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miércoles, 30 de junio de 2010

TE VOY A ENSEÑAR CÓMO FOLLARTE A UN TÍO

―¿Quieres una birra, Sandra? ―me ofreció Isabel.
―Vale, pero solo si traes otra para ti; odio beber sola ―contesté estrujando el pañuelo de papel entre mis manos. Estaba esponjoso de tanto absorber mis lágrimas y mocos. Incluso comenzaba a sentirlo pegajoso. La verdad es que daba un poco de grima. Lo miré entre mis dedos y la asociación que me vino a la mente fue inevitable. Las lágrimas regresaron a mis mejillas y al cabo tuve que sonarme la nariz en él, a pesar del asco.
―¿Otra vez, Sandrita? ―resopló mi amiga cuando regresó al salón con dos botellines de cerveza. Se sentó a mi lado, me colocó mi birra sobre la mesita de enfrente, sobre un tapete y me palmeó el muslo por encima de la falda―. A ver, ¿qué pasa ahora?
Cubrí mi rostro con las manos para que no me viese llorar. No ahora, que la había prometido antes que ya no lloraría más. Pero el pringoso clínex con su gruesa carga se me adhirió a la nariz y aquello ya fue el sumun de la repugnancia. Los mocos habían adquirido una consistencia glutinosa y me habían tocado la punta de la nariz. Volví a asociarlo con lo de ayer y la repugnancia me invadió. Lo tiré histérica a la mesita que tenía enfrente como se tira una inmundicia que apañas del suelo pensando que es algo más valioso.
―¡Dios, qué asco! ―exclamé con más rabia que fastidio. Lo malo fue que el pañuelo se desdobló en el aire deshaciéndose su forma apelotonada y extendiéndose, exponiendo morbosamente mis fluidos nasales y lacrimales. Y aterrizó justo encima del botellín de cerveza, cubriendo la boquilla como un paracaídas que salvara la vida a mis mocos de morir del impacto contra el suelo. El borde de la boquilla se dejó translucir a través del papel empapado del clínex y un reguero viscoso se fue colando por el interior.
Isabel se rió dando palmas, alabando mi aparente puntería. Te gusta comerte los mocos, eh, sonrió irónica. Mientras miraba mis excrecencias mezclándose con la cerveza la conté a qué me había recordado.
―Verás ―comencé, mirando compungida mi cerveza―, el tener el pañuelo pringoso me ha recordado un detalle que no te dije antes. Resulta que después de que Raúl me la metiera sin ton ni son, así, como si mi coño fuese una disco sin maromo, donde entra todo Dios, y después de pegarme esas horribles dentelladas en los pezones, que solo de pensarlo me dan escalofríos, se meneó dentro mío un minuto escaso y luego me plantó su nabo delante de las narices con la intención de que me lo metiese en la boca, así, porque sí.
Escenifiqué la situación. Me acuclillé encima del sofá con las piernas bien abiertas, sin importarme enseñar las bragas al arremangárseme la minifalda, sacándome los bajos de la blusa, y simulé agarrar con las dos manos una verga en el aire a pocos centímetros de mi boca.
―Imagínate la escena, Isabel. Yo con un calentón del quince, y con un mete-saca cortito, para salir del apuro. Del previo ni hablamos, ya te dije que se limitó a mascarme un pezón (y para colmo solo uno, no te jode) como si fuese una gominola, llenarme la boca de babas y sobarme el potorro como si fuese el lomo de un perro, ¡hala, bonito!. Pues me la saca el cabrito cuando empiezo a sentir algo y me planta su falo pringoso, embadurnado, chorreante de nuestros fluidos delante de los labios, dios, qué asco. Me mira con ojillos rutilantes pero cegados por la corrida que se pensaba iba a tener dentro de mi boca y me suplica que le repase el capullo con la lengua, que quiere venirse en mi paladar.
―Y fue entonces cuando le diste un manotazo a su polla y te marchaste, ¿no?
Asentí, sintiendo como las lágrimas volvía de nuevo a afluir por la comisura de mis ojos. Pero tuve la entereza de explicar a mi amiga porqué hice eso.
―No te imaginas la repulsión que me entró al ver el glande pringoso, asomando por el pellejo, bañado de una espumilla blancuzca. Admito que la mayor parte de esa mierda que embadurnaba su polla procedía de mi coño. Pero es que me pareció una tomadura de pelo. Era mi primera vez, Sandra. Soy, bueno, era una puñetera virgen, una jodida primeriza. Y el muy hijo de puta me soba durante unos minutos, me babea la boca, me clava sus dientes en el pezón y luego se contenta con metérmela un ratito para que luego engulla su vara como si fuese un Calippo. Te acuerdas de esos helados, ¿no?
Isabel sonrió asintiendo con la cabeza y luego se trincó de un trago la mitad del botellín.
―¿Tú lo ves normal, tía? ―pregunté con voz trémula, dejando que mis lágrimas recorriesen mi mejilla para acumularse en el mentón, goteando la blusa. Quería que mi amiga me consolase, que me dijese que Raúl fue un cabrón, que un payaso así no merecía ni ser mencionado.
―Pues yo se la hubiese mamado con mucho gusto ―me soltó en cambio. Abrí los ojos traicionada y la miré muda del sobresalto, con los labios entreabiertos. Mis mocos, acumulados sobre mi labio superior, se deslizaron por el contorno y alcanzaron la comisura, teniendo que saborear su regusto salado. Quizás amargo, debido a su contestación.
―Pero, Isabel… ―protesté ante lo que consideraba una puñalada trapera por su parte. Me senté de nuevo en el sofá, me bajé la minifalda para ocultar las bragas que dejaban translucir sin mucha imaginación mi vulva y crucé las piernas resentida.
―Mira, Sandra, comprendo que ayer fuera tu primera vez, y todo eso. Pero ya te lo dije hace días, cuando me pediste consejo, te acuerdas, ¿a que sí? ―y puso voz de falsete―. No espeeeres milaaaagros, ¿recuerdas?, de seguro que es un fiasco y te llevas una decepción, y más con Raúl, que es muy mono y tiene un cuerpo cojonudo, pero se le nota muy pagado de sí mismo y pichacorta, ¿qué no?
No tuve más remedio que asentir. En realidad Isabel fue la única que intentó frenar mis hermosas expectativas ante mi primera vez, todas las demás me lo pusieron por las nubes. Y aunque Isabel es buena persona, eran dos contra una. Por estadística la noche anterior tenía que ser tipo “pretty woman”. Y fue una puta mierda. Y yo una mierda puta.
―¿Te acuerdas de los “truquis” que te revelé? ―preguntó dándole otro trago a su botellín, apurándolo―. Seguro que ayer se te olvidaron todos, o no los quisiste usar, me imagino.
Imaginaba bien. La puñetera Isabel me iba leyendo el pensamiento.
Me miró durante unos instantes fijamente, con el botellín apoyado en su mejilla derecha y una sonrisa velada en sus labios. Sus ojos entornados bajo párpados lánguidos brillaron durante unos instantes y luego mi amiga resopló, como si no le gustase lo que iba a hacer, pero no tuviese más remedio que hacerlo, por obligación o por amor propio.
Isabel siempre me pareció la menos guapa de mis amigas. Pero ello no disminuía su magnetismo. Era, quizás, una suerte de encanto natural o adquirido que la hacía deseada. Muy deseada. Yo no sé cómo lo conseguía, pero las primeras miradas del ganado de sementales en la disco iban para nosotras tres, pero luego se posaban indefectiblemente en ella. Ganábamos el primer asalto, pero nos humillaban en el resto.
Sus ojos no tenían un color especial, más bien un anodino color pardusco que complementaba con una nariz ligeramente torcida y algo sobresaliente en cuanto al tabique nasal. Labios finos y mentón algo huidizo completaban el cuadro.
Sin embargo aquellos rasgos sosos por separado, en conjunto eran armoniosos y placenteros a la vista, admitámoslo. También su cabello oscuro y liso, con mechones definidos y de una negrura casi azulada, incentivaban el quedarte prendado de su cara durante horas y horas. Supongo que cuando nos juntábamos de marcha no éramos tres rubias tetorras con bonito pandero y Sandra, sino Sandra y tres rubias pechugonas de traseros prietos. Porque Isabel también tenía tetas, pero no tan bien puestas como las nuestras, sino más… abordables, digámoslo así. Incluso tenía el culo más redondo y las caderas más generosas. Nosotras, que lucíamos un vientre planito embelesábamos a los babosos y ella, con su tripita que gustaba de enseñar a la mínima, se llevaba de calle a todos los demás.
Marta, una de nosotras, las tres rubias, siempre decía cuando nos levantaba un ligue, que Isabel tenía el don de la accesibilidad, y que nosotras teníamos el obstáculo del pedestal. Su cuerpo con curvas de guitarra era más atrayente que nuestro tipín de rubia playera oxigenada.
Continuaba mirándome con esa sonrisilla mezcla de borrachera y conmiseración, con el botellín apoyado en la cara.
―Te apuesto a que antes de que te vayas te bebes tu cerveza del botellín, sin importarte los mocos y las lágrimas que hay dentro ―dijo Isabel dejando el suyo sobre la mesa con un golpe. Zas, como el martillo de un juez.
Miré de reojo la boquilla oculta por el pañuelo empapado por los mocos y sonreí ante su fanfarronada. Pero no oculté en mi mirada un resquicio de reticencia que ella captó de inmediato, acrecentándose su sonrisa.
―Pareces tonta, ¿a qué viene eso? ―pregunté con curiosidad. Sentía respeto por la legendaria fama que Isabel tenía entre nosotras de salirse siempre con la suya.
―Tú acepta y te juro que te llevarás a los labios el botellín sin importarte los mocos que ahora hay encima. Y también dentro ―aseguró sin darme ni una pista.
―¿Qué nos jugamos? ―pregunté animada por mi indefectible victoria. Fanfarrona, pensé, a ver que la saco a ésta.
―Si tú ganas, este mes te pago el alquiler del piso ―respondió ufana, con una medio sonrisa que invitaba a travesuras, a juego con un destello de sus ojos entornados. Ese gesto era la que en un bar, hacía volver todas las miradas masculinas hacia ella. Y también las nuestras, en honor a la verdad.
Cuidado, Sandrita, me dije, ésta juega con cartas marcadas. Sin embargo su oferta era demasiado tentadora; el dinero del alquiler me vendría de perlas para un vestido nuevo y podría por fin pagar las cuotas atrasadas del gimnasio donde esculpía mis prietas nalgas.
―¿Estás segura? ―pregunté sonriente, extendiendo la mano para sellar el acuerdo con un apretón, añadiendo un aura de solemnidad a la apuesta.
―Dos horas, aquí, en el salón, sin moverte―detalló. Asentí y me estrechó la mano, cerrando el acuerdo, manteniendo su media sonrisa y sus ojos brillantes.
Antes de atravesar la puerta de su casa, dos horas más tarde, me bebería la cerveza del botellín. El pañuelo de papel estaría pegado al borde de la boquilla. Pero lo arrancaría y me trincaría el contenido de un trago. Y sería la cerveza que mejor me sabría de todas las probadas, aun estado ya tibia. Perdería la apuesta. De calle. Y de qué manera. Menuda desgraciada.

++++++++++
―Dice que vale ―me confirmó al pulsar la tecla del móvil de terminar la llamada―. Saca el bolso que está guardado en el cajón de abajo del mueble, el de color azul.
Yo no salía de mi asombro. Supongo que se me notaba en los ojos abiertos de par en par y la boca abierta como un besugo recién sacado del agua. Aún conservaba una postura defensiva, sentada en el sofá, cruzada de brazos y piernas, que adopté cuando me contó el plan.
―Pero… tú…tú… ―tartamudeé escandalizada, para luego gritar como una histérica― ¡Tú estás loca, Isabel!
―Ché, ché ―dijo chasqueando los labios y ladeando el dedo índice, negando. Se acercó y se sentó junto a mí pasando un brazo alrededor de mis hombros, acercando su rostro al mío. Entornó una sonrisa en la que emergieron unos dientes algo desparejos y se formaron unos hoyuelos en sus mejillas. Eran los famosos “hoyuelos de Isabel”, dos agujeros negros que hacían que las miradas de ambos sexos se desviasen de sus quehaceres y se posasen sobre ellos hasta que Isabel las dejase marchar. Si su sonrisa traviesa hacía volver las miradas hacia ella, sus hoyuelos las retenían como un imán―. Te recuerdo que hemos hecho una apuesta, Sandrita.
Negué con la cabeza, apretando los labios.
―Eres una puta pervertida, Isabel, y tú lo sabes ―susurré, aunque luego pensé que quizás habría escuchado mal la proposición de mi amiga y me estaba inventado cosas que no eran.
―Pretendes ―dije lentamente en voz baja, casi cuchicheando, como si alguien nos pudiera oír, aunque estábamos solas en su casa―, pretendes que os grabe a Raúl y a ti follando en el salón. Un asqueroso video porno, eso quieres.
Isabel me besó en la mejilla, asintiendo. Me hubiera gustado apartarme, alejarme de ella, impedir que me tocase, pero me pilló por sorpresa. Además, estaba hechizada con sus hoyuelos. Y, porqué no, tampoco quería apartarme.
―A decir verdad ―confesó ella entornando los ojos destellantes ―al acuclillarte en el sofá antes, cuando me escenificaste la mamada…
―El conato de mamada, Isabel, recuerda, que ni se la rocé siquiera. No me pongas a tu nivel ―siseé, cortándola asqueada.
―Bueno, pues cuando Raúl casi te la endiña en la boca, se te subió la falda al acuclillarte en el sofá y me fijé en tu precioso coñito, y en cómo sostenías su polla en el aire. No sabe cómo me pusiste, chica, con un calentón del bueno. Y me imaginé como hubiera sido si yo hubiese estado en tu lugar. Qué habría hecho. Cómo habría discurrido el polvo. Qué habría sucedido si me hubieses hecho caso.
Precioso coñito, ha dicho. Ay, mi madre.
―Y no se te ocurre mejor forma que llamar a Raúl y pedirle que venga a follar y grabar el polvo, no te jode.
―Exacto. Quiero que veas de primera mano cómo se folla bien follado a un tío. Y que tengas un video de cómo fue el polvo, para que te lo estudies.
Sonreí jactanciosa.
―La has cagado, Isabel ―dije sintiendo algo de pena por mi amiga, aunque tras los últimos acontecimientos, debería añadirla otro sobrenombre: putona ―. Raúl es de los que las prefieren rubias, de tetas firmes y culo duro. No se la vas ni a poner dura, fíjate lo que te digo.
―Bueno ―rió Isabel enseñando la punta de la lengua entre los labios―. No me ha puesto ni una pega para hacer este corto, ¿no?
No respondí. Apreté aún más las piernas y los brazos, intentando olvidar aquel resquicio de lengua que asomó por sus labios, rosado y brillante. Me aterraba el impulso irrefrenable de besarla que en aquel momento sentí, e intentaba crear una coraza que impidiese que su lúbrica sonrisa me hiciese perder el control.
Tuve que admitir que, al margen de mi inesperada atracción por Isabel, me excitaba la idea de ver al hijoputa que me desvirgó ayer sin miramientos follarse a mi amiga mientras yo grababa el polvo delante de ellos. En cierto modo quería verla sufrir.
Quizás era morbo. No. Con seguridad era morbo. El morbo de ver a Isabel desnuda y follando con mi desvirgador. A ver qué coño tenía esta morena para jodernos los findes y liarla parda cuando se la antojase. Como si fuese una vulgar estudiante que necesitase de un maestro. Además quería dejarme en ridículo. Follar por follar. Lo dicho, una putona.
La que quedaría en ridículo sería ella. Raúl era un payaso impresentable, de cara adorable y cuerpo moldeado, pero, como ella había dicho, pichacorta y demasiado bien pagado de sí mismo.
―Es cierto que hay tíos que no saben follar ―me había explicado―, ahí no hay que darle más vueltas. Pero esto es como una corrida de toros; te toca el morlaco más sosainas pero tú tienes que sacarle todo el jugo y hacerte valer. No lucirás pero tampoco puedes tirar el capote a la arena.
Resoplé disgustada ante lo que se me antojaba una tarde demasiado cochina para mi gusto y me dispuse a sacar la bolsa que me había indicado Isabel.
―Sabes cómo funciona, ¿no?― preguntó cuando saqué la videocámara de la bolsa.
―Estudiamos Imagen y Sonido, ¿recuerdas? El que sea rubia no quiere decir que sea tonta ―repliqué ofendida.
―Vale ―dijo ella sin inmutarse―. Recuerda variar los planos, e improvisa. ¡Empápate de la película!, como nos decía el de segundo de Cinematografía.
Respondí con un chasquido de lengua viéndola internarse en el cuarto de baño. Encendió una radio y comenzó a tararear y al poco escuché el sonido de la EpiLady sobre la música. Monté la cámara y constaté que la batería estaba cargada y el disco duro interno con espacio suficiente para dos horas de grabación. Supongo que aún tenía ligeras dudas de que realmente fuese a suceder lo que iba a suceder. Pero en el fondo deseaba que sucediese. En mi interior ansiaba ver el coño martirizado de mi amiga y el repulsivo semen rebasando sus finos labios cuando Raúl se corriese dentro de su boca. Ay, quita, qué asco, diría. Para, para, ni me toques. Y luego un buu, buu, llorando como una Magadalena.
Me acerqué al cuarto de baño en silencio cuando dejé la cámara a punto y me asomé a puerta abierta para ver a Isabel. Ya no se oía la depiladora eléctrica, así que ya habría terminado con las piernas y las axilas. De fondo se oía en la radio la última de Bisbal. Se estaría ahora dedicando al pubis. Sí, era morbo, constaté. Morbo por ver a mi amiga depilándose el sobaco y las ingles. Morbo por ver la almeja sonrosada de Isabel antes del polvo.
Allí estaba, sentada al borde de la bañera, frente a mí, desnuda y bien abierta de piernas, encorvada para poder mirarse el pubis con amplitud, con un espejo redondo convexo en el suelo por el que ella y yo veíamos su vulva y su ano aumentados. Con unas tijerillas y unas pinzas se iba recortando el vello oscuro y ensortijado que le tamizaba la vulva, cayendo en el espejo.
Levantó la vista cuando carraspeé: no quería ser una voyeur, sino una espectadora. Sonrió y continuó dedicándose a varios pelitos dispersos por las ingles arrancándoselos con las pinzas.
―No me negarás ―dijo irguiéndose sentada, separándose los labios de la vulva con el dedo índice y medio― que mi coñito es apetitoso―. Su ano expuesto me guiñó con un fruncimiento de los músculos del esfínter a través del espejo.
Gruñí en una suerte de sonido insustancial e indiferente. Isabel me miró mientras yo mantenía la mirada fija en su rosado clítoris, enorme comparado con el mío, y su entrada cavernosa, seguramente dilatada de tantos manubrios como la habrían visitado.
―No me engañas, Sandrita, te mueres por lamerme el garbanzo y confirmar a qué sabe mi coño.
―No seas puta, ¿por quién me tomas? ―pregunté alterada, desviando la vista de su vulva hirsuta para posarse sobre sus tetas de piel blanquecina y areolas oscuras. Se agachó de nuevo para seguir depilándose, dejando que sus tetas colgaran del pecho como dos ubres de vaca, apuntando como dos lápices afilados, sus pezones al suelo. Me encandiló descubrir que su piel oscura contrastaba con fiereza con la sordidez de sus blancuzcos pechos y pubis. Las marcas del bronceado que yo mitigaba lo máximo posible con rayos uva desnuda en inquietantes ataúdes azulados, para Isabel eran un fetiche del que parecía vanagloriarse, mimándolas como un preciado tesoro.
―A los tíos les bulle la sesera cuando te ven en cueros y con las líneas del bikini ―explicó al darse cuenta de mi fijación por sus contornos lechosos―. Es como mostrar aquello que debe estar oculto, como disponer de unas gafas de rayos X con las que pueden desnudarte estando en la playa. A un tío le motiva más descubrir lo oculto y confirmar su lúbrica imaginación que mostrar a las bravas lo mil veces visto en revistas y cine porno, ¿sabes?
―Si tú lo dices… ―respondí aparentando apatía, aunque en el fondo sus palabras me parecían bastante razonables y juiciosas. No quería darla la razón, aunque la tuviese. Pero era cierto: a los hombres (y a nosotras, claro) les excita más vislumbrar un mechón de vello rizado asomar por el tanga del bikini o el slip que ver el sexo completo. Estaba de acuerdo.
Cuando terminó, recogió todo y se pasó una toalla por el chumino para luego mirarse al espejo desde arriba, asintiendo al ver su vello recortado. Había desviado la vista hacia el pasillo para no exponerme más aún a sus sonrisas. Riéndose se sentó sobre la taza del inodoro. Me miró mientras meaba. Yo no sé por qué, pero giré la cabeza para mirar a mi amiga cómo hacía pis. El chorro salpicando la loza, sus dedos separando sus pliegues. Un sonido de sifón y luego un tintineo al chocar la orina contra el inodoro. Se levantó un poco para que pudiese ver el cordón amarillento aparecer de entre sus dedos y desaparecer en el borde de la taza.
―¿Te gusta verme mear, Sandrita? ―preguntó mordiéndose la lengua con expresión pícara. Hoyuelos. Un rápido meneo de dedos y el chorro se convirtió en lluvia, salpicando el asiento con gotas amarillentas. Quise que un sentimiento de asco y repugnancia mi hiciese torcer el gesto, pero solo me salió un ceño fruncido. Se limpió con un trozo de papel y me miró erguida, desnuda.
―Me das asco ―dije intentando escupir las palabras, pero salieron de mi boca como un lamento angustioso―. Eres una puta guarra.
―Si tú lo dices, morbosilla… ―respondió tirando de la cadena.

++++++++++++
Raúl llegó al cabo de media hora exacta. Venía colorado y con una sonrisa de oreja a oreja ante lo que se le presentaba (un polvo regalado) que no podía disimular. Incluso venía con el arma medio enarbolada. Menudo idiota. En ese momento me hubiese gustado lanzarle un rodillazo a aquel bulto entre sus piernas y luego escupirle a la cara, entre los ojos. Pero puse cara enfurruñada, cruzada de brazos, disgustada.
No me hizo caso. Toda su atención estaba puesta en Isabel, que lo había recibido en ropa interior, aunque un salto de cama de gasa oscura la cubría decorosamente el torso y la mitad de sus muslos.
Isabel se había peinado hacia atrás, todo atrás, segura de sí misma, y se había echado gel Pure Wet en el cabello para darle un efecto mojado. Parecía recién salida de la ducha, limpita, rosita, con ganas de ensuciarse el cuerpo. Se había pintado los labios con un gloss de cereza y los párpados con sombra aguacate. Hasta a mí me daban ganas de lamerla toda la cara desde el mentón a la frente, de hundir los dedos en su cabello pringoso, estirar de él hacia atrás para que gimiese asustada, dando un respingo, y regarle la fina piel de la garganta de babas calientes.
Joder, por dónde vas, Sandrita. Céntrate, anda, céntrate.
Raúl no se fue por las ramas. Me dio dos besos de rigor, como si fuese una amiga sujetavelas. Intenté que no me rozara la piel, girando la cabeza para que sus labios no me tocasen, pero no hizo falta, ni siquiera hizo amago de tocarme. Yo apoyada en la videocámara Sony (cual vaquero del oeste en la barra del bar) montada en el trípode, con el visor desplegado a la izquierda, viendo a través de él la mitad del salón.
A través de la pantalla de tres pulgadas entra Raúl. Isabel ya está dentro del cuadro, sentada en el sofá. No se ha levantado para saludar a mi desvirgador. Cruzada de piernas. Maleducada, impresentable, haciéndose la dura. Descansando los brazos al costado, con aire confiado, dominando la situación. Enseñando un diminuto triángulo de escote. Pulso el botón rojo y un ligero zumbido procedente del plato del disco duro empezando a girar sisea de las tripas del aparato. Por la pantalla de tres pulgadas se ve a Raúl sentándose al lado de Isabel. Alzo la vista del visor y los veo más grandes, más reales, más coloridos. Pero en la pantalla son dos actores de cine porno. Dos cochinos y asquerosos actores.
―Parece que vas en serio ―dice él.
―Y tanto, Calippo mío ―sonríe Isabel con picardía, componiendo su sonrisa entornada, sus ojos entrecerrados y atrayendo la mirada de Raúl (y la mía) hacia sus hoyuelos en las mejillas. Esos hoyuelos que desarmaban hasta a los más imperturbables. Raúl sonrió y yo sonreí, qué cojones. Me encantaría coger a Raúl del pescuezo y tirarlo por la ventana, posar una gota de saliva sobre esos hoyuelos para arrancarla luego la bata y masticar sus pezones a través del sujetador. Esta maldita cerda me estaba desquiciando.
Raúl no se resiste a su sonrisa. Tampoco tiene porqué. Ha venido a follar, eso ya lo tiene claro. Y nosotras.
Raúl pasa al ataque sin mediar un mísero flirteo. Fuera preliminares. Adiós conversación. No hay obstáculos. Casi igual que conmigo ayer. Se pensó que con dos risitas, jiji, jaja, ya bastaba, y en un parpadeo ya me había embadurnado los aledaños del morro con sus babas.
La besa con la boca abierta, sin el tanteador beso inicial de labios fruncidos esperando una señal para internar la lengua. No pierde el tiempo, como si le faltase. Enfoco su beso y a través del visor, acercándome con el zoom hasta el máximo, x24, capto el instante en que sus lenguas se atraviesan, intercambiando salivas, explorando recovecos, a través de una rendija entre sus morros casi fundidos entre sí. Ladean la cabeza como si bailasen sobre sus cuellos. Gruñen y me parece notar que sus gargantas vibran, como rencorosas por no poderse también unir. Me alejo de ellos con un siseo del zoom para meter en el plano la mano de Raúl internándose en la nuca de Isabel, como un peine, sujetándola del cuello, impidiendo que se escape. Muy posesivo. Es mi caramelo, zorra, y no me lo vas a quitar, me parece oír en su cabeza. Claro que no, marrano mío, responde ella, tómalo todo para ti, es tuyo, no te lo quito.
Doy más amplitud al cuadro. Noto mi respiración agitada. Raúl ha posado su mano izquierda sobre el escote de Isabel. Ella no se inmuta, concentrada en los giros de cabeza al besarse. Ayer él no me hizo eso. Me pongo cachonda sólo de pensar si yo estuviese en lugar de Isabel, con ese torrente de saliva anegándome la boca, su mano derecha impidiendo una separación, la izquierda a punto de escabullirse por el escote. Y yo, como Isabel ahora, con los brazos en la misma posición, lánguidos, imperturbables, cruzada de piernas, pero con un afluente de fluidos emergiendo de la vagina, sintiendo los labios hincharse, tórridos, con el clítoris latiendo desconsolado.
Hago un zoom vertiginoso sobre sus bocas al despegarse, recogiendo el detalle del hilo de saliva pesado que une ambos labios inferiores. El pintalabios ha aguantado bien el primer asalto, pero parte del gloss ha desaparecido y la mamola está ligeramente colorada por la pintura corrida. Capto los poros del mentón de Isabel, incluso la pelusilla de la mamola. Suspiro sintiendo mis pezones arañar el sujetador de encaje que llevo bajo la blusa. Y mi vagina escupir viscosidades, empapando el forro interior de la braga. Joder, estoy cachonda, como si Raúl me hubiese besado a mí.
Su mano desnuda el hombro, descubriendo el tirante del sujetador, al lado de un surco gemelo blanquecino. Sus labios se cierran sobre el cuello recorriendo la piel hasta llegar a la tira del sujetador. Sus dedos la desplazan a un lado perdiendo su condición elástica, convirtiéndose en un tirante suelto. ¿Qué es peor que un tirante de sujetador, estrecho y menudo, sobre un hombro redondeado, sinuoso? El mismo tirante suelto. Melones bamboleándose, recato decoroso, sonrisas avergonzadas amparadas en el tirante rebelde. Ay, mi madre.
Se sonríen. Les sonrío. Raúl desata el nudo de la bata e Isabel descruza sus piernas. Abre la bata como se abre una puerta doble, mostrando un mundo más allá. El sujetador transparente muestra el pezón abultado, un botón gordezuelo, una grosella nega emergente. Los dedos aprisionan la teta. Estrujan la carne blanquecina a través del sujetador mientras ellos se miran ansiosos, con labios entreabiertos y ceño fruncido. Aprietan la carne los dedos índice y pulgar en torno al pezón y yo capto con mi zoom el ojo entrecerrado de Isabel acusando el pellizco, sintiendo la carne de la teta condensada, aplastada. Se muerde el labio inferior, en un gesto ansioso, suplicante de más presión. Pero qué puta eres, Isabel.
Quiero sentir lo mismo, excitada como estoy, y me pellizco con saña un pezón a través de la blusa. Está duro, vaya sorpresa. Me aprieto más fuerte, hasta sentir el pinchazo de dolor, el punzamiento de placer emerger del botón.
Plano medio. El vientre de Isabel, expuesto sin el amparo de la bata, abierta ahora de par en par, se arruga sobre sí, no es terso como el mío, pero me gusta, y más abajo hago otro zoom a las marcas blancas bajo el minúsculo tanga que lleva puesto. Como una sombra inversa. La prenda también es transparente. En esta ocasión Raúl no se refrena, no se ciñe a un guión erótico, sino que tira del tanga hacia los muslos obligando a Isabel a levantar las nalgas del sofá para ayudar a hacerlo desparecer, dejándolo enrollado en las rodillas, como una goma retorcida. Abre las piernas. La prenda lo permite, es flexible. Tiene postura de mear, de soltar un chorro amarillo por su conejo de un momento a otro. Allí estaría mi boca, como si fuese sidra.
Inevitable sorpresa. Otro zoom al rostro de Raúl al contemplar el pubis de Isabel. Se relame los labios, ya degustando el plato. ¿Qué está mirando? Plano corto, las bragas se salen del cuadro, zoom al coño. Dos surcos difusos y blanquecinos surgen de las caderas ocultas por las puertas de la bata y convergen en un trapezoide lechoso, minúsculo. Isabel se ha dejado crecer la mata oscura de vello más allá de los márgenes blancos de su piel, invadiendo la zona bronceada superior. Entorno los ojos y exhalo un gemido. Quedará grabado. Los pelillos rizados escapan del cerco blancuzco e irrumpen en la piel oscura. Isabel me sonríe, pero la videocámara no lo capta. Sabe que estoy igual de ensimismada que Raúl, con la mirada fija en su coño recortado. Qué hija de puta. Sabiéndose fuera de plano me saca la lengua divertida, encantada con nuestro anonadamiento.
―Me encanta tu chocho ―suspira Raúl. Y como si se diese cuenta que algo andaba mal, como si en un partida de ajedrez te das cuenta que aún no has movido creyendo que mueve el otro, se revuelve en el sofá, despojándose de su ropa en un santiamén, quedándose con los calcetines puestos, unos calcetines marrones, finos, donde se trasparentaban los dedos. Se levanta y se agacha dándome la espalda. Zoom al culo de Raúl. Un culo blancucho, prieto, alguna espinilla rosa, un lunar, las marcas del elástico de los slips dibujaban una suerte de bragas sobre las nalgas de mi desvirgador. Un grueso vello arrebujado sobre el escroto oscuro ascendiendo por la raja que divide su culo, mostrando un agujero fruncido, como un ojo guiñado en penumbra.
La mirada de Isabel aparece tras la cadera de Raúl, emergiendo tras el perfil de la nalga, su ceño fruncido y un hoyuelo en su mejilla. Trago saliva, ¿qué coño hace?. Desenfoco nalga, enfoco sus ojos. Me señalan más abajo. Abro plano. Los dedos de mi amiga sosteniendo los huevos de Raúl, sopesándolos en la palma de la mano, con la otra se intuye un meneo de rabo oculto por el cuerpo, los dedos se cierran sobre los testículos. Aprietan. Raúl gime, se tambalea. Isabel me sonríe detrás, desenfocada. Las uñas se cierran sobre la piel laxa y velluda, comprimen, amasan. Raúl grita. Más fuerte. Los dedos sueltan el escroto. Descienden un poco. Ascienden de súbito. Golpe, zas. Dolor. Puta, hija de puta, exclama Raúl. Otro golpe, zas, puta, puta, más, hija puta, quiero más. Golpe, golpe, más fuerte, más impulso, zas, zas. Enrojecimiento. Las canicas se hinchan y bailan en la bolsa rojiza. Se detienen. Isabel desaparece tras las nalgas. Sonido de gorgoteo, sonido de succión. Es hora de variar el plano, Sandrita.
Desatornillo la cámara del trípode y me acerco a la mamada. Me tumbo en el suelo, debajo de ellos, contrapicado, con las piernas abiertas, arremangada la falda, expuestas mis bragas húmedas. Da igual. Están a lo suyo. Mantengo el plano mientras me toco el coño. Me froto por encima pero luego siento la urgencia, la necesidad de sentir en mis dedos toda la viscosidad de mi coño jugoso. El encuadre tiembla. Se activa el estabilizador óptico minimizando mi masturbación. Gemidos arriba. Puta. Comepollas. Bien, bien, así, trágatelo todo, puta, más que puta. Más zoom a la mamada. Del mentón de Isabel cuelgan lianas de saliva. Las gotas de baba salpican la lente. Sigo grabando. Arqueo la espalda hasta sentirla crujir, machacada, mientras mantengo el plano de los labios de Isabel engullendo y vomitando el falo de Raúl y yo rascándome convulsivamente la vulva con las yemas de los dedos, como un boleto de lotería, buscando encontrar el premio. La saliva se acumula en la lente. Gotea del mentón y de los dedos de Isabel que sujetan el nabo, un nabo reluciente, brillante, del que una lengua menesterosa se encarga de lustrarlo sin descanso. Un goterón de saliva espumosa salpica la lente de refilón, me ha golpeado la mejilla. La rebaño con la lengua. Sabe a sudor tibio y salado. Me apoyo en un codo y asciendo para sorber del mentón de Isabel un pringoso cuajarón salivoso que amenaza con inundar la lente. Caliente, soso, viscoso. Me relamo.
Desenfoco la mamada, enfoco las tetas enfundadas en el sujetador. Raúl las sopesa con los dedos, calibrando espesor y peso. Ya no tienen el auxilio del tirante. Botan. Pezones emergentes, puntiagudos. Raúl desabrocha el sujetador y deja que la prenda resbale por los antebrazos morenos deteniéndose junto al codo. Tira de los pezones hacia arriba. Carne turgente, piel tirante. Suelta. Boin, boin. Gemido de Isabel. Más zoom. La areola de chocolate se hincha y el pezón oscuro se inflama. Otra vez, con dos dedos, como si diese asco. Aprisiona el pezón con las yemas. Chillido. Casi siento como la carne se comprime y a Raúl apreciando el botón con una textura como las gomas de borrar de Milán. Retuerce la carne entre las yemas. Capto el detalle. Isabel gruñe con la polla en la garganta. Atornilla, desatornilla. Más gruñidos. Más chillidos. Tira de la carne hacia arriba, como probando cuán elásticas son las tetas. Joder, eso tiene que doler, seguro. Gimo. Abro el cuadro. Voy enfocando los diversos elementos: tetas estiradas, mamada baboseante, mirada compungida de Isabel, mirada torturadora de Raúl.
Para, para, que me corro, cojones, que me corro, grita Raúl agarrando de los pelos a Isabel, tirando de ella, del cabello efecto mojado. Resurge el rabo de Raúl, inundado de babas, goteando babas, meando babas, sudando babas. Túmbate, puta. La estampa en el sillón. Y ella me sonríe, sonríe a la cámara, zoom a la lengua que se muerde encantada, hoyuelos en su máximo esplendor. Ya no hay gloss en sus labios. Arrebaña con la lengua la saliva de las comisuras. El zoom delata la saliva acumulada en la lente. Abro plano. Las tetas vilipendiadas, los pezones hinchados como una fresa, jadeando sin respiración. Buena mamada, extiende el dedo pulgar hacia arriba, fuera de cámara. Me abro la blusa como puedo sin dejar el plano, me saco los brazos, una mano, luego la otra, limpio la lente con mi blusa. Me arrodillo sin dejar de mirar a Isabel. Raúl se está colocando un condón, fuera de cámara. Él y yo nos miramos. Me mira el coño húmedo y enrojecido. Tengo la falda arremangada, las bragas enrolladas a los muslos. Mantengo el plano en Isabel. Raúl me sigue mirando, desde arriba. Mis lubricaciones resbalan por los muslos, igual que el sudor. Solo llevo el sujetador puesto, los pezones como dos pitones, lo demás está a la vista. Jadeo y le señalo con una mirada a mi amiga. Sonríe y asiente.
Abro el plano. Isabel ha izado sus piernas, dobladas, sentada en el sofá, toda su vulva expuesta, su ano oscuro boqueando, como un ojo que parpadea o el diafragma de una cámara tomando fotos. Labios empapados en los jugos vaginales, como una flor abierta. Vulva hinchada, igual que la mía, enrojecida. Vello púbico brillante. Zoom al ano de Isabel. Parpadeo del ojo. Los fluidos afluyen de la raja arriba y discurren paralelos alrededor del agujero. Otro guiño, otra foto. El vello rizado coronando la vulva, invadiendo ambos lados del pubis. Brillante, ensortijado, efecto mojado natural. Raúl invade el cuadro, pero bajo sus nalgas el diafragma de Isabel me sigue tirando fotos. Un pene plastificado de azul se cierne sobre el coño. Un pellejo de látex se posa sobre la entrada, sobre los pétales de la flor. Más zoom. Puta, ya verás ahora. Un golpe de cadera y el falo se hunde en la vagina, de golpe. Plas, choque de ingles. Plas, plas. Jadeos, gemidos. Yo también gimo, oh, dios. El rabo emerge del agujero y se vuelve a clavar, como en un pozo petrolífero. Los testículos se revuelven como dos canicas dispersas en su bolsita enrojecida. Arriba, abajo, arriba, abajo, la polla azulada emerge de la flor arrastrando en su ascensión grumos de lubricante del coño. Abro plano. Tengo ambos anos encuadrados. Arriba uno, abajo otro. Ambos se abren y cierran. Fotos, más fotos. Me guiñan sincronizados cuando el rabo perfora el coño. Gritos. Jadeos. Chillidos. Insultos. Vamos, puto mierda, ¿sólo sabes hacer eso?, jódeme, puto cabrón, párteme en dos, jodido Calippo de los huevos, vamos.
Abro plano. Las uñas de Isabel se clavan en las nalgas de Raúl, marcando territorio, dejando surcos carmesíes, abriendo como un melón las nalgas, muy cerca del ano masculino, que ya no puede guiñar, un agujerito que quiere cerrarse pero no puede por la tensión. Puta, puta, grita él. El sillón chilla espantado, golpeado contra la pared, los cojines bajo ellos con un surco de fluidos. Trago saliva. Me desabrocho el sujetador y dejo que las tetas caigan fuera de las copas. Desatornillo un pezón, chillo como una cerda y el dolor me recorre el pecho entero. Siento mi vulva rezumar, cocinándome por dentro, tengo el horno a punto de estallar. Me muerdo el labio hasta sentir el regusto tibio y salado de la sangre en mi boca. Sudo como una puerca, siento una gota fría de sudor descender por mi costado. Mis axilas lloran sudor, igual que mis sienes, mi frente, mi vientre, mis muslos, estoy meando sudor, cojones.
Mi mano se desliza hacia mi chumino. Enrojecido, salvaje, sediento, hinchado. Froto con la palma de la mano. Una torta, otra. Has sido malo, chocho mío, muy malo. Otra torta, zas. Más fuerte. Gimo como una desgraciada, mantengo el plano, al estabilizador óptico le cuesta centrar la imagen. Me sigo atizando. Zas. Más fuerte. Dolor. Restriego los dedos por el canal interior, mana una viscosidad que extiendo por toda mi vulva. Las uñas rozan mi ano. Otra torta, zas. Distiendo el esfínter. Más fuerte, puta. Zas, zas, zas. Gimo, grito, puta, puta, soy una puta. Froto sacándome brillo. Noto el calor emerger de mi culo y mi vulva. Mi clítoris inaguantable. Zas, zas, zas. Aprieto los dientes y se me escapa la saliva por las rendijas de las encías. Froto y froto. Estoy ardiendo. Tengo el coño ardiendo. Zas. Me estoy golpeando con saña. Puta, puta. Me meto dos dedos de golpe, me araño la entrada, los saco encharcados. Zas, zas. Lloro desconsolada, me muerdo el labio hasta sentir más sangre rebullir dentro de la carne.
―A lo que estamos, Sandrita ―me dice Isabel, cortándome la película, devolviéndome a la suya. Se han tornado las posiciones, Raúl sentado e Isabel acuclillada, cerniéndose sobre el pilón azulado, agarrándolo de la base baboseada, centrándolo hacia su entrada pringosa, ella apoyada en el respaldo. Cuerpo en tensión, tetas distendidas. Esto es nuevo, no lo hice ayer. Trago saliva, asiento, dejo de tocarme, estaba a punto, joder. Zoom al glande forrado de látex azulino. Ahora no se hunde, es engullido por el coño de Isabel. Más zoom al regurgitar el pilón plastificado. Traga, vomita, traga, vomita. Me duele mucho el coño. Más jadeos, chillido de Isabel. Joder. Eso duele, amiga mía. Te gusta pero duele, sufre puta morena, sufre jodida mamona. Chilla, puta marrana, chilla.
Abro plano. El vientre de Isabel se revuelve, no lo tiene tan firme como el mío, no. Zoom a la cara de Isabel. Es un vaivén de sobresalto y dolor. Ah, ah, gime. Oigo crujir un tendón. Más jadeos. Ceño fruncido, lágrimas manando, saliva reseca en el mentón, fosas nasales dilatadas. Cabello efecto mojado mecido por los empellones, restallando con cada acometida sobre su cara,. Aprieta los dientes, enseña los inferiores, dolorida. Se le escapa la saliva. Sus ojos señalan más abajo. Abro plano. Los dedos de Raúl se clavan como garras en sus tetas. Espachurradas, pellizcadas, golpeadas, manoseadas. Aparecerán cardenales, seguro. Los pezones oscuros y tiesos parecen aguantar la posición, pero la blanca carne se bambolea como en un terremoto. Las uñas se hunden en la fina piel, arañan la teta y dibujan en la piel surcos como un arado. Cabrón, cabrón, grita Isabel mirando a cámara, arráncamelas, hijoputa, cabrón, quédatelas, son tuyas. Raúl las golpea, las da manotazos. Habéis sido malas, muy malas. Zas, zas. Los dedos dejan marcada su impronta en la piel. La carne se revuelve, mareada, golpeada. Zas, zas.
Trago saliva, respiro por la boca, tengo la nariz taponada de la congestión. Tengo el cuerpo viscoso y húmedo del sudor, me noto sucia, guarra, cerda. Noto el coño dolorido. Mucho dolor. Escuece. Noto la piel seca alrededor de mi pubis. Hinchada como nunca lo ha estado. Inflamada. Estoy malita. Me muerdo el labio notando las marcas dejadas antes por los dientes. Ya no hay sangre, solo cardenales. Labios hinchados, tumefactos.
Se levantan de repente, caigo de espaldas del susto. Se plantan junto a mí, Isabel arrodillada, Raúl de pie. De perfil. Enfoco. Ellos sudan más que yo, sus poros exudan sudor, las gotas emergen. Capto el detalle. Isabel arranca con los dientes el condón y mira a Raúl arriba. Sonríe, se muerde la lengua. Hoyuelos. Manipula el falo de Raúl, pringoso, hinchado, enrojecido. Se golpea la carne contra sus mejillas. Plas, plas. Sus dientes arañan el glande amoratado. Plas, plas, se golpea la cara. Engulle, vomita. Más rápido. Está ordeñando el pene de Raúl a dos manos. Más sonrisa. Más rapidez. Gruñido. Los dedos de él se cierran sobre un matojo de su cabello, estirándolo, cabello negro efecto mojado. Sigue dándole, tira más del pelo. Gemido. Chillido. Grito. Ah, me corro. Isabel abre la boca. Dámelo, hijoputa, dámelo, lo quiero.
Grita. El primer escupitajo erra, salpicando la mejilla y la lente de leche espumosa, otro grito, el segundo se interna en la gruta, al igual que el tercero. Y luego más gritos, más eyaculaciones. Los dedos tiran de su cabello, alzándola la cabeza, cuello en tensión. Los dedos estrujan, oprimen la carne viscosa. Menos espesos, más translúcidos, parecen ahora escupitajos de suero. Isabel traga. Sonido de tráquea. Ahhh. Joder, joder. Qué rico, pienso, qué sabroso debe ser.
Poso la cámara en el suelo y me acerco sumisa a cuatro patas a Isabel. Me mira jadeante, llorosa, sudada, ensuciada. Quiero un poco, ¿me das? Sonríe aun en vilo con el cabello tensado, hoyuelos, la cara estirada. Lamo el chorretón. Viscoso. Tibio. Salado. Quiero más. Lamo la mejilla, el hoyuelo cargado de simiente, la comisura del labio, el mentón. Está bueno. Aliñado con sudor y lágrimas.
―Está bueno ―confirmo a Raúl desde abajo, que nos mira satisfecho, jadeando.

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Una hora más tarde abro la puerta de la casa de Isabel, poco después que Raúl. Me voy. Se me escapa un eructo. Es la birra que me he tomado, me la he bebido bien a gusto, de un solo trago, con los restos resecos del pañuelo adheridos a la boquilla del botellín. Qué hija de puta. Ya estará caliente, dice, ¿te la enfrío en la nevera? La miro, ¿me quiero quedar? No sé. Creo que me voy, la digo. Levanta los hombros, resignada.
Las dos en la puerta. Sonrisas. Nos miramos. Ha estado bien, ¿eh? Nos miramos. Me acerco a ella. Un beso. Otro beso. Ahora las lenguas se saludan. Nos abrazamos, pecho contra pecho, tripa contra tripa. ¿Quieres quedarte a cenar? No sé cocinar, respondo. Pues pedimos algo, sonríe. Nos miramos. Hoyuelos. Otro beso. Desciendo mis manos hasta su culo. Aprieto sus nalgas. No lleva bragas, joder. ¿Te corriste?, la pregunto. No, dice. Cierro la puerta a mis espaldas de una patada. Isabel ganó la apuesta.

sábado, 29 de mayo de 2010

PEPINOS

-Es quizás una opción poco probable pero, bien mirado, parece la única alternativa posible, dadas las circunstancias- dice el doctor Carrero.
Alfredo y Juana se miraron preocupados. No querían llegar a este extremo. Al menos no por ahora.
-Pero… -aventuró Juana con la voz trémula, bajando la mirada hacia sus zapatos- ¿Seguro que no hay otro posibilidad menos… no sé… algo menos… personal?
El doctor Carrero inspiró aire y tras unas gafas redondas de diseño antediluviano, entornó los ojos y comprendió el embarazo de la joven. Apoyó los codos en mesa y juntó las puntas de los dedos y los índices en su mentón barbudo, en un gesto grave.
-No.
-Les aseguro que no la hay –añadió-. Es más, les puedo ofrecer los teléfonos de varios colegas para tener una segunda opinión…
-Pero es que lo que usted nos está diciendo –le cortó Alfredo cogiendo de la mano a su mujer-, es que para que ella pueda quedarse embarazada, tenemos que… que… ¡mierda, si es que suena absurdo se diga cómo se diga!
-Juana debe dilatar su vagina con un enorme pepino para que su vagina se amolde a su pene, señor Guijarro.
-¡Está usted loco! –bufó Alfredo sin poder contenerse, mientras Juana estallaba en lágrimas.
-Comprendo que estén algo alterados con mi tratamiento…
-¿Y por qué un pepino, doctor? –preguntó Juana sacando un pañuelo de papel del bolso, con la los ojos enrojecidos y moqueando sin parar.
-Ya se lo he indicado varias veces, señora Guijarro –el doctor corrige su tono al ver al marido entrecerrar los ojos y fruncir el ceño. Uno de sus puños le está temblando de ira. El cuello muestra varias venas palpitantes. ¿Por qué se especializaría en para-ginecología? -¿Se ha dado cuenta de la enormidad del sexo de su marido? Un pepino es lo más parecido en tamaño y forma y sólo tiene que encontrar una frutería de confianza que…
-Dios… -sisea Alfredo a punto de abalanzarse sobre el desdichado doctor, y éste calla al instante-. Vámonos, querida. Vámonos o no respondo, te juro que no respondo.
La pareja se levanta de sus sillas y abandona la consulta del doctor Carrero que, imperturbable por fuera, pero acongojado por dentro, espera hasta que la puerta se ha cerrado para exhalar un suspiro de fastidio.
-No te jode… -murmura abriendo la carpeta donde figura el historial de la señora Guijarro. Sus ojos zigzaguean entre resultados de análisis y mediciones corporales. Se detiene, sin embargo, su mirada en las fotografías tomadas con micro-cámara del interior de la vagina de doña Juana y del sexo previamente excitado de don Alfredo. En ambos casos se han tomado con el mismo objetivo para evaluar y demostrar con una sola mirada el tamaño de ambos sexos.
El doctor Carrero sostiene en el aire las dos fotografías, una de ellas de un tamaño casi el doble que la otra y chasquea la lengua varias veces.
-Es una pena –murmura para sí volviendo a guardar las imágenes en la carpeta. Se levanta de su butaca y guarda ésta en un archivador de varios cajones que ocupa toda una pared. De paso saca otra carpeta que coloca sobre su mesa, sentándose de nuevo en la butaca, con gesto cansado.
-Es una pena –repite pasándose los dedos por su cabello ralo y canoso, pero esta vez sonriendo. Luego, pulsando un botón del interfono, pide con voz cantarina:
-Lola, hágame pasar a la siguiente pareja, por favor.
La puerta se abre y un enfermero de cuerpo fornido y cara seria, con una camisa de fuerza bajo el brazo, se sienta frente a la mesa del doctor Carrero.
-Por hoy ya basta, don Severino, que me va a meter en problemas. Póngase esto y vayamos a su celda sin armar ningún escándalo, ¿eh?

OCASO

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 Era una maravillosa tarde de Agosto, pedaleando en una bicicleta vetusta que, a cada bache del camino de pedregales por el que Inés iba paseando, el timbre iba emitiendo un ring, ring con una intensidad comparable a la sacudida que experimentaba el vehículo. Lo cual ocurría casi de continuo.
 El ambiente era bucólico, casi indolente. Incitaba a la siesta, a tumbarse en una de las muchas verdes praderas que Inés iba dejando a ambos lados, regocijándose en la hierba que la acunaría el cuerpo y la produciría cosquillas en las pantorrillas y los antebrazos. Descalzarse y sentir las hojas tiernas mullirse en la planta de tus pies es un placer incomparable e inalcanzable para los presurosos y los diligentes.
Inés vestía unos sencillos pantalones cortos de color beige y una camiseta holgada de tirantes estampada de franjas horizontales de colores blanco y marrón, intercaladas, y unas alpargatas de color gris. Bajo estas prendas su cuerpo desnudo, su irrepetible juventud plena invitando al goce de la brisa acariciante y las vibraciones agitando sus pechos y su vientre inclinados ligeramente hacia adelante.
¡Qué importaban las miradas jubilosas de los mozos intuyendo el contorno de sus atributos en su camiseta o el atisbo de un pezón enhiesto a través de los huecos de los costados! Desdeñar las miradas reprobatorias de los ancianos del pueblo, alimentarse y jactarse de las miradas anhelantes de los jóvenes y no tan jóvenes, sentirse viva, especial, única. Porque el cuerpo cambiará y las arrugas poblarán zonas antes tersas y brillantes, y lo que antes era objeto de deseo y esperanza se tornará en amargo desvelo y motivo de vergüenza y oprobio propios.
Aprovechar lo que tenemos ahora, olvidarse del futuro incierto, vivir el presente preñado de esperanza y júbilo. Así pensaba Inés. Y por esa razón se dirigía esa tarde calurosa en una bicicleta de soldaduras herrumbrosas y timbre destartalado al encuentro de su amigo Juan, que lo esperaba en lo alto de una colina apartada del cúmulo de casas de adobe y ladrillos oscuros que conformaban el pueblo veraniego. Una colina coronada con un manantial en lo alto, casi ignorado, en la que una diminuta laguna al lado invitaba al descanso y al goce, a la promesa de un amor incomprendido y una curiosidad natural por el disfrute del cuerpo ajeno, postergado por el celo parental.
Regueros de sudor discurrían por la piel suave de su torso confluyendo en el espacio entre sus senos, en la depresión de su espalda, en sus sienes palpitantes, mientras el esfuerzo de remontar la cuesta que le acercaría a él y a la laguna se la antojaba lógico obstáculo y precio justo por las promesas imaginadas. Los muslos relucían del esfuerzo, los pies resbalaban en la suela por el sudor acumulado, las axilas destilaban profusos arroyuelos por los costados. Su camiseta y pantalones estaban humedecidos casi por entero por su voluntad indomable. Inés no quería bajarse de la bicicleta y recorrer el trecho restante y laborioso a pie: en su incontestable razonamiento el arduo esfuerzo sería recompensado con dicha y placer, derrame de ansiados anhelos y descubrimientos.
Por eso, cuando llegó a la cima de la colina y contempló orgullosa detrás suyo el camino tortuoso recorrido, recuperando el resuello y apartándose el cabello adherido a su frente empapada, exhaló un grito de energía, de desplante ante el obstáculo superado. Y allí estaba Juan, caminando hacia ella, con expresión de estupor y de honda admiración ante lo que consideraba también una prueba de arrojo y denuedo. Pero también su rostro translucía la excitación de las formas femeninas exageradamente marcadas por la camiseta adherida a la piel, el sudor envolviendo el cuerpo, el rostro acalorado, el cabello revuelto y los labios hinchados y entornados. La mirada brillante de Inés invitaba al abrazo, al encuentro de labios, a la estrechez de dos cuerpos unidos. E Inés valoraba también con una sonrisa vanidosa el bulto vertical que se adivinaba bajo el bañador azul de Juan, prueba fehaciente de la admiración por su cuerpo juvenil y entregado, ignorante de las huellas de la amargura de la madurez, de la pesadez de la sociedad apática e intransigente.
¿Por qué retener aquel primer beso en su boca y esos dedos ahuecando su cintura? Correspondió con una lengua sinuosa y expectante de aromas y sabores ajenos mientras sostenía la bicicleta por el manillar, dejando que los dedos ascendiesen por debajo de la camiseta, despegándola de la espalda, aprisionando el sudor derramado entre las líneas de la mano, sintiendo su piel ardiente contra la tibieza de aquellas manos voluntariosas y carentes de maldad o lujuria, al menos por ahora.
Dejó la bicicleta a los pies de la de Juan y caminaron cogidos de la cintura en dirección a la laguna, en cuya ribera asomaban juncos y lirios, en la que el croar de las ranas era alegre y distendido y en la que las sonrisas de ambos jóvenes estaban inmersas en la frescura del agua que remoloneaba en las orillas.
Solo sus miradas, sólo sus sonrisas. Fuera prendas, fuera prejuicios, desnudados de la vida adulta, gozando la ausencia de preocupaciones. Aquí no hay atascos, no hay hipotecas, no hay trabajos mal pagados. Sólo hay un croar de ranas, un chorro de agua de manantial salpicando lejano, el frescor de la laguna, el calor del atardecer veraniego y el abrazo desprovisto de obligación de un cuerpo núbil, desnudo como el de ella.
El agua cubriendo los recovecos del cuerpo, lamiendo sus contornos femeninos, empapando su agreste vello púbico. Y aquel falo emergiendo de la superficie, como los juncos que los rodeaban, nacido de un vello igual de agreste que el suyo, brillante por el agua, hinchado por la excitación, terso por la impetuosa juventud. Aflorar el glande amoratado era casi una obligación, un consuelo satisfecho, un regalo sin ambages ni correspondencias.
Juan la enseña cómo se hace. Cierra una mano sobre la suya, las dos entorno al miembro del chico y la indica con suaves movimientos que para hacerle estallar de placer debe deslizar arriba y abajo la mano a lo largo del sexo. Bajo la fina piel del pene, Inés siente las venas palpitar y los músculos tensados estremecerse. Juan aprueba la cadencia de Inés con un gemido gutural preñado de gratitud. Cambia de mano porque la otra se le cansa, es un movimiento que exige ritmo preciso y mimo preciosista. Ella siente sus pechos revolverse ante el esfuerzo y sonríe al ver el rostro de Juan enrojecido y soliviantado. Pero Juan disfruta, sí, lo puede ver en sus brazos tensos recogidos detrás de la cabeza, su cuello agarrotado y sus ojos cerrados con fuerza.
El croar de las ranas se disgrega cuando Juan alcanza el éxtasis y exhala un grito gozoso. El esperma fluye en sucesivas descargas que alcanzan el agua y se quedan flotando en ella, como gotas de aceite. Pero no son ambarinas ni negras, sino blancas, grumosas, gelatinosas. Inés prueba el semen lamiendo un reguero que se ha quedado atrapado entre sus dedos y lo encuentra salado y amargo. ¡Qué dicha al sentir el sexo de Juan explotar de júbilo, inflamando el aire con sus jadeos y viendo las lágrimas derramándose por sus mejillas! ¿Por qué algo tan simple provoca en el chico un sentimiento de agradecimiento tan hondo? Sonríe contenta. Es muy fácil contentar a Juan. Pero quizás también tenga que ver el hecho de que ella lo hacía con ganas, con sincera cortesía, sin contratos. Porque ella quería.
Y Juan quiere agradecerla aquél desinterés, aquella entrega.
La besa con ternura, ahuecándola la nuca con una mano, internando sus dedos entre el cabello fino y alborotado. Y con la otra acaricia sus senos coronados por bulbares pezones. Los dedos amasan la carne, pellizcan la piel, resbalan en el sudor dejado por el esfuerzo de la masturbación. Ronronea plena de goce. Otros dedos recorren sus pechos, otra lengua se instala entre sus dientes, otra mano la sujeta su cabeza. Reconfortada, querida, deseada. Todo eso siente y más. Y un cosquilleo en su vientre nace, zascandileando entre su sexo, haciendo vibrar sus muslos bajo el agua. Sus brazos se sacuden y acusan la agitación de su respiración entrecortada, del murmullo de su excitación creciente. Cuando la mano desciende por su torso y recorre su vientre deteniéndose entre sus piernas cierra los ojos. Juan sabe cómo hacerlo. Pero ella necesita sentirle dentro, pues comprensivo es su cuerpo pero ahora demanda ardor y guerra, y le susurra palabras de aliento y desconsuelo; lejanas esas palabras le parecen a sus oídos, pero él atiende sus súplicas.
Y los dedos se internan en su interior y acarician su botón hinchado. Juan retiene entre sus dientes el mentón de Inés, saboreando el desamparo de la chica, el ardor de su rostro congestionado por el deseo y el estallido de gemidos y ahogos. Y cuando el éxtasis la abruma y la convulsiona, sus besos la escancian saliva en su boca sedienta de comprensión. Porque ella también ha hecho agitar las aguas de la laguna con sus piernas agitándose, revolviéndose, desembarazándose de la realidad e internándose muy hondo en el goce propio.
Besos, caricias, abrazos, roces. Calor, humedad. Ranas croando y juncos doblándose. El sol se resiste a morir en el horizonte y, mientras, Inés y Juan continúan abrazados bajo el agua tibia de la laguna ignorada.
Quizás no haya mejor satisfacción para ellos que estar juntos y contemplar el ocaso rojizo mientras se susurran palabras de amor.

jueves, 27 de mayo de 2010

BIELAS

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La rotura o desgaste de una biela en un motor de combustión obedece a varias causas, aunque no es un problema muy común en el fallo del motor.
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Me fijé en la fila india de hormigas que discurría cerca de mis pies. Algunas portaban trozos de hoja y otras granos de algún cereal de por allí. Pero otras no llevaban nada, como si la tarea de buscar alimentos para ellas no hubiese significado mucho o porque habían buscado pero no habían encontrado nada. La fila india se internaba en el hormiguero formado por un simple agujero rodeado de fina arena que se encontraba cerca del borde de la carretera, al lado de donde se encontraba mi automóvil.
Supongo que, en cierto sentido, yo era otra hormiga. Mi nombre es Marta Torreón y acababa de ser despojada del único medio que tenía, mi coche, para asistir al bautizo de mi sobrino. Mi primer bautizo, para más señas: mi hermano mayor y su mujer iban a presentar en los círculos católicos a su primogénito.
Qué curioso, pensé, mientras esperaba a la grúa que me habían prometido hacía tres cuartos de hora la compañía de seguros. Algunas hormigas llegarían a casa con comida, otras sin nada. Los demás acompañantes en el bautizo irían con algún regalo y con un acompañante; yo iría sola y sin regalo. Como después sabría, esto era el menor de los problemas.
La verdad es que tiene cojones la cosa: te encuentras tú tan feliz porque la empresa te ha dado el día libre, a costa de sacrificios laborales a los que pronto harás frente, y con una sonrisa en la cara, claro. Llevas un bonito regalo consistente en un taca-taca para el bebé. Pero vas más sola que la una. Aun así, te reconforta saber que al menos no vas con las manos vacías. Pero el andador se rompe esa mañana. Putada. Encima llegas tarde porque el maldito coche que se supone no debía fallar en sus tres primeros años, falla. Otra putada. Añadamos, además, que llegaría tarde porque el vestido que debía llevar, y que me había costado medio sueldo, lucía una mancha horrorosa en la falda incapacitándolo para llevarlo. Había llamado deprisa y corriendo esta mañana a una amiga que me había prestado uno pero que me supuso la pérdida de una hora, la cual ahora estaba lamentando con todas sus consecuencias. Sólo faltaba que, además de ir sin regalo, con un vestido que me quedaba pequeño y con una deuda a la empresa como la que suscribes con un banco al suscribir un draconiano crédito, sólo faltaba que, encima, llegase tarde a la celebración.
Eso si llegaba, por supuesto. Ya hacían cincuenta minutos y por aquí no pasaba ni Dios.
Esto era la polla. Me meaba, y chorreaba sudor por las axilas, el pecho y la parte baja de la espalda al estar bajo un sol picajoso que parecía que también la tenía jurada conmigo.
De vez en cuando bajaba algún coche por el puerto donde, en una de las curvas, en el arcén, había dejado el coche. Algunos me miraban con tristeza, como si adivinaran que tenía prisa y la grúa no llegaba. Otros sonreían, quizás felices porque no les había tocado a ellos. La mayoría fingían que no me habían visto. Ninguno paró para ver si me encontraba bien. Qué bien, sola en esta puta vida.
Crucé y entrecrucé las piernas intentando mitigar las horribles ganas de mear que tenía. Me apoyé en el capó, como si estuviese detenida y me fuesen a cachear, pero al instante solté un grito levantando las manos al notar como la chapa, que ya había adquirido una temperatura infernal, me había quemado las palmas de las manos. Joder, hostias, joder.
Y la puta grúa sin aparecer. Esto ya era el colmo. No tenía muy claro el cambiar de compañía aseguradora, pero esto me había hecho decidirme sin pensarlo mucho. El solo picaba de lo lindo y mi vientre palpitaba mientras pugnaba por intentar retener mi orina en la vejiga el máximo tiempo posible.
Pero no pude resistir por más tiempo. Miré a mi alrededor y no vi más que un mísero arbolillo abajo, en la pendiente. Eso no iba a protegerme mientras me bajaba las bragas. Decidí que lo mejor sería abrir las dos puertas, la del copiloto y la trasera derechas, utilizándolas como parapeto, y mear resguardada de mirones.
Dicho y hecho.
Otra asunto fue el vestido. Mi amiga me había dejado un vestido rosa ceñido de falda corta y escote abundante. A simple vista era un palabra de honor de color coral, pero tenía unos hilos a modo de tirantes. Precioso, sin duda. Sin embargo yo no tenía el mismo cuerpo que mi amiga. El mío estaba más rellenito, más curvas, más tetamen, más culazo, más caderas. El cómo me quedaba era un despropósito, vamos.
-Estás puta, puta –rió Esther, mi amiga, cuando me lo vio puesto al mirarme frente al espejo. Ese día había madrugado para ir a la peluquería y hacerme un peinado un poco curioso. La melena ondulada de color castaño caía sobre mis hombros desnudos con graciosidad y elegancia. Previamente me había maquillado tardando media hora y el resultado era bastante bueno.
Llevaba además unos zapatos morados de tacón y un bolso del mismo color. Era el único vestido que Esther tenía de ese color, así que no tuve mucho donde elegir. A mí no me hizo ninguna gracia. Más que nada porque las tetas estaban aprisionadas y tenían toda la pinta de reventar el escote o de escapar despendoladas al primer bote. Maldito el sujetador que me compré, porque no permitía desprender los tirantes. Y qué decir de la falda: el elástico de las medias apenas se insinuaba bajo la parte inferior: más bien se veían a poco que echase a andar. La falda se iba recogiendo, insumisa, y asomaba el elástico negro sin remisión.
Por si fuera poco, Esther y yo habíamos estado saliendo hacía unos meses y un poso remanente quedaba entre nosotras, con lo que la tarea de desnudarme delante de ella se me antojó un suplicio. Ya se imaginan. Un roce por aquí, una mirada por allá y no tardamos mucho en tumbarnos en la cama, besándonos y acariciándonos. Aunque necesitaba un achuchón rápido para levantarme el ánimo no podía permitírmelo. Dentro de menos de tres horas debía estar en la iglesia de un pueblo a doscientos kilómetros. No obstante, llevaba una temporada algo jodida en cuanto a moral, y me dejé hacer en la cama. ¿Quién era yo para desdeñar un acuchón improvisado, de esos que te alegran el resto del día? La falda cumplió su cometido (como si Esther ya lo hubiera previsto) y una mano se posó sobre mis bragas sin obstáculo de por medio mientras la otra me ahuecaba la mejilla, hundiendo los dedos entre el cabello. Su lengua parecía una pipeta por la que manaba su saliva que se internaba en mi boca.
-Ten cuidado con el maquillaje y… el peinado –dije en un arranque de lucidez entre los sofocos que me provocaba su mano masajeándome el chumino sobre la braga.
-Descuida –respondió con mi labio inferior entre sus dientes-, que me importa más lo que tienes abajo.
Me bajó las bragas hasta la mitad de los muslos e internó los dedos entre la maraña de vello que poblaba mi pubis hasta converger en mis pliegues que ya acusaban algo de humedad. Gemí hondamente y la subí la camiseta hasta descubrir su torso desnudo. Los pechos de mi ex siempre me encantaron: tenía un tatuaje de un delfín en la carne de una de las tetas. Sin embargo, cuando se lo hicieron, la cola del mamífero estaba muy cerca de la areola oscura del pezón y durante una etapa en la que tuvo que seguir un tratamiento de hormonas, los pezones se la agrandaron y las areolas invadieron parte del tatuaje y aquello no remitió al cesar la toma de hormonas. Ahora, cuando llevaba puesto el bikini en la piscina y la pedían que enseñase el tatuaje completo, se olvidaba del pequeño detalle del pezón y acababa enseñando más de lo que su timidez innata la permitía, poniéndose roja de vergüenza. Lo cual la provocaba un estallido de ansia sexual que yo me afanaba en aplacar (y disfrutar) en el cuarto de la depuradora o en cualquier sitio con un mínimo de intimidad, aunque a Esther, cuando estaba cachonda, poco la importaba ya su timidez. Los veranos con ella siempre eran grandiosos. ¿Por qué coño nos separamos?, pensé mientras absorbía su pezón recreándome en los jadeos que emitía.
Cuando sus dedos separaron mis pliegues y alcanzaron las interioridades de mi vulva, navegando entre la viscosidad que manaba de mi vagina, una oleada de placer se desató en mi vientre y la correspondí apretando con los dientes su divino pezón. Esther gimió gozosa y me respondió hundiendo varios dedos en mi interior con un sonido de chapoteo que me hizo estremecer y tensar la columna de goce.
Su orgasmo llegó antes que el mío, ella no necesitaba mucho más para quedar saciada. Me besó con fruición enterrando su lengua hasta alcanzar mi paladar, mientras sus dedos me hacían alcanzar mi éxtasis.
Cuando recuperamos el resuello nos sonreímos. Ella tenía ahora otra chica, esto había sido un homenaje por los viejos tiempos. Y porque me conocía lo suficiente para saber que necesitaba una satisfacción. Las dos sabíamos que no significaba nada.
-¿Seguro que no tienes a alguien más que te pueda prestar un vestido, Marta? –Preguntó mi amiga entre arrumacos, recordándome que no iba a una despedida de soltera, sino a un bautizo, con su iglesia, su cura, su bebé, la familia y todo lo demás- . Es que ni siquiera debieras ponerte esto un sábado por la noche buscando polla, qué contarte que no sepas, chica.
Me levanté y, arreglándome la indumentaria, negué con la cabeza intentando hacerme a la idea delante del espejo del ridículo que iba a pasar y obviando la pulla que me había tirado: la causa de nuestra separación fue una inesperada heterosexualidad que despertó en mí y que se materializó en un chico adorable que no me sirvió más que para perder a Esther y echar dos polvos, rápidos y mal echados. Después él se lió con otra. Últimamente estaba sopesando si los hombres son sólo animales simples o sólo animales idiotas. Al menos tenía claro que yo sí era idiota.
-De perdidos, al río –pensé bajo el sol picajoso, mientras me ocultaba entre las puertas de mi coche y me subía la falda, tarea fácil debido a que ésta se empeñaba de continuo en subirse sin motivo alguno, como ya he dicho. Ahora debiera haberme bajado las bragas, pero claro, imagínense: vestido ceñido más minifalda, igual a un tanga. Por fortuna Esther me prestó uno suyo (de todas formas las bragas estaban para lavar después de nuestro breve retozón). La verdad es que los tangas no me gustan nada. Me incomoda demasiado tener esa tira entre las nalgas que todas dicen que no enteras de que está ahí, pero que yo, como soy algo peluda por ahí abajo, la tira se me enreda en los pelillos y “pá que queremos más”. Las jodiendas nunca vienen solas.
Exhalé un gemido de alivio tras separarme los pliegues con los dedos de la vulva y sentir como el chorro iba saliendo con fuerza. Un gustazo.
Y entonces oí el chirriar de ruedas y el sonido de un claxon. Me “cagüen” la puta, pensé. Pegué un bote al borde de un ataque de nervios, separando los dedos de los labios de mi sexo y el gracioso chorro se convirtió en ducha caótica debido a mis pliegues y al vello, que salpicó entero el tanga. Incluso lo vi a cámara lenta, para más recochineo. El cordón amarillento que provenía de mi sexo se tornó lluvia incontrolable que impactó sobre el triángulo de tela que formaba la prenda, derramándose por las medias y humedeciendo el borde de la falda.
-¿Hay alguien ahí? –preguntó un hombre. Lo que faltaba, si al menos hubiese aparecido una mujer…
-¡Estoy meando, joder! –Grité atacada de un nerviosismo exacerbado. Mi vejiga no parecía tener fin y el chorro, medio controlado de nuevo entre mis dedos empapados en orina, seguía creando un enorme charco que se precipitaba a la cuneta.
Y, de repente, asomó entre las dos puertas un hombre alto, con una carpeta en una mano y en la otra un neceser de primeros auxilios.
Durante un instante se congeló el mundo. Acuclillada, meando sin parar como un maldito aspersor, con el tanga chorreando, apoyando los brazos en las rodillas enfundadas en unas medias de fantasía salpicadas de orín y con un rostro colorado mezcla de la impotencia de la indefensión de mi postura y de lo mal que estaba saliendo todo hoy. Enfrente mío un hombre enorme con mono de trabajo (el de la grúa, sin duda) con cara preocupada y con evidentes problemas de audición.
Nos miramos durante un segundo, incrédulos ambos al encontrarnos en esta estrambótica situación. Ojos abiertos, boca abierta, expresión alelada y con un solo pensamiento en la cabeza: “Tierra, trágame, devórame, mátame”
Yo recuperé, antes que él, la compostura, que no la dignidad.
-¡Que estoy meando, hostias, fuera de aquí, puto pervertido! –chillé presa del pánico y la vergüenza.
-Lo siento, lo siento, de verdad –se disculpó el hombre corriendo de vuelta a la grúa –. Creí entender que se estaba desangrando, o algo así, lo siento, de veras.
El chorro de orina seguía saliendo amenazando con hacerme perder la cordura de un momento a otro. ¿Pero por qué coño se tardará tanto en mear cuando tienes prisa? Putadas de la vida. Por fin, mi meada fue perdiendo fuerza a medida que la presión en mi vejiga iba descendiendo. Cuando por fin terminé de orinar, vino la hecatombe, el sumun de mis desdichas.
Necesitaba algo para limpiarme. Un pañuelo, un trapo, algo. Tenía todo el sexo calado de orina y el tanga goteaba pis justo encima de mi nariz. Me sentía sucia, asqueada, avergonzada y abochornada. El orín, por efecto del calor de aquel puñetero día, iba desprendiendo un hedor dulzón sin permitirme un momento de respiro. Tenía pañuelos de papel en el bolso. Pero éste se encontraba en el asiento delantero y la puerta abierta me impedía el acceso. Ni se me pasó por la mente el pedirle al de la grúa que me lo acercase. Bastante me había visto ya. De sobra. ¿Qué coño hacía ahora? No pude evitar expresar mi disgusto.
-¡Joder, joder, joder! –dije en voz baja.
-¿Le pasa algo? –Preguntó el conductor de la grúa. Tiene cojones la cosa, pensé sonriendo con ironía, eso sí que lo ha entendido a la primera.
-Nada, no ocurre nada, no venga, por Dios. Disculpe –dije en voz alta, rezando para que no volviese.
Decidí, en un estado de nervios que me abrumaba por completo, hacer otra estupidez. Yo me reiría si me lo cuentan. Irguiéndome un poco, me descalcé y me quité el tanga enrollado que cayó al suelo con un ruido sordo, rezumando orina. Luego me fui quitando una media con un estado de paroxismo creciente sin preocuparme que las uñas la creasen unas carreras tremendas. Ya las daba por perdidas. Cuando por fin me despojé de la media de mi pierna derecha, la arrebujé para poder limpiarme lo mejor posible. Y fue entonces, cuando, como una revelación, al igual que en los documentales de la televisión, descubrí que la licra no es absorbente. Bien. Jodidamente bien. Lo único que estaba consiguiendo es extender las gotas de orina que estaban atrapadas en mi vello púbico y el sexo por toda mi vulva. De verdad que el día se presentaba perfecto. Perfecto de morirse. ¿Qué más se podía pedir?
Me calcé de nuevo los zapatos tras quitarme la otra media, me bajé la falda (puta falda) y me levanté del suelo con la mejor decencia posible. Peinado de peluquería a la mierda por el sudor que discurría en gruesas gotas por las sienes y el cuello. Maquillaje de media hora también a la porra (en ésto, Esther y yo habíamos contribuido). Vestido prestado apestando a orina. Una media desperdiciada y también inservible y la otra, huérfana, sin ningún sentido que aún enfundase mi pierna izquierda. Para rematar la faena, mis zapatos morados lucían ahora unas bonitas manchas circulares de bordes de color oscuro. Al instante lo asocié a la serie CSI y las gotas de sangre con su direccionalidad, espesor y tamaño. ¿Qué más podía ir mal, por Dios?
-Disculpe –dije dirigiéndome al conductor de la grúa que esperaba junto a su vehículo con un malestar a la par que el mío reflejado en su rostro -. Siento todo esto.
Era el conductor un hombre de unos treinta y pico años de cabello castaño, más oscuro que el mío, que empezaba a clarear en la frente. Unas gafas con montura al aire escondían unos ojos del mismo color que su pelo y poseía una mandíbula angulosa cuyos lados convergían en un mentón ancho y coronado por un hoyuelo. Un cuello grueso donde se marcaban unos músculos como maromas daban paso a unos hombros que, bajo el mono azul de trabajo, se adivinaban poderosos y redondeados al igual que, suponía, el resto del cuerpo. Era alto, quizás me sacaría dos cabezas y tenía unas manos tan grandes que cabría mi cabeza sin problema entre ellas.
-Perdóneme usted a mí –dijo el hombre, abochornado. Señaló con la cabeza a mi coche-. ¿Qué la ha pasado?
-No sé. De repente el motor empezó a hacer “glú, glú” y pensé que era cuestión del radiador o la correa, pero como tengo prisa, continué haciendo caso omiso. Al cabo de diez minutos, el motor hizo otra vez esos ruidos y ya tuve que detenerme cuando vi salir algo de humo del capó.
-¿”Glú, glú”? A ver, ábramelo –señaló serio al capó con un dedo.
“Glú, glú”. Pero que bien te expresas, hija mía, pensé consternada.
Cerré la puerta trasera e, internándome por la puerta del copiloto, pulsé la palanca para abrírselo, recuperando el bolso (con sus benditos pañuelos) de paso.
El hombre enterró la parte superior del cuerpo en el interior del capó mientras, yo, disimuladamente, tras quitarme la otra media, me coloqué detrás de él, sacando el paquete de pañuelos de papel del bolso. Supongo que aún me quedaba algo de desvergüenza o que, tal vez, tal y como estaban las cosas, de perdidos al río. El caso es que me arremangué lo suficiente la falda (cosa fácil) mientras arqueaba las piernas y me limpiaba los bajos con un pañuelo. Ya no podía ser más basta ni marrana.
Y entonces (¿por qué todo a mí, Dios, que te hice aquel día?) pasó un coche, que tocó el claxon ante la surrealista escena que estaba proporcionando. El hombre de la grúa volvió la cabeza y me vio frotarme el coño con el pañuelo de papel con las piernas bien abiertas. Yo, congelada y horrorizada, con una infinita vergüenza que me recorría el cuerpo entero. El hombre mirando mi postura de primate y mi rostro descompuesto.
-¡Uy, perdone! –dijo volviéndose de nuevo a lo suyo tras un agónico segundo que se me antojó eterno.
Yo no dije nada, ya ¿para qué? De todas formas no me salían las palabras de la boca. Nada podía ocurrirme ya que agravase mi imagen de putona cochina ante el mecánico de la grúa.
Más bajo no se puede caer, Marta, me dije, arrebujando el pañuelo y tirándolo lejos de mí. A partir de ahora las cosas no pueden ir a peor, ánimo, que luego, al recordarlo, te reirás de lo gracioso que fue.
Sí, sí, mis cojones te vas a reír tú si te ocurre algo así, pensé como respuesta.
-Pues sí que es el motor, sí –dijo el hombre cerrando el capó, evitando mirarme a los ojos y agradeciendo que no mencionase la escena anterior-. Tengo que llevármelo al taller porque no arrancaría ni tirando de él. El aceite del motor está casi quemado y una biela que ha rozado el grupo interno del motor, sin lubricante que minimice el roce, se ha desgastado.
Perfecto, pensé. Excusa de perlas. No hay mal que por bien no venga. No voy al bautizo de mi sobrino porque el coche se me ha averiado, le llamo ahora al móvil y se lo digo, excluyendo, eso sí, mi indumentaria y el olor a orina que me aún me embargaba.
-La llevo al taller y allí le presto un coche de sustitución, que tengo dos muertos de risa, nuevecitos, por eso del seguro, ya sabe.
Asentí presintiendo una parada cardíaca imaginándome su respuesta a mi pregunta.
-¿Y dónde tiene el taller? –pregunté implorando para que no fuese en el pueblo de mi hermano.
El hombre de la grúa advirtió el rastro de esperanza que aún quedaba en mi rostro, sin imaginarse a qué podía ser debido.
-Aquí al lado, en Monfragüe del Valle, son solo diez minutos –respondió jovial.
Sonreí dibujando en mis labios una curva catatónica, zigzagueada. Por dentro apretaba los dientes hasta hacerlos rechinar. No podía ser. De verdad que no podía estar ocurriéndome esto, válgame Dios, ¿por qué me haces esto?
-No irá usted al bautizo de la niña de Fernando y Lourdes, ¿no? Lo digo por el traje que lleva y la prisa que dijo que tenía –preguntó rematando la faena, pisoteando la única posibilidad que aún quedaba de librarme de la ignominia absoluta.
Asentí, todavía mostrando una sonrisa deshecha. Sospechaba lo que iba a ocurrir a continuación, al ver de refilón el nombre del taller en uno de los laterales de la grúa.
-Pues no se preocupe, que va para rato. Mi compañero ha ido a por el cura que va a oficiar el bautizo, que también se le ha averiado el coche de camino, ¿sabe? Poco antes de llegar aquí, me lo dijo por radio. Ya es mala suerte, ¿no cree? Aunque, para usted, no: así llega a tiempo.
-¿Pero cómo que voy a llegar a tiempo? –Dije sin pensarlo, ya no aguantaba más -¿Usted cree que me apetece llegar al bautizo de mi sobrina con este vestido de fulanorra, apestando a meado y con el peinado desbaratado, eh?
-¿Su sobrina? Ah, ¿pero es usted la hermana de Fernando? –preguntó el hombre sonriendo mientras se limpiaba las manos con un trapo que tenía prendido a la cintura del mono. Me tendió una mano con una sonrisa franca y cordial que me hizo estremecer de vergüenza y desamparo-. Tanto gusto, yo soy Álvaro, el hermano de Lourdes, su concuñado, vaya.
Estreché la mano de Álvaro sin fuerzas, sin poder imaginar que, antes de que acabase el día, le iba a estrechar otro miembro, pero por otro motivo.
++++++++++
Me senté junto a mi concuñado en la grúa, después de remolcar mi coche a la parte trasera, y nos pusimos en marcha. Yo intentaba poner algo de espacio entre nosotros dos, pegándome al cristal de la puerta. Le pedí que bajase mi ventanilla: no quería que el olor a pis rancio inundase el interior del vehículo.
-Está usted muy guapa –me dijo con una de esas sonrisas que me desarmaban. No es que tuviese los dientes perfectos, ni que los enseñase con un gesto encantador. Es que, simplemente, era una sonrisa franca y amable que pocas veces te encontrabas en la ciudad.
-Gracias –respondí sonrojándome, sin dejar que mis manos dejasen de ocultar el borde de la falda por donde asomaban el elástico de las medias- Por cierto, ¿no va usted también al bautizo?
-Creo que eso de “usted” nos lo podemos saltar, ¿no cree?, que somos familia, digo yo.
-Claro, mejor.
-Gracias, y sí, claro que voy a la boda de nuestra sobrina. Pero antes está el trabajo, ¿no crees?
Me sonrojé de nuevo al pensar que si llegábamos tarde a la celebración sería por culpa mía. Y de mi coche.
-Y que no falte –añadió con otra de esas sonrisas que me hizo estremecer todo el cuerpo.
Monfragüe del Valle es un pequeño pueblo en la provincia de León, a algo más de media hora de Ponferrada. Aunque mis padres y yo vivimos entre Segovia y Madrid, mi hermano Fernando se mudó a este lugar cuando su novia, en un viaje de fin de semana le enseñó su pueblo natal. Viaje a la que fui invitada, pero que tuve que rechazar por cuestión del trabajo, según la versión oficial, pero debido, oficiosamente, a una tórrida escapada con Esther a la playa. Nunca supe por qué mi hermano dejó su trabajo de ingeniero informático en la capital. Bueno, sí lo sé: porque se enamoró de este lugar, pero no entendía por qué.
En cuanto entramos en el pueblo lo entendí sin necesidad de muchas explicaciones. El pueblo en cuestión, en realidad, unas pocas casas antiguas arracimadas, se asentaba sobre un pequeño valle rodeado de montañas muy verdes debido a la enormidad del bosque que se extendía hasta los perfiles de las montañas, y lindaba con un arroyo (“regatu”, según Álvaro) de aguas cristalinas por cuyo puente romano atravesamos con la grúa.
-¿Habías venido antes a Monfragüe, Marta? –preguntó Álvaro recorriendo la única calle con aspecto de tal nombre que tenía el pueblo. A partir de esta calle, gruesos caminos, empedrados unos o de tierra batida otros, discurrían hasta las casas de los vecinos, las cuales tenían fachada de piedra, de ladrillo hosco o de adobe. Eso sí, la hierba era la protagonista principal del lugar, haciendo acto de presencia en todas partes, como si todo el pueblo fuese un gran parque donde se hubiesen plantado en medio de las avenidas un manojo de casas. Una plaza central donde había una fuente de la que surtía de un caño un chorro continuo lindaba en su céntrica posición con una pequeña iglesia de torre picuda con nido de cigüeña y todo, con una nave con el techo hundido.
-La estamos restaurando entre todos los vecinos, poco a poco –explicó Álvaro al fijarse que mi mirada se detenía en ella- .Es muy antigua, ¿sabes? Del románico tardío, dijo un técnico de la Junta que vino un día para aprobar la subvención.
-¿Y, entonces, dónde se celebrará el bautizo? –pregunté.
-En casa de Lourdes y Fernando, claro, ¿dónde si no? –me respondió como si mi pregunta fuese de lo más tonta, aunque, por su tono, supe que lo decía con la mayor naturalidad y cortesía posibles.
Pocos lugareños vi a nuestro paso, aunque sí bastantes vacas pastando por los prados que se extendían hasta los lindes del bosque que empezaba a unos cientos de metros, falda arriba. En realidad sólo vi a una anciana con mandil negro y pañuelo a juego en la cabeza que empujaba una carretilla cargada de leña por un camino pedregoso y a la que Álvaro saludó con la mano.
-Ésa es mi abuela Luisa, de noventa y cinco años –dijo con aire serio-. Le hemos dicho infinidad de veces que se quede en casa, que ya la llevamos la leña para la chimenea nosotros, pero ella, erre que erre, no hay quien la meta en vereda. ¿Y quién coño quiere leña ahora, con este tiempo? Y que no la toquen sus “pitas” del corral, claro.
-Los ancianos son así, cabezotas a su manera, creo –dije a modo de confirmación que suponía extendida en cualquier parte del mundo.
Atravesamos el pueblo hasta el final donde, junto a una casa de dos plantas de reciente construcción, debido a la fachada de ladrillo caravista y gres, aún reluciente, estaba la entrada del taller. Al lado había una pequeña nave de paredes de chapa corrugada.
-Bueno, ya hemos llegado –dijo deteniéndose frente la nave. –Aún no ha llegado mi hermano con el cura, así que tenemos tiempo. Aquí dentro están los coches de sustitución, elije el que más te guste, los dos son iguales, en realidad.
Bajamos de la grúa y Álvaro subió el portalón por el que se accedía a la nave. En efecto, dos Seat Ibiza, ambos de color gris oscuro, estaban situados en un rincón, enfundados en un plástico grueso.
-¿Cuándo podrás tener reparado mi coche? –pregunté mientras Álvaro quitaba los plásticos.
-Pues… supongo que para hoy por la tarde, si te corre prisa.
-Pero, entonces, no irías al bautizo, ¿no?
-Bueno… -sonrió. Me estaba pidiendo, o suplicando, que aplazase mi urgente necesidad de recuperar el coche en beneficio de nuestra sobrina.
-Supongo… que puedo esperar hasta mañana, al fin y al cabo, es fin de semana.
-Perfecto –agradeció Álvaro poniéndose contento al instante-. Lo tendrás para mañana, prometido.
Un incómodo silencio se hizo presa entre nosotros.
La radio de la grúa deshizo la tensión que se estaba creando entre nosotros.
-Coche dos a coche uno, ¿me recibes? –se oyó una voz algo distorsionada.
-Perdona –dijo Álvaro acercándose a la radio del salpicadero de la grúa y respondiendo-. Aquí coche uno, ¿qué quieres, Joaquín? –contestó.
–Es mi hermano Joaquín –me susurró alejándose el micrófono de la boca-, el que ha ido a por el cura, ya sabes, lo que te dije antes.
Asentí con la cabeza. ¿El cura?, pensé, ¿qué coño pasa ahora?
-Oye, Álvaro, que el coche del cura no arranca ni pa´ Dios, es una biela, me temo.
Una biela, pensé, como lo mío. Esto es increíble.
-Bueno, pues lo traes para acá y ya lo vemos, ¿qué problema hay, Joaquín?
-El problema, Álvaro, es el coche dos, o sea, que a la jodida grúa también se le ha estropeada una biela. Más bien ha salido volando destrozando el grupo motor, imagínate el estropicio que se ha montado.
-¡No jodas, Joaquín, otra vez no, por Dios! –dijo Álvaro con voz rota y golpeó el capó de la grúa con un puñetazo que hizo retemblar toda la carrocería. Instintivamente di un paso atrás.
-Pues sí jodo, Álvaro, pa´ que veas. Y por cierto, el cura no estaba tirado en el kilómetro veintisiete, sino en el ochenta y siete, que he tardado tanto en venir que el cura ya había llamado a un taxi.
-¿Y está de camino?
-¡Qué va a estar de camino!, como si no lo conocieras, Álvaro. El muy hijoputa me ha dejado una nota donde pone a dónde tenemos que llevarle el puto coche arreglado. Será idiota pero se lee las condiciones del seguro que da gusto, el muy jodido.
-Bueno, bueno, no hables así, Joaquín, que tengo al lado a la hermana de Fernando.
-Vaya, ¿y está tan buena como decía Lourdes?
Me sonrojé hasta las orejas y desvié la mirada hacia otro lado mientras Álvaro miraba el micrófono de la radio mascullando improperios.
-¡Que está a mi lado, merluzo de los cojones, que no escuchas, hostias!
Se oyó a continuación un crepitar de ruido blanco, correspondiente al momento de turbación de Joaquín, al saberse puesto en vergüenza. Por lo visto, esto de no oír a la primera, era cuestión de familia.
-Lo siento, señorita, no era mi intención menospreciarla, le aseguro…
-Calla, idiota, calla, anda. A ver, que voy a recogerte, dime, ¿has dicho en el kilómetro veintisiete, no?
-Creo que ha dicho en el ochenta y siete –dije sin aguantarme más una sonrisa. La situación era de un absurdo tan disparatado que no habría desentonado en cualquier comedia de la televisión.
-Ya has oído a la chica, Álvaro, que dices de mí, pero tú también… -dijo Joaquín a través de la radio.
-Bueno, vale, joder, que ya voy para allá –cortó Álvaro.
-Es el condenado motor, ¿sabes? –dijo colocando la radio en su cuna -. Y lo más jodido es que la garantía se acaba dentro de dos meses, hay que joderse. Y Disculpa a mi hermano, dicho sea de paso.
-O sea, que si no hay cura, no hay bautizo –pregunté ciñéndome al objetivo de mi visita.
Álvaro carraspeó y se rascó la nuca mirando al suelo, como disculpándose.
-Es por el puñetero párroco, Don Facundo, que es un cagaprisas: o sale todo a la primera o no sale. Y hoy, pues no ha salido, manda cojones.
-Ya. ¿Aviso yo a mi hermano y vuestra hermana mientras tú vas a por Joaquín?
-Te lo agradecería, Marta, de verdad –dijo sonriéndome. Y nos quedamos mirándonos unos instantes sin decirnos palabra. Supongo que está predestinado que, después de tantos descalabros, con mi coche estropeado y mi dignidad como mujer echada a perder, al final, el viajecito no había servido para nada.
-Bueno, ¿puedes decirme donde está la casa de mi hermano? Tendrás que marchar, supongo –dije señalando con la cabeza la grúa.
Álvaro me señaló la casa de mi hermano y me dirigí hasta allí, mientras él daba marcha atrás al vehículo y se alejaba. Un pitido de bocina me hizo girarme cuando me dirigía a casa de mi hermano. Una vaca que cruzaba la carretera había estado a punto de impedir que Álvaro llegase a su destino. Por fortuna, o la vaca era muy lista o Álvaro ya se las había visto en esas otras veces porque la esquivó con soltura y prosiguió su camino.
Tras llamar al timbre de casa de Fernando y Lourdes, mi hermano me abrió la puerta y nos abrazamos contentos. Luego vino mi cuñada (la que, según Joaquín, había dicho a sus hermanos que yo estaba muy buena) que me llevó con mi sobrinita, Raquelita, que estaba dormida en su cuna. Me contó que mis padres y los suyos estaban dando un paseo por los alrededores.
A continuación, tomando un café y sentados en el sofá, les conté toda la odisea que había vivido desde esta mañana, omitiendo, por supuesto, mi descenso al fango de la decencia. Por las expresiones de su cara parecían haberlo previsto en mayor o menor grado porque no mostraron demasiada sorpresa.
-En fin –dijo Fernando levantándose del sofá-, voy a llamar a Don Facundo, a ver si podemos arreglarlo para mañana, quizás. O que, al menos, se “aviese”.
Quedamos Lourdes y yo solas. Quizás mi hermano no se había dado cuenta, nunca fue muy avispado, bueno, en su disculpa ningún hombre lo es, pero Lourdes era otro asunto: no exagero si digo que se había formado en su cabeza una imagen bastante fidedigna de mis vicisitudes.
-Tengo que pedirte un favor, Lourdes, y con mi hermano delante no me he atrevido –empecé.
-Creo que ya sé a lo que te refieres, Marta –dijo deteniendo la mirada en mis zapatos, mis piernas y mi vestido. Me preguntó con los ojos entornados y una sonrisa si estaba en lo correcto.
Asentí, agradeciéndola el tener que evitarme expresarlo con palabras.
-Dúchate en el cuarto de arriba mientras yo te saco un vestido. Creo que tengo uno de tu talla, de cuando tenía unos kilitos menos. Ya veremos qué se puede hacer con las manchas de los zapatos.
-Preferiría un baño, si no te importa, de verdad que lo necesito, cuñada.
Lourdes enarcó las cejas, sorprendida, y luego exhibió una sonrisa cómplice mientras se terminaba el café. Creo que en su mente se creó un fiel reflejo de mis sentimientos, hasta los más escabrosos. Pero al instante cambió su expresión.
-¿No te habrá molestado Álvaro, verdad? –preguntó seria.
Negué con la cabeza. ¿Molestarme? Con dos años de defensa personal entre pecho y espalda no había nacido el hombre que me molestase aún.
Cuando me metí en la bañera repleta de agua caliente sentí como todo se iba despejando en mi mente, yéndose las preocupaciones con la esponja al enjabonar mi piel, como si suciedad adherida a mi cuerpo.
++++++++++
Supongo que me relajé demasiado, porque me dormí. Había colocado una toalla doblada en el borde de la bañera y al apoyar la cabeza me quedé adormilada como una marmota. Cuando me desperté el agua estaba ya fría. Me sequé despacio, mirándome al espejo: en el cuarto de baño había uno que llegaba casi hasta el suelo, montado en la puerta de un armario, frente al lavabo.
El reflejo mostraba el cuerpo de una mujer de poco más de metro sesenta, de cabello castaño y largo, de hombros y caderas anchas, con pechos algo caídos pero llenos y aún turgentes. Un vientre casi plano daba paso a una espesa pelambrera oscura en el pubis, en el centro de las anchas caderas, de las que nacían dos piernas torneadas y en el muslo de una de ellas la marca del mordisco de un perro de cuando tenía doce años. Más abajo, en las espinillas, se empezaba a notar el comienzo de alguna variz y la cicatriz de mi primera depilación a la cera que me abrasó parte de la piel.
Me acerqué aún más al espejo para contemplar mi rostro. Algunas arruguillas alrededor de los ojos empezaban a tomar forma y una espinilla se estaba gestando en uno de mis pómulos. Sin embargo, la razón por la que me había acercado al espejo fue el brillo de mis ojos. O más bien la ausencia de él. Ojos cansados, aburridos, indolentes. Un color verde oliva se adueñaba del iris pero el conjunto de blanco, verde y negro era opaco.
¿Qué coño estoy haciendo aquí?, me pregunté. Mi hermano se ha casado y ahora tiene una hija. Tiene una familia a la que cuidar, mantener y proteger. Y de la que disfrutar. ¿Y yo qué? Sola y amargada. Lesbiana conversa o hetero indecisa. ¿Qué coño era yo?
Al salir del cuarto de baño con una toalla enrollada en mi torso y sin ninguna respuesta a mis preguntas, encontré en el pasillo, junto a la puerta, una silla con una muda de ropa interior, una blusa sencilla y una falda plisada floreada y unas pantuflas. Me vestí allí mismo, sin importarme el tirar la toalla al suelo y quedar desnuda. Supongo que ya había agotado mi cupo diario de vergüenza.
Cuando había terminado de vestirme oí unos ruidos ahogados no muy lejos, quizás en una habitación cercana.
Me acerqué con sigilo escuchando de dónde provenían esos ruidos y llegué hasta una puerta entornada. Miré alrededor buscando no ser descubierta. No quería que, de repente, alguien me increpase el escuchar conversaciones ajenas en una habitación que creían cerrada. Sin embargo, aparte del hecho que estaba a punto de cometer, y del que no me reconocía, me intrigaba el saber qué eran esos ruidos y a qué se debían.
Abrí un poco más la puerta con discreción y miré a través. Era un dormitorio, al menos eso deduje por la parte de cama que podía entrever a través de la rendija de la puerta. La pared que estaba en frente de la cama tenía un espejo por el que podía atisbar la cama entera. En ella una pareja se había tumbado y yacían medio desnudos, abrazándose y besándose. Reconocí los dos cuerpos de Fernando y Lourdes. No podía verles muy bien las caras debido a que el reflejo del espejo permitía mucho más, pero el pantalón de él y el vestido de ella, que yacían en sendas sillas al lado de la cama, eran inconfundibles. Él se encontraba desnudo con sólo una camiseta de tirantes blanca y ella vestía el sujetador y las medias. Sus manos se internaban en el sexo desnudo del otro, impidiéndome ver mucho más.
Sin embargo, a través de la imagen especular, pude vislumbrar el reflejo de otro espejo que se encontraba junto a la cama. Este otro espejo me mostraba una puerta entornada que iba a dar a las escaleras de bajada al primer piso. La puerta también estaba entornada y, a través de los dos reflejos, distinguí el rostro de Álvaro. La imagen era difusa, pero se le reconocía perfectamente. Lo que me sorprendió, y de qué manera, fue descubrirle masturbándose: se había sacado el pene a través de la bragueta del pantalón y se sacudía el sexo de forma lenta y sinuosa, con sus ojos fijos en nuestros respectivos familiares.
Fernando y Lourdes se irguieron, quedando de rodillas en la cama, y terminaron de desnudarse sin dejar de besarse ni acariciarse. Mi hermano, al que tenía frente a mí, era poseedor de un miembro de respetables dimensiones que Lourdes azuzaba de forma continua mientras sobaba los pechos de su mujer con una mano y con la otra internaba los dedos en el sexo de ella. Las nalgas orondas de mi cuñada vibraban ante los movimientos en su cuerpo. Gemían y jadeaban sin parar mientras sus manos excitaban el sexo del otro.
A través de los dos reflejos vi que Álvaro se había bajado los pantalones y los calzoncillos sin ningún disimulo y ahora yacía la ropa arrebujada a sus pies. Se frotaba el miembro sin ningún reparo. Constaté que su pene era de unas dimensiones parecidas a las de mi hermano, aunque su mano, azuzándolo, no permitía ver gran cosa de él.
Yo sentía como me iba acalorando, con el sudor recorriéndome las sienes y la hendidura de la espalda, y un intenso cosquilleo se iba manifestando en mis pechos y mi sexo. No pude evitar acariciármelos por encima del vestido. Intentaba contener mis miradas y mis movimientos, temiendo ser detectada, aunque tenía claro que no sería fácil debido a que esos tres estaban totalmente concentrados en lo suyo. Dejé el bolso en el suelo a mi lado e interné mi mano derecha por debajo de la falda, recorriendo mi muslo desde la media hasta llegar arriba, al inicio de las bragas. Notaba mi sexo palpitar dentro de la prenda interior y expelía un calor húmedo que iba en consonancia con el rubor que bullía en mis mejillas y el interior de mi boca. Me sentía excitada, cachonda. Mi pulgar recorrió la braga notando el mullido vello bajo ella, llegando hasta la entrada de mi sexo. Arqueé el dedo presionando sobre mis pliegues a través del vello y la braga y al instante recibí un latigazo de placer que me hizo estremecer entera, haciendo que mis rodillas retemblasen y peligrase mi verticalidad, obligando a apoyarme en el quicio de la puerta y aspirando aire por la boca a través de los dientes apretados.
Me mordí el labio inferior con fuerza para poder recuperar algo de control sobre mi cuerpo y seguí contemplando a Fernando y Lourdes en la cama a través del reflejo del cristal. Ella se había tumbado con las piernas flexionadas y su cabeza estaba fuera del alcance de la imagen que tenía de ellos, pero gemía como una posesa mientras mi hermano hundía su cabeza entre sus piernas. Sus dedos tensados, como garras, se internaban en el cabello de mi hermano mientras éste la hacía un cunnilingus. Me fijé en el reflejo de Álvaro a través del otro espejo y noté como los movimientos de su masturbación se habían detenido, aprisionando entre su mano el miembro hinchado, descorriendo el prepucio para mostrar el glande brillante.
Sus ojos verdes estaban fijos en los míos. A través del reflejo de los dos espejos, él me estaba observando, igual que yo le había estado espiando momentos antes. Sus pupilas recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, observando el bulto bajo la falda que escondía la mano que apaciguaba mi sexo y mi otra mano pellizcando, a través de la blusa y el sujetador, mis pezones. Sentí como la vergüenza estallaba dentro de mí y un rubor intenso me invadió el rostro, mientras mi respiración se volvía apresurada y caótica. Di un paso lateral apoyándome en la pared para escapar al escrutinio de su mirada a través de los espejos, para no mostrar el intenso acaloramiento que me invadía.
Detrás de la puerta esperé conteniendo mi respiración, sintiendo los latidos del corazón golpear con fuerza y rapidez mis sienes. Mis manos aún seguían en el mismo sitio y en mi mente dos detalles dominaban todo lo demás: las nalgas palpitantes de Lourdes y el glande amoratado de Álvaro apareciendo y desapareciendo bajo su mano. Intenté inspirar con fuerza pero acabé cogiendo aire de forma confusa y a trompicones, sintiendo mis dedos aun pellizcando mi atormentado pezón y mi sexo húmedo invadido por mi pulgar a través de la braga.
Continúe acariciándome, con mayor dureza si cabe, ocupándome de mi otro pezón, hinchado e hipersensible, a la espera de mis desvelos, mientras mi otra mano se internaba dentro de la braga y navegaba a través del ensortijado pelo hasta llegar a mis pliegues pringosos. Me faltaba el aire y el poco que me llegaba a través de la boca estaba caliente y alentaba mi acaloramiento. El corazón me martilleaba el pecho en una sucesión de latidos rapidísimos. Debido a que la braga me molestaba para alcanzar mi entrada no dudé en tirar de ella hacia abajo, rasgándola en mi apresuramiento, ayudada por la profusa humedad que la empapaba. Mis dedos, por fin, pudieron acceder a mi recóndita gruta sin más obstáculos que el enmarañado vello que lo cubría. Tampoco, una vez interné varios dedos en mi interior, sofocándome aún más, tuve reparos en desabotonar la blusa haciendo saltar varios botones en mi frenesí y liberar mis pechos, arremangándome las copas del sujetador, para poder acceder a mis pezones bulbosos. El ansia me corroía y me concentraba en procurarme el mayor placer mezclado con el dolor de mis pezones retorciéndose bajo mis dedos. Jadeaba escapándoseme un hilo de saliva de la comisura de mis labios, con la respiración agitada y mis ojos enloqueciendo ante las imágenes de mi hermano y su mujer follando tras la puerta y la de Álvaro masturbándose.
El orgasmo me sobrevino de improviso y me obligó a contraer el vientre. Mi vagina aprisionaba espasmódicamente los dedos cicateros dentro de ella y abrí los ojos con deleite mirando al suelo. Un hilo de baba de mi boca fue recorriendo el aire, descendiendo en el vacío, alcanzando el suelo enmoquetado mientras los estertores de mi éxtasis continuaban sacudiendo mi pecho y mi vientre. No pude evitar el acuclillarme y apoyarme en el suelo para no caer, sin impedir al final que me arrodillase al notarme falta de fuerzas. Notaba la boca inundada de saliva espesa y el labio inferior hinchado y dolorido de la feroz dentellada que le había infligido. El corazón se negaba a aminorar el ritmo infernal que me taladraban las sienes y los oídos con sus latidos, aunque mi respiración se fue normalizando, impidiéndome marearme. Sentí un reguero frío de fluido bajando por mis muslos hasta llegar a mis bragas destrozadas, humedeciéndolas aún más.
Cuando levanté la vista, Álvaro me miraba a mi lado, a escasos centímetros, desde arriba meneándose con furia el rabo. Perdí el equilibrio y caí espatarrada en el suelo de la impresión.
-¿Pero qué cojones haces? -le espeté en voz baja y dominada por un sentimiento mezcla de vergüenza y afrenta.
Álvaro no me contestó. Su glande aparecía y desparecía dentro de su mano y estaba tan cerca su miembro de mi cara que sentía el aire agitarse por sus vaivenes.
-Hijo de... -quise mascullar, protestando e intentando levantarme, pero Álvaro, en un movimiento que me cogió totalmente por sorpresa, me aprisionó la cabeza y me hundió su falo en el boca hasta el fondo.
Abrí los ojos como platos y me quedé como una pánfila, sin reaccionar, mientras Álvaro bombeaba su verga dentro de mí, alcanzando lo más recóndito de mi paladar.
-Mmpfh -grité intentando apartarme de él, pero era más fuerte que yo y no conseguía impedir que su polla se hundiese en mi boca en un ritmo frenético.
No se detuvo hasta que agarré sus testículos apretándolos en mi mano y entrecerré los dientes obstaculizando su felación no consentida. Al instante se interrumpió y, desde arriba, se fijó en mi expresión seria, decidida y bastante cabreada.
“Sácala. Sácala ahora mismo”, le dije con la mirada, enmarcada con mi ceño fruncido y mis ojos, sin pestañear, fijos en los suyos.
Lentamente, y me consta que con dolor porque no disminuí el abrazo de mis dientes, fue deslizando su verga fuera de mi boca, mientras apretaba con fuerza su escroto. La capucha del glande fue la que más sufrió al retirar su miembro.
-Lo siento... -quiso decir, pero lo corté de inmediato.
-Te la voy a arrancar de cuajo como me hagas de nuevo esto, maldito hijo de puta -dije escupiendo las palabras e incorporándome.
-Pero es que te vi como te masturbabas viéndome... -se disculpó.
Fue entonces cuando tomé conciencia de mi masturbación y el aspecto que presentaba, con las tetas al aire, y la braga en mis rodillas.
Un silencio se hizo entre nosotros que se disipó de inmediato al escuchar en la habitación de al lado a mi hermano y su hermana hacer el amor entre gemidos de él y gritos contenidos de ella.
Nos miramos a los ojos fijamente, serios, con la respiración aquietándose. No hice ningún movimiento para ocultar mis tetas ni mi braga, ni él se enfundó en el calzoncillo su miembro. Quizás él sí que tuviese la atención puesta en mí, no lo sé, pero yo sólo tenía en mente los gemidos de al lado. Todo lo demás no existía.
Nuestras miradas se desviaron hacia la puerta entornada. Mi respiración, antes aquietada y descansada, volvía ahora, de nuevo, a encenderse y agitarse. El corazón volvió a incrementar su frecuencia de latidos y unos calores que emanaban de mi pubis comenzaron a sofocarme, expandiéndose por todo mi cuerpo. Inspiré con fuerza para tratar de calmarme, no podía dejarme llevar de nuevo por el ansia de la excitación. Pero al otro lado de la puerta seguían haciendo el amor, con más resolución si cabe, exhalando gemidos y gritos menos contenidos, más desgarradores, haciendo rechinar el colchón con las embestidas de forma rítmica.
A mi lado Álvaro también estaba acusando en su respiración la excitación. Forzaba sus inspiraciones respirando por la nariz, intentando calmarse, pero era tarea inútil porque cada vez le costaba más y lo hacía más ruidosamente.
Tomé una decisión en la que, en aquel momento, ignoraba las consecuencias que tendría.
-Ven aquí -ordené a Álvaro agarrándole del pito y tiré de él llevándomelo a otra habitación. No opuso resistencia y fui probando a través del pasillo qué puerta podía estar abierta. Con las dos primeras no hubo suerte pero la tercera mostró el cuarto de baño de donde antes había salido. Con esto ya me valía.
Pasamos dentro y cerré echando el cerrojo.
-Olvida todo lo que te he dicho antes durante quince minutos -le dije con voz metódica mientras le despojaba de la ropa quedándolo desnudo excepto con los calcetines.
-¿Estás segura? -preguntó él dejándose hacer.
-No. Ya habrá tiempo después de pensar en ello -respondí haciéndole tumbar en el suelo, entre el lavabo y el bidé. Le separé las piernas arrodillándome entre ellas y, agarrando su miembro, lo froté con energía para hacerlo crecer -. Ahora sólo necesito una buena polla que me llene el coño.
Cuando me llevé su pene a la boca, llevando el prepucio hacia abajo para hacer aflorar el glande, Álvaro me detuvo separándome de su sexo.
La miré extrañada.
-¿Y si ahora soy yo el que no quiero, eh? -preguntó con voz seria y el ceño fruncido. No había sonrisa en sus labios que me permitiese distinguir una broma o un farol.
-No digas chorradas -dije, y continué frotando su verga, ya totalmente erguida-. En cuanto os ponen un coño a mano, ninguno lo dudáis un instante.
Álvaro me agarró de la muñeca y separó mi mano de su sexo.
-Pues será entonces que yo soy “ninguno”, porque, fíjate tú por dónde- dijo levantándose-, no me apetece enterrar mi polla en tu coño, ya ves.
Nos miramos unos instantes mientras se vestía. Intenté calibrar si estaba cabreado, enfadado, dolido o, simplemente, quería hacerse de rogar. Sin embargo, nada pude sacar de sus ojos, lo único de lo que estaba segura era de que mi furor interno se había disipado de forma fulminante.
-Te arrepentirás por siempre, maldito petulante -mascullé en voz baja mientras yo también me levantaba.
Menuda mierda, pensé. Yo que estoy con el coño ardiendo, necesitando un polvo casi a vida o muerte, y me tiene que tocar el único payaso eunuco con orgullo de toda la casa. Seguro que está cabreado porque como yo no le dejé follarme la boca, ahora se cree con derecho de decidir cuándo quiere mojar y cuándo no.
Pues si se creía que iba a suplicar para que me embutiese su nabo en el agujero, iba listo.
Sin embargo, me jodía el hecho de saberme mujer y no poder follar cuando quisiera. Y más cuando estaba con un acelerón del quince.
-Parece que el niño nos ha salido con dignidad. Un intento de violación seguido de dignidad, no lo olvidemos, claro. A saber qué clase de puta dignidad tendrás, hijo -le cité como a un toro en una corrida, mientras terminaba de abotonarme la blusa mirándome al espejo constatando que por mi cabello poco se podía hacer con el pelo revuelto como lo tenía.
Álvaro respiró con fuerza y me miró durante un segundo, en el que no le dirigí la mirada, aparentando preocuparme por mi cabello frente al espejo. No respondió y eso me cabreó aún más. No entraba al trapo. Dudaba si podría manejar por más tiempo la situación si se embalaba hacia mí.
-Porque es mi hermano, que si no, entraba ahora en el dormitorio y seguro que me hacían un hueco entre los dos. Seguro que tu hermana me hacía un trabajo mejor, incluso -continué. Álvaro me miró unos instantes. Yo continué atusándome el pelo, intentando corregir a un mechón rebelde que se resistía a aposentarse detrás de una oreja.
Chasqueó la lengua y, quitando el cerrojo, abrió la puerta y se marchó en silencio.
Apoyé mis manos en el lavabo mientras me miraba en el espejo. El mechón volvió a caer sobre mi frente, ignorando mi oreja. Tenía los ojos cansados. Aún conservaba algo de maquillaje en mis mejillas y parte del pintalabios persistía en la comisura de los labios. Empecé a notar pequeñas arrugas en los ojos y líneas de expresión en torno a mis labios, como un paréntesis.
-Abre paréntesis, labios golosos en dueña desaborida, cierra paréntesis -dije para mí.
La puerta se abrió de repente y entró un Álvaro con respiración furibunda y ojos inyectados en sangre.
-Putilla resabionda -siseó mientras cerraba la puerta a sus espaldas. Se acercó a mí y, sin darme tiempo a reaccionar, me abrió la blusa haciendo saltar la mayor parte de los botones que cayeron al suelo como cuentas de un collar roto. Agarró las copas del sujetador con dedos como garras y tiró de ellas separándolas y rompiendo la prenda.
Mis pechos quedaron libres y a mí me faltaba poco para mearme de terror. Me sujetó las mejillas con fuerza entre sus dos grandes manos y me obligó a mantener la cabeza quieta mientras estampaba sus labios con los míos. Intenté zafarme, apretando los dientes para impedir que su lengua, atravesados mis labios, se encontrase con la mía. Una mano me estrujó una teta con saña mientras la otra me subía la falda e intentaba bajar una braga inexistente porque había decidido tirarla antes, ya que estaba tan deshecha que no iba a cubrirme nada. Sus uñas me arañaron la cadera intentando encontrar el elástico mientras sus lengua pugnaba por entrar en mi boca arrebañando mientras la saliva del interior de mis labios.
Desconcertado al no encontrar la prenda interior, se separó de mí.
-¿Y tus bragas?
Su mano apretaba con dolor mi pecho estrujándo la carne entre sus dedos. Una mueca de dolor se dejó translucir en mis cejas y mi frente arrugada porque aflojó su presa pero no la soltó.
-Están rotas, me las he quitado.
-Eras una verdadera puta -sonrió escupiendo la última palabra con deleite. Sus ojos brillaron con un destello de arrogancia y sus dedos apretaron con saña mi teta de nuevo. No puede evitar un gemido de dolor que fue seguido de un grito al sentir como su otra mano me tiraba de la falda hacia abajo con fuerza. Como la prenda siguiera en su sitio, Álvaro tironeó con más fuerza y al poco, aún embargada por una mezcla entre el miedo y la excitación, sentí como la tela de la prenda se rasgaba crujiendo.
Cuando miré hacia abajo, Álvaro se había acuclillado y por el gran agujero que se abría frontalmente en la falda y por el que emergía el vello de mi pubis, internaba su cabeza en dirección a mi sexo.
Me di cuenta entonces que sus manos me sujetaban las caderas y al fijarme en mi pecho, descubrí que eran mis dedos quienes se ensañaban con la carne de mis tetas, hundiendo las uñas en la maleable carne y que mi otra mano se hundía en su cabello, acariciándolo, animándolo en su internamiento.
Sus dedos apartaron el espeso vello que ocultaba mi sexo y su lengua separó mis pliegues, para, a continuación, lamerme toda la vulva, o, al menos, la parte visible en mi posición, prestando un especial esmero a mi clítoris.
Las rodillas me temblaban y la saliva desbordaba de mis labios, cayendo dos finos hilos de baba por las comisuras que me apresuraba a rebañar con la lengua. Tenía los ojos en blanco y el mentón me palpitaba de emoción mientras Álvaro obraba milagros en mi sexo con la ayuda de su lengua y de sus labios.
Cuando empezaba a notar las sacudidas en el vientre que presagiaban un inminente orgasmo, mi concuñado me hizo volverme dándole la espalda, apoyándome en el borde del lavabo. Me dejé hacer sin oponer resistencia alguna: mi cuerpo, que había aprendido que este hombre podía provocarle grandes goces, se había entregado a él por completo, impidiendo que mi mente tuviese algún tipo de control sobre la situación.
Apoyé la mejilla en el frío cristal del espejo y mis labios, brillantes por la saliva que amenazaba con desbordar de mi boca, iban dejando rastros por el espejo como un caracol. Vaharadas de mi hálito empañaban el cristal y yo mantenía mis ojos cerrados, intentando captar el máximo de sensaciones a través de los demás sentidos, con la firme seguridad de que aquel hombre me iba a arrancar de mi más profundo ser pedazos de gloria.
Enrolló con lentitud la parte trasera de la falda para introducir el cordón enrollando en la cinturilla de la prenda, sujetándola. Sentí como me separaba con sus rodillas mis piernas para luego separar mis nalgas con las manos, como un melón rajado por un tajo longitudinal, descubriendo mi ano y la parte baja de mi vulva, exponiéndolos a su vista, a su deleite, a mi goce.
-Menuda guarrona que estás hecha, Martita –susurró y su aliento incidía con desgarradora precisión sobre las nervaduras convergentes de mi ano, cosquilleando los escasos pelillos que lo rodeaban, distendiéndolo y contrayéndolo en rítmicos compases, como buscando bocanadas de aire . Su solo aliento parecía haber domado mi cuerpo en pocos minutos, en contra de los muchos años que me había costado dominarlo. Ahora ya no me obedecía a mí: era suyo. Y yo era una simple espectadora, con asiento privilegiado, eso sí.
Su lengua embadurnó con lametones suaves y delicados mi entrada trasera con saliva espesa y grumosa. Ansiaba tenerlo dentro de mí. Sentí como la saliva se deslizaba por efecto de la gravedad hacia la entrada de mi vagina y su dedo índice, como si me hubiese leído el pensamiento, acarició mi entrada, ayudado por la saliva que había discurrido procedente del ano y mis jugos vaginales que no cesaban de aflorar, expectante ante una inminente penetración que se postergaba, con gran pesar.
Arrebañó con las yema del dedo y la uña la mayor lubricación posible, en un movimiento rotatorio que me deshizo casi por completa, obligándome a lamer el cristal del espejo donde apoyaba el rostro por donde se deslizaban gruesas gotas de saliva que surgía de mis labios. ¿Por qué estaba lamiendo mi saliva del cristal como si estuviese sedienta? ¿Por qué iba a permitir que un hombre, al que había conocido hacía pocas horas, me sodomizase? ¿Por qué anhelaba que mi esfínter ciñiese su miembro?
Yo qué sé. Eran pequeños momentos de lucidez que me asaltaban en el mar de sumisión y arrebatamiento en que me encontraba inmersa. Iban y venían, como pequeños retazos de rebeldía de mi mente ante la ignominiosa realidad de haber perdido el control sobre mi cuerpo.
Cuando la primera falange se internó en mi ano, un escalofrío me recorrió la espalda entera. Se introdujo con pasmosa facilidad, como si fuese un hijo pródigo bienvenido. Sus labios y lengua no cesaban de ensalivar la entrada para facilitar la penetración, como una barrena agujereando el duro mármol, siempre humedecida, para evitar el sobrecalentamiento. El resto del dedo se internó con un solo movimiento, obligando al ano a distenderse ante el aumento de anchura de las falanges.
Cuando el dedo se curvó en mi interior, adoptando la forma de un gancho, fue cuando me sobrevino el éxtasis, sin poder remediarlo. Sentir como en mis tripas un objeto extraño presionaba sobre mis paredes intestinales en dirección a mi vagina y como mis propios tejidos, se rozaban entre sí, me hizo alcanzar un orgasmo de nuevas dimensiones, inalcanzable de otro modo, incontestable por ser pionero en su origen anal, imbatible en sus efectos sobre mi vientre y piernas, perdiendo el apoyo de mis brazos sobre el borde del lavabo. Menos mal que Álvaro, que parecía entender mi cuerpo mejor que yo, me sujetaba sin dejar de arrancar pedacitos de gloria divina de mi culo. Se irguió, sin sacar el dedo de mi interior ni cesar en sus movimientos giratorios, y me sujetó por el pecho, descansando mis tetas sobre su antebrazo, con mi espalda apoyada en mi pecho, y su aliento en la mejilla que había descansado en el espejo.
-¿A qué sabe un orgasmo anal? –me preguntó a través de oleadas de placer que se iban deshaciendo en mi vientre, como olas que iban a morir a mi ombligo. Sacó su dedo de mi culo con suavidad.
Jadeaba buscando bocanadas de aire mientras mi corazón golpeaba con fuerza arrebatadora mi pecho. Oí a lejos como Álvaro se despojaba de sus pantalones y encajaba su miembro hinchado entre mis nalgas, a las puertas de mi ano, llamando a mi puerta trasera. Sus manos se cernieron sobre mis caderas, sujetándome, y se fueron deslizando hacia abajo, sintiendo sus dedos presionar sobre mis carnes, mi vientre, mis nalgas, estrujando mi indefensa carne entre sus palmas, abriendo mi grupa de nuevo como un melón maduro. Sus dedos pulgares despejaron el camino hacia mi esfínter para que la punta de su pene se posara en mi entrada señalizada con un asterisco de piel replegada.
-No me hagas daño, Álvaro,… no me hagas daño –susurré derramando lágrimas que provenían de los estertores del orgasmo y de la inminente sodomía, sintiendo su miembro presionar con firmeza sobre mi esfínter dilatado.
Pero en el fondo quería que me destrozase, que me desgarrase, que me hiciese sentir viva. Otra vez viva.
Álvaro estampó sus labios sobre mi oreja izquierda, lamió el reborde trasero y con su lengua recorrió las caracolas de mi cartílago, atrapando entre sus dientes el lóbulo, pellizcándolo, y haciéndome jadear con voz ronca.
-Vas a suplicar, Marta –siseó con parte de mi oreja en su boca-. Vas a suplicar que no pare hasta que te derrumbes de placer, tus piernas no te sostengan, el corazón te explote de placer y las tripas se te revuelvan de goce, puta.
Un gemido de angustia que salió de mi boca se mezcló con el sonido regurgitante del gel de ducha cayendo sobre mis nalgas. Álvaro había vertido una generosa cantidad de gel sobre su miembro proporcionando una lubricación extra y algunos chorretones salpicaron, gélidos, sobre la piel palpitante de mi culo.
-Disfruta mucho, putita –dijo mientras me mantenía las cachas separadas, atenazándome con sus dedos como garras, para, a continuación, iniciar la maniobra de penetración. Apreté los dientes sintiendo el palpitar del corazón en mis encías y el crujir de las mandíbulas mientras su pene se iba abriendo paso por mi intestino. La carne tubular se fue introduciendo con un sonido electrizante por mis entrañas producido por el gel de ducha que se iba a acumulando alrededor de mi ano.
-Joder, joder, joder –mascullé cerrando los ojos con tanta fuerza que me dolían los tímpanos, mientras, en la oscuridad de mi mente, sentía con total exactitud como su carne me iba horadando mis entrañas.
La penetración fue realizada sin prisas pero de forma constante. Álvaro parecía tener algo de experiencia porque la dolorosa sensación de inminente rotura, al notar la elasticidad de mi esfínter llevada al límite, se fue diluyendo en una sensación agradable a medida que el pene se introdujo por completo (o al menos así lo creía) tornándose en una sucesión de idas y venidas que me fue devolviendo a la tierra del placer, abandonando la morada del dolor.
La sensación era indescriptible. Jadeé excitada y utilicé una de mis manos que me mantenían apoyada en el borde del lavabo para estrujar una teta con la mayor saña de la que fui capaz. Aquél émbolo en mis tripas se deslizaba ya a un ritmo comparable al de un coito y me fue embargando una sensación de placer que antes no había conocido. Recordaba vagamente al bienestar de una defecación abundante y postergada pero intensificada con el empuje de su pene desentrañando los pliegues de mi intestino grueso. Apoyé la frente en el cristal y, con el vientre convulso apoyado en la loza del lavabo, utilicé la otra mano para hundir varios dedos en mi vagina, llevándome por delante varios mechones de vello púbico. Presioné en las paredes interiores de mi sexo con las uñas y, débilmente al principio, pero después con total nitidez, fui palpando el avance de su polla por mis tripas a través de los tejidos de los órganos que la separaban de mis dedos.
Sonreí como una bobalicona sintiendo mi baba caer en gruesos hilos por mis labios, goteando el grifo mientras Álvaro intensificaba el ritmo de mi sodomía.
-Más, más, mátame, cabrón hijo de la gran… –ordené mientras notaba como un calor creciente se iba adueñando de todo mi vientre y los primeros retortijones de tripas se iban gestando. Me arranqué pequeños orgasmos penetrándome el sexo sin ningún cuidado, sintiendo mis jugos desbordar mi pliegues y empapar mi vello púbico. El corazón me iba a reventar y mi respiración era tan endiabladamente vertiginosa que iba notando como el aire enrarecido me iba nublando la vista y me embotaba los sentidos.
-Sácate esto, hija de puta –escuché a lo lejos la voz de Álvaro, sintiendo remotamente su aliento húmedo sobre mi cuello, y me sacó los dedos de mi sexo con el dorso de la mano y atenazó un ingente cantidad de vello ensortijado de mi pubis, tirando de él. El dolor en mi piel tensa me devolvió al instante al mundo real e intensificó al límite la sensación de su miembro en mis tripas.
Con un grito ahogado Álvaro, en un último movimiento penetrante, hundió hasta la base su polla en mi intestino, sintiendo su vientre presionar mis nalgas, y eyaculó en mi interior mientras tironeaba de mi vello púbico y atenazaba una nalga con más inquina que yo mi teta entre mis dedos.
Recuerdo que grité algo, no me acuerdo el qué, y después, mi cuerpo, repleto de sensaciones que copaban todos mis sentidos, supongo que desconectó de repente. No sentí realmente nada, pero al abrir de nuevo los ojos me encontré sentada en la taza del inodoro, con los brazos y las piernas fláccidas y una toalla cubriéndome el torso. Enfrente de mí un Álvaro desnudo y acuclillado con rostro desencajado y nervioso suspiraba aliviado. Todo mi cuerpo estaba cubierto de un sudor frío que Álvaro se afanaba en secarme con otra toalla con cuidado.
-Dios mío, Marta, me has dado un susto de muerte –dijo plantándome un beso en la frente y cogiéndome de las manos.
-¿Qué… qué ha pasado? –susurré confusa. Poco a poco fue abriéndose paso un dolor punzante en mi ano que se fue extendiendo por el vientre y los muslos, intensificándose en mis nalgas y pechos-. Ah, espera… creo que me sodomizaste, hijo de la gran… puta, porque me duele todo el… cuerpo.
-Perdiste el conocimiento, Marta, y casi te golpeas la cabeza con el grifo del lavabo –explicó Álvaro con suavidad.
-Te… te voy a denunciar, maldito cabronazo… ah, no, espera, que yo también… quise. Oh, Dios –dije llevándome una mano a la frente. Intenté poner de pie pero Álvaro me lo impidió.
-Descanso un poco, anda, por favor.
-¿Cuánto tiempo…?
-Solo has perdido dos o tres minutos la consciencia, Marta.
-Vale, ayúdame a levantarme, por favor, tenemos que salir ya o nos echarán de menos…
-Es mejor…
-Tú ayúdame, ¿vale? –le corté extendiendo los brazos para que me alzase, cayendo la toalla en mi regazo y descubriendo mis pechos. Cuando vi las marcas moradas surcar mis tetas ahogué un grito. Miré ceñuda a Álvaro y este sonrió a modo de disculpa.
-Lo mío está por detrás, guapa, eso te lo has hecho tú solita –dijo tirando de mí y ayudándome a levantarme. Trastabillé unos instantes y tuve que apoyarme en la pared, sintiendo la cabeza pesada y el cuerpo respondiéndome a trompicones, con Álvaro con los brazos extendidos presto a sujetarme si perdía pie.
Lo miré unos instantes y recordé el caudal de sensaciones que me inundaron los sentidos durante nuestra salvaje fusión. Esbocé una mueca parecida a una sonrisa.
-No voy a poder sentarme en días, pero estuvo bien, ¿eh? –pregunté y noté como se escurría de mi ano una mezcla de semen y gel de ducha espumoso que discurría en reguero por mis muslos.
Álvaro asintió sonriente y me plantó otro beso en los labios.
-Sí, quiero –dijo feliz.
-¿Qué sí quieres el qué? –pregunté extrañada.
-Nada. Ya lo recordarás.
Entrecerré los ojos y al instante me vino a la mente mis últimas palabras antes de perder la consciencia.
-Ya veremos, cabronazo –susurré secándome la baba que se me escurría de los labios con el dorso de la mano-, ya veremos.