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domingo, 1 de diciembre de 2013

DESCONCIERTO



Al principio sentiste algo de frío en el vientre y piensas que fue esa la causa por la que despertaste. Quizá fuese realmente esa porque, a continuación, notaste más frío en tus pies y piernas. También en tu espalda, en tus nalgas, en tus brazos y hombros. No era un frío intenso pero sí suficiente para sentirte incómoda.
Te sorprendió no sentir el confortable tacto del colchón bajo tu cuerpo y entonces un sentimiento de duda y alerta te invadió. Trataste de averiguar dónde estabas tumbada. Era un material agradable pero húmedo. Asaltada por la idea de que quizá te hubieses meado encima, recuperaste la movilidad y el tacto de los dedos de tus manos y palpaste lo que tenías debajo.
Descolocada al sentir como se desmenuzaba el material que tenías entre los dedos, por fin llegaste a comprender que era arena. Granos de arena ligeramente húmedos pues al apretarlos no perdían la forma.
Después, y de repente, el resto de tus sentidos te invadieron con todas las sensaciones captadas. Escuchaste el suave rumor lejano de unas olas lamiendo la arena. Oliste el intenso aroma a salitre y humedad. Percibiste bajo los párpados la luminosidad de una mañana. Tragaste saliva, ahora más relajada, pues al menos sabías dónde estabas y la vida aún no había abandonado tu cuerpo.
Abriste los ojos despacio y la claridad te hizo daño en las pupilas. Alzaste un brazo para ocultar y proteger tu mirada y, la comodidad de poder apreciar las primeras formas y colores de la playa dio paso al asombro de encontrar tu brazo desnudo.
El dolor en el vientre volvió a manifestarse, recordándote que un malestar rondaba por tu barriga. Pero no duró más de un segundo, pues la sensación de frialdad dio paso a la de pregunta al ver la toalla que cubría tu cuerpo. Una toalla grande. Una toalla gruesa y húmeda cuyo borde superior llegaba hasta tu cuello y el inferior se perdía más allá de tus pies.
El miedo te contrajo las tripas y te obligó a retener el aire. Inclinaste la cabeza y atisbaste bajo la toalla.
—Joder —murmuraste cuando te viste desnuda.
Notaste la fría toalla envolver tu piel de nuevo cuando te cubriste nuevamente.
Te mordiste el labio inferior. La mordida te provocó un ligero dolor que te hizo, por fin, despertar del todo.
Cerraste los ojos mientras la confusión, el desamparo y el temor iban tomando posiciones y aumentando de tamaño en tu cabeza.
Fue entonces cuando el miedo se adueñó de todas tus ideas. Un miedo enorme, primigenio.
Pues no recordabas que hacías desnuda y tumbada en la playa, cubierta por una simple toalla.
Buscando no encontrarte con aquello que no deseabas, con aquello que no querías, escondiste la mano bajo la toalla, palpaste tu cadera y descendiste hasta el vello apelmazado de tu sexo. Entreabriste las piernas y tu dedo índice buscó la entrada. Te penetraste y la primera confirmación, un interior húmedo y untuoso, te hizo gemir confusa y asustada. Sacaste la mano al aire, acercaste el dedo a tu nariz y oliste.
Semen. Sin duda era semen.
Hundiste toda la mano en la arena, hasta que notaste la humedad intensa en las uñas. Querías desprenderte de aquel olor, querías ocultar aquella prueba indiscutible, querías eliminar todo rastro en tu dedo de semen, como si, ensuciándolo aún más, pudieses borrar todo aquello que provocó que un hombre eyaculase en tu interior, cualquiera que hubiese sido, en las circunstancias que ocurriesen. No sabías nada, no recordabas nada. Solo querías desprenderte de eso.
Varias ideas se acumularon en tu cabeza. Todas destinadas a corregir aquel grave error. Ninguna dirigida a tratar de recordar si fuiste violada o fue sexo consentido. Si le conocías o por qué sucedió.
La primera idea fue acudir a una farmacia. Solicitar la píldora del día después.
La segunda era realizar una denuncia en comisaría. Pero, para ello, antes debías acudir a la sala de urgencias de un hospital para certificar que habías sido forzada. Pero, ¿qué contarías a la enfermera? ¿Al policía? Ni siquiera sabías si follaste o fuiste violada.
Te lo inventarías. Sí. Una historia creíble pero desgarradora.
Había que llorar, mucho, que te viesen muy afectada. Muy desamparada.
De modo que te inventaste una fiesta. Una fiesta nocturna. Anoche, saliendo con tus amigas… No, tenías que ir sola, pues podían preguntarlas. Pero, claro, si fuiste sola, era solo tu versión. Nadie podía refutarla pera tampoco apoyarla.
De modo que antes debías hablar con una amiga para convencerla.
Así que, simplificando, antes tenías que llamar a una amiga, explicarla tu idea, acudir a un hospital y luego a comisaría.
Y entonces, otra idea se abrió paso en tu cabeza. Quizá alguna amiga supiese por qué habías despertado desnuda en la playa y con semen en la vagina.
Un teléfono móvil. Necesitabas hablar con alguna amiga cuanto antes.
Te incorporaste y tuviste cuidado de ocultar tus tetas con la toalla. Sentada, miraste a tu alrededor.
Estabas sola. Nadie.
Miraste cerca de ti buscando encontrar tu bolso, tu ropa. No importaba en qué estado estuviesen tus bragas, ni tu sujetador. Daba igual. Lo que importaba era el puto móvil.
Pero solo había arena.
Miraste detrás y contuviste la respiración.
Más arena. Una playa inmensa, una superficie ondulada y de color paja que se extendía hasta donde tu vista alcanzaba a distinguir.
Te levantaste y, aunque te sabías sola, insistías en seguir ocultando tu cuerpo con la toalla.
Te giraste sobre ti de nuevo para confirmar lo anterior.
Estabas al borde del agua, en el inicio de una playa que parecía no tener fin y cuyo borde pajizo se confundía con el borde azulado del cielo en el horizonte.
Dejaste caer la toalla ante un temor mayor que el de mostrar tu desnudez.
El temor de no saber dónde estabas.
De pronto, te preguntaste qué día era hoy. ¿Martes? ¿Sábado? El sol estaba ya alto y grande, así que debía estar la mañana avanzada.
El agradecimiento que tu cuerpo mostró al sentir el tibio calor no te calmó.
Te abrazaste y dejaste que las lágrimas recorriesen tus mejillas. Quedarte preñada era ahora un problema secundario. Un problema minúsculo.
Porque estás sola. Realmente sola. Sin ropa. Sin nadie al que solicitar amparo. Sin recuerdos. Sin saber dónde estás ni cómo has llegado.

Sola.
Únicamente tú y la toalla.
Recogiste la única prenda que separaba tu cuerpo de la realidad. Y entonces, cuando viste el dibujo bordado en la toalla, recordaste.
En poco menos de un segundo. Una imagen. Otra imagen asociada. Varias más conectadas. Todo se volcó en tu cabeza de golpe.
Miraste arriba, allí donde sabías que estaría, a esa pequeña distorsión del aire, de la realidad, con forma de vulva flotante en cuyo centro un botón parpadeaba insistente.
Lo pulsaste con ansia.
Te levantaste tan rápido que el casco que cubría tu frente golpeó contra la maraña de cables que pendían encima de ti.
—¿Qué tal?
La mujer tragó saliva y fijó una mirada de ira hacia los técnicos que la miraban expectantes tras una consola de superficie acerada.

—Hijos de puta. Casi me cago viva. Pero la simulación es buena, muy buena. Seguir así. Lo quiero listo para la temporada navideña. Va a ser un bombazo.

sábado, 30 de noviembre de 2013

FATAL DESCUIDO


Sucedió de repente. Un instante antes o uno después y su vida habría continuado igual. ¿Lo que dura un parpadeo? No, quizá más. Un segundo. Sí, solo eso.
Su vida entera cambió en un escaso segundo.
Agustín levantó la mirada y captó ese segundo mágico en el que la parte superior del bikini de la vecina no consiguió sujetar el bamboleo del contenido y los grandes pechos se desparramaron por la parte inferior.
Vanesa corrigió el descuido tan pronto lo advirtió. Realmente había sido una temeridad intentar salir de la piscina con un impulso, apoyarse en el borde, y ascender rápido. También debía achacarlo a esa idea suya de que nada podía salir mal vistiendo aquel sexy conjunto de baño pero de apariencia endeble.
Se hundió en el agua y ocultó de nuevo sus pechos desnudos bajo la superficie. Luego miró a su alrededor para estar segura de que nadie se había dado cuenta.
Su mirada quedó inmóvil sobre la de su vecino.
Dios. No podía ser. Todos menos él. Ése que siempre la miraba de reojo, ése que no perdía detalle de sus escotes. Ese marrano. Ni siquiera le había visto llegar. La piscina de la comunidad de vecinos estaba casi vacía aquella mañana. ¿Cuándo había llegado? Aunque otra pregunta era más importante.
¿Le había visto? ¿Vio sus tetas?
Agustín no se atrevió a parpadear. Mantuvo la mirada fija en la de su vecina. El cuerpo rígido, el cuello estático. Ella lo miraba desde el agua, tampoco desviaba la vista. Los ojos verdosos clavados en los suyos.
Agustín se sintió privilegiado, único. Pensó que aquel momento podía haberse perdido a menos que él hubiese prestado atención. ¿Cuántos de esos momentos apoteósicos, verdaderas jugarretas del destino, aparecerían al cabo del día? Durarían poco, un segundo a lo sumo. Era como asomarse detrás del escenario, entre bambalinas, viendo los engranajes del destino girar, el discurrir de una vida normal, sin percatarse de esos instantes de felicidad suprema. El volar de una falda que se hincha por el aire, un bulto traicionero bajo la bragueta de un adolescente, el hilo de saliva que humedece un labio inferior, la turbación de unas mejillas por el efecto efímero de una fantasía. Momentos mágicos, irrepetibles.
Vanesa se tumbó en el césped boca abajo. Una suave pendiente permitía que pudiese obtener una vista precisa de su vecino, colocado más arriba, tras el recinto de la piscina. Continuaba sin perderla ojo. Sintió como sus mejillas ardían y las aletas y lóbulos de sus orejas inflamados. Sentía vergüenza. Pero también excitación. Era la emoción de haber mostrado una parte de su anatomía de la que se sentía poco feliz y constatar que, para su desengaño, provocaba el asombro y devoción ajenas.
Agustín había imaginado las tetas de su vecina varias veces. No. Muchas veces. Las había dibujado mentalmente grandes, pues grande era el contorno que provocaba en los vestidos, blusas y camisetas de su dueña. Había esbozado varias localizaciones para las areolas y los pezones sobre la carne, siempre teniendo en cuenta la ligera distorsión anatómica que provocaban los sujetadores. Sin embargo, su color y dimensiones era poco menos que un misterio. Así como la caída de los pechos. ¿Tendría la piel de los senos líneas de bronceado? ¿Algún lunar? ¿Marcas de estrías? ¿Qué formas tendrían los pechos de perfil? ¿Areolas bulbosas o arrugadas al excitarse? ¿Algo de vello alrededor del pezón, de la areola, entre los senos?
Todas las respuestas acababan de ser reveladas.
Llegó un momento en el que Vanesa comenzó a soportar aquella mirada fija en ella. Latente, inmisericorde, glacial. Los ojos continuaban en aquel estado de asombro perenne y ello la hacía sentir a cada segundo más avergonzada. Pero también más excitada. Se sentía sucia y viva a la vez. Era dichosa porque sabía que podía provocar un estado de ensimismamiento al que era imposible sustraerse. Sus tetas. Eran solo sus tetas. Sus mamas, sus pechos. Ni siquiera reparaba en ellos a lo largo del día. Ni siquiera daba importancia al hecho de sentirlos comprimidos entre sí cuando dormía de costado. Solo advertía su presencia, su enorme presencia, cuando necesitaba colocar o quitarse el sujetador, cuando sentía su peso inercial al andar rápido o al correr, cuando notaba el broche del sujetador y los tirantes morder su carne. Eran tetas. Solo un par de tetas grandes que reunirían tres o cuatro quilos del total de su peso. Y, sin embargo, causaban aquel desorden juicioso en la mente del vecino.
Agustín empezó a sentirse estafado. Cabreado. ¿Eran así? ¿Y por qué no como en aquella fantasía que tuvo mientras se masturbaba ayer mismo? No. No, no tenían que ser así. Había imaginado varios tamaños, varias formas. Se había imaginado sosteniéndolas, sorbiendo el pezón oscuro, prieto, erecto. Apretándolas, notando su contenido comprimiéndose. La realidad era dura. Dura y descarnada pues todas sus hipotéticas medidas y tamaños quedaban descartados. Eliminados. Todos menos uno. Y él no las quería así. Las quería más juntas, más llenas, más jugosas, más caídas, más separadas, más levantadas, más de todo. Siempre distintas, siempre cambiantes. ¿Por qué así, sólo así? No, no.
Vanesa no pudo evitar sonreír mientras se colocaba las gafas de sol. De ese modo, resguardándose detrás de un cristal tintado, podía mantener la mirada acusadora de su vecino. Poderosa, omnipotente, se sabía capaz de infundir un estado de tontuna total en la mente de su vecino. Y en la de cualquier hombre. Todos eran iguales. Solo su vecino vio sus tetas salirse del bikini aunque estaba segura de que otros quedarían igual de agilipollados. Todos. Cualquier hombre quedaría sujeto, encadenado a sus tetas. A sus maravillosas y preciosas tetas. Sus divinas tetas, sus gordas tetas.
Jodido. Así se sentía Agustín. Seguro que su polla, la cual intentaba acumular sangre, comprimida entre el cuerpo y el césped, persiguiendo una erección que intentaba mantener a raya sin mucho éxito, no estaba de acuerdo. Pero la verdad era esa. La realidad daba asco. ¿Por qué había tenido que mirar en ese preciso instante? ¿El destino? Si era así, el destino era un hijoputa de los peores. Prefería mil veces no haber sido tan estúpido como para mirar. Ojalá hubiese ocurrido de forma diferente. Ojalá no hubiese mirado. Qué mierda todo.
Aunque el vecino por fin desvió la mirada, Vanesa seguía igual de exultante. Igual de maravillada. Ella seguía mirándole. Fijamente. Por eso, cuando el vecino minutos más tarde se levantó para marchar, pudo atisbar, durante poco menos de un segundo, la imponente erección que ocultaba bajo una toalla que pegaba al vientre. Fue un instante. Un momento pequeño, menos de un segundo. La toalla se abrió y mostró las consecuencias de su descuido anterior. Enorme. Un rabo enorme bajo el bañador. Largo, duro, vertical. La demostración de lo que pueden hacer un simple par de tetas. Al instante sintió como una agradable humedad colmaba el interior de su sexo.
Agustín decidió subir a casa rápido. La vida era una puta mierda. Malditos los descuidos, joder. Mierda todo.

ALGO DE COLOR EN UNA VIDA GRIS




—Pues no me puedo quejar —sonrió Mario. Y luego, tras cortar un trozo del bacalao en sala verde, añadió: —. En realidad, estoy bastante contento. En la empresa valoran mi trabajo y eso luego se ve en la nómina pero, sobre todo, se nota en el día a día. Creo que seré uno de los pocos que diga que le encanta ir a trabajar. Y tú, Raquel, ¿qué tal en el tuyo?
La mujer se limpió con la servilleta.
—Me gustaba y me gusta viajar, ya lo sabes; conocer nuevos lugares, nueva gente. Soy sociable y... bueno, ¿qué decir? Hacer y deshacer las maletas no me supone ninguna molestia. Es más, me hace sentir viva.
—¿Te imaginabas así tu vida hace diez años? Me estoy acordando de la última vez que hablamos sobre nuestros futuros.
—Me acuerdo perfectamente Mario. También estabas comiendo pero no era comida entonces lo que tenías en la boca precisamente.
Mario sonrió para sí durante unos instantes al recordar con más detalle aquel momento. Fue cuando descubrió, por fin, aquel punto rugoso y esquivo en la anatomía íntima de Raquel, uno que la hacía enloquecer y gemir angustiada. "Espera, basta, tío, te estás empalmando. Borra esa imagen de tu cabeza, coño, y sigue comiendo normal".
—Aunque, volviendo a tu pregunta, tengo que confesarte que no. No me imaginaba mi vida así, Mario. Ojalá estuviese ahora en una playa del Caribe, tomando el sol en pelotas con un negro abanicándome, para qué engañarnos. Pero mi vida real me gusta. Soy libre, gano suficiente dinero y aún estoy soltera. Y ahora estoy cenando con un amigo que sigue estando tan bueno como antes.
Mario se atragantó al escuchar a Raquel.
¿De veras había oído lo que había oído? ¿Raquel quería algo? Claro, se dijo, ¿y qué hay de malo en ello?. Además, ¿por qué si no lo había llamado tras tantos años sin saber de ella? Tal y como le había contado, acababa de cerrar un buen negocio en la ciudad y, antes de volver a casa, lo propio era celebrarlo.
#
La compañía aseguró que el taxi llegaría en menos de cinco minutos. Raquel y Mario esperaban a la salida del restaurante. Mientras Raquel respondía a una llamada de negocios, Mario tuvo tiempo de contemplar con detalle a la hermosa mujer que tenía al lado.
A sus treinta y dos años, su ex-novia no había cambiado mucho. Llevaba su cabello oscuro y ensortijado cortado a media melena, enmarcando un rostro ovalado donde destacaban dos ojos de color verde intenso y unos labios grandes y carnosos que dibujaban una preciosa sonrisa. El cuerpo había aumentado de curvas y Raquel exhibía ahora un pecho más grande, el cual gustaba de realzar con aquel escote en V de su vestido. Sus caderas también se habían engrosado, al igual que su trasero, aunque sin perder un ápice de firmeza. Se notaba que practicaba ejercicio con regularidad.
—Mario, ¿me estabas mirando el culo?
El hombre levantó la vista, apurado, para encontrarse con esa sonrisa grande y traviesa que hace años le hechizó. Sintió el impulso de abalanzarse sobre Raquel y comerle la boca. Era lo que más deseaba en aquel momento. Abrazarla y retenerla junto a él. Restregar su miembro por aquel vientre que conocía tan bien. Hundir la cara entre sus tetas y sentir la carne apretarle las sienes.
—No, claro que no.
—Sigues mintiendo muy mal, Mario. Pero te lo perdono porque, para ser sincera, yo también me he fijado en tu culete varias veces durante la noche.
Ambos sonrieron. Estaban muy cerca uno del otro. Tanto que a ninguno le hubiese costado nada inclinarse y besar al otro. Pero ninguno dio el paso.
Fue entonces cuando llegó el taxi. Se dieron dos besos de despedida.
Raquel abrió la puerta e hizo ademán de subir.
—Mario...
—¿Ahá?
—¿No vas a decir nada?
Mario abrió la boca pero ninguna palabra salió de sus labios al final.
Quería decir algo. Hacer algo. Pero…
Raquel sonrió con ternura. Seguía siendo el mismo tímido Mario del que se enamoró.
—¿Tienes prisa?
Mario negó con un gesto.
—Venga, sube. Quiero enseñarte la suite del hotel que la empresa me ha reservado. Estoy segura de que nunca has visto tanto lujo en un cuarto de baño.
Mario se apoyó en el marco de la puerta pero no se decidió.
Fue Raquel quien tuvo que ayudarlo a entrar tirando de su corbata.
#
Mario se paseaba por la suite con las manos en los bolsillos, silbando con admiración ante cada detalle del mobiliario.
—Dime, ¿qué es lo que más te impresiona?
Mario suspiró abrumado y miró a Raquel sonriente. La suite era un derroche entero de lujo y comodidad. No sabía por dónde empezar si tuviese que enumerar todos los detalles. Pero uno de ellos destacaba por encima de todos.
—La moqueta, sin duda. Es una moqueta mullida y esponjosa. Incluso, en el cuarto de baño, donde no la hay, han colocado parqué con calefacción radiante. Creo que es pecado entrar aquí con zapatos.
—Quítatelos.
—Pero...
—No, en serio, Mario. Yo también soy de la misma idea. En realidad estaba deseando quitarme los tacones para andar descalza.
Y eso hizo. La estatura de Raquel descendió cinco centímetros y sus pies desnudos se hundieron. Mario no pudo evitar sentir un cosquilleo en su estómago al ver los refuerzos de los pantis en los dedos y el talón. Un verde oscuro, similar al color de ojos de Raquel, pintaba las uñas de sus dedos bajo la lycra. También él se quitó los zapatos y luego los calcetines. La sensación de bienestar fue instantánea. Incluso, acompañando al bienestar, surgió otra sensación asociada. Era una que creía haber perdido hace años. La sensación de sentirse libre, despreocupado.
—Conozco esa sonrisilla, no me engañas, Mario. Te gusta, te gusta mucho.
No sabía si ella se refería a sus pies enfundados —una parte de su anatomía por la que él siempre sintió debilidad—, o por la moqueta. Mario bajó la mirada con una sonrisa.
—Me encanta.
Raquel se mojó los labios con la punta de la lengua. Dio un paso hacia él.
—¿Te gusta todo lo que ves?
El hombre y la mujer estaban muy cerca uno del otro. Era una cercanía que denotaba algo más que amistad pero que ninguno se decidía a traspasar.
—Ven, siéntate conmigo, Mario.
Raquel cogió varios folletos de una carpeta y se arrodilló en el suelo. Sus talones sobresalieron, como abrazando el culo. Mario sonrió ante gesto y supo que Raquel no había olvidado los detalles que lo volvían loco.
—Mira. Este es el catálogo de perfumes que tengo a mi cargo. Yo misma he diseñado los frascos y la composición de los aromas.
Extendió el folleto en el suelo. Una mezcla de aromas florales envolvió el ambiente. Mario miró con deleite.
No eran las fotografías de los frascos los que iluminaban su mirada. Era el escote de Raquel que, inclinada hacia él, permitía obtener una visión indecentemente clara de la carne blanca de sus pechos y del sujetador morado. Un pedazo de areola oscura era claramente visible, así como el bulto que el pezón erecto imprimía sobre la tela.
—¿Son bonitos, verdad?
Mario sabía ahora que la pregunta de Raquel era deliberadamente ambigua.
—Sabes que sí. Todo es precioso.
—Acércate. Aspira las muestras del papel.
Mario se acercó hasta tocar con su nariz el folleto. Raquel lo imitó y sus frentes se tocaron mientras se miraban mutuamente. Ambos inspiraron al unísono. La mezcla de aromas transformó aquel momento en una amalgama de sensaciones olfativas.
Fue Raquel quien se abalanzó sobre Mario y tumbándolo sobre el suelo, lo besó con pasión.
#
Mario no supo cómo reaccionar tras recibir el sopapo.
Raquel lo miraba con ojos entornados, el pintalabios esparcido por sus labios y comisuras. Estaba arrodillado encima de él, sobre la cama, flanqueando con los muslos sus costados. Se mecía con movimientos lentos y calculados, restregando su sexo sobre el miembro erecto. Varios mechones rizados de su melena caían sobre su frente mientras otros continuaban adheridos a las sienes por el sudor.
—Dame fuerte, Mario. Pégame porque he sido mala, una zorra muy mala.
Mario dudó. Esta no era la dulce y tierna Raquel que recordaba. La mujer que tenía sobre él era una hembra desbocada de miradas agresivas y gestos obscenos.
Acarició una de sus mejillas enrojecidas, separando un cabello que tenía adherido a ella.
Raquel respondió con un bufido ante el delicado gesto y propinó un mordisco inesperado a una de las tetillas.
Mario exhaló un grito de dolor.
—¡Responde, maldito cabrón! —rugió una Raquel furiosa.
Mario la tomó de los pelos y llevó su cabeza hacia atrás. El cuello de la mujer quedó al descubierto. La fina piel se removió cuando la mujer tragó saliva. Mario lamió la tráquea y pellizcó con los dientes el cuello. Raquel rió gozosa.
Si Raquel necesitaba sentirse dominada él iba a darle el gusto.
La tumbó bajo él y ahora fueron sus nalgas quienes se aposentaron sobre el sexo mullido, oculto bajo el panty. Raquel sonrió complacida. Ofreció la resistencia justa. Forcejeó solo unos segundos antes de permitir que Mario alzase sus brazos hacia el cabecero de la cama.
Con una sola mano, Mario inmovilizó rudamente las muñecas de Raquel. Tomó la boca de carmín y mordió los labios, llevándose el resto de pintalabios que aún quedaba en ellos. Un reguero de saliva manó de una de las comisuras de ella.
—¿Qué... qué vas a hacerme?
—Castigarte, Raquel. Reconoce que eres sucia. Sucia y mala. Necesitas un severo correctivo.
—Apiádate de mí, cariño. Haré todo lo que...
El sopapo sobre una teta cortó la respiración y el habla a Raquel.
—El tiempo de disculparse terminó, zorra.
La mujer se mordió el labio inferior cuando Mario empuñó la carne de la teta y la comprimió. Esperó hasta que la piel adquirió un tono ruborizado. Besó el pezón erecto y mordisqueó la carne prieta. Raquel se removió angustiada cuando el dolor la hizo arquear la espalda. Mario succionó la carne hasta volverla de color rojizo.
—¡Animal!
—¡Cállate, puta!
Raquel tomó aire. Sus costillas se marcaron bajo la piel. Mario lamió la carne bajando hasta el ombligo. Jugueteó con la punta alrededor de la depresión y la saliva se acumuló. Raquel no pudo evitar soltar una carcajada. Mario sonrió; el ombligo seguía siendo el lugar que más cosquillas le producía a Raquel.
Pero la mujer detuvo su risa al instante cuando Mario posó sus dedos sobre la entrada húmeda del sexo femenino oculta bajo el panty. Los dedos removieron el vello y los pliegues. Ambos se miraron a los ojos. Los de Raquel reflejaban una angustia suprema. Los de Mario una ansia incontrolable por verla sufrir. Las aletas de la nariz de Raquel se dilataban al son de una respiración desbocada mientras Mario continuaba martirizando el sexo con movimientos circulares, precisos, presionando encima del clítoris, a través del vello ensortijado, sobre la lycra empapada por la que se filtraban las humedades.
—¡Cabrón, métemela!
Mario sonrió con mirada cruel y chasqueó la lengua, decidido a no obedecer la súplica de Raquel.
En su lugar, coló la mano bajo el panty, restregó el vello húmedo y el dedo índice accedió entre los pliegues pringosos y ahondó en la carne caliente. Raquel exhaló un suspiro de alivio y placer. Agitó sus muslos y recogió sus piernas, permitiendo un mejor acceso a su entrepierna.
—¿Te gusta, puta?
Raquel suspiró conforme. De sus labios surgió un bufido de asentimiento.
Mario arqueó el dedo en el interior y la punta del dedo presionó sobre la carne lubricada. Un escalofrío electrizó el cuerpo de Raquel y la hizo chillar emocionada a la vez que se revolvía incontrolable. Continuaba inmovilizada y su torso se retorcía imparable, agitándose la carne de sus senos.
Mario detuvo sus caricias y extrajo el dedo. Lamió el néctar que lo embadurnaba. Miró con maldad a Raquel.
—Creo que ya es suficiente, ¿no crees?
Raquel lo miró suplicante, negando con la cabeza.
—No te oigo, zorrilla.
Raquel lloró angustiada.
—Por favor —susurró.
Mario desgajó la lycra alrededor del sexo. La tela artificial emitió un ruido agudo y húmedo. Volvió a penetrarla y esta vez presionó con energía sobre aquella zona rugosa de la vagina. Un grito liberador, orgásmico, surgió de la garganta de Raquel. Agitó su cabeza y apretó los dientes. Un mechón de cabello quedó atrapado entre sus labios.
El hombre liberó las muñecas de la mujer y permitió que el placer recorriese libremente el cuerpo. Quedó embobado viendo el cuerpo de Raquel reflejar el producto del orgasmo. Su vientre convulsionado, sus pechos removiéndose, su respiración agitada, el sudor bañando sus axilas, sus párpados apretados. Solo cuando juzgó que la mujer había disfrutado suficiente, enfiló su miembro hacia la entrada. El panty rasgado enmarcaba un sexo inflamado del que rebosaba una humedad generosa.
Raquel abrió los ojos sorprendida al sentirse penetrada. La verga avanzó sin obstáculos dentro del habitáculo lubricado hasta quedar firmemente encajada. Un gemido de molestia salió de los labios de la mujer.
Mario se ayudó de sus rodillas para separar los muslos mientras tomaba a Raquel de las pies, enfundados en lycra húmeda.
Mario juntó las piernas y los pies sobre su cara. Sentía que el aroma enardecía sus sentidos e impulsaba su verga dentro del coño en arrebatos alocados.
La mujer buscó con la mirada la de su amante. Ambos se miraron con expresión grave, dejando salir gemidos de angustia y placer con cada empellón. Las carnes de Raquel se agitaban mientras las de Mario reflejaban los músculos en tensión. El hombre se apoyó sobre el cuerpo de la mujer cuando aceleró el ritmo. Hundió su cara en el cabello húmedo, exhalando el aliento enrarecido sobre el cuello. Raquel aprisionó con sus pies el culo de Mario, resbalando la lycra de los talones sobre la piel sudorosa.
Mario rugió desesperado en los instantes previos al orgasmo. Luego, gemidos roncos y pausados salieron de su garganta al ritmo de sus eyaculaciones mientras removía entre espasmos su miembro en el interior.
Ambos se besaron al terminar. No fue un beso de amor ni de cariño. Solo fue un beso de agradecimiento, un beso corto y sin lengua.
#
La mujer se duchó poco después.
Raquel se tomó su tiempo. No perdió tiempo en limpiarse la vagina pues tomaba la píldora y, de todas formas, no la incomodaba sentir su interior húmedo y pegajoso.
Cuando salió del cuarto de baño, enfundada en un albornoz con la logotipo del hotel en el pecho, Mario ya se había vestido y estaba frente a un espejo.
—¿No vas a ducharte?
—La verdad es que ya debería estar en casa.
Raquel sonrió viendo cómo las manos de él intentaban sin éxito volver a hacer el nudo de la corbata.
—Anda, ven aquí.
Mario se dejó, asumiendo su derrota.
—Estás casado, ¿verdad?
El hombre tragó saliva y terminó por asentir.
—¿Por qué lo sabes?
—¿Quién si no te ayudó a anudarte la corbata?
Mario sonrió ante aquel detalle.
—Se llama Susana. Tenemos un hijo, Pedro, tiene casi dos años.
Raquel terminó de anudar la corbata y Mario sonrió satisfecho ante su reflejo en el espejo.
—Yo también estoy casada.
Mario la miró con expresión grave a través del reflejo. La mujer se protegió cruzando los brazos de la que creía que era una mirada severa.
—Sé lo que piensas, Mario. Si un hombre casado echa un polvo con una amiga, está teniendo una aventura. Si lo hace una mujer, es que es una puta.
—No, Raquel. No pensaba en eso, pensaba en los motivos por los que esto ha ocurrido.
Raquel sonrió con gesto triste y se recolocó la toalla que envolvía su cabello húmedo.
—Supongo que son los mismos que los tuyos, Mario.
Repitieron de nuevo los dos besos de despedida y el hombre salió de la suite. Tomó el ascensor, saludó al recepcionista en el hall y, ya en la calle, tomó uno de los taxis que había en una parada cercana.
—Color.
—¿Cómo dice, amigo? —preguntó el conductor al oír al hombre.
—Dar algo de color a una vida gris.
El conductor calló. A esas horas de la noche había mucho borracho suelto por ahí diciendo tonterías.