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martes, 6 de marzo de 2012

El pervertido me llama de nuevo




—El pervertido me llama de nuevo—

—Métetelo.
Me mordí el labio inferior mientras negaba con la cabeza. Aquello no podía estar pasando. Tenía que ser una broma cruel. Pero era tan real, y la explicación escuchada segundos antes tan demoledora, que no tuve remedio.
Abrí la caja, saqué el cacharro y lo coloqué encima. Luego me bajé las bragas, me arremangué la falda. Me senté de nuevo sobre el inodoro y abrí las piernas.
El gemido que se me escapó cuando el artilugio entró en contacto con mi sexo, provocó dos efectos: el pervertido soltó una risa honda, gutural y mi madre, en el salón, alzó la voz:
—Nena, ¿estás bien?
Media hora antes, el control sobre mi vida no era perfecto, pero me conformaba. Me había emancipado hacía poco, había comprado un pisito de segunda mano en la periferia, tenía un trabajo inestable aunque era trabajo y mi vida amorosa se reducía a ocasionales polvos tras probar el amargor de la ruptura de un noviazgo dilatado en los años.
Sin embargo, no me podía quejar en cuanto a vivir situaciones extrañas. Varias semanas antes, una mañana cualquiera había recibido la llamada de un desconocido. Le traté como a un pervertido y eso era esencialmente. Su voz grave y acompasada fulminó mis recelos y, juntos, compartimos una experiencia inolvidable. Poseía un timbre vocal tan grave como seductor. Dijo sobrepasar la cincuentena pero la amplia diferencia de edad entre nosotros no fue obstáculo para experimentar el mejor orgasmo de mi vida gracias a su voz y mi imaginación. Luego me enteraría de que él no se masturbó y que acechaba tras mi puerta. Seguía siendo un desconocido para mí, pero no así yo para él.
Sospeché en un primer momento de los vecinos del edificio, pero ningún hombre se ajustaba a los criterios de edad que el pervertido declaró, eran gente anciana, jóvenes púberes o mocosos malcriados. Además, me esforzaba por hacerles hablar, pues su voz habría de delatarle: tan honda y grave era que cualquier otra me sonaba estridente en comparación.
En los días que siguieron, no volví a recibir otra llamada suya, tampoco signo alguno de su presencia. Estaba excitada pero, a la vez, temerosa. Me acomodé y el regreso a mi vida anodina pero predecible me tranquilizó. Aun así, el recuerdo de su voz cavernosa, del placer disfrutado, seguían presentes y cualquier orgasmo que tenía no podía evitar contrastarlo con el que me arrancó el pervertido al teléfono.
Me masturbaba a diario, en posiciones cada cual más estrambótica, penetrada con los objetos más inverosímiles, estimulando zonas corporales antes ignoradas. Incluso adquirí un dildo con la esperanza de obtener un placer similar al de aquella mañana. Fue inútil: me confirmé que nada era comparable a su voz honda y su risa evocadora entretejiendo mi imaginación.
Mamá había acudido aquella tarde para enseñarme a coger el bajo a varios pantalones.
—A tu edad sabía bordar y coser cualquier cosa. Hasta nos arreglábamos nuestros vestidos.
—Mamá, hace treinta años era lo único que podíais hacer.
Mi madre sonreía, se subía las gafas de pasta por el puente de la nariz y volvía a concentrarse en las puntadas. Insistió en traerse la máquina de coser pero no quise: pesaba demasiado para ella.
Mamá se inclinaba para estudiar cada poco mi trabajo:
—Fíjate bien, Cristina, puntadas cortas, parejas, rectas. Me estás haciendo una escabechina que luego tendré que descoser yo. Una mujer que no sabe coser… ¡a dónde vamos a llegar!
Llamaron al teléfono. Hacía pocos días que había comprado un inalámbrico y tardé unos segundos en acertar con la tecla de descolgar.
Más me hubiese valido no haber contestado.
—Hola, ¿eres tú?
El corazón se me detuvo. Misma voz, mismo saludo. Un escalofrío me cruzó la espalda. Mi madre notó que algo raro me sucedía.
—Nena, ¿qué pasa? ¿Quién es?
—Dile a tu madre que soy un compañero del trabajo.
Un horror indecible me sacudió los cimientos de mi serenidad. Su voz grave y honda me traspasó el pecho. El pervertido atacaba de nuevo y, sin que supiera cómo, estaba al corriente de la presencia de mi madre.
Colgué sin pensarlo.
—Cristina, ¿quién era?
Pegué un brinco en el sofá cuando mi madre posó una mano sobre mi pierna.
Antes de que me preguntase de nuevo, antes de que la preocupación que traslucía su rostro aumentase, me levanté yo.
—Era una amiga, mamá. Que no salimos hoy, fíjate.
—Mejor, hija. Seguro que sólo salís a emborracharos y buscar problemas. Y, luego, ¡ay de mí! Si es que ahora vais…
—Mamá —interrumpí—, tengo un apretón, disculpa.
Me escabullí lo más serena que pude. Sabía que, de todos modos, a mi madre no podía engañarla. Me conformaba con que se tragase que había sido una amiga la que había llamado. Lo del apretón… bueno, tenía suerte si iba dos o tres veces a la semana; qué casualidad que tocase justo ahora. Dudaba que me creyese, pero fue lo único que se me ocurrió entonces. Tenía que alejarme de ella.
Porque sabía que el pervertido de voz profunda volvería a llamar.
Me encerré en el cuarto de baño. Me senté en el inodoro. El tiempo corría mientras buceaba entre los interminables menús en la pantalla digital del teléfono. No podía permitir que el teléfono sonase de nuevo, quería quitarle el sonido de llamada. Accedí a funciones que ni sospechaba que existiesen en el teléfono, me perdí en otras cuyos nombres ni siquiera estaban en español. Mis dedos temblaban. Cada vez acercaba más la pantalla a los ojos. Sentí un sudor frío recorriendo mi espalda.
¿Cómo decirle a mi madre que un pervertido con el que me corrí días antes llamaba de nuevo?
¿Acoso? ¿Invasión de intimidad? ¿Qué más daba todo eso si, por loco que sonase, me moría de ganas por oír de nuevo su voz?
Pero no ahora, joder. No ahora, con mi madre en el salón. Elaborando millones de preguntas con las que fusilarme en cuanto volviese. No, no.
¡Maldita tecnología! Las manos me sudaban, me notaba una flojera de piernas que iba aumentando a medida que transcurría el tiempo. ¿Acaso no podía quitarse el puñetero sonido?
Por fin desactivé el sonido. Un segundo después, recibí la llamada.
—Llámame más tarde —susurré.
—Tengo una idea mejor, Cristina. ¿Qué tal si llamo a tu madre?
No sé qué me hizo pedazos mi mundo: que el pervertido dijese conocer el número de mis padres o que conociese mi nombre.
Guardé silencio. Una indescriptible sensación de desamparo me caló hondo.
—¿Cómo…?
Su risa honda y cavernosa me cubrió por completo.
—Sé dónde vives, ¿recuerdas? Tu buzón y la búsqueda de tus apellidos por la guía telefónica no me llevaron más tiempo del que tú necesitaste para reponerte del orgasmo.
—¡Calla!
Sentía mis mejillas tan encendidas que hasta me dolían. Un ardor intenso comenzó a abrasarme el pecho.
Su risa se oyó de nuevo, más grave, más siniestra, más burlona.
Aquello había ido demasiado lejos. No tenía intención de perder mi intimidad ni de involucrar a mis padres por una jodida paja. Así se lo dije, apretando tanto los dientes que me dolían las muelas.
—Escúchame, hijo de la gran puta. Olvídame para siempre, para ti estoy muerta, ¿entiendes?
El pervertido chasqueó varias veces la lengua. Incluso sus chasquidos sonaban tan graves, tan melodiosos. Se me encogió el estómago.
—Lamento mucho tu enfado, Cristina.
—¡Olvida mi nombre!
Una pausa larga siguió a mi súplica murmurada. Si lo hubiese tenido delante lo hubiera matado sin dudarlo. A medida que el silencio se dilataba, más le temía. Y llevaba razón.
—Muy bien. Obedeceré. Seré bueno. No te molestaré nunca más. Con una condición.
Suspiré mientras me llevaba la mano a la frente. Me asusté al sentirme la piel tan caliente, me miré la palma de la mano estupefacta. ¿Qué tenía su voz para afectarme tanto? Era afrodisíaca.
—Quiero que te lo metas. Quiero oírte gozar.
—¿De qué coño hablas, chalado?
—De tu consolador, claro. Estoy totalmente seguro que a una chica joven y curiosa como tú no le falta ese accesorio.
Me mordí el labio inferior hasta hacerme daño.
—Estás enfermo, loco hijo de puta. ¿Qué quieres, que me lo meta mientras mi madre está ahí fuera?
No me respondió.
Tres, cuatro segundos, cinco, seis.
—Estás tardando —dijo de repente, con voz lenta.
Esta vez me mordí la carnosidad interior de los labios. ¿Pero qué coño había hecho yo para que me torturasen de esta manera, joder?
—Espera.
Abrí la puerta del cuarto de baño manejando el pomo con delicadeza exquisita. Tenía el artilugio dentro de la mesita del dormitorio. Por suerte no tenía que pasar por el salón. En el silencio de la casa, mientras caminaba de puntillas, escuchaba a mi madre respirar y a su dedal metálico tintineando con la aguja. El cajón del mueble fue algo más complicado: requirió de movimientos quirúrgicos para abrirlo y sacar la caja sin emitir un solo sonido.
Cuando volví, aparte de cerrar la puerta del cuarto de baño, giré el pasador de seguridad del pomo. Si mi madre sospechase algo, me moriría de vergüenza. Pero, por otra parte, ¿por qué había llegado tan lejos con esta mierda? Algún interruptor en mi cabeza se activó.
—Estoy aquí —dije volviendo a sentarme en el inodoro.
—Te noto la voz más animada.
Levanté la vista al techo, resignada.
—¿Tengo que reírme? Reza para que no te encuentre, cabrón. Te mato, juro que te mato.
—Claro que sí, Cristina. Vas a tener motivos de sobra. Pero, ahora, ya sabes lo que toca.
Ya, y un huevo.
—¿Y si no quiero? ¿Quién dice que una mujer no pueda tener un puto consolador? Es el siglo veintiuno, coño. Y en cuanto a llamar a mis padres, ¿qué? ¿Y si mi madre también quiere disfrutar con tu voz? No he hecho nada malo, masturbarse no es pecado, esto no es la Inquisición, joder. ¿Por qué coño tengo que hacerte caso?
Silencio por su parte. Una sonrisa por la mía.
Inspiré profundamente; estaba sofocada pero aquella respiración honda me hizo mucho bien. De nuevo, el control de mi vida me pertenecía. Jaque mate, fin de la partida. A joderse tocan, madurito de los cojones.
—Escúchame bien, Cristina. Tienes veintiséis años, un trabajo de técnico de sonido en una emisora de radio de segundas, precario y sin esperanza alguna de progreso. Tu novio, aquel con el que soñaste casarte, fue un inmaduro rastrero. Buscas polvos ocasionales para cubrir necesidades sexuales ocasionales. ¿Por qué? Porque tienes una vida insulsa, Cristina, una vida que tú misma odias y desprecias. Mi irrupción en tu existencia te ha ofrecido una razón, una jodida y puñetera razón para seguir viviéndola. Soy la sal y la pimienta en tu insípida existencia. ¿Quién crees que disfrutará más con este juego, yo o tú? ¿Qué recordarás el día de mañana, tu lamentable discurrir de los días o las veces que te hice tocar el cielo?
Tragué saliva. Cerré los ojos y me mordí el labio superior. Notaba como varias lágrimas luchaban por precipitarse mejillas abajo.
—Vale. ¿Qué quieres que haga?
—Métetelo.
Dejé el teléfono entre mis pies. Abrí la caja. La verga de silicona rosa pareció removerse en el plástico que la acogía. Una de las pilas cayó al suelo y rodó por él. La recogí, destapé el extremo de la polla, introduje las baterías y giré el extremo hasta el tope. Retomé al pervertido que ya no me parecía tan pervertido ni yo tan inocente.
—¿Cómo lo hacemos?
En cuanto pronuncié la pregunta, me mordí la lengua. Al usar el plural, admitía mi participación, manifestaba mi complicidad. Ignoraba que iba a ocurrir. Solo sabía que iba a ser algo grande, jodidamente grande.
Su risa volvió a oírse. Dotada de multitud de matices sonoros, sus notas graves reverberaban en mi cabeza como aleteos de un ave gigantesca.
—¿Tengo que explicártelo? De verdad, Cristina, hay veces que me desconciertas.
—No, idiota. Que qué quieres que haga con todo esto.
—Lo siento, supuse que era obvio: volver con tu madre.
Se me paralizaron todos los músculos del cuerpo. Quise coger aire pero sentía como si alguien presionase mi pecho y bloquease mi garganta.
—No… no jodas. ¡Es mi madre!
Un crepitar de estática se oyó lejano. Después, un ligero zumbido. A continuación, el pervertido volvió a hablar. Su voz sonaba lejana, como si se hubiese apartado del micrófono.
—Acabo de conectar el altavoz de mi teléfono. Sugiero que hagas lo mismo con el tuyo. Mantén la línea abierta. Estaré escuchando en todo momento.
Me remojé los labios; me mordí el inferior. Tragué saliva.
Me bajé las bragas, me arremangué la falda. Me senté de nuevo sobre el inodoro y abrí las piernas.
Unté el dildo con la muestra de lubricante al agua que había en la caja. Me arrimé al borde del inodoro y abrí mis genitales externos.
Esperaba encontrarme seca y fría pero el calor que emanaba de mi vulva acompañó a la abundante humedad que bañaba mi entrada. Me sorprendió encontrarme tan dispuesta a aquella locura.
El pene entró con tanta facilidad, se escurrió en mi interior con tal rapidez, que únicamente lo sentía avanzar a causa de la diferencia de temperatura.
Un profundo gemido escapó de mi garganta.
—Nena, ¿estás bien?
—Sí, mamá, ya salgo —clamé con voz aflautada.
En cuanto la silicona adquirió mi calor, la vagina comenzó a habituarse al cuerpo extraño. Me levanté, me subí las bragas y me coloqué la falda. Di algunos pasos por el cuarto de baño.
La sensación lindaba entre la incomodidad y el placer. Hasta que vinieron las contracciones. Me doblaba y me llevaba las manos a la entrepierna, incapaz de aguantar los espasmos de mi vientre. Arrancaban pedacitos de placer a mi cabeza, cada vez más enferma.
“Doblemos la apuesta”, pensé de repente, apoyada en la pared.
Manipulé el extremo del dildo bajo las bragas. Un zumbido casi inaudible me envolvió. Las vibraciones repartiéndose por mi interior me hicieron contraer los músculos del cuello. Intenté ponerme derecha, aparentar normalidad. Pero la saliva corría ingente por mi boca, mis dedos temblaban como hojas al viento y mis piernas amenazaban con dejar mi cuerpo tirado en el suelo en cualquier momento.
Tiré de la cadena de la cisterna, y abrí la puerta del cuarto de baño. Insistí obcecada varias veces con el pomo hasta darme cuenta que había girado antes el pasador de seguridad.
La clave, sonreí confiada mientras andaba hacia el salón, era dar pasitos cortos y caminar cerca de cualquier asidero provisional por si acaso. Piernas tan juntas que pareciesen una sola. Intenté improvisar una excusa para mi estrambótico caminar, también para mi anterior gemido. Además, me era urgente domar el corazón que parecía desesperado por provocarme un infarto. Brazos bien abiertos, manos dispuestas a agarrarse a lo que fuese.
Mi madre tardó en levantar la vista del pantalón. Me miró por encima de sus gafas de pasta acercarme hasta el sofá.
—Cristina, ¿te ocurre algo?
Apretaba tanto los dientes que pensé que se me saltaría hasta el primer empaste.
—Ay, mamá, cómo duele. Creo que me he roto el culo.
Mi madre sonrió, se levantó y me ayudó a sentarme en el sofá.
—¿Te tomas los comprimidos de fibra después de comer?
Afirmé con la cabeza. Un suspiró escapó de mis labios al sentarme. El consolador presionaba con fuerza sobre mis paredes y el ronroneo vibrador me hacía añicos cualquier esperanza de controlar una sonrisa que pugnaba por dibujarse en mi cara.
—¿Cuánto tiempo?
Miré a mi madre extrañada. No comprendía su pregunta. Bastante tenía con interpretar una inflamación anal, ocultar los efectos de una verga taladrando mi coño y borrar la estúpida sonrisa de mi cara. Dejé el teléfono en la mesa a nuestro lado.
—¿Desde cuándo no vas al servicio?
—Unos días. Pero deja eso, mamá, sigamos cosiendo, anda.
Me removí en el cojín, el dildo me estaba torturando incansable, inagotable. Tomé la aguja entre los dedos. Me asusté al verla vibrar; pensé que si el consolador se movía así en mi interior, tarde o temprano iba a estallar y gritar desaforada.
—Toma, Cris, enhébrame este hilo que ya casi no veo.
Mamá me extendió el hilo. Traté de agarrarlo varias veces, pero era una empresa imposible. Manoteé en el aire varias veces, parecía estar espantando moscas. Me notaba las axilas chorreando, el sudor me bañaba la espalda por completo, incluso notaba las gotas de sudor correr por mis sienes.
Mi madre se asustó al ver mi patética actuación. Me tomó una muñeca con determinación.
—¡Dios de mi vida, hija mía! ¿Tú sabes la fiebre que tienes, chiquilla?
Me hizo levantar y me dio la vuelta. Ahogó un gemido al ver mi espalda húmeda.
Tomó el teléfono y marcó con rapidez.
—Ahora mismo llamo a urgencias, que nos traigan una ambulancia.
No podía pensar, el placer era inabarcable. Era tan inmenso que desbordaba. Solté un chillido tan intenso que mi madre me miró atónita. Tras unos segundos, apartó el teléfono de su oreja.
—Hija, ¿pero qué es esto? Hay alguien riéndose al teléfono.
Me solté de su mano y caí al sofá. Gemí tan hondo y fuerte que mamá cayó de espaldas sobre el sofá. Se cubrió la boca abierta de par en par cuando me subí la falda y alcé una pierna en el aire.
—¡Mamá, que me corro, joder, que me estoy corriendo!
Me saqué el consolador y lo tiré al suelo. Botó sobre el parqué. El bicho se revolvió como una anguila, vibrando, reptando, manchando el suelo con su húmedo recubrimiento.
Azucé mi sexo. Mis dedos emborronaron mi botón. Chillaba y clamaba al cielo. Aquel orgasmo era inigualable. Todo mi cuerpo participó, espatarrado en el sofá, revolcándome en mi propio placer. Solo existía yo y mi orgasmo, nada alrededor mío, todo eran luces multicolores bajo mis párpados. Grité y aullé hasta dolerme la garganta. Jamás sospeché que tanto goce podía desparramarse por mi cuerpo; bombas de éxtasis estallaban al unísono en mi cabeza.
Fue solo tras un largo momento que pude regresar a la realidad.
Mi madre me miraba del revés, tan pasmada, tan quieta. O quizá era yo la que estaba cabeza abajo.
—Mamá, ¿te quedas a cenar?
No respondió. En su lugar, dirigió su mirada hacia el consolador; había alcanzado la esquina de una pared y su zumbido revolucionado repiqueteaba en el parqué.
—Te lo puedo prestar. Te enseñaré a usarlo.
Y vosotros/as, ¿alguna vez habéis llegado hasta estos extremos como Cristina al hacer una locura?

lunes, 5 de marzo de 2012

La llamada de un pervertido


—La llamada de un pervertido—

—Hola, ¿eres tú?
El teléfono había sonado varias veces. En la pantalla digital del teléfono de sobremesa parpadeaba: “Privado”. Había dudado si descolgar o no. Estaba atareada, haciendo la cama. Al cabo de cinco timbrazos, terminé por descolgar, enredarme con el cable, y, tras un “¿Dígame?”, escuché una voz grave, profunda que me hizo la pregunta. Tardé unos segundos en responder.
—Disculpe, ¿por quién pregunta?
Una pausa. Y luego, una risa subterránea. No relacioné esa risa con ningún familiar ni amigo. No sonaba agresiva ni burlona. Era una risa que parecía acariciarme el cuerpo entero, hasta mi piel vibraba. Trabajo como técnica de sonido en una emisora, adoro la voz humana.
—Pregunto por ti, claro.
Instintivamente, me ceñí la bata alrededor de mi cuerpo. Imaginé a alguien al otro lado de la línea, un hombre maduro por el extremadamente grave timbre vocal, divirtiéndose con la broma, disfrutando de mi sorpresa.
—No me interesa, gracias —respondí como cualquier otra llamada comercial.
—¿No te interesa? Aún no me has dejado…
Colgué sin escucharle.
¿Quién era? ¿Por qué a mí?
Intenté acallar mi curiosidad, pero el mal estaba hecho. Mi cabeza empezaba a hacerse preguntas. Sabía que debía acallar esa vocecita interior que me preguntaba qué estaba ocurriendo.
Doce segundos. La duración de la llamada parpadeó varias veces en la pantalla digital antes de ser sustituida por la hora: las nueve y cuarto. Me pregunté quién era el estúpido que se dedicaba a llamar a un número al azar la mañana de un martes cualquiera.
Un perturbado en potencia, eso era; si le hubiese dejado continuar habría escuchado su respiración entrecortada mientras se masturbaba. No me cabía duda de que eso era lo que perseguía el demente al otro lado de la línea. Habría probado con varios números, contestándole hombres o mujeres maduras. Cuando respondí yo, inició su juego. ¿Me había parecido oír una bragueta abriéndose mientras se reía? Quizá, bien pudiera ser. Quizá estuviese ya desnudo, preparado.
Mal asunto. Empezaba a barruntar sobre él y la llamada. Mi cabeza empezaba a imaginarse cosas, mi curiosidad innata había iniciado todo esto. Menudo cabrón.
Sonreí. Al menos, había sido algo nuevo; había que mirar las cosas por el lado positivo. Me había llamado un pervertido a las nueve y cuarto de la mañana, pero también había experimentado un momento de curiosidad, de incertidumbre. Bien, una nueva experiencia. Ya está. Era hora de hacer las tareas de la casa.
Pero no me moví del teléfono.
Casi, sin saber por qué, deseé que aquel degenerado llamase de nuevo. Me encantaría volver a escuchar su voz. Rica en matices, renqueante, sensualmente profunda. Lástima que fuese la voz de un marrano.
Me sorprendí mirando fijamente el teléfono de sobremesa, esperando oír la señal de llamada. Porque (y ahora lo tenía claro) no había motivos para no confesar lo obvio: quería que llamase otra vez.
Esperé. Me crucé de brazos. Escuchaba en la quietud de la casa el golpeteo lejano del segundero del reloj de la cocina. Recordé que tenía que bajar a hacer la compra, luego ir al banco a ingresar la cuota de la comunidad. Asocié el dinero con la jornada de trabajo de la tarde; tenía que ducharme, peinarme. También tenía que llamar a la peluquería, las raíces comenzaban a notarse demasiado. Tenía que hacer mil cosas por la mañana, pero seguía aquí plantada, mirando el teléfono. La pantalla digital mostraba las nueve y media.
El teléfono sonó de nuevo. Sentí un pinchazo en el pecho, un estallido de adrenalina, un retumbar de latidos. “Privado”. Descolgué. El teléfono se me escurrió de mis dedos, hice malabares en el aire, al final lo agarré del cable rizado, tiré de él, alcancé el auricular y me lo llevé a la oreja.
—¿Hola?
—¿Ahora respondes con un “hola”? Qué graciosa.
Me mordí el labio inferior. Qué tonta soy. Punto para él.
Su voz era profunda, dos o tres octavas inferior a la de cualquier voz que hubiese oído antes.
—¿Quién coño eres?
Su risa inundó la línea telefónica. Esta vez duró varios segundos o me pareció que duraba más que antes.
—¿Quién crees que soy?
—Un marrano, un pervertido —contesté sin dudarlo.
—¿Un pervertido que te llama un martes por la mañana?
Me senté en el sofá que tenía al lado, las piernas me temblaban, también necesitaba apoyar el brazo con el que sostenía el teléfono. Su voz parecía trascender el auricular. Nadie podía tener una voz tan grave y sensual y, a la vez, ser un pervertido. Pero él quiso serlo:
—Vale, seré un pervertido.
—Pero no lo eres.
—Lo seré si tú quieres.
Su voz era pausada. Poseía una resonancia fuera de lo común. Pero también era suave, melodiosa, como la de un tenor. Era una voz tan sensual como electrizante.
Me abrí la bata, los sofocos me estaban acalorando. No tenía sentido negar lo evidente: su voz me agradaba.
—¿Cómo vas vestida?
—No te importa.
—¿Cuántos años tienes?
—Tampoco te importa —respondí algo reticente. No quería darle ninguna pista acerca de mí— ¿Cuántos años tienes tú?
—Cincuenta y seis.
Fruncí el ceño pero luego tragué saliva, aceptando el dato como cierto. Su timbre era grave, su tono era tranquilizador: bien pudiera estar diciendo la verdad. Los pervertidos no tienen edad, todos tenemos uno oculto. Pero, aun así, me sorprendió estar hablando con un desconocido que me sacase más de treinta años.
—¿Estás sola?
—Puede que no.
Una pausa dilatada. Escuché su respiración calmada. Incluso aquel crepitar sordo, era sensual.
Siguió sin hablar. ¿Estaría echándose para atrás? Mis respuestas eran demasiado imprecisas. Si quería seguir oyéndole, debía ofrecer algo a cambio. Él me había dicho su edad, parecía un trato justo. Y su voz era tan divina…
—Sí, estoy sola.
—¿Sabes lo que tengo en mi mano derecha?
Tu polla. Con tu mano agarras tu polla. Te estás pajeando a mi costa, imaginándome desnuda, cabrón degenerado; esbozando en tu retorcida mente formas exuberantes, agregándome atributos imposibles. Pero no puedo culparte: yo también me imagino tu miembro erecto. Grande, grueso, de proporciones irreales.
Mi imaginación navega desbocada.
Paso mi lengua por los labios, los noto hinchados y calientes.
—¿Qué tienes en tu mano derecha? —pregunto con un hilillo de voz.
—Es tan grande…
Claro que sí. Enorme, surcada de venas. Un glande sonrosado, brillante. Tus cojones brincan con cada sacudida.
Doy un respingo cuanto me noto la otra mano sobre mi vientre. No sé cómo ha ocurrido, mi imaginación ha tomado el control de mi cuerpo. La aparto, la poso en el cojín del sofá. Pero luego la vuelvo a colocar donde estaba, aunque más abajo, sobre la cinturilla del pantalón del pijama. ¿Por qué no? Me estoy excitando. Solo veo en mi cabeza su polla dura, su mano empuñando un grueso tallo, frotándola con ritmo creciente. Cierro los ojos, notando mi sangre bullir.
—¿Te estás tocando? ¿Estás imaginándome desnuda?
—Al igual que tú.
Un calor intenso me abate el pecho. Suspiro profundamente. ¡Qué hijo de puta! ¿Cómo habrá adivinado mis intenciones? Mi mano se escabulle dentro del pantalón, busco mi entrepierna. Noto un calor húmedo brotando de mi sexo. No puedo remediarlo, es más fuerte que yo. Pellizco mi pubis, un ramalazo de placer me recorre la espina dorsal, me remuevo en el sofá. Abro las piernas, me arrellano en el respaldo.
—Háblame —pido cuando pasa el tiempo sin escuchar más que su respiración ruidosa. Me he dado cuenta que su voz no me agrada. Me excita. Me incita.
—Ayer me encontré con mi vecina en el ascensor.
—¿Cómo es ella?
—Es como tú.
Una satisfacción inexplicable me hace sonreír. Acaricio mi sexo, noto las primeras humedades chasquear. Suspiro extasiada, no sé si por el frotamiento al que someto mi coño o por la imagen que se ha formado en mi mente: yo en el ascensor, con él a mi lado. Un hombre maduro, sonrisa enigmática, pelo alborotado y plateado, mirada penetrante, voz grave y ronca.
—¿Qué sucedió?
—Llevábamos tiempo esperando aquella ocasión. Detuvimos el ascensor.
—Sigue.
—Nos miramos. Dimos vueltas dentro del habitáculo, uno alrededor del otro, observándonos, midiéndonos.
—Os enganchasteis.
—Como dos fieras. El ascensor tembló cuando la empujé, cuando te empujé sobre una esquina.
Sonrío, me noto salivar en abundancia. A la vez, hundo varios dedos bajo la braga, sorteo mi vello ensortijado, accedo a mi hendidura. Mi humedad aflora. No pienso en lo que hago, no quiero pensar, sólo imaginar. Deslizo los dedos arriba y abajo, anegando mi vulva con los primeros fluidos. Luego me llevo los dedos a la boca. Noto varios pelillos rizados en mis labios. Degusto mi excitación, mi placer licuado. Trago saliva varias veces.
—Mientras te comía la boca, fui desabotonando tu blusa.
Mi placer sube de repente, un espasmo me sacude la espalda. Aprieto los párpados, sus palabras, hondas y pausadas, me dan margen suficiente para recrear mi fantasía.
—Llevaba aquel sujetador que tanto te gusta —continúo de repente yo.
Mis palabras me excitan. Sentía la necesidad de entretejer mi voz en la historia. No me detuve a pensar qué decía, hablaba mi placer, mi ansia. Escabullo la mano bajo la camiseta del pijama. Amaso mis pechos, encuentro mis pezones duros, afilados.
—Hundiste la cara entre mis pechos, besaste mi piel, deslizaste el sujetador sobre mi torso, lamiste mis pezones.
Débiles espasmos en el pecho y las caderas se sucedían a medida que torturaba mis pezones.
—Me sujetaste la cabeza, hundías los dedos entre mi cabello, presionaste mi cara sobre tus pechos. Bajé una mano por tu vientre, palpé tu piel candente, el deseo te hacía retorcerte.
Era justo así. Notaba pequeños temblores en mi cintura, daba pequeños respingos sobre el sofá mientras pellizcaba mis pezones. Me era sorprendentemente fácil imaginar su gran mano abarcar mis curvas, escabulléndose bajo mi falda.
—Me arremangaste la falda, tu mano se ahuecó sobre mis bragas. Arañé tu cuero cabelludo mientras me mordías los pezones inflamados.
—Llevabas tiempo fantaseando con mi pecho velludo y bronceado. Me empujaste al otro extremo del ascensor, las paredes temblaron de nuevo. Me arrancaste la camisa, los botones saltaron y rodaron por el suelo.
—Besé tu pecho, apresé entre mis dientes tu vello espeso, lamí tus tetillas. Gemías y me agarrabas del pelo. Me tiraste de él y llevaste mi boca hacia la tuya. Mi saliva te encendía, mi lengua te quemaba.
Mis dedos descendieron de nuevo, esta vez hacia el interior de mis bragas. El horno encharcado que me encontré allí derretiría hasta el hielo. Mis dedos repartían las humedades por los intersticios labiales y apelmazaban el vello púbico.
—Tus manos desabrocharon mi cinturón, bajaron los pantalones. Tu boca apresó mi verga a través de los bóxer; lamiste su longitud, desesperabas por tenerla en tu boca.
Ligeros temblores en mi pubis me indicaron que el orgasmo llamaba a mi puerta. Aferré el teléfono con una mano mientras con la otra prodigaba urgentes caricias a mi motor revolucionado. Contraigo los abdominales, me preparo para los espasmos. Cantidades ingentes de saliva se acumulan en mi boca, trago a la máxima velocidad que me deja mi respiración.
—Me deshice de la prenda. Tu polla mostraba un esplendor divino. Grande, gruesa, mis manos no alcanzaban a rodearla. Su dureza… su dureza…
Me fue imposible continuar. Gemí sin contenerme. Todo mi cuerpo se tensó, oleadas de placer sacudieron mi vientre. Apreté los dientes, azuzando con ráfagas veloces mi clítoris, dilatando la marejada de placeres. La saliva se me escurría por las comisuras, mis manos zumbaban, mis dedos desfallecían. Y, aun así, la voz grave y sinuosa del pervertido maduro me torturaba sin piedad.
—La dureza de mi polla te sobrecogió. Tus dedos dibujaron caricias, tus uñas arañaron sendas, tu lengua estampó su sello húmedo.
Su voz tenía el don de la melodía. Se sincronizaba perfectamente con mis contracciones abdominales. O quizás era yo quien acoplaba los embates de mi corrida al ritmo de sus palabras. El placer me inundaba sin descanso. Gemía, murmuraba, siseaba, el orgasmo era inacabable. Su voz no se detuvo, continuó espoleando mi imaginación, alargando mi agonía.
—Engulliste hasta donde tu boca pudo tragar. Tu saliva bañaba mi glande, tus manos estrujaban mis cojones. Lamías, arañabas, succionabas. Tu ímpetu era arrollador, no pude postergar por más tiempo mi corrida. Mi semen inundó tu boca. Los trallazos eran desmesurados. Me vacié por completo en tu interior, tragabas cada gota de mi esencia, tu garganta se afanaba incansable por deglutir cada eyaculación, cada inyección de mi néctar…
—Detente, para ya.
Necesitaba un descanso, me sentía todo el cuerpo baldado y sucio. Los ecos del orgasmo aún se manifestaban en un rilar de piernas incontrolable. El corazón me retumbaba, las sienes me palpitaban, sudaba generosamente.
—Tengo que reponerme —supliqué. Lamí las puntas de mis dedos cubiertos de mis humedades tibias. El sabor de una corrida es tan delicioso como adictivo. Pero mi cuerpo clamaba reposo. No estaba acostumbrada a tanto placer desbordado. Era increíble lo rápido que aquel hombre había conseguido en tan poco tiempo con su voz. Pero también debía admitir lo rápido que había sido yo en sumergirme en su historia. Lo tenía claro: su voz era mágica.
—Has disfrutado —susurró lentamente.
Sonreí mientras me rebañaba los dedos. El desconocido había interpretado con certeza mis gimoteos. Una risa confortable me salió de los labios. Él también se rió, con su risa honda, enigmática. ¿Sabría que su voz me estremecía hasta el alma? Aun distorsionada por la señal telefónica, su timbre grave me hacía burbujear la sangre.
Llamaron a la puerta. El timbre musical se oyó lejano. Era chirriante en comparación con su voz.
—Tengo que dejarte.
—¿De verdad tienes que hacerlo?
Su pregunta llegó tras una breve pausa. Seguía siendo calmada, suave. De repente, recordé que en ningún momento había notado diferencias de velocidad en su voz durante la conversación. No era posible que alguien se corriese sin afectar a su respiración, sin que trasluciesen los embates de los espasmos musculares. Una duda me poseyó.
Sonó de nuevo el timbre de la puerta. Ahogué el micrófono del teléfono con una mano y respondí con una voz.
—¡Ya voy!
Manoseé el teléfono con ambas manos. Quise saber la respuesta a mi duda.
—¿Te corriste?
Su risa nasal me acarició el oído con su timbre resonante. La ausencia de respuesta por su parte me confirmó mi duda:
—Ni siquiera te estabas tocando, ¿verdad?
Se rió aún más. Su risa adquirió un tinte burlón, inteligente, artero. Me respondió al cabo de unos segundos. Pero, en ese momento, llamaron de nuevo a la puerta.
—¡Que ya voy, joder!
Cuando volví a colocarme el auricular en la oreja, sólo alcancé a escuchar el final de su respuesta.
—… ascensor, ¿importa eso?
Luego colgó.
Escuché el tono monocorde del teléfono y después miré el auricular unos instantes.
Me levanté del sofá. Las rodillas me crujieron, mis piernas amenazaron con sacudidas: la tensión experimentada aún me pasaba factura. Al asomarme por la mirilla de la puerta, no vi a nadie en el pasillo. Estiré el elástico de las bragas sudadas sobre mis nalgas, ceñí la bata y abrí la puerta.
Me asomé al pasillo y no había nadie.
Antes de cerrar, me percaté de la nota que había sobre el felpudo. El anverso estaba en blanco. En el reverso, con pulcra caligrafía, estaba escrito:
“Hasta la próxima vez que coincidamos en el ascensor”.

jueves, 1 de marzo de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (2/3)



Carmen caminaba algo apartada del grupo mientras se dirigían desde el colegio hacia el bar. Aquel viernes no tenía ganas de hablar. Se sentía cansada, le dolía todo. Se sentó con sus amigas en la terraza del bar casi por inercia. Dejó cazadora de su hijo en su regazo y la abrazó, aferrándose a ella como un salvavidas.
—Carmen, ¿me escuchas?
Carmen volvió la cabeza, aturdida, hacia Sonsoles. Luego se dio cuenta que el resto también la miraba, incluso el camarero, que mantenía su bolígrafo en el aire junto a la libreta.
—Carmen, ¿dónde estás, mujer? ¿Quieres tostada con zumo o un ocho de crema?
—No tengo hambre.
—Tostada y zumo para ella —pidió en su lugar Sonsoles al camarero. Éste anotó el pedido y marchó con la lista completa del grupo de madres.
Carmen quiso retraerse de nuevo en su interior. Lamentaba no haberse dado cuenta que aquel día era viernes y tocaba reunión. El peor día para acompañar a su hijo al colegio. Ahora tendría que enfrentarse a sus amigas. El ataque, tal y como imaginaba, no se hizo esperar. La verdad es que, se dijo, no tenía por qué quedarse a tomar un café.
—Carmen, cielo, ¿qué te ocurre?
—Nada, nada. La verdad es que tengo prisa, este fin de semana nos vamos al pueblo y tengo que preparar…
Matilde la agarró del brazo en el momento justo en que pensaba levantarse de la silla. El gesto la pilló por sorpresa, Matilde parecía haber adivinado sus intenciones. No pudo mantener su mirada y tuvo que bajar la suya.
—Cuéntanos, Carmen.
—No, de verdad. Tengo prisa y…
Matilde la apretó la muñeca en el momento en que llegó el camarero con sus pedidos. Todas se mantuvieron en un silencio espartano. Incluso el camarero, que las conocía demasiado bien, se apresuró a servir cafés, tostadas, zumos y bollos lo antes posible, se sabía extraño en la conversación.
Cuando quedaron solas, mientras se iban pasando unas a otras servilletas para dar cuenta del desayuno, el silencio continuó. Matilde, por encontrarse junto a Carmen, fue la encargada de ocuparse de su tostada. Untó la mantequilla y la mermelada y le tendió una servilleta.
—Cuéntanos, Carmen. Estoy segura que, entre todas, sabremos darte buenos consejos o, por lo menos, te escucharemos atentas, ¿verdad, chicas?
Todas asintieron.
—Es que es algo cochino…
—No temas, querida —dijo Socorro mirando luego a Neus—. Estamos curadas de espanto. Apuesto a que es otra fantasía sexual satisfecha.
Todas sonrieron, recordando el relato de Neus el viernes anterior. La aludida se sonrojó y tragó con dificultad el trozo de bollo.

—El relato de Carmen—

Yo creo que todo empezó con esa revista. Era un folleto de un supermercado, grueso y de hojas finas, lleno de ofertas del tres-por-dos y promociones, de esos que te manchas los dedos al pasar las hojas. Fausto, mi marido, por lo general no leía los folletos, era yo la que hacía las compras, él solo se encargaba de llevarme en coche los sábados por la mañana al súper y luego le aguantaba mientras se iba enfurruñando más y más a medida que íbamos con el carrito de pasillo en pasillo. Por esto no entendí la razón que le llevó aquel sábado a detener el carrito frente a la sección de máquinas de gimnasio. Se plantó frente a un aparato para hacer abdominales que estaba en promoción, se sacó una hoja del bolsillo, la desdobló y comparó la foto de la hoja con el cacharro. Reconocí la hoja como la portada del folleto. Sin dudarlo, cogió la caja del estante y la metió al carrito.
“Es para hacer ejercicio, que me noto la barriga de la treintena”, respondió cuando le miré totalmente perpleja. Ni por asomo había imaginado que Fausto se preocupase por su barriga, a mí al menos no me lo había dicho. No digo que tenga mucha, algo tiene, la clásica curva de la felicidad, que diríamos todas, yo ya me había acostumbrado. “A ver cuánto te dura la tontería”, le dije. Cuando llegamos a casa, ya se había olvidado del cacharro, le tuve que recordar que era algo que había comprado él y que si no iba siquiera a abrir la caja, que lo devolviese. Se enfadó conmigo, claro. Creo que le sentó mal.
El caso es que, a partir del día siguiente, todas las noches, antes de acostarse, se hacía tropecientas abdominales con el cacharro. Yo no pensaba que fuese a durarle tanto la tontería pero supongo que le había herido en su orgullo y, por eso, no cejó en el empeño. Al cabo de tres semanas, su barriguilla había menguado y comenzaron a resaltársele los bultos de los músculos. Yo debería haber estado feliz de tener un marido que se preocupase de su figura pero, como dije, ya me había acostumbrado a su curva de la felicidad. Cada noche ocupaba más y más tiempo en esculpir sus abdominales, le robaba tiempo al único momento del día en que lo solía tener para charlar, hablar de nuestras cosas y hacer el amor. Tras salir de la ducha, se excusaba en que estaba muy cansado y se dormía en un santiamén. Pero eso no fue lo peor.
Fausto comenzó a mirarme mal. Nunca me lo dijo a la cara y yo tampoco le presioné para que me lo confesase, y no, no eran paranoias mías. Ya sé que no tengo un cuerpo escultural de esos que lucen las niñas de ahora, todo tetas y culo y lo demás esmirriado como alambres, me da grima verlas la cara chupada, las costillas hambrientas y las piernas finas como palos. Sé que Fausto me miraba mal por mi cuerpo; la barriguilla, las cartucheras, la piel de pollo… pero es que yo no me preocupo por lo que se ve y mi marido empezaba a juzgarme por ello. Alguna vez dejó caer, en una conversación robada de sus ejercicios, que mi figura era un botijo; lo dijo entre bromas, y yo sonreí como una lela, más contenta porque charlásemos que por insultarme. Lo cierto es que Fausto tenía una tableta riquísima pero no la compartía con nadie más que con él mismo, alguna vez le pillé mirándose al espejo, orgullosísimo de su vientre escultural.
Desde entonces, cogí yo también la manía de mirarme ante el espejo. Teníamos uno en el pasillo de nuestro dormitorio y, cuando él estaba en el trabajo y el nene en el colegio, me desnudaba y me pasaba horas delante del espejo mirando mi cuerpo. Reconozco que me obsesioné, pero no caí en el mismo círculo vicioso que Fausto (“no estoy demasiado fuerte, aún no, un poco más”). Me encantaba mirarme al espejo y, como no podía mirarme por detrás, me compré otro que coloqué a mi espalda y que guardaba en el cajón de la tabla de planchar. Me veía por todos los lados, en todos los recovecos. Fausto no me hacía el amor desde hacía semanas y supongo que necesitaba mimarme ya que nadie me parecía hacer caso. Fue como un revulsivo contra mi falta de sexo, de cariño.
Me vestía para aquellos momentos, me maquillaba, me arreglaba solo para mí. Me colocaba entre los dos espejos y comenzaba a desnudarme. Lentamente, ejecutando una danza suave y erótica, me iba despojando de la ropa, regalándome piropos, besando mi imagen reflejada. Día a día, mientras Fausto continuaba desarrollando unos exorbitados abdominales, yo iba desarrollando mi particular baile solitario. Cada día me gustaba más y más y, como es natural y por la falta de sexo conyugal, terminé por, una vez desnuda, empezar a tocarme. Acercaba los dos espejos a la cama y me retorcía ante mi imagen desnuda, explorando mi interior y acariciando mis curvas con rotundo y sincero apasionamiento. Fui desarrollando una oscura versión de mí misma, la de una zorrita encantada de darse placer a sí misma. Estaba profundamente enamorada de mi cuerpo y de mi versión oscura.
Pero llegó un momento en que, cansada de masturbarme para mí, ansié que otros disfrutaran de mi vena exhibicionista. Ambicionaba conseguir los suspiros y anhelos de los demás. Ya no me bastaba con mis piropos y mis soeces comentarios ante el espejo. Quería el de los demás, suplicaba sentirme deseada por otros. Y entonces, por ironías de la vida, la solución llegó de manos de mi marido. Una noche comentó que los compañeros de la oficina se iban a un local de striptease a celebrar una despedida de soltero. Se rió de ellos y continuó haciendo abdominales. No me costó nada encontrar en internet, al día siguiente, tras mi sesión matutina de contemplación y masturbación, una lista de locales de striptease en la ciudad. Sin pensármelo dos veces, llamé al que tenía más lejos de casa. Quería trabajo y, aunque al principio se negaron alegando no sé qué de que sólo trabajaban con profesionales, insistí y al final accedieron a hacerme una prueba.
Me convencí que necesitaba demostrar mis dotes exhibicionistas, fue lo que me dio fuerzas para presentarme en aquel oscuro garito una mañana. El local estaba vacío, varias señoras de la limpieza estaban fregando los suelos, algunos hombres fumaban en la barra y una mujer parecía ensimismada en varios libros y una pila de facturas en una mesa. Me acerqué a los hombres y le dije al que parecía más serio que venía por la prueba. Me miraron de arriba a abajo con ojo crítico, desnudándome con los ojos, se removieron en sus butacas y calibraron mis interioridades. Me excité ante sus miradas lascivas y supe, desde ese momento, que mis temores eran infundados, les resultaba atractiva. Pero, al fin y al cabo, eran hombres y su instinto de copulación guía sus pensamientos; necesitaba la aprobación de las mujeres, si ellas se excitaban conmigo, habría triunfado. Por suerte, la mujer enterrada en libros y facturas parecía la jefa de todo aquello ya que me dijo que me sentara en su mesa con su acento argentino. Eso hice.
“Algo tenés ganado porque esos de ahí no se ponen burros con cualquier piva”, comentó tras mirarme fijamente. Me pidió que le hablase de mí. Me inventé una vida totalmente distinta a la que tenía. Era huérfana, sin familia, algo puta y me encantaba ser y verme como una zorra. En ningún momento la mujer sonrió ni asintió, se limitó a escucharme con cara aburrida o agobiada. Tenía una mirada cansada, ojeras de insomnio o de trasnochar frecuentemente. La verdad es que me divertí inventando aquella historia fantasiosa, incluso mientras la contaba me iba excitando. “ Buhe, dale”, me interrumpió, “, subí ahí arriba y demostrá lo que sabés hacer”.
Fue como mi alternativa, tal que si mis bailes entre los dos espejos hubiesen sido capeas de pueblo y aquello fuese la prueba de fuego. Me subí al estrado, una tarima circular. “Ponlá música, a ver si tené ritmo”, dijo la mujer al barman que estaba tras la barra fregando. Comenzó a sonar un chunda-chunda machacón y estridente, se encendieron los focos que había en el borde de la tarima y el espectáculo dio comienzo. La luz me cegaba al incidir directamente sobre mí y la música me hacía daño sólo de oírla. Algo coartada, empecé a desperezarme, a moverme al son de aquella sucesión de acordes estrepitosos de música electrónica. Los focos, al principio molestos, los encontré luego prácticos porque me impedían ver a los demás. Y así, concentrada en mi exhibición, me dejé llevar por el ritmo arrebatador.
Una barra surgía del centro de la tarima hasta el techo, me balanceé y la usé para apoyarme, descalzarme y arrojar mis zapatos lejos, más allá del muro de luz. Me dejé llevar por la música, convertí mis brazos en marionetas de los machacones acordes electrónicos. La falda me impedía moverme con la libertad que necesitaba y fue la primera prenda de la que prescindí. Vestida entonces solo con la blusa y la ropa interior, agarrada a la barra, restregué mis manos por todo mi cuerpo, me encantaba dejarme llevar en mis refriegas por el ritmo ensordecedor. Agobiada por los calores del baile, comencé a sudar y a necesitar estar más aireada, más ligera. La blusa fue mi siguiente prenda en caer y volar más allá del muro de luz de los focos. Me sentía genial, ya sólo vestida con mi sujetador y mis braguitas, estrenados aquella misma mañana. Dí vueltas y más vueltas alrededor de la barra mareándome, me contorsionaba hasta dolerme las articulaciones, pero me encantaba todo aquello. No sabía qué tal lo estaba haciendo pero me sabía observada, mirada por al menos media docena de hombres y tres mujeres y no pensaba en otra cosa que en pasármelo bien y dar rienda suelta a mi espíritu gamberro y putón.
Fue esa intención, la de gozar de aquel momento, la que me impulsó a desabrocharme el sujetador y lanzarlo también lejos de mí. Mis pechos despendolados, botando al son de mis brincos y meneos, me arrancaron destellos de placer. Me los amasé y oprimí con pasión, dulce a veces, ruda otras. Mis pezones erectos arañaban la palma de mis manos, un subidón de energía me recorría las extremidades y me dejaba llevar por la música y el erotismo marrano que me desbordaba. Estaba descontrolada, me dejaba llevar por mis instintos, eran más fuertes que mi razón, que la música, que todo. Me quité las braguitas y también las lancé lejos, al fondo de mis inhibiciones, al fondo de toda una vida de rectitud moral, de apariencias, de opresiones.
Descarrilada, sin poder aguantarme, comencé a frotarme el sexo. Refregaba mi entrepierna con ímpetu, ayudada por mis muchas humedades. Acuclillada, con un brazo en alto sujeto a la barra y bien abierta de piernas, apoyé mis nalgas en el frío metal y hundí varios dedos en mis cavidades, gozando de los placeres más primitivos, más atávicos. Gemí y chillé enrabietada porque el ritmo del chunda-chunda era demasiado lento para mis penetraciones, para mis manoseos guarretes.
De repente, la música cesó y los focos se apagaron. Pero, ¿qué pasaba? Ay, Dios, no les ha gustado mi número, pensé. Cuando al fin me acostumbré a la penumbra del local, me encontré con decenas de cabezas arracimadas junto a la tarima. Muchos, eran muchos. Hombres y mujeres de rostros enrojecidos, de caras sonrojadas, sudorosas. Ojos como platos, boquiabiertos, lamiéndose los labios resecos, haciéndose cosas entre las piernas. Oh, Dios, cómo disfruté de aquel momento, de aquel instante de gloria. Alrededor mío decenas de ojos fijos en mi cuerpo desnudo, en mi piel enrojecida, en mis pezones endurecidos, en mi sexo encharcado. Si no fue un orgasmo lo que me sacudió el cuerpo entero al sentirme tan deseada, tan venerada no sé qué fue pero jamás lo olvidaré. Fue como una explosión de placer concentrado, como si, por unos segundos, el universo entero girase alrededor mío.
La mujer, la jefa del local, se abrió paso a empujones entre la muchedumbre. Estallaron los aplausos. Gritos, silbidos, piropos, marranadas, estaba en la gloria. No había forma de llegar hasta la tarima pero ella lo consiguió a base de codazos y malas maneras. Estaba que echaba humo, una cara de mala hostia le nublaba la vista, un ceño fruncido arrugaba su frente, era la única con cara de disgusto. Me cogió del brazo y me sacó a rastras. Decenas de manos me tocaron, me palparon cuando me arrastró lejos, cientos de dedos me pellizcaron, aferrándose a mis pechos, abrazándose a mis nalgas, arañándome las piernas. Algo de miedo sí sentí, agobiada por la turba enloquecida, pero la jefa imponía, chillaba y me arrastraba con sus zarpas.
—Vos no sos bailarina ¡Sos puta!
Me llevó hasta la salida y me tiró mi ropa y mi bolso. Ofendida no quedé, claro, porque razón no le faltaba a la mujer.
Aquella noche, Fausto, como siempre, sacó el cacharro de hacer abdominales. Poco le duró la tanda de ejercicios. Comencé a contorsionarme delante de él, a moverme tal y como hice aquella mañana en el local. En mi cabeza escuchaba el chunda-chunda y al cerrar los ojos, el muro de luz me cegaba. Poco duró también mi baile. Me cogió de la cintura y me arrastró hasta la cama, empalmado como un potro desbocado.
Lo malo es que mi marido ha vuelto a coger barriga. Cada noche ejecuto mi particular baile para él y al poco de empezar está ya más salido que un mandril en celo. Las noches resultan agotadoras, hacemos el amor hasta quedar exhaustos. Resulta que ahora está deprimido porque los pantalones que compró ya no le valen y las camisas no le sientan bien. Pobrecito mío. Suerte que todas sus penas se le pasan cada noche cuando bailo para él.

lunes, 27 de febrero de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (1/3)


Era un grupo de madres que se reunían cada viernes a desayunar en la cafetería tras dejar a sus hijos en el colegio. Habían escogido ese día por ser el último de la semana en el que tendrían parte del día libre. Luego llegaría el fin de semana y habría que lidiar no sólo con un marido ocioso, sino también con los hijos. Aquella hora escasa que se reunían a tomar un café y comer una tostada o un bollo servía como acopio de fuerzas ante la marabunta que se avecinaba y que comenzaría ese viernes por la tarde. Era su pequeño momento de relax, un remanso de tranquilidad.
Al principio eran únicamente tres. Eran vecinas y se conocían. Sus hijos iban al mismo colegio y era natural juntarse y charlar tras dejarles. Luego, gracias a que sus hijos eran amigos, llegaron otras madres. El grupo se fue haciendo más grande. No todos los viernes coincidían todas ellas, a veces no pasaban de la media docena, otras veces la superaban.
Escogían siempre la misma cafetería. Estaba cerca del colegio y, de este modo, no se privilegiaba a algunas para llegar antes a casa. El camarero, testigo de la formación y crecimiento del grupo, las esperaba todos los viernes a las nueve y media. Los días de invierno las reservaba varias mesas en un rincón cálido, los días de verano las tenía preparadas unas mesas en la terraza.
Las mujeres, de un escueto abanico de edad que rondaba entre los veintipocos y los casi-treinta, dedicaban su charla a discutir sobre si tal o cual profesor era demasiado exigente, porqué la comida había subido tanto de precio o los trucos que tenían cada una para sacar la ropa de sus hijos y maridos de la lavadora más limpia que cuando la compraron. Eran temas de conversación triviales, algunas veces curiosos, otros didácticos y los más, simple meteorología.
Todo cambió cuando llegó Matilde. No era una nueva en el grupo, hacía varios meses que asistía a las reuniones. Pero era muy callada. Se limitaba a escuchar y pocas veces dejaba caer su opinión. Algunas la tildaban de sosa cuando faltaba algún viernes, otras de tímida. Pero un viernes de inicios de mayo, cuando comenzaron a estrenar la temporada de terraza, hizo una escueta y simple pregunta aprovechando un momento de silencio.
—¿Alguna vez habéis cumplido una fantasía sexual?
La pregunta hizo enmudecer a todas. Un silencio sepulcral se adueñó del corro en torno a las mesas. El sexo era tema tabú en el grupo. Se nombraba con ambigüedad y de pasada.
Neus, una de las fundadoras del grupo, morena y delgada, enrojeció y enterró su mirada en su taza. Nadie se fijó en ella porque todas las miradas convergían hacia Matilde. Fue la propia Matilde la que notó el profundo embarazo de Neus.
—Tú sabes de lo que hablo, Neus.
La aludida se ruborizó aún más cuando sintió todos los ojos puestos en ella. Socorro, otra de las fundadoras del grupo, se atragantó al ver a su amiga tan turbada. Creía conocerla muy bien y, sin embargo, descubría que Neus tenía un secreto de esos que querrías matar por conocer.
—Es cierto, Neus, qué colorada estás. Cuenta, cuenta.
—Prometedme que nada de lo diga saldrá de aquí.
—Lo que ocurra en el grupo, se queda dentro del grupo —sentenció Matilde.
Luego paseó su mirada por las demás madres que fueron asintiendo una por una, cada cual más intrigada por lo que Neus iba a confesar. El pacto quedó sellado desde aquel momento.

<—El relato de Neus—>

Mi marido, Pedro, me había cambiado mucho y yo había asistido a aquel cambio con un mezcla de estupor y desconsuelo. Donde primero noté aquel cambio fue en su forma de hablar. Utilizaba palabras malsonantes para referirse a sus superiores en la empresa. Decía que eran unos cabronazos. Yo le recriminaba por usar un vocablo tan soez como hiriente y más delante del niño, pero él se justificaba diciendo que así es como se sentía desde que había cambiado la directiva en la empresa. Sí que es cierto que llegaba más tarde a casa y que algunos fines de semana tenía que hacer horas extra. Me extrañó ese cambio pero pensé que sería una etapa que pasaría. Luego, sin embargo, vinieron sus insistencias. Me sorprendió una noche arremangándome el camisón y bajándome las bragas cuando me creía dormida. Me enfadé mucho, me pidió perdón, me argumentó que estaba muy estresado, que necesitaba un alivio. De ningún modo se lo permití, le hice ver que aquello estaba en contra totalmente de una convivencia cristiana como la que teníamos. Lo intentó varias noches y, por fortuna, era poco habilidoso y me despertaba con sus movimientos. Yo le exhortaba a confesarse cada domingo en la iglesia. Íbamos todas las semanas, éramos muy creyentes. Al principio, tal y como teníamos costumbre, me hizo caso. Pero llegó un domingo en el que no quiso ir a misa, aquello me descolocó por completo. Hablaba en serio, no quería ir a la iglesia. Le hice ver que aquello era el peor pecado que podía cometer, pero siguió en sus trece. De modo que continué yendo a misa yo sola.
El ir a la iglesia sin compañía me hizo tomar conciencia de todo lo que sucedía a mi alrededor. Antes, cogida del brazo de Pedro, me sentía segura y protegida. Desde el primer domingo que fui sola a la casa del Señor, me di cuenta que los hombres me miraban de forma distinta. Era paradójico porque pensé que sus miradas estarían cargadas de reproche y condena por no haber sido capaz de convencer a mi marido de venir conmigo. En su lugar, me encontré miradas lascivas y penetrantes. Sentía en todo momento, desde que entraba por la puerta hasta que salía, como docenas de ojos se posaban en mí. Sabía de sus intenciones pero no entendía por qué me hacían sentir así. Pero lo peor fue que empecé a sentir cierta satisfacción por aquella atención, me enorgullecía de provocar tantos giros de cabeza.
Fue entonces cuando me di cuenta que Matías me sonreía de manera distinta. Matías era un mendigo que tenía el portal de la iglesia como segunda (o quizás primera) morada. La caridad es una virtud y yo siempre tenía una moneda para él. Olía mal y vestía peor, su pelo estaba desgreñado y a veces su cara estaba cubierta de mugre u hollín. Sin embargo, por extraño que parezca, me caía bien. Era atento y me abría la puerta de la iglesia para entrar, aunque eso lo hacía con todos, pero yo notaba que conmigo lo hacía de otra forma. Como digo, desde que empecé a ir sola a la iglesia, su sonrisa hacia mí fue bien distinta. Era una sonrisa lasciva, como la de todos los hombres allí, pero la acompañaba con un brillo de ojos que me hacía parpadear atolondrada. A Matías no le consideraría guapo, era un hombre de mediana edad y yo soy aún una jovencita. No sé si sabría definir qué me atraía de él, no era un sólo aspecto de su cuerpo, eran muchos, todos juntos. Y, por raro que parezca oírlo, su sonrisa cargada de pensamientos carnales me excitaba y me hacía hervir la sangre. Era como una adicción.
Primero fueron sólo los domingos. Sentía la necesidad de encontrarme su sonrisa acariciando mi cuerpo. Sus harapos y suciedad se transmutaban en mis fantasías en trajes y perfume intenso. Demoraba mi entrada en la iglesia, disfrutaba con su mirada posada sobre mí, me enrojecía y todo mi cuerpo, Dios me perdone, suplicaba por él. Matías no era ajeno a mi debilidad y eso le hacía ser más descarado, me cogía del brazo y me acercaba a él cuando depositaba una moneda sobre su mano. Mis piernas temblaban, mi corazón se aceleraba. Ya en la iglesia, no pensaba en otra cosa que salir cuanto antes para buscar su mirada, su olor, su desvergüenza. Comencé a ir a la iglesia entre semana. Pedro no puso objeciones, alegué mis salidas ante él diciéndole que necesitaba confesarme más a menudo por sus pecados. Él se reía y me dejaba en paz, cuidando de Pedrito. Yo salía de casa con la mentira atormentándome; pero con el sólo pensamiento de encontrarme a Matías, se me iban todos los prejuicios. Adoraba su desfachatez, su rudeza y su aliento a vino rancio. Las horas del día las pasaba contando las que faltaban para ir a la iglesia, las de la noche las pasaba suspirando por él. Mis fantasías iban más allá de lo decente y caían en lo salvaje. Matías simbolizaba para mí la libertad, la fuerza, la independencia.
Todo cambió un viernes. Iba a casa con prisa por ir a hacer la compra, precisamente me acababa de despedir de vosotras, después de tomar el café. En un callejón cercano al supermercado, revolviendo los contenedores de basura, descubrí a Matías buscando algo para comer. Los dos nos miramos cara a cara. Era la primera vez que nos veíamos sin la iglesia de por medio. Fui directa hacia él. Era mi cuerpo el que tiraba de mí, era mi enfermiza obsesión la que daba fuerzas a mis pasos. Hedía a comida podrida pero su tufo me excitó hasta lo indecible. Sin mediar palabra, buscando el refugio del enorme contenedor, le empujé detrás de él. No se esperaba mi agresividad y quiso defenderse empujándome. Me resistí, le cogí del pelo y le besé. Mi lengua atravesó su boca, era la primera vez que besaba de aquella forma, y a otro hombre que no fuese mi marido. Sabía a colillas y alcohol fermentado pero, lejos de asquearme, me dio fuerzas. Busqué su torso desnudo bajo las muchas capas de ropa, todas raídas, que llevaba encima. Su piel era áspera y estaba cubierta de vello ensortijado. Sus manos, en cuanto comprendió que mis intenciones eran carnales, amasaron mi trasero. Un calor extremo me nació de entre las piernas cuando arremangaron mi falda y las hundió entre mis nalgas. Sentía dolor a causa de la fiereza de sus zarpas pero aquello me encendió aún más.
Busqué su sexo y me alegré de comprobar cómo, bajo los pantalones, una enorme dureza se hacía palpable. Me faltó tiempo para abrirle la bragueta y sacar su miembro erecto. Me lo llevé a la boca sin pensar. Me sentía relativamente a salvo detrás del contenedor pero cuando Matías gimió al lamerle el sexo, temí que la gente nos descubriese, peor aún, que me reconociesen. Le tumbé en el suelo, nos desnudamos de mala manera y, arrodillándome sobre su cara, estampé mi sexo sobre su boca mientras succionaba su tranca. Sus labios sobre mi sexo me arrancaron destellos de placer que conseguía acallar con su miembro en mi paladar. Me sentía a la vez sucia y desalmada para con mi marido pero también me consideraba víctima de los deseos de mi cuerpo, de las frustraciones de una vida sexual desaprovechada. El miembro de Matías creció tanto en mi boca que llegué a atragantarme. Ignoraba que un pene fuese a crecer tanto, pensaba que el de mi marido era el tamaño establecido, pero aquello rebasaba cualquier medida. Aquel falo monstruoso cuyo extremo a duras penas cabía en mi boca me tenía estupefacta y encantada a la vez, mi mendigo asilvestrado era un portento sexual.
Oleadas de placer sacudían mi cuerpo y a punto estuve de gritar cuando varios finales se agolparon en mi entrepierna. Desfallecía, temblaba como una chiquilla, la saliva se me escurría de los labios. Matías, tan desacostumbrado como yo en los coitos, también se vino. Una cantidad ingente de fluido anegó mi boca, trallazos profundos de esperma caliente surgían de la herramienta que no sacaba de la boca. Creo que llegué a tragar hasta dos veces para limpiar mi paladar pero de aquel tronco no cesaba de manar savia que terminé por dejar escurrir de mis labios. Tosí y tuve que sentarme a su lado porque sus manos y su boca no daban respiro a mi sexo. Me limpié con uno de sus trapos sucios la boca, el esperma me escurría por el mentón y el cuello. Le aparté las manos, molesta, porque me agarraba la cintura para volver a aposentar mi trasero en su cara. Insistía obcecado.
Fue entonces cuando me tiró del pelo y me obligó a colocarme a cuatro patas. Quise resistirme pero tiraba de mi cabeza y me tapaba la boca. Sentí un miedo horrible, la situación se me escapaba de las manos, Matías se había vuelto incontrolable, era una bestia gobernada por deseos primarios. Chillé pero una de sus manos tiraba aún más de mi pelo y, con la otra, hundía varios de sus dedos mugrientos en mi boca. Entonces me penetró. Fue como ser empalada por un rescoldo, como fuego líquido atravesando mi interior. Tardé en darme cuenta que me había forzado por mi orificio más femenino. Los empellones que me propinaba, y que hacían que su miembro se incrustase hasta el fondo de mis entrañas, eran dolorosos. Extraía, eso sí, cierto placer malsano en el hecho de ser penetrada por un miembro que llenaba toda mi cueva. Acercó su cara sobre la mía, obligándome a aspirar el tufo a vino rancio que manaba de su boca. Su lengua lamió mis mejillas y sienes mientras continuaba cabalgándome, obligando a mi cuerpo a ser víctima de su furia descontrolada, primordial.
Las entrañas se me revolvieron de nuevo, las piernas me temblaron, los espasmos recorrieron mi espalda, volvía a experimentar un goce extremo de un acto que, aunque ya no podía controlar, sí podía disfrutar. Matías terminó dentro de mí poco después. Me apartó de él como una muñeca usada. Eso me molestó, lloré mucho, ahogando mi llanto entre mis manos, ocultando mis lágrimas con mi cabello deshecho. Matías se vistió rápido, cubriéndose con sus harapos, y se alejó de mí, saliendo del callejón a la carrera. Me acurruqué tras el contenedor y me encogí muerta de miedo, apoyada en la pared. Me manché el mentón de sangre al apoyarlo en las rodillas porque las tenía despellejadas. Lloraba, no por haber sucumbido a los arrebatos del placer más sórdido sino porque la imagen que tenía de Matías como mendigo altanero y libre se había convertido en la de un monstruo desconsiderado y furibundo, dotado de un descomunal miembro. Pero, de alguna manera, me sentía bien, era como si me hubiera desprendido de algo que me oprimía y me coartaba. Había satisfecho uno de mis sueños aunque se hubiese vuelto, por momentos, pesadilla.
Dejé de ir a la iglesia, me moriría de vergüenza si viese a Matías plantado en la puerta. Todavía recuerdo la cara que puso Pedro, arqueando una ceja, cuando le dije que aquel domingo no iría a la iglesia. Me preguntó por qué y yo le respondí que Dios estaba en todas partes. Cuando ronroneé en su oreja y le acaricié su bragueta, pegó un bote del sofá que casi caemos los dos al suelo. Aparté el periódico que le temblaba en las manos, lo aferraba como un escudo interponiéndolo entre él y yo, pero de nada le sirvió. Pedrito estaba en catequesis, no volvería hasta la hora de comer. Mi marido se santiguó.