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lunes, 18 de marzo de 2013

NYOTAIMORI




--Relato procedente del XX Ejercicio de Autores--

—¿Sabes, Cristina, que en la práctica del nyotaimori se indica que no puede haber conversación con la mujer sobre la que se sirve la comida? Yo voy a saltarme esa regla, soy así de heterodoxo.
El hombre arrodillado emitió una carcajada complaciente aunque la cortó a la mitad para mirar a los ojos de la mujer desnuda que tenía tumbada en la mesa baja, frente a él.
—Eso sí, Cristina. El que yo me salte la regla, no significa que tú lo hagas. Harás lo que te he enseñado: no mirar, no hablar, no moverse. Sólo yo como, sólo yo hablo, sólo yo me muevo. Si no, no hay trato.
La mujer tragó saliva débilmente. Un movimiento sutil, un leve estremecimiento de la garganta. El hombre posó los hashi (palillos de comida) en su platillo y fijó su mirada embelesada en la piel fina del cuello de la mujer. Era una de las pocas partes del cuerpo femenino que no estaba cubierto con pedazos de sushi y sashimi sobre hojas de banano. La cara tampoco estaba oculta bajo los delicados manjares. Manjares que ocultaban otros manjares, toscamente realzados con exuberantes margaritas en la posición de los pezones y un grupo tupido de dalias sanguíneas sobre el pubis.
—Tengo hambre, ¿sabes, Cristina? Enloquece mi estómago, ruge; tiemblo entero con el simple aroma que desprenden las delicias que tu cuerpo acoge.
Los hashi alzaron el aire sujetados por los hábiles dedos del hombre. Un ligero murmullo, procedente del roce suave de las puntas de los palillos entrechocando, rasgó el silencio. El hombre repartió el murmullo de los hashi por las viandas estratégicamente situadas sobre el cuerpo de la mujer. Makizushi entre los pechos, de salmón, atún y caballa; las hojas de nori brillantes y oscuras. Justo después del esternón, iniciándose el vientre de la mujer, entre las costillas, sutilmente ribeteada la piel de pecas y lunares, una hoja de banano acoge, hasta la altura del ombligo, una amplia variedad de marisco en forma de sashimi: calamar, sepia, pulpo y almejas. En la concavidad que rodea el ombligo de la mujer, la dulce depresión ventral femenina, un diminuto cuenco con el shōyu, la salsa de soja. Muslos solapados, manos junto a las caderas, piernas extendidas. La respiración insinúa un movimiento de olas trémulas, sinuosas, que hacen ascender y descender el pecho y proporcionan ligeras ondulaciones que entrechocan entre sí en el remanso del cuenco de shōyu. Dos largas y estrechas hojas de banano descansan sobre los muslos de la mujer y, sobre ellas, una tras otra, dos filas de ocho piezas de sushi fuertemente condimentadas con wasabi en una extremidad y gari en la otra.
—Supongo que te preguntarás el porqué de todo esto, Cristina. O quizá no. Ya sabes que estoy un poco loco. Ahora más que antes.
El hombre hace una pausa mientras mira fijamente a los ojos inexpresivos de la mujer. El hombre espera pacientemente y luego, con delicadeza, pinza una pieza de sushi de atún, maguro. Dedica otra mirada a los ojos de la mujer y se lleva a la boca el manjar.
Paladea despacio. El arroz hervido, carente de todo sabor, se desmenuza en su boca a la vez que el nori se deshace. Un ligero sabor agridulce es sustituido con rapidez con el apasionado aroma del atún. Todo junto es presionado contra el paladar con calculada lentitud. El despliegue de sabores que se funden, para luego deshilacharse entre los carrillos. El hombre cierra los ojos y se concentra en la profundidad de los aromas ascendiendo, rellenando todas las cavidades de su nariz y boca.
De un solo movimiento, traga todo el contenido.
—Estoy maldito, Cristina. Maldito o hechizado. Mi alma está podrida, ennegrecida con el humo oscuro y pegajoso de la desesperación. Humillado, triste, desconsolado. Mírame bien, incluso acumulo rasgos de paranoia y ansiedad compulsiva. Loco, sí, estoy loco. Lo sabes, lo sé. ¿Cómo si no habría liquidado los últimos restos de la cuenta bancaria para preparar este fantástico festín?
La mujer parpadea dos veces cuando oye las últimas palabras. El hombre no es ajeno a esa muestra de inquietud.
—No, Cristina, no temas. Queda lo tuyo, tu mitad.
Un poco de gari para limpiar el paladar. Otro bocado. Esta vez de salmón, sake. La carne anaranjada se derrite con infinita dulzura en el paladar del hombre.
—La crisis, Cristina, la puta crisis. Esta crisis que nos está jodiendo lentamente; un sacacorchos directo al pecho, volteado decenas de veces, incrustándose hasta lo más hondo de mi ser para luego, de un tirón, desgarrar todo a su paso. Y cuando me ha destrozado, abierto un boquete en la esperanza, el sacacorchos arremete de nuevo.
El hombre arrodillado posa los palillos a un lado y deja que las lágrimas se derramen por su cara sin ofrecerlas ningún obstáculo. Sólo entorna los ojos al sentir la picazón aumentar en los párpados. Las lágrimas resbalan por el rostro descuidado, sorteando el vello sin afeitar de varios días, semanas, sorteando también las arrugas profundas de la preocupación. Las de la sonrisa, esas arrugas más amables y beatíficas, no aparecen. Están ocultas bajo la piel, se resisten a emerger. Desde luego, ahora no están.
—Sin embargo, y aún después de toda esta mierda, me siento feliz, ¿sabes?
El hombre mastica con deleite manifiesto un bocado de sashimi.
—He perdido la cuenta de los años perdidos en la empresa. Digo perdidos porque ahora sé que no han servido para nada más que pagar la hipoteca, alimentar a mi familia y poco más. ¿Veinte o veintiún años? No sé, ya no me acuerdo cuando entré allí. Seguro que tú sí, tú siempre recuerdas, recordabas, los cumpleaños, los aniversarios. No fallabas nunca.
El hombre posa los palillos y, tras dudar unos instantes, desplaza una de las ornamentadas margaritas que oculta uno de los pezones y deja a la vista el hermoso espectáculo del seno desnudo. La mujer, de inmediato, gira los ojos hacia él y muestra una expresión de contrariedad en su ceño, pero ese es el único movimiento visible de su cuerpo.
—Sí, ya sé, Cristina. En el nyotaimori no se desnuda a la mujer. Disculpa, pero es que me acabo de acordar de la entrevista de trabajo que tuve para entrar en la empresa. Enseguida comprenderás porqué me he dejado llevar por el deseo, te lo explico.
La mujer parpadea, en un gesto que tanto podría significar indiferencia como curiosidad. Pero el hombre no atiende al parpadeo, está concentrado en mojar sutilmente en el cuenco de salsa de soja un pedazo de sushi.
—Era una morena joven y deslumbrante. Muy guapa, con unos ojos de un gris tan arrebatador como intimidatorio. Cabello largo, larguísimo, con un denso flequillo que ocultaba su frente y mechones que parecían desparramarse por sus hombros como brea refulgente. Además, para rematar la belleza de su rostro, poseía un cuerpo rotundo, absolutamente envidiable, con curvas pronunciadas allá donde mirases, todas muy bien repartidas, eso sí. Se cubría con un vestido escotado y bien ceñido; las costuras de su ropa interior se delimitaban con total exactitud y naturalidad. Bajo el vértice de su pubis, una falda amplia, comodísima, llegaba hasta el inicio de sus rodillas. No recuerdo si el vestido tenía estampados motivos florales o era una combinación psicodélica de colores pastel.
—Siéntese, por favor, señor Rodríguez —me dijo con voz grave, contundente. El suyo era un tono ronco, ronroneante, a todas luces (mis luces) muy provocador.
Me situé delante de ella, en la silla que me había señalado tras su mesa. Sobre ella no había más que una carpeta cerrada de la que asomaban decenas de currículums como el mío, el cual tenía entre sus manos. En una esquina de la mesa, casi en el borde, a punto de precipitarse, un vaso de plástico contenía un poco de agua. En cuanto me hube sentado, ella también tomó asiento y, al cruzar sus piernas, una de sus rodillas golpeó la mesa, haciendo que el vaso se tambaleara peligrosamente. El vaso estaba al alcance de nuestras manos. Pero ninguno hicimos nada por evitar su caída. Ambos nos quedamos absortos, viendo el vaso ejecutar una danza caótica.
Cayó al suelo. El agua me salpicó los pantalones del traje y los zapatos.
—Joder —murmuró la morena.
Se giró detrás de su silla y sacó de un bolso un paquete de pañuelos de papel.
—Sólo es agua, no pasa nada —protesté cuando se acuclilló a mis pies para aplicar un pañuelo sobre las manchas.
—No, no. Sí que pasa, ha sido un error mío.
Continuó aplicando pañuelo tras pañuelo por los pantalones, presionando con el tampón zonas que jamás habría imaginado que poseyesen un carácter erógeno. Supongo que todo era debido a ella, claro. Y a tenerla acuclillada junto a mí, con las piernas muy juntas, pinzando la falda amplia de su vestido, dibujándose líneas que delimitaban sus muslos, su pubis, convergiendo los pliegues allí donde su carne se devenía en deleite para la vista.
—¿Cómo te llamas?
Agachada como estaba, levantó la vista hacia mí. Se apartó varios mechones del flequillo, el acero de sus ojos destelló como aluminio líquido. Se mordió los labios antes de responder. Estaba claro que la entrevista no se estaba desarrollando tal y como había previsto. El cutis de su cara, tan cerca lo tenía, ya no era tan perfecto, tan liso como la porcelana. Una ligera mancha solar en el labio superior, poros abiertos a ambos lados del puente de la nariz, ojos ligeramente asimétricos, una mota del rímel sobre una ceja. Pero, incluso por ser más humana, más terrenal, del tipo de mujer que llega a casa y se viste con un chándal roñoso y unas pantuflas descoloridas, la hembra que me miraba desde abajo, afanosa en su tarea de secar el pantalón con pañuelos de papel del supermercado, me resultaba aún más deseable.
—Sofía.
—Gracias, Sofía. Pero ya me seco yo, ¿vale? Lo mejor es que me hagas la entrevista. Si al final me cogéis para el puesto, lo mismo me da haberme mojado, la verdad.
Sonrió. Se mordió el labio inferior y sus labios formaron una sonrisa espeluznante, arrebatadora. Tragué saliva sin poder contenerme. Era una situación tan estrambótica como mágica. Y yo no estaba preparado para ella. Ni para esa mujer tan bella ni para lo que mi imaginación elucubraba hacer con su cuerpo, con el mío, al ritmo de los borbotones de pasión que obnubilaban mi entendimiento.
Asintió con un gesto y la ayudé a levantarse. Ambos nos incorporamos. Su cuerpo despedía una fragancia intensa, oscura. Una mezcla de sudor y miel. Me contuve, a duras penas, pero me contuve. La piel de sus antebrazos emitía un calor sofocante. Nuestros rostros, tan cercanos como nunca volverían a estar, casi se tocaron. Su aliento tenía un suave aroma a licor, o así lo recuerdo.
Luego ya, cuando los dos estábamos de pie, uno frente al otro, dejando que nuestras feromonas se atacasen mutuamente, dejé de resistirme. Deslicé mis dedos por sus mejillas, en aquel espacio oscuro que existía entre su cabello negro zaino y su piel candente y le comí los labios.
No es que me diese igual el puesto de trabajo. Ni tampoco que la hubiese perdido el respeto. Fue solo el momento, aquel instante en el que un hombre se vuelve loco. Me vi incapaz de mantener la cordura, la razón. Dominado por un puro impulso desbocado, me dirigía una pasión que no podía entender ni aplacar.
Sus labios se abrieron. Dejó que mi lengua abrevase en su boca, como bestia sedienta. Probé el dulce sabor de su mejunje salival y todavía recuerdo aquella mezcla de licor que me enardecía. Era puro frenesí licuado, me habría conformado con alimentarme de su interior candente el resto de mi vida.
Pero me apartó tras uno o dos segundos de puro éxtasis donde todo mi cuerpo estaba ya preparado para lo que fuese, toda mi cabeza, mis pensamientos iban en una sola dirección. Incluso mis manos, también obcecadas en un solo objetivo, habían arremangado su falda y mis dedos tiraban ya del fino cordel que unía los dos triángulos de su tanga.
—Vamos a comportarnos, por favor.
Su expresión cambió por completo. La candidez que mostraban sus grandes ojos acerados se transformó en protesta indignada, en enfado manifiesto. Se alisó la falda, se recolocó el vestido, tomó una inspiración corta y carraspeó.
Después, con paso rápido, quizá molesta por tenerme tan cerca, aunque a mí me gustaría pensar que huyendo de sus impulsos, volvió a tomar asiento tras la mesa, erigiendo el mueble como baluarte infranqueable.
—Será mejor que también se siente, señor Rodríguez —murmuró clavando la vista sobre mi bragueta. Señaló con la punta de un bolígrafo hacia el bulto de mi entrepierna—. No hagamos esto más incómodo.
Me senté. Crucé las piernas. Notaba entre mis muslos mi polla aprisionada. Una punzada de dolor asomó como un calambrazo entre mis testículos estrujados entre mis muslos. “¿Entonces, qué?”, parecían protestar, “¿hay tema o no hay tema?”.
No, no hubo tema. La entrevista se desarrolló en los cauces fríos y distantes que Sofía tenía previsto o que supo reconducir con mejor o peor acierto.
Terminamos tras cinco minutos repasando mi historial laboral. Quizá por haberla tenido tan accesible, un clima de incomodidad que supuse teñiría mis palabras, no llegó a ocurrir. A lo mejor fue esa complicidad la que me llevó a elegir las palabras correctas en cada caso.
Me contrataron, claro. Al cabo de una semana me llamaron por teléfono y un hombre de voz aflautada me comunicó la noticia.
—Me urgía el trabajo, Cristina, nos urgía. No te lo he contado nunca porque estabas de cinco meses y tenías los sentimientos a flor de piel. Llorabas por todo. Llorabas cuando te vestías, llorabas al hacer café, llorabas al sacar la ropa de la lavadora. No quería hacerte llorar por algo importante.
La mujer tragó saliva mientras desviaba de nuevo la vista hacia el techo desconchado del salón. Parpadeó varias veces seguidas. El hombre, tras unos segundos de espera en los que entreabrió sus labios para decir algo que no dijo, volvió a tomar los palillos y recogió un pedazo de sashimi de pulpo, tako.
El bocado se deshizo en la boca, como los anteriores. El pulpo había sido ligeramente cocido y la carne era blanda, suave. Desprendía un aroma a salitre puro. Le gustó tanto que buscó por el cuerpo de la mujer hasta que encontró otro.
Y mientras el hombre masticaba y la mujer esperaba pacientemente a que todos los pedazos de sushi y sashimi que tenía sobre su cuerpo desapareciesen, solo los sonidos del respirar de ella y el comer de él llenaban el vacío de la estancia.
Y en ese vacío, hombre y mujer, marido y esposa, dejaban libres sus pensamientos. La mujer, Cristina, contaba los segundos que quedaban para verse libre. En cuanto el hombre terminase de comer, firmaría los papeles del divorcio, esos que descansaban sobre una silla, en el pasillo del apartamento cochambroso. Pondría fin a un matrimonio dentro del cual engendraron una hija. Un matrimonio que terminaba de la manera más absurda posible, con aquel espectáculo en donde ella participaba en una ceremonia degradante. ¿Hasta dónde había degenerado su marido? Desde que él perdió su trabajo, el tedio, la humillación de ser rechazado en cualquier entrevista de trabajo, esa edad madura que le suponía una carga tan pesada, consumió su espíritu. Día a día su enajenación aumentaba y como un mejunje venenoso, cayendo sobre la taza colmada de su cordura, desbordaba y oscurecía y mataba toda esperanza.
El hombre, por el contrario, disfrutaba de aquellos pocos minutos que restaban. Pocas piezas de comida quedaban ya sobre el cuerpo desnudo de su mujer. Nunca había realizado tal cosa y menos con su mujer. Si ella había accedido, sabía por qué era. No abrigaba esperanza alguna de reconciliación.
Cuando terminó de comer, posó los palillos y descansó las manos sobre sus rodillas. Respiró varias veces y, tras esto, sólo dijo:
—Ya está.
Se levantó, caminó hasta la habitación de su hija y, apoyado en la pared, de brazos cruzados, esperó mientras su mujer se vestía. Tras diez minutos donde sus pensamientos se redujeron a un vacío absoluto, su mujer apareció en la habitación con los papeles y un bolígrafo. Los apoyó en la pared y rubricó con su firma el fin de la relación que había entre ellos dos.
—Cuídate, Fermín.
El hombre ni siquiera la miró. La mujer esperó unos segundos y, tras no obtener respuesta, se dispuso a salir del apartamento. Antes de cerrar la puerta principal, dijo en voz alta, en dirección a su marido, a la casa.
—Mañana a las diez es el desahucio. Ten cuidado, no hagas ninguna…
Calló. Conocía bien a su marido, al menos al hombre cuerdo que era antes. No supo qué ocurriría mañana. Y tampoco quería saberlo.
La puerta se cerró.
El hombre quedó solo, apoyado todavía en la pared del dormitorio de su hija. Luego, con calculada lentitud, caminó hasta la cocina, sacó un cuchillo del cajón de los cubiertos, dirigió la punta allí donde el esternón de su pecho acababa, inclinó la hoja hacia la parte izquierda, en dirección ascendente, afianzó el mango con las dos manos y hundió la hoja hasta la mitad. Una súbita convulsión, y tras unos segundos, con la mano derecha puesto que la izquierda caía ahora laxa sobre su costado, terminó de hundir la hoja hasta la empuñadura.
Cayó al suelo.
Notó como una de sus piernas temblaba. Solo duró unos segundos. El dolor se asemejaba a un cúmulo creciente de pinchazos, cada vez más profundos, cada vez más espaciados. Notó como algo caliente, viscoso se derramaba por su pecho y le empapaba la espalda.
Intentó no permitir que el pánico dominase su respiración. Aunque cada vez le costase más tomar aire. Dirigió sus pensamientos hacia el pasado, lejos de la cocina, lejos de aquella vida cruel que ahora acababa.
Pensaba en Sofía, en la morena que le entrevistó hacía tantos años. Veintiún años, sí, ahora estaba casi seguro porque su hija acababa de cumplir la misma edad hacía un mes escaso.
Boca de licor, ojos de un gris acerado, cabello ónice brillante, cuerpo de estatua griega.
Imaginó que tras aquel beso donde calmó su sed, donde se emborrachó de licor, la tomaba de las caderas. Ella cruzó los brazos alrededor de su cuello. La alzó en el aire y la sentó sobre la mesa. Terminó de bajarla el tanga, quedó enganchado en un tobillo, meciéndose en el aire, las dos piernas abiertas, acogiendo el torso solapado con el suyo, sintiendo sus manos aprisionando sus pechos por encima del vestido.
Continuó imaginando como aquella cabellera negra, brea líquida, se desparramaba por la mesa al tumbar a Sofía sobre ella. Alzadas las piernas, apoyados los talones en sus hombros.
Sólo en su imaginación vio sus manos liberando los pechos del vestido, tomando la carne vibrante entre sus labios, sorbiendo los pezones turgentes, oscuros, quizá rosados, pero bien erectos, duros. Suspiros de Sofía, jadeos y un chillido emocionado que soltó cuando el miembro entró en la cueva húmeda.
No hubo más. El cerebro de Fermín dejó de recibir el aporte sanguíneo vital para funcionar y se negó a continuar con todo eso.
Las luces se apagaron y el escenario quedó vacío. Ningún aplauso.

SE ALQUILA HABITACIÓN




--Relato procedente del XX Ejercicio de Autores--


Las cosas cambian. Nosotros cambiamos.
Para mejor o para peor.
Una noche al llegar a casa, cuando volvía de la fábrica, me encontré Raquel, mi mujer, sentada en el sofá, mirando la televisión.
—Hola, cariño. Ya he llegado.
No estaba puesta la mesa. Ningún plato, ni siquiera el mantel, los vasos, los cubiertos.
—¿Ya has cenado? —dije extrañado. Solía esperarme para cenar, excepto cuando tenía turno doble.
Negó con la cabeza, sin dejar de mirar la televisión. Seguía vestida de azafata: falda azul, blusa blanco perla, tacones pronunciados y alfileres en el pelo. Incluso llevaba puestas las medias.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
—Me han despedido.
Mi mochila con la ropa del trabajo cayó al suelo. Ni me enteré de que la había dejado caer. Al mirarla en el suelo descubrí a su alrededor una alfombra de pañuelos de papel arrugados.
—¿Por qué? —murmuré.
—Porque… porque sí.
—¿Por qué sí?
Se giró hacia mí y me negó con la cabeza. Alcanzó el paquete de cigarrillos que estaba sobre la mesa y, sacando uno, lo encendió. Sus dedos temblaban, como zarandeados en un vendaval.
Esperé varios minutos mientras ella seguía mirando la televisión, un absurdo concurso donde los participantes reían sin parar y el presentador mostraba mucho los dientes.
—¿No vas a contarme nada más?
—No. Hoy no, Enrique. Déjame sola, por favor. Hay algo de comer en el frigo, no sé, hazte un sándwich de lo que sea.
—¿Tú no cenas? —insistí.
Su cara se contrajo hasta convertirse en una máscara de furia. Pero no la duró mucho. Raquel nunca se enfadaba. Parpadeó varias veces, las lágrimas se desparramaron por sus mejillas. El rímel se corrió en regueros grises.
Me acerqué a ella, la tomé de los brazos y, ahuecando mi mano sobre su nuca, dejé que llorase sobre mi hombro. Lloraba desconsolada, sorbiendo por la nariz, con hipo y todo, como si todo su mundo se hubiese desintegrado. Y yo quería recordarla que me tenía a su lado.
El consuelo duró poco. Se apartó de mí, volvió a sentarse en el sofá. Se subió la falda hasta la cintura y así pudo abrir las piernas para inclinarse sobre el cenicero. Se arrascó allí donde el elástico de los pantis presionaban sobre el de la braga. Fue a coger un pañuelo de papel del paquete pero, al final,  se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, siguió fumando y viendo la televisión con expresión alelada.
—Lo siento mucho, Raquel. No sé cómo...
Saltó hecha una furia. Aplastó la colilla contra el cenicero a la vez que con la otra la apretaba en un puño.
—¡Enrique, déjame en paz, hostias!
Me asusté. Nunca la había escuchado un «hostias».
No hablamos más esa noche.
Al día siguiente, Raquel estuvo distante, retraída. Me costó que hablase sobre lo que había ocurrido. Era reacia a pronunciar más de tres o cuatro palabras seguidas. Sin embargo, la descubrí varias veces murmurando, hablando para sí en voz baja.  Me preocupaba.
Pero las preocupaciones no habían hecho más que comenzar.
Al cabo de cuatro días, terminada mi jornada, me dirigí al piso superior a fichar mi salida. El «Estornino», un hombre larguirucho de administración y que viste siempre de negro esperaba junto a la máquina. Fue entregando una ristra de sobres a muchos de nosotros. Para mí también hubo.
—¿Qué cojones es esto? —dijo la Pruden, la oficial de Soldadura, encarándose con él y agitando la hoja desdoblada del interior.
—La carta de despido.
—¿Nos echas?
—No, cuidado. Yo no. La empresa os echa, o sea, rescinde el contrato —aclaró el «Estornino».
—O sea, que estoy fuera. Pues mira, ahora que lo sé, ya puedo decir que me cago en tu puta madre.
El «Estornino», inmutable, con aún varios sobres de la mano, desvió la vista y siguió esperando a varias personas más. Tenía un buen taco de sobres. Una caja llena de ellos, de hecho, a sus pies.
—¿A que a ti no te despiden? —siguió atacando la Pruden, a su lado.
—Acabo de decirte…
Yo no escuchaba. Había abierto el sobre y leía a trompicones la carta de despido. En ella, a modo de resumen, se habían subrayado varias palabras que, leídas todas juntas, permitían entender el contenido en apenas diez segundos: “Ajuste”, “Descenso de demanda”, “Acogiéndonos a la fórmula laboral de un Expediente Regulador de Empleo”, “Rescisión”, “Finalización”.
El «Estornino» tuvo que salir por patas escaleras arriba, hasta las oficinas de Administración, antes de que le arreasen.
Al cabo de dos minutos bajó escoltado por dos seguratas. Ambos tenían gafas de sol, ceño fruncido y las manos apoyadas en sendas porras.
—A ver —dijo uno señalando al «Estornino» con la mirada—. El que tenga sobre, que seréis todos, formar una fila. El que ya no trabaje aquí, que se largue cagando leches. A los demás esto no les importa una mierda.
Luego supe, al día siguiente, que la Pruden inició la gresca. Vino hasta la Guardia Civil, creo que se la llevaron detenida y todo. Me dijeron que gritaba como una descosida, chillando como un cochino desangrándose en la matanza.
Pero eso no fue lo jodido. Lo jodido era llegar a casa con aquel sobre.
No pensé mucho en cómo dar la noticia.
—Bueno, ya somos dos —dije a modo de saludo cuando llegué a casa por la noche.
Raquel había recuperado la sonrisa hacía días. Se arreglaba como cualquier día que fuese a trabajar. Era su costumbre. Se vestía y todo para ir al curro, aunque no saliese de casa. Pasaba el polvo con tacones, incluso.
—¿Dos qué? ¿Qué ahora tienes dos sueldos?
—No, que ahora somos dos en el paro.
Durante los primeros segundos, vi en su cara que aún pensaba que estaba siguiéndola la gracia. Luego borró la sonrisa. Las comisuras de sus labios pintados iniciaron un descenso abrupto, sus ojos se volvieron vidriosos y arrugó el mentón.
De inmediato borró la decepción y la tristeza de su cara y la transformó en ira. Su mirada adquirió un semblante siniestro. No la reconocía.
—¿Qué coño has hecho, desgraciado?
—O qué no he hecho. Somos muchos. Es un ERE.
—¿Así, sin más?
—Sí, así, sin más. Todos a la puta calle.
—No me jodas, hostias, no me jodas tú también, que ya estoy bien jodida, hostias. A ti no te pueden largar.
Muchas «hostias» seguidas. Raquel se había aficionado a esa palabra.
—Pues si no te gusta, díselo a ellos.
—Me cago en su puta madre. ¿Y ahora, qué?
Tragué saliva. No sabía qué responder. Permití que también la ira me nublase las palabras.
—Yo qué cojones sé. No tengo ni zorra idea. Piensa tú, no te jode.
—¿Y la hipoteca?
—Y la hipoteca… y la hipoteca… la puta hipoteca ¡Pues no sé, hija, no sé! Deja de tocarme los huevos, anda.
Se puso a la defensiva.
—No, hijo, no. Yo no te los toco. Ya tendrás tiempo de sobra para hacerlo tú solito. Te lo aseguro.
Creo que la transformación de Raquel se aceleró en ese preciso momento.
Un mes más tarde, cuando habíamos empapelado con nuestros currículums toda oferta que veíamos en la calle, saturado los portales de empleo en internet, y viendo que la cosa iba para largo, decidimos poner en alquiler una de las habitaciones. Con eso y nuestras prestaciones podíamos llegar a final de mes sin arrastrarnos demasiado entre nuestras familias.
Mi madre llamaba cada día, la suya también. No quiero pensar que fuese porque eran nuestros avalistas en el piso, pero era algo que no se me quitaba de la cabeza. Un día me pillaron de bravas, así se lo solté así a mi suegra, cuando Raquel estaba meando.
—Que no, Teresa, que no. Tranquila que no os quedaréis en la calle, coño.
Raquel se puso al aparato después. Al rato, tras colgar el teléfono a su madre, Raquel se encaró conmigo.
—¿Qué coño la has dicho a mi madre que me estaba llorando?
—La puta verdad. Mierda, si es que parece que les preocupa más perder su jodida casa que cómo estemos nosotros.
Suspiró decepcionada.
—Gilipollas —soltó antes de encerrarse en el dormitorio.
Al cabo de dos semanas llamaron por la habitación. Era un hombre con acento rumano. Quedamos por la tarde para que viese la habitación.
—¿Tú para qué coño le dices que venga? —protestó Raquel cuando volvió de hacer la compra. Le conté lo del acento—. Yo no quiero rumanos en casa.
—Claro, mujer, claro. Como estamos desbordados de ofertas… Anda, cállate.
Raquel abrió la boca para contestar pero me hizo caso, calló.
Sin embargo, la cuesta debajo de nuestra relación se hizo más pronunciada. No hacíamos más que discutir a cada minuto. Saltábamos por cualquier cosa, daba igual lo que fuese, incluso por el ruido que hacíamos al comer.
—Mastica con la boca cerrada por lo menos, ¿no?
—La tengo cerrada. ¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Nada.
—¿Nada qué? Venga, dilo.
Manotazo sobre la mesa. Tintineo de cubiertos y zarandeo de vasos.
—Calla y come, hostia puta, que me tienes hasta los huevos, Raquel.
Y luego venían unos diez minutos de silencio hasta que saltábamos por lo siguiente.
Ni nos tocábamos. Ni un beso, ni un abrazo. Y ya hacer el amor… mejor llamémoslo follar, porque amor no había ya entre nosotros. Eso sí, en la cama seguían los envites.
—Te huelen los putos pies.
—Qué me van a oler. ¿Desde cuándo?
—De siempre. Vete a lavártelos, no quiero dormir atufada.
—Antes no te quejabas. Y ahora sí. Si no quieres morir atufada, vete a dormir al sofá.
—Pero qué cerdo eres, hijo.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—No, tú nada, claro. Tú nunca nada. Perfecta en toda tu gloria. La marrana más limpia del corral.
—Subnormal.
El rumano llegó tarde. Y vino acompañado de un chiquillo. Les enseñé yo la casa y la habitación porque Raquel se negó a hacer nada. Sentada en el sofá, fingiendo ver la televisión, no perdía ojo de nuestros movimientos.
Les gustó la habitación. Quisieron regatear el precio y fue entonces cuando Raquel se levantó con el cigarrillo en los labios y el ceño fruncido.
—Esto no es puñetero mercadillo. La habitación son 400 euros. Y punto pelota.
Me interpuse entre los rumanos y ella, mediando una sonrisa de disculpa. Pero Raquel me apartó, no estaba dispuesta a dejar el tema monetario en mis manos.
—He visto otros más baratos —terció el rumano, arrastrando las eses.
—Seguro que sí —respondió ella, enseñando los dientes—. Pero éste tiene cuatro paredes, techo y agua corriente.
Un silencio sepulcral sobrevino, sólo roto por el sonido de la televisión.
—Tengo que pensarlo.
—Pues vale, tú mismo —arremetió ella, sin dar cuartel—. Entiendo que no tengáis tanto dinero.
Marcharon escopetados. Yo también habría hecho lo mismo: Raquel estaba dispuesta a enzarzarse en una discusión sin dudarlo.
En cuanto cerré la puerta, Raquel se asomó por la ventana para verlos salir del portal.
—Estos llaman mañana.
—¿Tú crees? —pregunté con sorna. Lo dudaba horrores.
Afirmó con la cabeza y sin decir nada más, me cogió de la mano y me llevó en dirección al dormitorio.
—¿Qué haces? —se me ocurrió preguntar.
—¿No quieres follar? Yo es que no puedo más. ¿No te fijaste en el pollón del rumano? Sin calzoncillos ni nada, hala, meneándola como un chorizo de Cantimpalo. Estoy que reviento por carne caliente. El coño me pide guerra, tú verás.
Fue la gota que colmó el vaso. ¿Con que era eso en lo que se fijaba Raquel mientras les enseñaba el piso? Zorra.
Tiré de ella, deteniéndola en su carrera hacia el dormitorio,  y la encajoné entre mis brazos, bien arrimada a la pared del pasillo. La miré a los ojos. Brillaban como dos piedras ámbar, incandescentes en la penumbra. El deseo era evidente en su mirada. Y en su respirar, agitado, tumultuoso. Tan cerca como estaba de ella, me llegaron las vaharadas de lujuria de su boca, su aliento encendido, el calor desprendiéndose de sus mejillas.
Nos comimos la boca cual posesos, como si nuestras lenguas calmasen una sed inmensa mutuamente. Me apreté a ella, llevando sus brazos por encima de su cabeza, tomándola de las muñecas y presionando mi entrepierna sobre su vientre. Abrió las piernas, presioné mi paquete contra su pubis. Lamí su cuello con frenesí, husmeando y retorciendo mi cara por las depresiones formadas entre sus clavículas y los hombros.
—Hijo de puta, cómo me pones, cabrón.
La tomé del cuello y apreté hasta ver como su cara enrojecía. De las comisuras de sus labios manaban sendos regueros de saliva y su sonrisa lobuna, torva me enardecía aún más si cabe.
—Puta de los cojones.
Me miraba con los ojos entornados, exhibiendo una superioridad irreverente, provocadora, soberbia a más no poder. Le gustaba verme perder los papeles. Yo la tendría agarrada por el cuello, pero ella la que me tenía a su merced, consciente de que había despertado mi instinto más animal. Sonreía, y su sonrisa me cabreaba y calentaba todavía más. Iba a enseñarla que jugar con animales era peligroso.
Solté sus manos y agarré sus pechos por encima de la blusa nacarada, como si fuesen dos asas, apretando hasta que gimió dolorida. Machaqué, pellizqué con fuerza desacostumbrada sus pezones endurecidos hasta hacerla chillar. Una de sus manos bajó rápido entre mis piernas y apretó con fuerza hasta hacerme gemir.
—¿Aprieto más, jodido cabrón?
—No hay huevos, puta —sonreí enseñando los dientes y apretando frente contra frente. Empujé todo mi cuerpo sobre el suyo.
Su espalda y nuca se clavaron a la pared. El golpe retumbó hasta en el techo. Raquel chilló dolorida.
—Para, joder, me haces daño de verdad.
La agarré del pelo y tiré de él. Abrió la boca confundida, sorprendida, acojonada. Soltó mis huevos y la obligué a arrodillarse.
—Ya sabes qué hacer. Ahora veremos si te gusta el chorizo de Cantimpalo.
Dudó varios segundos. Tiré del pelo hasta hacerla gemir. Me desabrochó el cinturón, bajó la bragueta, rebuscó dentro del calzoncillo y sacó mi miembro empalmado.
Desde arriba me veía la polla enorme, tirante, enrojecida allí donde sus uñas habían hecho mella. Me pareció más grande de lo habitual. También a ella le sorprendió, la vi abrir los ojos. Le presioné la cara con ella mientras mantenía tirante su pelo aunque no quería que se alzase. Me divertía tirar de su pelo, como si cada cabello suyo fuese el hilo de una marioneta. Una marioneta que tragó mi miembro de un solo bocado. Su interior estaba caliente, húmedo. La lengua presionaba el glande sobre el paladar y sus dientes arañaban la piel.
Pocas veces había disfrutado de una felación. A la Raquel anterior no le hacía mucha gracia tenerla en su boca. Pero ahora parecía incluso disfrutar. Masajeándome los huevos, lamía la extensión de mi vara desde el nacimiento del vello hasta la punta, regando con saliva abundante todo el recorrido con su apéndice bucal. Pero también usaba labios, dientes, lengua, paladar, carrillos para proporcionarme un placer que a veces se confundía con el dolor, el placer de una rudeza propia de la inexperiencia o de la rapidez. O de la mala hostia. De todas formas, yo estaba disfrutando como un crío con juguete nuevo, dominando aquella cabeza como si fuese una cometa en medio de un vendaval. Con varios golpes de pelvis, hundía la polla en su interior de improviso, haciéndola toser y escupir gruesos cuajarones de saliva espesa que resbalaban por mi tallo abajo y se acumulaban entre el vello del escroto. Realmente disfrutaba ver a una Raquel a la que le costaba respirar, con la cara enrojecida y el rímel dibujando nubes deshilachadas debajo de sus ojos. La pintura de sus labios se desperdigaba alrededor de los morros y también sobre el tallo que con tanto afán seguía intentando tragar.
Tiré de ella para incorporarla, la levanté casi de los pelos, obligándola a agarrarse a mi ropa como asidero para evitar más dolor. Volví a encajonarla entre mis brazos, subiendo los suyos bien arriba. Tenía las mejillas enrojecidas, los ojos llorosos y su maquillaje descolocado. Sus labios hinchados se abrían, conservando la forma de sello que mi polla había traspasado. Respiraba salvajemente. La saliva le colgaba del mentón y su cabello, descolocado y fosco, dibujaba un marco salvaje en su rostro encendido que me volvía loco.
La tomé de las mejillas y la besé muy hondo, sorbiendo su lengua inflamada, sus labios, mordiendo la piel de alrededor, besando su mentón y lamiendo la saliva fría que bañaba su garganta. Raquel se dejaba hacer, bastante tenía con recuperar la respiración, tomando aliento a un ritmo endiablado, como si el mismo diablo la hubiese poseído.
De pronto, noté como sus uñas se clavaban en mi cuello y me obligaban a mirarla de frente. Entornó los ojos, apretó los labios. Me soltó un tortazo que sonó como un martillo. Por un instante, una niebla espesa tiño mi vista y, tan pronto como recuperaba la verticalidad de mi cabeza, otro tortazo, todavía más inesperado, más potente, me hizo tambalear y caer al suelo. Me había alcanzado la oreja y el equilibrio de mi cuerpo dejó de existir.
Arrodillado, gimiendo, notando como la mitad de mi cara ardía, sentí sus dedos tirar de mi pelo cuando echó a andar. Chillé de dolor. Desarmado y con mi equilibrio en un estado lamentable, no tuve más remedio que emprender un gatear rápido tras de ella.
Raquel no tenía la menor consideración en mi estado. Lo mismo le daba que me magullase con el marco de las puertas, que resbalara por la alfombra del salón o que golpease mi cabeza contra el somier de nuestra cama. Me hizo dar un paseo por toda la casa, como un perro, gateando, tirando de la correa de mi pelo cuando me detenía a descansar o gemía dolorido. El sabor metálico de la sangre se me acumulaba entre los labios, la herida del labio me escocía horrores, el tortazo que me había sacudido había sido de los buenos. Con la polla fuera del pantalón, colgando como un pingajo, y los cojones meneándose con mis andares era la viva estampa de un maldito perro, sí. Su perrito faldero.
Llegamos al dormitorio. Me hizo trepar y tumbarme boca arriba sobre la cama.
—Hija de puta, me has roto el labio —gemí, notando como de mi labio roto manaba un reguero hasta mi mamola.
—¡A callar! —chilló arreándome otro golpe, esta vez sobre el escroto al aire, con la mano abierta.
Proferí un grito agudo, hiriente hasta para mis oídos. En un acto reflejo, me doblé sobre mí mismo, encogiéndome en postura fetal, ocultando mis partes entre las manos. Espasmos de dolor me taladraron el vientre y los huevos repartieron el sufrimiento pulsátil por toda mi espalda. La cabeza me daba vueltas y un mareo insistente me obligó a cerrar los ojos con fuerza.
Luego noté como Raquel tiraba de mis brazos. Me resistí. Nuevos golpes. Calambres, truenos que parecían arreciar sobre mi vientre y pubis.
Me dejé hacer, sin más consuelo que el de suplicar que no me golpease más. Sentí como estiraba mis brazos por encima de mi cabeza, para luego atar las muñecas y sujetarlas al cabecero de la cama. Arremangó mis pantalones y calzoncillos hasta dejarme desnudo.
Cuando abrí los ojos, acababa de recogerme la camiseta hasta el cuello, formando un grueso cordón alrededor de mi cabeza y axilas, presionando mi barbilla y garganta. Raquel sudaba en exceso, grandes manchas oscuras se acumulaban en sus axilas y costados, tiñendo su blusa blanca de grises oscuros. En su cara se había instalado una sonrisa cruel, inhumana. Su labio inferior estaba inflamado en exceso, se lo mordía cada poco, a la vez que me despojaba de toda dignidad.
Era una animal, un animal peor que yo. Soltaba una risilla queda, complaciente, sádica, mientras me amarraba los tobillos. Su cabello suelto era poco menos que una fuente caótica de mechones, similar a la de las muñecas de plástico en manos de una niña cruel.
Un miedo atroz, un miedo que me hacía contener la respiración, un miedo que me presionaba la vejiga me recorrió por completo, desde la punta de los pies hasta la de las manos.
—No me mires así, Enrique, que lo vamos a pasar muy bien, coño —sonrió al mirarme, tras terminar.
Tragué saliva.
Raquel dio un repaso a todos los nudos, comprobando que estuviesen bien prietos. Había usado cinturones para sujetarme los tobillos y una bufanda larga para las muñecas.
—¿Estás cómodo?
Negué con la cabeza. Pasé mi lengua por el labio abierto y mil alfileres parecieron punzar mi carne.
—No mucho, la verdad —murmuré intentando mantener el humor en medio de aquel asunto. Tener los brazos estirados, flanqueando mi cabeza, coartaba mi respiración y me hacía complicado hablar.
Chasqueó la lengua y se encogió de hombros. Luego se pasó el dorso de la mano por los labios para limpiarse la saliva que le humedecía las comisuras.
No entendía de qué iba todo esto. Ni lo entendía ni me gustaba.
—Raquel.
—Dime, cariño.
Se sentó en el borde de la cama para desabrocharse la falda.
—¿De qué coño va todo esto?
Silencio. Continuó por quitarse la falda y luego los pantis. Se desabrochó la blusa y luego se deshizo del sujetador. Marcas oscuras, numerosas y enrojecidas, moteaban sus pechos, sus hombros y brazos, allí donde había estrujado la carne cuando la tuve entre mis manos. Se asemejaban a arañas rojas con centenas de patas que danzaban sobre su torso al son de los movimientos de su cuerpo al desnudarse.
—¿Te duelen?
Me miró algo sorprendida, sin saber a qué me refería.
—Los moratones —aclaré, señalándolos con las mirada.
—Bastante. Eres un bruto.
—Lo siento. Fue en el calor del momento.
Se levantó y salió del dormitorio, caminando despacio, desnuda, dejando que sus nalgas se mecieran alternando con su caminar despreocupado.
—No lo sientes. No mientas. Todavía no lo sientes —. Chasqueó la lengua—.Todavía no.
Se giró hacia mí y mostró un gesto compungido, apenado. Y luego sonrió.
Madre del amor hermoso. Estaba loca.
—¿Y tú qué? —protesté. Pero ya había salido—. Tú también me has hecho daño. Tengo el labio roto, los huevos al jerez y estoy aquí, atado de pies y manos, como un puñetero guiñapo. ¡Soy tu marido!
Silencio.
Intenté zafarme de las ataduras. Imposible, las había apretado bien fuerte y con endiablada precisión: al intentar contraer una pierna el resto de miembros sufrían las mordeduras de los nudos. Por si fuera poco, la camiseta que tenía enrollada alrededor de mi cuello y barbilla me hacía difícil respirar, presionando sobre mi garganta.
Y el calor. El sofocante calor.
Raquel apareció al cabo de unos minutos. Seguía desnuda. Vino con un botellín de agua que ya tenía vacío casi del todo.
—¿Sed?
Asentí con la cabeza. Me notaba la cara enrojecida.
Bebió un trago y se inclinó sobre mi boca. Tardé en comprender qué se proponía. Estampó sus labios sobre los míos. Abrí mi boca y dejó que el agua caliente se deslizase hacia mi interior. Tragué con avidez.
—Más, por favor —gemí.
—No hay más. Y tampoco te la mereces. Además, te noto hambriento. Es hora de comer.
Subió a la cama. Se arrodilló sobre mi cara, dándome la espalda y plantó su entrepierna en mitad de mi boca.
Si antes el calor era abusivo, ahora era mortificante. Todo su coño despedía ráfagas de sofocantes ardores, mezclados con vapores mareantes.
—¡Cómemelo, hostias! —chilló Raquel.
La situación no era excitante. No era erótica. Pero la voz autoritaria de Raquel era tajante. Apretó su trasero con más ímpetu sobre mi cara, exigiendo ser obedecida.
Abrí la boca y comí. No me quedaba otro remedio que seguir la sencilla instrucción de mi mujer, sin saber cómo acabaría todo esto.
No sé de dónde saqué la saliva para lubricar mis lamidas. Me dolía aún el labio partido pero imprimí a mis labios un movimiento vertiginoso, imaginando que si se corría pronto, antes me dejaría libre.
Un gemido largo y hondo por parte de Raquel aprobó mi acometida. Su sexo, además de ardiente, estaba hinchado. El clítoris alcanzó a las pocas lamidas un tamaño considerable. En mi tarea de prospección su presencia endurecida destacaba entre todos los demás tejidos blandos y untuosos.
Los meneos del culo de Raquel pronto se convirtieron en una cabalgadura en toda regla sobre mi cara.
Absorbido por mi tarea, ni me di cuenta del trabajo que mi mujer estaba realizando en mi polla. Sus nalgas me impedían ver más allá de su coño y, empotrado como estaba por el peso de su trasero sobre la almohada, sus jadeos me llegaban entrecortados. Solo sentí que se estaba ocupando de mi miembro cuando aprecié la mordedura de sus uñas en el tallo y los sopapos en mis ya maltratados huevos.
Y, sin embargo, a pesar de la mortificación de mis partes, tuve que reconocer que sus manos empuñaban una polla increíblemente dura. Aplicaba fricciones y sacudidas salvajes y los golpes sobre los huevos, dios de mi vida, me estaban enloqueciendo. Dolían sí, pero también estimulaban.
¿Qué aberración era ésta en la que disfrutaba de los maltratos que sufría mi sexo?
Sonidos roncos brotaron de mi garganta. Me apliqué, más si cabe, en proporcionar una estimulación aún más ruda al coño de Raquel. No como agradecimiento al placer que me prodigaba, sino más bien una respuesta involuntaria de mi excitación, la cual ni reconocía ni entendía. Sorbí labios y carne, lamí con frenesí y penetré la entrada del coño. Toda mi cara estaba empapada de jugos procedentes de mi boca y su coño. Sus nalgas resbalaban y la presión de ellas sobre mi cara producía sonidos de succión. Los gemidos de Raquel se convirtieron en chillidos, los chillidos en gritos, los gritos en ensordecedores clamores. Raquel no se cortaba un pelo: las paredes retumbaban, la cama crujía. El escándalo era monumental.
Pero nada en comparación a su corrida. Alaridos ensordecedores manaron de su boca mezclados con insultos de todo tipo. Vaya si noté su orgasmo: botó sobre mi cara enterrando mi cabeza en la almohada. Sus jugos embadurnaron hasta mi cuello. Mi cabello quedó empapado de fluidos, todo ellos cocidos en la olla de su trasero a una temperatura infernal.
Sufrí. Claro que sufrí, dios de todos los dioses: mi nariz retorcida, mi boca sellada. Era como chapotear en mitad del mar, con los brazos y piernas sujetos, retorciendo tu cuerpo hasta lo imposible para lograr emerger a la superficie a por una ínfima bocanada de aire. Hubo momentos en los que tosí, incapaz de retener el poco aire que lograba respirar entre bote y bote de su culo porque, además, la muy perra, se apoyaba sobre mi pecho impidiendo que mis pulmones retuviesen el precioso aire inspirado.
Ignoro cómo sobreviví a aquel trance. Pero lo cierto es que mi polla no acusó ningún cansancio: conservaba una dureza endiablada.
Cuando Raquel se apartó de mí, disfrutado en toda su plenitud el que, seguramente, habría sido su mejor orgasmo, confiaba en que ahora me ayudase con el mío.
—Ahí te quedas.
Abrí la boca, asombrado.
—¡No jodas!
—Luego te desato, que tengo una sed horrible y necesito pegarme una ducha.
—¿Y yo qué? —protesté indignado. Me notaba la polla cargada, los huevos dispuestos. Mi orgasmo a punto de emerger.
—Ajo y agua —sonrió mordiéndose la lengua.
—¡Cacho puta! —grité ronco. La camiseta enrollada alrededor de mi garganta me producía sofocos y me impedía levantar la voz— ¡No me dejes así, mierda!
—Te jodes —Se acercó a mí y me sacudió un sopapo en la cara—. Y cuidadito con lo que me llamas.
—¡Te mato, te mato! —aullé a las cuatro paredes— ¡Vuelve, so zorra!
Pero no volvió.
Mi polla, tensa como una estaca, así se mantuvo, al margen de su total abandono. Pasaron los minutos y mi instrumento seguía enarbolado, listo para lo que fuese.
—Joder, macho, ¿todavía empalmado? —rió Raquel al aparecer con una toalla sobre su cuerpo y otra enroscada sobre su cabello— No sé si es patético o impresionante.
—¿Patético? —rugí fuera de sí. El labio me escoció, la brecha se había abierto de nuevo— ¡Ven aquí!
Ni se molestó en reírse. Marchó de nuevo.
Y mi polla tiesa, expectante. Y el dolor de huevos… ese dolor de huevos, como si los tuviese repletos de semen, desbordando el interior, preparado para manar a borbotones.
Pero aquello no duró demasiado. Poco a poco mi miembro fue acusando el desgaste. Terminó por encogerse miserablemente. Se agitó varias veces sobre mi pubis y terminó por desinflarse.
¡Qué desastre, qué desastre! La mejor de mis erecciones, la más dura, la más persistente. Habría podido follar una hora entera. Una jodida hora, la madre que la parió.
Rumié mi venganza. La empalaría, oh, sí, la empalaría hasta oírla chillar. La iba a destrozar entera.
Solo quería verla llorar, suplicando clemencia, agotada tras una interminable sesión de lujuria. Ansiaba oírla chillar, desgañitarse, mientras la azotaba sin descanso las nalgas al ritmo de mis embestidas.
Raquel tenía que saber quién era el que mandaba. Y quién la que obedecía.
Tras varios minutos, Raquel vino de nuevo y comenzó a desatarme.
Miraba al techo, vista fija, dientes apretados. Dominaba esa sonrisilla que pugnaba por estirarme los labios, imaginándomela en el suelo, suplicando descanso mientras la follaba por detrás.
—¿Sin rencor, verdad, Enrique?
—Por supuesto —repetí ante su insistencia.
Me lo había preguntado varias veces antes de desatarme. Y en todas ellas, yo respondí como buen samaritano, perdonando, olvidando.
¡Y una polla!
Fue entonces, sólo entonces, una fracción de segundo antes de tener libres las manos, cuando me di cuenta.
La insolente verdad me golpeó con tal fuerza que parpadeé incrédulo. No era posible, pero no cabía otra razón.
Me ayudó a incorporarme y me senté en el borde de la cama. Me froté las marcas de las muñecas y tobillos. La espalda me crujía y el cuello estaba agarrotado. Me quité la camiseta enrollada alrededor de mi cuello despacio, al final tuvo que ayudarme ella porque mis brazos estaban entumecidos.
—¿Quieres hablar sobre lo que ha pasado?
Negué con la cabeza.
—Supongo que te das cuenta que todo ha sido un juego, ¿no? —insistió.
Me encogí de hombros.
Transcurrieron varios minutos, los dos en silencio. Poco a poco iba recuperando la sensibilidad en todo mi cuerpo. Me toqué el labio y noté como estaba hinchado y el solo contacto me producía dolor.
—Dime algo, Enrique. Estás muy callado y no sé qué piensas.
Me giré hacia ella y la tomé de los hombros.
—Pégame —supliqué.