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jueves, 16 de agosto de 2012

SALVADOS






SALVADOS



—Por el amor de Dios —murmuré— ¿Dónde se habrá metido este hombre? Porque aquí no somos muchos, media docena creo; está Antonio, Ramírez, ese tipo calvo, la embarazada, el joven de las melenas… no, no está.
Miré el móvil y resoplé disgustada al comprobar que seguía sin cobertura. La verdad es que esta reunión estaba empezando bastante mal. Odio admitirlo, pero debía darle la razón a mi padre cuando decía que si yo estaba en medio de algo, ese algo saldría mal. Al menos, me dije aliviada, el servicio de catering del hotel había colocada en las mesas varios platos de aperitivos y bebidas. Y, excepto la embarazada y el calvo, todos los demás estaban charlando despreocupados. Parecía que la única que se preocupaba porque aún no hubiese aparecido el anfitrión del evento era yo. Me senté en una silla y comprobé la hora: las diez y media de la noche, media hora tarde.
—Disculpe —oí detrás de mí. Me giré sobresaltada. Era la mujer embarazada— ¿Es usted su mujer?
Afirmé con la cabeza mientras sonreía, disimulando el malestar que me producía que mi marido aún no hubiese aparecido.
—La verdad es que me habla mucho de usted, ¿sabe? —la mujer se sentó en la silla que había al lado y sacó un paquete de cigarrillos. Arqueé las cejas con disimulo; aún no entendía como había futuras madres que, al menos durante el embarazo, no dejaban el tabaco—. Todos los años, cuando quedamos para tomar algo le doy las gracias, luego Oliver me da a mí las gracias, y le cuento qué he hecho durante ese año, ¿sabe? Podemos estar así horas y horas, pero él sigue atento y me hace preguntas. Realmente se interesa por mí. Recuerdo cuando…
Ya había escuchado algo similar en boca de Antonio, Florencio, Catalina y Ramírez, algunos de los que mi marido había salvado. No conocía a todos. En realidad, no creía que nadie de los que estaban allí ahora conociese a todos los demás. Pero Oliver quedaba con todos ellos por separado a lo largo del año para saber de sus vidas y ellos siempre estaban contentos de estar con él. Era un hombre que sabía escuchar. Esa fue la principal razón por la que me casé con él. También Oliver me había salvado en su momento. Mientras disimulaba ante la joven embarazada que la escuchaba, afirmando con la cabeza de vez en cuando, recordé el día que nos conocimos.
Ya le había visto antes. Le veía todos los días, cuando nos cruzábamos, camino del trabajo a la altura del puente. Él iba a la empresa de seguros donde antes trabajaba y yo volvía del ministerio. Nos mirábamos un instante al cruzarnos y, bajábamos la mirada en señal de saludo como los desconocidos que éramos, pero con la familiaridad de vernos a diario. Así ocurrió durante años. Un día, se paró frente a mí. Seguí mi camino rodeándole pero él me llamó.
—Perdona —dijo titubeando. Oliver sigue siendo igual de tímido conmigo. Es algo que me encanta de él. Tras unos segundos, por fin se armó de valor para hablarme:— ¿Trabajas en el ministerio de Salud, en la sección de Asuntos Económicos, con Pepi?
No me extrañó que conociese mi lugar de trabajo. Pero que conociese el apodo de una compañera…
—¿Conoces a Pepi? —pregunté, imaginando que tendríamos algún amigo o amiga en común. De todas formas era una forma como cualquier otra de iniciar una charla.
Oliver negó con la cabeza.
—No, no la conozco. Solo quiero avisarte que mañana sucederá algo terrible en tu lugar de trabajo. Por favor, no vayas mañana al trabajo, Ellen.
Entonces sí que me extrañé. No solo de la amenaza tácita que aquel hombre me informaba, también porque nadie me llamaba Ellen, solo mi hermana.
—Perdona —murmuré, intentado alejarme. Escapar, me dije, tienes que escapar de este chalado. Cuanto antes. Él me dejó marchar. Cuando creí estar a unos diez metros, volví la cabeza con disimulo. Me seguía mirando mientras me alejaba.
Aquella tarde tuve miedo. Estaba aterrorizada, casi histérica. En cuanto llegué a casa, cerré la puerta y tranqué, dejando la llave puesta en la cerradura. Bajé las persianas. Fue una tarde muy oscura, enclaustrada. Dudé si llamar a la policía. Al final llamé a Pepi por teléfono.
—¿Conoces a un hombre alto, delgado, pelirrojo, de pelo rizado? —la pregunté.
—No, Elenita, creo que no, ¿por qué?
La relaté el encuentro con Oliver.
—Qué mal rollo, Elena ¿Te siguió?
—No. No creo, vamos. Estoy encerrada en casa, muerta de miedo. Te nombró como Pepi, ¿seguro que no lo conoces? ¿Cuántos te llaman así?
—Pues… —mi amiga dudó—. Tres o cuatro personas, no más. Pero si alguna vez te ha oído llamarme así…
—Te digo que solo le conozco de vista, nos vemos al cruzarnos camino del trabajo, en el puente. Ni nos hemos saludado.
Al final, no saqué nada en claro con mi amiga, solo que aquel hombre me había asustado.
—¿Vas a venir mañana al trabajo? —me preguntó Pepi.
Vacilé unos segundos, no la había contado nada de la petición del chalado. Hablar con Pepi me tranquilizó, al final dije que sí, que claro que iría al trabajo.
Pero no acudí. Al día siguiente, no fui al trabajo. Y estalló una bomba. Un atentado. Luego sabría que el paquete que contenía la bomba estaba escondido desde hacía semanas detrás de un archivador, uno antiguo, empotrado en la pared, al lado de mi mesa, uno ya no usábamos porque habíamos perdido la llave. Tres días después, Pedro, un amigo del trabajo, me llamó por teléfono. Habían detenido a Pepi. Era terrorista. Luego supe por la policía que, semanas más tarde, cuando la policía me lo contó, Pepi confesó que había estado a punto de ir a mi casa esa tarde, después de llamarla por teléfono. Iba a matarme. Porque creía que sabía algo. Pero nunca supe por qué lo hizo, porqué murieron todas aquellas personas.
Dos semanas después, habían acordonado la mitad del edificio del ministerio, la que estaba derruida. Por desgracia, la otra mitad aún seguía en pie y mis labores parecían ser imprescindible para seguir con el trabajo.
Cuando iba hacia el ministerio y me cruzaba con Oliver, cambiaba de acera, aunque supusiese interrumpir el tráfico, sorteando coches, y dejar atrás varios conductores aporreando las bocinas. Tenía terror. Pero los días cambiaron el miedo por curiosidad. Quería saber cómo lo supo. Dudé si llamar a la policía, pero ya se lo había contado cuando me interrogaron por mi agraciada decisión de ese día al no ir al ministerio. Un día, me planté frente a él en el puente, donde nos encontrábamos antes. Le invité a tomar un café y pareció reacio. Pero luego aceptó. Era muy tímido y me tuve que esforzar para obtener algo de información, sobre todo para que me mirase a los ojos mientras hablábamos. Luego me confesaría que era muy guapa y que le turbaba mirar mi cara.
Nunca le gustó a mi padre. Tampoco él hizo nada para agradarle. Eran tal para cual. Cuando mi padre murió, hace dos años, fue uno de los pocos que lloró en el sepelio, junto con mi madre. Yo no lloré, pero él sí. Lo último que me dijo mi padre fue la frase que tenía siempre para mí “¿Es que nunca haces las cosas a derechas, atolondrada?”. No sé qué le vio mi madre, pero también la odio porque nunca me defendió en las discusiones. Y ahora, cuando voy a visitarla a la residencia, me saluda como la “atolondrada”. No sé si es debido a su demencia o es pura crueldad. Calló cuando mi padre me humillaba, quizá piense lo mismo que él, que soy idiota.
—Disculpa —interrumpí a la joven embarazada. No se había dado cuenta que no la había escuchado mientras me relataba como mi marido la salvó a ella—, voy a por algo de beber. ¿Quieres algo?
—Otro vino, gracias.
Me di cuenta que las tres botellas que había sobre la mesa se habían acabado. También las de agua. Chasqueé la lengua de fastidio y fui a avisar a algún camarero. También le preguntaría si había otra sala disponible. Esta no tenía ventanas ni salidas de emergencia. Tampoco ningún extintor, parecíamos reclusos. Fue entonces cuando, al intentar abrir la puerta de la sala, reparé en que estaba cerrada.
Miré alrededor y constaté que era la única salida disponible. Intenté abrir la puerta de nuevo, aplicando más fuerza sobre la manilla, pero no se movió ni un milímetro. Era una puerta de seguridad, de acero, anclada tanto por arriba al techo como por abajo al suelo.
Me acerqué al grupo donde estaba el tipo calvo, junto con Antonio y Ramírez; era el más alto y bajo el traje que llevaba puesto se adivinaba un cuerpo recio.
—Perdonad, chicos —sonreí— ¿Podéis ayudarme?
La puerta siguió sin abrirse. Los tres lo intentaron por turnos, y luego a la vez. Y cuando todos miramos nuestros teléfonos móviles, vimos con incredulidad que estaban sin cobertura.
—Esto tiene que ser un inhibidor de telefonía móvil —dijo el joven melenudo—. Entre todos, reunimos a todas las operadoras y es imposible que todos se hayan quedado sin cobertura. Cuando entré sí había, les envié un mensaje a mis colegas. Esto es la polla…
Ninguno sabíamos gran cosa sobre móviles y aceptamos las palabras del joven como ciertas.
—Pues echamos la puerta abajo, ¿no? —resolvió Antonio—. Entre todos, si empujamos, utilizando una mesa, o algo así, nos la llevamos por delante en un periquete.
—Es una puerta de seguridad, hombre —dijo la mujer embarazada, acercándose y mirándola con detenimiento—. Está pensada para resistir nuestra carga y mucho más.
—No me puedo creer que esté ocurriendo esto, joder —dijo el tipo calvo. Se llamaba Ramón, creo—. Éstos del hotel se han lucido. Les voy a poner una demanda de tres pares de cojones.
—A todo esto, Elena, ¿dónde está Oliver? —me preguntó Ramírez. Era bajo, de metro cuarenta; quizá se le pudiera achacar alguna enfermedad, pero, años atrás, cuando Oliver y yo quedamos con él para celebrar el aniversario de su salvación, nos confirmó que no sufría ninguna alteración de tiroides. Era solo, según él, mala suerte, era bajito, solo eso. Tampoco le daba importancia.
Encogí los hombros y negué con la cabeza, sin saberlo.
—Ya debería estar aquí —añadí.
—Quizá esté fuera, hablando con el personal del hotel, intentando abrir la puerta —dijo la joven embarazada.
—¿Y Catalina y los demás? —preguntó Antonio.
Me senté en una silla mientras miraba las copas vacías. No quedaba agua ni vino. Y los aperitivos ya se habían terminado.
—Catalina murió hace dos meses —dije con un suspiro—. Se mató. Estaba loca. Esquizofrénica, mejor dicho. Iba en coche con su marido y sus hijos. Atravesó la mediana y se empotró con otro turismo e hizo que otros dos que iban detrás se saliesen de la calzada. Murieron nueve personas. Estaban en trámites de divorcio y estaba muy deprimida. En realidad, fue una hija de puta. Murió llevándose a muchos inocentes con ella.
Todos callaron y desviaron la vista al suelo. Les miré de reojo. En sus miradas intuí el mismo pensamiento que tuve cuando Oliver me lo contó al día siguiente: “La salvan de una muerte segura y se mata tiempo después, arrastrando a varios con ella. ¿Para eso te salvan, imbécil?”.
—Ana murió hace casi un año —dijo Antonio, interrumpiendo el silencio.
—¿Quién es Ana? —preguntó la joven embarazada—. No la conozco.
—Hubo otros —aclaré—. Esta es la primera vez que nos reunimos todos. Oliver se citaba con todos vosotros por separado, a lo largo del año. A veces yo le acompañaba, pero prefería ir solo. Le incomodan las reuniones numerosas. Bueno, es muy tímido, ya sabéis.
—¿Qué fue de Ana? —insistió la embarazada.
—Era conductora de autobús —explicó Antonio. Buscó con la mirada algo para beber. Como no había nada, apuró el resto de vino que quedaba en su copa—. Salió en los periódicos y en la televisión, seguro que os acordáis. Mientras llevaba a una clase de niños con los profesores a una excursión se le cruzaron los cables. Empezó a vociferar que ya estaba harta, que odiaba a los críos y que los iba a matar a todos. Se despeñó por un puerto de montaña, en León. Iban a una granja-escuela. Sobrevivieron un profesor y dos chicos. Hace poco salió un reportaje sobre su familia de ella; los están matando a juicios. Les han embargado las casas al marido y a los padres. No sé dónde viven ahora.
—Los que faltan, ¿también han muerto así? —preguntó Ramírez.
—Por lo que yo sé, Fidel sí —murmuró el joven melenudo. Nos volvimos hacia él—. Era mi suministrador—. Se vio obligado a explicarse ante las miradas de algunos—. O sea, mi camello, coño. Un día fui a su casa y me encontré la puerta precintada con cintas de la policía. Los colegas me dijeron que se había cargado a su mujer, a su madre y a su hija. De un tiro en el coño y otro en la nuca, pum, pum. Fumaba mucho, eso sí. Y le daba al caballo y la meta. Bueno, le daba a todo, qué carajo. Yo salía de su casa cagado de miedo, con eso os digo todo, que yo me he metido mierda para aburrir. Antes Fidel no era así. Un día, mientras le compraba cristal, me contó no sé qué pollas sobre la Virgen, que había descubierto que era una puta, que se le había aparecido y se la había chupado… yo qué sé, estaba muy perjudicado, pero mientras le siguieses la corriente, te traía lo mejor.
—¿Tienes un canuto? —preguntó la embarazada.
El joven nos miró, enarcando las cejas, solicitando consentimiento. Nuestro silencio le bastó. Sacó de su cazadora de piel una bolsita de plástico negra y una caja de papel de fumar. La embarazada le tendió un cigarrillo y el porro fue liado en segundos entre los ágiles y tembloroso dedos del joven melenudo.
—Me llamo Carlota —dijo ella.
—Ángel Luis —respondió él mientras lo encendía. Aspiró dos caladas y se lo tendió hacia Carlota. Nosotros les mirábamos pensando si el porro podría llegar a nosotros, al menos a mí; necesitaba relajarme.
—Se me ocurre —dijo Ángel Luis recogiéndose las greñas con una goma para el pelo que tenía en la muñeca— que todos los que no están aquí, o sea, los que Oliver salvó pero luego se mataron, murieron de forma parecida, ¿no?
—¿A qué te refieres? —pregunté, presintiendo lo que iba a responder. No me gustaba nada la idea.
—Pues que todos se mataron y se llevaron  a varios consigo, ¿no?
Ninguno respondimos. Giré la cabeza para escudriñar la mirada de Antonio, Ramírez y Ramón. Tampoco ellos podían negar la aparente relación, pero ninguno queríamos admitirla.
Y entonces las luces se apagaron, quedándonos a oscuras.
—¡Lo que faltaba! —dijo riendo Carlota. Aspiró el canuto y la brasa iluminó su cara tiñéndola de un rojo fuego; sonreía enseñando los dientes—. Bueno, así no me veréis mientras meo en un rincón, ¿a qué no? Esta maldita panza me trae por la calle de la amargura. Puto crío de los cojones…
La oscuridad era casi total. Una débil rendija de luz se filtraba debajo de la puerta. Solo las pantallas de los teléfonos móviles rasgaban la negrura. Resolvimos colocarlos todos juntos sobre una mesa y nos sentamos alrededor de ella. En conjunto, la luz combinada bastaba para simular un candelabro invertido. O una fogata, una fogata digital.
—No durarán mucho, unas horas —matizó Ramírez. Fue el más reacio a desprenderse de su teléfono. Se cubrió las piernas con una servilleta de papel. No quería que viésemos sus pies colgar en el aire. Supongo que no es fácil sentarse en una silla normal y no poder apoyar jamás los pies en el suelo.
—No vamos a morir aquí, tío —sonrió Carlota dándole unas palmadas en el espalda—. Además, así podremos saber si alguno recupera la cobertura —. Todos habíamos oído antes el reguero de su orina salpicando una esquina de la sala.
—Lo que no entiendo —gruñó Ramón—, es porqué todo el personal del hotel insiste en dejarnos encerrados aquí. Cuando salga los voy a denunciar, y perdona por lo de tu marido, Elena, pero esto es una putada.
Asentí y agité la mano, indicando mi indiferencia. Todos teníamos asuntos que atender y se supone que no íbamos a estar aquí metidos más de dos horas. Lo justo para conocernos, charlar de nuestras vidas, rememorar como mi marido nos había salvado, agradecerle el que aún siguiésemos vivos. Cuando le daba las gracias, solía repetirme: “yo solo tuve un sueño, cariño. Tú tomaste la decisión”.
—¿A cuántos salvó Oliver? —preguntó Ángel Luis.
—Una docena —contesté—, pero avisó a muchos más. Solo nosotros, y los que faltan, le hicimos caso.
—¿Ha vuelto a tener esos sueños, Elena? —preguntó Carlota—. La última vez que quedamos me dijo que hacía años que no ya no tenía sueños premonitorios.
—A mí me dijo que había descubierto algo extraño sobre nosotros—comentó Antonio—. Cuando le pregunté qué era, sonrió y dejó el tema ¿Tienes idea de qué es, Elena?
Negué con la cabeza. No sabía de qué estaba hablando.
—¿Cuándo fue eso? —pregunté.
—Hace unos dos meses, el domingo de la última semana de abril. Lo sé porque una semana antes se mató Ana, la del autobús escolar. Oliver me llamó tres días después y tomamos un café esa tarde.
—¿Y cómo estaba? —preguntó Ángel Luis.
—¿Cómo estaba Oliver? Pues como siempre, tampoco le veía a diario. Normal, supongo —Antonio entrecruzó los dedos de las manos y apoyó el mentón en los pulgares, para luego señalarme con la mirada—. Elena es su mujer, ella sabrá mejor.
—Está distraído —reconocí—. Distante, lejano, no sé. Le hablo y hay veces que es como si hablase con las paredes; sacude la cabeza y sonríe como si hubiese regresado su cerebro de un viaje.
—Mira, eso también me lo hizo —saltó Ramírez—. Cuando me llamó la semana pasada para informarme de esta reunión lo noté también distraído. Le pregunté dónde era y se quedó callado unos segundos. Creí que se había cortado la llamada.
—A mí me dijo que era en vuestra casa —añadió Ángel Luis—. Menos mal que le llamé ayer para confirmar y me dijo que habíais alquilado esta sala del hotel. Dijo que estaban tus padres en casa, Elena.
Mi padre ha muerto y mi madre está internada en una residencia, quise decirle. Pero no podía hacer eso. Si descubrían que Oliver les había engañado, si dudaban de su honestidad, pensarían que yo también podría estar mintiéndoles. La velada ya era horrorosa sin tener que llegar a ese extremo.
¿Pero por qué Oliver no había venido?, me pregunté. No conseguía encontrar la respuesta, pero aquella sonrisa suya, hacía dos horas, la última vez lo vi, no era su sonrisa. Era una sonrisa muy falsa. Y como Oliver no sabía mentir, su sonrisa fue bastante estúpida. Cuando me quise dar cuenta me estaba mordiendo el labio inferior mientras los demás me miraban con las luces de los móviles iluminando sus rostros a contraluz. Carraspeé y me levanté para dar un paseo. Caminaba con los brazos extendidos delante de mí, a la altura de la cintura. No quería, en la oscuridad, tropezar con una silla. Evité acercarme al lugar donde Carlota había orinado; el hedor a orina era penetrante. Dirigí mis pasos hacia la puerta, hacia la rendija de luz que se filtraba en el suelo. Los demás comenzaron a murmurar.
Me senté en el suelo, al lado de la línea horizontal de luz. Afuera sí había luz, alguien había apagado las luces de esta sala. Al cabo de unos minutos se acercó alguien. El crujido de los pantalones de cuero me indicó que era Ángel Luis.
—¿No ha pasado nadie? —murmuró metiendo los dedos por debajo de la puerta.
Negué con la cabeza, a sabiendas de que él no podía verme.
—Hay algo extraño en todo esto —continuó tras unos segundos. Ángel Luis me iba a exponer las dudas del grupo—. Según lo que sé, Oliver tuvo esos sueños durante un año, más o menos. Salvó a una docena, dijiste, aunque avisó a muchos más. De aquello hace unos cuatro años. En todo este tiempo nunca nos habíamos reunido todos juntos; se reunía con nosotros por separado. Y desde que algunos han empezado a matarse el último año, nos avisa que tenemos una reunión todos juntos. Pero él no aparece. ¿No te parece extraño, Elena?
Aún olía el aliento a porro de la boca de Ángel Luis. A lo lejos, como en una hoguera, los demás nos miraban. Las expresiones de sus caras reflejaban tensión. Las luces de los móviles bajo sus barbillas afilaban los contrastes del claroscuro de sus rostros.
—Quedamos menos —respondí—. Supongo que quería vernos a todos juntos, que nos conociéramos, no sé. No me dijo la razón, Ángel Luis.
—Llámame Ángel, por favor. ¿Notase algo raro en Oliver estos últimos días aparte de lo que dijiste antes, hacía algo fuera de lo normal?
Su tono de voz se había vuelto más grave. Casi hosco. Estaba siendo un interrogatorio.
—¿Por qué lo dices?
—Porque tu marido aún no ha aparecido, Elena. No hemos oído a nadie intentar abrir la puerta. Hay luz afuera. No hay cobertura móvil. Estamos encerrados en una sala con una única salida y sin ventanas. Y tu marido no aparece.
—¿Y qué? —respondí alzando la voz. Me estaba cansando de este juego en el que se acusaba a Oliver de lo que nos estaba sucediendo— ¿Se te ocurrido, se os ha ocurrido, que quizá esté ahí fuera, tratando de sacarnos de aquí? ¿Se os ha ocurrido que pueda haber tenido un accidente camino de aquí? No, claro, no se os ha ocurrido, joder —. Di un golpe a la puerta y el sonido resonó por toda la sala—. Aquí solo hay un culpable, coño, no tenéis cojones para decirlo a la cara. La culpa es de Oliver, ¿a qué sí? Y yo, como soy su mujercita, estoy en el ajo, ¿a qué sí?
—Nadie te está acusando —objetó Carlota removiéndose en su silla.
—¡Y una mierda! —grité—. Todos vosotros sois unos desagradecidos, unos…
Me quedé helada, dejando en el aire la palabra. Solo cuando Carlota se había movido de su  silla distinguí la luz roja. Estaba debajo de la mesa alrededor de la cual estaban sentados. Me levanté y caminé en línea recta hacia la luz. Tropecé con una silla que había en medio, despellejándome la rodilla.
—Oye, Elena —dijo Antonio, apaciguador, al verme acercarme con rapidez—, Carlota solo te ha dicho…
—Coged los teléfonos y volcar la mesa —le corté, levantándome.
—Pero…
—Hay una luz roja debajo de la mesa —añadí.
Cada uno cogió su teléfono móvil. Yo cogí el mío y el de Ángel, que se acercaba tras de mí. Ramírez quitó el mantel y entre todos volcamos la mesa e iluminamos con la luz de las pantallas de nuestros teléfonos aquel artefacto.
—¿Qué es esto? —preguntó Ramírez.
Ángel gruñó algo y se acercó al aparato. Era una pequeña caja, del tamaño de dos cajetillas de tabaco juntas, con una luz roja en un extremo. Lo palpó con el dedo índice y presionó en el centro.
—Tiene una bisagra aquí —dijo—. Darme luz en el otro lado.
Le iluminamos el lado contrario. La luz del móvil que tenía Ramírez empezó a palidecer y parpadear; se le estaba acabando la batería. Nadie se sorprendió cuando Ángel sacó una navaja del bolsillo trasero de sus pantalones. Tenía el mango usado. Introdujo la punta de la hoja y oímos un crujido cuando la punta abrió la tapa. Dentro había un teléfono móvil con la pantalla encendida. A su lado había algo parecido a plastilina, de color marrón. Unos cables conectaban el extremo del teléfono con otro aparato junto a la plastilina. Todos nos imaginamos qué era.
—Pues como que parece una bomba, señoras y señores —comento Ángel—. Y si no me equivoco, este móvil sí tiene cobertura.
La mano con la que sostenía el móvil me empezó a temblar. Al final se me acabó por escurrir de los dedos y caer al suelo. No podía creerlo, era imposible. Pero estaba segura; el móvil conectado al explosivo era el mío, el anterior que tenía. La pegatina que pegó Alex, mi hijo de tres años, en un lateral del teléfono y que ahora se asomaba por entre la plastilina era la misma. Incluso tenía la tecla de descolgar con el dibujo del teléfono rojo borroso por el uso. No cabía duda.
—Me cago en la puta —murmuró Antonio—. ¿Cuánto tiempo nos queda, Ángel?
—No lo sé —respondió palpando los componentes con cuidado—. No creo que esté preparada para detonar con un temporizador. Más bien es a través de llamada. Cuando el móvil reciba una llamada se cerrará el circuito y explotará.
—¿No será una broma? —dijo Carlota entre risas. Los efectos del canuto aún persistían en ella—. Esto será una cámara oculta y alguien se está partiendo el culo. Ya veréis cuando lo veamos por la tele.
Ángel negó con la cabeza.
—No creo. No puedo asegurarlo, claro, pero parece de verdad.
—¿Y no puedes desactivarla o desarmarla? —preguntó Ramírez.
—Ni loco. Ni siquiera deberíamos haber volcado la mesa y menos abrir la caja. Estamos bien jodidos.
—¿Y cómo es que este móvil sí tiene cobertura y los demás no? —insistió Ramírez—. Fíjate bien, chaval, que, a lo mejor, el inhibidor de cobertura ése que hace que no tengamos señal en nuestros teléfonos también se la quita a éste.
—Qué no, tío —masculló Ángel—. Mira las putas barritas, este móvil sí tiene señal. No será de cobertura móvil, supongo; estará conectado a otro teléfono que es el que llama a este de aquí para detonarlo.
—Y si… —musitó Carlota mirándonos a todos con cara sonriente—. Y si resulta que Oliver se enteró de la bomba, llamó a la policía y a los artificieros y ahora están dialogando con el terrorista. Quizá ahora mismo estén comprando nuestras vidas y no pueden entrar porque el malo lo ha prohibido. Para que nosotros nos pongamos tensos y hagamos alguna… tontería.
Todos nos quedamos mudos.
—Remota —dijo Ángel—. Una explicación muy remota. Sobre todo porque yo también he visto esa película. Al final resulta que todo es una tapadera para robar un banco cercano y en la escena final hay una persecución con helicópteros.
Todos suspiramos decepcionados. Aquella posibilidad sería remota, pero muy atrayente. Despejaría las dudas sobre mi marido y todos tan contentos. Jodidos pero contentos.
—Esa pegatina… la del móvil, ya la he visto antes —dijo con voz lenta Ramírez, señalándola con el dedo. Me quedé helada, conteniendo la respiración. Ramírez había recogido mi móvil del suelo y ahora utilizaba el de Antonio para iluminar el mío por los laterales y la parte trasera. Encontró otra pegatina en el extremo inferior de la tapa del teléfono. Alex se había empeñado en dejar su firma en todos mis teléfonos.
Ramírez me miró entornando los ojos.
—Puta —masculló.
Hizo ademán de lanzarse sobre mí, pero los demás le sujetaron. Yo, que estaba acuclillada frente a la mesa volcada, caí de espaldas. Me arrastré hacia atrás, aterrorizada, apartando las mesas y sillas que había detrás de mí.
—Tú y Oliver habéis montado esto, asesinos —vociferó Ramírez.
Mientras Antonio y Ramón le sujetaban, Ángel y Carlota cotejaban los móviles.
—Son iguales —sentenció Carlota—, las puñeteras pegatinas son iguales y están colocadas en el mismo sitio. Y nos llamó desagradecidos, la muy zorra.
Ángel y Carlota me iluminaron con los teléfonos móviles. Todos verían a una mujer asustada, aterrorizada, engañada. Y anonadada. Joder, era igual que ellos, un puñetero rehén o lo que fuésemos. ¿Y mis hijos qué, eh? Alex y Cristina. ¿Los iba a dejar solos, eh? Ahora están en casa de mis suegros, ¿qué ganaría con todo esto? Volamos por los aires y mis hijos se quedan sin madre. ¿Y Oliver? Ya no sabía qué pensar. ¿Mi marido había puesto la bomba? Si ni siquiera sabe arreglar un grifo que gotea, tiene dedos de goma. Tenía que haber otra explicación para la pegatina.
Por desgracia, en ese momento, Ramírez se soltó o Antonio y Ramón aflojaron su presa, no creo que tuviesen muchas ganas de sujetarle. Me golpeó en la mejilla y aunque me había protegido la cara con las manos, estaba casi cegada en la oscuridad por las luces de los móviles enfocándome. Chillé mientras seguía recibido más golpes en la cabeza y en el cuello. Sentí incluso patadas en el costado. Chillaba y gritaba con la seguridad de que no me ayudaría nadie. Cuando pude levantar la cabeza, Ángel y Antonio sujetaban a Ramírez. Me costaba respirar, como si hubiese perdido la mitad de capacidad pulmonar. Las orejas me ardían y no sentía la cara de nariz para abajo.
—¡Quieto, joder, estás loco! —bramó Ángel.
—¡Sois todas iguales, unas putas zorras! —gritó Ramírez. Los miré con el ojo sano. Con el otro, no sé por qué, ya no veía nada.
Carlota chilló algo pero no la entendí. Los teléfonos móviles estaban repartidos por el suelo, con las pantallas boca arriba. Podía distinguirles hasta la cintura, pero más allá estaban ocultos en la oscuridad.
—¿Es que no te das cuenta, idiota? —dijo Ángel.
—¿Qué vamos a morir todos, mierda de drogata, eh, de eso quieres que me dé cuenta? —gruñó Ramírez.
—¿Qué gana ella con mostrarnos la bomba, con quedarse encerrada aquí como todos? —chilló Carlota. Se acercó a mí y me ayudó a incorporarme. Una de las rodillas me estaba lanzando martillazos de dolor por toda la pierna. Me sentó en una silla y me aplicó un pañuelo por las heridas abiertas de la cara.
—¡Sabe algo! —gritó Ramírez.
—Casi la matas, payaso. Qué hijo de puta eres, me dan ganas de meterte la bomba por el culo y llamar yo misma al teléfono. ¿No te das cuenta que está en la misma situación que nosotros?
—Claro que sé algo, Ramírez —musité con dificultad a causa del labio partido. Todos me miraron y Carlota apartó el pañuelo de mi cara, indecisa.
—Sé algo que todos sabéis —continué—, pero sois tan cobardes para reconocerlo que me dais asco.
Escupí sobre un teléfono un gargajo de sangre. La luz de la pantalla se veló de rojo.
—¿Qué coño sabes? —preguntó Antonio dando un paso hacia mí.
Tragué saliva y me puse en pie. Sus caras seguían estando a oscuras y preferí también ocultar la mía.
—Todos nos mataremos, todos —reí con dificultad—. A ver si os dais cuenta de una puñetera vez. Estamos aquí reunidos porque Ángel, Ramírez, Antonio, Carlota, Ramón y yo nos vamos a matar. Y arrastraremos con nosotros a varios inocentes. Tarde o temprano. Y lo sabéis, bien que lo sabéis.
Un silencio se apoderó de la sala. Otro de los teléfonos se apagó. Ahora solo quedaban cuatro en funcionamiento. Me senté de nuevo en la silla y arranqué el pañuelo de las manos de Carlota para taponarme la brecha del labio.
—Estás loca —masculló Ramírez—. Yo solo te quiero matar a ti.
Gruñí, divertida. El silencio de todos ellos me daba la razón, incluso la respuesta de impotencia de Ramírez.
—Yo tenía pensado cargarme a mis viejos —pronunció Ángel, con voz débil—. Necesito pasta para los chutes. En realidad había pensado también en vosotros, pero ahora…, qué más da.
—Y yo a mi bebé —confesó Carlota—. Cada día me levanto con esa obsesión y no me la quito de la cabeza. Sé que es una locura, pero pienso en suicidarme a cada minuto, a cada segundo.
—¿Le dais la razón? —gritó Ramírez—. No me extraña, viniendo de un drogata y una puñetera adolescente embarazada, pero Antonio, Ramón y yo no pensamos igual, nosotros sí queremos vivir.
—Yo no —matizó Antonio, sentándose en el suelo—. Oliver me salvó la vida hace años. Se lo he agradecido todos los días desde entonces. Pero, durante este último año, su intervención me parece más una tortura diaria que una bendición. La verdad es que estaba considerando despeñarme con el coche un día de estos…
—¡La Virgen bendita! —clamó Ramírez—¿Qué diablos os pasa?
Nadie le respondió. El cuerpo de Ramírez seguía clavado en el suelo, pero sus manos se abrían y cerraban en un puño de forma convulsiva.
—¿Y tú, Ramón? —pregunté—¿Cómo lo habías planeado?
—Cáncer —respondió sentándose en el suelo y metiéndose las manos en los bolsillos con dificultad—. Metástasis, mejor dicho. Los tratamientos para detenerlo ya no surten efecto, ya solo me quedan los paliativos. No estoy calvo porque sí. Pero conozco a compañeros cuyos tumores han remitido. Les voy a visitar cada semana a la planta de oncología del hospital y sus sonrisas y esperanzas me amargan, cada vez más. Uno de ellos, Luis, está ya casi limpio. Tendrá que ir a revisiones toda su vida, pero está limpio. Y es un maldito hijo de puta. Maltrata a su mujer y me confesó antes de una operación que, hace años, cuando era pequeño en su pueblo, la gata de su abuela tuvo gatitos. Metió toda la camada en un saco y con una pala, golpeó el contenido hasta que de él rezumó sangre. Aún se revolvían en el interior algunos animalillos. Con un martillo, fue fulminando cada movimiento del saco. Y mientras me lo contaba, sonreía, el muy cabrón. Sonreía mientras me contaba la historia, con esa asquerosa peluca que le había comprado su mujer resbalándosele por la nuca. Porque me arañaron las manos, me respondió cuando le pregunté por qué lo hizo. Ayer compré la pala en un centro comercial. Una pala de acero, con mango ergonómico y asideros. Le iba a reventar la cabeza a palazos, a golpe por operación que he sufrido para nada.
Al intentar despegar el pañuelo de los labios, me rasgué la sangre coagulada que restañaba la herida. Volví a sentir el reguero discurrir por mi mamola.
—Pues yo no —dijo Ramírez—. Yo no, joder. Tengo esposa, dos hijos y mis padres y los suyos están sanos. Estamos sanos, cuerdos y mi mujer y yo tenemos trabajo. De vacaciones nos vamos a Benidorm y nos llevamos a Bobi, nuestro caniche, que también está sano y cuerdo. Mi trato con mis suegros es perfecto y en el trabajo me van a ascender. Mi hijo hace poco que perdió la virginidad y a mi hija está intentando convencerme para que la deje ir con sus amigas a Francia, de excursión. Mi vida es una puta gozada, joder. Mi mujer tiene unas tetas bonitas y un culo redondo y follamos cuando me apetece. Qué más da que se tire a mi hermano a mis espaldas o que mi hijo haya tenido que pagar a una puta porque es retrasado. ¿En qué familia no pasan cosas así, quién no se ha tirado a su hija alguna vez, si cada día son más putas, eh?
Su pregunta quedó en el aire, sin responder. Ramírez se sentó en el suelo, junto a los demás y empezó a gimotear. Todos estábamos sentados en el suelo, barruntando nuestras desdichas. Otro teléfono móvil se apagó y, como por simpatía, otro más comenzó a parpadear para también dejar de funcionar. Solo quedaba uno, el que emitía una luz rojiza a causa de mi sangre sobre la pantalla.
—Oliver se dio cuenta —suspiré—. Él sabía lo que iba a suceder. Y no le hizo falta, esta vez, ningún sueño premonitorio.
—¿Y tú qué, Elena? —preguntó Ángel—¿Qué pensabas hacer tú?
Me levanté de la silla y caminé cojeando hacia la mesa donde estaba la bomba adosada debajo de ella. Me arrodillé y apoyé los dedos sobre el teléfono móvil que estaba conectado a la plastilina.
—Mío es el honor de hacer detonar el artefacto, me temo —dije con voz cansada. Miré a los ojos de los presentes pero todos miraban al suelo, ninguno me devolvió la mirada—. Sea así, pues.
Y pulsé el botón verde de llamada.
Se oyó una melodía. Y luego, silencio.

martes, 29 de mayo de 2012

AMA, ESCLAVO, CUCHILLO




La luz incendiada del atardecer se filtra por las rendijas de la persiana, atraviesa las cortinas salmón e ilumina una estampa confusa por la niebla.
Rodrigo aún está encaramado a la cama desecha, a cuatro patas, ofreciéndome su trasero desnudo mientras su enorme miembro cuelga entre sus piernas, junto a la también enorme bolsa escrotal que le pende.
Contemplo a mi marido en esa posición mientras, sentada en la silla y desnuda, dilucido con un cigarrillo entre los dedos, escudada en la oscuridad del fondo de la habitación, qué hacer con él.
La habitación está enrarecida por el humo del cigarrillo. No sólo por este que me fumo, sino por los varios que llevo ya. El cenicero que tengo a mi lado está rebosante de colillas. Me he fumado uno tras otro, sin pausa, contemplando las nalgas tostadas de mi marido.
Durante el primer cigarrillo sopesé la idea de introducirle mi consolador favorito en ese ojo oscuro que, de vez en cuando, se enfurruña y se frunce, quizás molesto por la espera. Untar el juguete con jugo de mi coño e ir empalando a Rodrigo, disfrutando de la angustia ajena, absorta en el espectáculo del orificio violado. Luego, con el segundo cigarrillo, se me ocurrió la idea de ordeñar el inmenso rabo. Me enfundaría las manos con los guantes de fregar, de colores rosa y azul, y, disfrutando del tacto rugoso de la goma, exprimiría la polla con movimientos asépticos, mecánicos; eliminando el contacto de mi cuerpo con el suyo, la experiencia sería sencillamente sublime.
Mientras fumaba el tercer cigarrillo, intentando encontrar una forma realmente humillante con la que fustigar a mi marido, el malnacido, no sé por qué razón, tuvo la osadía de girar la cabeza y mirarme a través de la máscara. Fijó sus ojos en mi coño, en mis tetas, en el cigarrillo. Pero también su mirada suplicaba comenzar con la humillación, la espera le reconcomía, la posición inerte le incomodaba.
—¡Perro! —chillé furibunda. Corrí hacia él y castigué su osadía, cruzándole la cara con el dorso de la mano.
Gimió lastimero, su cuerpo enorme vibró, su vientre se sacudió, sus hombros temblaron. Toda su poderosa musculatura se debatió ante el golpe.
—¡Quieto ahí, cabrón de mierda! —chillé mientras me sentaba de nuevo y retomaba mi cigarrillo.
Rodrigo es un gigantón mulato, de más de dos metros. Yo un pingajo a su lado. Mi metro sesenta escaso me servía para, si acaso y de puntillas, morderle las tetillas. Cuando apoyaba mis mejillas en las duras protuberancias de sus abdominales forjados, sentía el poder de músculos rocosos, de fibras endurecidas como el acero a base de varias horas diarias de gimnasio. Las palmas rosadas de sus manos eran tan extensas que podían rodear uno de mis muslos con facilidad. Sus pies eran casi el doble de grandes que los míos.
El calor que despedía su cuerpo era comparable a una estufa viviente, una caldera siempre caliente, inagotable, salvaje, incombustible.
No así su mente. Tierno y frágil como un niño de teta, Rodrigo se plegó a mis exigencias sexuales desde el principio sin mostrar el más mínimo reproche. Sus ciento veinte kilogramos de músculo color café están siempre a las órdenes de mi caprichoso parecer, de mis locuras más enfermizas.
Empecé el sexto cigarrillo sin ocurrírseme más opciones que penetrar su ano y estrujar su pene.
Pero eso no era lo que necesitaba. Ni él ni yo. Ya habíamos probado eso antes. Su culo se comía todo lo que le metiese. Gemía, claro. Disfrutaba, por supuesto. Alguna vez tuvimos algún percance, pero nada que no supusiese una visita a Urgencias y varios días de reposo. Una vez, ordeñándole, descargó tal cantidad de semen que manchamos una de las paredes con la furia descontrolada de sus eyaculaciones. La mancha sigue ahí, recordándome que si Rodrigo debía descargar, tenía que hacerlo boca abajo.
—Mi ama…
—¿Qué? —bufo tras unos segundos con desgana. No me gusta que interrumpa mis pensamientos.
—Hazme lo que sea.
Aspiro el humo del cigarrillo. Sale de mis labios con un silbido ronco. El atardecer anaranjado se filtra en la habitación. Las volutas de humo azul envuelven la estancia de una neblina picajosa.
Rodrigo está impacientándose. Yo también, no se me ocurre nada que pueda realmente alegrarme la tarde.
Entonces, mientras voy apurando las últimas caladas, me arrellano en la silla y sonrío. Se me está ocurriendo una perversión realmente cojonuda. Digna de esta tarde que tiñe de otoño la habitación.
—Ven aquí. Ahora.
Rodrigo se pone en pie y se me planta delante de mí. Me obliga a levantar la cabeza para atisbar el final de la suya. Una máscara de cuero negro cubre su cara, con varias ranuras en sus ojos y nariz. La cremallera que tiene sobre su boca está abierta.
Aplasto la colilla en el cenicero, dirijo el humo sobre los músculos protuberantes que se hinchan delante de mí, al ritmo de su respiración.
—Túmbate. Boca arriba. Ahora.
Rodrigo obedece sin demora. A mis pies, sin perder un segundo, se tumba.
—Brazos  extendidos, perro, a lo largo.
Extiende los brazos flanqueando su cabeza. Su tamaño parece ampliarse, de punta a punta de la habitación. Sus sonrosadas axilas afeitadas se me muestran desnudas. Sus brazos, engordados con músculos gruesos y tensos, se afanan en estirarse. Venas y arterias brotan bajo la piel. Rodrigo no sólo acata mis órdenes, intenta ir más allá. Me gusta la idea de ver sus músculos tensados.
—Piernas estiradas. Más, perro, más tensas. Quiero oírlas crujir.
Sus músculos restallan al tensar sus muslos. Es un sonido que me encanta. El sonido del poder concentrado, de la fuerza bruta de su cuerpo.
—Ahora vengo.
Me levanto de la silla. Vuelvo tras unos minutos. Me siento y le miro.
Rodrigo sigue en la misma posición. Sigue mirando al techo pero no puede evitar estremecerse al vislumbrar el brillo del acero del enorme cuchillo que tengo en una mano.
El cuchillo pesa. Mango de metal, frío. Aún quedan rastros en su pulida superficie del hielo en el que lo he cubierto.
Giro la hoja. Destellos reflejados de luz metálica inciden sobre las paredes de la habitación.
Manejo el cuchillo sobre el vientre de Rodrigo. Oigo como traga saliva. Su cuello enorme, surcado de tensas maromas color café, se contrae. Agito la hoja afilada en el aire. Suspiros cortantes rayan el silencio, siseos metálicos surcan el humo azulado sobre el cuerpo desnudo de mi marido.
Cuando poso el cuchillo sobre su vientre, despacio, cuidando que la larga y gruesa hoja, afilada y fría, tome contacto con la piel caliente de su cuerpo, un escalofrío de placer me sacude. Rodrigo emite un quejido rumboso y yo siento como me humedezco al instante. Los dedos de sus manos vibran, los de sus pies se tensan. Hielo metálico, placer extremo.
Su prodigiosa polla se hincha. Es un espectáculo soberbio contemplar aquel tubo de carne tostada inflarse. Venas, arterias y capilares retienen la sangre, su polla se despereza, se agita, se remueve entre sus ingles, adoptando formas ciclópeas. Ni parpadeo mientras veo erguirse al gigante, a la bestia primigenia convertida en polla prodigiosa.
Empuño el cuchillo. La punta del glande supera la altura del ombligo. El pene se torna en animal salvaje, dotado de ideas propias. Deslizo la punta metálica del cuchillo alrededor del miembro, por los valles y colinas de su vientre tenso. Un rastro fino, casi imperceptible, parece blanquear el tono café de su piel al paso de la punta helada para luego tornarse en carmesí encendido. Me basta con arrastrar la punta por la piel, sin ejercer presión, para arañar. Rodrigo está frenético, lo noto en su respiración agigantada, en su polla alzada, en su pecho tenso y sus hombros bestiales aprisionando su cabeza.
Cuando llego a la confluencia entre sus pechos, tengo que reprimirme para no llevarme una mano entre mis piernas. Noto el tapizado de la silla absorber mi excitación licuada. Empujo la hoja hacia uno de los pezones. Empujar el cuchillo no es tan fluido como deslizarlo. Además, las fibras encordadas de sus músculos enganchan la punta. Las primeras gotas de carmesí aparecen cuando la punta se hunde en su caminar.
Al llegar a la tetilla, me paro a contemplar los ojos de Rodrigo. Los tiene cerrados, párpados tan prietos que llego a imaginar su cara oculta tras la máscara, contraído todo su rostro, ahogando un grito, un jadeo, una voz. Bajo la cremallera de su boca, se muerde los labios con ansia. Un rápido vistazo a sus manos me confirma lo que sospecho. Tiene los dedos tan tensos que las uñas están blanquecinas como tiza. Una parada visual en su polla me muestra una precoz viscosidad brotando de su glande, creando un hilo translúcido entre la punta de su polla tiesa y el vientre. El miembro se tensa, se sacude, vibra. Los enormes testículos se revuelven. La parte inferior de su vientre se tensa como la piel de un tambor oscuro. El vello afeitado de su pubis se eriza cual lija. Es maravilloso ver cómo mi marido se contiene, cómo envuelve toda esa tensión y anhelo, como ballesta tensada al límite cuya saeta espera incontenible para surcar el aire, dejando estelas de leche abundante.
Continúo mi trabajo sobre el pezón caoba. La punta recorre en espiral la diminuta areola erizada, se topa con el pezón prieto. El filo se posa sobre la areola, paralelo. Un sólo movimiento y el pezón quedará rebanado. Me humedezco los labios, me inclino sobre la silla, me gusta el espectáculo. Rodrigo contiene la respiración: también él comprende que el filo helado del cuchillo está próximo a hundirse en la carne endurecida. Deslizo la hoja adelante y atrás, el vello erizado de la areola araña la hoja, sisea el metal mientras una gota de sangre brota. Nace como una burbuja diminuta, carmesí y brillante. Crece con mesura para, de repente, desparramarse y bañar la arela de rojo pasión, de vida rojiza, fundiéndose con los cientos de gotas de sudor que afloran en el resto de su pecho.
El sudor cubre toda su piel, todo su cuerpo. Como hongos minúsculos que crecen al abrigo de la humedad. La humedad de la tensión, del placer.
—Respira tranquilo, perro. Tu pezón está a salvo —mascullo levantando la hoja.
Rodrigo inspira con fuerza. Su pecho se hincha, su vientre se infla y sus abdominales restallan, fijados a su piel como el cosido de un balón de fútbol.
Sumerjo varios dedos en mi interior. Ya no puedo contenerme más. Es superior a mis fuerzas. Encuentro mi sexo anegado, una humedad exagerada brota de mi cueva y esparzo la viscosidad por la vulva, el ano, el pubis. Chasquidos que resuenan mientras hundo los dedos en el material rugoso de mi sexo.
Contemplo el filo manchado. Un rastro finísimo de sanguinolento rojo, casi invisible, mancha la hoja. Me la llevo a la boca, extiendo la lengua. Siento como el filo rasga tirante la rugosidad de mi apéndice bucal. Quema, cauteriza. Debajo, entre mis piernas, mis dedos se afanan por achicar la profusa humedad de mi interior. Un espasmo en las ingles me avisa del orgasmo inminente.
No, ahora no. Todavía no.
Lo siguiente que ocurre es fantástico. Mi brazo ha tomado el control, ni siquiera lo he pensado. Descargo de plano la hoja sobre el bestial miembro de mi marido. El sopapo de metal restalla sobre la polla tiesa. Rodrigo exhala un gemido de angustia, de dolor, de placer primigenio.
Placer. Yo también reboso placer. Mis dedos se comban en mi interior, presionando sobre la vejiga. Mis uñas escarbando, ahondando en la rugosidad tirante de mi vagina. Dulce untuosidad, me duele cuando hundo las uñas en mi carne interna.
El golpe no ha sido plano del todo. Las primeras gotas de sangre aparecen, brotan como burbujas de rojo precioso bajo la hoja, hasta que estallan y forman hilillos que recorren la superficie tubular del pene.
Me gusta. Sencillo, efectista. El sopapo de metal ha sido espectacular. Quiero repetirlo. Al levantar la hoja, ahogo un gemido de sorpresa: es mejor de lo que esperaba.
La punta del cuchillo se ha enchanchado con una rugosidad del escroto. Al alzar el cuchillo, la gran bolsa se yergue, enganchada con la punta del cuchillo. Los testículos se revuelven, posándose al fondo del escroto. Rodrigo exhala un jadeo incontenible.
—Genial.
Me relamo. Me gusta tanto que no me doy cuenta que se ha detenido la agonía de mi orgasmo en mi coño. La belleza de la bolsa escrotal, alzada en el aire con la simple sujeción de la punta afilada de un cuchillo, me embarga, me embelesa.
Dejo resbalar el escroto. Una punzada, un rastro encarnado aparece entre los pliegues. Un rápido vistazo a la máscara, a la cremallera, y veo sus dientes lechosos, el dolor, la furia, el placer, todo mezclado en un caldo aderezado con su punto justo de miedo, de terror.
Mi queridísimo grandullón. Aún no sabes lo que te tengo preparado.
La humedad desborda mi coño. Pronto me doy cuenta que es orina. He presionado tanto mi vejiga que el líquido fluye en forma de gotas, mezclándose con la viscosidad procedente de mi otro agujero. Plic, plic, oigo las gotas caer sobre el suelo, derramándose por el borde de la silla.
Deslizo el extremo del cuchillo por la polla. Un grueso cordón, abultado como un dedo mío, recorre el miembro de abajo a arriba, hundiéndose en la carne poco antes de nacer el glande, bajo el prepucio. Presiono con la punta, deslizo el filo cual hoja de afeitar por el grueso cordón. El interior burbujea, las venas y arterias se hinchan a su paso. Es una dulzura de visión. La punta deja un rastro blanco que luego torna al rojo, al morado, al azul, al violeta. Una marca de posesión, una marca de paso.
Llego al glande, oculto bajo el prepucio. Un rápido vistazo a los ojos de Rodrigo, sus párpados apretados presionan sus ojos dentro de sus cuencas. Gotitas de saliva emergen de la cremallera de su boca. Contiene la respiración pero no puede evitar que la saliva fluya entre sus dientes. Hermoso, sublime. Qué delicia.
Mi propio orgasmo llega de improviso. Cierro los ojos, calambres de placer me sacuden el vientre y remueven mis interioridades. Aprieto mi vejiga, hundo mis uñas hasta sentir dolor extremo. Me vacío entera, incapaz de contener la meada. Grito, siseo, jadeo. El pis surge como fuente reventada.
Oigo mi orina salpicar el torso de Rodrigo, me muerdo los labios, extraigo el metálico sabor que la hoja abrió en mi lengua. Tiemblo, aspiro por la nariz con rápidas hondonadas, mi pecho se convulsiona, espasmos gloriosos me recorren, fluidos liberados se acumulan.
Cuando abro los ojos llego a tiempo de contemplar el hermoso espectáculo del semen. Rodrigo se ha masturbado sin mi permiso. Sacudiéndosela, de su polla surgen trallazos, chorros luminosos. Babeantes, viscosos, esparcidos por todo el torso moreno, manando de la punta del prodigioso miembro. Tres, cuatro, cinco, hasta seis eyaculaciones. Semen acuoso, antes espeso, acumulado entre intersticios de músculos, mezclado con el caldo de mi vejiga, de mi coño. Cordones de leche que discurren cual trazos de tiza mojada hasta su máscara y más allá, flotando sobre los charcos de mi orina en el suelo.
—¡Perro, perro! —chillo con el cuchillo alzado en el aire, cortando el olor a tabaco, a semen, a orina y a sexo que nos envuelve. Se ha corrido, el malnacido se ha corrido sin mi permiso.
Pero mi marido hace la seña convenida con los dedos y se incorpora apoyándose en los codos. Toma una profunda inspiración y, tras un instante de calma, se quita la máscara. Los dientes de metal de la cremallera aún le tatúan los labios. Una mezcla de sudor y orina surge de su cabello.
Chasquea la lengua mientras echa un vistazo a la mezcla de fluidos derramados por el suelo, por su cuerpo, entre mis piernas. Gotas que aún se acumulan en el borde de la silla, discurren por el canto y fluyen por las patas.
—Joder. Menudo estropicio, Belén.
Contraigo los párpados y termino por suspirar, acabado ya por fin el juego.
—Esto se me ha ido de las manos, cariño —murmuro posando el cuchillo en el suelo.
Un remordimiento, un chispazo de vergüenza. Le miro a los ojos y los encuentro entornados, junto a una afable sonrisa.
—¿Fregona y ducha? —pregunta mientras se acerca a mí y me aplica un beso en la mejilla.
Termino por sonreír y confirmo con un movimiento de cabeza.
—Fregona y ducha.

martes, 8 de mayo de 2012

NUEVAS EXPERIENCIAS




La siesta debería ser prescrita como cualquier medicamento. No hay nada más sencillo ni más grato que tumbarse en el sofá al mediodía o a media tarde, sintiendo como te abandonas a la pesadez de los párpados. La cabeza se inclina y los músculos del cuello se relajan. Las responsabilidades se desvanecen como humo voluble. Todas las preocupaciones se transforman, reduciéndose a minúsculas molestias y, sin darte cuenta, empequeñecen hasta desaparecer. Y, mientras, el sueño invade cada fibra de tu ser, penetrando en cada poro de la piel. Un ligero bostezo suele ser el primer indicio de que lo estás haciendo bien. Luego otro, más profundo, más desatado, te hace abrir la boca sin mesura. Son esos bostezos, largos e intensos, los que te dejan completamente alelada, predisponiéndote sin duda alguna al placer de un escueto pero aprovechado sueño.
Lamentablemente mi chico y yo no podemos echar la siesta más que los domingos. Nos gustaría hacerlo a diario pero, ya se sabe, hay otras cosas que hacer.
A los dos nos encanta echarnos una cabezada rápida, de no más de tres cuartos, inmediatamente después de la limpieza de la casa y justo antes de preparar la comida. Es nuestra cita ineludible. Nos gusta tanto dormitar que, cuando nos mudamos a nuestra nueva casa, prescindimos de un enorme sofá para el salón. En su lugar, aparcamos uno pequeño, de dos plazas, frente al televisor. Pequeño, funcional y barato. Y junto a él, al lado del radiador, la joya de la corona de los sofás: un enorme diván reclinable, con acolchado espeso y refuerzo lumbar. Lo bastante amplio para dormitar los dos juntos con holgura, suficientemente estrecho para encerrar la intimidad, insultantemente cómodo para invitar a la siesta aunque no te lo propongas.
Las visitas suelen tardar pocos minutos en aprovechar para tumbarse en él. Y a no pocos hemos tenido que dar una palmada para que despertasen. Es, simplemente, una gozada.
¿Qué puede haber mejor que echarse una siesta reparadora con tu chico, desnuditos y tapados con una fina manta? Lo que ocurre al despertar.
Aquel domingo, desperté de la siesta con el regusto de un sueño que ya no recordaba en su totalidad. Solo persistía en mi memoria la sensación de que, a veces, la mejor forma de hacer las cosas no siempre es la más obvia o normal. Un giro de 180 grados es la solución más ingeniosa.
—Es curioso saber cómo cambia todo cuando piensas de forma diferente.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Roberto.
—Es sólo un cambio de mentalidad, un giro de pensamiento, un ¿y si…?
—No te entiendo, Susana.
Me giré hacia él. Me miraba extrañado, con el ceño fruncido pero con esa sonrisa perenne en sus labios que imprimía a su rostro un halo de pecado. Sonreí a mi vez y, sacando un brazo fuera de la mantita que nos cubría, pasé los dedos por el perfil de su cara. Mis yemas apreciaron la dureza de sus mejillas y la de sus mandíbulas cubiertas de vello. Mi pulgar se detuvo entre sus labios que aún dibujaban esa sonrisa perversa. Me susurró con voz queda:
—¿Sabes que cuando las demás personas nos despertamos, lo hacemos con la cara hinchada, las pestañas cubiertas de legañas y un expresión de malhumor? Tú, sin embargo, sigues igual de arrebatadora.
Sentí como el rubor me caldeaba la cara. Una lisonja en el momento adecuado es afrodisíaca.
Roberto sonrió ampliamente y atrapó entre sus labios mi dedo pulgar. La humedad de su interior me bañó la punta y su lengua trazó círculos alrededor de la uña y la yema. Un escalofrío recorrió mi espalda y la calidez de su boca terminó de despertarme por completo.
No pude evitar tragar saliva. Además, comencé a notar como otra parte de mi cuerpo acumulaba también humedades. Un delicioso calor nació fuerte y desazonador entre mis muslos, acompañando mi excitación. Roberto me miraba fijamente, entornando los ojos y sonriendo malévolamente mientras sorbía mi dedo con lentitud.
Deslicé la mirada hacia la porción de manta que cubría su vientre y contemplé su erección pugnando por alcanzar su cenit: un cerro ominoso que presagiaba una excitación mayúscula se levantaba con rapidez bajo la mantita. Su polla tiesa proyectaba una sombra alargada cuyo extremo acababa entre mis piernas, justo donde ahora mismo mi cuerpo clamaba atención.
Como si Roberto me leyese el pensamiento, una de sus manos arribó a mi vientre y se detuvo el tiempo justo en el ombligo para arrancarme unas cosquillas. Después descendió hasta la lujuriosa vellosidad de mi pubis, internándose entre los ensortijados mechones y alcanzando la viscosidad candente que brotaba de mi hendidura.
Mi dedo pulgar emergió de sus labios y, bañado en sus jugos salivales, pinté el contorno de sus labios, de comisura a comisura. Ambos estábamos ahora ofreciendo caricias similares a labios similares, distribuyendo humedades espesas y calientes entre ellos, sobre ellos, alrededor de ellos. Los chasquidos jugosos eran comunes y las reacciones, parejas. Roberto y yo nos mirábamos sin pestañear, intentando mantener una actitud engañosamente relajada ante aquella apasionada intromisión en labios ajenos. Empezaba el juego.
Implícitamente decidimos jugar a una suerte de perverso juego que a veces practicábamos tras despertar de la siesta. La única premisa era no demostrar placer por muy intenso que fuese el goce; ganaba quien conseguía arrancar un orgasmo al otro. El perdedor alcanzaba un éxtasis salvaje; el vencedor, la honra de considerarse más implacable, más frío, más tenaz.
—No, no vale —murmuré al cabo de unos segundos en los que intuí que me faltaba el aire y el corazón iba a detenerse con tanto trabajo en mi coño—. Juegas… juegas con ventaja.
Roberto enarboló una sonrisa triunfal a la vez que aplicaba ligeros movimientos circulares en mi clítoris, arrancándome taquicardias.
Sin esperar respuesta por su parte, empuñé su magnífica erección bajo la manta. Su expresión de risueño triunfo cambió de inmediato. Entre mis dedos, sentía el latir poderoso y burbujeante de su excitación, recorriendo el tallo grueso, emitiendo un calor intenso y vigorizante.
—Vas… vas… vas a tener que esforzarte, campeón —sonreí con dificultad, aparentando seguridad.
Deslicé el pulgar por la punta candente, masajeando el glande. Roberto apretó los labios y tragó saliva. Ya no era el alegre jugador convencido de su victoria. Mi uña raspó la fina piel del glande, alrededor de la cresta, demostrándole que no era ninguna novata en aquel juego.
En respuesta a mi provocación, su dedo penetró mi interior y, doblándose, presionó infame sobre mi pared superior. Un temblor involuntario me retorció el estómago y me hizo soltar un suspiro. Mi corazón adquirió entonces un ritmo enrabietado, descargando ráfagas de velocísimos redobles, reflejándose en mi respiración entrecortada.
De repente, la mantita se me antojó gruesa y pesada; sentí como, por la piel de mi espalda, gotas de sudor se acumulaban una tras otra sobre la funda del diván. Con la mano libre, y de un manotazo, mandé la manta lejos de nosotros.
Nuestras miradas recorrieron el cuerpo desnudo del otro a la luz mortecina que se filtraba de la persiana entornada del salón. Las rendijas entre los listones dibujaban lunares de luz que vestían la habitación de luces borrosas. Varias de ellas incidían en mi vientre y mis pechos agitados y alguna impactaba en el cuerpo velludo de Roberto.
Nuestros cuerpos se removían imposibles de controlar y reflejaban el agotador esfuerzo de no dejar traslucir la excitación de nuestras mutuas masturbaciones. Debo reconocer que Roberto era un maestro en aquel juego y, en las innumerables veces que me había retado, nunca había salido victoriosa. El fantástico orgasmo que finalmente me arrancaba, me hacía gemir y retorcerme como una posesa. Sólo, tras degustar el placer disfrutado, la rabia me consumía mientras Roberto me miraba sonriente, con aquella expresión en sus labios de infinita ternura pero también de detestable soberbia. Roberto conocía mi cuerpo mejor que yo misma y accedía a lugares recónditos de mi anatomía que luego, estimulándome sola y quizá por ser acariciados con rudeza, no me ofrecían más que tímidos y sosos calambres. En sus dulces y sedosas manos mi cuerpo entero era una fuente inagotable de placeres nuevos y atrevidos. Su sólo contacto sobre mis pezones me arrancaba jadeos y me atolondraba. Roberto era un malnacido con sonrisa divina y dedos demoníacos.
Avivé las sacudidas sobre su miembro. Entre mis dedos palpaba la sangre fluir con poderío incansable. Notaba en su polla el latir de su corazón revolucionado, aunque no tan veloz como el mío. Además, no poseía el vigor ni la tensión de sus brazos y, tras meneársela durante agotadores minutos, intentando no pensar en aquel dedo juguetón en mi interior que me estaba matando, me di cuenta que tampoco ganaría en esta ocasión. Mi interior liberaba jugos con cada vez más abundancia, mi corazón amenazaba con estallar de un momento a otro y mi expresión seria no conseguía en absoluto descorazonar a Roberto: varios gemidos se me acumulaban en la garganta y les daba salida en forma de ronroneos cada vez más graves y vibrantes.
Fue entonces cuando otro de sus dedos accedió a mi cueva. Ensanchó la abertura y permitió que el doble de placer recorriese mi interior. Emití un gemido gutural, que reflejaba mi sorpresa y el sonido de un placer mayúsculo. Ambos dedos entraron hasta el nudillo mientras el índice y el anular masajeaban la vulva. Su pulgar, para acelerar mi inminente derrota, comenzó a trazar desgarradores círculos sobre mi hinchado clítoris. Cerré los ojos, incapaz de aguantar las hondonadas de placer salvaje y brutal que me nacían de entre las piernas. Eran como olas gigantescas que nacían de mi sexo y barrían mi vientre y mis pechos con arrollador ímpetu, destrozando cualquier barrera que se interpusiese en su camino. Un chillido emocionado salió de mis labios entre resoplidos involuntarios. No tuve más remedio que rendirme a la evidencia: Roberto iba a ganar de nuevo. Se me cansaban el hombro y los brazos de tanto menear un miembro que parecía insensible a mis desvelos. Me notaba los dedos sudorosos y empapados de la viscosidad que manaba del glande y que, en modo alguno, me hacía presagiar una posible victoria.
—Vas a perder de nuevo, Susana, vas a perder.
Entorné los ojos. Su lengua asomó entre sus labios, burlándose de mí. Sus dedos continuaron deshaciéndome por dentro a la vez que disminuía el ritmo de mis sacudidas sobre su pene. ¿Por qué no abandonar?, pensé agotada. El furioso orgasmo que intentaba retrasar lo máximo posible en mi sexo crecía imparable, inflándose con cada aleteo de sus dedos, amenazando con estallar. La explosión que experimentaría mi cuerpo sería tan absolutamente deliciosa que, por más derrotada que saliese de la lucha, la que acabaría con un orgasmo salvaje sería yo. Aunque él venciese, el placer sería enteramente mío.
Dulce placer, intenso placer, candente placer.
No. No, para nada.
Una locura se abrió paso en mi cabeza. Era una posibilidad remota. Ni siquiera lo había intentado antes, ignoraba si serviría de algo. Pero era mi única posibilidad. Tenía que pensar de forma diferente, con otra mentalidad. Recobré la persistente idea que aún recordaba de mi sueño.
Solté el mango envarado de entre sus piernas y, tras humedecerme el dedo corazón con la poca saliva que quedaba en mi boca sedienta, ataqué allí donde Roberto no se lo esperaba.
—¡Hostias! —exclamó al sentirse penetrado.
No me supuso ningún problema acceder a su interior. Incluso, ufano él, ni siquiera había prestado atención a su retaguardia protegiéndola con sus nalgas. Mi dedo entró hasta el nudillo sin encontrar resistencia alguna. Sus ojos abiertos de par en par me convencieron de que el ataque sorpresivo había sido todo un éxito. Incluso los movimientos sobre mi hendidura se detuvieron de inmediato, proporcionándome un respiro salvador.
—¿Qué coño haces, Susana? —murmuró con el ceño fruncido—. No me gusta que me hagan…
Su protesta quedó en suspenso en el preciso momento en que presioné la pared rectal estimulando la próstata.
—Madre del… ¡Madre del amor hermoso! —gritó incapaz de asumir el agudo placer que brotaba de su interior.
Una sonrisa en mi cara fue lo único que vio Roberto cuando, tras mirar atónito su vientre agitarse imparable, se giró hacia mí en busca de una respuesta a aquel torrente indómito e inusual de placer. Cada vez estaba más segura de mi triunfo. Su mano se retiró de mi coño, presagiando el fracaso seguro e inevitable.
Resoplidos intensos brotaron de sus labios a la vez que abrió sus piernas y elevó la pelvis, facilitándome el acceso a su interior más cómodamente. Incluso él mismo se rindió a la evidencia: el orgasmo que le arrancaba de sus entrañas era el más intenso jamás experimentado.
Gemidos imparables brotaron de su garganta. Se echó las manos a la cabeza, hundiendo los dedos entre su cabello. Su mástil estaba más tieso que nunca, mostrando una dureza que ansiaba acoger en mi paladar. Pero no me dejé tentar. Avivé el frotamiento sobre las paredes internas de su interior y, por fin, junto con su ronco jadeo, un géiser de fluidos nació de su miembro, cubriendo su vientre de cordones largos y viscosos. El vello de su torso absorbió la humedad como una esponja, las gotas de su corrida brillaron como estelas sobre los rizos cual estrellas fugaces.
El orgasmo de Roberto me provocó un intenso placer. No era el placer de un orgasmo porque era el placer de la victoria. Me mordí el labio inferior con saña mientras sonreía incapaz de creerme que, aquella vez, no era yo la que acababa agotada y con la respiración entrecortada. Era yo la que le miraba con ternura infinita y soberbia innegable.
—Eres una verdadera hija de puta —murmuró tras reponerse. Me tomó del cuello y estampó un beso sobre mis boca que duró más de la que me tenía acostumbrada. El beso tuvo un regusto de agradecimiento y de protesta. Cuando terminó, se separó de mí y me miró con expresión seria—. ¿Con que un cambio de mentalidad, eh? No vuelvo a jugar con una tramposa como tú.
Nos miramos con seriedad unos segundos hasta que no pudimos contener por más tiempo la risa.
Lo de echar la siesta desnudos es algo que hacemos siempre que podemos. En realidad solemos pasearnos como Dios nos trajo al mundo por toda la casa y a todas horas. Nos gusta el nudismo y lo natural. No es algo que nos predisponga para el sexo, pero ayuda.
Tras terminar la faena y darnos una ducha rápida, me fui a la cocina para preparar la comida. Una ensalada con lechugas de varias clases, aceitunas y tomate. Roberto y yo somos vegetarianos aunque no demasiado radicales. De vez en cuando incluimos en nuestras comidas un poco exotismo: curry, cuscús, y cosas más raras de nombres impronunciables: nos encanta probar sabores nuevos.
Mientras iba lavando y cortando las hojas de lechuga, oía como, en el salón, Roberto iba colocando el mantel sobre la mesa, luego los cubiertos, los vasos, las servilletas.
Conozco a Roberto desde hace casi tres años. Coincidimos en un curso que organizaban varias empresas para aprender el manejo de programas ofimáticos. El aula era pequeña y los ordenadores, escasos; teníamos que juntarnos por parejas delante de cada pantalla. Roberto estaba varios puestos por delante de mí en la clase. Pero ya nos habíamos lanzado varias miradas de curiosidad. Me impresionó el cabello revuelto y su barba de tres días en contraste con el estupendo traje confeccionado a medida que vestía. Se le notaba un rebelde moderno, un chico especial. En el descanso del primer día me abordó sin titubeos. Se situó delante de mí, enfrente del banco del pasillo donde estaba sentada. Su cercanía me obligó a levantar la cabeza y mirarle con detenimiento. Así de cerca no me parecía tan rebelde ni su traje tan a medida. Lo que me desarmó por completo fueron su sonrisa y sus ojos. Era una sonrisa pícara, franca y hermosa. Y su mirada hablaba de travesuras sin fin. Aquello me desarmó por completo. Nos presentamos y, al poco de hablar con él, me di cuenta que Roberto tenía que ser mío. Era alegre, optimista y un poco cabroncete con las bromas. Me hacía reír y el tiempo se pasaba volando a su lado. Pedimos un cambio de compañeros en el curso y nos sentamos juntos frente al mismo ordenador. Y aquello fue el inicio de todo.
Resultó, incluso, que a ambos nos encantaba ir desnudos en la intimidad  de casa.
A medida que iba cortando los tomates, iba pensando en la suerte que había tenido de encontrarme con Roberto. La vida no nos da muchas oportunidades. Lo esencial es saber aprovecharlas al momento. Hay que estar atenta y dejarte llevar por tu intuición. La intuición nunca falla.
Hacía un rato que no escuchaba a Roberto en el salón. Le llamé levantando la voz:
—¿Ya terminaste de poner la mesa, cariño?
—Desde hace un rato.
Pegué un respingo al oírle detrás de mí. Me volví hacia él y me lo encontré sentado en una silla, apoyado el brazo sobre una pequeña mesa y mirándome risueño.
—Me has asustado, tonto.
—Pues no lo he hecho a propósito. Tú estabas ensimismada, toda concentrada haciendo la ensalada. Creí que me habías visto sentarme, ¿en qué pensabas?
Me ruboricé. Soy muy tímida para expresar mis sentimientos, y más cuando sabía perfectamente que Roberto me conocía perfectamente. Su pregunta no era sino una artimaña para sacarme los colores.
Le saqué la lengua, burlona.
—Me encanta cuando te pones el delantal —dijo mientras me volvía hacia la tabla y continuaba pelando y cortando los tomates—. Por delante no muestras nada, incluso pareces vestida.
Me figuraba donde quería ir a parar. Ya me había fijado en su sexo al volverme hacia él. Estaba hinchado y había adquirido un color llamativo.
—Pero, por detrás —continuó—, solo un lindo lazo en tu cintura es lo único que te cubre. El cordón se agita con cada movimiento que haces, como bailando al son de un chachachá. Los extremos a veces se cuelan entre tus nalgas. Y tienes que sacártelos, como la tira de un tanga.
Dejé el cuchillo sobre la tabla. Sus palabras me encendían la imaginación y me parecía ver mi trasero agitándose para él, con el lazo y sus extremos introduciéndose entre mis nalgas. Me estaba acalorando y estaba perdiendo la concentración con el cuchillo en la mano.
Antes de que le dijese que me iba a hacer cortar, se levantó y me abrazó por detrás. Estrechó sus brazos por dentro del delantal, sobre mi vientre. No era un abrazo con tintes sexuales, pero yo ya estaba fogosa y su polla, tiesa como una vara, presionaba entre mis nalgas.
Volví la cabeza hacia él y le planté un beso en el cuello, otro en la mejilla y un tercero en la boca. Roberto me sonreía y devolvía mis besos, pegando su torso a mi espalda y acomodando su sexo contra mi culo. Noté como la humedad volvía a anegar mi interior y mi corazón aceleraba su ritmo. Entre mis nalgas, notaba el vello esponjado de su pubis; su miembro, cargado de calor ardiente como una brasa al rojo vivo, imprimía una marca imborrable en mi piel.
Seguimos comiéndonos la boca mientras sus manos bajaban por mi vientre hasta encontrarse con la agreste densidad de mi pubis. Sus dedos maniobraron entre la maleza hasta alcanzar la fuente de mis humedades. Un chasquido húmedo me hizo ser plenamente consciente de lo avanzado de mi excitación y de las ganas enormes que tenía de aliviar la desazón.
—¿Qué… qué te parece si me… me haces un apaño rapidito? —murmuré entre suspiros mientras apoyaba los antebrazos en la encimera, ofreciendo mi grupa.
Roberto rió mientras me besaba el cuello y, apartando los mechones de cabello aún húmedos de la ducha, mordisqueaba los lóbulos de mis orejas. Mis pezones se habían erizado de tal modo que el roce contra el delantal me arrancaba escalofríos de placer. Pero sus manos no subieron a complacerlos: descendieron hasta mis nalgas, deslizándose por mi piel y dibujando un rastro húmedo con mis secreciones.
Cuando dos de sus dedos se detuvieron sobre mi entrada trasera, una punzada de angustia me revolvió las tripas. Le miré con una ceja arqueada y los labios brillantes de saliva.
—No serás capaz —le advertí. Nunca me había gustado el sexo anal y no quería convertir la deliciosa experiencia en un escabroso intercambio de súplicas y negaciones.
Incluso consideré la posibilidad de una venganza por mi victoria sobre el diván. No estaba dispuesta a jugar a ese juego. Mi culo estaba para sentarme y para nada más.
—¿Sabes, Susana? Es curioso saber cómo cambia todo cuando piensas de forma diferente.
Sonreí mientras negaba con la cabeza. Qué hijo de puta. No se le escapaba una. Resolví dejarme llevar por mi intuición. Nunca me fallaba.
Antes de que aceptase, uno de sus dedos se abrió paso y me penetró, ayudado por la lubricidad de mis flujos.
Un chillido ahogado salió de mi garganta. La sensación de aquel cuerpo extraño en mi interior, aunque solo fuese medio dedo, me produjo un retortijón de tripas distinto al que habitualmente experimento con la excitación. Además, el dedo de Roberto tenía afán descubridor y se arqueaba contra las paredes de mi recto, palpando las rugosidades. Un calor extremo me invadió el estómago y me hizo apoyar la cabeza sobre la encimera. Mi cara quedó entre varios tomates cortados y su olor dulzón y ácido me impregnó por completo el olfato. Mis pechos colgaron laxos, como frutas maduras.
Ayudado por mi abundante secreción vaginal, Roberto untó su dedo para ahondar más en mi interior. A medida que iba avanzando, iba sintiendo aquel apéndice juguetón y explorador abriéndose paso. Era una sensación a medias entre el ligero dolor del esfínter atravesado y el palpar interno que me arrancaba espasmos y calambres placenteros. Acomodé mis mejillas entre los tomates y su jugo penetró entre mis labios, su aroma desviaba mi atención del escozor de la penetración.
—Despacio, despacio —murmuraba cuando el dolor se volvía intenso.
Cuando Roberto introdujo el segundo dedo, un gritito salió de mis labios. Su boca depositó decenas de besos y mordidas sobre mi espalda y mi cuello, proporcionándome la necesaria ternura que necesitaba para poder sobrellevar el trance. Poco a poco me fui convenciendo de que tensar el esfínter sólo era sinónimo de dolor y, a fuerza de respirar con calma, dominando el rugiente retumbar de contracciones, fui relajando el anillo alrededor de los dedos.
El dolor fue dando paso a imprevisibles olas de placer que, gracias a sus maniobras lentas pero constantes, fueron creciendo. Además, Roberto deslizó una de sus manos dentro del delantal para masajearme los pechos desatendidos. Mi atención, dividida entre la gradual dilatación de mi ano y los pellizcos sobre mis pezones, iba y venía de mi cuerpo de extremo a extremo. Sus dos dedos reproducían un movimiento de tornillo, como si enroscase y desenroscase la válvula de mi culo. Cada vez que sus falanges penetraban, sentía marejadas de placer en bruto desparramándose entre mis piernas; al extraerlos, una sensación casi escatológica me abrumaba y me inundaban sensaciones de frenesí. Sentía el sudor acumulándose en la depresión de mi espalda, las rodillas me temblaban y mis muslos vibraban con cada acometida.
El orgasmo se intuía lejos. Ligeros pinchazos de dolor me sacudían las nalgas y evitaban que pudiese abandonarme a la locura. No eran sino signos de mi cuerpo indicando que por hoy bastaba, que no había que forzar un orificio que, hasta entonces, sólo había cumplido un cometido.
Levanté la cabeza de mi almohada de tomates espachurrados y le miré con gesto suplicante. Notaba varios mechones de mi cabello embadurnados con jugo de tomate y mis labios hinchados por el ácido.
—Dime que no vas a follarme.
Roberto me besó en la frente. Negó con la cabeza mientras sacaba de mi interior sus dedos.
—Hoy no, ahora no. Me conformo con dejarte un buen sabor de boca.
El resto del domingo advertí en mi culo un escozor molesto pero continuado. Me removía de vez en cuando en el minúsculo sofá frente al televisor, apoyando la cabeza en su hombro. Ni siquiera la ducha que siguió al escarceo anal calmó mi desazón. Él me miraba de soslayo y sonreía para sí. Al menos, Roberto había conseguido su propósito: me moría de curiosidad por saber cómo sería albergar su polla en mi culo. Creo, incluso, que el escozor no obedecía a una molestia sino a una llamada. Mi culo ansiaba algo grande, caliente y juguetón que retozase en su interior.
—Menudo cabroncete estás hecho —pensé cuando se quedó dormido—. Ya te daré lo tuyo, ya.