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martes, 21 de diciembre de 2010

La hidra de Viceka (3)

3.
Caminábamos en silencio por el bosque, oyendo como los pájaros inundaban con sus cánticos el ambiente y la hojarasca crujía bajo nuestros pies. El sendero estaba cubierto de ramas y matojos y se hacía difícil seguirlo a veces. Los arañazos eran continuos y los insectos se cebaban con nuestros cuerpos semidesnudos. Mi altura desproporcionada me prodigaba los embates de ramas que mi hermana esquivaba con facilidad.
Caudiona se había cubierto los pechos a costa de que sus nalgas asomaran juguetonas por detrás, bajo la túnica. Yo caminaba tras ella, tropezando con raíces traicioneras ocultas bajo el manto de hojas o lastimándome los dedos de los pies con piedras afiladas. Iba pendiente del contoneo del culo de Caudiona y, aunque mascullaba cada vez que el dedo gordo o el meñique resultaban golpeados con las piedras, sonreía bobalicón atendiendo a los globos vibrantes de mi hermana.
De repente los sonidos del bosque se acallaron y el silencio pareció hacerse palpable. Nos detuvimos y nos miramos suspicaces. El bosque había tardado en darse cuenta de nuestra presencia.
O quizá había enmudecido por otra causa.
Nos agachamos en silencio, juntos, estrechando nuestros cuerpos. Los insectos parecían ajenos a la extraña calma y se arremolinaban en la cara y el cuello, zumbando excitados por el sudor.
No tuvimos que esperar mucho. A lo lejos, entre el follaje, un lobo negro, casi indetectable entre las sombras de los árboles, surgió como una voluta de humo. Sus pasos eran sigilosos y su porte magnífico. El lomo del animal era casi tan alto como mi hermana y, de lejos, se intuían la grandiosidad y el poder de sus afiladas garras y colmillos.
La bestia no había reparado en nuestra presencia, quizá porque el viento soplaba en contra nuestra y nuestro olor no llegaba hasta él. Quizá porque sus ojos ambarinos parecían lánguidos, casi ocultos bajo unos pesados párpados. Caminó despacio hasta situarse varios codos más adelante del sendero. Gracias a la luz filtrada por las ramas que incidían en el suelo como bastones dorados, pudimos contemplar mejor el soberbio cuerpo del animal.
Estaba sangrando de un costado. La sangre brillaba en su pelaje carbonífero. Se recostó sobre el sendero y pareció suspirar, tratando de recomponer sus fuerzas. Sus orejas replegadas se agitaron para espantar a las moscas.
Caudiona y yo nos miramos. Aquel animal, por muy herido que estuviese era capaz de arrancar un brazo de un zarpazo o una pierna de un mordisco. Caudiona entrecerró sus ojos y adiviné lo que estaba pensando.
Negué con la cabeza. No atacaría a un animal herido. Y menos a aquel lobo solitario, herido, cansado. Caudiona apretó los labios molesta y encogió los hombros demandando otra opción.
No quería matar a aquel lobo. Era grande, de porte altanero incluso herido y no iba a matarlo. Pero sabía que en pocos segundos nuestro olor le llegaría y entonces no habría más remedio que luchar. Un animal herido es pragmático, suele huir cuando considera que no va a ganar. Pero aquel lobo no huiría, moriría atacando. Eso lo sabía hasta mi hermana.
Tomé una decisión. Me deshice de la espada tirándola al suelo. No quería ventajas. El lobo irguió las orejas al oír el sonido y giró la cabeza en nuestra dirección, alerta. Me levanté hinchando mi pecho y me puse de puntillas para aparentar más altura. Quería intimidarlo, hacerle huir, no quería matarlo.
El lobo se levantó de un respingo y gruñó enseñando los dientes. Sus ojos brillaron con un fuego dorado tras las rendijas de sus párpados. Su pelaje se erizó y todos los músculos de su cuerpo se tensaron.
Grité con todas mis fuerzas. Aquel grito habría hecho persignarse al soldado más aguerrido y provocado desmayos entre las mujeres. Las ramas de los árboles y los matojos se revolvieron cuando todas las alimañas huyeron despavoridas y los pájaros levantaron el vuelo aterrorizados. Pero el lobo respondió gruñendo con más fuerza aún, inmóvil, babeando saliva por los belfos, haciendo vibrar su mandíbula, exhibiendo sus poderosos caninos.
No huiría, estaba claro. El enfrentamiento era inevitable. Uno de nosotros encontraría la muerte en aquel bosque.
—Braco, idiota, coge la espada —chilló mi hermana levantándose y tendiéndome el arma.
—¡Agáchate, mujer! —rugí desdeñando el arma.
Y me lancé hacia la bestia a la carrera. Sentí como mis muslos se contraían y distendían como vendavales, como mis brazos crujían con la tensión. Era capaz de pulverizar una piedra entre mis dedos. ¿Qué no sería capaz de hacer con la tierna carne de un animal, por muy lobo que fuese?
El animal no se movió. Bien. Aguantaría la posición esperando una muestra de fuerza por mi parte. O su herida del costado era tan grave que no le permitía siquiera correr. No importaba. Ya estaba muerto. Era él o nosotros.
Y cuando estaba a menos de diez codos de distancia el cerco se cerró. Fue mi hermana quien me gritó idiota, que era una trampa, que los lobos cazan en manada.
Cuando me quise dar cuenta varios pares de ojos surgieron de las sombras verduscas hacia mí. Al menos un par de lobos en cada lado, quizá otro atrás para impedir la huida.
El primer ataque correspondió a una bestia de pelo rayado, marrón y gris. Se lanzó sobre una pierna, buscando mi caída, asegurando un final rápido. Sus dientes se clavaron sobre la espinilla, atravesaron carne, músculo, tendones, era un lobo enorme, no tan grande como el negro, pero sí igual de astuto.
Le agarré del pescuezo y, tomando impulso, aproveché uno de los gruesos troncos de abedul que surgían alrededor nuestro para estamparlo de costado. Crujió su espinazo y el árbol se tambaleó, cayendo una lluvia de hojas muertas. Hojas doradas y oscuras. El lobo chilló, gimiendo desesperado. Lo lancé de nuevo sobre otro tronco y, ahora sí, su espalda se quebró para siempre. Lo tiré sobre otro que lo esquivó sin inmutarse.
—¡Aquí tenéis! —aullé.
Los demás lobos miraron el bochornoso espectáculo del animal lisiado, arrastrándose con las patas delanteras, huyendo y desgañitándose entre gemidos y lastimosos gruñidos. En su hocico y sus dientes aún quedaban restos de mi carne y mi sangre. Se perdió en el bosque.
Ya no se confiaron tanto. Más les valía. Eran cuatro, como había supuesto. Formaron un círculo alrededor de mí y comenzaron a moverse, a uno y otro lado. Buscaban confundir, provocar el nerviosismo. No les quitaba la vista de encima, tenía que estar pendiente de todos ellos. Cualquiera, viéndome débil, podría lanzarse sobre mi espalda, mi sexo, mi vientre. La sangre que fluía por mi pierna les excitaba. El aroma cobrizo y dulzón les aturdía y enardecía.
No era una herida grave. Algunos días de reposo y los buenos cuidados de mi hermana bastarían para recuperarme. Así, confiado en que solo cabía un posible vencedor, no reparé en el lobo negro que había actuado de cebo. Aquellos animales son muy astutos y no dejan cabos sueltos. Caudiona tenía razón. Había sido un idiota al confiarme, al pensar que los animales tenían un sentido del honor. Idiota, me dije, simplemente sobreviven. Aunque lobos me temían, de eso estaba seguro.
Pero no a mi hermana.
Vi como el lobo negro corría —el engaño de su herida ya no era necesario— y daba un amplio rodeo sobre los lobos y yo para acercarse por detrás a Caudiona. Ella sí que no tendría posibilidad alguna. Ella era la presa más débil.
—¡Caudiona! —grité señalando hacia el lobo negro.
Mi hermana siguió la dirección que marcaba mi brazo y atisbó a la bestia casi encima de ella.
Chilló angustiada. No había tiempo para hechizos ni divertimentos. Solo podía escapar.
Se ayudó del tronco de un árbol para ascender a otro que crecía cercano y paralelo. Se llevó la espada al hombro. Era un arma pesada y aparatosa. El lobo negro adivinó sus intenciones y redobló el ritmo de la carrera hacia ella. Su presa se escapaba. La intimidó con sus gruñidos y emitió un portentoso ladrido que retumbó por toda la floresta.
Caudiona resbaló nerviosa por el tronco. Ayudada por las piernas y la espalda iba ascendiendo por los troncos paralelos en busca de la altura necesaria. Pero uno de sus pies perdió la sandalia, patinando sobre la corteza traicionera. Chilló horrorizada.
—¡Sube, sube! —grité.
Consiguió agarrarse a una rama baja. El lobo negro estaba casi encima de ella. Intentó auparse para recoger las piernas colgantes. No podía, no tenía fuerzas. La espada tintineaba contra el tronco y su espalda. La bestia se lanzó al aire en busca de la carne blanquecina de los muslos. Era el fin. La iba a arrancar de cuajo las piernas.
Pero subió. Mi hermana aupó las piernas y se encaramó a la rama. El lobo apresó entre sus dientes el extremo de la túnica y desgarró entera la prenda, llevándosela al vuelo. Mi hermana se tambaleó precaria en la rama y chilló aterrorizada. Pero estaba a salvo. Quedó desnuda, boca abajo, como un gato, abrazada a la gruesa rama con brazos y piernas, con la espada colgando.
El lobo negro, creyendo que la prenda tibia escondía un miembro la sacudió entre sus dientes, la revolvió, la agitó. Comprendió que solo era tela. Olía a carne caliente, pero nada más.
Miró arriba y vio a mi hermana encaramarse a otra rama y ascender a otra más alta, fuera ya del alcance de cualquier salto, por muy formidable que fuese.
El lobo estaba lleno de furia, gruñía rabioso, tanto más cuanto más sentía el olor a miedo y carne dulzona que había cubierto la prenda que ahora babeaba entre sus dientes. Caudiona lo miró desde arriba y rió y le enseñó el culo, palmeando sus nalgas sonrosadas, cubiertas de heridas a causa de la áspera corteza.
—¡Lobito, lobito! —rió agitando sus redondeadas carnes— ¡Este culito no podrás catar, bestia fea!
El lobo negro escupió los andrajos de mi hermana y me miró con la cabeza gacha y las orejas erguidas. De sus belfos manaba saliva a borbotones, espumosa y translúcida.
La bestia estaba verdaderamente fuera de sí. Echó un vistazo a mi hermana y luego a mí. Le bastaron unos segundos para tomar una decisión. Agachó las orejas y bajó la cola. Aulló levantando su poderosa testa y los demás lobos se volvieron hacia él. Agacharon las cabezas y abandonaron el cerco que me impedía moverme. Se retiraban en silencio. No querían luchar. Yo era una posible presa capaz de dejar impedido a varios de ellos con las manos desnudas. Mi hermana era otra presa lejos de su alcance. No había necesidad de arriesgar tanto por tan poco.
—¡Se marchan! —gritó eufórica Caudiona al verles retirarse, sumergiéndose entre los matorrales.
Los lobos cuidaban su retaguardia, mirando de reojo mis movimientos. No querían un ataque por la espalda. Uno de ellos recogió la prenda. Olía a carne, era mejor que nada. El último vistazo correspondió al lobo negro, lanzándome un aterrador mensaje con sus ojos ambarinos.
“Otra vez será”, parecieron expresar aquellos ojos.
Me acerqué hasta el tronco de mi hermana. Al apoyar la pierna herida noté un ramalazo de dolor. La herida era más grave de lo que pensaba. Habría seccionado algún tendón. Los lobos ya no estaban para advertir mi debilidad. Mi hermana también se dio cuenta. Comenzó a descender por las ramas. Era complicado, la corteza le arañaba el cuerpo desnudo, las ramas resecas le azotaban las carnes trémulas, su cabello se enredaba en las hojas y se las llevaba consigo.
—¡Cerebro de mosquito! —gritó al dar un salto y aterrizar en el suelo. Me lanzó la espada al pecho y la cogí al vuelo— ¡Podríamos haber muerto! ¿Se te ha ocurrido pensar que hubiera sido de nosotros si llegan a ser más?
—Pues que ahora nos estarían devorando —sonreí llevándome el cinto del arma al hombro.
Caudiona me miró ceñuda y viendo que no conseguiría sacar nada en claro de mí, se agachó para ver mi herida.
—Sangras como un becerro —dijo tocándome la herida, manipulando las capas de carne visibles. El dolor era agudo—. Eres un idiota, un maldito idiota descerebrado, Braco.
—Huyeron porque sabían que no ganarían —dije ufano.
Se levantó y me arreó un tortazo estirando la mano arriba, de puntillas.
—Huyeron porque no les convenían más heridos, payaso —escupió entre mis pies—. No me gusta esa herida, se puede enconar.
—Siempre me he recuperado bien, hermanita —repliqué mostrándole las numerosas y pálidas cicatrices que recorrían casi todo mi cuerpo.
Bufó asqueada ante mi desdén.
—Ya veremos. Salgamos de este bosque y rápido, antes de que caiga la noche.
Y echó a andar por el sendero, meneando sus nalgas colmadas de heridas y arañazos, sucias y sonrosadas. Sus carnes se agitaban libidinosas, hipnotizadoras. Un intenso escozor empezó a nacerme en el sexo.
La cogí por la cintura y la tumbé sobre la hojarasca, ávido de pasión carnal.
Caudiona chilló cuando abrí sus piernas y aposenté mi enorme miembro sobre su vientre.
—¡Cabestro, debemos salir de este bosque ya! —gritó tirándome del pelo y golpeándome en la cabeza.
Pero yo ya no oía nada, ya no sentía nada. Solo saboreaba el embriagador olor del sudor que emanaban sus axilas y sus muslos. Solo tenía ojos para sus pechos agitándose gordezuelos, su vientre revolviéndose. Chilló angustiada al notar como me introducía en su interior y siseó maldiciones. Pero sus reservas cedieron al placer. Sus manos me golpeaban con menos fuerza, sus muslos se aferraron a mi culo, sus labios buscaron los míos, su lengua lamió mis dientes.
Me incorporé y la alcé mientras la empalaba, sujetándola por las nalgas. La apoyé sobre la corteza de un árbol. Me mordió el cuello y me arañó los hombros mientras se agitaban sus carnes, impelidas por mis penetraciones.
Gimió extasiada, abotargada, liberada. Sus pezones arañaban mi pecho y sus hombros redondeados eran objetivo de mis labios. Su cabello nos envolvía alborotado con nuestros movimientos. Jadeábamos olvidando cualquier seguridad, deshaciendo el silencio del bosque con nuestros gemidos.
Caudiona llevó sus brazos atrás, abrazándose al tronco, ladeando la cabeza al son de los empellones. De sus labios entreabiertos asomaban hilillos de saliva. La miré a los ojos, aquellos ojos opacos, ojos de bruja, ojos de diablo. Contemplaba el rostro de una nigromante invadida por el éxtasis carnal. Un demonio de la carne, un cuerpo moldeado por el placer, para la desdicha de los sentidos.
Me separé de ella a tiempo. Continuaba abrazada al árbol, los pechos tirantes, los pies apoyados en las raíces. Los trallazos de semen salpicaron su cuerpo y rebotaron cayendo al suelo de hojarasca como perdigones. Su cuerpo se agitó y se estremeció. Sus brazos tensos como maromas, sus piernas agitándose espasmódicamente. De su sexo manaba un reguero viscoso y translucido.
Sus tatuajes absorbieron el semen al instante, chuparon y mamaron mis fluidos con avidez.
Caudiona cayó al suelo de rodillas, a cuatro patas, aun gimiendo, oculta su cabeza por el cabello derramándose por la hojarasca. Me apoyé sobre el tronco más cercano, empuñando todavía mi miembro pringoso.
Su espalda pareció digerir los arañazos, deshaciéndolos, desdibujándolos, como si jamás hubieran existido, hasta que sobre su piel solo quedaron los finos tatuajes y los rastros de suciedad y mugre del bosque.
Irguió la cabeza y se llevó los mechones de cabello dorados detrás de las orejas. Aprisionó el extremo de mi sexo y ordeñó los restos de semen recogiéndolos con la mano ahuecada. Escupió sobre el asqueroso mejunje y, juntando las manos y musitando un conjuro, llevó las manos a mi herida, embadurnándola con aquel potingue.
Sentí un calor intenso y escozor. Vaya si escocía. La piel velluda de la espinilla se me cerró y cicatrizó en segundos, restañando cualquier fisura.
Cuando en mi piel solo quedó una blanca cicatriz, otra de tantas, Caudiona se incorporó, se limpió las manos con varias hojas y, tras mirarme con ojos entrecerrados un instante, echó a andar por el sendero.
La seguí tras menear la cabeza, sonriendo.

La hidra de Viceka (2)

2.
La encontré a la salida del pueblo. Estaba acuclillada dentro de un riachuelo, entre las piedras. Se había quitado la túnica y se estaba aplicando plastas de barro sobre las heridas. No se giró cuando me senté a su lado, sobre una gran piedra en la orilla. Me deshice de la espada que cayó al suelo y el sonido del metal golpeando la piedra la hizo detenerse durante unos segundos antes de volver a formar con sus manos bolas de barro espeso que se aplicaba sobre su cuerpo sembrado de cardenales y bultos purulentos.
Tras unos minutos de hacendosa aplicación del barro sobre su piel, se detuvo, suspiró, se acercó y se sentó frente a mí. Mi hermana tenía la cara amoratada, la nariz hinchada y los labios tumefactos. Se llevó a la boca dos dedos pringosos de barro y se arrancó dos dientes sanguinolentos que despreció tirándolos al río.
—Cienes un zroblema con el vino, hezmanito —ceceó mientras escupía a un lado un gargajo sanguinolento que reunía varias tonalidades de rojo carmesí. Cerca se escuchó el croar de una rana entre los murmullos del agua.
—Dime que debo hacer, Caudiona, hermana mía —dije mirándola a los ojos. Uno de ellos estaba inyectado en sangre y del otro manaba pus por el lagrimal.
—Zor loz diocec del abizmo, ¿dómde zienez la zabeza? —preguntó llevando los brazos al cielo y perdiendo su mirada en el azul de la bóveda—. Záme du ezenzia, Ifazión.
Mi esencia. Mi esperma. Caudiona se alimentaba de semen, recordé de pronto. Sus tatuajes no eran tales, sino finas hendiduras en su piel por donde absorbía las esencias de los fluidos. Todo su cuerpo estaba surcado de diminutas acequias que recogían las humedades que necesitaba. Mi hermana no era una bruja, era una hechicera capaz de darle más usos a los fluidos corporales masculinos que el resto de hembras.
Deslicé el taparrabos a un lado e hice surgir mi grueso miembro. Venas hinchadas bajo las cuales vibraba la sangre. Mi hermana tomó entre sus manos el miembro y lo restregó hasta hincharlo.
Caudiona no estaba para sutilezas. Las heridas purulentas y los huesos quebrados debían de dolerla bastante porque se llevó el miembro a la boca sin dejarme rechistar. Cuando empezó a succionar provocándome un estremecimiento de la zona inguinal, cometí el error de ponerla una mano encima del hombro para que aminorase. Sus pocos dientes apretaron alrededor del tallo y sentí como su incisivo derecho, el único que le quedaba, se hundía amenazador en la carne.
El mensaje quedó claro. Apresó con una mano uno de mis testículos para estimularlo y abreviar el incómodo ordeño. Obvió delicadeza y sensualidad, se concentró en los tendones y puntos sensitivos que me provocaban escalofríos de placer.
Agarré dos grandes piedras con las manos y las apreté con todas mis fuerzas. Cerré los ojos. Los músculos se tensaron, toda mi piel sudó por el esfuerzo, los dientes me parecieron estallar en mi mandíbula. El sudor manaba de mi frente en regueros, el calor me invadía el pecho. Y mi hermana azuzaba con su lengua el extremo de mi miembro en busca del consuelo para sus dolores.
Cuando el primer chorro de esperma la salpicó el cuello, chilló alegre —en contraste con el mugido de placer que emití—, riendo y dando gracias a los dioses. Varios chorros convergieron entre sus pechos, ocultando sus heridas. Cuando de mi glande ya no parecía brotar más fluido, lamió todo el miembro y dejó que su saliva espumosa aflorara entre sus labios para lavarse la cara con ella.
Tras unos segundos de espera, mi hermana se tendió sobre al agua del riachuelo mientras yo me dejaba caer sobre el pedregal de la orilla, recuperándome del esfuerzo. Entre mis dedos solo quedaban guijarros desmenuzados.
Caudiona emergió del agua tras haberse limpiado todo el barro del cuerpo. Ya no quedaban rastros de lesiones ni heridas, sus ojos brillaban risueños y su sonrisa refulgía pura y juvenil. De su cabello chorreante parecían nacer estrellas doradas y su piel blanquecina resplandecía sin mácula. Sus pechos parecían más llenos, sus caderas más rotundas, su vientre más sinuoso, su pubis más agreste, sus muslos más firmes.
Se llevó su melena chorreante a un lado y la apretó para escurrir el agua que la empapaba. Me incorporé para contemplarla salir del riachuelo como una diosa del agua. Se sentó de nuevo frente a mí, con las piernas abiertas, apoyados los antebrazos en sus rodillas. Del espeso vello de su sexo manaba agua que salpicaba cantarina las piedras.
Nos miramos. Caudiona abrió la boca para decir algo pero pareció pensarlo mejor y meneó la cabeza.
—Vamos, tenemos un trabajo qué hacer —dijo levantándose.
—¿Qué trabajo? —pregunté confuso y a la vez irritado por las lagunas de memoria que el alcohol había creado en mi cabeza.
—Hermanito, hermanito —sonrió acercándose a mí— ¿No te acuerdas? Claro que no. Por supuesto que no. ¿Por qué habrías de acordarte, eh?
—Caudiona…
—El rey nos ha contratado para llevarle la sangre de hidra a su podrida hija, ese engendro descerebrado. No me extrañaría que ya esté muerta. Muerta y enterrada. Sería mejor así. A cambio nos ha prometido su apoyo.
Caudiona maldijo al rey y su descendencia y escupió al suelo. Su saliva tiñó los guijarros de un verde fosforescente que ennegreció con rapidez. Luego sumergió su túnica en el agua y tras musitar un oscuro encantamiento que hizo enmudecer el paraje entero, la sacó limpia del agua y tras restallarla varias veces en el aire, agitándose sus carnes despendoladas, la prenda quedó seca.
—¿Tu anillo no te dice nada? —preguntó.
Mi miré las manos y descubrí un grueso anillo de plata en el dedo meñique derecho.
Prebenda, recordé. Este anillo es una prebenda.
—¿Y la nota del pueblo? —pregunté cada vez más colérico por mi memoria perdida y mi nula perspicacia— ¿Es qué no confía en nosotros?
—Somos dos desgraciados e incestuosos proscritos, Braco —rió mi hermana vistiéndose con la túnica. Luego se acuclilló frente a mí y, sin perder la sonrisa, me confesó en voz baja al oído—. Yo ya habría ordenado violarnos, torturarnos, mutilarnos y matarnos.
Caudiona se calzó las sandalias y echó a andar hacia el camino de tierra batida que serpenteaba paralelo al riachuelo en dirección contraria, hacia el bosque, tarareando una melodía.
Me puse en pie, recogí mi espada, me coloqué el taparrabos y la seguí. Al volverme hacia el lugar donde habíamos estado una pestilencia surgió con rapidez, el agua se volvió turbia en ese tramo y a la superficie corrompida afloraron peces de varios tamaños panza arriba.

La hidra de Viceka (1)

PRÓLOGO
—No —contestó Braco.
El hombre que estaba sentado al lado del trono, sobre los escalones forrados de lustrosa piel de conejo, agachó su cabeza. Era irrespetuoso contrariar al monarca, tanto por protocolo como por sentido común: aquel hombre era enorme, más de dos metros largos de músculos tensos e hinchados bajo ropajes de seda brillante y ostentosa. Perfumes corporales, perfumes intensos, limpieza inmaculada, peinado aceitoso, barba recortada, axilas depiladas…, todo en aquel hombre gigantesco reiteraba un recalcado y excesivo cuidado narcisista.
—Dile que no —repitió Braco mirando a lo lejos, hacia la plácida oscuridad del extremo de la gran sala.
El otro hombre, hombrecillo en comparación, tragó saliva y quiso atreverse a formular una pregunta tras una digna explicación.
—Vuestra alteza, mi señor, mi dios… —paró cuando el monarca desvió su mirada hacia él—. Su divina esposa me ha solicitado para mañana mismo un primer escrito sobre vuestras aventuras y memorias. Ha incidido, sobre todo, en el capítulo dedicado a su muerte y…
—Quieres saber de la milagrosa existencia de la reina —interrumpió Braco.
El hombrecillo sonrió y afirmó con la cabeza.
—Vinomiel —pidió el monarca con un vozarrón que hizo temblar las paredes de la sala de audiencias.
Un sirviente apareció de las sombras de un rincón portando en su hombro una gran pellejo de piel y tendió a Braco una exagerada copa de plata con incrustaciones de piedras preciosas. Vertió un chorro de licor espeso y dulzón.
Braco saboreó el brebaje de hierbas y una sonrisa empezó a florecer en su gruesa mandíbula. Mostró unos dientes parejos y blancos. Frunció su ceño.
—Escribano —dijo mirando por primera vez al amanuense—. Mi vida, no hace muchos años, era fácil de llevar y divertida de arrastrar. Te hablo tan solo de cinco años atrás, cuando simplemente era un asqueroso rufián cuya máxima aspiración era montar a las hembras más hermosas, destripar a todo aquel o aquello que me importunase, robar a incautos e idiotas y calmar mi sed con brebajes que me aturdieran hasta dejarme casi muerto. Los dioses no me hacían caso, y mejor así. No tenía ningún dinero encima y solo contaba con una espada, unas pocas monedas y una arrogancia que aún no ha conocido rival.
El hombrecillo había colocado sobre sus rodillas una resma de pergaminos que embadurnaba presto con palabras y símbolos, asintiendo de vez en cuando con la cabeza.
—Toma buena nota —rió Braco al contemplar la rapidez de la escritura del escribano—. Cuando caiga borracho ya no habrá más que contar. Y sí mucho que añorar.
 

1.
Bostecé aturdido y desorientado, incapaz de recordar nada de lo que había sucedido la noche atrás e, incluso, días antes. Tenía la mente bloqueada, la memoria deshecha. Los efectos del alcohol me amodorraban los sentidos y los movimientos, y me crispaban los nervios. Estaba en un pajar, en penumbra. Rayos de luz se filtraba por las rendijas de las paredes destartaladas y el polvo flotaba en el aire. Había despertado porque en el exterior alguien estaba clavando algo y los martillazos resonaban en mi cabeza, insidiosos. Iba a aullar que se detuviese el malnacido que me importunaba cuando tomé conciencia de la hembra que tenía a mi lado, desnuda como yo, con las briznas de paja pegadas a su cuerpo.
Era muy joven, de facciones suaves, algunos arañazos en la tez, cabello largo y dorado, y cuerpo rebosante de atributos femeninos. Cientos de tatuajes finos y elaborados decoraban toda su piel, desde su frente hasta los dedos de sus pies. Era muy bella. Pero también era muy inconsciente. Si no, no hubiera accedido a yacer con un desgraciado y ladrón como yo, que no podía pagar una puta y menos ofrecer a una joven una vida decente más allá de cópulas interminables y latrocinios de poca monta.
O eso o la había forzado, lo cual me hubiera disgustado; mi encanto se resistiría. Pero viendo la placidez de su dormitar lo dudaba. Intenté recordar qué había sucedido la noche anterior, los días anteriores, porqué me encontraba en aquel pajar, qué hacía en aquel pueblo, dónde estaban mis ropas, mi espada, qué, qué, qué.
El asno que estaba atado en el extremo del pajar rebuznó cuando un recuerdo empezaba a formarse en mi cabeza. Aquella muchacha me era conocida, muy conocida. Pero el rebuzno me había despejado la mente.
Por fortuna el martilleo exterior cesó y aunque luego fue seguido del rumor de un gentío, el ruido era más soportable. La joven gruñó algo y se estrechó a mí en busca de calor. Estampó su sexo desnudo en mi muslo y sentí el agradable calor que su interior desprendía. Mi verga comenzó a hincharse y pronto sentí la necesidad de aplacar aquel calor que me traspasaba la pierna.
La tendí boca arriba, despertándola, y me arrodillé sobre sus tiernas y blancas carnes. Abrió los ojos y me miró con una sonrisa lúbrica, pasándose la punta de la lengua por los labios sonrosados.
—Veo que te has levantado con ganas, gigantón —dijo acariciándome el miembro erecto que se sostenía en el aire entre su vientre y el mío.
Sonreí. Comprobé con un dedo que su interior estaba húmedo y, sin esperar su consentimiento, deslicé la mitad de la verga en su prieto sexo. La joven ahogó un grito que mezcló dicha pero también dolor. Otro golpe de caderas y hundí el resto de mi miembro. Abrió los ojos sorprendida y emitió un siseo quejumbroso con los dientes apretados.
—Hijo de… una ramera —chilló entre empellones— ¡Me vas a romper en dos!
Pasó sus brazos alrededor de mi cuello y sus piernas abrazaron mi cintura. Con cada embestida sus pechos se revolvían desparramados por sus costados y sus carnes se agitaban mientras de sus labios manaban insultos. Se mordía los labios y resoplaba como una vaca. Su interior era acogedor y caluroso.
—¡Boñiga, excremento de rata, hijo de cien padres! —aullaba. Y sus uñas se clavaban con fuerza en mi piel y sus piernas temblaban agarrotadas.
Me apoyé a cuatro patas y ella me abrazó con brazos y piernas, elevándose sobre el suelo de paja. Las briznas volaban sobre nosotros, barridas con su rubia melena alborotada mientras cada movimiento provocaba un nuevo vaivén de su cuerpo columpiado en el aire.
Meció la cabeza sobre la paja mientras recitaba plegarias y sonreía gozosa. Cuando comenzó a temblar y vibrar embargada por su éxtasis, aflojó la presa de sus brazos y piernas y cayó derrumbada sobre la paja, desmadejada. Varios chorros de esperma espeso regaron su cuerpo.
Me miró al cabo de unos segundos cuando se recompuso. Mis fluidos la salpicaban los pechos y el vientre, su mandíbula y su cabello de paja o la paja de su cabello. Me señaló un rincón oscuro del pajar con un dedo tembloroso.
—Recoge tu ropa mugrienta y tu espada endemoniada, hijo de mil rameras, y márchate.
No la respondí. Al lado de mi taparrabos estaba su vestido, una sencilla túnica gris, rasgada decenas de veces y remendada otras tantas. Me calcé las sandalias y até el taparrabos a mi cintura. Luego me coloqué el cinto de la vaina al hombro y deslicé la espada dentro. Me giré hacia ella antes de abrir la puerta del pajar. Sus palabras estaban teñidas de desprecio fingido.
—Ni me reconoces, ¿verdad? Vete, monstruo inmundo, aléjate de mí, búscate una yegua donde hundir tu aberrante verga.
Sonreí. Y ella, tras unos segundos, me devolvió la sonrisa. Salí a la luz de la mañana.
El pajar estaba situado cerca de la plaza central de un pueblo. Casas arremolinadas en los bajos de una ladera cubierta de bosques de oscuro verde. Estiré los brazos hacia los lados y luego hacia arriba, bostezando e hinchando mi pecho, sintiendo como todos los músculos de mi cuerpo crujían con agradables sonidos.
Cómo saber que, días más tarde, los crujidos de mis miembros tendrían otro doloroso significado.
En el centro de la plaza, al lado de una fuente, varios lugareños se apiñaban alrededor de un poste. Varias gallinas correteaban entre mis piernas. Me acerqué y aparté a algunos para ver la nota que había clavada. Tenía algo escrito.
Miré hacia abajo y pregunté al que tenía las ropas menos andrajosas.
—¿Qué dice ahí? —pregunté con tono ronco. Necesitaba algo de beber para calmar la sequedad de la garganta.
Posé mi mano sobre su hombro. Mis dedos se asemejaban a sus brazos, mis muñecas a sus muslos. El hombre comenzó a temblar al gigante que era en comparación.
—Una recompensa… —balbuceó—, dan una recompensa por traer un cántaro de sangre de la hidra de Viceka.
—¿De Viceka?
—La laguna más allá de estas montañas, cruzando el horizonte tres veces —aclaró.
Eso me recordó algo. Hidra. Viceka. Caudiona. Malditos fuesen los dioses, el dolor de cabeza era descomunal.
—¿Qué recompensa? —pregunté.
—La gratitud… la gratitud del rey.
Emití un bufido de desprecio.
El gentío había cambiado el epicentro de su atención hacia nosotros.
—Está loco si cree que alguien puede abatir a la hidra —dijo uno.
—Es inmortal —añadió otro.
—Es de locos, ¿para qué quiere sangre de hidra? —dijo un tercero.
—Magia negra, hechicería, taumaturgia, nigromancia —dijo una voz femenina.
Todos se volvieron hacia la procedencia de la voz. Era la joven a la que había ensuciado el cuerpo con mis jugos poco antes.
—La princesa está enferma, podrida —caminó alrededor de nosotros con andares gráciles. Era más alta que la mayoría y, sin embargo, no sobrepasaría la veintena. No era de aquí, estaba claro, igual que yo. Llevaba los pechos al aire, blancos, pesados, repletos de complicadas líneas tatuadas que convergían alrededor de los pezones rosados todavía erectos. Aun colgaban briznas de paja de su cabello—. Incluso se dice que ya ha muerto. La sangre de hidra puede curarla, quizá resucitarla.
—Vete de aquí, bruja —dijo uno de los lugareños—. Lárgate con tus venenos y pócimas de puta.
—¿Eres una bruja? —pregunté alarmado por haber compartido el lecho con una hechicera.
La joven no respondió y caminó alrededor del corrillo, sonriendo impúdica, exhibiendo sus gráciles carnes, sus pechos bamboleantes. A cada paso sus carnes turgentes se mecían sinuosas y sus tatuajes parecían vivos, reptando por su piel, deslizándose entre sus pechos, ascendiendo por su cuello, anidando en sus axilas.
—La gratitud de un rey bien vale cualquier sufrimiento —dijo—. Necesitamos espadas afiladas y brazos que sepan manejarlas.
Paseó su mirada por entre los lugareños pero estos rehuyeron el cruce visual. Cuando sus ojos se posaron en los míos no rechacé su mirada. No eran ojos, eran dos piedras opacas y oscuras. Un escalofrío me recorrió la espalda, desde el cuello hasta los riñones. Aquella mujer exudaba magia negra por cada poro de su piel. Pero era una mujer. ¿La conocía? Un extraño sentimiento de familiaridad me asaltaba en oleadas pero no llegaba a coger forma.
—¿No les ves un poco cobardes, Braco? —preguntó.
—¿Cómo sabes mi nombre, zorra? —la grité agitado.
Si aquella bruja sabía mi nombre, por medio de sus conjuros, podía poseer mi voluntad, obtener mi vigor, marchitar mi espíritu. Deslicé mi mano derecha en busca del pomo de mi espada. Su muerte sería motivo de fiesta, sí, ¡al infierno con todas las brujas!
No varió su gesto, siguió sonriendo mientras el siseo de mi espada saliendo de la vaina hacía enmudecer a todos. Parecía confiada, como si supiera que no iba a atacarla, como si una matutina ración de sexo la preservara de mi ira. Estaba equivocada.
Pero llegaron las mujeres.
—¡Mala puta! —gritó una a lo lejos lanzando una piedra. La golpeó en un hombro haciéndola caer al suelo.
Nos apartamos ante la lluvia de piedras que comenzaron a brotar del grupo de mujeres al otro extremo de la plaza. La bruja se levantó como pudo entre la lluvia de pedruscos. Alguno la borraría la sonrisa, porque su rostro demudó en rabia, escupió sangre y saliva. Me miró, entre el asombro y el dolor. Su rostro reflejaba incredulidad.
Nosotros reímos viéndola huir, cojeando, abrazándose un brazo seguramente quebrado, mientras las piedras caían a su alrededor. De su cabello dorado brotó sangre y los moratones que los guijarros produjeron en sus pechos ocultaron sus tatuajes.
Escupí al suelo cuando desapareció detrás de una calleja.
Las mujeres fueron tras ella. Los lugareños se volvieron hacia mí cuando los chillidos e insultos se perdieron a lo lejos.
—¿Qué te ha hecho esa bruja para no defenderla? —preguntó uno de ellos.
Le agarré del cuello y lo levanté en el aire ciego de rabia.
—¿Por qué habría de defender a esa puerca hechicera, boñiga de vaca?
No se atrevió a contestar. Tampoco habría podido hacerlo. Pataleaba en el aire como un pollo, su cara se puso lívida y el cuello crujió.
—Llegaste al pueblo con ella dos noches atrás —dijo alguien a mi espalda.
Me volví hacia la voz con el hombrecillo medio asfixiado, debatiéndose inútilmente en el aire.
—Llegasteis juntos, ¿no sois compañeros?
Tomé conciencia de nuevo del intenso dolor de cabeza que me invadía. Y entre la cruel resaca y los vapores del vino rancio que aún notaba en mi boca, recordé que aquella joven no era ninguna bruja. O quizá sí, pero a mí no me importaba tanto.
Aquella joven, de sonrisa libidinosa, andares lúbricos y cuerpo voluptuoso, era mi hermana.

martes, 19 de octubre de 2010

INHUMANO

Inhumano, ¿sabes?, creo que esto es inhumano, demencial incluso, Paola. No exageres, Rafa, dijo ella, es solo… mala suerte, creo yo. ¡Y una polla de mala suerte!, bufó él, mala suerte es que el taxi que nos trajo al hotel hubiese pinchado, mala suerte es que nos hubiese tocado una habitación debajo de los cubos de la basura, no, Paola, no, no me digas que es mala suerte, porque esta luna de miel es el colmo de la crueldad, fíjate si estoy harto que hoy, nada más llegar por la mañana, mientras sacabas la ropa de las maletas, me doy cuenta que no he metido la caja de condones en la bolsa de viaje porque no los encuentro, bueno, no importa, me dije, seguro que aquí, en el hotel, se pueden encontrar bien a mano, no seremos los primeros recién casados que se olvidan de traer gomitas, total, que bajo a recepción y le pregunto a la niña que hay detrás de la barra un lugar donde comprar condones y la muy putita, con las tetas desbordando su bikini, me suelta que no tienen, que la máquina está vacía, sí,sí, esa máquina que luego viste en un rincón por la noche al salir, esa, que hace días que, según la putita, debería haber venido un chico para reponerla y ni dios ha aparecido para llenarla de condones, y la digo que qué hago sin condones, que me acabo de casar, que estoy tan caliente que me follaría hasta un caniche, y la putita que no se puede aguantar la risa y se le sale una teta del bikini, uy, dice ella, perdona, no, perdona ni hostias, digo yo, que estoy sin condones y salido total y me sacas una teta, para rematar la jugada, puta, más que puta, y la nena que se le borra la sonrisilla de la cara y me suelta que estoy loco y que hay sido un incidente, un incidente, qué cojones, me rio yo, me cago en la mar salada de los incidentes, nena, le digo yo, como me saques la otra teta te pongo a mirar “pa” Cuenca y me resarzo de la falta de condones, pues que subo como una moto a la habitación y te pillo duchándote y yo con la verga más tiesa que un palo de fregona y me preguntas si me ducho contigo, pues claro que me ducho contigo, te digo, y me quito la ropa y me meto en la ducha, un cuadrángulo amamparado cubierto de vapor donde no se ve nada y que… bueno, Paola, tú sabes, o sea, que me meto con el armatoste armado y me pides que te frote en la espalda y yo, como maridito bien arrimado te froto la espalda con una mano y con la otra te agarro una teta, y tú que me meneas la verga con el culo avivando ardores y yo que te pellizco los pezones y que el jodido vapor me embadurna hasta la sesera y que no puedo más, te digo, y te doy la vuelta como puedo, porque… tú sabes, la puta mampara, y el agua caliente que no ayuda en nada, tú sabes, manando encima nuestro, y que voy a reventar Paola, te suplico, y te acuclillas y te meriendas mi nabo, eso está bien, y empiezo a marearme de lo bien que lo haces, y se me va la cabeza, bueno, se me fue, y me apoyo en el grifo del agua fría y de allí salen cubitos de hielo, joder, saltamos como gamos y yo que pierdo pie y me apoyo en la puñetera mampara, me la llevo por delante, tropiezas y te apoyas en mis piernas y todo el tinglado se viene abajo y menos mal que no era de cristal la puta mampara, Paola, menos mal porque la hostia que me di fue cojonuda, acabo con la espalda destrozada y tú al menos conservas la dignidad, pero yo termino boca arriba como las cucarachas, pero bueno, una anécdota, si tampoco está tan mal, poca cosa fue al final porque llamamos al servicio de habitaciones y nos la arreglaron en un periquete mientras nos íbamos de paseo, de paseo, sí, pero más calientes que dos marranos en celo, que todavía me acuerdo como me pellizcabas el culo, so guarra, que te podrías haber cortado un poco y haberlo hecho por fuera, pero no, la Paola quiere tocar culo y me mete toda la mano dentro del pantalón, no te rías, si hasta me metiste un dedo por el culo, so guarra, no te rías, perra, no te rías que salté como una pulga, pero venga, que entramos en un chiringuito, porque en este puto complejo o “resort” de los huevos no hay otra cosa, encerrados como macacos con pulseritas de colorines, pero oye, que se agradeció sentarse sobre las banquetitas, donde podía apoyar los huevos y poco más de lo pequeñas que eran, y tú que te quedas de pie, ¿no te sientas, cariño?, pregunto inocente, es que no llevo bragas, me confiesas al oído, por dios, Paola, ir con esa faldita sin bragas, menuda puta estabas hecha, no te rías, Paola, no te rías que nos viene el camarero y nos tenemos que marchar porque a la niña le da corte estar de pie, que yo quería esa copita, Paola, que estaba muerto de sed, la necesitaba, joder, que el vapor de la ducha me había escaldado los huevos, pero bueno, hay que ceder, es la vida en pareja, y vamos paseando por la playa y no se me quita una imagen de la cabeza mientras tú sigues pillando culo debajo del pantalón, pedazo guarra, la imagen de tu coño desnudo, aireado debajo de la falda, y me pongo becerro otra vez y, claro, si la polla empitonada tira de un lado y tú tienes la mano en el otra, ahí algo tiene que salir, pero no sale nada y tú sigues provocándome en el culo, Paola, y no puedo más, que algo tiene que salir te digo, que tú me aprietas por detrás y que mi polla inflada aprieta por delante, pues que salga la polla, me dices y te llevo en volandas al cobertizo de los socorristas, por dios que esté abierto, rezo, y está abierto y cierro detrás nuestro y te quito la faldita, me quitas el pantalón y te pongo a cuatro patas, y allí no hay nada, ni bragas ni pelos, pero qué has hecho Paola, lloro de alegría al verte el coño limpito, y me sonríes encogiendo los hombros y te muerdes la lengua, putona, pero aún no sabes que no tengo condones, mi alma, así que trae acá ese culo, jodida marrana, y me aplico en dejarte más limpita si cabe, te endiño la lengua hasta el cogote y sorbo tu coñito afeitado y me sabe a gloria, te lo digo y te lo repito y gimes pidiendo más y más y te saco hasta las entrañas del coño y luego me dirijo al ojete, tu lindo ojete, y te me derrumbas de gusto mientras te lamo el culito mientras mis dedos te llenan la cueva, y me pides más y más y ya no tengo más saliva para embadurnar mi polla y joderte el ojete, Paola, y tu esperas mi nabo perforarte el chumino, pero tengo la boca seca, puto vapor, puto chiringuito, putas bragas, por el coño, me dices sin imaginar que iba directo al otro agujero, ¿pero tú tomas la píldora, mi niña?, te pregunto, ponte un condón, me sueltas y empiezo a llorar como un niño, y te digo que no hay condones, que no los hay en toda el puto “resort”, que no los has traído, me gritas, que no, joder, que no, que estarán todavía en España, y te me pones a llorar y yo también lloro más y más porque no soporto verte llorar y te suelto entre hipos que te puedo dar por culo y te me vienes abajo y rompes a llorar aún más y de repente se abre la puerta y nos pillan en pelotas, llorando como niños, que no hay condones, grito a los socorristas, y nos da igual taparnos que no, porque no hay condones, sigo gritando, pero nos tapan con unas toallas y nos mandan de vuelta a la habitación y de camino mendigo un condón a los curiosos que nos miran compungidos, pero nadie tiene, putos mentirosos, sí que tenéis, malditos desgraciados, no puede ser que seamos la única pareja con ganas de follar, yo os maldigo, les grito, y la recepcionista que nos ve llegar y se asusta y se le sale otra teta y a mí me da algo, Paola, que la puta niña se está riendo de mí, que me saca una teta para joder, que no, me dices, que se le ha salido al vernos llorar, que se asustó, pero que de putilla tiene aires, me confirmas en la habitación, pero si yo solo quiero follar, Paola, solo quiero follarme a mi mujer, o sea, a ti, pero es que no hay gomitas, me respondes, pues por el culo, te pregunto de nuevo, y me plantas una hostia en la mejilla, por mi madre que mi culo sale virgen de este “resort”, me gritas, y yo me derrumbo y me obligaste, tú sabes que me obligaste, Paola, no tenía otra opción y me encierro en el cuarto de baño y me hago una paja, pero aún estoy caliente, y me hago otra y puedo con una tercera porque aún me arden los huevos y tú aporreando la puerta, que me meo, me chillas, por tu madre, Rafa, que me lo hago aquí mismo y te dejo entrar pero yo sigo a lo mío y me tumbo en la bañera mientras voy a por la cuarta y mientras me miras abochornada soltando el pis no puedes evitar tocarte, no me jodas, Paola, y venga a tocarnos, tú en la taza del pis y yo en la bañera, y te pones colorada, y me pongo colorado, y yo venga a darle al nabo, y te restriegas las tetas y terminas por quitarte la ropa y te plantas delante de mí, apuntándome con el coño, ¡putón!, y yo te lamo más y más, y me agarras la cabeza y la entierras en mi coño, se te rilan las piernas, esto es el no parar, pero no hay condones, ¡a la mierda todo!, gritas, me sueltas y te subes encima de mí en la bañera y te metes el nabo hasta el fondo del coño, sin gomita ni gomota ni hostias, qué rico Paola, y follamos como locos, joder, claro que sí, como putos locos, que en esa bañera soltaste más cochinadas que en toda tu vida y, zas, que la bañera se nos revienta en dos, pero qué puta bañera de los cojones es esta, joder, y una tubería estalla y de la raja de la bañera brota agua helada, sí, más helada que la de la ducha, pero de dónde narices sacarán el agua tan fría en el Caribe, me pregunto yo, pero salimos vivos de allí, jodidos pero vivos, y volvemos a llamar al servicio del hotel y nos dicen que es una putada, ya lo creo que es una putada, una putada de habitación con bañeras anti-polvos, joder, pero no hay más habitaciones, cómo que no hay más habitaciones, grito, y mientras tanto, el agua llega hasta la terraza, que no saben cómo cortarla, así que nos mandan a otro resort de la compañía, mira qué majos, pero el taxi que nos lleva pincha, ya ves, y la nueva habitación está debajo de los cubos de la basura, ya ves, pero aquí sí hay condones, ya ves. Ya veo, Rafa, ya veo, pero, ¿se puede saber por qué no estamos follando?, pregunta la mujer. Pues porque acabo de encontrar los putos condones, Paola, no esos que acabo de comprar, no, los que tenía en la puñetera bolsa de mano, que no miré bien, pero ahora déjame dormir, por favor, déjame dormir.

miércoles, 6 de octubre de 2010

PARA ESCRIBIR RELATOS ERÓTICOS

Surge esta guía para intentar suplir las carencias que, considero, aparecen con demasiada frecuencia en los relatos publicados en la web de TR. Sin embargo se podrían aplicar a cualquier tipo de escrito, salvando las distancias.
Lo primero, lo más importante, para escribir relatos eróticos (o pornográficos, quién sabe dónde está la diferencia) es escribir con la cabeza y no con la polla (o el clítoris). Parece un chiste, pero está lejos de serlo. Hay que olvidar, mientras se escribe, todos esos calores que te entran al transcribir aquella idea o recuerdo que te martiriza y te enciende la libido. Hay que ser profesionales; escribir erótica es lo mismo que escribir aventuras, suspense, etc. No creas que por teclear con ese deseo calenturiento anidando en la entrepierna vas a poder transmitir a tu escrito ese deseo. No, amigo/a, no. Me viene a la cabeza la imagen de un escritor haciéndose una paja con una mano mientras con la otra va tecleando a trompicones, loco por expresar su orgasmo por medio de palabras. O una cosa o la otra, señores; hazte la paja antes o después de escribir, pero mantén el pajarito (o la pepita) escondido mientras tecleas o, te aseguro, saldrá una mierda tan grande como indigerible.
Y, no obstante, tu escrito tiene que expresar esa idea que te atormenta. ¿Qué cómo se hace?, pues con arte, mi amigo, con puro arte. Parece fácil, pero ya habrás intuido que no lo es. Te contaré como lo hago yo, ten en cuenta que en esto de escribir no hay reglas. Mis relatos suelen empezar con una imagen, una escena, un cúmulo de escenas o, simplemente, una idea. Es mala cosa empezar el relato con un personaje, alrededor del cual surgen las situaciones, sobre todo porque las nenas esculturales y cachondas o las tímidas y huidizas ya están retratadas, siento decirlo, de todas las maneras posibles. No intentes crear a alguien nuevo, especial, arrebatador, porque ya está inventado, te lo aseguro. ¿Tú crees que, entre los cuarenta y pico mil relatos que hay en la web, aún no se ha creado nada parecido a lo que estás pensando? Es simple estadística. Ahora bien, el cómo actúa un personaje ante una determinada situación, como se desarrolla y crece su personalidad (o muta) ante los hechos que se le presentan… ay, amigo, ahí está la gracia del asunto.
Alrededor, por ejemplo, de esa imagen, escena, etc, es de donde surgen las preguntas, las preguntas que deben hacerse los lectores y que hacen tejer un relato que atrape o que al menos sea grato de leer. Las preguntas que te harán parir la trama. Supongamos que nos viene a la imagen un cuarto pequeño, amueblado con enseres antiguos, objetos de antaño, madera oscura, arañada, deslucida; una mesa camilla en el centro, con un tapete de ganchillo. Alrededor de la mesa cuatro ancianas juegan a las cartas; rostros arrugados, concentración absoluta mientras se trasiegan copitas de anís o chinchón y van echando las cartas jugando a la brisca mientras despellejan a sus vecinas o familiares con comentarios hirientes, de esos que solo la edad sabe sacar toda la iniquidad y mala leche. Un reloj carrillón da las seis y un gato maúlla desperezándose en una esquina. Quizá, pensando en un relato erótico, te venga a la cabeza una situación típica: detrás de las ancianas, un hombre y una mujer, con un delantal por única ropa, con la cofia de ella y la pajarita de él como muestras en su vestuario de su servilismo, esperan inmutables, como dos estatuas, el devenir de los acontecimientos. ¿Por qué están desnudos? ¿A qué aguardan? ¿Por qué no les importa mostrar sus vergüenzas? Seguro que te surgen más interrogantes. Las respuestas son las que te dan el camino a seguir para escribir el relato. Y esas respuestas motivarán más interrogantes: ¿cómo ha llegado a esa situación la pareja? ¿Qué ocurrirá después? Si te cuesta encontrar más preguntas o pergeñar las respuestas es debido a dos motivos: tienes poca imaginación, y por lo tanto, siendo franco, mejor será que, por ahora, te dediques a otra cosa que a escribir. También puede ser debido a que tu método de extracción de ideas sea otro, perfecto en ese caso.
Vale, bien, tienes historia. Una historia más o menos hilvanada, con los suficientes cabos sueltos aquí y allá para que tú mismo vayas descubriendo los detalles y te incentiven durante la escritura. Y ahora, ¿cómo la cuentas? Pues poco a poco, poniendo palabra tras palabra. Pero antes, detente, no sigas. Te falta lo fundamental, aquello que puede convertir tu relato en algo interesante de leer a algo imprescindible de leer. Ritmo. Sí, ritmo, como en las canciones. Puede ser pausado, lento, con situaciones y escenarios descritos con detalle y mimo. O rápido, electrizante, sin que te deje respirar. Puedes combinarlos si quieres, no tienes porqué limitarte a un solo registro rítmico. Ritmos lentos se consiguen con frases largas, palabras masticadas, difíciles de digerir, descripciones detallistas cargadas de opiniones y preñadas de sentimentalismo y hondura. Ritmos rápidos aparecen con diálogos cortantes, acciones furiosas, párrafos de pocas palabras, un devenir continuo de contradicciones y mareantes subidas y bajadas, como en una montaña rusa.
Cuando escribas, por favor, no lo cuentes. Dilo. Aprecia la diferencia con este ejemplo.
“Alfredo estaba furioso con Ana. Se sentía abochornado y dolido ante lo que estaba escuchando. Un cornudo, eso era, un puñetero cornudo. Y la muy puta quería que la perdonase. No hay derecho, pensó, esto exige un resarcimiento descomunal. Ahora vas a ver, rió para sí.”
Esto no, señores, esto no. Si solo sabes contarlo así, matas todo el encanto de la escena. ¿No puedes imaginarte la situación, intuir el diálogo, dejar que sea el lector quien adivine, a través de tus palabras escritas la escena, los sentimientos, los pensamientos? Deja que sea él quien lea, guiado por tus palabras (aunque solo le muestres un camino posible, como un corderillo) de lo que quieres expresar. Deja que el lector imagine. Por ejemplo así:
“El hombre se sentó con el cuerpo rígido en el sofá, las manos en las rodillas, los dedos tensos clavados en las rotulas, la mirada fija en la pared, dejando que aquella sensación de odio le embargase.
—¿Me perdonas, Alfredo? —preguntó Ana con un hilo de voz, sentándose a su lado. Intentó tomar entre sus manos una de las de su novio, pero no le fue posible. Estaban unidas con firmeza a las rodillas.
Alfredo apretó los labios, permitiendo que sus mandíbulas rechinasen en el interior de su boca, consintiendo que la respiración entrecortada se adueñase de su pecho. Los dedos de su novia estaban tibios al contacto con su mano. Tibios no, fríos, pensó, tan fríos como ella. Pero así de frío debía mostrarse él, argumentó, más frío aún.
—Perdonarte. Eso me pides, Ana —repitió Alfredo mirando a los ojos de su novia. Ni siquiera esos ojos azulados, pensó amargado, están cubiertos de lágrimas. Ni siquiera muestran un arrepentimiento genuino. No, no lo hacen ahora, pendón de los cojones, se dijo para sí, pero lo harán, puta, te juro que lo harán. Esos ojos tuyos tan lindos van a suplicar, sí, ya lo verás.”
Un párrafo convertido en cuatro, más largo, sí. Más complicado de escribir, sí. Menos adjetivos, sí. Más ambiguo, sí. Pero, ¿te gusta escribir? ¿Te has imaginado la situación, la tensión entre ambas personas? ¿Has intuido de va el asunto, porqué viene motivado el enfado de él? Si eres capaz de sacar eso, de vomitar ese alud de sentimientos, continúa escribiendo. Si no… ya sabes la respuesta, lo siento.
Este corto escrito, resumido, sería así: escribe con cabeza. Las situaciones mandan, no los personajes. Imprime un ritmo al relato. Cuéntalo, no te conformes con decirlo.
A estos pequeños consejos, añade uno bien grande. Lee. Pero lee mucho, y si no es erótica, tanto mejor. Y no leas los relatos de la web, no. Lee libros de verdad, impresos en hojas o en formato electrónico, pero libros de verdad. Adquiere vocabulario, busca nuevas formas de expresar aquello que retienes, aquello que te impulsa a escribir. No hay nada de malo en escribir pensando o imitando a un escritor consagrado (que no publicado). No serás el primero que lo hace.
Por último, ¿qué historia se te ha ocurrido en torno a las ancianas en su mesa-camilla tras las cuales esperan esa pareja desnuda? ¿Ahora sí? Pues, venga, dale a la tecla, joder, ya estás tardando.