cuatro patas, estrujándola las tetas. Ya ni jodiendo se miraban, incluso.
—Qué asco de vida —se dijo para sí bajando sus manos por la cara.
Se dio cuenta que ahora su pelo y piel olían a ajo. Arrugó la nariz y dio un manotazo a la tabla, el cuchillo y los ajos que había sobre ella.
Cayeron sobre el fregadero con un estruendo.
Saray dio un respingo, asustada. Pero se cruzó de brazos, más decidida aún que antes.
—Hoy va a comer pollo guisado tu puta madre —siseó dolida.
Al mismo tiempo, un piso más arriba, la puerta del apartamento de Lourdes se cerró despacio.
Francisco miraba a Lourdes con el ceño fruncido, apoyado tras la puerta cerrada.
—Te he dicho cientos de veces que no aparezcas por casa así.
Lourdes se rió por lo bajo. Su mirada alternaba entre la cara de enfado de Francisco y su entrepierna. Bajo el pijama, el bulto iba creciendo más y más.
Se acercó a él, apoyando sus pechos sobre él. Movió sus caderas para restregarse contra la dureza.
Ronroneó juguetona. Su lengua se deslizó entre sus labios, humedeció el lóbulo derecho de la oreja de Francisco y luego sorbió el pedazo de carne.
Francisco sintió como las piernas se le doblaban. El tembleque fue exquisitamente postergado por el buen hacer de Lourdes.
Asió con sus manos la cintura de la joven. La única parte de su cuerpo que permanecía inmóvil. Todas las demás recorrían su cuerpo, meneándose, frotándose, impregnándose sus sentidos y su seso con el sudor femenino.
Francisco recordó cuál era la excusa para estar allí.
—Tenemos poco tiempo, guarrilla —masculló bajándola los pantaloncitos de un tirón, llevándose las braguitas también por delante. Abarcó con sus dedos los deliciosos globos, firmes y sudorosos de la joven.
—No me digas… —gimió Lourdes al verse apretada contra la polla de Francisco. Un penetrante olor a sexo masculino surgió de entre ellos.
Los dedos de él navegaron entre la carne de las nalgas, se abrieron paso hasta el ano y llegaron hasta la fronda del vello de la vulva.
—Vamos, vamos —apremió Francisco esperando que la joven le bajase los pantalones y se aupara sobre su cintura.
Quería follar rápido y correrse en unos segundos. ¿Cuánto tiempo se tarda en fijar una fecha y hora para una partida de cartas y charlar sobre tonterías? ¿Diez minutos, doce?
La joven le bajó los pantalones. La polla se bamboleó enhiesta, dura. Un intenso olor a macho excitado surgió de aquel miembro.
Francisco parpadeó confundido cuando Lourdes se desasió del abrazo de su culo y se separó un paso de él.
Gimió extasiado cuando ella se quitó la camiseta por el cuello y se desabrochó el sujetador. Sus pechos se agitaron blanquecinos, redondos y repletos. Los pezones endurecidos de un rosa brillante contrastaban con el vello oscuro y perlado de sudor de su entrepierna.
Lourdes se mordió el labio inferior mientras se pellizcaba un pecho. Sus uñas resbalaron por la piel nívea, cerrándose sobre el pezón. Azuzándolo más, volviéndolo de un rosa encendido.
—No sabes cómo estoy de caliente, cabronazo —jadeó Lourdes.
Se frotó el vello recortado del pubis. Escarbando en su femineidad. Sus muslos se estremecieron. Los labios vaginales surgieron de entre el vello. Rosados, suculentos. Empapados de fluidos.
Francisco se sujetó la polla mientras se llevaba la otra mano a los ojos. Sudaba copiosamente. Estaba al borde de un ataque al corazón. Estrujaba su miembro y lo agitaba espasmódicamente.
Alargó la mano en busca del cuerpo objeto de su deseo.
Lourdes dio un paso atrás.
Francisco dio un paso adelante para sujetarla. Nada en el mundo, nada, podría interponerse entre ese cuerpo y el suyo. Mataría por tener ese cuerpo. Ese coño. Esas tetas.
Lourdes dio otro paso atrás.
Francisco cayó de rodillas. El pantalón arremangado le inmovilizaba las piernas.
—Cógeme si puedes —rió Lourdes quitándose el pantaloncito y las braguitas.
Aquel culito blanquecino, divino, desapareció tras una esquina del salón.
Francisco se despojó de los pantalones del pijama en el suelo. Oyó un desgarro pero le dio igual.
Corrió a por Lourdes. De la punta de su polla asomaba una espuma espesa.
Rodeó la esquina del salón. Casi resbala de lo rápido que iba.
Abrió la puerta del dormitorio.
El fogonazo le paró en seco.
No supo qué ocurría hasta que al fogonazo siguió otro y otro, decenas de ellos.
Lourdes lo estaba acribillando a fotografías.
—Qué… qué… —gimió tapándose la cara, cegado.
Solo sintió como Lourdes lo iba empujando por la espalda, a través de la casa. No veía nada, iba con las manos por delante, desnudo, completamente ciego.
Sintió como ella le ponía sus pantalones sobre sus manos. Oyó abrirse la puerta de casa.
—Mi cerramiento seguirá en su sitio —le dijo Lourdes al oído—. Asegúrate de expresarlo en voz alta, ¿entendido?
—Pero… tú… yo…
Empezaba a distinguir formas y colores.
—Largo de aquí, hijo de puta. Y dale recuerdos a tu mujercita.
El portazo le hizo estremecerse entero.
Luego se dio cuenta que iba desnudo, con el pene aún duro y húmedo.
Desnudo en el pasillo común.
Se vistió rápido y caminó aún aturdido de vuelta al segundo, a su casa.
Una cucaracha apareció delante de él, moviendo sus antenas. Francisco la miró y levantó el pie para descargar un pisotón sobre el bicho.
Dudó un instante.
No se atrevió a pisarla.
Corrió por las escaleras hacia su casa, con el corazón en un puño.
***
***
***
Mercedes dejó que la tapa del contenedor de basura se cerrase despacio, conteniendo el golpe con la manivela que tenía a la altura del pie.
No quería armar escándalos.
Era de noche, las cuatro de la madrugada. Había bajado la basura a las cuatro de la madrugada. Raquel, su novia, se había quejado del mal olor que surgía del cubo de la basura de la cocina.
—¿No puedes dormir por el olor? No me jodas —respondió sonmonlienta.
—No, no puedo. ¿No lo hueles tú? Es apestoso, no me puedo creer que no lo notes.
—Haber bajado la basura a las ocho, cuando te lo dije. No me vengas ahora con esas.
Raquel se puso melosa y le susurró al oído, terminando por desvelarla.
—No puedo dormir, porfa…
—¿Cómo? ¿Qué? No pensarás…
—Estoy desnuda. Tú estás con el pijama.
—Ponte algo encima, so guarra y baja tú la basura.
—Hace dos horas no querías que me pusiera nada encima…
—Hace dos horas hicimos el amor, cariño. Ahora, a las…
Volvió la cabeza en la almohada para consultar el reloj de la mesita. En la oscuridad, las tres y cincuenta brillaron con luz verde fosforito.
—Mierda. Si es que son ya casi las cuatro. ¿No puedes esperar a que sea de día?
—No, cariño. Porfi, porfi, porfi.
Y con cada súplica, Mercedes recibía un beso en la frente, en la mejilla, en la nariz.
—Me cago en todo.
Pero no se movió de la cama.
Hizo falta que Raquel le diese un empujón para que saliese de la cama.
—Oye, niña…
—Porfi…
Optó por no discutir. Salió de la cama y se calzó las pantuflas. Entró en el cuarto de baño y se puso el albornoz. Tampoco era plan de salir a la calle en camiseta y bragas, enseñándolo todo.
Cuando se acercó a la cocina, reconoció el mal olor procedente del cubo de la basura.
Se asombró de no haber rezongado ella primero. En efecto, era nauseabundo. ¿Olían tan mal las sobras de la cena?
Cogió las llaves de casa y las metió en el bolsillo del albornoz. Salió al pasillo con la bolsa de la basura en la mano. Pesaba un huevo y el tufo era demencial. Llamó al ascensor.
Afuera, en la calle, soplaba una ligera brisa. Se cerró las solapas del albornoz sobre el cuello con una mano mientras con otra acarreaba la bolsa.
Pocos coches circulaban por la carretera cercana. Nadie a la vista. A las tantas de la madrugada, un domingo, ¿a quién le apetecía desaprovechar la última gran noche del fin de semana? Dormir a pierna suelta…
—Mejor así —se dijo en voz baja—. Solo me faltaba que ocurriese algo.
Tras tirar la bolsa de la basura al contenedor, emprendió el camino de vuelta al edificio. Cien metros escasos.
Las pantuflas se arrastraban por el suelo.
Un maullido la hizo girar la cabeza y apretar el paso. Se cerró aún más el albornoz alrededor del cuello y la cintura.
—Mierda, joder —murmuró.
La noche dibujaba sombras que se movían sinuosas.
Cruzó la calle y siguió caminando, casi corriendo, al filo de la fachada del edificio. La puerta estaba ahí, esperándola. Metió una mano en el bolsillo, en busca de las llaves. Tintinearon entre sus dedos y el sonido del tintineo la estremeció.
No quería hacer ruido. Solo quería llegar a casa, meterse en la cama y acurrucarse junto a Raquel.
—Vaya tontería —se dijo en voz alta para darse ánimos.
Se detuvo frente al portal. Sacó las llaves que tintinearon aún más. Miró de reojo a los lados.
Se equivocó de llave y probó durante varios segundos a abrir la cerradura con la llave incorrecta.
Cuando metió la llave correcta, soltó un suspiro de alivio.
—Hola, chochete.
Exhaló un gemido gutural, casi catatónico.
Al volverse hacia el desconocido, apretó los labios y frunció el ceño.
—Mierda. Eres tú. ¿Sabes el susto que me has dado, puta?
Lourdes sonrió y las dos entraron en el portal.
—¿Qué haces a estas horas vestida así, te duchas en otro sitio?
—Muy graciosa. ¿Y tú?
—Yo estoy mona. Vengo de una fiesta.
—Ya.
Entraron al ascensor. Mercedes no pudo contenerse y se le fueron los ojos unas cuantas veces hacia el vestido de Lourdes. Un palabra de honor negro, de falta cortísima. Pedrería y brillantina que refulgían como piedras preciosas. Las piernas estaban brillantes, como recién hidratadas. Los muslos relucían jugosos, apetecibles. Los pechos subían y bajaban con cada respiración. Parecían hincharse al inspirar, expandirse al expirar. Se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Estás muy guapa.
—Ya lo sé.
Cruzaron la mirada durante un segundo. Mercedes la desvió, apurada.
Lourdes se giró y se apoyó sobre el panel de mandos del ascensor.
—¿Qué haces?
—Nada, Merceditas, no te preocupes.
—No me asustes, por favor, que a estas horas…
El ascensor se paró en seco. La máquina emitió un suspiro mecánico, como si se deshinchase un balón.
—No… no… no me jodas, Lourdes, ¿qué has hecho? Tengo claustro…
—¿Que qué he hecho, dices?
Se acercó a la lesbiana con las manos en la espalda.
Mercedes se plegó en el rincón del habitáculo.
—He visto como me mirabas.
Lourdes negó con la cabeza.
—Era el vestido.
—Mentirosa. Eran mis tetas, eran mis piernas, eran mis labios, mi cuello, mis hombros, mis manos.
—No, Lourdes, de verdad que no. Tengo novia. Apártate de mí y pon este bicho otra vez en marcha.
Lourdes se dejó caer sobre Mercedes, exhalando un suspiro, dejando que su aliento penetrara por la abertura del cuello del albornoz.
Mercedes cerró los ojos. Notó como su vientre se agitaba. Se lo sujetó con las manos.
—Dime que no me deseas, Merceditas. Dímelo —murmuró derramando el aliento de la última palabra sobre los labios de Mercedes.
La lesbiana entornó los ojos. Había sentido el incandescente hálito sobre su cara.
Notó como su entrepierna se había hinchado y humedecido. Se notaba excitada. Horriblemente excitada.
Vio el rostro de Lourdes encima de ella. Sus labios a un bocado de distancia. Unos labios pintados de naranja. Gajos de fruta tiernísima, repletos de sabor y jugos dulcísimos.
Le comió la boca sin pensarlo. Agarró a Lourdes del cuello y la atrajo sobre sí, besándola hasta que tuvieron que separarse para tomar aire.
Se miraron unos instantes. Cada par de ojos titilando. Lágrimas a flor de piel, alientos al rojo vivo.
Las lenguas fueron ahora las protagonistas. Voraces, salvajes, imprevisibles. La saliva se escanciaba en boca ajena con facilidad. Se emborracharon de sus propios licores.
Se desnudaron con movimientos rápidos, conocedoras de las prendas. Sabían cómo ponerlas, sabían cómo quitarlas. Cayeron de rodillas en el suelo del ascensor, sujetándose la cabeza, devorándose con los labios, saciándose con la lengua.
Los jadeos y los espasmos eran continuos. Los gemidos, desgarradores; los suspiros, impotentes.
Rodaron por el suelo del ascensor, algo apretadas. Carne sobre carne, con las piernas entrelazadas, las vulvas solapadas y los pechos entremezclados.
Los fluidos se desparramaban sin parar.
Lourdes se levantó de repente.
Apartó de un manotazo los dedos de Mercedes, cerrándose sobre su coño.
La lesbiana se incorporó confusa, frotándose la mano golpeada.
—¿Qué pasa, qué he hecho? ¿No te ha gustado?
Lourdes no contestó. Se agachó para colocarse las bragas y subirse el vestido.
—Pero, ¿qué ocurre, Lourdes? Dime qué no te ha gustado y no lo vuelvo a hacer.
La morena entornó los ojos mientras se aupaba hacia una esquina del habitáculo del ascensor.
Mercedes se dio cuenta entonces de la cámara.
—Pero, ¿qué hostias…?
Se detuvo al ver como Lourdes se metía la cámara en el bolso.
—¿Es tuya?
Lourdes pulsó el botón del tercero varias veces y el ascensor se puso de nuevo en marcha.
—¿Sabes lo que no me gustó y quiero que no vuelvas a hacer, Merceditas?
La otra no contestó.
El ascensor se detuvo y Lourdes salió con los zapatos y el bolso de las manos.
—Que no muevas un puto dedo en las votaciones. Recuerda: mi cerramiento se queda como está, ¿vale?
Mercedes no tuvo necesidad de decir nada. Lourdes cerró la puerta y el ascensor siguió su marcha.
En el interior, la lesbiana, mientras el ascensor subía hasta el ático, se colocó el albornoz.
Salió al pasillo. Se dio cuenta que había perdido una pantufla cuando vio una cucaracha corretear cerca de su pie desnudo.
Reprimió una arcada y dio unos cuantos saltos a la pata coja hasta la puerta.
Fue directa hasta el cuarto de baño.
Abrió el grifo. Se metió en la ducha y dejó que el agua fría la empapara.
Raquel apareció al poco rato.
—¿Qué coño haces, mujer? ¿No sabes qué horas son?
—He visto una cucaracha.
—¿En la calle?
Negó con la cabeza. El agua no estaba suficientemente fría.
—Qué asco, de verdad —musitó Mercedes.
Raquel se encogió de hombros y volvió a la cama.
 
—A ver, un poco de silencio, por favor. Si hablamos todos a la vez no nos vamos a enterar de nada.
Los vecinos siguieron discutiendo sin atender a las palabras del presidente.
Esperó durante unos segundos, de pie, junto a la mesa de la tarima de la sala del Centro Cívico.
Solo uno de los vecinos estaba en silencio y el presidente no pasó por alto el hecho.
Lourdes le miraba fijamente, con gesto aburrido. Casi indiferente. Pero insultante. Irreverente.
El presidente dio un golpe a la mesa con la palma de la mano.
Todos se callaron al instante. Se volvieron hacia él.
—A ver, Lourdes. Mañana cumple el plazo. Siete días, ya sabes. ¿Ya lo tienes todo preparado para echarlo abajo?
—Quiero una nueva votación.
—Ya se votó.
Se levantó un ligero murmullo.
—Ya sé que se votó, estaba aquí, ¿recuerdas? Quiero una nueva votación. Presiento que el resultado será diferente.
—No lo será.
—Votemos, pues.
El murmullo creció de intensidad.
—Ya lo hemos votado, Lourdes, no hagas esto más penoso de lo que…
—¡No hay cojones! —gritó poniéndose en pie.
—¿Quieres votar, Lourdes? —gritó a su vez el presidente envarándose— ¿Quieres votar, eh? Pues votemos, joder, votemos. A ver, ¿votos en contra del cerramiento de Lourdes?
Se alzaron los brazos de la mujer del presidente y del vecino del primero.
—Seguimos siendo dos contra uno, Lourdes, ¿lo ves, criatura?
—¿Votos a favor de no tocar mi galería?
Tres manos se alzaron.
El presidente tragó saliva. Dio un paso atrás. Trastabilló y se apoyó sobre el borde de la mesa de la sala. Le faltaba el aire.
—Pero… pero…
—¿Votos a favor de acabar con las cucarachas? —musitó Fermín poniéndose en pie a su vez.
Todas las manos se alzaron al unísono.
El presidente emitió un chillido agónico.