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domingo, 14 de julio de 2013

LA DUDA


PROCESO






sábado, 13 de julio de 2013

OSCURIDAD



PROCESO






lunes, 8 de julio de 2013

TE DESEO, CARMELA

































-¿Diga?
-…
-¿Diga? ¿Oiga, hay alguien ahí?
-Hola, Sofía.
-…
-Se te ha comido la lengua el gato, cariño.
-Javier.
-Sí, así me llamo todavía.
-¿Qué coño quieres? ¿Cómo has conseguido este número?
-Vamos, vamos, ¿aún te sorprende?
-… ¿Qué coño quieres?
-Te quiero a ti.
-Entonces, ¿por qué le hiciste eso a mi hermana, cabrón hijo de puta?
-¿Tu hermana? Ahora soy yo el sorprendido, Sofía, ¿desde cuándo tienes una hermana?
-¿Fuiste tú, no?
-No sé de qué me hablas, Sofía. Yo solo te llamo para darte una alegría.
-…
-Pronto estaré contigo, mujer. Pronto.
-Encontraste a Carmela.
-Sí, claro. Deduzco que recibiste el recorte del periódico. Y, por favor, no preguntes cómo he averiguado tu nueva dirección.
-¿Cómo lo hiciste?
-¿El qué?
-¿Cómo hiciste que Carmela matase a su novio?
-¿Matar? ¿Gonzalo ha muerto? Mejor, el pobre no se merecía pasarse el resto de su vida como un vegetal. Mejor así, sí.
-¿Cómo lo hiciste? ¿Por qué? ¿Desde cuándo la acosabas? ¿Qué te hizo esa mujer?
-Haces muchas preguntas, Sofía. Para algunas no tengo respuesta. Y para otras ya las sabes tú misma.
-No me vengas con esas, cabrón engreído. No me llamas para decirme que me has encontrado, que pronto te reunirás conmigo. Me llamas para dártelas de listo.
-No es verdad.
-Claro que lo es, Javier. Siempre fuiste muy listo. Por eso me casé contigo, ¿sabes? Pero no eres humilde, no. Quieres demostrar a todos que eres el más listo.
-No sigas, Sofía, que no vas a conseguir nada.
-¿Conseguir, Javier? No, no, te equivocas. Quieres contármelo. Deseas contármelo. Pero quieres algo de súplica, ¿a qué sí?
-No me quejaría, no.
-Te lo suplico, Javier, dime cómo lo hiciste.
-Un poco más.
-Te lo… imploro, Javier, dímelo. Demuéstrame que eres el más listo.
-Más.
-Soy una idiota, Javier. Jamás estaré a tu altura. Ni yo ni nadie. Te escapaste de la institución mental tú solo. Tú y tu ingenio, no necesitaste más. La Policía aún no te ha pillado. Y no lo harán. Porque somos tontos, Javier.
-Sois tontos.
-Somos unos payasos.
-Lo sois.
-Dímelo. Quiero saberlo.
-Vale. Te lo diré.
-Dime.
-Con una carta.
-¡NO! Dímelo ahora.
-No, no, Sofía. Ya sabes que no sé hablar. Te lo diré por escrito.
-¿Cómo? ¿Cuándo?
-No jodas, Sofía. De verdad sí que eres idiota. Baja al buzón, payasa. Te lo he dejado esta mañana.
-Pero…
-Anda, cállate, por favor. ¿Qué te crees, que no iba a adivinar todo tu plan, todo tu juego? Pero resulta que este no es tu juego.
-…

-Es mi juego. Hasta luego.





Carmela existe.
Me llamo Javier Esteban Díaz y, sin ninguna duda, afirmo que Carmela existe.
Supongo que quien leerá por primera vez esta carta serás tú, Sofía querida, mujer amada, puerca rencorosa y mujer despechada. A ti me dirigiré durante toda la carta aunque ya sé que, tarde o temprano, esta carta caerá en manos de la Policía. Expertos grafólogos identificarán mi letra, psicólogos criminales extraerán y validarán teorías sobre mi personalidad. También servirá ante el juez que instruye mi caso en el improbable caso de que algún día haya un juicio.
Pero no os preocupéis. Ninguno de vosotros. No habrá juicio porque no vais a pillarme.
Jamás. Porque si de algo soy culpable es de confiar en ti, Sofía.
Lo de mi fuga de la institución mental creo que está aclarado. Supongo que, como buena ama de casa, Sofía mía, maruja bocazas, habrás remitido la nota en la que contaba la forma a la que me sobrepuse a los tratamientos. Los pormenores de mi huida se los dejo a las autoridades. Ellas saben cómo lo hice y por su bien espero que hayan corregido esas deficiencias de protocolo de actuación y de diseño de celdas. Al fin y al cabo, yo tampoco quiero que alguien verdaderamente loco atraviese esos muros.
Sigamos con el tema principal de mi carta. Carmela existe.
Cuando te confesé mi deseo por Carmela, admito que ese día te golpeé fuerte. Pero la razón exacta nunca se supo. En el juicio no se reveló. No recuerdo haberte partido el labio. Si lo hice, lo siento. Confiabas en mí, en tu marido. Y te golpeé como una vulgar perra sarnosa y vieja. Lo que eres.
Lo de pedirme el divorcio regalándome casi todo era demasiado burdo, querida. Nadie con dos dedos de frente aceptaría ese trato. Sabía que ocultabas algo. Y ese algo era la estatua.
La estatua de terracota sumeria que encontraste dentro del doble fondo del cajón de aquella cómoda que restauraba. Pesaba demasiado para estar hecha solo de barro. Yo también vi el interior refulgente en el arañazo que hiciste en la base.
Oro. Al menos 90 kilos de oro puro dentro de aquella terracota.
90 kilos dan para mucho, ya se sabe. Y la mitad había de ser para mí porque estábamos casados en régimen de bienes gananciales. Pero, ¿por qué compartirlo?
¿Qué otra forma hay de romper un contrato de matrimonio aparte del divorcio? Yo te lo recordaré, puta. Enajenación mental.
Y, ¿cómo hacerlo sin levantar sospechas? Confieso que me sorprendió tu agudeza mental, tu ingenio. Hasta que luego descubrí que no estabas sola en esto.
Tu hermana Candela era tu cómplice. Y jugabais con la baza de que yo no conocía de la existencia de Candela.
El plan solo requería tres elementos: una peluca, algo de provocación y una coreografía precisa para que mis compañeros del trabajo jamás os viesen juntas.
Candela y tú os parecéis. No sois gemelas pero la semejanza de vuestros rostros y cuerpos es asombrosa. Seguro que más de una vez, al veros de frente, os quedabais embobadas. Tú mirabas una imagen tuya diez años más joven y ella vería cómo cambiaría su rostro tras el mismo tiempo.
Sois parecidas pero no iguales.
¿Quieres que te diga una diferencia? El lunar junto a tu ano.
En el lago, durante la ducha, Candela estaba de espaldas, con su peluca cobriza. Pero tenía un culo sin lunar. Y cuando, durante el juicio, cuando tu abogado usó el argumento de la disociación cognitiva, recordé de repente el lunar.
Tu hermana no tiene  ningún lunar en el culo, Sofía. Tu hermana no y tú sí.
Por eso supe que no estaba loco. Por eso supe que todo era un plan. Un plan destinado a hacer creer al juez que era necesario que acabase internado en un psiquiátrico institucional.
Ya era tarde para rehacer mi defensa. Ni siquiera mi abogado consideró aquella prueba vital, el lunar de tu culo, en consideración.
Confieso que me alegré de que alguien me la hubiese jugado. No sabes lo aburrido que es saber lo qué piensan los demás, imaginar su próximo paso, sus motivaciones, sus metas. Lo hicisteis bien, sí.
Fundisteis el oro y ella recibió un buen pellizco aunque en modo alguno la mitad. Supongo que así sería el trato. Si Candela se quedase la mitad, ¿en qué se diferenciaría de mí? No, tenía que ser menos.
Tú ya sabías que, tarde o temprano, Candela exigiría el resto hasta completar la mitad de los 90 kilos.
¿Qué esperabas? ¿Qué la hermana que no veías más que en Navidades se conformase con tan poco?
Tenías que darle un escarmiento.
Comenzaste a acosarla. En la oscuridad, sin descubrirte. Cada noche la esperabas escondida tras los contenedores de basura de la fábrica donde trabajaba. Salía de su turno de doce horas y, entonces, con la mente cansada y los ojos enrojecidos, tu hermana era más débil.
Te dejabas ver entre las sombras. Te cuidabas de que la tuya fuese perceptible durante poco tiempo, muy poco, el suficiente para que Candela supiese que la seguían pero viéndose incapaz de escapar de ti.
Hasta que una noche, cansada de asustarla, la violaste.
Una mujer violando a su propia hermana. Suena asqueroso, ¿verdad?
Yo lo vi todo. No eras la única que espiaba.
Caminabas unos pasos detrás de ella, reptando entre la sombras, aprovechando la oscuridad. Candela te sabía cerca y miraba a su espalda con expresión aterrada. Pero no veía a nadie. Su respiración aumentaba, lloraba tratando de consolar el miedo visceral, el miedo primordial que la provocabas.
Aprovechaste la última sombra y, con un empujón brutal, la tiraste al fondo del portal de un garaje. Candela quedó tirada en un rincón, como un pingajo. Por unos segundos perdió la consciencia; el golpe en la cabeza era fuerte. Tenía los ojos cerrados, los dientes apretados. De sus párpados surgían regueros de lágrimas y de sus labios un hilillo de saliva y compasión.
-Déjame, déjame… -suplicó tu hermana.
¿Dejarla? No, Sofía, claro que no. La tenías como siempre deseaste. Aterrada, encogida, suplicando clemencia.
Tú ibas envuelta con ropas y con la cara oculta con pasamontañas negro. Guantes de cuero, pantalones holgados, gafas de sol. No había posibilidad alguna de ser descubierta.
La tomaste de la mandíbula y la obligaste a levantarse, a encajarla en la esquina. La abriste el pantalón y tiraste de él hacia abajo. Candela quiso chillar. Su blanquecino vientre surgió. Unas bragas verdes con lunares blancos ocultaban su sexo. Estaban mojadas; se estaba meando de puro pavor.
Agarraste su sexo rezumante y apretaste. Un temblor incontrolable la hizo trastabillar. De un zarpazo la arrancaste las bragas. Te ayudaste de una navaja. El vello púbico, espeso y brillante, contrastó con el acero. De un tajo, como quien corta un gajo de una manzana, la afeitaste una porción de vello. Vello espeso, rizado, húmedo. Se lo metiste en la boca. De sus labios lívidos parecieron manar chorros de vello púbico.
Sacaste de tu bolsillo un objeto. No vi lo que era. Quizá el envase de un puro. Era largo, grueso y hueco. El sustituto de una polla. La polla con la violarías a tu hermana.
No lo hundiste inmediatamente, no. Te recreaste en el pavor que mostraban sus ojos al ver aquel objeto. Candela gimió aterrorizada. Pasaste el extremo romo del objeto por su mejilla, por sus labios cubiertos de vello rizado, por su frente cubierta de sudor.
A base de patadas, hiciste que separase las piernas para luego clavarle el objeto. Pero te equivocaste de agujero (no estoy seguro) y fue el ano quien asumió todo el daño. El sonido de un cristal roto, de un astillado, desgajó la noche. Un grito desgarrador se oyó en las calles.
Candela cayó derrumbada, sumida por el dolor, emitiendo gemidos agónicos.
Te asustaste al ver manar la sangre entre sus piernas. Diste varios pasos atrás y te permitiste un último vistazo. En tu mano aún quedaba un trozo del objeto, el cual tiraste a su cabeza.
Marchaste con paso sereno.
Llamé al 112 y luego te seguí de lejos. En cada manzana de edificios te ibas despojando de una prenda. Las fui recogiendo, descuida. Cuando llegaste hasta el coche que habías aparcado en otro barrio, ya no eras sino una mujer que disfrutaba de un  paseo nocturno.
A Candela se le iba la vida por el culo y tú arrancaste el coche, hiciste el ceda el paso, esperaste a que el camión de la basura te dejase el paso libre. Incluso te saludaron agradecidos al dejarles la vía libre.
Mi rápida llamada a Emergencias supuso la diferencia para tu hermana entre vivir y morir. Tras el alta en el hospital, unas semanas más tarde, Candela y su marido  vendieron su piso, se mudaron y alquilaron un apartamento en Alcobendas.
Tu hermana era suficientemente lista para relacionar los hechos. Cedió y dejó de reclamarte la mitad de los 90 kilos.
Todo había salido perfectamente, ¿no?
No.
Porque entonces supiste de mí cuando te envié aquella nota garabateada.
En ella te decía que estaba a punto de encontrar a Carmela. Aunque en realidad hacía tiempo que la había encontrado.
El miedo a ser descubierta te hizo tomar decisiones drásticas.
Tu hermana había aprendido la lección y desde hacía casi un año no sabías de ella.
Pero era necesario mantenerlo todo atado y bien atado. Sin cabos sueltos.
Te presentaste de madrugada en su casa. Era un plan tan odioso como infame.
Gonzalo estaba solo. Candela hacía poco que había conseguido un nuevo trabajo; llegaría en pocas horas.
Cortaste la luz de todo el edificio. A oscuras. El negro te favorece.
Llamaste a la puerta y Gonzalo te abrió.
¿Por qué te abrió confiado y sin reservas? Porque si Candela pudo pasar por ti con una peluca ante mí, tú podías hacer lo mismo cortándote la melena y con algo de tinte para el pelo.
Le sorprendería encontrarse a su esposa tan mimosa y sobona. ¿Pero qué hombre desdeña un polvo casual? La oscuridad ayudó a confundirle y la semejanza de tu cuerpo y cara ayudó con el engaño.
Le darías la follada de su vida, seguro. Todas las cerdadas que tu hermana o que cualquier mujer no permitiría sino drogada o cobrando. Gonzalo seguro que gozó como nunca antes.
Quedaría reventado y, aprovechando su modorra, saldrías de la casa y reanudarías el suministro eléctrico.
El resto es obvio. Candela llegó del trabajo y Gonzalo quiso repetir. Candela no tuvo más remedio que defenderse.
Tu hermana en la cárcel, su marido muerto, el loco suelto. Todo el oro para ti. Qué plan más perfecto. Y lo mejor de todo es que todas las pruebas apuntaban a mí. El loco que escapó del psiquiátrico y que se vengó de la forma más absurda e ilógica posible. Dentro de mi locura existía, sin embargo, cierto razonamiento que cualquier psicólogo hubiese refrendado.
Todo el oro para ti, ¿no?
Disfrútalo, Sofía.
Pero gástalo rápido. Tan rápido como puedas. Tan rápido como tu corazón te siga permitiendo vivir.
Porque te juro que voy a detenerlo.
Tu corazón dejará de latir.
Y morirás. Supongo.
P.D.
Esta carta es una copia. Adivina quién más está leyendo ahora mismo su contenido junto con la ropa que usaste para violar a tu hermana.

domingo, 23 de junio de 2013

LA FIESTA -EL DIBUJO-











LA FIESTA



No sé en qué momento decidí que era mejor ser una zorra que una mujer orgullosa.
La fiesta estaba organizada por el nuevo director de la oficina, un chaval de medio pelo con mucha labia pero sin sangre. Habíamos acudido casi todos por el mero hecho de pasar una noche alegre, cenar gratis y poco más. Algunos habían traído a sus familias y los críos correteaban de un lado a otro entre carreras y gritos. La noche era agradable y un servicio de catering se ocupaba de no dejar nuestras copas vacías ni nuestras bocas hambrientas.
Había desempolvado para la ocasión uno de mis vestidos de fiesta de la juventud y me sorprendió que aún cupiera dentro del entallado traje de ceñida tela azul de raso. El escote prominente y un recogido al aire estilizaban mi cuello y figura y me divertía encontrarme con las miradas cargadas de lascivia de mis compañeros de trabajo, afanándose en escrudiñar cada milímetro de mis contornos.
-Disfrutando, ¿verdad?
Nos giramos Teresa y yo para encontrarnos con Francisco, el chaval.
-Una fiesta divertida, señor -confirmé mientras tomaba un trago de mi copa.
-Así lo espero, señoritas. Llegarán más tarde tiempos peores, así que ahora, a divertirse.
Cuando Francisco se alejó para saludar a otros compañeros, Teresa y yo nos miramos recelosas.
-”Llegarán más tarde tiempos peores” -repitió ella- ¿Qué habrá querido insinuar?
-¿Recortes? -susurré a su oído con disimulo.
Teresa me miró con ojos entornados, tragó saliva y se limitó a tomar un trago de su bebida.
No sería extraño. El anterior director dimitió ante la junta directiva al presentarse las últimas cuentas de resultados, bastante desfavorables. No había ningún comunicado al respecto pero era un secreto a voces: la empresa iba mal y había que aumentar los beneficios.
O reducir los gastos.
Aprovechando que Teresa fue abordada por varios compañeros de Contabilidad interesados en oír las aventuras de su reciente viaje de novios, me alejé del grupo para buscar algo de soledad entre las sombras de los setos que bordeaban el jardín de la finca.
La finca era enorme, con un jardín bien cuidado. Se notaba mucho dinero invertido allí. El chaval tenía que disponer de pasta incluso debajo de la cama.
Medité sobre la posibilidad de perder mi puesto de trabajo. El departamento de publicidad donde trabajaba no era precisamente rentable. Éramos demasiados y, sin clientes ni contratos, no había mucho futuro por delante.
-¿Por qué estás sola?
Pegué un brinco y, al volverme, Francisco me miró sonriente. Extendió sus manos a modo de disculpa cuando me vio alterada por el susto.
-Perdona, no quería asustarte.
Tomé aire con fuerza mientras me agarraba el pecho. Aún notaba las convulsiones del sobresalto en mi corazón.
También noté como Francisco no podía evitar fijar la mirada sobre mi escote.
-Vaya, sí que me has dado un buen susto, Fran.
Me salió del alma. ¿Quién llama al nuevo director de la empresa con su diminutivo? Enrojecí al instante. Por suerte, el chaval no pareció incómodo.
-Lo siento. Te vi sola y me pregunté si te ocurría algo.
Agarré con firmeza la copa mientras dejaba que los mal disimulados vistazos de Francisco se paseasen por mis curvas.
-¿Me indicas dónde están los servicios? Necesito refrescarme.
Francisco sonrió y me acompañó dentro de su casa. Las habitaciones eran amplias y con pocos muebles, aumentando la sensación de opulencia. Lo que sí había eran cuadros y esculturas. Docenas de ellos en cada estancia. El chaval tenía tanta pasta que se me revolvía el estómago.
-Es la primera puerta a la derecha del pasillo -me señaló-. Disculpa, Isabel, tengo que atender al resto de invitados.
Bebí de un trago lo que me quedaba de mi copa y le agarré de la corbata para impedir que marchara.
-Pues empieza por atenderme a mí.
Busqué sus labios y le besé con ansia, como una loba hambrienta.
No pensé, solo actué. Quizá fuese el alcohol, quizá otros motivos, pero estaba hambrienta. No quería estar sola.
Noté como su boca, al principio indecisa, pronto correspondió con igual gula que la mía. Nuestras lenguas se afanaron en devorarse mutuamente y nuestras salivas se fundieron.
Sus manos se posaron sobre mis tetas y apretaron la carne. Bajaron el escote y sus dedos liberaron una teta del sujetador. Sus ojos miraron con detenimiento mi pezón oscuro y luego fijaron su vista en la mía. En su mirada entornada se adivinaban juegos marranos, intenciones lúbricas, deseos malsanos. Sus uñas pellizcaron el pezón y gemí complacida. Una de sus piernas se internó entre las mías y su muslo frotó con fuerza mi entrepierna. Al instante sentí como violentos calores me ascendía de ahí abajo.
Estaba claro que el chaval no iba a contentarse con mi teta.
Sin embargo, al poco de comenzar nuestro escarceo, Francisco dio un paso atrás.
-No, espera, no. Tengo que estar con los demás. Se preguntarán dónde estamos; si nos vieran sería horrible. ¿Te imaginas que…?
-No nos verán, cobardica -ronroneé agarrándole del cinturón para arrimarle de nuevo hacia mí.
Su polla estaba ya hinchada y presionaba contra el elástico de sus calzoncillos. Sin darle tiempo a protestar, le bajé la bragueta y metí la mano. Su miembro estaba caliente y pedía a gritos una ración de cariño.
El chaval tembló como un flan de gelatina. Mi lengua repasó las comisuras de sus labios. No acertaba más que a tartamudear un “no” mientras sobaba su verga erecta y sus cojones hinchados.
Me acuclillé y, mientras exhibía mi sonrisa más impúdica, saqué su polla al aire. Las venas que recorrían el prepucio eran gruesas y la rosada punta del glande asomaba divertida.
-Madre del amor hermoso -murmuró el chaval cuando me llevé su carne a la boca.
El miembro seguía aumentando de tamaño dentro de mí mientras succionaba y lamía la porción que había tragado. Francisco posó sus manos sobre mis sienes para guiar mi lengua y labios sobre el trozo de polla que necesitaba más atenciones. Aquel bicho no parecía tener fin en su aumento de tamaño y adquirió unas dimensiones tales que fui incapaz de contener toda su largura. La saliva se me escurría y goteaba de mi mentón sobre mis muslos.
Cuando Francisco me obligó a incorporarme, eché un vistazo a su polla y abrí los ojos asombrada. Tenía un pollón digno de un negro; algunas mujeres saldrían corriendo, imaginándose escocidas tras ser penetradas por aquel bicho.
Se sacó los huevos de la bragueta y también su tamaño me hizo bizquear anodadada.
Mi asombro se tornó temor cuando me levantó la falda del vestido y buscó el elástico de mis pantis y el de mis bragas para bajármelos. Quizá tenía que ser una de aquellas mujeres que huían despavoridas ante el tamaño de aquel miembro.



Su mano buscó mi coño peludo y se abrió paso entre los pliegues para acceder a mi interior. Me sonrió complacido al encontrar una extensa humedad ya presente. Uno de sus dedos penetró mi vagina y presionó con fuerza sobre mi vejiga. No pude evitar doblarme sobre mí vientre y apoyarme en sus hombros. Un escalofrío brutal sacudió mi pecho y me obligó a agarrarme con fuerza a sus brazos. Un gemido salió de mi boca y sonó ronco. Francisco hundió su boca sobre mi cuello y mordisqueó mi piel mientras su dedo comenzó un bombeo rapidísimo en mi coño que aceleró la salida de más jugos de su interior.
Gemí angustiada y le supliqué con la mirada que se detuviera si no quería que me viniese en aquel momento. Ignorándome, el cabrón aceleró las embestidas. Apreté los dientes, incapaz de retrasar el orgasmo. Una explosión de colores y luces brillaron tras mis párpados cuando cerré los ojos. Las piernas me temblaron y los brazos se me agarrotaron sobre sus hombros. Una increíble sensación de placer me hizo olvidar todo a mi alrededor. Me abandoné al bienestar del orgasmo, disfrutando de los espasmos sobre mi vientre.
Fue entonces cuando noté su polla presionar sobre la entrada de mi coño. Abrí los ojos angustiada. Le miré de frente, suplicando con ojos llorosos que me dejase recomponerme. Francisco me mordió el labio inferior y me miró divertido, dibujando una sonrisa maligna con sus labios. Me negó con la cabeza. No iba a dejarme escapar. Mi coño iba a saber cuán larga era su polla.
El bicho se abrió paso en mi vagina como si un gigante intentara colarse por una diminuta tubería. Un dolor agudo se fundió con el placer del orgasmo que aún me embargaba. El grueso miembro puso a prueba la elasticidad de mi entrada. Necesité agarrarme con más fuerza a sus hombros, gimiendo dolorida mientras notaba como su pollón me partía en dos.
Cuando noté como la punta presionaba sobre el fondo, agradecí con un suspiro el final de aquel tormento. Pero otro, mucho más doloroso, comenzó. Su gigantesca polla inició un bombeo inclemente. Soltaba pequeños grititos cada vez que su glande presionaba sobre el final de mi vagina. Y Francisco parecía complacido en ello pues me sonreía ufano, divertido.
Nuestras miradas convergían de vez en cuando, cuando notaba como los ramalazos de dolor se tornaban insoportables o cuando ligeras pizcas de placer asomaban a mis labios y mentón contraídos.
Cuando aceleró los empellones, en busca del orgasmo, me creí morir. No podía evitar soltar gemidos de dolor y ello provocaba aún más a Francisco, que se empeñaba en hundir con mayor firmeza su pollón en mi desgraciado coño.
Noté como se venía y el semen regaba mi interior. Francisco respiró con fuerza sobre mi cuello mientras el orgasmo le hacía respirar con fuerza.
Nos tomamos unos segundos de descanso, apoyándonos en la pared del pasillo, intentando que nuestras respiraciones se aquietaran. Notaba como su semen se escurría de mi entrada y discurría sobre un muslo en un reguero.
Entramos ambos al servicio sin dirigirnos la palabra. Me senté a horcajadas sobre el bidet y me lavé los genitales mientras Francisco hacía lo mismo sobre el lavabo. Me notaba los labios externos enrojecidos y, al contacto del agua fría, sentí un alivio inmediato. La gran cantidad de semen derramada dentro de mí se me escurría en mi posición y necesité varios minutos hasta notar como ya no goteaba nada de mi coño.
-Creo que eres la primera mujer que me usa el bidet. Ni siquiera había comprobado si funcionaba el grifo.
Le miré componiendo una sonrisa vergonzosa, ocultando los pinchazos de dolor que su pollón había dejado en mi interior. Después de compartir un polvo no era cuestión de aparentar remilgos mientras, sentada a horcajadas sobre la loza, limpiaba mis genitales.
Nos terminamos de asear ambos frente al espejo. Nuestras miradas confluían en ocasiones a través de nuestro reflejo.
Salimos después a la fiesta, con el margen de un minuto para no despertar sospechas. Cuando andaba, me notaba la entrepierna aún dolorida. Una molesta sensación en las tripas me recordaba con frecuencia la dolorosa pero intensa experiencia y me notaba las mejillas enrojecer, preguntándome si alguien se daría cuenta.
Teresa me abordó de repente.
-¿Dónde estabas, Isabel? Te has perdido lo mejor. Paco, el de Contratos, acaba de contar un chiste buenísimo. Aún me duele el pecho de la risa.
A mí me dolía otra parte del cuerpo.
-Estaba pensando en lo de antes, Teresa.
-¿El qué?
-Lo de los recortes.
-¿Y qué has pensado? -susurró Teresa tras una pausa en la que recuperó la seriedad.
-Que habrá que currar el doble para no irse a la puta calle.