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sábado, 10 de marzo de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (3/3)



—Vamos a cerrar una temporada. El gerente quiere pintar el bar y cambiar el aspecto de la barra.
El grupo de madres miró al camarero mientras iba sirviendo los cafés y los desayunos en la terraza de la cafetería. Por lo general, enmudecían al llegar él. Pero ahora, Neus rompió el silencio.
—Pero, Braulio, ¿a dónde vamos a ir ahora? ¿Quién nos va a dar de comer por las mañanas?
El camarero sonrió y luego se encogió de hombros. Las echaría de menos. Se demoró algo más de lo acostumbrado en servir el pedido. Sentía las miradas de todas ellas fijas en él, en sus movimientos, en la forma que tenía de repartir los platos, en la tarea de echar la leche en cada taza con café humeante. Eran buenas clientes, atentas, agradecidas, dejaban excelentes propinas, sí, las iba a echar de menos.
En cuanto quedaron solas, Socorro tomó la palabra.
—Bueno, parece que este será el último viernes que quedemos aquí.
—Romperemos una tradición.
Todas asintieron mientras daban cuenta de tostadas y bollos.
Matilde fue la encargada de romper un silencio triste que se postergó mientras comían.
—Podemos continuar con nuestra nueva tradición. Podemos centrar nuestras reuniones en nuestras confesiones en vez de en el lugar.
—Nuestras cochinadas —puntualizó Carmen.
—Cochinadas o no, son fantasías sexuales que algunas hemos cumplido. Se merecen ser compartidas con las demás —se defendió Matilde.
—¿Hemos? —repitió Neus mirando a Matilde. Dejó los cubiertos sobre la mesa y se giró hacia su amiga—. O sea, que tú también tienes una fantasía cumplida. La que nos provocó para confesar nuestros secretos resulta que ahora tiene una fantasía cumplida.
—Que la cuente, que la cuente —corearon todas entre risas.
Matilde se sonrojó y se hizo la remilgada.
—Sois como niñas.
—¿Es una fantasía cochina?
Matilde masticó despacio, sabiéndose el centro de las miradas de todo el grupo de madres. Disfrutó de aquel momento, a nadie le viene mal, de vez en cuando, ser el foco de atención, que sus palabras sean escuchadas con avidez.
—Algo guarrilla sí que es —por fin respondió.
—Cuenta, cuenta.

<—El relato de Matilde—>

Creo que todo empezó cuando, de pequeña, un domingo mi padre me llevó al parque. Los dos solos, mientras me empujaba en el columpio, le sorprendí mirando con atención el partido de fútbol entre chavales que había al lado. Los miraba con tristeza, como si al verlos, recordase algo que le causase mucha pena. Yo le pregunté qué pasaba y él, supongo que imaginando que no lo entendería, me contestó que ojalá hubiese nacido niño. Luego me siguió empujando con más fuerza, yo le pedía más fuerte y él reía y decía que si me caía, mamá nos mataría, pero me hizo caso y me agarré muy fuerte al columpio, como él me dijo. Grité asustada y gozosa, reímos y yo le abracé muy fuerte y le dije que le quería. Luego él lloró y me pidió perdón por haberme dicho eso de no nacer niño. Yo le prometí que jamás lo contaría y hasta ahora nunca lo he contado.
Pero jamás dejé de pensar en ello.
Desde entonces me sentí culpable por haber nacido mujer, eso es algo que no puedo remediar y por ahora no he podido quitármelo de la cabeza. No es una obsesión ni tampoco es la sensación de vivir en un cuerpo distinto al que siento. Es solo que quería agradar a mi padre. Seguro que él no recordará aquel suceso ni tampoco relacionará todo lo que vino después. El caso es que, días después de aquel domingo, comencé a fijarme en los chicos. Quería ser como ellos, actuar como ellos, parecer un chico o, al menos, adquirir sus costumbres, su imagen. Le pedí a mamá que me cortase el pelo, quería llevarlo corto, mi madre me dijo que no, claro, que tenía un cabello precioso y que todas las niñas lo llevaban largo. Pensó que era una rabieta, no sospechó mis razones. Así que me lo corté yo misma. Cuando me descubrieron en el baño, con el pelo cortado y los mechones desiguales, se enfadó mucho, yo creo que más por tener unas tijeras en la mano que por otra cosa. Me gané una azotaina y me quedé sin postre varias semanas. Incluso me llevaron a un psicólogo, pero no solté prenda, dije que lo había hecho por diversión.
Lo siguiente, tal y como veía a mi padre y a los demás chicos, fue intentar orinar de pie. Al principio fue todo un desastre, imaginaros todo el inodoro regado de orina. Me tocaba limpiarlo como podía. Por supuesto, era mi padre el que recibía todas las reprimendas de mamá, le echaba unas broncas tremendas y él no rebullía, se enterraba tras el periódico murmurando para sí. Poco a poco me fui haciendo con ello y hoy por hoy, tengo la técnica muy depurada. Es inevitable que salpique algo pero no más de lo que lo haría cualquier hombre. Solo hay que colocarse de horcajadas, algo inclinada hacia adelante, te separas los labios muy bien y aprietas despacio, controlando el arco de pis, siempre mirando el arco, siempre atenta a la fuerza con la que orinas. Curiosamente, haciendo esto casi toda mi vida, he desarrollado músculos en mi vagina que les hacían arrancar alaridos de placer a mis parejas cuando hacíamos el amor. No hay mal que por bien no venga.
Paralelamente a mi transformación externa, sabía que tenía que desarrollar mi forma de ser. Respecto a mi tono de voz no pude hacer nada, pero en cuanto al lenguaje sí. Fuera de casa, comencé a soltar tacos sin motivo alguno. Mis preferidos eran “coño”, “hostias”, “cojones” y todo lo que tenga que ver con “Dios”. Me gané a pulso la fama de malhablada entre mis amigas pero eso duró poco hasta que comencé a buscar bronca. Saltaba a la mínima, no dejaba pasar ni una, macho hasta la médula, aunque supusiese más de una vez volver a casa con un moratón o un labio roto. Malhablada y busca-broncas, esa era yo, ni siquiera los chicos me rechistaban. También intenté jugar al fútbol, pero es un deporte que nunca me gustó, eso de correr detrás de las pelotas, como si fuese una mujer hambrienta. Además, se me desarrollaron los pechos demasiado pronto y pronto el correr fue un problema.
Realmente era un dilema. Veía a mi madre y me fijaba en sus amplios senos, yo la preguntaba si tendría sus tetas y ella sonreía y me decía que aún era muy niña para preocuparme por eso. Ya, y una mierda. Cuando me compró el primer sujetador, no tardé ni una hora en quitármelo. Por suerte, vivíamos en un edificio, en una quinta planta sin ascensor. En la tercera planta, al fondo del pasillo, había una esquina que usaba para desembarazarme del sujetador al salir a la calle. ¿Qué era eso de llevar una prenda opresora en mi pecho? Para nada, los chicos no usaban eso. Aquello, claro, tonta de mí, no hizo sino exacerbar los ánimos de los chicos cuando mis pechos continuaron creciendo sin sustento ni sujeción. Daños colaterales, qué se le iba a hacer. Ya de adolescente, en el instituto, me gané la fama de feminista radical. Había conseguido que mi madre se rindiese con mi peinado corto y creo que con eso ya está todo dicho respecto a mi determinación. Era deslenguada, llegaba a las manos por nada, meaba de pie, aborrecía el sujetador y quería equipararme a los chicos en derechos. Me fue fácil encasillarme en aquel rol social que no me iba ni me venía pero que usaba como excusa para desarrollar mi hombría.
Entre mis opciones sexuales, cuando las hormonas me atacaron en la pubertad sin piedad alguna, se me abrieron un abanico de posibilidades más amplio que el habitual. Probé el sexo tardíamente, seguía acomplejada por mi falta de pene ya que, en todo lo demás, podía equiparme perfectamente a un hombre. Mi primera relación sexual la tuve a los diecinueve con un chaval de la universidad, en su coche. Fue un fracaso absoluto. La verdad es que estaba cantado pero, por no sé qué absurda fijación, supongo que por instinto, quise hacerlo con un tío. El primer problema surgió con la posición. De ninguna manera yo habría de estar debajo y él, más salido que el pico de una lanza, accedió con tal de metérmela y verme las tetas. Lo de la virginidad no supuso mayores problemas, una cosa era que fuese virgen en el sexo y otra que desconociese el placer de masturbarme con consoladores caseros. Lo que no le hizo mucha gracia al chaval, Rodrigo creo que se llamaba, fue que llevase la voz cantante en todo el proceso. Protestó todo lo que quiso cuando le tumbé en el asiento trasero y me coloqué sobre él, pero un par de gemidos, un manoseo de tetas y todo arreglado. Yo tenía el asunto húmedo, preparado para él y, cabalgando sobre su polla, iniciamos el coito. Al cabo de pocos trotes, apareció la sangre. Él se alegró mucho, estaba ufano, dijo que había roto mi himen, que me había desvirgado. Pero la sangre no cesó de escurrir de mi interior. Nos asustamos. Pobre diablo, en cuanto me la saqué, resultó que se había desgarrado el frenillo. Total, que directos a Urgencias. Me lloraba como una nena, con toda su picha cubierta de pañuelos de papel que el rojo carmesí no cesaba de teñir. Le aparqué el coche, llamé a sus padres y allí le dejé, bastante frustrada y algo cabreada por no obtener placer alguno de aquella noche. También le dejé el marrón de las manchas de sangre en toda la tapicería del coche de sus padres, a saber cómo lo solucionaría, no le he vuelto a ver desde entonces. No fue el último hombre con el que tuve sexo pero nunca me gustaron sus reticencias en cuanto al reparto de roles y posiciones. Somos imanes de polos similares y con eso está todo dicho, qué cojones.
Escarmentada, inicié una relación, hasta ahora inconclusa, con las mujeres. Todo fue mucho más fácil, más cómodo y más natural. No me considero lesbiana, ni bisexual ni quiero que me pongan etiquetas, me gustan las mujeres igual que me gustan los hombres, pero las que escogía, por educación o necesidad o influidas por la sociedad, ansiaban ser la parte inferior de la ecuación, la parte dominada, la parte servil. Claudia fue mi primera pareja. Ya éramos amigas cuando ocurrió lo de Rodrigo y aproveché nuestra amistad como cuña para ahondar en nuestra relación. Un viernes, cuando la acompañé hasta los servicios de la discoteca donde bailábamos, me abalancé sobre ella y nos encerramos en un aseo. Quiso protestar pero acallé sus gemidos con mi lengua. Quiso apartarme pero la detuve llevando sus brazos a la espalda. Quiso patearme pero la hice sentar sobre el inodoro, le arremangué la falda y le bajé las bragas. El resto de protestas, una vez mis dedos arramplaron con su sexo, enmudecieron por arte de magia. No estuvo mal. Habiendo probado el beso con hombres y mujeres, las prefiero a ellas sin dudarlo. Sabemos usar la lengua con más imaginación y disfrutamos mucho más con los preliminares. Mis parejas son dulces, se dejan hacer y me dejan toda la iniciativa, tanto en la convivencia del día a día como en la cama.
Conocí a mi actual pareja, Verónica, hace algunos años, en un viaje a México. Coincidimos en una excursión por el Yucatán, fue toda una suerte encontrarme al amor de mi vida en un lugar tan lejano para que luego resultase que vivíamos a sólo unas manzanas de distancia. Ella estaba de luna de miel con su marido, un tipo aborrecible, no sé qué vio en él. Luego supe que el marido se parecía demasiado a mí. En cuanto nos vimos, supe desde el primer instante que sería mía. Guapa, sencilla, de ademanes comedidos y muy tímida, un flechazo, vamos. Comprendo que pocas parejas tengo a mi disposición cuando desde el comienzo establezco que una relación conmigo no se basa en la igualdad, y por eso, en cuanto tengo una a tiro, me lanzo de cabeza. Su marido sería como yo pero no tenía ni pizca de seso, era bruto y algo dado a usar la mano cuando le daba la gana. En cuanto regresamos a España, me faltó tiempo para llamarla y quedar con ella. Me considero un poco manipuladora pero en su caso solo me hizo falta abrirla los ojos para que se diese cuenta del error que había cometido. Pensé que sería fácil pero costó lo suyo, máxime cuando se dio cuenta que estaba embarazada.
Así pues, desencantada de todo, Verónica me abrió su corazón pero no todo salió como yo quería. Verónica no pensaba en otra cosa que en su hijo, de modo que siguió con su matrimonio, moribundo desde su nacimiento, pero muy vivo el condenado. Me convertí en su amante. Durante los cuatro años siguientes, la descubrí una nueva forma de ver la vida y me beneficié de su amargura conyugal. Nos enamoramos perdidamente y nuestra relación, aunque oculta, día a día se iba consolidando. La primera noche que hicimos el amor fue muy especial. Acababa de acostar a su hijo, nuestro hijo ahora, su marido estaba de viaje y teníamos toda la noche para nosotras solas. Conocía ya su cuerpo desnudo al detalle, suspiraba por él todas las noches, pero nunca había sido mío. Me coloqué sobre ella y la besé con tanta pasión que luego me confesaría que se había corrido sólo con mis besos. Yo ya había preparado aquel encuentro desde hacía tiempo y me proponía cumplir una de mis máximas ambiciones, uno de mis sueños más deseados. Me coloqué un arnés alrededor de mi cintura e ingles del que pendía un consolador que hacía las veces de miembro surgido de mi entrepierna y cuyo extremo posterior se introducía en mi orificio. Verónica se asustó al ver aquel monstruo azul de látex bicéfalo pero la aseguré que sería todo muy suave, nada de dolores.
Ninguna de mis anteriores parejas había accedido a ser penetrada por aquella polla de plástico ni había aceptado que yo usase una prótesis. Lo más bonito que le habían llamado al verlo era grotesco. Pero para mí representaba mucho, qué digo mucho, para mí representaba la culminación de toda una vida, por fin podría cumplir mi sueño más íntimo, mi anhelo más deseado. Me introduje un extremo en mis partes y conecté el vibrador. El zumbido se adueñó de la quietud del salón. Verónica cerró los ojos y abrió sus piernas, abriendo con sus dedos la entrada a su caverna. La penetración fue mortalmente placentera para mí, algo dolorosa para ella. Cuanto más ímpetu arrojaba sobre su pubis, enterrando el consolador en su sexo, más se hundía el otro extremo en mi vagina. Llegué al orgasmo casi darme cuenta, al poco de empezar, como un adolescente novato. Al fin, y ahora que sabéis toda mi historia me comprenderéis, me sentía realmente desvirgada y realizada. Por suerte, Verónica disfrutó lo suficiente como para, en la siguiente ocasión que tuvimos, volver a depositar un voto de confianza en el artilugio.
No puedo contar más. El consolador de doble cabeza se ha convertido en elemento imprescindible en nuestras relaciones sexuales. Verónica y yo alcanzamos orgasmos tan intensos como extraordinarios y, en cierto modo, su rol de mujer de la casa no se ha visto muy alterado. Casi un año después de aquella noche, Verónica se separó de su marido y ahora vivimos las dos juntas junto a nuestro hijo.

¿Quieres dotar a tu relato de un encanto especial? -El escenario-


¿Quieres dotar a tu relato de un encanto especial? -El escenario-

Empiezo una serie de entradas en el blog sobre los detalles que caracterizan a un buen relato de uno excelente.

Supongamos que terminas tu relato. Es fantástico, piensas mientras lo relees, me encanta. Pero, y lanzas un suspiro, me falta algo. Hay algo que no cuadra, le falta chispa, le falta ese toque.
A lo peor, concluyes, todo es una mierda.
Vale, no nos agobiemos.
Hagamos un repaso:

Escenario

¿Está someramente descrito o sobran detalles por todos los lados? El escenario de un relato, por regla general, no debe ocupar en su descripción más que el espacio justo, las palabras exactas. Si quieres que el tragaluz de una buhardilla muestre una luz cenital que será importante para dar color al relato y que servirá para el argumento, ponlo. Si la buhardilla no será más que un lugar de paso, ni siquiera hará falta que describas su contenido. Recuerda: cuando dices buhardilla todos nos formamos una imagen. Y con eso basta si no necesitas más.
No detalles más de lo imprescindible. Solo lo que sirva. Nada más. Tienes que jugar con lo que el lector sabe. Y con lo que no sabe, pero debe conocer.
Un ejemplo:
Cuando decimos “mar”, todos sabemos qué es. Si quieres, sin embargo, un mar embravecido, tendrás que describir cómo de revuelto está o, Y ESTA ES LA CLAVE, que efectos produce en el personaje o en un objeto. Observa:
“El mar estaba revuelto, olas de considerable tamaño se alzaban ayudadas por el viento, que era frío e indomable”.
Compáralo con:
“El mar revuelto zarandeaba nuestra barca, propinando golpes peligrosos, eliminando cualquier estabilidad. Tenía miedo de caer al agua. El viento, además, azotaba mi cara con bofetadas de espuma, saladas y frías”.
Seguro que ahora lo ves todo más claro, ¿a que sí?

En la próxima entrada del blog miraremos cómo están los personajes.

martes, 6 de marzo de 2012

El pervertido me llama de nuevo




—El pervertido me llama de nuevo—

—Métetelo.
Me mordí el labio inferior mientras negaba con la cabeza. Aquello no podía estar pasando. Tenía que ser una broma cruel. Pero era tan real, y la explicación escuchada segundos antes tan demoledora, que no tuve remedio.
Abrí la caja, saqué el cacharro y lo coloqué encima. Luego me bajé las bragas, me arremangué la falda. Me senté de nuevo sobre el inodoro y abrí las piernas.
El gemido que se me escapó cuando el artilugio entró en contacto con mi sexo, provocó dos efectos: el pervertido soltó una risa honda, gutural y mi madre, en el salón, alzó la voz:
—Nena, ¿estás bien?
Media hora antes, el control sobre mi vida no era perfecto, pero me conformaba. Me había emancipado hacía poco, había comprado un pisito de segunda mano en la periferia, tenía un trabajo inestable aunque era trabajo y mi vida amorosa se reducía a ocasionales polvos tras probar el amargor de la ruptura de un noviazgo dilatado en los años.
Sin embargo, no me podía quejar en cuanto a vivir situaciones extrañas. Varias semanas antes, una mañana cualquiera había recibido la llamada de un desconocido. Le traté como a un pervertido y eso era esencialmente. Su voz grave y acompasada fulminó mis recelos y, juntos, compartimos una experiencia inolvidable. Poseía un timbre vocal tan grave como seductor. Dijo sobrepasar la cincuentena pero la amplia diferencia de edad entre nosotros no fue obstáculo para experimentar el mejor orgasmo de mi vida gracias a su voz y mi imaginación. Luego me enteraría de que él no se masturbó y que acechaba tras mi puerta. Seguía siendo un desconocido para mí, pero no así yo para él.
Sospeché en un primer momento de los vecinos del edificio, pero ningún hombre se ajustaba a los criterios de edad que el pervertido declaró, eran gente anciana, jóvenes púberes o mocosos malcriados. Además, me esforzaba por hacerles hablar, pues su voz habría de delatarle: tan honda y grave era que cualquier otra me sonaba estridente en comparación.
En los días que siguieron, no volví a recibir otra llamada suya, tampoco signo alguno de su presencia. Estaba excitada pero, a la vez, temerosa. Me acomodé y el regreso a mi vida anodina pero predecible me tranquilizó. Aun así, el recuerdo de su voz cavernosa, del placer disfrutado, seguían presentes y cualquier orgasmo que tenía no podía evitar contrastarlo con el que me arrancó el pervertido al teléfono.
Me masturbaba a diario, en posiciones cada cual más estrambótica, penetrada con los objetos más inverosímiles, estimulando zonas corporales antes ignoradas. Incluso adquirí un dildo con la esperanza de obtener un placer similar al de aquella mañana. Fue inútil: me confirmé que nada era comparable a su voz honda y su risa evocadora entretejiendo mi imaginación.
Mamá había acudido aquella tarde para enseñarme a coger el bajo a varios pantalones.
—A tu edad sabía bordar y coser cualquier cosa. Hasta nos arreglábamos nuestros vestidos.
—Mamá, hace treinta años era lo único que podíais hacer.
Mi madre sonreía, se subía las gafas de pasta por el puente de la nariz y volvía a concentrarse en las puntadas. Insistió en traerse la máquina de coser pero no quise: pesaba demasiado para ella.
Mamá se inclinaba para estudiar cada poco mi trabajo:
—Fíjate bien, Cristina, puntadas cortas, parejas, rectas. Me estás haciendo una escabechina que luego tendré que descoser yo. Una mujer que no sabe coser… ¡a dónde vamos a llegar!
Llamaron al teléfono. Hacía pocos días que había comprado un inalámbrico y tardé unos segundos en acertar con la tecla de descolgar.
Más me hubiese valido no haber contestado.
—Hola, ¿eres tú?
El corazón se me detuvo. Misma voz, mismo saludo. Un escalofrío me cruzó la espalda. Mi madre notó que algo raro me sucedía.
—Nena, ¿qué pasa? ¿Quién es?
—Dile a tu madre que soy un compañero del trabajo.
Un horror indecible me sacudió los cimientos de mi serenidad. Su voz grave y honda me traspasó el pecho. El pervertido atacaba de nuevo y, sin que supiera cómo, estaba al corriente de la presencia de mi madre.
Colgué sin pensarlo.
—Cristina, ¿quién era?
Pegué un brinco en el sofá cuando mi madre posó una mano sobre mi pierna.
Antes de que me preguntase de nuevo, antes de que la preocupación que traslucía su rostro aumentase, me levanté yo.
—Era una amiga, mamá. Que no salimos hoy, fíjate.
—Mejor, hija. Seguro que sólo salís a emborracharos y buscar problemas. Y, luego, ¡ay de mí! Si es que ahora vais…
—Mamá —interrumpí—, tengo un apretón, disculpa.
Me escabullí lo más serena que pude. Sabía que, de todos modos, a mi madre no podía engañarla. Me conformaba con que se tragase que había sido una amiga la que había llamado. Lo del apretón… bueno, tenía suerte si iba dos o tres veces a la semana; qué casualidad que tocase justo ahora. Dudaba que me creyese, pero fue lo único que se me ocurrió entonces. Tenía que alejarme de ella.
Porque sabía que el pervertido de voz profunda volvería a llamar.
Me encerré en el cuarto de baño. Me senté en el inodoro. El tiempo corría mientras buceaba entre los interminables menús en la pantalla digital del teléfono. No podía permitir que el teléfono sonase de nuevo, quería quitarle el sonido de llamada. Accedí a funciones que ni sospechaba que existiesen en el teléfono, me perdí en otras cuyos nombres ni siquiera estaban en español. Mis dedos temblaban. Cada vez acercaba más la pantalla a los ojos. Sentí un sudor frío recorriendo mi espalda.
¿Cómo decirle a mi madre que un pervertido con el que me corrí días antes llamaba de nuevo?
¿Acoso? ¿Invasión de intimidad? ¿Qué más daba todo eso si, por loco que sonase, me moría de ganas por oír de nuevo su voz?
Pero no ahora, joder. No ahora, con mi madre en el salón. Elaborando millones de preguntas con las que fusilarme en cuanto volviese. No, no.
¡Maldita tecnología! Las manos me sudaban, me notaba una flojera de piernas que iba aumentando a medida que transcurría el tiempo. ¿Acaso no podía quitarse el puñetero sonido?
Por fin desactivé el sonido. Un segundo después, recibí la llamada.
—Llámame más tarde —susurré.
—Tengo una idea mejor, Cristina. ¿Qué tal si llamo a tu madre?
No sé qué me hizo pedazos mi mundo: que el pervertido dijese conocer el número de mis padres o que conociese mi nombre.
Guardé silencio. Una indescriptible sensación de desamparo me caló hondo.
—¿Cómo…?
Su risa honda y cavernosa me cubrió por completo.
—Sé dónde vives, ¿recuerdas? Tu buzón y la búsqueda de tus apellidos por la guía telefónica no me llevaron más tiempo del que tú necesitaste para reponerte del orgasmo.
—¡Calla!
Sentía mis mejillas tan encendidas que hasta me dolían. Un ardor intenso comenzó a abrasarme el pecho.
Su risa se oyó de nuevo, más grave, más siniestra, más burlona.
Aquello había ido demasiado lejos. No tenía intención de perder mi intimidad ni de involucrar a mis padres por una jodida paja. Así se lo dije, apretando tanto los dientes que me dolían las muelas.
—Escúchame, hijo de la gran puta. Olvídame para siempre, para ti estoy muerta, ¿entiendes?
El pervertido chasqueó varias veces la lengua. Incluso sus chasquidos sonaban tan graves, tan melodiosos. Se me encogió el estómago.
—Lamento mucho tu enfado, Cristina.
—¡Olvida mi nombre!
Una pausa larga siguió a mi súplica murmurada. Si lo hubiese tenido delante lo hubiera matado sin dudarlo. A medida que el silencio se dilataba, más le temía. Y llevaba razón.
—Muy bien. Obedeceré. Seré bueno. No te molestaré nunca más. Con una condición.
Suspiré mientras me llevaba la mano a la frente. Me asusté al sentirme la piel tan caliente, me miré la palma de la mano estupefacta. ¿Qué tenía su voz para afectarme tanto? Era afrodisíaca.
—Quiero que te lo metas. Quiero oírte gozar.
—¿De qué coño hablas, chalado?
—De tu consolador, claro. Estoy totalmente seguro que a una chica joven y curiosa como tú no le falta ese accesorio.
Me mordí el labio inferior hasta hacerme daño.
—Estás enfermo, loco hijo de puta. ¿Qué quieres, que me lo meta mientras mi madre está ahí fuera?
No me respondió.
Tres, cuatro segundos, cinco, seis.
—Estás tardando —dijo de repente, con voz lenta.
Esta vez me mordí la carnosidad interior de los labios. ¿Pero qué coño había hecho yo para que me torturasen de esta manera, joder?
—Espera.
Abrí la puerta del cuarto de baño manejando el pomo con delicadeza exquisita. Tenía el artilugio dentro de la mesita del dormitorio. Por suerte no tenía que pasar por el salón. En el silencio de la casa, mientras caminaba de puntillas, escuchaba a mi madre respirar y a su dedal metálico tintineando con la aguja. El cajón del mueble fue algo más complicado: requirió de movimientos quirúrgicos para abrirlo y sacar la caja sin emitir un solo sonido.
Cuando volví, aparte de cerrar la puerta del cuarto de baño, giré el pasador de seguridad del pomo. Si mi madre sospechase algo, me moriría de vergüenza. Pero, por otra parte, ¿por qué había llegado tan lejos con esta mierda? Algún interruptor en mi cabeza se activó.
—Estoy aquí —dije volviendo a sentarme en el inodoro.
—Te noto la voz más animada.
Levanté la vista al techo, resignada.
—¿Tengo que reírme? Reza para que no te encuentre, cabrón. Te mato, juro que te mato.
—Claro que sí, Cristina. Vas a tener motivos de sobra. Pero, ahora, ya sabes lo que toca.
Ya, y un huevo.
—¿Y si no quiero? ¿Quién dice que una mujer no pueda tener un puto consolador? Es el siglo veintiuno, coño. Y en cuanto a llamar a mis padres, ¿qué? ¿Y si mi madre también quiere disfrutar con tu voz? No he hecho nada malo, masturbarse no es pecado, esto no es la Inquisición, joder. ¿Por qué coño tengo que hacerte caso?
Silencio por su parte. Una sonrisa por la mía.
Inspiré profundamente; estaba sofocada pero aquella respiración honda me hizo mucho bien. De nuevo, el control de mi vida me pertenecía. Jaque mate, fin de la partida. A joderse tocan, madurito de los cojones.
—Escúchame bien, Cristina. Tienes veintiséis años, un trabajo de técnico de sonido en una emisora de radio de segundas, precario y sin esperanza alguna de progreso. Tu novio, aquel con el que soñaste casarte, fue un inmaduro rastrero. Buscas polvos ocasionales para cubrir necesidades sexuales ocasionales. ¿Por qué? Porque tienes una vida insulsa, Cristina, una vida que tú misma odias y desprecias. Mi irrupción en tu existencia te ha ofrecido una razón, una jodida y puñetera razón para seguir viviéndola. Soy la sal y la pimienta en tu insípida existencia. ¿Quién crees que disfrutará más con este juego, yo o tú? ¿Qué recordarás el día de mañana, tu lamentable discurrir de los días o las veces que te hice tocar el cielo?
Tragué saliva. Cerré los ojos y me mordí el labio superior. Notaba como varias lágrimas luchaban por precipitarse mejillas abajo.
—Vale. ¿Qué quieres que haga?
—Métetelo.
Dejé el teléfono entre mis pies. Abrí la caja. La verga de silicona rosa pareció removerse en el plástico que la acogía. Una de las pilas cayó al suelo y rodó por él. La recogí, destapé el extremo de la polla, introduje las baterías y giré el extremo hasta el tope. Retomé al pervertido que ya no me parecía tan pervertido ni yo tan inocente.
—¿Cómo lo hacemos?
En cuanto pronuncié la pregunta, me mordí la lengua. Al usar el plural, admitía mi participación, manifestaba mi complicidad. Ignoraba que iba a ocurrir. Solo sabía que iba a ser algo grande, jodidamente grande.
Su risa volvió a oírse. Dotada de multitud de matices sonoros, sus notas graves reverberaban en mi cabeza como aleteos de un ave gigantesca.
—¿Tengo que explicártelo? De verdad, Cristina, hay veces que me desconciertas.
—No, idiota. Que qué quieres que haga con todo esto.
—Lo siento, supuse que era obvio: volver con tu madre.
Se me paralizaron todos los músculos del cuerpo. Quise coger aire pero sentía como si alguien presionase mi pecho y bloquease mi garganta.
—No… no jodas. ¡Es mi madre!
Un crepitar de estática se oyó lejano. Después, un ligero zumbido. A continuación, el pervertido volvió a hablar. Su voz sonaba lejana, como si se hubiese apartado del micrófono.
—Acabo de conectar el altavoz de mi teléfono. Sugiero que hagas lo mismo con el tuyo. Mantén la línea abierta. Estaré escuchando en todo momento.
Me remojé los labios; me mordí el inferior. Tragué saliva.
Me bajé las bragas, me arremangué la falda. Me senté de nuevo sobre el inodoro y abrí las piernas.
Unté el dildo con la muestra de lubricante al agua que había en la caja. Me arrimé al borde del inodoro y abrí mis genitales externos.
Esperaba encontrarme seca y fría pero el calor que emanaba de mi vulva acompañó a la abundante humedad que bañaba mi entrada. Me sorprendió encontrarme tan dispuesta a aquella locura.
El pene entró con tanta facilidad, se escurrió en mi interior con tal rapidez, que únicamente lo sentía avanzar a causa de la diferencia de temperatura.
Un profundo gemido escapó de mi garganta.
—Nena, ¿estás bien?
—Sí, mamá, ya salgo —clamé con voz aflautada.
En cuanto la silicona adquirió mi calor, la vagina comenzó a habituarse al cuerpo extraño. Me levanté, me subí las bragas y me coloqué la falda. Di algunos pasos por el cuarto de baño.
La sensación lindaba entre la incomodidad y el placer. Hasta que vinieron las contracciones. Me doblaba y me llevaba las manos a la entrepierna, incapaz de aguantar los espasmos de mi vientre. Arrancaban pedacitos de placer a mi cabeza, cada vez más enferma.
“Doblemos la apuesta”, pensé de repente, apoyada en la pared.
Manipulé el extremo del dildo bajo las bragas. Un zumbido casi inaudible me envolvió. Las vibraciones repartiéndose por mi interior me hicieron contraer los músculos del cuello. Intenté ponerme derecha, aparentar normalidad. Pero la saliva corría ingente por mi boca, mis dedos temblaban como hojas al viento y mis piernas amenazaban con dejar mi cuerpo tirado en el suelo en cualquier momento.
Tiré de la cadena de la cisterna, y abrí la puerta del cuarto de baño. Insistí obcecada varias veces con el pomo hasta darme cuenta que había girado antes el pasador de seguridad.
La clave, sonreí confiada mientras andaba hacia el salón, era dar pasitos cortos y caminar cerca de cualquier asidero provisional por si acaso. Piernas tan juntas que pareciesen una sola. Intenté improvisar una excusa para mi estrambótico caminar, también para mi anterior gemido. Además, me era urgente domar el corazón que parecía desesperado por provocarme un infarto. Brazos bien abiertos, manos dispuestas a agarrarse a lo que fuese.
Mi madre tardó en levantar la vista del pantalón. Me miró por encima de sus gafas de pasta acercarme hasta el sofá.
—Cristina, ¿te ocurre algo?
Apretaba tanto los dientes que pensé que se me saltaría hasta el primer empaste.
—Ay, mamá, cómo duele. Creo que me he roto el culo.
Mi madre sonrió, se levantó y me ayudó a sentarme en el sofá.
—¿Te tomas los comprimidos de fibra después de comer?
Afirmé con la cabeza. Un suspiró escapó de mis labios al sentarme. El consolador presionaba con fuerza sobre mis paredes y el ronroneo vibrador me hacía añicos cualquier esperanza de controlar una sonrisa que pugnaba por dibujarse en mi cara.
—¿Cuánto tiempo?
Miré a mi madre extrañada. No comprendía su pregunta. Bastante tenía con interpretar una inflamación anal, ocultar los efectos de una verga taladrando mi coño y borrar la estúpida sonrisa de mi cara. Dejé el teléfono en la mesa a nuestro lado.
—¿Desde cuándo no vas al servicio?
—Unos días. Pero deja eso, mamá, sigamos cosiendo, anda.
Me removí en el cojín, el dildo me estaba torturando incansable, inagotable. Tomé la aguja entre los dedos. Me asusté al verla vibrar; pensé que si el consolador se movía así en mi interior, tarde o temprano iba a estallar y gritar desaforada.
—Toma, Cris, enhébrame este hilo que ya casi no veo.
Mamá me extendió el hilo. Traté de agarrarlo varias veces, pero era una empresa imposible. Manoteé en el aire varias veces, parecía estar espantando moscas. Me notaba las axilas chorreando, el sudor me bañaba la espalda por completo, incluso notaba las gotas de sudor correr por mis sienes.
Mi madre se asustó al ver mi patética actuación. Me tomó una muñeca con determinación.
—¡Dios de mi vida, hija mía! ¿Tú sabes la fiebre que tienes, chiquilla?
Me hizo levantar y me dio la vuelta. Ahogó un gemido al ver mi espalda húmeda.
Tomó el teléfono y marcó con rapidez.
—Ahora mismo llamo a urgencias, que nos traigan una ambulancia.
No podía pensar, el placer era inabarcable. Era tan inmenso que desbordaba. Solté un chillido tan intenso que mi madre me miró atónita. Tras unos segundos, apartó el teléfono de su oreja.
—Hija, ¿pero qué es esto? Hay alguien riéndose al teléfono.
Me solté de su mano y caí al sofá. Gemí tan hondo y fuerte que mamá cayó de espaldas sobre el sofá. Se cubrió la boca abierta de par en par cuando me subí la falda y alcé una pierna en el aire.
—¡Mamá, que me corro, joder, que me estoy corriendo!
Me saqué el consolador y lo tiré al suelo. Botó sobre el parqué. El bicho se revolvió como una anguila, vibrando, reptando, manchando el suelo con su húmedo recubrimiento.
Azucé mi sexo. Mis dedos emborronaron mi botón. Chillaba y clamaba al cielo. Aquel orgasmo era inigualable. Todo mi cuerpo participó, espatarrado en el sofá, revolcándome en mi propio placer. Solo existía yo y mi orgasmo, nada alrededor mío, todo eran luces multicolores bajo mis párpados. Grité y aullé hasta dolerme la garganta. Jamás sospeché que tanto goce podía desparramarse por mi cuerpo; bombas de éxtasis estallaban al unísono en mi cabeza.
Fue solo tras un largo momento que pude regresar a la realidad.
Mi madre me miraba del revés, tan pasmada, tan quieta. O quizá era yo la que estaba cabeza abajo.
—Mamá, ¿te quedas a cenar?
No respondió. En su lugar, dirigió su mirada hacia el consolador; había alcanzado la esquina de una pared y su zumbido revolucionado repiqueteaba en el parqué.
—Te lo puedo prestar. Te enseñaré a usarlo.
Y vosotros/as, ¿alguna vez habéis llegado hasta estos extremos como Cristina al hacer una locura?

lunes, 5 de marzo de 2012

La llamada de un pervertido


—La llamada de un pervertido—

—Hola, ¿eres tú?
El teléfono había sonado varias veces. En la pantalla digital del teléfono de sobremesa parpadeaba: “Privado”. Había dudado si descolgar o no. Estaba atareada, haciendo la cama. Al cabo de cinco timbrazos, terminé por descolgar, enredarme con el cable, y, tras un “¿Dígame?”, escuché una voz grave, profunda que me hizo la pregunta. Tardé unos segundos en responder.
—Disculpe, ¿por quién pregunta?
Una pausa. Y luego, una risa subterránea. No relacioné esa risa con ningún familiar ni amigo. No sonaba agresiva ni burlona. Era una risa que parecía acariciarme el cuerpo entero, hasta mi piel vibraba. Trabajo como técnica de sonido en una emisora, adoro la voz humana.
—Pregunto por ti, claro.
Instintivamente, me ceñí la bata alrededor de mi cuerpo. Imaginé a alguien al otro lado de la línea, un hombre maduro por el extremadamente grave timbre vocal, divirtiéndose con la broma, disfrutando de mi sorpresa.
—No me interesa, gracias —respondí como cualquier otra llamada comercial.
—¿No te interesa? Aún no me has dejado…
Colgué sin escucharle.
¿Quién era? ¿Por qué a mí?
Intenté acallar mi curiosidad, pero el mal estaba hecho. Mi cabeza empezaba a hacerse preguntas. Sabía que debía acallar esa vocecita interior que me preguntaba qué estaba ocurriendo.
Doce segundos. La duración de la llamada parpadeó varias veces en la pantalla digital antes de ser sustituida por la hora: las nueve y cuarto. Me pregunté quién era el estúpido que se dedicaba a llamar a un número al azar la mañana de un martes cualquiera.
Un perturbado en potencia, eso era; si le hubiese dejado continuar habría escuchado su respiración entrecortada mientras se masturbaba. No me cabía duda de que eso era lo que perseguía el demente al otro lado de la línea. Habría probado con varios números, contestándole hombres o mujeres maduras. Cuando respondí yo, inició su juego. ¿Me había parecido oír una bragueta abriéndose mientras se reía? Quizá, bien pudiera ser. Quizá estuviese ya desnudo, preparado.
Mal asunto. Empezaba a barruntar sobre él y la llamada. Mi cabeza empezaba a imaginarse cosas, mi curiosidad innata había iniciado todo esto. Menudo cabrón.
Sonreí. Al menos, había sido algo nuevo; había que mirar las cosas por el lado positivo. Me había llamado un pervertido a las nueve y cuarto de la mañana, pero también había experimentado un momento de curiosidad, de incertidumbre. Bien, una nueva experiencia. Ya está. Era hora de hacer las tareas de la casa.
Pero no me moví del teléfono.
Casi, sin saber por qué, deseé que aquel degenerado llamase de nuevo. Me encantaría volver a escuchar su voz. Rica en matices, renqueante, sensualmente profunda. Lástima que fuese la voz de un marrano.
Me sorprendí mirando fijamente el teléfono de sobremesa, esperando oír la señal de llamada. Porque (y ahora lo tenía claro) no había motivos para no confesar lo obvio: quería que llamase otra vez.
Esperé. Me crucé de brazos. Escuchaba en la quietud de la casa el golpeteo lejano del segundero del reloj de la cocina. Recordé que tenía que bajar a hacer la compra, luego ir al banco a ingresar la cuota de la comunidad. Asocié el dinero con la jornada de trabajo de la tarde; tenía que ducharme, peinarme. También tenía que llamar a la peluquería, las raíces comenzaban a notarse demasiado. Tenía que hacer mil cosas por la mañana, pero seguía aquí plantada, mirando el teléfono. La pantalla digital mostraba las nueve y media.
El teléfono sonó de nuevo. Sentí un pinchazo en el pecho, un estallido de adrenalina, un retumbar de latidos. “Privado”. Descolgué. El teléfono se me escurrió de mis dedos, hice malabares en el aire, al final lo agarré del cable rizado, tiré de él, alcancé el auricular y me lo llevé a la oreja.
—¿Hola?
—¿Ahora respondes con un “hola”? Qué graciosa.
Me mordí el labio inferior. Qué tonta soy. Punto para él.
Su voz era profunda, dos o tres octavas inferior a la de cualquier voz que hubiese oído antes.
—¿Quién coño eres?
Su risa inundó la línea telefónica. Esta vez duró varios segundos o me pareció que duraba más que antes.
—¿Quién crees que soy?
—Un marrano, un pervertido —contesté sin dudarlo.
—¿Un pervertido que te llama un martes por la mañana?
Me senté en el sofá que tenía al lado, las piernas me temblaban, también necesitaba apoyar el brazo con el que sostenía el teléfono. Su voz parecía trascender el auricular. Nadie podía tener una voz tan grave y sensual y, a la vez, ser un pervertido. Pero él quiso serlo:
—Vale, seré un pervertido.
—Pero no lo eres.
—Lo seré si tú quieres.
Su voz era pausada. Poseía una resonancia fuera de lo común. Pero también era suave, melodiosa, como la de un tenor. Era una voz tan sensual como electrizante.
Me abrí la bata, los sofocos me estaban acalorando. No tenía sentido negar lo evidente: su voz me agradaba.
—¿Cómo vas vestida?
—No te importa.
—¿Cuántos años tienes?
—Tampoco te importa —respondí algo reticente. No quería darle ninguna pista acerca de mí— ¿Cuántos años tienes tú?
—Cincuenta y seis.
Fruncí el ceño pero luego tragué saliva, aceptando el dato como cierto. Su timbre era grave, su tono era tranquilizador: bien pudiera estar diciendo la verdad. Los pervertidos no tienen edad, todos tenemos uno oculto. Pero, aun así, me sorprendió estar hablando con un desconocido que me sacase más de treinta años.
—¿Estás sola?
—Puede que no.
Una pausa dilatada. Escuché su respiración calmada. Incluso aquel crepitar sordo, era sensual.
Siguió sin hablar. ¿Estaría echándose para atrás? Mis respuestas eran demasiado imprecisas. Si quería seguir oyéndole, debía ofrecer algo a cambio. Él me había dicho su edad, parecía un trato justo. Y su voz era tan divina…
—Sí, estoy sola.
—¿Sabes lo que tengo en mi mano derecha?
Tu polla. Con tu mano agarras tu polla. Te estás pajeando a mi costa, imaginándome desnuda, cabrón degenerado; esbozando en tu retorcida mente formas exuberantes, agregándome atributos imposibles. Pero no puedo culparte: yo también me imagino tu miembro erecto. Grande, grueso, de proporciones irreales.
Mi imaginación navega desbocada.
Paso mi lengua por los labios, los noto hinchados y calientes.
—¿Qué tienes en tu mano derecha? —pregunto con un hilillo de voz.
—Es tan grande…
Claro que sí. Enorme, surcada de venas. Un glande sonrosado, brillante. Tus cojones brincan con cada sacudida.
Doy un respingo cuanto me noto la otra mano sobre mi vientre. No sé cómo ha ocurrido, mi imaginación ha tomado el control de mi cuerpo. La aparto, la poso en el cojín del sofá. Pero luego la vuelvo a colocar donde estaba, aunque más abajo, sobre la cinturilla del pantalón del pijama. ¿Por qué no? Me estoy excitando. Solo veo en mi cabeza su polla dura, su mano empuñando un grueso tallo, frotándola con ritmo creciente. Cierro los ojos, notando mi sangre bullir.
—¿Te estás tocando? ¿Estás imaginándome desnuda?
—Al igual que tú.
Un calor intenso me abate el pecho. Suspiro profundamente. ¡Qué hijo de puta! ¿Cómo habrá adivinado mis intenciones? Mi mano se escabulle dentro del pantalón, busco mi entrepierna. Noto un calor húmedo brotando de mi sexo. No puedo remediarlo, es más fuerte que yo. Pellizco mi pubis, un ramalazo de placer me recorre la espina dorsal, me remuevo en el sofá. Abro las piernas, me arrellano en el respaldo.
—Háblame —pido cuando pasa el tiempo sin escuchar más que su respiración ruidosa. Me he dado cuenta que su voz no me agrada. Me excita. Me incita.
—Ayer me encontré con mi vecina en el ascensor.
—¿Cómo es ella?
—Es como tú.
Una satisfacción inexplicable me hace sonreír. Acaricio mi sexo, noto las primeras humedades chasquear. Suspiro extasiada, no sé si por el frotamiento al que someto mi coño o por la imagen que se ha formado en mi mente: yo en el ascensor, con él a mi lado. Un hombre maduro, sonrisa enigmática, pelo alborotado y plateado, mirada penetrante, voz grave y ronca.
—¿Qué sucedió?
—Llevábamos tiempo esperando aquella ocasión. Detuvimos el ascensor.
—Sigue.
—Nos miramos. Dimos vueltas dentro del habitáculo, uno alrededor del otro, observándonos, midiéndonos.
—Os enganchasteis.
—Como dos fieras. El ascensor tembló cuando la empujé, cuando te empujé sobre una esquina.
Sonrío, me noto salivar en abundancia. A la vez, hundo varios dedos bajo la braga, sorteo mi vello ensortijado, accedo a mi hendidura. Mi humedad aflora. No pienso en lo que hago, no quiero pensar, sólo imaginar. Deslizo los dedos arriba y abajo, anegando mi vulva con los primeros fluidos. Luego me llevo los dedos a la boca. Noto varios pelillos rizados en mis labios. Degusto mi excitación, mi placer licuado. Trago saliva varias veces.
—Mientras te comía la boca, fui desabotonando tu blusa.
Mi placer sube de repente, un espasmo me sacude la espalda. Aprieto los párpados, sus palabras, hondas y pausadas, me dan margen suficiente para recrear mi fantasía.
—Llevaba aquel sujetador que tanto te gusta —continúo de repente yo.
Mis palabras me excitan. Sentía la necesidad de entretejer mi voz en la historia. No me detuve a pensar qué decía, hablaba mi placer, mi ansia. Escabullo la mano bajo la camiseta del pijama. Amaso mis pechos, encuentro mis pezones duros, afilados.
—Hundiste la cara entre mis pechos, besaste mi piel, deslizaste el sujetador sobre mi torso, lamiste mis pezones.
Débiles espasmos en el pecho y las caderas se sucedían a medida que torturaba mis pezones.
—Me sujetaste la cabeza, hundías los dedos entre mi cabello, presionaste mi cara sobre tus pechos. Bajé una mano por tu vientre, palpé tu piel candente, el deseo te hacía retorcerte.
Era justo así. Notaba pequeños temblores en mi cintura, daba pequeños respingos sobre el sofá mientras pellizcaba mis pezones. Me era sorprendentemente fácil imaginar su gran mano abarcar mis curvas, escabulléndose bajo mi falda.
—Me arremangaste la falda, tu mano se ahuecó sobre mis bragas. Arañé tu cuero cabelludo mientras me mordías los pezones inflamados.
—Llevabas tiempo fantaseando con mi pecho velludo y bronceado. Me empujaste al otro extremo del ascensor, las paredes temblaron de nuevo. Me arrancaste la camisa, los botones saltaron y rodaron por el suelo.
—Besé tu pecho, apresé entre mis dientes tu vello espeso, lamí tus tetillas. Gemías y me agarrabas del pelo. Me tiraste de él y llevaste mi boca hacia la tuya. Mi saliva te encendía, mi lengua te quemaba.
Mis dedos descendieron de nuevo, esta vez hacia el interior de mis bragas. El horno encharcado que me encontré allí derretiría hasta el hielo. Mis dedos repartían las humedades por los intersticios labiales y apelmazaban el vello púbico.
—Tus manos desabrocharon mi cinturón, bajaron los pantalones. Tu boca apresó mi verga a través de los bóxer; lamiste su longitud, desesperabas por tenerla en tu boca.
Ligeros temblores en mi pubis me indicaron que el orgasmo llamaba a mi puerta. Aferré el teléfono con una mano mientras con la otra prodigaba urgentes caricias a mi motor revolucionado. Contraigo los abdominales, me preparo para los espasmos. Cantidades ingentes de saliva se acumulan en mi boca, trago a la máxima velocidad que me deja mi respiración.
—Me deshice de la prenda. Tu polla mostraba un esplendor divino. Grande, gruesa, mis manos no alcanzaban a rodearla. Su dureza… su dureza…
Me fue imposible continuar. Gemí sin contenerme. Todo mi cuerpo se tensó, oleadas de placer sacudieron mi vientre. Apreté los dientes, azuzando con ráfagas veloces mi clítoris, dilatando la marejada de placeres. La saliva se me escurría por las comisuras, mis manos zumbaban, mis dedos desfallecían. Y, aun así, la voz grave y sinuosa del pervertido maduro me torturaba sin piedad.
—La dureza de mi polla te sobrecogió. Tus dedos dibujaron caricias, tus uñas arañaron sendas, tu lengua estampó su sello húmedo.
Su voz tenía el don de la melodía. Se sincronizaba perfectamente con mis contracciones abdominales. O quizás era yo quien acoplaba los embates de mi corrida al ritmo de sus palabras. El placer me inundaba sin descanso. Gemía, murmuraba, siseaba, el orgasmo era inacabable. Su voz no se detuvo, continuó espoleando mi imaginación, alargando mi agonía.
—Engulliste hasta donde tu boca pudo tragar. Tu saliva bañaba mi glande, tus manos estrujaban mis cojones. Lamías, arañabas, succionabas. Tu ímpetu era arrollador, no pude postergar por más tiempo mi corrida. Mi semen inundó tu boca. Los trallazos eran desmesurados. Me vacié por completo en tu interior, tragabas cada gota de mi esencia, tu garganta se afanaba incansable por deglutir cada eyaculación, cada inyección de mi néctar…
—Detente, para ya.
Necesitaba un descanso, me sentía todo el cuerpo baldado y sucio. Los ecos del orgasmo aún se manifestaban en un rilar de piernas incontrolable. El corazón me retumbaba, las sienes me palpitaban, sudaba generosamente.
—Tengo que reponerme —supliqué. Lamí las puntas de mis dedos cubiertos de mis humedades tibias. El sabor de una corrida es tan delicioso como adictivo. Pero mi cuerpo clamaba reposo. No estaba acostumbrada a tanto placer desbordado. Era increíble lo rápido que aquel hombre había conseguido en tan poco tiempo con su voz. Pero también debía admitir lo rápido que había sido yo en sumergirme en su historia. Lo tenía claro: su voz era mágica.
—Has disfrutado —susurró lentamente.
Sonreí mientras me rebañaba los dedos. El desconocido había interpretado con certeza mis gimoteos. Una risa confortable me salió de los labios. Él también se rió, con su risa honda, enigmática. ¿Sabría que su voz me estremecía hasta el alma? Aun distorsionada por la señal telefónica, su timbre grave me hacía burbujear la sangre.
Llamaron a la puerta. El timbre musical se oyó lejano. Era chirriante en comparación con su voz.
—Tengo que dejarte.
—¿De verdad tienes que hacerlo?
Su pregunta llegó tras una breve pausa. Seguía siendo calmada, suave. De repente, recordé que en ningún momento había notado diferencias de velocidad en su voz durante la conversación. No era posible que alguien se corriese sin afectar a su respiración, sin que trasluciesen los embates de los espasmos musculares. Una duda me poseyó.
Sonó de nuevo el timbre de la puerta. Ahogué el micrófono del teléfono con una mano y respondí con una voz.
—¡Ya voy!
Manoseé el teléfono con ambas manos. Quise saber la respuesta a mi duda.
—¿Te corriste?
Su risa nasal me acarició el oído con su timbre resonante. La ausencia de respuesta por su parte me confirmó mi duda:
—Ni siquiera te estabas tocando, ¿verdad?
Se rió aún más. Su risa adquirió un tinte burlón, inteligente, artero. Me respondió al cabo de unos segundos. Pero, en ese momento, llamaron de nuevo a la puerta.
—¡Que ya voy, joder!
Cuando volví a colocarme el auricular en la oreja, sólo alcancé a escuchar el final de su respuesta.
—… ascensor, ¿importa eso?
Luego colgó.
Escuché el tono monocorde del teléfono y después miré el auricular unos instantes.
Me levanté del sofá. Las rodillas me crujieron, mis piernas amenazaron con sacudidas: la tensión experimentada aún me pasaba factura. Al asomarme por la mirilla de la puerta, no vi a nadie en el pasillo. Estiré el elástico de las bragas sudadas sobre mis nalgas, ceñí la bata y abrí la puerta.
Me asomé al pasillo y no había nadie.
Antes de cerrar, me percaté de la nota que había sobre el felpudo. El anverso estaba en blanco. En el reverso, con pulcra caligrafía, estaba escrito:
“Hasta la próxima vez que coincidamos en el ascensor”.