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domingo, 8 de diciembre de 2013

PORQUE LA CHUPO MUY BIEN



—“Porque la chupo muy bien”.
Mis compañeros de celda me miraron fijamente, con una expresión escéptica en la cara, como si les hubiesen gastado una mala broma.
—¿Solo eso? ¿”Porque la chupo muy bien”? Joder. Vaya mierda.
Algunos apretaron los puños y las mandíbulas, dispuestos a dejarme probar el sabor de mi sangre a través de varias encías desnudas. Tuve la corazonada (bueno, más que intuición, era un hecho indiscutible) de que debía explicarme o, ciertamente, me quedaría sin dientes.
—Hay que tener en cuenta algo muy simple pero también muy importante, chicos. Marta no es una puta de tres al cuarto. Es una ricura de mujer, casi tan alta como yo, de andares vivaces y curvas contenidas pero bien dibujadas. Pero aquello por lo que destaca es por su mirada y su sonrisa, la combinación de ambas. La veríais por la calle y os volverías para ver el culo de una chica tan despampanante. Pero si os sonriese, mostrando sus dientes blancos (uno de ellos ligeramente desparejo), alzando sus mejillas, contrayendo sus párpados, brillando sus ojitos color miel, estoy seguro de que también se os derretiría el estómago. Tiene una sonrisa larga de esas que te hacen imaginar mil guarradas. La ves siempre tan elegante, con sus falditas mostrando muslamen, con su blusa abierta enseñando un escote por el que no es difícil ver asomarse el sujetador. Tiene el cabello largo y rizado y le gusta enrollar sus mechones alrededor de los dedos cuando te habla, sabiendo que te vas encendiendo más y más. Se apoya en una pierna, luego en otra, cruza un brazo por encima de los pechos y comprime la carne, haciendo que sus globos se hinchen…
—Para, joder, que ya vemos que estás encoñado. A ver, que me entere, ¿qué tiene que ver que tu piba sea una putita y que la chupe bien para que hayas caído aquí?
—Ay, amigo, pues lo mismo que hace nacer guerras y provoca tempestades en una amistad —detuve mis palabras pues creí que eso de “amigo” le sentó mal—. El capricho de una mujer.
Hacía pocos días que trabajaba en el bufete. No soy abogado ni nada de eso, os aclaro, curraba como un simple gestor de bases de datos. Empecé con un curro temporal de subcontrata destinado a ordenarles y optimizarles el caos de archivos e información que tenían en sus servidores. Creían que sería tarea imposible y finalicé la tarea en dos tardes. Todos sus casos, sus notas, contabilidad, argumentaciones, sus leyes y transcripciones, todo, todo accesible a solo dos clics de distancia. Me despidieron y me contrataron ellos mismos.
Las oficinas están situadas en el centro mismo de la ciudad y ocupan un piso entero de un edificio construido hacía siglos. El suelo de parqué, más viejo que mi abuelo, cruje incluso con solemnidad. Entrar allí es sinónimo de lujo y dinero en cantidades épicas.
Marta era pasante. Ignoro cuánto tiempo llevaba allí pero era el suficiente para saber que jamás sería más que una pasante en el bufete. Sin embargo, su vitalidad iluminaba las oficinas enteras. Los compañeros, cuando conseguía sacarles alguna palabra, pues yo era de una casta inferior, la llamaban “la gallina”, no por miedica sino por lo puta que debía ser. Ninguno podía entender de dónde sacaba el dinero necesario para poder permitirse cambiar de vestido casi cada día, conducir un deportivo distinto cada año y vivir en una casa de ocho dormitorios. Y ella, fiel a su mote, siempre que le preguntaban, contestaba (aunque fuese en presencia de los clientes ricachones de turno que no sabían como salir de un atolladero judicial) siempre lo mismo.
—Porque la chupo muy bien.
Y luego se reía cuando todos se quedaban perplejos y helados. Su risa era contagiosa y divertida, natural y pícara. Y al instante todos estallaban en carcajadas, riéndole la gracia.
Era ocurrente e ingeniosa, muy bromista. Se decía que no tenía novio porque nunca vino con ninguno al trabajo ni tampoco ninguno le esperaba a la salida.
—Joder, macho, nos estás cortando el rollo. ¿Te suelto un guantazo y nos dices de una putísima vez cómo acabaste en el trullo?
Tragué saliva y asentí. La advertencia no era ninguna fanfarronada. Los nudillos del compañero de celda estaba cubiertos de cicatrices de tantas veces como se los habría despellejado.


 24 HORAS ANTES

—Manuel, ven conmigo un momento, por favor.
La había visto acercarse a mi mesa de trabajo, como si fuese a pasar de largo. Siempre que podía, no le perdía ojo. Contemplar a una diosa era una tarea mucho más agradable que mantener varias bases de datos.
Seguí a Marta hasta el pasillo que daba a los cuartos de baño. Abrió la puerta donde estaban los suministros de limpieza y entré delante de ella.
Tenía el corazón a mil por hora y el estómago se me había encogido igual de rápido que mi polla iba creciendo entre las piernas. Era la primera vez que Marta me dirigía la palabra pues ni siquiera contestaba a mis “Hola” o “Buenos días”. Al menos sabía mi nombre. Y ahora estábamos los dos muy juntos, en un cuartito diminuto que olía a vinagre y lejía pero que pronto quedó envuelto por la fragancia de su perfume.
Me miró un instante y luego desvió su mirada hacia un paquete de rollos de papel higiénico en una estantería.
—Necesito un favor. Estoy con un marrón muy gordo.
Abrí la boca para contestar que mataría si ella me lo pidiese pero colocó sus dedos finos y delicados sobre mis labios. Si quería que matase, que me lo pidiese rápido porque, si no, me moría yo antes.
—No, no hables, escúchame primero. Lo que voy a pedirte sé que es algo muy delicado. Deberías denunciarme y sería despedida en el acto. Pero estaré en la calle igualmente si no arreglo el marrón en el que estoy metida.
Dime quién muere y dalo por hecho, Marta, pensé. Seguía sin mirarme. Sus dedos acariciaron el borde del papel higiénico y sus uñas cuidadas dejaron una fina marca sobre papel.
—Quiero entrar en la sala de los servidores.
Deseo cumplido, mi diosa. ¿Para eso tanto alboroto? Y, como hace frío allí dentro, te arroparé con mi cuerpo y…
—Quiero falsear algunos datos.
Espera, espera. ¿Falsear? Una cosa era matar pero otra bien distinta era modificar las bases de datos.
—Marta…
—Qué blandito es, ¿no? —dijo, arañando el rollo de papel con varias uñas.
Pegué un respingo cuando su otra mano se cerró sobre mi paquete.
No. No podía ser. Miré abajo por si me lo estaba imaginando. No. Marta me tenía cogidas las pelotas y la verga con firmeza. Sus dedos largos y finos empuñando el asunto a través de los pantalones vaqueros. Apretó lo justo para que sintiese un escalofrío.
Me cago en todo. Dios bendito.
—¿Qué… qué quieres cambiar? —farfullé.
—Es un secreto. No puedes saberlo. Ni tú ni nadie. Y no puede quedar registro alguno del cambio. Como si nunca hubiese existido. Estoy desesperada ¿Me ayudarás?
Levanté la vista de su mano agarrando mis huevos. Me miraba fijamente, sonriéndome, a dos palmos de distancia, enseñando sus dientes, iluminándose sus ojitos color miel. Sus labios brillaban.
Tragué saliva.
—¿Quieres saber cómo te lo agradecería?
Apoyé mis manos en la pared cuando bajó la cremallera de mi bragueta. Escurrió su mano dentro y amasó mis huevos bajo los bóxer. Sus uñas siguieron el contorno de mi erección, deteniéndose sobre el extremo, arañando el glande. Sus dedos estaban tibios. Culebreaban y se enroscaban alrededor de la verga. Aunque no tocó mi piel, sentí su tacto cercano y suave, pero también travieso.
Cogió una de mis manos por la muñeca y se la llevó entre sus piernas, bajo la falda, hasta un lugar del que emanaba un calor inmenso. Creí que tenía las bragas empapadas. Cuando me di cuenta de la ausencia de prenda, al acariciar a contrapelo el vello afeitado y resbalar mis yemas por el mejunje que surgía de su raja, cerré los ojos, dispuesto a memorizar cada recoveco, cada pliegue de su sexo excitado.
Regresé a la realidad cuando Marta apretó mis huevos con decisión.
—¿Te vale como adelanto?
Asentí varias veces. Muchas veces. Miles de veces.
Marta sonrió nuevamente, sacó mi mano de su coño y llevó mis dedos hasta sus labios. Luego a los míos. El olor fuerte y agreste de su interior inundó mi paladar cuando chupé.
—Cuanto antes, mejor —susurró mientras me sonría y miraba mi lengua rebañar mis dedos, deleitándome en su sabor.
—Esta noche —murmuré con mis dedos aún en la boca.


13 HORAS ANTES

—¿Cuál es la contraseña de “root”?
Levanté la vista hacia el monitor y fruncí el ceño, confuso. Tan absorto estaba, encandilado con los bultos que los mofletes de su vulva creaban en sus ceñidas mallas blancas, que la pregunta me descolocó por completo. Me sorprendió que una mujer vestida con estrechas mallas, sin evidente ropa interior debajo y con un jersey grueso de cuello alto, pudiese desenvolverse en un entorno Linux de consola, abriendo una interfaz gráfica y accediendo a phpmyadmin.
—Te la escribo yo.
—No, dímela.
Mientras repetía mis palabras en el teclado, noté como su sonrisa se iba haciendo más grande. Meneaba el culo, inclinada sobre la mesa, cambiando el peso de su cadera de una a otra pierna, comprimiendo los carrillos de su coño perfectamente contorneado bajo sus mallas de spandex.
—No mires a la pantalla.
No, tranquila, que no miro a la pantalla, mi vida.
—Entretente mejor con este caramelo.
Se bajó las mallas y dejó sus nalgas al aire.
Dios. Dios.
El frío perpetuo que reinaba en la sala de servidores provocó que la piel de su culo se erizase. Los límites de un bronceado lejano separaban la carne en dos tonalidades, un triángulo invertido de bordes difusos y lados curvados. La frontera superior alcanzaba hasta donde la hendidura se difuminaba con la rabadilla. En el interior de la raja, según perdía mi mirada en las profundidades de su soberbio culo, un moteado oscuro rodeaba el ojo fruncido, aún cubierto por algo de vello que escapó al afeitado. Más abajo, de la raja dentro de la raja, desbordaban varios pliegues asimétricos de carne rosada y contraída por el frío.
—¿Te gusta lo que ves?
Mi silencio fue suficiente respuesta y Marta rió. Dejó de teclear, giró su cabeza y me miró con esa sonrisa suya, tan traviesa y sugerente. Dobló la espalda, alzando su grupa.
—Anda, alégramelo un poco que me estoy quedando tiesa.
Me arrodillé frente al monumento que enmarcaban el extremo de su jersey y sus mallas enrolladas.
Como si estuviese electrificado, lentamente fui posando una mano sobre cada nalga. La piel estaba tibia. Apreté la carne y la piel se contrajo entre mis dedos. Separé los dos globos y el ojo fruncido, expuesto con más intensidad al frío, se cerró con más ahínco. Debajo, los mofletes se separaron y la abertura sellada hacia el interior de Marta apareció rodeada de pliegues. Acerqué mi boca y exhalé mi aliento caliente sobre la entrada. El coño y el ano agradecieron la bocanada. El ojo fruncido se desfrunció y la vagina mostró su entrada.
—Joder, qué gusto. Vamos, pasmarote, dale bien —me animó Marta tras un gemido.
Abrí más la boca y comí todo lo que pude abarcar.
Lejano, un jadeo hondo se oyó.
Sorbí la carne mientras hundía con fuerza las uñas en las nalgas. Una generosa ración de saliva caliente ayudó a ablandar y despegar las porciones rebeldes. Lamí el interior hasta anclar mi lengua en la entrada.
—¡Ábrete, sésamo! —murmuré dichoso al coño ensalivado.
Y la entrada se abrió. Mi lengua atravesó el anillo de entrada, accediendo a la jugosa vagina.
Un grito de Marta me confirmó que tampoco ella estaba preparada para los efectos de la penetración. Sus piernas temblaron y amenazaron con derrumbar el resto de su cuerpo sobre mi cara.
—¡Hostia bendita!
Marta apretó el culo y su coño se cerró. Obstinado, separé de nuevo su culo, mi lengua se abrió paso, mis labios apresaron los pliegues alrededor del clítoris erecto y mis dientes pellizcaron la carne. Y por si aquello no bastase, mis dedos se acercaron al ojo fruncido, colocándose encima de la entrada. Era una advertencia en toda regla. O te abres o te abro.
—Ni lo sueñes —dijo entre jadeos.
Mis uñas acariciaron las nervaduras de su esfínter.
Sus rodillas temblaron, sus piernas se doblaron.
Bastó un nuevo soplo de aliento encendido por la zona para derrumbar su tenacidad. La punta de un dedo se coló por la rendija oscura y mi lengua se introdujo entera por la otra.
Oí como sus dedos resbalaban por el teclado y la mesa que sostenía el monitor vibraba.
—¡Para, joder, para que me da algo! ¡Así no se puede hacer nada!
Penetré su culo hasta la primera falange, sintiendo como el anillo intentaba constreñir el avance. Sin ningún éxito.
Sus piernas temblaron, incontroladas, incapaces de hacer frente al derrumbamiento general. Mientras, deslicé mi otra mano entre sus piernas, ascendí por su pubis afeitado, entré dentro del jersey, palpé su vientre convulso, y agarré una teta colgante.
Aquello fue el acabose. Me aparté justo antes de que Marta aterrizase de culo.
Se volvió hacia mí. Su mirada dejaba traslucir un enfado monumental, una ira genuina. No sonreía. Tenía los dientes y los labios apretados, en un gesto de furia total. Sus mejillas ardían y sus orejas estaban inflamadas.
—Trae acá, me cago en todo.
Sus dedos aterrizaron sobre mi paquete y abrieron mis pantalones con ansia desmedida. Sacó la polla y los huevos y se comió la verga entera de un bocado.
Jamás había visto nada semejante. Sus labios y nariz se hundieron hasta mi vello. Mi polla arañaba su paladar, próxima a su glotis. Cuando el miembro fue saliendo a la luz una gruesa capa de saliva lo bañaba, escurriéndose hacia mi vello. Sus labios formaban un sello imperfecto y sus dientes arañaban las protuberancias de las venas. El glande no llegó a ver la luz del frío cuarto de servidores. Volvió a tragarse la verga de nuevo, esta vez amasando con rudeza mis huevos. Entre sus dedos cálidos, la piel del escroto recuperó su elasticidad natural y los huevos danzaron entre sus dedos.
Marta me la chupaba con una maestría, técnica y devoción imposibles. No necesitaba mirarme para saber cuándo acelerar sus lamidas, cuándo sorber con mayor ímpetu, cuándo estrujar mis huevos. Le bastaban mis jadeos, mis gemidos, mis gritos. Aún así, me miraba, taladrándome con esos ojos suyos, de párpados entornados, sonrientes, consciente de saberse dueña absoluta de mi polla. Sus miradas, incluso ocultas tras varios mechones rizados volcados sobre su frente, servían para hacerme partícipe de su esmerada y honda mamada.
Incluso cuando me corrí, su depurada técnica impidió que pensase que era yo quien eyaculaba. Sorbía con tanto ímpetu que era ella quien extrajo mi semen. Ni por un momento tuve duda de que aquello fue un ordeño en toda regla, una extracción calculada y sistematizada. Y no por ello dejé de gritar como un descosido, abandonándome al mejor orgasmo que tuve y, seguramente, tendré en mi vida.
Los mismos minutos que necesité para recuperarme son los que Marta necesitó para terminar aquello que estuviese haciendo en mis bases de datos. Presa de un mareo del que tardé en sofocar, espatarrado en el suelo, solo acertaba a mirar la mancha húmeda que ensuciaba sus mallas a la altura del coño.


Un silencio absoluto reinaba en la celda. Mis compañeros de barrotes me miraban absortos, con los brazos y las piernas cruzadas, inclinados hacia mí, inmóviles.
—Entonces, era verdad eso que decía…
Asentí con una sonrisa radiante.
—Me dejó seco. Pero seco, seco. Hasta la última gota.
—¿Y dónde dices que puedo encontrar a la piba esa?
Me giré hacia el canijo con la cara cortada que tenía al lado.
—No tienes que ir muy lejos. La puerta de al lado, calabozo de mujeres.
—Oye, oye, espera. ¿Qué también la trincaron?
Abrí la boca para responder pero un funcionario se acercó hasta la entrada y abrió la puerta.
—Manuel Pardo.
—Soy yo —respondí, poniéndome en pie.
—Puedes salir. Se han retirado los cargos.
Mi salida conllevó un murmullo de protestas entre mis compañeros.
—¡Pero no nos dejes así, cabrón! ¿Qué cojones pasó?
Firmé varios papeles en la mesa del funcionario.
—¿Está todo?
—Sí, puede marchar.
Mientras andaba por el pasillo de salida de la comisaría, seguía oyendo los gritos de mis ex compañeros de celda.
—¡Cuando salga, te juro que te mato, hijo de puta! ¡Ven aquí y termina la historia!


DIEZ DÍAS ANTES

Los socios del bufete se revolvieron en sus sillones. Uno se acercó a la oreja de otro y murmuró algo que no llegué a oír pero el que escuchaba sonrió y luego negó con la cabeza.
El que presidía el consejo tamborileó el extremo de su pluma varias veces sobre la amplia mesa lacada de edad y coste indeterminables. Abrió de nuevo una carpeta y ojeó las hojas cubiertas de información impresa.
—¿Está seguro de lo que dice, señor Pardo?
Carraspeé y tragué saliva.
—Las cifras no mienten. Ahí está el informe —dije intentando mantenerme erguido en la incómoda silla que me habían facilitado.
—A ver si lo he entendido porque a mi todo esto de la informática me da dolor de cabeza. Yo uso el Word y poco más, ¿sabe? Pero de leyes sé lo suficiente para limpiarme el culo con billetes de cincuenta, ¿entiende?
Asentí con firmeza sin achantarme.
—Usted nos dice que alguien está inventándose clientes falsos, los cuales generan partidas de ingresos que luego son cubiertas con gastos ficticios. Y la diferencia, en contra nuestra, es retirada e ingresada en otra cuenta ubicada en un paraíso fiscal.
—Correcto.
Más murmullos.
—¿Usted nos toma por idiotas, verdad, hijo?
—Yo no. El que les estafa, sí. Y lo hace tan bien que si no hubiese creado bases de datos para ordenar toda su información, en poco tiempo tendría que conformarse con billetes de cinco para limpiarse el culo, con el peligro inherente a mancharse los dedos, dado el menor tamaño del billete, claro.
Se levantó de su sillón y se dio un paseo por la sala. Parecía ya imaginarse el escozor que podría sentir ante tal posibilidad.
—¿Por qué las auditorías no le han pillado?
—¿Quizá porque confían demasiado en ella y se encarga de aprobarlas?
Uno de los socios dio un golpe con sus manos abiertas sobre la mesa que restalló como un trueno.
—¡Es imposible que Marta Rojas haga eso!
Me permití una sonrisa.
—¿Por qué? ¿Porque “la chupa muy bien”?

EL DESTINO SE EQUIVOCA




Conservo vagos recuerdos de mi hermana Carlota.
Quizá, si la memoria no me falla, lo cual sería comprensible tras los casi 15 años de distancia, el recuerdo más intenso es su risa. Una risa alegre, jovial. Carcajadas de felicidad inmensa. Ninguna imagen. Solo la música de su risa.
Ahora, mientras espero en el altar, me giro hacia atrás y la veo cerca, en la primera fila de bancos, con una sonrisa grande, espléndida. No me parece mi hermana. ¿Qué me une a ella? Mis padres, claro. Pero es un enlace sanguíneo, algo físico, y no está sustentado por una vida común. Es una desconocida total y la única prueba tangible de que es mi hermana es su gran parecido físico con el mío.
—Estoy muy contento de veros aquí. Es, creo, lo segundo más bonito que ocurrirá hoy.
A mi lado, mi madre actuando como madrina, otra gran desconocida, me mira y trata de contener las lágrimas para, al final, abandonar una empresa tan inútil y gemir y abrazarme y besarme en la cara.
—Y nosotras, cariño. Siempre te hemos querido. No sabes cuánto tiempo he tenido que esperar para que ocurriese algo así. Tenerte a mi lado. Abrazarte. Vos es lo más…
—Mamá, no sigas… que soy de lágrima fácil.
Intenta sobreponerse y se aplica ligeros toques con un pañuelo sobre los párpados para no estropear su maquillaje.
—Tu padre…
—Sí, lo sé —murmuro mientras aprieto los dientes.
La ira empieza a manifestarse. Está repleta de imágenes grises, oscuras. Imágenes de venganza y odio. Cuánto daño puede hacer la venganza.
De repente, la música de la entrada nupcial comienza y me digo que no es momento de tener sentimientos tan negros.
Y menos en el día de mi boda.
Me vuelvo y contemplo extasiado a mi novia Teresa avanzar por el pasillo central de la iglesia.
Todos se giran para ver a mi futura mujer. Amigos, su familia y la poca mía que ha venido. El padre de Teresa avanza con paso débil. Parece que fuese ella quien le sostuviese del brazo y no al revés.
Sin embargo, no tengo tiempo ni ganas de mirar a nadie más que a mi Teresa. Elegante y preciosa, vestida de blanco y arrastrando una cola que sus sobrinas de pocos años intentan sin éxito levantar del suelo. Tampoco ella dedica mucho tiempo a mirar a los invitados. Solo tiene ojos para mí y viceversa.
¿Quién diría que, a estas alturas del enlace, sintiese un nudo tan grande en el estómago al verla tan guapa?
Entre las ideas más recurrentes que se me agolpan en la cabeza, algunas son evidentes: ¿Por qué me ha elegido? ¿Qué he hecho para que una mujer tan bella quiera casarse conmigo? ¿Por qué me siento el hombre más afortunado del mundo?
—Hola, cariño —me dice cuando llega a mi lado.
Aprieto los labios, intentando contener el raudal de sentimientos que se me agolpan en forma de lágrimas. Mi madre me coge de la mano y me transmite ánimos.
—Este niño siempre a sido muy llorón —me excusa ante Teresa.
—Pues que alegre esa cara si no quiere que me ponga a llorar también y nos casemos entre lloros.
Asiento con más entereza de la que poseo y beso en la mejilla a Teresa.
—Hazlo por mí, Felipe —me susurra mientras me toma del cuello—. Son solo unas horas. Es el día más feliz de mi vida. Quiero recordarlo siempre con lágrimas y felicidad. Pero no ahora.
Me muerdo los labios y asiento de nuevo. Al final no tengo más remedio que abrazarla tan fuerte como puedo. El gesto la coge desprevenida y me ríe dichosa.
—Te quiero —respondo débilmente.
Ella murmura algo pero en ese momento sorbo por la nariz y no la oigo.
Me giro hacia los invitados antes de que los cuatro tomemos asiento en el altar.
Al fondo están mis amigos y compañeros del trabajo. Uno de ellos levanta el brazo y grita que vivan los novios.
La iglesia entera responde al unísono en un ensordecedor coro.
Mi último vistazo es para Carlota. En una esquina, muy cerca, junto a la familia de mi novia. Se han caído bien. Las han acogido como si fuesen refugiadas.
—Mi hermana está sola. No conoce a nadie.
—Vos estás bien. Tu hermana está bien. No pensés en ella, pensá en Teresa —responde mi madre con sequedad. Me sobresalto al escucharla pues pensé que mis palabras eran solo un pensamiento.
Teresa me coge de la mano y hago caso a mi madre.
El sacerdote se acerca al micrófono y empieza la ceremonia.
—Hijos míos, nos hemos reunido hoy aquí…

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—Sos ve lindo.
Sonrío y asiento agradecido.
Tengo los dedos entrecruzados pues no sé que hacer con mis manos. Cerca, se oye la música agradable de una sonata interpretada por un cuarteto subido a una tarima en una esquina del jardín donde esperamos al convite.
—Tú también. La verdad es que no pareces mi hermana. Eres muy guapa.
Carlota ríe ante la ocurrencia. Varios recuerdos se agolpan al escuchar su risa. Es cierto que no parece mi hermana pero ríe como ella.
—¿Y qué parezco, entonces? ¿Una extraña? ¿Una pimpolla que se ha colado en tu boda?
Chasqueo la lengua y tardo unos segundos en contestar.
—No tengo más recuerdos tuyos que la música de tu risa.
—Curioso que vos digas eso. De mi hermanito tampoco recuerdo mucho excepto sus lloros.
Estamos sentados juntos en un banco de piedra. Detrás nuestro una fuente deja caer hilos de agua por varios caños produciendo un sonido de gorgoteo relajante. Estamos sentados muy juntos, cadera con cadera, hombro con hombro. Siento el calor que emana de su cuerpo y aspiro el aroma de su perfume.
Nuestra cercanía se me antoja incómoda en ocasiones y natural en otras. Supone una intimidad y confianza que no he tenido tiempo de asumir en las poco más de diez horas desde que nos hemos visto por primera vez, como quien dice. Carlota luce un palabra de honor de un rosa pastel, entallado y de falda hasta la rodilla, dejando a la vista unos hombros redondeados y de tacto seguramente suave. Tiene recogido su cabello castaño en un moño complicado y elegante que hace resaltar sus mechas claras. La sombra de ojos oscura destaca el blanco de sus ojos y el pintalabios de un rosa intenso envuelve sus labios con una cobertura jugosa.
—Creo que me miras como no debieras, hermanito.
Trago saliva y sonrío incómodo. Me aparto de ella lo justo para que nuestros cuerpos ya no se toquen.
—Qué cabrón mi padre, ¿no? —digo para romper el silencio que cada vez se vuelve más incómodo entre nosotros.
Carlota bufa con un asentimiento y hace ademán de sacar un paquete de cigarrillos de su bolso. Pero parece pensarlo mejor y, tras echar un vistazo al resto de invitados tras los arbustos y no ver a ninguno fumando, vuelve a guardar el paquete.
—Sin problema, por favor —la animo, sabiendo que así conseguiré que se sienta más confiada.
Enciende el cigarrillo.
—Tu padre no fue un boludo. Fue un hijo de puta. Me avergüenza decir esto en tu boda pero me alegro de que haya muerto. Bueno, me da bronca pero vos sacás el tema, luego no te quejes.
Trago saliva y la animo a continuar mientras la miro. Detrás nuestro la fuente sigue descargando el agua en chorros lentos y cantarines.
—¿Un pucho?
Me tiende el cigarrillo. No debería pero entiendo que así conseguiré mayor complicidad. Aunque pienso que quizá ya haya demasiada.
Me pasa el suyo y se enciende otro para ella. El filtro está ligeramente húmedo de su saliva. Su pintalabios sabe a cereza azucarada.
De ese modo, consigo la versión oscura y prohibida —y quizá la verdadera— de lo que ocurrió hace tantos años.
Mi padre perdió el interés por mi madre a los pocos años de mi nacimiento. Buscó su felicidad en los brazos de otras mujeres y terminó por envolver su matrimonio en una red de mentiras, infidelidades y desagravios. Mi madre, que no tenía un pelo de tonta, lo consintió esperando que recapacitase, sobre todo por nosotros dos. Pero él nunca quiso mirar atrás. Las discusiones llegaron de repente cuando mi madre gritó basta.
En la interpretación que conocía, mi padre no tuvo más remedio que dejar marchar a mi madre, la cual había conocido a un argentino adulador, igual de guarro que ella, para al final llevarse a mi hermana a otro país a traición. Nunca más se supo de ellas. Nunca me quiso, jamás tuvo la menor intención de verme crecer ni de arreglar su matrimonio.
En esta otra versión, mi padre golpeaba a mi madre. Cansada y derrotada, humillada y apaleada, mi madre quiso llevarnos lejos pero mi padre consiguió la custodia gracias a una imaginativa perorata ante el juez encargado del divorcio. Ayudaron también sus influencias en el partido. Mi madre huyó con nosotros fuera. En el último instante, en la terminal aérea, mi padre consiguió retenerme. Lo mismo habría hecho con Carlota si mi madre no hubiese corrido con ella en volandas.
—Todos los días habla de vos, ¿comprendés? Murmura incoherencias mientras manosea fotos que han perdido el color y las esquinas. Jamás se perdonó el dejarte aquí.
—Os arriesgabais a lo peor al volver —comenté al imaginar que al pisar suelo español, mi madre y mi hermana estarían sujetas a las leyes españolas—. Pero, cuando cumpliste los 18…
—Para entonces la Argentina era mi casa. Soy porteña. No había ni hay nada en España por lo que mereciese la pena volver.
—¿Qué tal yo?
Carlota apagó el cigarrillo pisándolo sobre una baldosa con sus sandalias de tacón.
—Vos ya no existís. Mamá te guardó para ella y juzgó que debía cargar con cualquier pena y recuerdo ella sola.
De repente, una gota de agua de la fuente salpica a Carlota en su espalda desnuda y da un respingo. Sin pensarlo, la seco con mi mano. Tiene la piel suave, tibia.
Mantengo mis dedos sobre su espalda, sobre su piel. Apoyo mi mano por completo y la sensación de calor que brota de su cuerpo me quema la palma.
Cuando la miro, Carlota me devuelve una mirada ambigua, entre el desconcierto y la naturalidad. Ella no se aparta y yo quiero seguir sintiendo su piel, su respiración que se vuelve más agitada por momentos, haciendo que su pecho se comprima más dentro del vestido.
Súbitamente, mi mujer Teresa aparece por entre los arbustos del jardín.
Tengo el tiempo justo de apartar la mano y apoyarla en mi rodilla.
—Cariño, ven conmigo, que vamos a hacernos unas fotos con unos amigos. Te lo robo, Carlota.
Me coge de la mano y me aleja de mi hermana.
Sin saber por qué, me siento aliviado. Pero también extrañamente apenado.

###


Contemplo mi reflejo en el espejo del cuarto de baño de la suite del hotel a las 11 y pico del mediodía.
Encuentro algunos rasgos semejantes en mis facciones que no tengo problema en identificarlos en la cara de mi hermana. Labios grandes, mentón grueso, nariz afilada.
Vuelvo a la cama. En realidad solo me levanté para mear y, al final, acabé frente al espejo varios minutos, buscando semejanzas en mi cara.
¿Por qué razón? Porque tengo que encontrar alguna que me permita ver a Carlota como a mi hermana y no como a una mujer que me atrae. Una mujer que no se me quita de la cabeza.
Me asusto al pensar en la respuesta. Ha surgido de repente, influenciada por la modorra y la borrachera que aún quedan en mi cabeza tras cuatro horas de sueño.
Tras pasarnos casi toda la noche bailando y hablando con amigos y familiares, la boda terminó con una noche de bodas en la que, tanto Teresa como yo, no tuvimos reparos en admitir que era imposible de consumar.
Sin embargo, ahora que la veo en la cama, dormida de costado, oculto su cuerpo únicamente por un escueto camisón de raso, quiero follarla.
Quiero que me sienta muy cerca, muy dentro y quiero sentirla muy cerca y muy adentro. Tengo una mujer, tengo una esposa. Y, aunque todavía no sé qué he hecho para merecerla, quiero que sepa —quiero saber— que la quiero. Que la necesito para vivir, para respirar y que si mi corazón late muy rápido es solo por causa suya.
Por ello, me acurruco a su lado, solapando mi pecho contra su espalda, mi vientre contra sus nalgas, mi erección contra sus bragas.
La tenue luz del día se filtra con dificultad entre las cortinas gruesas y la penumbra me deja vislumbrar su hombro desnudo. Aparto un mechón de su cabello de la mejilla y lo llevo detrás de la oreja. Su lóbulo me llama a gritos, buscando consuelo y humedades que me encargo de suministrar con suaves besos.
Teresa gime y se despereza.
—Qué me haces… —murmura amodorrada.
Deslizo un brazo debajo del suyo, tomo una teta y oprimo con delicadeza la carne magra mientras reparto mis besos, cada vez más urgentes, por su rostro. Deslizo su cabello para mostrar el inicio de su nuca y muerdo con suavidad extrema.
Teresa me gime contenta. Intenta ponerse boca arriba pero la retengo en su posición con mi abrazo.
—No, quédate como estás.
Me hace caso y extiende su brazo para acariciarme la cadera y el culo sobre los calzoncillos. Hunde sus uñas en mi carne cuando inicio una danza rítmica sobre su raja con mi erección.
Bajo mis labios, siento sus orejas arder y sus mejillas volverse incandescentes a medida que la tensión se acumula en ella. Gira su cabeza y entreabre sus labios para buscar los míos. Deposito besos justo en la comisura y una sonrisa de descontento se dibuja en sus labios pues ansía los míos y no se lo permito. Su lengua repasa los rastros de saliva que he dejado a su alcance. Quiere volverse hacia mí pero continuo impidiéndoselo de modo que gime frustrada y cada vez más tensa. El deseo se adueña de ella y me tiene muy cerca pero fuera de su alcance.
—Cabrito —murmura entre gemidos mientras mueve acompasadamente su culo contra mi polla— ¿Estás disfrutando, verdad? Porque yo estoy a punto de reventar.
Sonrío encantado de que me confirme la profunda desazón que la colma.
La mano que araña mi piel ahora se adentra dentro de mi única prenda y empuña la verga, sacándola. Sus dedos recorren el tallo y masajean los huevos. Rodea mi cadera y hunde sus uñas en una nalga. Le es complicado doblar el brazo pero decide suspender el ensañamiento sobre mi culo para realizarlo sobre mi miembro.
Arriesgándome a que se gire finalmente, bajo mi mano hasta sus bragas y se las intento bajar. Teresa me ayuda separando las piernas, sin aprovecharse de su libertad de movimientos. Quiere sentirse coartada, limitada, quiere que yo crea que tengo el control cuando en realidad es ella quien decide ser controlada.
Empuño un ramillete de vello púbico y me sorprendo al notar el resto de su vulva afeitada y suave. Mi mujer no puede evitar reír quedamente cuando palpo la piel aterciopelada de los mofletes.
—¿Cuánto tiempo llevabas pidiéndomelo?
Sigue con los muslos separados, permitiendo que mi mano recorra su raja abierta y húmeda.
Aprieto la carne caliente en señal de agradecimiento y beso con fuerza su cuello. Teresa ahoga un gemido que apaga con rapidez en la almohada.
La giro hacia mí y me coloco sobre ella, entre sus piernas abiertas. Un sentimiento de dominio y propiedad se apoderan de mí. La bella hembra que agita su pecho buscando aliviar la quemazón que siente abajo, intentando respirar compulsivamente, me devuelve una mirada cargada de deseo y sofoco. Tiene el cabello revuelto y un mechón se ha pegado a su húmedo labio inferior y otro oculta una parte de su cara haciendo que su rostro parezca más ávido, más hambriento.
Despejo su cara con suavidad, con dedos temblorosos, con miedo de romper la belleza extrema que parece revestir su cara. Sus labios dibujan una sonrisa tierna y sus párpados se entornan en un gesto delicado.
Quiero decirla que la quiero con toda mi alma pero prefiero demostrárselo tomándola de las mejillas y juntando nuestros labios en un beso limpio. Teresa me toma de la nuca y sus dedos acarician mi cuello.
La imagen fugaz de mi hermana aparece de improviso, en la oscuridad, tras una chispa enorme, como un fogonazo. Su cara, su sonrisa amplia, sus labios gruesos y apetecibles. Sugerente, prohibida.
Abro la boca y mi lengua busca con urgencia la de mi mujer. Nuestras salivas se mezclan a la vez que restriego mi polla contra su sexo. Quiero borrar esa imagen de mente y me separo y veo a mi mujer con cara sorprendida, con los labios entreabiertos y húmedos. Tomo sus muñecas y escondo sus manos bajo su almohada, buscando esa sensación de dominio y propiedad que ansío. Me digo que no necesito otra mujer más que la mía.
Teresa comprende mi juego —ojalá que no mi necesidad, mi inseguridad— y me ofrece su cuerpo entero, su sexo desnudo, su confianza incondicional.
Me yergo sentado entre sus muslos y recojo su camisón. Mis dedos se posan sobre su vientre palpitante. Asciendo con lentitud, apreciando el sudor que hace resbalar mis palmas, mis pulgares oprimen la carne a mi paso. Me detengo al inicio de sus costillas que se marcan con cada aspiración profunda. Las tetas conservan las marcas de un bronceado que Teresa intentó ocultar con sesiones de rayos uva para el escote del vestido de la boda. Cuando me enteré, mostré mi desacuerdo. Por suerte, aún se notan las líneas en la piel. Las areolas, grandes y oscuras, de tamaños desiguales, solapan sus bordes moteados con las fronteras del bronceado. Me inclino y pellizco uno de los pezones mientras soplo con genuina maldad el otro.
—¡Felipe! —ríe mi mujer.
La piel oscura se contrae y el pezón asciende, sin que Teresa, que no puede aguantar la risa, pueda hacer nada por evitarlo hasta que, al final, sin poder contenerse, se cubre las tetas, riendo como una descosida.
Chasqueo la lengua, llevando sus manos de nuevo bajo la almohada. Teresa me sonríe y accede.
Contemplo el resultado del suplicio en los pezones y estoy conforme al verlos erguidos. Pero ahora soy yo quien oculto sus tetas bajo mis manos. Noto la dureza en mis palmas mientras oprimo la carne, sintiendo las costillas debajo.
—Pero qué cabrito está hecho mi marido.
Sonrío, adulado, y me tumbo sobre ella. Agradezco la calidez que su cuerpo transmite y permito que me abrace muy fuerte con sus brazos y piernas. Hundo mi cara en su pelo y dejo que el aroma llene mi nariz y boca. Su cabello huele a champú y perfume. También a sudor y ternura. Es el olor de mi mujer y lo siento vivo dentro de mí, como una droga que me inspira a cometer travesuras, guarradas.
—¿Lo hacemos a pelo? —susurro a su oreja mientras vuelvo a frotar mi sexo contra el suyo.
—¿Hay otra forma de hacerlo en la noche de bodas? —contesta entre gemidos para, tras un jadeo al notar mi verga presionar sobre su entrada, preguntar en voz baja— ¿Quieres tener un Felipe chiquito?
Nos miramos unos instantes. Ambos queremos estar seguros de comprender qué puede ocurrir. Teresa no toma la píldora pues su regla no tolera los efectos de las hormonas.
Lo hemos hablado muchas veces. Teresa quiere ser madre pero yo he postergado la decisión varias veces. La responsabilidad me abruma. Incluso ahora, con el deseo carcomiéndome por entero, noto mi corazón bombear más rápido y mi estómago encogerse.
Un pensamiento, una cara que intento ocultar en lo más profundo de mi cabeza, me obliga a decidirme, a tomar una determinación.
—Sí, quiero —digo en alto, por segunda vez en las últimas horas.
Y así, notando como mi mujer me abraza con decisión y me besa con locura, con las lágrimas a punto de desbordar de sus ojos, entierro mi miembro lentamente en su acogedor y húmedo interior.
Lo siento sumergirse entre recovecos empapados, horadando pliegues lubricados.
Teresa grita fuerte.

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—Necesito sincerarme con alguien. Tengo un secreto que debo contar. No puedo esconderlo por más tiempo —digo mientras tomo la taza de café con las dos manos. La taza tiembla y, por un momento, temo que se desparrame el café antes de que llegue a mis labios.
Carlota se gira hacia mí y su mirada me traspasa a través de sus gafas de sol. No se molesta por dejar de mirar la plaza cubierta de palomas, niños y madres donde está situada la terraza de la cafetería donde estamos sentados. A nuestro lado, una silla vacía indica el lugar que ocupó mamá hasta hace unos minutos cuando tuvo que marchar para poner en orden los billetes de regreso a Argentina.
—Soltarlo —dice, animándome al verme cohibido.
—Creo que siento algo por mi hermana.
Bajo la mirada con rapidez, escondiéndola, y, tras unos segundos de espera, la levanto y encuentro la suya aún fija en mí. Los cristales ligeramente ahumados de sus gafas me permiten verla parpadear varias veces.
—¿Qué sentís? —pregunta sin que perciba diferencia alguna en su tono de voz— ¿Qué sentís vos por ella?
—Realmente es complicado de expresar —admito—. Es como si no fuese mi hermana, como si fuese una mujer con la que no tengo parentesco. Por eso no me asusta el tema del incesto. Pero no deja de ser carne prohibida.
—Pero, vamos a ver, bajá un cambio ¿qué sentís vos por ella? —pregunta de nuevo, transmitiendo una urgencia en su voz que ahora puedo captar con facilidad.
—Afinidad. Cercanía. Confianza —digo espaciando las palabras, omitiendo aquella que aún no logra salir de mi garganta.
—Eso no es incesto, Felipe. Es amor entre hermanos. Lo natural, ¿no?
—Pero también quiero abrazarla. Quiero sentirla cerca de mí, su cuerpo junto al mío. Quiero besarla. Quiero oler su cuerpo.
Carlota inspira aire y lo expira con lentitud, asumiendo la verdadera naturaleza de mi confesión. Toma aire de pronto pero no dice nada. En su lugar, saca otro cigarrillo del paquete y lo enciende.
Yo también necesito uno. Me urge hacer algo con mis manos, sentirlas ocupadas y no verlas temblar como si agitase unos dedos de gelatina.
—¿Y si ella no senté lo mismo? ¿Sos lo has preguntado, hermanito? —contesta, recalcando la última palabra—. Además, vos acabáses de casar con la mujer que amas, ¿no?
—Ya te he dicho que es complicado.
—Mi consejo es que la olvides. Que mates eso que sentís por tu hermana. No es natural. Hacés daño a muchas personas si persistes.
—Lo sé, lo entiendo. Pero es lo que siento, no puedo evitarlo. La primera vez que la vi fue como un shock, como si de repente el destino la hubiese puesto delante de mí y la señalase. Es esa. Esa mujer es la que te hará feliz el resto de tu vida.
—Eso son macanas. Hazmé caso, olvídate de ella. Da igual que ella sea tu hermana u otra mujer. Conozco poco a Teresa pero de algo estoy segura. Que te quiere como ninguna otra mujer lo hará.
—¿Y si no puedo olvidarla? ¿Y si cada vez que cierro los ojos es la cara de mi hermana la que primero aparece? ¿Y si cuándo hago el amor con mi mujer no quiero cerrar los ojos porque si lo hago me imagino que es con mi hermana con quien lo estoy haciendo?
Carlota apretó los labios y se pasó el cigarrillo entre los dedos con rapidez.
—¿Sabes qué? Creo que te comprendo pues tengo una amiga que sentía algo parecido por su hermano. Pero es un sentimiento que supo que jamás podría crecer porque, aparte del tema del incesto, la distancia tornose en obstáculo insalvable. Además, tenía novio y no quiso hacerle daño. Ni hacérselo a sí misma.
—Si fueses ella, ¿Qué sentirías por tu hermano?
—No siento nada. Bueno, no quiero sentir nada, ya te lo he dicho.
—¿Y si un día te visitase en la Argentina?
El cigarrillo de Carlota cayó de repente de entre sus dedos. Lo recogió rápido de la mesa y lo aplastó con saña sobre el cenicero.
—No le permitiría visitarme. Créeme, ni siquiera le esperaría en el aeroparque. No contestaría a sus llamadas. Haría una viaje lejos de casa, a la Pampa, solo para no verle.
—¿Apartarías lejos de ti al hombre que el destino quiere que sea tu pareja?
Carlota bufó con risa falsa.
—No creo en el destino.
—Entonces…
—Entonces nada, Felipe. Córtala. Lo que no puede ser, no puede ser. Punto.
Se levantó de la mesa y guardó el tabaco y el mechero.
Posé una mano sobre la suya. Carlota miró mis dedos con el ceño fruncido pero no apartó los suyos.
—Felipe, dále…
—Retira tu mano si quieres.
Cerró los ojos y me suplicó con la mirada. Podía ver perfectamente tras los cristales ahumados como sus ojos trataban de contener las lágrimas.
—¿Y si no quiero? —murmuró. Una lágrima apareció tras un cristal, cayendo despacio por la mejilla.
—Podemos entonces averiguar si el destino se ha equivocado.
Me levanté y me incliné sobre ella.
Nuestros labios se acercaron. Nos besamos lentamente, compartiendo antes nuestros alientos.
—No podé ser, Felipe, no podé ser —sollozó, apartándose.
Marchó en dirección al hotel, sin volver la vista atrás. Con el bolso pegado a su costado y su mano ocultando su boca. Mientras caminaba, la oí llorar.
Al día siguiente, Teresa y yo nos despedimos de ellas en la terminal.
Lloramos los cuatro.
—Pero qué llorón sos. A ver cuándo nos visitáis los dos por allí.
—Quizá seamos tres los que veáis llegar.
Mi madre me miró, preguntándome con la mirada si había oído bien a mi mujer.
Asentí mientras abrazaba a Teresa.
—Seremos tres —confirmé.
Una nueva tanda de abrazos y besos y lloros siguieron a los de la despedida.

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—¿Qué haces levantado a estas horas, cariño?
Teresa se acercó a mí y rodeó mi cuello con los brazos. Me besó en la sien. Su barriga, ya bastante pronunciada, me rozó un costado.
Deposité un beso en su frente y otro sobre nuestro futuro hijo. Luego volví a fijar la mirada sobre la pantalla del monitor.
—¿Otra vez buscando ofertas de vuelos?
—Las echo de menos —murmuré para, al final, bostezar cansado.
—¿Por qué no esperar a que haya nacido? Yo ya no puedo acompañarte.
Lo sé, pensé. Cuento con ello.
Solo quiero estar seguro de que el destino se equivoca.