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martes, 21 de diciembre de 2010

La hidra de Viceka (1)

PRÓLOGO
—No —contestó Braco.
El hombre que estaba sentado al lado del trono, sobre los escalones forrados de lustrosa piel de conejo, agachó su cabeza. Era irrespetuoso contrariar al monarca, tanto por protocolo como por sentido común: aquel hombre era enorme, más de dos metros largos de músculos tensos e hinchados bajo ropajes de seda brillante y ostentosa. Perfumes corporales, perfumes intensos, limpieza inmaculada, peinado aceitoso, barba recortada, axilas depiladas…, todo en aquel hombre gigantesco reiteraba un recalcado y excesivo cuidado narcisista.
—Dile que no —repitió Braco mirando a lo lejos, hacia la plácida oscuridad del extremo de la gran sala.
El otro hombre, hombrecillo en comparación, tragó saliva y quiso atreverse a formular una pregunta tras una digna explicación.
—Vuestra alteza, mi señor, mi dios… —paró cuando el monarca desvió su mirada hacia él—. Su divina esposa me ha solicitado para mañana mismo un primer escrito sobre vuestras aventuras y memorias. Ha incidido, sobre todo, en el capítulo dedicado a su muerte y…
—Quieres saber de la milagrosa existencia de la reina —interrumpió Braco.
El hombrecillo sonrió y afirmó con la cabeza.
—Vinomiel —pidió el monarca con un vozarrón que hizo temblar las paredes de la sala de audiencias.
Un sirviente apareció de las sombras de un rincón portando en su hombro una gran pellejo de piel y tendió a Braco una exagerada copa de plata con incrustaciones de piedras preciosas. Vertió un chorro de licor espeso y dulzón.
Braco saboreó el brebaje de hierbas y una sonrisa empezó a florecer en su gruesa mandíbula. Mostró unos dientes parejos y blancos. Frunció su ceño.
—Escribano —dijo mirando por primera vez al amanuense—. Mi vida, no hace muchos años, era fácil de llevar y divertida de arrastrar. Te hablo tan solo de cinco años atrás, cuando simplemente era un asqueroso rufián cuya máxima aspiración era montar a las hembras más hermosas, destripar a todo aquel o aquello que me importunase, robar a incautos e idiotas y calmar mi sed con brebajes que me aturdieran hasta dejarme casi muerto. Los dioses no me hacían caso, y mejor así. No tenía ningún dinero encima y solo contaba con una espada, unas pocas monedas y una arrogancia que aún no ha conocido rival.
El hombrecillo había colocado sobre sus rodillas una resma de pergaminos que embadurnaba presto con palabras y símbolos, asintiendo de vez en cuando con la cabeza.
—Toma buena nota —rió Braco al contemplar la rapidez de la escritura del escribano—. Cuando caiga borracho ya no habrá más que contar. Y sí mucho que añorar.
 

1.
Bostecé aturdido y desorientado, incapaz de recordar nada de lo que había sucedido la noche atrás e, incluso, días antes. Tenía la mente bloqueada, la memoria deshecha. Los efectos del alcohol me amodorraban los sentidos y los movimientos, y me crispaban los nervios. Estaba en un pajar, en penumbra. Rayos de luz se filtraba por las rendijas de las paredes destartaladas y el polvo flotaba en el aire. Había despertado porque en el exterior alguien estaba clavando algo y los martillazos resonaban en mi cabeza, insidiosos. Iba a aullar que se detuviese el malnacido que me importunaba cuando tomé conciencia de la hembra que tenía a mi lado, desnuda como yo, con las briznas de paja pegadas a su cuerpo.
Era muy joven, de facciones suaves, algunos arañazos en la tez, cabello largo y dorado, y cuerpo rebosante de atributos femeninos. Cientos de tatuajes finos y elaborados decoraban toda su piel, desde su frente hasta los dedos de sus pies. Era muy bella. Pero también era muy inconsciente. Si no, no hubiera accedido a yacer con un desgraciado y ladrón como yo, que no podía pagar una puta y menos ofrecer a una joven una vida decente más allá de cópulas interminables y latrocinios de poca monta.
O eso o la había forzado, lo cual me hubiera disgustado; mi encanto se resistiría. Pero viendo la placidez de su dormitar lo dudaba. Intenté recordar qué había sucedido la noche anterior, los días anteriores, porqué me encontraba en aquel pajar, qué hacía en aquel pueblo, dónde estaban mis ropas, mi espada, qué, qué, qué.
El asno que estaba atado en el extremo del pajar rebuznó cuando un recuerdo empezaba a formarse en mi cabeza. Aquella muchacha me era conocida, muy conocida. Pero el rebuzno me había despejado la mente.
Por fortuna el martilleo exterior cesó y aunque luego fue seguido del rumor de un gentío, el ruido era más soportable. La joven gruñó algo y se estrechó a mí en busca de calor. Estampó su sexo desnudo en mi muslo y sentí el agradable calor que su interior desprendía. Mi verga comenzó a hincharse y pronto sentí la necesidad de aplacar aquel calor que me traspasaba la pierna.
La tendí boca arriba, despertándola, y me arrodillé sobre sus tiernas y blancas carnes. Abrió los ojos y me miró con una sonrisa lúbrica, pasándose la punta de la lengua por los labios sonrosados.
—Veo que te has levantado con ganas, gigantón —dijo acariciándome el miembro erecto que se sostenía en el aire entre su vientre y el mío.
Sonreí. Comprobé con un dedo que su interior estaba húmedo y, sin esperar su consentimiento, deslicé la mitad de la verga en su prieto sexo. La joven ahogó un grito que mezcló dicha pero también dolor. Otro golpe de caderas y hundí el resto de mi miembro. Abrió los ojos sorprendida y emitió un siseo quejumbroso con los dientes apretados.
—Hijo de… una ramera —chilló entre empellones— ¡Me vas a romper en dos!
Pasó sus brazos alrededor de mi cuello y sus piernas abrazaron mi cintura. Con cada embestida sus pechos se revolvían desparramados por sus costados y sus carnes se agitaban mientras de sus labios manaban insultos. Se mordía los labios y resoplaba como una vaca. Su interior era acogedor y caluroso.
—¡Boñiga, excremento de rata, hijo de cien padres! —aullaba. Y sus uñas se clavaban con fuerza en mi piel y sus piernas temblaban agarrotadas.
Me apoyé a cuatro patas y ella me abrazó con brazos y piernas, elevándose sobre el suelo de paja. Las briznas volaban sobre nosotros, barridas con su rubia melena alborotada mientras cada movimiento provocaba un nuevo vaivén de su cuerpo columpiado en el aire.
Meció la cabeza sobre la paja mientras recitaba plegarias y sonreía gozosa. Cuando comenzó a temblar y vibrar embargada por su éxtasis, aflojó la presa de sus brazos y piernas y cayó derrumbada sobre la paja, desmadejada. Varios chorros de esperma espeso regaron su cuerpo.
Me miró al cabo de unos segundos cuando se recompuso. Mis fluidos la salpicaban los pechos y el vientre, su mandíbula y su cabello de paja o la paja de su cabello. Me señaló un rincón oscuro del pajar con un dedo tembloroso.
—Recoge tu ropa mugrienta y tu espada endemoniada, hijo de mil rameras, y márchate.
No la respondí. Al lado de mi taparrabos estaba su vestido, una sencilla túnica gris, rasgada decenas de veces y remendada otras tantas. Me calcé las sandalias y até el taparrabos a mi cintura. Luego me coloqué el cinto de la vaina al hombro y deslicé la espada dentro. Me giré hacia ella antes de abrir la puerta del pajar. Sus palabras estaban teñidas de desprecio fingido.
—Ni me reconoces, ¿verdad? Vete, monstruo inmundo, aléjate de mí, búscate una yegua donde hundir tu aberrante verga.
Sonreí. Y ella, tras unos segundos, me devolvió la sonrisa. Salí a la luz de la mañana.
El pajar estaba situado cerca de la plaza central de un pueblo. Casas arremolinadas en los bajos de una ladera cubierta de bosques de oscuro verde. Estiré los brazos hacia los lados y luego hacia arriba, bostezando e hinchando mi pecho, sintiendo como todos los músculos de mi cuerpo crujían con agradables sonidos.
Cómo saber que, días más tarde, los crujidos de mis miembros tendrían otro doloroso significado.
En el centro de la plaza, al lado de una fuente, varios lugareños se apiñaban alrededor de un poste. Varias gallinas correteaban entre mis piernas. Me acerqué y aparté a algunos para ver la nota que había clavada. Tenía algo escrito.
Miré hacia abajo y pregunté al que tenía las ropas menos andrajosas.
—¿Qué dice ahí? —pregunté con tono ronco. Necesitaba algo de beber para calmar la sequedad de la garganta.
Posé mi mano sobre su hombro. Mis dedos se asemejaban a sus brazos, mis muñecas a sus muslos. El hombre comenzó a temblar al gigante que era en comparación.
—Una recompensa… —balbuceó—, dan una recompensa por traer un cántaro de sangre de la hidra de Viceka.
—¿De Viceka?
—La laguna más allá de estas montañas, cruzando el horizonte tres veces —aclaró.
Eso me recordó algo. Hidra. Viceka. Caudiona. Malditos fuesen los dioses, el dolor de cabeza era descomunal.
—¿Qué recompensa? —pregunté.
—La gratitud… la gratitud del rey.
Emití un bufido de desprecio.
El gentío había cambiado el epicentro de su atención hacia nosotros.
—Está loco si cree que alguien puede abatir a la hidra —dijo uno.
—Es inmortal —añadió otro.
—Es de locos, ¿para qué quiere sangre de hidra? —dijo un tercero.
—Magia negra, hechicería, taumaturgia, nigromancia —dijo una voz femenina.
Todos se volvieron hacia la procedencia de la voz. Era la joven a la que había ensuciado el cuerpo con mis jugos poco antes.
—La princesa está enferma, podrida —caminó alrededor de nosotros con andares gráciles. Era más alta que la mayoría y, sin embargo, no sobrepasaría la veintena. No era de aquí, estaba claro, igual que yo. Llevaba los pechos al aire, blancos, pesados, repletos de complicadas líneas tatuadas que convergían alrededor de los pezones rosados todavía erectos. Aun colgaban briznas de paja de su cabello—. Incluso se dice que ya ha muerto. La sangre de hidra puede curarla, quizá resucitarla.
—Vete de aquí, bruja —dijo uno de los lugareños—. Lárgate con tus venenos y pócimas de puta.
—¿Eres una bruja? —pregunté alarmado por haber compartido el lecho con una hechicera.
La joven no respondió y caminó alrededor del corrillo, sonriendo impúdica, exhibiendo sus gráciles carnes, sus pechos bamboleantes. A cada paso sus carnes turgentes se mecían sinuosas y sus tatuajes parecían vivos, reptando por su piel, deslizándose entre sus pechos, ascendiendo por su cuello, anidando en sus axilas.
—La gratitud de un rey bien vale cualquier sufrimiento —dijo—. Necesitamos espadas afiladas y brazos que sepan manejarlas.
Paseó su mirada por entre los lugareños pero estos rehuyeron el cruce visual. Cuando sus ojos se posaron en los míos no rechacé su mirada. No eran ojos, eran dos piedras opacas y oscuras. Un escalofrío me recorrió la espalda, desde el cuello hasta los riñones. Aquella mujer exudaba magia negra por cada poro de su piel. Pero era una mujer. ¿La conocía? Un extraño sentimiento de familiaridad me asaltaba en oleadas pero no llegaba a coger forma.
—¿No les ves un poco cobardes, Braco? —preguntó.
—¿Cómo sabes mi nombre, zorra? —la grité agitado.
Si aquella bruja sabía mi nombre, por medio de sus conjuros, podía poseer mi voluntad, obtener mi vigor, marchitar mi espíritu. Deslicé mi mano derecha en busca del pomo de mi espada. Su muerte sería motivo de fiesta, sí, ¡al infierno con todas las brujas!
No varió su gesto, siguió sonriendo mientras el siseo de mi espada saliendo de la vaina hacía enmudecer a todos. Parecía confiada, como si supiera que no iba a atacarla, como si una matutina ración de sexo la preservara de mi ira. Estaba equivocada.
Pero llegaron las mujeres.
—¡Mala puta! —gritó una a lo lejos lanzando una piedra. La golpeó en un hombro haciéndola caer al suelo.
Nos apartamos ante la lluvia de piedras que comenzaron a brotar del grupo de mujeres al otro extremo de la plaza. La bruja se levantó como pudo entre la lluvia de pedruscos. Alguno la borraría la sonrisa, porque su rostro demudó en rabia, escupió sangre y saliva. Me miró, entre el asombro y el dolor. Su rostro reflejaba incredulidad.
Nosotros reímos viéndola huir, cojeando, abrazándose un brazo seguramente quebrado, mientras las piedras caían a su alrededor. De su cabello dorado brotó sangre y los moratones que los guijarros produjeron en sus pechos ocultaron sus tatuajes.
Escupí al suelo cuando desapareció detrás de una calleja.
Las mujeres fueron tras ella. Los lugareños se volvieron hacia mí cuando los chillidos e insultos se perdieron a lo lejos.
—¿Qué te ha hecho esa bruja para no defenderla? —preguntó uno de ellos.
Le agarré del cuello y lo levanté en el aire ciego de rabia.
—¿Por qué habría de defender a esa puerca hechicera, boñiga de vaca?
No se atrevió a contestar. Tampoco habría podido hacerlo. Pataleaba en el aire como un pollo, su cara se puso lívida y el cuello crujió.
—Llegaste al pueblo con ella dos noches atrás —dijo alguien a mi espalda.
Me volví hacia la voz con el hombrecillo medio asfixiado, debatiéndose inútilmente en el aire.
—Llegasteis juntos, ¿no sois compañeros?
Tomé conciencia de nuevo del intenso dolor de cabeza que me invadía. Y entre la cruel resaca y los vapores del vino rancio que aún notaba en mi boca, recordé que aquella joven no era ninguna bruja. O quizá sí, pero a mí no me importaba tanto.
Aquella joven, de sonrisa libidinosa, andares lúbricos y cuerpo voluptuoso, era mi hermana.

martes, 19 de octubre de 2010

INHUMANO

Inhumano, ¿sabes?, creo que esto es inhumano, demencial incluso, Paola. No exageres, Rafa, dijo ella, es solo… mala suerte, creo yo. ¡Y una polla de mala suerte!, bufó él, mala suerte es que el taxi que nos trajo al hotel hubiese pinchado, mala suerte es que nos hubiese tocado una habitación debajo de los cubos de la basura, no, Paola, no, no me digas que es mala suerte, porque esta luna de miel es el colmo de la crueldad, fíjate si estoy harto que hoy, nada más llegar por la mañana, mientras sacabas la ropa de las maletas, me doy cuenta que no he metido la caja de condones en la bolsa de viaje porque no los encuentro, bueno, no importa, me dije, seguro que aquí, en el hotel, se pueden encontrar bien a mano, no seremos los primeros recién casados que se olvidan de traer gomitas, total, que bajo a recepción y le pregunto a la niña que hay detrás de la barra un lugar donde comprar condones y la muy putita, con las tetas desbordando su bikini, me suelta que no tienen, que la máquina está vacía, sí,sí, esa máquina que luego viste en un rincón por la noche al salir, esa, que hace días que, según la putita, debería haber venido un chico para reponerla y ni dios ha aparecido para llenarla de condones, y la digo que qué hago sin condones, que me acabo de casar, que estoy tan caliente que me follaría hasta un caniche, y la putita que no se puede aguantar la risa y se le sale una teta del bikini, uy, dice ella, perdona, no, perdona ni hostias, digo yo, que estoy sin condones y salido total y me sacas una teta, para rematar la jugada, puta, más que puta, y la nena que se le borra la sonrisilla de la cara y me suelta que estoy loco y que hay sido un incidente, un incidente, qué cojones, me rio yo, me cago en la mar salada de los incidentes, nena, le digo yo, como me saques la otra teta te pongo a mirar “pa” Cuenca y me resarzo de la falta de condones, pues que subo como una moto a la habitación y te pillo duchándote y yo con la verga más tiesa que un palo de fregona y me preguntas si me ducho contigo, pues claro que me ducho contigo, te digo, y me quito la ropa y me meto en la ducha, un cuadrángulo amamparado cubierto de vapor donde no se ve nada y que… bueno, Paola, tú sabes, o sea, que me meto con el armatoste armado y me pides que te frote en la espalda y yo, como maridito bien arrimado te froto la espalda con una mano y con la otra te agarro una teta, y tú que me meneas la verga con el culo avivando ardores y yo que te pellizco los pezones y que el jodido vapor me embadurna hasta la sesera y que no puedo más, te digo, y te doy la vuelta como puedo, porque… tú sabes, la puta mampara, y el agua caliente que no ayuda en nada, tú sabes, manando encima nuestro, y que voy a reventar Paola, te suplico, y te acuclillas y te meriendas mi nabo, eso está bien, y empiezo a marearme de lo bien que lo haces, y se me va la cabeza, bueno, se me fue, y me apoyo en el grifo del agua fría y de allí salen cubitos de hielo, joder, saltamos como gamos y yo que pierdo pie y me apoyo en la puñetera mampara, me la llevo por delante, tropiezas y te apoyas en mis piernas y todo el tinglado se viene abajo y menos mal que no era de cristal la puta mampara, Paola, menos mal porque la hostia que me di fue cojonuda, acabo con la espalda destrozada y tú al menos conservas la dignidad, pero yo termino boca arriba como las cucarachas, pero bueno, una anécdota, si tampoco está tan mal, poca cosa fue al final porque llamamos al servicio de habitaciones y nos la arreglaron en un periquete mientras nos íbamos de paseo, de paseo, sí, pero más calientes que dos marranos en celo, que todavía me acuerdo como me pellizcabas el culo, so guarra, que te podrías haber cortado un poco y haberlo hecho por fuera, pero no, la Paola quiere tocar culo y me mete toda la mano dentro del pantalón, no te rías, si hasta me metiste un dedo por el culo, so guarra, no te rías, perra, no te rías que salté como una pulga, pero venga, que entramos en un chiringuito, porque en este puto complejo o “resort” de los huevos no hay otra cosa, encerrados como macacos con pulseritas de colorines, pero oye, que se agradeció sentarse sobre las banquetitas, donde podía apoyar los huevos y poco más de lo pequeñas que eran, y tú que te quedas de pie, ¿no te sientas, cariño?, pregunto inocente, es que no llevo bragas, me confiesas al oído, por dios, Paola, ir con esa faldita sin bragas, menuda puta estabas hecha, no te rías, Paola, no te rías que nos viene el camarero y nos tenemos que marchar porque a la niña le da corte estar de pie, que yo quería esa copita, Paola, que estaba muerto de sed, la necesitaba, joder, que el vapor de la ducha me había escaldado los huevos, pero bueno, hay que ceder, es la vida en pareja, y vamos paseando por la playa y no se me quita una imagen de la cabeza mientras tú sigues pillando culo debajo del pantalón, pedazo guarra, la imagen de tu coño desnudo, aireado debajo de la falda, y me pongo becerro otra vez y, claro, si la polla empitonada tira de un lado y tú tienes la mano en el otra, ahí algo tiene que salir, pero no sale nada y tú sigues provocándome en el culo, Paola, y no puedo más, que algo tiene que salir te digo, que tú me aprietas por detrás y que mi polla inflada aprieta por delante, pues que salga la polla, me dices y te llevo en volandas al cobertizo de los socorristas, por dios que esté abierto, rezo, y está abierto y cierro detrás nuestro y te quito la faldita, me quitas el pantalón y te pongo a cuatro patas, y allí no hay nada, ni bragas ni pelos, pero qué has hecho Paola, lloro de alegría al verte el coño limpito, y me sonríes encogiendo los hombros y te muerdes la lengua, putona, pero aún no sabes que no tengo condones, mi alma, así que trae acá ese culo, jodida marrana, y me aplico en dejarte más limpita si cabe, te endiño la lengua hasta el cogote y sorbo tu coñito afeitado y me sabe a gloria, te lo digo y te lo repito y gimes pidiendo más y más y te saco hasta las entrañas del coño y luego me dirijo al ojete, tu lindo ojete, y te me derrumbas de gusto mientras te lamo el culito mientras mis dedos te llenan la cueva, y me pides más y más y ya no tengo más saliva para embadurnar mi polla y joderte el ojete, Paola, y tu esperas mi nabo perforarte el chumino, pero tengo la boca seca, puto vapor, puto chiringuito, putas bragas, por el coño, me dices sin imaginar que iba directo al otro agujero, ¿pero tú tomas la píldora, mi niña?, te pregunto, ponte un condón, me sueltas y empiezo a llorar como un niño, y te digo que no hay condones, que no los hay en toda el puto “resort”, que no los has traído, me gritas, que no, joder, que no, que estarán todavía en España, y te me pones a llorar y yo también lloro más y más porque no soporto verte llorar y te suelto entre hipos que te puedo dar por culo y te me vienes abajo y rompes a llorar aún más y de repente se abre la puerta y nos pillan en pelotas, llorando como niños, que no hay condones, grito a los socorristas, y nos da igual taparnos que no, porque no hay condones, sigo gritando, pero nos tapan con unas toallas y nos mandan de vuelta a la habitación y de camino mendigo un condón a los curiosos que nos miran compungidos, pero nadie tiene, putos mentirosos, sí que tenéis, malditos desgraciados, no puede ser que seamos la única pareja con ganas de follar, yo os maldigo, les grito, y la recepcionista que nos ve llegar y se asusta y se le sale otra teta y a mí me da algo, Paola, que la puta niña se está riendo de mí, que me saca una teta para joder, que no, me dices, que se le ha salido al vernos llorar, que se asustó, pero que de putilla tiene aires, me confirmas en la habitación, pero si yo solo quiero follar, Paola, solo quiero follarme a mi mujer, o sea, a ti, pero es que no hay gomitas, me respondes, pues por el culo, te pregunto de nuevo, y me plantas una hostia en la mejilla, por mi madre que mi culo sale virgen de este “resort”, me gritas, y yo me derrumbo y me obligaste, tú sabes que me obligaste, Paola, no tenía otra opción y me encierro en el cuarto de baño y me hago una paja, pero aún estoy caliente, y me hago otra y puedo con una tercera porque aún me arden los huevos y tú aporreando la puerta, que me meo, me chillas, por tu madre, Rafa, que me lo hago aquí mismo y te dejo entrar pero yo sigo a lo mío y me tumbo en la bañera mientras voy a por la cuarta y mientras me miras abochornada soltando el pis no puedes evitar tocarte, no me jodas, Paola, y venga a tocarnos, tú en la taza del pis y yo en la bañera, y te pones colorada, y me pongo colorado, y yo venga a darle al nabo, y te restriegas las tetas y terminas por quitarte la ropa y te plantas delante de mí, apuntándome con el coño, ¡putón!, y yo te lamo más y más, y me agarras la cabeza y la entierras en mi coño, se te rilan las piernas, esto es el no parar, pero no hay condones, ¡a la mierda todo!, gritas, me sueltas y te subes encima de mí en la bañera y te metes el nabo hasta el fondo del coño, sin gomita ni gomota ni hostias, qué rico Paola, y follamos como locos, joder, claro que sí, como putos locos, que en esa bañera soltaste más cochinadas que en toda tu vida y, zas, que la bañera se nos revienta en dos, pero qué puta bañera de los cojones es esta, joder, y una tubería estalla y de la raja de la bañera brota agua helada, sí, más helada que la de la ducha, pero de dónde narices sacarán el agua tan fría en el Caribe, me pregunto yo, pero salimos vivos de allí, jodidos pero vivos, y volvemos a llamar al servicio del hotel y nos dicen que es una putada, ya lo creo que es una putada, una putada de habitación con bañeras anti-polvos, joder, pero no hay más habitaciones, cómo que no hay más habitaciones, grito, y mientras tanto, el agua llega hasta la terraza, que no saben cómo cortarla, así que nos mandan a otro resort de la compañía, mira qué majos, pero el taxi que nos lleva pincha, ya ves, y la nueva habitación está debajo de los cubos de la basura, ya ves, pero aquí sí hay condones, ya ves. Ya veo, Rafa, ya veo, pero, ¿se puede saber por qué no estamos follando?, pregunta la mujer. Pues porque acabo de encontrar los putos condones, Paola, no esos que acabo de comprar, no, los que tenía en la puñetera bolsa de mano, que no miré bien, pero ahora déjame dormir, por favor, déjame dormir.

miércoles, 6 de octubre de 2010

PARA ESCRIBIR RELATOS ERÓTICOS

Surge esta guía para intentar suplir las carencias que, considero, aparecen con demasiada frecuencia en los relatos publicados en la web de TR. Sin embargo se podrían aplicar a cualquier tipo de escrito, salvando las distancias.
Lo primero, lo más importante, para escribir relatos eróticos (o pornográficos, quién sabe dónde está la diferencia) es escribir con la cabeza y no con la polla (o el clítoris). Parece un chiste, pero está lejos de serlo. Hay que olvidar, mientras se escribe, todos esos calores que te entran al transcribir aquella idea o recuerdo que te martiriza y te enciende la libido. Hay que ser profesionales; escribir erótica es lo mismo que escribir aventuras, suspense, etc. No creas que por teclear con ese deseo calenturiento anidando en la entrepierna vas a poder transmitir a tu escrito ese deseo. No, amigo/a, no. Me viene a la cabeza la imagen de un escritor haciéndose una paja con una mano mientras con la otra va tecleando a trompicones, loco por expresar su orgasmo por medio de palabras. O una cosa o la otra, señores; hazte la paja antes o después de escribir, pero mantén el pajarito (o la pepita) escondido mientras tecleas o, te aseguro, saldrá una mierda tan grande como indigerible.
Y, no obstante, tu escrito tiene que expresar esa idea que te atormenta. ¿Qué cómo se hace?, pues con arte, mi amigo, con puro arte. Parece fácil, pero ya habrás intuido que no lo es. Te contaré como lo hago yo, ten en cuenta que en esto de escribir no hay reglas. Mis relatos suelen empezar con una imagen, una escena, un cúmulo de escenas o, simplemente, una idea. Es mala cosa empezar el relato con un personaje, alrededor del cual surgen las situaciones, sobre todo porque las nenas esculturales y cachondas o las tímidas y huidizas ya están retratadas, siento decirlo, de todas las maneras posibles. No intentes crear a alguien nuevo, especial, arrebatador, porque ya está inventado, te lo aseguro. ¿Tú crees que, entre los cuarenta y pico mil relatos que hay en la web, aún no se ha creado nada parecido a lo que estás pensando? Es simple estadística. Ahora bien, el cómo actúa un personaje ante una determinada situación, como se desarrolla y crece su personalidad (o muta) ante los hechos que se le presentan… ay, amigo, ahí está la gracia del asunto.
Alrededor, por ejemplo, de esa imagen, escena, etc, es de donde surgen las preguntas, las preguntas que deben hacerse los lectores y que hacen tejer un relato que atrape o que al menos sea grato de leer. Las preguntas que te harán parir la trama. Supongamos que nos viene a la imagen un cuarto pequeño, amueblado con enseres antiguos, objetos de antaño, madera oscura, arañada, deslucida; una mesa camilla en el centro, con un tapete de ganchillo. Alrededor de la mesa cuatro ancianas juegan a las cartas; rostros arrugados, concentración absoluta mientras se trasiegan copitas de anís o chinchón y van echando las cartas jugando a la brisca mientras despellejan a sus vecinas o familiares con comentarios hirientes, de esos que solo la edad sabe sacar toda la iniquidad y mala leche. Un reloj carrillón da las seis y un gato maúlla desperezándose en una esquina. Quizá, pensando en un relato erótico, te venga a la cabeza una situación típica: detrás de las ancianas, un hombre y una mujer, con un delantal por única ropa, con la cofia de ella y la pajarita de él como muestras en su vestuario de su servilismo, esperan inmutables, como dos estatuas, el devenir de los acontecimientos. ¿Por qué están desnudos? ¿A qué aguardan? ¿Por qué no les importa mostrar sus vergüenzas? Seguro que te surgen más interrogantes. Las respuestas son las que te dan el camino a seguir para escribir el relato. Y esas respuestas motivarán más interrogantes: ¿cómo ha llegado a esa situación la pareja? ¿Qué ocurrirá después? Si te cuesta encontrar más preguntas o pergeñar las respuestas es debido a dos motivos: tienes poca imaginación, y por lo tanto, siendo franco, mejor será que, por ahora, te dediques a otra cosa que a escribir. También puede ser debido a que tu método de extracción de ideas sea otro, perfecto en ese caso.
Vale, bien, tienes historia. Una historia más o menos hilvanada, con los suficientes cabos sueltos aquí y allá para que tú mismo vayas descubriendo los detalles y te incentiven durante la escritura. Y ahora, ¿cómo la cuentas? Pues poco a poco, poniendo palabra tras palabra. Pero antes, detente, no sigas. Te falta lo fundamental, aquello que puede convertir tu relato en algo interesante de leer a algo imprescindible de leer. Ritmo. Sí, ritmo, como en las canciones. Puede ser pausado, lento, con situaciones y escenarios descritos con detalle y mimo. O rápido, electrizante, sin que te deje respirar. Puedes combinarlos si quieres, no tienes porqué limitarte a un solo registro rítmico. Ritmos lentos se consiguen con frases largas, palabras masticadas, difíciles de digerir, descripciones detallistas cargadas de opiniones y preñadas de sentimentalismo y hondura. Ritmos rápidos aparecen con diálogos cortantes, acciones furiosas, párrafos de pocas palabras, un devenir continuo de contradicciones y mareantes subidas y bajadas, como en una montaña rusa.
Cuando escribas, por favor, no lo cuentes. Dilo. Aprecia la diferencia con este ejemplo.
“Alfredo estaba furioso con Ana. Se sentía abochornado y dolido ante lo que estaba escuchando. Un cornudo, eso era, un puñetero cornudo. Y la muy puta quería que la perdonase. No hay derecho, pensó, esto exige un resarcimiento descomunal. Ahora vas a ver, rió para sí.”
Esto no, señores, esto no. Si solo sabes contarlo así, matas todo el encanto de la escena. ¿No puedes imaginarte la situación, intuir el diálogo, dejar que sea el lector quien adivine, a través de tus palabras escritas la escena, los sentimientos, los pensamientos? Deja que sea él quien lea, guiado por tus palabras (aunque solo le muestres un camino posible, como un corderillo) de lo que quieres expresar. Deja que el lector imagine. Por ejemplo así:
“El hombre se sentó con el cuerpo rígido en el sofá, las manos en las rodillas, los dedos tensos clavados en las rotulas, la mirada fija en la pared, dejando que aquella sensación de odio le embargase.
—¿Me perdonas, Alfredo? —preguntó Ana con un hilo de voz, sentándose a su lado. Intentó tomar entre sus manos una de las de su novio, pero no le fue posible. Estaban unidas con firmeza a las rodillas.
Alfredo apretó los labios, permitiendo que sus mandíbulas rechinasen en el interior de su boca, consintiendo que la respiración entrecortada se adueñase de su pecho. Los dedos de su novia estaban tibios al contacto con su mano. Tibios no, fríos, pensó, tan fríos como ella. Pero así de frío debía mostrarse él, argumentó, más frío aún.
—Perdonarte. Eso me pides, Ana —repitió Alfredo mirando a los ojos de su novia. Ni siquiera esos ojos azulados, pensó amargado, están cubiertos de lágrimas. Ni siquiera muestran un arrepentimiento genuino. No, no lo hacen ahora, pendón de los cojones, se dijo para sí, pero lo harán, puta, te juro que lo harán. Esos ojos tuyos tan lindos van a suplicar, sí, ya lo verás.”
Un párrafo convertido en cuatro, más largo, sí. Más complicado de escribir, sí. Menos adjetivos, sí. Más ambiguo, sí. Pero, ¿te gusta escribir? ¿Te has imaginado la situación, la tensión entre ambas personas? ¿Has intuido de va el asunto, porqué viene motivado el enfado de él? Si eres capaz de sacar eso, de vomitar ese alud de sentimientos, continúa escribiendo. Si no… ya sabes la respuesta, lo siento.
Este corto escrito, resumido, sería así: escribe con cabeza. Las situaciones mandan, no los personajes. Imprime un ritmo al relato. Cuéntalo, no te conformes con decirlo.
A estos pequeños consejos, añade uno bien grande. Lee. Pero lee mucho, y si no es erótica, tanto mejor. Y no leas los relatos de la web, no. Lee libros de verdad, impresos en hojas o en formato electrónico, pero libros de verdad. Adquiere vocabulario, busca nuevas formas de expresar aquello que retienes, aquello que te impulsa a escribir. No hay nada de malo en escribir pensando o imitando a un escritor consagrado (que no publicado). No serás el primero que lo hace.
Por último, ¿qué historia se te ha ocurrido en torno a las ancianas en su mesa-camilla tras las cuales esperan esa pareja desnuda? ¿Ahora sí? Pues, venga, dale a la tecla, joder, ya estás tardando.

viernes, 9 de julio de 2010

DIOS MÍO, CUÁNTAS LOCURAS SOMOS CAPACES DE HACER POR EL SEXO

Dios mío, cuántas locuras somos capaces de hacer por el sexo.
Escribo esto con la certeza de que tarde o temprano yo también sucumbiré. Que quede un testimonio escrito es mucho mejor que se deshonre nuestra memoria con elucubraciones sobre nuestra indecente moral o nuestra estupidez juvenil. Lamentablemente no sé si llegará a leerlo alguien.
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Todo ocurrió hace unos dos meses, una noche a mediados de julio. No era tormentosa ni era aciaga. Era una noche de julio, sin más. Me llamo Claudia, y Enrique, María y yo, llegamos a casa de él a las cuatro de la madrugada, muy borrachos, después de haber estado bebiendo, bailando y tomando pastillas. Mi amiga y yo habíamos conocido al chico hacía pocas horas en un bar, que ahora maldigo, dominado por el humo del tabaco y el sudor.
María yo bailábamos en una zona apartada del tugurio, sometidas al influjo de las drogas y de la música. Enrique se nos acercó y tras cruzar unas pocas palabras, María quedó prendada del joven. Emitía una atracción varonil que no me pasó desapercibida, pero que, para mi amiga, fue subyugadora. Enrique tenía una mirada extraña, perdida, pero que no desentonaba con nuestro desenfreno. Nos sentamos en una mesa, después de bailar, y María le besó con obscena familiaridad. Él no se quedó atrás y se estuvieron metiendo mano a la vista de todos los demás. Pero a esas horas de la noche no eran los únicos que restregaban sus cuerpos en aquel cuchitril.
Cuando salimos del bar vomitamos varias veces en la entrada de un garaje cercano. Enrique nos convenció para ir a su casa a dormir la mona. Ellos no parecían tener sueño ni sentirse cansados. Estábamos muy cachondos, sobre todo yo, que me veía arreglándomelas sola o participando en un “ménage à trois”. De cualquier forma, yo sí estaba muy cansada, y aunque mi cuerpo es joven, las drogas y el alcohol me habían dejado destrozada.
Llegamos a su casa poco después, en una caminata cubierta de recovecos y de idas y venidas por calles oscuras y desiertas, haciendo imposible en nuestro estado recordar donde nos encontrábamos María y yo. Enrique vivía en un edificio antiguo, un tercero, si la mente no me falla. Sí que recuerdo, sin embargo, que no había ascensor y mientras subíamos las escaleras, Enrique y mi amiga se desnudaron mutuamente, entrando ambos en el piso desnudos y yo tras ellos, con sus ropas bajo mis brazos.
Desparecieron tras una habitación, despreocupándome de ellos, y me derrumbé en el sofá.
Me encontraba en un salón en penumbra con un suelo de parquet de barniz desleído, donde un sofá de tres plazas con aspecto de haber servido en varias casas me serviría de improvisada cama. El tresillo tenía enfrente una mesita baja y más allá, junto a la otra pared, había un mueble achatado sobre el que se amontonaban varios libros cubiertos de polvo espeso en pilas de equilibrio precario. Un televisor antiguo con varias manchas blancuzcas en el cristal y también una gruesa capa de suciedad en la parte superior descansaba sobre el mueble y denotaba no haber sido utilizado por mucho tiempo. Encima del aparato unas baldas paralelas hacían las veces de librería donde se amontaban más libros polvorientos apilados y figurillas de mujeres desnudas en sucias poses, así como un reloj de manecillas que, en contraste con la vetusto de lo que lo rodeaba, era de plástico y parecía mostrar la hora correcta, aunque también una capa de denso polvo lo cubría. Un gran ventanal dominaba el extremo del salón, con sus ventanas abiertas de par en par y unas cortinas de aspecto repugnante por su semejanza con las telas de araña se mecían con una suave brisa. Una farola de la calle iluminaba la habitación de luz difusa y convertía el salón en un espacio crepuscular, ceniciento.
Tenía la boca seca, la cabeza parecía querer desencajarse de mi cuello y notaba el estómago burbujeante. Además sentía una extraña picazón en el sexo que había comenzado esa noche, tras sacarme Enrique a bailar una pantomima de baile, muy sensual, donde nos frotamos nuestros sexos con escandalosa familiaridad. Una vez desinhibidos, aún en el bar, no me importó demasiado el arrascarme el sexo por encima de la falda y, cuando llegamos a su casa, me arañé, olvidados los pudores, sabiéndome sola en el salón, por debajo de la falda. Creía que me había picado un bicho o que, quizás, las pastillas estaban cortadas con alguna sustancia extraña. El caso es que no paraba de frotármelo, no encontrando ningún atisbo de satisfacción, y menos sexual. Por fortuna, al poco caí dormida.
Cuando abrí los ojos miré somnolienta el reloj de plástico de la balda. Eran las cinco y pico de la noche, no habría dormido más de hora y media. Tenía el cuerpo algo más descansado, pero el maldito prurito en el sexo seguía irritándome, insidioso. Tenía calor y aunque las ventanas estaban abiertas y las cortinas ondeaban con una débil brisa, consideré inaguantable el hecho de seguir vestida, por lo que me quité la falda, la blusa y las botas, quedando en ropa interior.
Al poco oí gemidos en una habitación cercana. Eran gemidos de placer. Me acerqué de puntillas, en la penumbra creada por una farola de la calle. Tenía todo mi cuerpo sudoroso, cubierto de una pátina brillante y pegajosa. Las plantas de mis pies dejaban en el suelo de parqué huellas oscuras, que se me antojaron brea viscosa. Las paredes se combaban en retorcidas curvas, las puertas se desgajaban de los marcos, tenía la mirada errática y el olfato atrofiado.
Enrique y María estaban follando en el dormitorio. Él estaba encima de ella, la cual se había puesto a cuatro patas levantando la grupa. María lucía un cuerpo blanco, lívido, bañado en sudor. Enrique poseía un cuerpo enjuto, estrecho de perfil, de huesos prominentes y músculos escuchimizados, nada que ver con la impresión que causaba con la ropa puesta. Sin embargo lucía un pene grueso y unos testículos hinchados bamboleantes que golpeaban el vello de María en cada empellón. Mi amiga tenía la cara enterrada en la almohada y se agitaba de vez en cuando. Sus gemidos nacían silenciados de la almohada y sus carnes blancas se ondulaban con cada embestida trasera.
El dormitorio estaba formado por la cama donde Enrique y María practicaban sexo. A cada lado había sendas mesitas, una de ellas con varias pilas de libros y la otra con una lamparita de pantalla oscura y largos flecos que se mecían al son de la brisa que entraba por las ventanas abiertas de par en par, al igual que las cortinas del salón. Sin embargo la persiana de la ventana estaba subida por lo que la luz de la farola de la calle iluminaba el dormitorio con una luz crepuscular, mucho más acogedora y amarillenta que la del salón.
Un gran matojo oscuro de vello crecía del sexo de María. De perfil sus nalgas despedían de su vulva un vello erizado, casi electrificado. El enorme pene de Enrique, metódico, se hundía en el interior de mi amiga con cadencioso hipnotismo. Parecía un bastón brillante, rojizo. Bizqueé y la escena pareció vibrar cambiante ante mí. Durante un instante me pareció ver a María agitando los brazos, con el rostro desencajado: se había girado, mirándome, apoyada en la almohada. Sus labios formaban palabas mudas. Pedía auxilio, ayuda. Boqueaba con los ojos abiertos y lloraba gotas de sangre que recorrían su rostro cetrino enmarcado por los negros bucles de su cabello. Sus ojos me hablaban de espanto, de dolor y de horror. Enrique la estaba empalando detrás de ella con su gran pene, el cual ahora poseía un color antinatural, un rojo vivo, fulgurante. Un humo oscuro salía expelido de su vulva cuando el miembro se retiraba de su cuerpo tras cada embestida.
Cuando parpadeé la escena volvió a convertirse en la de antes, con Enrique hundiendo su pene rojizo dentro del sexo de María, que gemía placentera con sonidos ahogados, sincronizados, metódicos. Me los quedé mirando durante unos minutos, ensimismada, arrascándome mi entrepierna de forma maniática.
Enrique se giró y me miró con expresión ausente. Tenía la boca entreabierta y un hilo de baba colgaba de su mentón. No me pareció que fuese consciente de lo que estaba haciendo. Pero dado que las paredes del dormitorio se combaban sinuosas y la cama parecía deshacerse en olas de sábanas acuosas, no me pareció que mis ojos me mostrasen la realidad.
Volví al salón evitando seguir mis pasos. Mis huellas negras me iban marcando el camino por donde había emergido del sofá. Encendí la lámpara que había sobre la mesita enfrente del sofá y una luz anaranjada pareció incendiar todo el salón. Los párpados cansados y las pupilas dañadas con el torrente de luz me impedían ver gran cosa. A lo lejos seguía oyendo los gemidos de Enrique y María.
Cuando me acostumbré a la luz, mi mirada errática se posó en una cajita situada detrás de las pilas de libros sobre las baldas. Me acerqué a ella, la saqué de su escondrijo y dejándome caer de nuevo sobre el vetusto sofá, la posé sobre mis piernas. Me arrasqué de nuevo el sexo, sobre las bragas, y la cajita tembló sobre mis muslos. Alcancé una cajetilla de cigarrillos de mi bolso, el cual yacía en el suelo, junto a mis pies, junto a la ropa de María y Enrique, y encendí un cigarrillo. Un humo denso y blanquecino ascendió ondulante ante mí procedente del extremo del pitillo.
La cajita era de madera oscura, lacada en negro brillante, libre del polvo que impregnaba el lugar de donde la había extraído. Tenía protegidas sus esquinas con adornos de metal herrumbroso, picado. No tenía ningún cerrojo. La abrí mientras inspiraba el humo del tabaco. La tapa era pesada, más que la parte inferior y bailó de nuevo sobre mis muslos a punto de resbalarse al suelo. Algo de ceniza cayó en el interior. Estaba forrada de terciopelo carmesí y parecía vacía.
Vacía, excepto por una diminuta piedra de color rosado. La saqué para verla mejor, o todo lo mejor que mi visión distorsionada me permitía. Más ceniza cayó en el interior de terciopelo de la cajita. A lo lejos seguía oyendo los gemidos de esos dos, parecían haber estado follando durante horas y seguir haciéndolo durante otras tantas. Cuando acerqué la piedra a mis ojos la luz de la lámpara titiló y acabó muriendo en un chisporroteo agudo, casi un lamento. Pero no estaba de nuevo en penumbra.
La piedra despedía un resplandor rojizo que iluminaba el salón con una luz potente que parecía escurrirse por los huecos, alcanzando todos los recovecos. Tenía forma redonda y unas bandas grises y opacas, como la plata, la surcaban longitudinalmente. Quedé impresionada por su belleza.
Me arrasqué de nuevo el sexo y la ceniza cayó esta vez sobre mis muslos. Solté un chillido al sentir la quemazón sobre mi piel, el chisporroteo de la carne quemada, poniéndome de pie. La piedra se me cayó, al igual que la caja, que me golpeó un pie. Oí rodar el canto por el suelo de parquet. La luz rojiza se extinguió y quedé de nuevo envuelta en una penumbra, solo iluminado el salón por la farola de la calle.
Me froté la carne dolorida en el pie y en el muslo. Sin embargo algo extraño me hizo olvidarme de mi cuerpo. Alcé la cabeza extrañada, porque seguía oyendo la piedra rodar por el suelo, como si éste se inclinase haciendo rodar la piedra por su superficie. O como si la piedra se moviese por sí sola. Como si estuviese viva.
Cuando recogí la caja del suelo algo dentro se revolvió. Metí la mano y allí estaba de nuevo la piedra. ¿Qué posibilidades había de que la piedra al caérseme hubiese rodado y, rebotando en yo que sé qué mueble del salón oscuro, volviese dentro de la caja?
Al tomarla entre los dedos volvió a brillar y a expeler esa claridad extraterrenal. Fue entonces cuando tomé conciencia de que aquel guijarro con forma esférica no era normal. ¿Por qué brillaba? ¿Por qué volvió a su lugar, dentro de la caja?
Ya no escuchaba a esos dos. Cuando giré la cabeza en dirección al dormitorio donde estaban me encontré a Enrique parado en la puerta. Me miraba con los brazos exangües, exhibiendo su repulsivo cuerpo huesudo y con la misma mirada estúpida. El resplandor sangrante le confería una suerte de fosforescencia rojiza a su cuerpo desnudo. Su grueso pene erecto, de un tamaño descomunal y de un intenso color rojizo, casi fosforescente, apuntaba hacia mí, impúdicamente. El prepucio estaba retraído y un inmenso glande, rosado y húmedo, coronaba el miembro.
-¿Qué haces? –preguntó con voz grave. Sus palabras no parecían haber salido de su boca. Al menos estaba segura de que no había movido los labios.
-La piedra… –dije enseñándosela, con voz aflautada, como quien enseña un tesoro descubierto. Mi lengua estropajosa parecía un trapo seco y enrollado sobre sí dentro de mi boca. Intenté tragar saliva pero no pude.
Se acercó a mí con pasos temblorosos, titubeantes. Parecía una marioneta. O un zombi. Sus pies desnudos pisaron mis huellas pringosas y Enrique resbaló cayendo al suelo de espaldas, agitando los brazos en el aire como una mosca. Oí como su cabeza golpeaba el parquet como un melón. Un sonrisilla idiota se me escapó. Sus pies se agitaron en el suelo como una tortuga boca abajo. Mi sonrisa se convirtió en risotadas y luego en carcajadas que me rascaban la garganta como si hubiese tragado trocitos de papel de lija.
Con gestos trabajosos y carentes de fuerza Enrique se incorporó quedándose sentado en el suelo. Oí caer algo detrás de él. Como un goteo de un líquido espeso. Se llevó una mano detrás de la cabeza y luego se miró la palma de la mano. A la luz fantasmagórica de la piedra que sostenía en mis dedos distinguí con toda claridad los suyos empapados de sangre. Mis risas fueron muriendo a medida que se iba mirando los dedos goteantes, y fui tomando conciencia que Enrique se había golpeado la nuca y estaba sangrando. Mi gesto cambió de la sonrisa hacia el temor.
Pero mi rostro se quedó demudado cuando me fijé en su pene. Se sexo enhiesto apuntaba directamente hacia la piedra que sostenía entre mis dedos, su glande húmedo miraba con fijeza ultraterrenal el canto. Estupefacta, moví la piedra y el pene siguió al canto brillante como si tuviese vida propia. El prepucio ocultó el glande y se retrajo en un rápido movimiento, en una suerte de parpadeo que me erizó el vello de los brazos, parecía haber lubricado la carne rosada.
-Joder… -musité.
El pene se giró raudo hacia mis ojos y el prepucio volvió a lubricar el glande en un parpadeo de piel ocultándolo y recogiéndose veloz. Un atisbo de horror se fue abriendo paso en mi mente. Enrique continuaba contemplándose con aire estúpido y mirada perdida sus dedos pringosos de sangre.
Mis propios dedos temblaron ante la espeluznante escena y la piedra se me resbaló de nuevo de ellos. Esta vez, mientras caía al suelo, tuve tiempo de ver alucinada el glande olvidarse de mí y seguir la trayectoria del canto en el aire. La luz se extinguió de nuevo quedándonos en penumbra.
Excepto por la fosforescencia rojiza que empezó a emitir el glande de Enrique. Al igual que la piedra, emitía una luz roja y crepuscular que invadía cualquier recoveco, una luz que iluminaba el cuerpo de Enrique confiriéndole formas aberrantes producto de las sombras acentuadas que proyectaban sus huesos prominentes.
La piedra rodó en el suelo y se acercó por sí sola, como por simpatía, hacia el miembro de Enrique. Entró en el espacio entre sus dos piernas y se detuvo junto a los enormes testículos peludos. El glande tocó el canto con un ligero roce y la piedra volvió a brillar de nuevo, con una roja y cómplice luminiscencia, igual que cuando la sostenía entre mis dedos.
Esto era más de lo que podía aguantar; tenía que salir de esta casa. Pero Enrique estaba sentado delante de la puerta del salón, bloqueándome la salida. Además, tenía que ir a por María.
El glande pareció darse cuenta de mis intenciones, no sé cómo. Me miró apuntándome con su rosada cabeza y extendió el prepucio sobre sí extinguiéndose la fosforescencia rojiza que desprendía. La piedra dejó de brillar y el salón volvió a sumirse en la penumbra. A la luz de la farola de la calle distinguí como Enrique trataba de ponerse en pie. Lanzó unos gemidos quejumbrosos, babeantes, que casi me hicieron perder la cordura.
Sentí mi respiración aumentar de frecuencia y mi corazón latir desbocado. Seguía sintiendo un escozor acuciante en mi sexo, pero la acumulación de acontecimientos insólitos me había hecho olvidarme de ello. Enrique se levantó y se acercó hacia mí con rapidez, intuyendo solo su posición por la penumbra apagada del salón.
Justo cuando se cernía sobre mí, sintiendo la presencia del glande apuntándome, rodé escabulléndome de las manos de Enrique, que trataban de atraparme. Sus dedos me atraparon el cuello pero, estando resbaladizos por la sangre que los empapaban, logré escurrirme a base de arañazos y patadas. Sin embargo, al huir, sentí su contacto en mi costado, junto a la axila. Sabía que el pene me estaba tocando. Su contacto parecía el de un ascua candente y grité dolorida sintiendo un chisporroteo de mi piel a lo largo de mi costado, desde la axila hasta el muslo. El sujetador se me soltó por donde el extremo del pene había dejado su marca, al igual que la braga. Sentía la piel dolorosamente cauterizada. No me importaba, lo única que quería era salir de allí con vida, porque realmente sentía que estaba en un peligro mortal, sino físico, al menos mental. Intuía que si me dejaba atrapar por Enrique mi cordura o mi vida se acabarían en una enloquecedora agonía.
Corrí espantada dejando atrás a Enrique y cerré la puerta del salón. Por desgracia no tenía cerrojo y se abría hacia adentro. A través de un cristal ajado que recorría de arriba a abajo la puerta, vi como él se iba acercando hacía mí. El glande estaba descubierto de nuevo y la diabólica fosforescencia roja se iba acercando a la puerta. Un gorgoteo ininteligible volvió a salir de los labios de Enrique. Sus ojos miraban al infinito pero a luz crepuscular sangrante atisbé como sus labios parecían formar la palabra “huye”.
Histérica, chillé gritando auxilio a María, amarrando la puerta, manteniéndola cerrada, sabiéndome atrapada en el piso. Este era mi fin. Aun recordaba cuando sus dedos apresaron mi cuello, sintiendo sus uñas penetrar en mi piel. Bramé impotente un insulto, viendo con espantosa angustia como se me iba acercando.
Cuando Enrique se acercó lo suficiente y alargó una mano para posarla sobre el pomo de la puerta, a Dios gracias, ideé una respuesta ofensiva.
Esperé hasta que Enrique asió con fuerza el pomo, eliminando la única barrera entre él y yo, y abrí la puerta de golpe, empujándola con todo el peso de mi cuerpo, estampándola sobre él.
La treta funcionó golpeando con un sonido horrible el canto de la puerta contra su cara, oyendo estallar el hueso de la nariz y viendo alucinada uno de los ojos salirse de su cuenca.
Retrocedió de espaldas trastabillando. Perdió el equilibrio y se derrumbó sobre el televisor, intentando agarrarse a él sin éxito, provocando que se volcase el pesado aparato sobre su cara. Escuché como el cristal de la pantalla se hacía añicos sobre su rostro, aplastándolo contra el suelo de parquet.
Un siniestro siseo se oyó dentro del aparato.
Probablemente esté muerto, pensé resoplando angustiada pero tranquila.
Pero el grueso pene se irguió lentamente de la entrepierna de Enrique. Se dobló en un ángulo imposible, iluminando con una fantasmagórica luz roja el televisor, pareciendo evaluar los daños causados. Luego se giró retorciéndose la carne del miembro para mirarme. El prepucio ocultó parcialmente el glande, las venas que recorrían el miembro se hincharon burbujeantes y la fosforescencia rojiza se convirtió en una furia granate que pareció incendiar el salón con una llamarada del averno.
Tragué saliva, muerta de miedo. Tuve, a pesar de mi pavor, la entereza de preocuparme de María.
Corrí hasta el dormitorio, en busca de mi amiga. La habitación estaba casi a oscuras, sólo se distinguían las formas de los muebles gracias a la luz difusa proporcionada por la farola callejera. Un tufo a carne quemada me sacudió al acercarme a mi amiga. Estaba cubierta por entero con una sábana.
-¡María, despierta! –chillé llorando de puro terror, golpeando las formas de su cuerpo bajo la tela. Estaba en la misma posición que tenía cuando estaba siendo follada por Enrique: a cuatro patas, con el culo erguido y la cabeza apoyada en la almohada. Cuando la destapé una repulsiva vaharada a carne chamuscada me invadió. Pero lo que me encontré fue la imagen más descarnada y cruel que jamás he presenciado.
Grité y chillé hasta volverme ronca, enloquecida de puro horror, consciente de haber causado un daño permanente a mi garganta.
A la débil luz distinguí con espanto un gran agujero oscuro donde debía estar su entrepierna. Parecían haberla penetrado salvajemente con un gran hierro candente, eliminando gran parte de las nalgas y el vientre. El colchón absorbía metódicamente un fino reguero de sangre verdosa que manaba de la enorme oquedad. Alrededor de ella la carne estaba calcinada en varias costras, delimitando el orificio. Y en su interior, vislumbré sus intestinos blancuzcos, a punto de desbordar el agujero. No me cupo ninguna duda de que mi amiga estaba muerta. Aquel hijo de puta la había matado. Esa polla asesina era la causante. El mismo glande que me había dejado una brecha en mi costado, había destripado a María.
Lloré con gemidos roncos y acusé un cansancio enorme en el cuerpo. Notaba un dolor punzante en mi herida del costado. El sujetador y la braga colgaban desgarrados del otro lado de cuerpo.
Debía huir de aquella casa cuanto antes.
Cuando me volví, vi a Enrique en la puerta del dormitorio. Su miembro fosforescente apuntaba directamente hacia mí, inundando con una llameante luz granate el dormitorio. Estaba en el maldito infierno. Mi vista ascendió hacia el rostro de Enrique y ahogué un chillido ronco de pavor. Donde antes estaba su rostro ahora colgaban girones de carne con varios cristales de diversos tamaños incrustados en ella. El hueso era visible en la mandíbula y varias piezas dentales faltaban. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y de ellas manaba un líquido espeso y blanquecino, salivoso y de aspecto putrefacto. La polla parpadeó y la luz infernal titiló. Luego el prepucio ocultó el glande y la estancia se sumió en una terrorífica oscuridad.
Quise chillar de angustia, pero solo un sonido ronco emergió de mi garganta procedente del miedo más profundo jamás sentido.
Aquel engendro, aquel ser diabólico que había asesinado a mi amiga, se acercaba ahora a mí con pasos veloces. Un pequeño punto rojizo en la oscuridad marcaba con exactitud el lugar donde el glande se alzaba, apuntando hacia mí, el prepucio no era capaz de contener la furiosa luz flamígera. Aquel ser de ultratumba corría hacia mí para matarme.
Al borde de la desesperación y teniendo a aquel monstruo casi encima de mí, un repentino arranque de fuerza, producto sin duda de un instinto de supervivencia, me hizo coger el cuerpo de mi amiga de la cama y lanzarlo con inesperada fuerza sobre el punto rojo que estaba sobre mí.
El engendro no se esperaba mi reacción y cayó al suelo empujado por el peso del cuerpo de mi amiga.
Escuché un siseo demencial, como el de un hierro al rojo vivo sumergiéndose en agua. Era el de un glande demoníaco abriéndose paso entre la carne y los órganos de María.
Y entonces, que Dios me perdone, oí a María chillar. No estaba muerta, por desgracia. En la penumbra del dormitorio vislumbré una agitación espasmódica de miembros, un chapoteo de sangre y fluidos desparramándose, un tufo demencial de carne reventando y calcinándose.
La escena dantesca, misericordiosamente velada por la oscuridad, iba acompañada por los chillidos agónicos de mi amiga y los míos propios, procedentes de una histeria y un horror sin igual que aún hoy me atormentan.
Ya no recuerdo cómo sorteé los cuerpos humeantes agitándose en el suelo, ni tampoco como conseguí alcanzar la puerta principal del piso y cerrarla a mis espaldas. Correría imprudente por las escaleras abajo, emergiendo a la salvadora calle, con mi cuerpo desnudo, con una gran cicatriz cruzándome el costado derecho y supongo que acusando mi rostro un horror inimaginable.
Lo siguiente que recuerdo fue que estando ya en la calle, corrí sin mirar atrás, lejos de aquel edificio. Lejos de aquel piso. Lejos de aquel ser que aún sabía vivo. Dejando atrás a mi amiga agonizante, a merced de aquel engendro.
Me crucé con varias personas que me miraron espantadas, rehuyéndome. Comprendo que evitaran el ayudarme debido a la mueca desencajada que exhibiría mi rostro, aquella que reflejaba una alucinante locura.
Corrí por las calles sorteando coches pitando y gente gritándome obscenidades. Corrí alejándome de un infierno de espeluznante muerte y horror. Corrí hasta que mis piernas no pudieron ya sostenerme en pie.
Ignoraba donde me encontraba. Las calles me parecían extrañas y no sabía orientarme. Me refugié en un callejón oscuro atestado de gatos que huyeron de mí entre bufidos y chillidos hirientes. Me apoyé en la pared, sintiendo mis pies desnudos pisar excrementos putrefactos y líquidos tibios. Fui cayendo con lentitud al suelo, recogiéndome entre sollozos, incapaz de serenarme, embargado por las lágrimas mi rostro, emitiendo un débil gorgoteo, un gimoteo que quería transmitir mi impotencia ante el increíble horror que había presenciado esa noche.
Fue entonces cuando, aún bañada en lágrimas, bajé la cabeza con estúpida estupefacción para emitir un chillido ronco seguido de un lamento al ver mi sexo desnudo emitir una débil fosforescencia rojiza.
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De aquello ya hace casi dos meses, como ya he dicho al principio de mi relato.
Sólo espero que alguien ponga en conocimiento de la opinión general mi historia para que el nombre de María o el mío propio no sigan siendo denostados en infames elucubraciones carentes de información fidedigna.
La muerte de mi amiga, al margen de haberla provocado yo misma en último término, espero que sirva como aviso, ya que aquel ser demoníaco sigue vivo, lo sé.
Los pocos momentos de lucidez que aún tengo, y que con menos frecuencia arriban a mi mente, me han servido para elaborar esta historia fiel a los hechos que, lo reconozco, será tildada de incoherente o fantasiosa por los escépticos.
Díganselo a esos jóvenes que han ido apareciendo en los contenedores durante los dos últimos meses. Esos cuyos penes han sido amputados, cauterizadas sus heridas. No busquen sus miembros porque jamás serán encontrados.
Dios mío, cuántas locuras somos capaces de hacer por el sexo.

viernes, 2 de julio de 2010

FANTASÍA AUTOBUSIL

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Subo al autobús.
Voy en dirección al trabajo, para ello cojo el 4, me bajo en la Plaza de la Concordia, hago transbordo en el 12 y llego al polígono industrial donde está la fábrica de golosinas donde trabajo. Todos los días, de lunes a sábado. Mañana y tarde, o tarde y noche. Estamos en agosto: altas temperaturas en la calle, en el autobús huele a sudor rancio, bebés berreando, carritos de la compra desperdigados, ancianos con mirada de águila buscando dónde sentarse, caras somnolientas, música de fondo, frenazos, obras, ding, yo me bajo aquí, ¡espere, espere!, gritan a mi lado, que viene corriendo, ya lo perdió.
Esta tarde es diferente. Despego la mirada de la barra donde me cuelgo cual macaco. Saco del morral a mi costado el botellín de agua. Glu, glu, este calor es asfixiante. ¡El aire acondicionado!, gritan al fondo, a punto de derretirse. Giro la cabeza. Bizqueo extasiado. Menudo monumento de jaca predispuesta tengo delante. Es jovencita, vibrante, tierna juventud; teniéndose de pie por el solo efecto de las miradas que la sostienen. Cuerpo cimbreado, sinuoso. Cabellera oscura, lustrosa, piel tostada, mirada azulina hechizante, labios gruesos y barbilla jactanciosa. Un cuello realzado con pendientes enormes da paso a una blusita de color hueso donde dos pechos colmados rematan las arrugas de la tela con dos pezones puntiagudos. Botones desabrochados abajo, dejando libre un ombligo. Y más allá… más allá… un inconmensurable espacio de vientre tostado hasta llegar casi a la ingle, hasta un pantaloncito vaquero de aspecto frágil, rompible en las nalgas. Luego largura inmensa, piernas desnudas y torneadas, tostadas como el resto de la carne visible. Suavidad aterciopelada, ternura indescriptible. La joven se sabe rodeada de un embravecido mar de deseos masculinos, podría alcanzar cualquier rastro libidinoso con la mano, son palpables. Miradas masculinas desnudándola, follándola con los ojos. Frenazo brusco, tetas arrastradas por la divina fuerza de la inercia, una ola de suspiros masculinos y navajazos aparentemente indiferentes de las demás féminas. Éstas pensarán que qué guarra es, ir así, medio desnuda, enseñándolo todo, no tendrá madre para decirla que viste como una putón, porque eso es lo que será, se dicen, una putona calienta-pollas, cuyo papi y mami la han dado rostro escandalizador, cuerpo pecaminoso, mirada tentadora. Esas son las que te roban al novio con un chasquear de dedos, con un meneo de tetas, con un mohín de picardía. Esas son, sí. Las que pervierten a los hombres con sus andares de nalgas presurosas, de posturas agravantes, de agitaciones testiculares. Dame de eso que tienes en la bragueta, cariño, dame que yo lo sabré guardar bien recogidito entre mis tetas o entre mis piernas, allí donde jamás tendrás acceso. Nunca jamás.
Un anciano corre como un poseso a la caza de un asiento y codea en una teta a nuestra diosa, quita de en medio, putona, parece decir. Ay, la ha dolido, lo mira extrañada, preguntándose porqué ha sido agredida, un mísero asiento, por un asqueroso apoya-culos. Pero el anciano es nuestro héroe, nuestro acaudillado, un héroe. La joven se frota la carne magullada sobre la blusa. Suspiros, anhelos, pollas irguiéndose, fiiiirmes. Es carne verdadera, no silicona pagada en oro al peso, con fresones puntiagudos, arañando la blusa. Ay, mi morena, como nos gustaría enterrar nuestra nariz entre tus globos, esos que algún día, quizás amamanten a un bebé. Ese día, en un parque, por la tarde, mientras se toma un refresco se sacaría una teta, gorda, repleta de alimento, coronada por pezones inflados y oscuros, de areolas invadiendo el grueso de la carne. Ay, quién sería bebé tuyo, morena, para chupar de tus tetas vivificadoras. Pero para tener un bebé antes habría que haberte montado, jaca mía. A pelo, sin condones plastificando nuestros internamientos. Tu cuerpo desnudo, receptivo, vamos, amor mío, dame tu semen procreador, escancia en mi cáliz tu vino de simiente. ¿Cómo la gustaría a mi morena follar? En un sofá no, muy prosaico. Y en una cama tampoco, muy anodino.
En un ascensor, sí, en un reducido cubículo al amparo de una llamada de emergencia. Eso la gusta más, sí. Y a mí también. Pulso el botón rojo. Tú, yo y cuatro espejos del suelo al techo tapizando el cubículo, extendiendo nuestras imágenes reflejadas hasta el horizonte. Me abrazas con decisión, hundiendo nuestras lenguas en boca ajena, apretando mis nalgas a través del pantalón, abriendo la bragueta, mi pene aparece encorvado, rindiendo pleitesía. Sin ropa interior, ya lo habíamos preparado: oye, cariño, me preguntaste antes, ¿te apetece que follemos ahora en el ascensor? Asiento y nos despojamos de ropa interior, solo la ropa que ahora llevamos, nada debajo, salimos de casa y montamos en el cubículo para desplazarnos hasta una planta ignota, una que jamás será alcanzada. Esos labios gordezuelos aprisionan mi miembro estampando besos empapados de saliva espesa, tórrida. Tu mirada azulina enmarcada por una sombra oscura de ojos se abre paso a través del espacio entre mi polla y mi boca. Engulles tragando saliva y lujuria. Tus dientes me arañan, me arrancan escalofríos libidinosos. Te levanto, tengo el nabo encharcado, meando tus babas espesas, tieso como el metal, duro como una piedra. Te abro la bragueta, deslizo tus shorts piernas abajo, inmensas, la prenda jamás llegará hasta tus tobillos. Un pubis rasurado y lechoso contrasta con el resto de tu carne tostada. Sabrosa delicia, manjar divino. Hundo mi cara en tu sexo, oprimo mis labios contra los tuyos, exhalas un gemido, te apoyas en la barandilla, tus pechos bailan carentes de sostén bajo la blusa. Encharco tu vulva, restriego mi cara en tu sexo, arranco destellos de orgasmo. Gimes gozosa, chillas alegre, jovial, menesterosa: cimbreas tus caderas dibujando óvalos sensuales y mi cabeza, un satélite esclavizado, te sigue en tu movimiento absorbente. No puedo más, la polla me va a explotar, el pellejo va a restallar en una explosión de lujuria. Te despojo de tus pantalones, me yergo y te alzo para aposentarte sobre mis caderas, arqueo las piernas, me apoyo en un espejo, te agarras a la barandilla y mi cuello. Dame un último respiro, mi morena, espera que te abro la blusa, quiero que tus tetas bailen para mí, luego podrás tenerme solo para tu goce. Claro que sí, cariño, respondes, todas para ti.
Deslizas una mano por detrás para guiar mi polla hasta tu entrada, aun conservas la entereza entre sudores de sonreír ladina y restregar mi nabo por tu vulva pringosa, acrecentando la hinchazón, expandiendo tus ansias, haciéndote gemir de puro deleite. Ya basta, morena, no juegues conmigo, bramo, y atenazo tus nalgas hundiendo la uñas en tu carne dúctil. Hundo el miembro hasta el vello, hasta donde nacen los huevos, donde se cocina mi simiente. Ahogas un grito asustada y recorro tu interior candente, deshaciendo obstáculos, removiendo brasas, saltando chispas. Tus tetas ya bailan para mí, danza embrujadora, pezones oscuros calmados, conservando su posición, pero carne aledaña lechosa agitándose como mar enfurecido. Tus tetas cabriolan y me hipnotizan, morena mía. Agárrate bien, cariño, la susurro apretando los dientes, hundiendo en cada acometida mi miembro, asolando tu desesperanza. Gimes oscura, insondable, garganta atravesada por el desfallecimiento. Estamos próximos, sí, ya llegamos a nuestro destino, más allá del nuestra imagen especular proyectada hasta el infinito.
Un sobresalto, un temor: el ascensor se mueve y nos miramos asustados. Ay, dios, nos pillarán desnudos, tu cuerpo moreno, lechoso en tus pechos y pubis, será recorrido por otras miradas, mi pene cubierto de fluidos diversos responderá a escrutadores vistazos, reprobadores en cualquier caso, conmiserantes con el tiempo. Tú y yo, morena mía, seremos causa del atornillamiento de una placa sobre el panel de mandos del elevador que rece: Abstenerse de utilizar el ascensor para perversiones. Pulso desbocado el botón rojo, para, maldito, para. Pero no se detiene, su ascensión es imparable, nuestro polvo llega a su fin. Te tapas los pechos en un intento desesperado de minimizar el escándalo, pero te mantienes junto a mí, solapada, penetrada, chorreando sudor por toda tu piel, con el cabello empapado y la mirada ansiosa, con nuestros corazones revolucionados, nuestra respiración en vilo. El ascensor llega a su destino, agitación dentro del cubículo al alcanzar el piso, un respingo mutuo, mi pene conserva milagrosamente su dureza y tu coño su viscosidad, las puertas se abren, nos preparamos para ser atravesados con lanzas de moralidad.
No hay nadie. Han llamado pero no hay nadie, el pasillo se alza ante nosotros vacío de personas, suspiramos sintiéndonos desfallecer. Sonreímos arrebolados, sofocados, pifiamos dando gracias a cualquier dios. Nos falta tiempo para pulsar el último piso y ocultarnos de los demás, recogernos en nuestro nido poblado de espejos.
Sigo dentro de ti, tú sigues pegada a mí. Entornas una sonrisa picarona y entrecierras los ojos azulinos, oprimes con tus piernas torneadas mis caderas, amarras con decisión la barandilla y pulsas nuevamente el botón rojo. Stop. El tiempo se detiene de nuevo, ¿dónde lo habíamos dejado, morena mía? Ah, sí, te estaba perforando el coño con mi polla, cariño, y tus tetas me bailaban delante de mi cara. No nos cuesta recuperar el ritmo, pero el repentino desconcierto y el miedo a ser descubiertos nos hace acelerarnos, hay urgencia en nuestros cuerpos deslizándose uno dentro del otro. Dame tu boca cariño, dámela, me da igual que no pueda ver tus pechos danzar, pero quiere tenerte dentro mío, tu lengua en mi interior, mi pene en el tuyo, tu lengua rebañando la saliva espesa de mi paladar, mi polla deshaciendo los pliegues de tu vagina pringosa.
Jadeos, gritos, gemidos entre cuatro cristales de un ascensor detenido. Te me corres antes, te siento gritar con fuerza, mordiéndome el cuello para ahogar los espasmos incontrolables que te sacuden el vientre. Yo me vengo después, sintiendo el semen ascender por mi pene y desparecer en tu interior, engulléndolo todo. Aprieto los dientes mientras eyaculo en tu interior, hundiendo muy adentro mis dedos en tus nalgas chorreantes de sudor.
Nos miramos sonrientes cuando la tormenta se calma, cuando las nubes se alejan, cuando escampa. Mi simiente viaja ahora en dirección a tu matriz deseosa de cumplir su función, tú lo sabes, yo lo sé. Embarazados. Recuperamos el resuello sentados en el suelo, uno enfrente del otro, tus pechos lechosos fabricarán el alimento de nuestro bebé, que emergerá de la entrada que acabo de horadar.
Sigo en el autobús, la morena ya se ha bajado, y yo sin enterarme. Una anciana calibra mi miembro empalmado, próximo a rebasar los límites de un calentón excusable. He sobrepasado mi parada. Pulso el botón, ding, para que el autobús se detenga en la próxima parada, un botón rojo para que se detenga mi ascensor, en busca de una tarde de trabajo anodina. No habrá morena esperando a agitarme en su interior cuando baje. Resoplo aburrido.