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miércoles, 21 de marzo de 2012

Rojo Intenso


ROJO INTENSO

Ocurrió tan rápido que aún me sentía las vísceras buscando su sitio. El chirriar de neumáticos permanecía incrustado en los oídos, el chillido de Marian reverberaba en mi conciencia. En pocos segundos me noté las palmas chorreantes, resbalando aceitosas por el volante.
Me giré hacia ella. Tenía agarrados los laterales de su asiento, clavando sus uñas en la tapicería. Su peinado se había alborotado, sus mechones rizados pendían de su frente brillante. También tenía los ojos muy abiertos, también había visto a la Parca tan de cerca que aún olíamos su hedor a neumático quemado, a adrenalina consumida, a orina evacuada.
—Dios de mi vida —musitó mientras se giraba hacia mí—. Jorge, ¿estamos vivos?
De sus labios lívidos manaba una saliva espesa que recogió con el dorso de su mano. También yo hice lo mismo, al notar como una humedad se enfriaba por mi mentón.
El Opel naranja de llantas cromadas, que hasta unos segundos antes borboteaba luces carmesíes intermitentes frente a nuestro parabrisas, ya se había perdido en la carretera oscura. Varias cortinas de lluvia azotaron el techo del coche y resonaron dentro como mazazos contenidos.
—Me he meado encima —dijo Marian en voz tan baja que parecía verbalizar un pensamiento.
—No te preocupes, yo también me lo he hecho encima. Como para no, si casi nos matamos.
Marian aplicó una sonrisa de agradecimiento a su cara. Luego dedicó un tiempo anormalmente extenso a recomponer su cabello, superponiendo con calma escrupulosa, mechón tras mechón, su apariencia de mujer todavía viva. Su rostro cerúleo fue acogiendo la irrigación sanguínea hasta que, minutos más tarde, cuando el interior del vehículo hedía a orines desparramados en la tapicería, saltó de pronto:
—¡Pero qué hijo de la gran puta!
Me mordí el labio inferior a la vez que Marian golpeaba el salpicadero del coche, aplicando al plástico los tortazos furibundos destinados al niñato al volante del Opel naranja de llantas cromadas con el que casi chocamos.
—¿Cogiste la matrícula del hijoputa, la cogiste? —preguntó de repente, intercalando aquella pregunta lógica entre sus acometidas verbales y físicas.
Negué con la cabeza. Ya casi no sentía la clavícula arderme donde el cinturón de seguridad la había aplastado durante el frenazo.
—Hostia puta de todas las putas. ¿El desgraciado se va a salir de rositas del marrón?
—No veo solución posible —confirmé.
—Yo así no vuelvo a casa. Apesto como una cerda.
—Apestamos.
—Y lo peor es que en unos minutos ya no distinguiremos este tufo a pis. Nuestro olfato se habitúa con maldita eficacia a un olor dominante. No, no abras la ventanilla, el aire fresco de la lluvia conseguirá el efecto contrario: aumentará la intensidad de nuestros meados.
—¿Qué quieres hacer entonces, Marian?
—Pues no bajar la ventanilla, claro. Quita el aire acondicionado.
—No, Marian. Has dicho que así no vuelves a casa. ¿Qué quieres hacer entonces?
Sonrió y luego hizo varios giros de cuello. Las cervicales de Marian sonaron como varias latas de refresco aplastadas. Al final, habló:
—Vamos a una pensión. Necesito darme una ducha.
Cerré los ojos. No entendía qué le impulsaba a no volver su casa de inmediato. Pero comprendía que acabábamos de nacer de nuevo; eso cambia por completo tu forma de pensar. Resolví acompañarla, no sin antes pedir una concesión:
—Llamaré a mi mujer. También convendría que llamases a tu marido.
Me agarró el teléfono móvil que acaba de sacarme del bolsillo empapado del pantalón.
—¿Qué quieres decirla?
¿Cómo que qué iba a decirla? Pues que casi nos la damos, joder, que un puto niñato con su Opel tuneado se nos cruzó de repente, que mi corazón amenaza con reventarme el pecho. Que me siento feliz por estar vivo. Que quiero abrazarla y llorar en su regazo.
Sin responderla, alargué la mano para cogerle el teléfono. Me cruzó un tortazo en la mejilla.
—¿Pero qué cojones te pasa, Marian? A ver si ahora no puedo llamar a mi mujer porque a ti te dé la gana limpiarte el…
Silencié el resto de la frase. Pero Marian no quiso olvidarlo.
—¿Limpiarme? ¿Limpiarme el qué, Jorge?
—Limpiarte el puto coño, joder, que parece que mearse encima con lo que ha ocurrido fuese un crimen.
Abrió la ventanilla y tiró el teléfono a la oscuridad lluviosa del arcén. Una ráfaga de aire inyectó una lluvia fina y densa al interior. Tal y como había predicho, el hedor a orines se acentuó; la mezcla de amoniaco y urea se esparció por el habitáculo y persistió incluso después de que Marian volviese a subir a ventanilla.
—¡Estás loca!
—Estoy como una puta cabra —coincidió con una carcajada para luego instalar una mirada sombría en sus ojos—. Tira a una puta pensión.
—¿Qué coño te pasa? —susurré vislumbrando la enajenación que se adueñaba de su mente.
—Que tires ya, joder —espetó cruzándose de brazos y señalando con su mentón al frente.
Diez minutos más tarde, cuando las farolas de la periferia de la ciudad empezaron a iluminar la carretera, detuve el coche frente al ceda el paso de una rotonda.
De frente entrábamos a la ciudad; haciendo la rotonda y saliendo en la segunda salida llegábamos al motel California. Al menos eso es lo que indicaba el cartel que se combaba ante los embates del viento lluvioso.
—¿Ése te vale? —pregunté señalando con la cabeza al cartel.
Marian se encogió de hombros.
—¿O te llevo a casa? —aventuré.
—Vamos a ése, qué más da, cualquiera vale.
Sin saber aún qué estaba haciendo, tiré por la rotonda.
La miré de reojo simulando escrutar el retrovisor a su derecha. Marian y yo teníamos en común que nuestros hijos eran amigos en el colegio. La había conocido hacía dos horas escasas, cuando Maria Ángeles llamó a casa para comunicarme que el director quería hablar con nosotros. Iban a expulsar a nuestros chicos. Poco más o menos eran dos lindos hijos de puta que no terminaban de cometer una trastada para empezar otra. Su marido y mi esposa estaban en el trabajo. Compartimos vehículo, el colegio estaba en una localidad cercana. Los ánimos se caldearon frente al director; Marian era de las que no reculan, de las que no extienden un cheque de disculpas y lo rubrican con una cabeza gacha. Salimos de allí bien calientes, la olla de su cabeza estaba a punto de explotar. Y el niñato del Opel anaranjado de llantas cromadas fue el detonante.
—¿Qué quieres hacer? —pregunté cuando me detuve frente al motel.
Un oscuro aparcamiento ocupado por tráileres, camiones y alguna que otra prostituta discurriendo entre ellos era lo único que había alrededor del motel California.
—Sólo quiero darme una ducha. Quitarme de encima toda esta mugre.
—¿Traes ropa limpia? —pregunté con sorna. ¿Qué más da limpiarte si luego vas a volver a apestar?
—Aquí venden algo de ropa. También puedes lavar el coche.
No era el momento de barruntar porqué sabía eso. Solo pregunté lo que más me urgía.
—¿Tendrán también un teléfono para llamar a casa?
—Eso es lo único que te importa, ¿verdad? Volver a casa, hacer la cena, recibir a tu mujercita con un besito y acostar a tu hijo. Ya pensarás mañana lo que haya que pensar.
—¿Qué coño hay que pensar?
—Mi hijo es el que lleva la voz cantante de las putadas, ¿sabes? El tuyo sólo es una mera comparsa.
Sí, eso ya lo sabía. Y, en los últimos quince minutos, había adivinado porqué. Su madre estaba loca. Era una chalada. Y quizás una zorra. A saber cómo sería el padre. Marian intuyó mis pensamientos y acudió presta a aclararme algunos.
—Vamos a divorciarnos. De hecho, ya hemos firmado los papeles. Pero estamos a la espera de vender el piso.
—Lo siento —dije por decir.
—Ya, claro.
—¿Cómo sabes que aquí venden ropa? —indagué sabiendo ya la respuesta. No sabía por qué, pero necesitaba confirmar quién de los dos era el artífice de la separación.
Marian expiró el aire con rudeza.
—Pareces imbécil. Igual que tu hijo —murmuró negando con la cabeza. Antes de salir del vehículo, señaló un autoservicio de limpieza en una esquina del aparcamiento: —Ahí tienes donde limpiar el coche. Te espero en la habitación.
El aire que entró al abrir la puerta magnificó el olor a orina. Conduje despacio hacia el lugar señalado. Una pareja de putas de rostros demacrados y atuendos descoloridos se me acercaron mientras aplicaba jabón y agua sobre los asientos. Si había suerte, el orín no se habría filtrado al interior.
—Te has meado de la emoción al vernos, ¿verdad, guapo?
—Largaos de aquí —resoplé cabreado por la broma—. Mi mujer me espera en el motel.
—¿Hace un trío? Una experiencia nueva. Seguro que repetís.
—No, gracias —rezongué mientras frotaba.
Se alejaron repiqueteando sus tacones entre el asfalto mojado del aparcamiento, cuchicheando. A medida que el olor a jabón se imponía sobre el de las meadas, más me preguntaba qué coño seguía haciendo aquí. Lo mismo me daba sentarme sobre el asiento húmedo y salir pitando a casa. Dejar a doña Amargada aquí plantada no sería tan grave; un taxi la llevaría a su cueva. De todas formas, no la iba a volver a ver. Nuestros hijos estaban expulsados del colegio cuando Marian amenazó al director con cortarle la polla, en pleno arrebato. Y parecía decirlo de veras, detalló incluso cómo lo haría y todo. Yo no dije nada: era mejor que los chavales estuviesen separados, un colegio para cada uno y hasta nunca.
Terminada la limpieza, aparqué el coche en un rincón cercano al motel y entré con las manos en los bolsillos. Ni siquiera me pregunté lo que hacía. Ni siquiera mostré ya el más mínimo interés por llamar a mi mujer.
—A que adivino quién es usted —sonrió el viejo desde detrás del mostrador arrugando la nariz.
—No estoy para bromas, de verdad.
—Ya. Son sesenta euros la noche. Habitación 201. La mujer me pidió que le dijese que ahí, al fondo a la derecha, tiene un pequeño surtido de calzoncillos y pantalones vaqueros. Deme su documentación.
—Solo será una ducha rápida. No vamos a quedarnos a dormir.
—¿A mí qué me cuenta? Como si sólo suben a cagar. La noche completa, y punto.
Le entregué el DNI. Mientras rellenaba la ficha en un portátil, me acerqué a escoger de un perchero unos pantalones que quizá me valiesen. No recordaba qué talla usaba de cintura; era mi mujer la que sabía de estas cosas. Valiente calzonazos, me dije cogiendo los primeros que pillé. Recordé que podía llamarla por teléfono, pero no lo hice.
—¿Con todo al aire, eh? —rió al ver que sólo había cogido unos pantalones—. Esos son cincuenta y siete euros.
—¿201, no? —quise confirmar mientras pagaba la prenda y recogía mi DNI.
—O la suite 205 si quiere una orgía con las niñas de ahí afuera.
Y con tu puta madre, pensé mientras me alejaba hacia las escaleras.
Llamé a la puerta y Marian me abrió desnuda.
La treintena larga de otoños que le echaba habían moldeado su figura con turbador escándalo. Unos pechos blancos como la leche y un pubis oculto tras un vello esponjoso eran las únicas partes de su cuerpo libres de un bronceado intenso. Multitud de lunares salpicaban su piel y otorgaban a su espalda y vientre de constelaciones apretadas. Su cuerpo entero parecía un cielo de colores invertidos. Y seguía apestando a meados. Igual que yo.
—¿Tu mujer se afeita el coño? —preguntó mientras volvía al cuarto de baño.
—¿Qué coño te importa a ti eso?
—Joder, qué borde eres, hijo —soltó en voz baja desde allí.
Era verdad. Me sentía violento al haber descerrajado amplias miradas por su cuerpo desnudo. Estaba cabreado conmigo mismo por la poca importancia que le daba al hecho de compartir habitación con una desconocida desnuda. Por Dios, Jorge, que estás casado.
—¿Qué coño has estado haciendo hasta ahora? —pregunté al percatarme que no tenía la piel mojada. Tampoco escuchaba el sonido de la ducha. Había invertido media hora larga en lavar los asientos. A saber qué habría estado haciendo ella mientras tanto.
—No voy a ducharme. Me gusta oler a cerda —la oí desde el interior.
—Pues a mí no —alcé la voz yendo al cuarto de baño—. Me ducho y me marcho en diez minutos. Tú verás lo que haces.
Me la encontré sentada en el inodoro, con los muslos apretados y las piernas separadas. Un chorro de orina, débil y goteante, reverberaba en la taza.
Cruzamos nuestras miradas durante largos y agotadores segundos. El salpicar de orina fue el ruido de fondo. Aquel sonido me retraía en mis recuerdos hasta épocas lejanas. Comencé a excitarme.
—¿No te importa que esté aquí, no? —sonrió cruzándose de brazos. Sus pechos bailaron sutilmente y sus pezones tiznados parecieron removerse.
—Sí, me importa. Cuando hayas terminado, avísame. Quiero ducharme y marcharme cuanto antes.
—¿Me odias, verdad?
—¿Odiarte, por qué?
—O quizá te asusto.
—No me asustas.
—Y una polla. Estás cagado de miedo. No hay más que verte. Te tendría que haber hecho una foto cuando me miraste en pelotas. O ahora, al verme mear. La tienes tan dura que te da miedo hasta escucharme.
—No digas tonterías.
—Ven aquí, gilipollas. Mírame mientras me hablas. ¿Lo ves? Huyes, con el rabo tan tieso entre tus piernas que te duele.
—Eres una hija de puta, ¿sabes? —la espeté. Volví de nuevo al cuarto de baño.
—No sabes tú cómo. Te excito, sabes que te excito hasta lo indecible. Te da miedo perderte en tus fantasías, sumergirte en tus anhelos. Seguro que nunca has visto a tu mujer mear, ¿verdad? Pero oírla sí. Porque te excita. Oyes el chorro salpicar y te la imaginas sentadita, con las piernas recogiditas, mordiéndose el labio inferior, preparando el trocito de papel higiénico con el que limpiarse el coñito. Te habrás pajeado imaginando de mil formas el chorro y lo que no es el chorro caer…
—¡Calla, joder!
—¿Lo ves? Desconoces lo que es una buena meada de mujer. Te calé en cuanto te vi, marqués, nada más subir a tu coche. Un matrimonio de cuento, eso es lo que te piensas que tienes con tu mujer. Qué fácil es olvidar que tu vida es tan insustancial como la mía. Tan carente de esa chispa que había cuando eráis novios. ¿Qué queda de eso ahora, qué quedan de tus fantasías?
—Madurez, responsabilidad. Lo que a ti te falta. Por eso estás sola.
Zorra mala, quise añadir.
—Ya hace tiempo que olvidé lo que significan esas palabras. Pero es peor que recordarlas, ansiando revivirlas algún día, mintiéndote esperando que en algún momento puedas usarlas de nuevo.
Chasqueé la lengua y salí del cuarto de baño de nuevo. Me apoyé en la pared junto a la puerta. Escuché como cortaba un pedazo de papel y se le aplicaba sobre aquel bosque oscuro de vello. Cerré los ojos. Frotó varias veces, oí como el rasgueo del vello ensortijado azuzaba mi conciencia. Quizá lo hacía para mi deleite. Mi imaginación se disparó desbocada. Apreté los párpados. Su sexo abierto, húmedo; los labios separados, sus interioridades abiertas de par en par; el papel recogiendo las gotas dispersas, empapándose de las perlas engastadas entre sus rizos.
—Abra los ojos, marqués, que ya tiene el cuarto de baño para usted solito.
Entré bufando. Cerré la puerta y busqué el pasador de seguridad. No había. Intimidad cero. Ni siquiera la puerta cerraba bien, la manilla se atascaba.
—Tranquilo, marqués, que no miro. Pajéese a gusto que ya me sé lo que quiere hacerse. Estoy aquí, por si luego quiere hacer otras cosas.
—Vete a la mierda.
Marian se rió mientras escuchaba como el colchón rechinaba tras tumbarse en él.
Arrebujé mis pantalones y calzoncillos húmedos tras quitármelos. Mi polla apuntaba al techo, más firme que nunca, tan dura como una vara, con el glande brillante y los cojones revueltos.
Mientras me duchaba, entre el sonido del agua salpicando el plato de la ducha, escuché la televisión encendida. Los sonidos pronto se perdieron entre los calores del agua caliente. Usé los dos sobres de jabón líquido para frotarme el vientre, las ingles y los muslos. Pronto el tufo a orina devino en aroma a jabón barato. Cuanto más frotaba alrededor, más duro sentía mi miembro. Mis huevos clamaban caricias, mi verga un frotamiento inminente. Restregué mis dedos por el vello espumoso del pubis.
No tenía reparos en admitir que estaba mucho más caliente que en diez años de matrimonio. Hasta el prepucio me dolía por sentir mi verga tan envarada. Era la situación ideal para empuñarla y dar salida a toda aquella energía contenida. El coño de Marian impactaba sobre mi cabeza a golpes, al ritmo de mi corazón endemoniado. La imagen de aquel  jugoso y húmedo sexo empapado, oculto bajo marañas de vello acaracolado se adueñó de mi imaginación. Ni sé por qué obedecí a aquel impulso juvenil de dar rienda suelta a mi frenesí imaginativo ni por qué agarré mi polla dura como el cemento y la sacudí violentamente.
Solo ahogué un quejido entre el tronar del agua cuando sentí el orgasmo precoz nacer de mis huevos, azuzando mi ingle, paralizándome el corazón, encogiendo mi estómago. Eyaculé con abundancia imprevista, vaciándome de algo que tenía tan retenido en mi interior que jamás habría imaginado poseer. Las piernas me temblaron, me apoyé en los azulejos y me permití, igual que de adolescente, que la saliva anegara mi boca discurriendo por mis labios, sintiéndola espesa; hilos viscosos manaron de las comisuras, colgaron de mi mentón.
Era una delicia dejarse llevar, olvidarse de todo lo que rodeaba ahora mi vida. Pensé, de repente, que igual sí necesitaba echar una cana al aire. Despendolarse, despreocuparse. Pero no, no. Estaba casado, tenía un hijo. No podía joderlo todo por un polvo con una zorra mala.
Supuse que Marian estaría esperando, sentada en el inodoro, viendo mi arrebato onanista, regocijándose en su perspicacia de zorra acostumbrada. Por eso me sorprendió encontrarme solo en el cuarto de baño. Me sequé a disgusto, casi sin fuerzas; aquel orgasmo me había dejado extenuado. Al menos, mientras me vestía con los pantalones recién comprados, había vuelto a experimentar una sensación que, de tan lejana, había creído perdida. Apliqué el teléfono de la ducha con saña hacia los azulejos donde aún persistían los chorretones espesos de mi corrida. No oculto que cierta satisfacción alegró mi orgullo al ver tanto esperma derramado, intentando diluirse sin éxito entre el agua arremolinándose por el sumidero.
Marian estaba reclinada sobre la cama. Seguía desnuda y apuntaba con el mando a distancia hacia la pantalla, disparando sin misericordia. Como una metralleta, los canales cambiaban con furia sin dar apenas tiempo a que el sonido cambiase.
—¿Qué tal, marqués?
—Me marcho. ¿Quieres venir conmigo?
—Hijo de la gran puta —murmuró apuntándome con el mando a distancia y apretando los botones al azar—. Ojalá cambiases de canal igual que la jodida tele.
De canal. Qué gracioso. Hasta la muy puta tenía gracia a ratos.
—O sea, que te quedas. Pues toma, mi parte de la ducha—dije sacando dos billetes de la cartera y dejándolos encima de la cama.
Miró los dos billetes con mirada extrañada.
—¿Y la parte de la paja?
—No hubo paja.
—Y me lo dice tan ancho, el marqués de la polla tiesa. O yo no soy mujer o tu polla no la tienes ahora contenta, mentiroso. ¿Quieres que entre al cuarto de baño y busque los restos de la corrida? Los hombres no tenéis ni puta idea de limpiar nada.
—Sigues oliendo a marrana de puticlub. O quizá te has acostumbrado ya. O ese es tu olor al fin y al cabo.
Marian murmuró una imprecación y desvió la mirada y el mando de nuevo hacia la televisión.
—Que te vaya bien, Marian —me despedí abriendo la puerta.
—Que te follen, Jorge, hasta nunca.
«¿Sabes cuál es tu problema?, quise decirla, Que ves la vida con unas gafas de sol tan negras que ni ves la expresión de los demás al verte. Y te ven como una desgraciada, una mujer hastiada de la vida. Te prometieron perdices para comer, como en los cuentos, y ahora solo recibes sobras mordisqueadas. Y en cuanto atrapas a un incauto te lo traes a este motel de mierda».
Cerré la puerta sin abrir la boca.
Cuando llegué a recepción, el viejo se entretenía haciendo sudokus. Distribuía los números según le parecía hasta que descubrí, tras un minuto de espera, que no erraba en ninguno.
—¿Ya se marcha el señor?
—La mujer de la 201 pagará cuando se vaya.
—Lo que diga el señorito. De todas formas, tengo sus datos —dijo señalando al ordenador portátil con la mirada.
Me encogí de hombros y me dispuse a salir de aquel motel. Pero algo me impulsó a volverme hacia el mostrador.
—¿Cada cuánto viene?
—¿Quién?
—La mujer de la 201.
—¿No es su mujer?
—¿Eso le dijo ella?
—Eso supuse yo; ella habló poco. Nunca la había visto antes.
—¿Seguro?
—Seguro. El mes que viene cierro este tugurio. Veinte años seguidos. Ahora solo vienen parejitas fogosas. Y pocas. Prefieren quedarse en el aparcamiento. Me fijo bien en los culos. El de su mujer no se olvida.
—Le digo que no es mi mujer.
—Pues su puta.
—Tampoco es mi puta.
—¿Quién es, entonces?
Me sorprendía el estar manteniendo una conversación tan absurda con alguien a quién no vería nunca más, hablando de alguien a quien tampoco esperaba ver nunca más.
Salí sin responder. Comenzaba de nuevo a llover, caminé hacia el coche. Lo había dejado en un rincón oscuro del aparcamiento.
Fue cuando distinguí el Opel en la otra esquina del aparcamiento, casi oculto tras un camión de hortalizas. Su naranja metalizado era inconfundible, al igual que sus llantas cromadas.
De ordinario, mi sentido común se habría impuesto a mis deseos de venganza. Podría haber llamado a la Guardia Civil. Pero aquella masturbación gloriosa me hizo revivir mis sentimientos más profundos, más primarios. Dos cables quisieron hacer contacto en mi cerebro, las chispas saltaron. Resolví contenerme, dominar mis instintos.
Volví, sin embargo, a sorprenderme abriendo el maletero de mi coche y sacando una vara de acero que compré hacía tiempo con el fin de disuadir a los maleantes y proteger a mi familia durante los viajes. Nunca la había sujetado con las dos manos y su peso, unido a que en su extremo se engrosaba hasta asemejarse a un martillo, me hicieron tomar conciencia del poder que pendía de mis puños.
Formas oscuras se movían en el interior del Opel. Distinguí el cabello de una mujer y varias manos alzándose hacia el techo, sujetando cuerpos que retozaban. Gemidos placenteros brotaban de allí dentro, susurros contenidos, risas cómplices. Por el rabillo del ojo, vi como las putas, en tropel, abandonaban el aparcamiento, lanzándome miradas furtivas, haciendo repiquetear sus tacones contra el asfalto mojado.
Cerré los ojos. Una marea carmesí inundó mi conciencia, un calor intenso tiñó mis sienes. Por una vez en mi vida, dejé salir aquel torrente, abrí las compuertas de la furia.
—¡Hijo de la gran puta! —estallé furibundo a la vez que descargaba el extremo de la vara sobre el alerón trasero.
La fibra de vidrio se desgajó como madera podrida, la chapa saltó en miles de pedazos de confetis anaranjados.
—¡Sal si tienes huevos, niñato de los cojones, que casi nos matamos por tu culpa! —grité enronqueciendo, haciendo saltar en pedazos las luces traseras.
En el interior del vehículo las dos formas se revolvieron; distinguí brazos y piernas desnudas, oí gritos y chillidos. La lluvia metalizada impedía ver que hacía dentro.
—¡Que salgas, joder! —vociferé mientras desarmaba el maletero a varazos.
Varias luces de los camiones cercanos se encendieron, iluminando el estropicio en que iba convirtiéndose la parte trasera del Opel. El motor del coche se encendió; me aparté de milagro cuando retrocedió, no tenía ya luces de posición ni las de marcha atrás.
—¡Ven aquí, mamón, que casi nos matas! —chillé lanzándole la vara de acero. Campanilleó sobre el asfalto.
El coche salió zumbando, arrastrando tras de sí, unidos por los cables, las luces traseras. Dio varios volantazos y casi atropella a dos camioneros que acudían a ver qué ocurría.
—Ese hijoputa se nos cruzó en la carretera —expliqué mientras cogía aire—. Mi mujer y yo estamos vivos de milagro—. Rollizos hombres en calzoncillos y con sus barrigas peludas se arremolinaron alrededor de mí.
Narré el suceso lo mejor que pude. El corazón me iba a estallar. Acababa de dar un susto de muerte a la pareja del Opel anaranjado. Algunos camioneros asintieron. Aún sentía como la adrenalina fluía por mi sangre como fuel de alto octanaje. Y me gustaba. Me sentía arder por dentro.
—Sal de aquí pitando —me aconsejaron—. Como a ése le dé por llamar a la Guardia Civil, a ver cómo les explicas lo de la carretera. No hay pruebas.
—Marian —gemí al comprender que tenían razón. Había que escapar. Y no podía dejarla aquí tirada si aparecían los picoletos. Era como condenarla sin remedio.
Guardé la vara en el maletero y corrí hacia el motel. Varios camiones y sus tráileres se pusieron en marcha; no querían verse envueltos en un marrón semejante.
El viejo no se inmutó al verme aparecer de nuevo. Continuaba emborronando sudokus sin dudar en cada casilla. No entendía como no había oído los gritos del exterior.
—¿Sigue la mujer en el 201?
—Ah, es usted. Claro que sigue, y con ganas de armarla. Acaba de pedirme que le conecte el canal porno. Ahí tiene la máquina de condones por si…
Ni le escuché terminar. Ya comía los escalones de tres en tres hacia el piso superior con rapidez desorbitada.
Aporreé la puerta mientras gritaba el nombre de Marian.
Me abrió con el deseo pintado en su mirada. Seguía desnuda y en su cuerpo se advertían los primeros indicios de una excitación física.
—El marqués de la polla tiesa. ¿Ya no puedes más?
Entré empujándola adentro y cerrando la puerta tras de mí.
—Acabo de moler a palos el Opel que casi nos mata. Estaba en el aparcamiento. Ha salido pitando, tenemos que irnos de aquí.
—¿Que has hecho qué?
—Mierda, Marian, que como llegue la Guardia Civil nos comemos todo el marrón, de extremo a extremo.
Retrocedió hasta sentarse en el borde de la cama.
El gemido de una mulata alcanzando el orgasmo me hizo girar la vista hacia la televisión.
—¿Qué coño haces viendo estas guarradas?
—Mira quién habla, el que ha dejado perdida la ducha con su corrida ¿No habrás venido acaso a limpiarla?
Aparté con desgana la mirada de la televisión, me acerqué a ella y la tomé de los hombros. Sus pechos se removieron.
—Escúchame bien, Marian. Tenemos que salir de aquí ahora. Ya mismo. Vístete.
Me apartó posando la palma de su mano en mi cara mientras se llevaba la otra a su frente.
—Eso es lo peor que podemos hacer.
—¿Pero qué dices? Te acabo de decir que…
—Si viene la Guardia Civil, y no es seguro que venga, a los primeros que investigarán serán a los que han huido antes. ¿Te han visto?
Me reí por no llorar. Su razonamiento me resultaba igual de válido que el de los camioneros. Pero mi machismo subyacente inclinaba la balanza del lado masculino.
—¿Qué coño importa…?
Su tortazo me hizo trastabillar y caí de culo sobre el suelo enmoquetado.
—Que si te han visto, pregunto. O la matrícula de tu coche.
Me llevé la mano a la mejilla mientras negaba con la cabeza. No sé cómo, pero la marea roja anegó de nuevo mi visión, empañando mis ojos de carmesíes instintos.
—¿Estás seguro, Jorge?
—Estaban los dos follando en el asiento trasero. Dudo que supiesen…
Callé al darme cuenta lo que les había gritado mientras descargaba la vara de metal.
—Les grité que casi nos matan.
Marian levantó los brazos en alto.
—Genial, hijo mío, genial —bufó—. Buena la has liado. Ya saben quién eres.
Seguía frotándome la mejilla pero, a la vez, mi atención saltó hacia sus pechos revoltosos, bailantes. Sus pezones seguían erectos; sus areolas, contraídas. Luego noté como mi verga presionaba sobre la cremallera de la bragueta. Volví a sentir el fuel ardiendo en mis venas. Ardía, quemaba, consumía. En mi cabeza, las compuertas cedieron y el estallido furioso de la marea roja se hizo paso e inundó toda mi conciencia.
—Y ahora, ¿qué? —pregunté sin apartar la mirada de su cuerpo. Su desnudez era lo único que ocupaba mis pensamientos. Delegué sin miramientos la responsabilidad en Marian.
—Es de suponer que en el motel tienen tus datos —murmuró mientras se dejaba caer boca arriba sobre la cama—. Lo mismo da que salgamos de aquí a toda hostia si piden los datos de registro —. Giró la cabeza para mirarme—. Mejor nos quedamos aquí y que sea lo que Dios quiera.
Volví a escuchar gemidos procedentes de la televisión. El rojo furioso se filtraba por cada fibra de mi ser, me sentía henchido de fuerzas, la desesperación inundó mis pensamientos. Marian parecía ya ajena a la orgía de la película. Pero para mí, esos gimoteos fueron la chispa que prendió fuego a la mezcla que era ahora mi sangre. Los cables volvieron a chisporrotear.
Gateé hacia ella, hacia su cuerpo. En mi interior, aunque no lo aceptase, mi mente había retrocedido décadas de fidelidad y sumisión al matrimonio. Lo único que ocupaba mis pensamientos era la fronda oscura que nacía entre los muslos de Marian, el brillo intenso que brotaba de su sexo. El intenso olor a orina de la habitación no ayudaba a despejar mi mente; antes bien, confluía para obnubilarme con mayor ansia. Me hundí en aquella sensación de abandono rojizo.
Me abrí paso entre sus piernas. Marian chilló sorprendida al notar mi boca en su sexo. Su interior estaba meloso y sabía a orina y sudor.
—¡Qué haces! —gritó empujándome lejos de una patada.
—¡Follarte! —exclamé con voz enronquecida. Me erguí de rodillas en el suelo y me saqué la camisa.
Me abalancé sobre ella. Mi salto la cogió desprevenida, aterricé sobre su cuerpo, el somier crujió, el colchón amortiguó el impacto.
Un chillido quiso salir de su boca, lo ahogué con la mía, imprimiendo un beso voraz, propio de un energúmeno glotón. Su lengua se retrajo, sus dientes se apretaron. Sus uñas hicieron su cometido, arando mi piel y dejando surcos rojizos en mis hombros, cuello y mejillas.
Aquello no era un escarceo amatorio, era una meleé de brazos y piernas furibundos, de dentelladas propinadas de improviso, de miradas homicidas. Mis piernas trataron de reducir las suyas, mis brazos de sujetar los suyos. Se debatía salvajamente.
—¡Quieta, quieta, zorrita! —ronroneé.
Era complicado acceder a cualquier parte de su cuerpo, se revolvía incansable; sus fauces estaban acechantes, impulsadas por resortes que, si me descuidaba lo más mínimo, harían mella en mi carne, desgarrarían mi piel.
La propiné varias bofetadas que hicieron que su cara botara sobre la colcha. Sonaron como cataclismos, como emisarios certeros de una paliza inminente si no se dejaba hacer. Marian comprendió, tras recibir varias, que su cuerpo no era rival para el mío, que sus fuerzas se agotarían antes de que las mías siquiera comenzasen a flaquear.
Me miró henchida de odio, la saliva rosácea brotaba de sus labios rotos, mezclada con hilillos de sangre. Su cabello negrísimo brillaba por el esfuerzo y yacía desparramado por su cara y el resto de su cuello y la cama.
—Vas a consentir por las buenas o por las malas —advertí limpiándome el sudor y la sangre de mi propios labios. Me desabroché los pantalones y dejé que mi miembro erecto, cruelmente erecto, proclamase qué pensaba realizar con su cuerpo.
Agarré el matojo de su vello púbico, y tiré de él para atraer su cuerpo hacia mí. Un quejido ronco brotó de su garganta magullada. El tacto aterciopelado de su protección velluda me enardeció. Cuando sus piernas abiertas flanquearon las mías y sus nalgas presionaron bajo mis cojones, me permití una sonrisa triunfal, una carcajada de puro deleite, embargándome de su desazón, de su terror, de su mirada desahuciada de esperanza.
Costó doblar mi verga en dirección hacia su entrada. Por nada del mundo iba a inclinarme sobre ella: mi posición era y debía ser la de amo dominante, descansando sobre mis talones, admirando el fantástico cuerpo sometido que se me ofrecía poseer. Dolió lo indecible, me vanaglorié de la férrea insistencia de mi miembro por mantener una verticalidad intachable, pero al fin conseguí clavar el glande en su interior.
Ensimismado en el lento avance en su interior, casi no veo venir su rodilla hacia mi pecho. La atrapé al vuelo, exhalando Marian y yo dos gritos al unísono: ella de desesperación; yo de triunfo. Alcé el muslo y mordí la carne hasta oírla vociferar. Mis dientes probaron el sabor de su carne y el disfrute de su angustia, de su dolor más lastimero. Y, como colofón, enterré de una sola estocada mi polla en el interior de su sexo. Marian aulló perpleja y otro tortazo, propinado con quizá demasiada fuerza, hizo crujir su cuello y lanzó su cabeza hacia un lado, desplazando su torso.
Mi atención, entonces, se fijó en sus pechos acusando la inercia del golpe. Los amarré con mis dedos, empuñé sus blancos globos perlados de lunares y los usé para impulsarme con salvaje frenesí en su interior. Sus quejidos eran como estertores, grandioso soniquete con el que endulzar mis acometidas furiosas, salvajes. Sus brazos yacían desmadejados, su vientre acusaba los empellones. La sabía derrotada, hundida.
Pero no permití que, tras escasos meneos, me descargase sobre su vagina. Mi verga, al extraerla de su interior, surgió y se alzó hacia el techo con indiscutible virilidad.
Quise ponerla boca abajo, cometer el segundo acto de esta fantasía realizada, cargada de sentimientos extraídos de mis más oscuras perversiones. Pero ella, arañando fuerzas de una fortaleza que creía agotada, se me escabulló hacia el extremo de la cama.
Marian se refugió en el cabecero de la cama, encogida, temblando como si el frío más intenso le robara el poco calor que pudiese retener. Musitó algo, negó con la cabeza, sorbió por la nariz rota. Se hizo un ovillo de brazos y piernas.
—¿No quieres seguir? —sonreí mientras me manoseaba el instrumento.
Disfruté de su mirada espantada posarse sobre mi todavía verga erecta, bañada en sus secreciones.
—Hijo de la gran puta. Está por venir la Guardia Civil. Agresión, intimidación, violación… ¿por qué no me matas aquí mismo?
—¿Violarte? —reí con risa siniestra acercándome a ella con cuidado—. Hasta hace poco era al revés, zorra mala. Nadie podría ponerlo en duda.
Mi gateo era lento, acechante. Nuestras miradas se cruzaban furiosas. Ella era mi presa y lo sabía con dolorosa penuria. Se apretó consigo misma. Sus tobillos a duras penas ocultaban el sabroso regalo de su sexo velludo. Sus pechos maltratados se hinchaban con cada respiración apocada suya. Me pregunté cuántos lunares adornaban su cuerpo. Una constelación entera, un universo completo solo para mí. No me importaría perder la noche entera aquí, contándolos.
Súbitamente, se lanzó hacia el otro extremo de la cama, en un impulso por alcanzar la salida. La cogí de los tobillos al vuelo, su salto se quebró en el aire, quedó tendida boca abajo sobre la cama, chilló alterada. Me arrodillé sobre cintura. Amarré su cabello y la obligué a hundir la cara en la colcha, ahogando sus chillidos. Lanzaba manotazos al aire, sus piernas se revolvían como electrificadas.
—Voy a encularte —susurré al lado de su oreja—. Y te va a gustar, Marian querida. Vas a gozar, vas a suplicar que no pare, que te reviente hasta partirte en dos. ¿No querías un cambio de canal cuando me disparabas con el mando a distancia? Ahora lo tendrás; agradécelo, que ha sido concedido tu deseo.
Chilló salvajemente, profiriendo insultos, vomitando pestes. Coloqué la almohada bajo su cara, apreté su nuca sobre ella. Sus brazos aletearon en el aire, sus manos golpearon sobre la mesita, la lamparita y el cabecero. Tras varias sacudidas, se rindió ante lo evidente. Sus protestas quedaron reducidas a patéticas murmuraciones.
—Te sugiero que muerdas. Dicen que la primera vez duele mucho. Pero quizá ya conozcas la sensación, zorra mala.
Se desembarazó de mi presa y me imploró entre lloros.
—¿Por qué me haces esto?
—Porque tú lo querías, ¿recuerdas, Marian? —. Me embadurné la polla de varios escupitajos—. Deseabas que liberase mis instintos, que persiguiese mis anhelos, que alcanzase mis sueños.
—Pero yo quería al Jorge…
El chillido que soltó cuando inserté mi rabo entre sus nalgas fue apoteósico. Ella misma ahogó su dolor en la almohada e, incluso, la magnitud de su grito aún fue considerable.
Pero para mí fue la liberación absoluta. La dicha sin límites. Mi verga se abrió paso en su cavidad anal sin contemplaciones, desgarrando allí donde hizo falta. Fue sólo cuando mis testículos se aplastaron contra su vulva cuando se giró hacia mí con el sufrimiento extremo pintado en su ceño fruncido. No obstante, una sonrisa maquiavélica adornaba sus labios hinchados.
—Venga, so cabrón, dame todo lo que tengas, destrózame —susurró con la lengua asomando entre sus dientes—. Mátame de una puta vez.
Envalentonado, bombeé su ano con acometidas estudiadas, estocadas certeras. Retrocedía despacio, sin llegar a sacar el glande de su interior y luego, como impulsado por un resorte, hundía mi miembro hasta el fondo, en un despiadado clavar, escuchando extasiado su chillar alterado. El viejo tenía razón: el culo de Marian era como para no olvidarlo. Sus nalgas redondeadas enrojecieron cuando las palmeé, su cintura perlada de lunares se combaba cada vez más; tiré de su cintura, levantando su grupa, permitiendo una mejor descarga. Separaba sus cachas contraídas y su anillo amoratado engullía mi martillo pilón sin descanso, sin pausa.
Marian profería chillidos malsanos, vociferaba y mentaba a mi familia y a Dios mientras taladraba su interior sin ningún remordimiento. Me encantaba verla debatirse, farfullar incoherencias, incapaz de otra cosa más que de soportar mis acometidas.
Descargué todo mi esperma a los pocos minutos, incapaz de retrasar por más tiempo mi orgasmo. Me vine dentro suyo sin saber siquiera si ella había disfrutado lo más mínimo, sin saber si su sufrimiento se había trasmutado en placer. Únicamente mi propia satisfacción ocupaba mis pensamientos, solo mi orgasmo era importante. Mis sueños cumplidos, mi satisfacción alcanzada. Me recreé en aquella sensación tan bendita, tan humilde.
Probablemente por eso no supe ver a tiempo el cacharrazo de la lamparita sobre mi cabeza. Solo sentí un profundo dolor en una sien y luego la negrura invadiendo mi conciencia, como un chorro de tinta china derramándose sobre una pecera.
No me acuerdo qué soñé excepto algo demasiado absurdo para ser contado. Baste decir que incluía mi ano, un pez espada y un martillo de cabeza ancha. De fondo, una sábana roja, tan roja que supuraba.
Desperté en una ambulancia. O eso creía yo que era hasta que, abiertos los ojos, reconocí a dos guardias civiles sentados al lado mío. Iba tapado con una sábana blanca.
—Bienvenido al mundo real, señorito.
—Hostia puta —murmuré intentando incorporarme de la camilla. Me dolía la cabeza horriblemente. Me di cuenta que estaba amarrado al camastro. Al alzar uno de los brazos el tintineo de unas esposas me hizo tomar conciencia de cuál era mi estado. Extrañamente no sentía nada de cintura para abajo.
—¿El Opel, no? —suspiré.
Uno de los picoletos chasqueó la lengua varias veces.
—Ay, señorito. Si tan sólo fuera eso…
Señaló con la mirada hacia mi entrepierna, bajé la mirada y descubrí un gran manchurrón carmesí tiñendo la sábana.
A la vez que descubría el catéter insertado en mi brazo, el ramalazo de dolor de la amputación me sobrevino de repente. Recordé con demoledora precisión los detalles de la amenaza de Marian hacia el director del colegio.
Luego chillé aterrorizado.
De nuevo la tinta china, misericordiosamente, tiñó mi conciencia de negro absoluto. Chorros de brea espesos, grumosos, salpicando en mi pecera.
Ningún rojo, sin embargo.

sábado, 10 de marzo de 2012

Reunión de madres, sueños cumplidos (3/3)



—Vamos a cerrar una temporada. El gerente quiere pintar el bar y cambiar el aspecto de la barra.
El grupo de madres miró al camarero mientras iba sirviendo los cafés y los desayunos en la terraza de la cafetería. Por lo general, enmudecían al llegar él. Pero ahora, Neus rompió el silencio.
—Pero, Braulio, ¿a dónde vamos a ir ahora? ¿Quién nos va a dar de comer por las mañanas?
El camarero sonrió y luego se encogió de hombros. Las echaría de menos. Se demoró algo más de lo acostumbrado en servir el pedido. Sentía las miradas de todas ellas fijas en él, en sus movimientos, en la forma que tenía de repartir los platos, en la tarea de echar la leche en cada taza con café humeante. Eran buenas clientes, atentas, agradecidas, dejaban excelentes propinas, sí, las iba a echar de menos.
En cuanto quedaron solas, Socorro tomó la palabra.
—Bueno, parece que este será el último viernes que quedemos aquí.
—Romperemos una tradición.
Todas asintieron mientras daban cuenta de tostadas y bollos.
Matilde fue la encargada de romper un silencio triste que se postergó mientras comían.
—Podemos continuar con nuestra nueva tradición. Podemos centrar nuestras reuniones en nuestras confesiones en vez de en el lugar.
—Nuestras cochinadas —puntualizó Carmen.
—Cochinadas o no, son fantasías sexuales que algunas hemos cumplido. Se merecen ser compartidas con las demás —se defendió Matilde.
—¿Hemos? —repitió Neus mirando a Matilde. Dejó los cubiertos sobre la mesa y se giró hacia su amiga—. O sea, que tú también tienes una fantasía cumplida. La que nos provocó para confesar nuestros secretos resulta que ahora tiene una fantasía cumplida.
—Que la cuente, que la cuente —corearon todas entre risas.
Matilde se sonrojó y se hizo la remilgada.
—Sois como niñas.
—¿Es una fantasía cochina?
Matilde masticó despacio, sabiéndose el centro de las miradas de todo el grupo de madres. Disfrutó de aquel momento, a nadie le viene mal, de vez en cuando, ser el foco de atención, que sus palabras sean escuchadas con avidez.
—Algo guarrilla sí que es —por fin respondió.
—Cuenta, cuenta.

<—El relato de Matilde—>

Creo que todo empezó cuando, de pequeña, un domingo mi padre me llevó al parque. Los dos solos, mientras me empujaba en el columpio, le sorprendí mirando con atención el partido de fútbol entre chavales que había al lado. Los miraba con tristeza, como si al verlos, recordase algo que le causase mucha pena. Yo le pregunté qué pasaba y él, supongo que imaginando que no lo entendería, me contestó que ojalá hubiese nacido niño. Luego me siguió empujando con más fuerza, yo le pedía más fuerte y él reía y decía que si me caía, mamá nos mataría, pero me hizo caso y me agarré muy fuerte al columpio, como él me dijo. Grité asustada y gozosa, reímos y yo le abracé muy fuerte y le dije que le quería. Luego él lloró y me pidió perdón por haberme dicho eso de no nacer niño. Yo le prometí que jamás lo contaría y hasta ahora nunca lo he contado.
Pero jamás dejé de pensar en ello.
Desde entonces me sentí culpable por haber nacido mujer, eso es algo que no puedo remediar y por ahora no he podido quitármelo de la cabeza. No es una obsesión ni tampoco es la sensación de vivir en un cuerpo distinto al que siento. Es solo que quería agradar a mi padre. Seguro que él no recordará aquel suceso ni tampoco relacionará todo lo que vino después. El caso es que, días después de aquel domingo, comencé a fijarme en los chicos. Quería ser como ellos, actuar como ellos, parecer un chico o, al menos, adquirir sus costumbres, su imagen. Le pedí a mamá que me cortase el pelo, quería llevarlo corto, mi madre me dijo que no, claro, que tenía un cabello precioso y que todas las niñas lo llevaban largo. Pensó que era una rabieta, no sospechó mis razones. Así que me lo corté yo misma. Cuando me descubrieron en el baño, con el pelo cortado y los mechones desiguales, se enfadó mucho, yo creo que más por tener unas tijeras en la mano que por otra cosa. Me gané una azotaina y me quedé sin postre varias semanas. Incluso me llevaron a un psicólogo, pero no solté prenda, dije que lo había hecho por diversión.
Lo siguiente, tal y como veía a mi padre y a los demás chicos, fue intentar orinar de pie. Al principio fue todo un desastre, imaginaros todo el inodoro regado de orina. Me tocaba limpiarlo como podía. Por supuesto, era mi padre el que recibía todas las reprimendas de mamá, le echaba unas broncas tremendas y él no rebullía, se enterraba tras el periódico murmurando para sí. Poco a poco me fui haciendo con ello y hoy por hoy, tengo la técnica muy depurada. Es inevitable que salpique algo pero no más de lo que lo haría cualquier hombre. Solo hay que colocarse de horcajadas, algo inclinada hacia adelante, te separas los labios muy bien y aprietas despacio, controlando el arco de pis, siempre mirando el arco, siempre atenta a la fuerza con la que orinas. Curiosamente, haciendo esto casi toda mi vida, he desarrollado músculos en mi vagina que les hacían arrancar alaridos de placer a mis parejas cuando hacíamos el amor. No hay mal que por bien no venga.
Paralelamente a mi transformación externa, sabía que tenía que desarrollar mi forma de ser. Respecto a mi tono de voz no pude hacer nada, pero en cuanto al lenguaje sí. Fuera de casa, comencé a soltar tacos sin motivo alguno. Mis preferidos eran “coño”, “hostias”, “cojones” y todo lo que tenga que ver con “Dios”. Me gané a pulso la fama de malhablada entre mis amigas pero eso duró poco hasta que comencé a buscar bronca. Saltaba a la mínima, no dejaba pasar ni una, macho hasta la médula, aunque supusiese más de una vez volver a casa con un moratón o un labio roto. Malhablada y busca-broncas, esa era yo, ni siquiera los chicos me rechistaban. También intenté jugar al fútbol, pero es un deporte que nunca me gustó, eso de correr detrás de las pelotas, como si fuese una mujer hambrienta. Además, se me desarrollaron los pechos demasiado pronto y pronto el correr fue un problema.
Realmente era un dilema. Veía a mi madre y me fijaba en sus amplios senos, yo la preguntaba si tendría sus tetas y ella sonreía y me decía que aún era muy niña para preocuparme por eso. Ya, y una mierda. Cuando me compró el primer sujetador, no tardé ni una hora en quitármelo. Por suerte, vivíamos en un edificio, en una quinta planta sin ascensor. En la tercera planta, al fondo del pasillo, había una esquina que usaba para desembarazarme del sujetador al salir a la calle. ¿Qué era eso de llevar una prenda opresora en mi pecho? Para nada, los chicos no usaban eso. Aquello, claro, tonta de mí, no hizo sino exacerbar los ánimos de los chicos cuando mis pechos continuaron creciendo sin sustento ni sujeción. Daños colaterales, qué se le iba a hacer. Ya de adolescente, en el instituto, me gané la fama de feminista radical. Había conseguido que mi madre se rindiese con mi peinado corto y creo que con eso ya está todo dicho respecto a mi determinación. Era deslenguada, llegaba a las manos por nada, meaba de pie, aborrecía el sujetador y quería equipararme a los chicos en derechos. Me fue fácil encasillarme en aquel rol social que no me iba ni me venía pero que usaba como excusa para desarrollar mi hombría.
Entre mis opciones sexuales, cuando las hormonas me atacaron en la pubertad sin piedad alguna, se me abrieron un abanico de posibilidades más amplio que el habitual. Probé el sexo tardíamente, seguía acomplejada por mi falta de pene ya que, en todo lo demás, podía equiparme perfectamente a un hombre. Mi primera relación sexual la tuve a los diecinueve con un chaval de la universidad, en su coche. Fue un fracaso absoluto. La verdad es que estaba cantado pero, por no sé qué absurda fijación, supongo que por instinto, quise hacerlo con un tío. El primer problema surgió con la posición. De ninguna manera yo habría de estar debajo y él, más salido que el pico de una lanza, accedió con tal de metérmela y verme las tetas. Lo de la virginidad no supuso mayores problemas, una cosa era que fuese virgen en el sexo y otra que desconociese el placer de masturbarme con consoladores caseros. Lo que no le hizo mucha gracia al chaval, Rodrigo creo que se llamaba, fue que llevase la voz cantante en todo el proceso. Protestó todo lo que quiso cuando le tumbé en el asiento trasero y me coloqué sobre él, pero un par de gemidos, un manoseo de tetas y todo arreglado. Yo tenía el asunto húmedo, preparado para él y, cabalgando sobre su polla, iniciamos el coito. Al cabo de pocos trotes, apareció la sangre. Él se alegró mucho, estaba ufano, dijo que había roto mi himen, que me había desvirgado. Pero la sangre no cesó de escurrir de mi interior. Nos asustamos. Pobre diablo, en cuanto me la saqué, resultó que se había desgarrado el frenillo. Total, que directos a Urgencias. Me lloraba como una nena, con toda su picha cubierta de pañuelos de papel que el rojo carmesí no cesaba de teñir. Le aparqué el coche, llamé a sus padres y allí le dejé, bastante frustrada y algo cabreada por no obtener placer alguno de aquella noche. También le dejé el marrón de las manchas de sangre en toda la tapicería del coche de sus padres, a saber cómo lo solucionaría, no le he vuelto a ver desde entonces. No fue el último hombre con el que tuve sexo pero nunca me gustaron sus reticencias en cuanto al reparto de roles y posiciones. Somos imanes de polos similares y con eso está todo dicho, qué cojones.
Escarmentada, inicié una relación, hasta ahora inconclusa, con las mujeres. Todo fue mucho más fácil, más cómodo y más natural. No me considero lesbiana, ni bisexual ni quiero que me pongan etiquetas, me gustan las mujeres igual que me gustan los hombres, pero las que escogía, por educación o necesidad o influidas por la sociedad, ansiaban ser la parte inferior de la ecuación, la parte dominada, la parte servil. Claudia fue mi primera pareja. Ya éramos amigas cuando ocurrió lo de Rodrigo y aproveché nuestra amistad como cuña para ahondar en nuestra relación. Un viernes, cuando la acompañé hasta los servicios de la discoteca donde bailábamos, me abalancé sobre ella y nos encerramos en un aseo. Quiso protestar pero acallé sus gemidos con mi lengua. Quiso apartarme pero la detuve llevando sus brazos a la espalda. Quiso patearme pero la hice sentar sobre el inodoro, le arremangué la falda y le bajé las bragas. El resto de protestas, una vez mis dedos arramplaron con su sexo, enmudecieron por arte de magia. No estuvo mal. Habiendo probado el beso con hombres y mujeres, las prefiero a ellas sin dudarlo. Sabemos usar la lengua con más imaginación y disfrutamos mucho más con los preliminares. Mis parejas son dulces, se dejan hacer y me dejan toda la iniciativa, tanto en la convivencia del día a día como en la cama.
Conocí a mi actual pareja, Verónica, hace algunos años, en un viaje a México. Coincidimos en una excursión por el Yucatán, fue toda una suerte encontrarme al amor de mi vida en un lugar tan lejano para que luego resultase que vivíamos a sólo unas manzanas de distancia. Ella estaba de luna de miel con su marido, un tipo aborrecible, no sé qué vio en él. Luego supe que el marido se parecía demasiado a mí. En cuanto nos vimos, supe desde el primer instante que sería mía. Guapa, sencilla, de ademanes comedidos y muy tímida, un flechazo, vamos. Comprendo que pocas parejas tengo a mi disposición cuando desde el comienzo establezco que una relación conmigo no se basa en la igualdad, y por eso, en cuanto tengo una a tiro, me lanzo de cabeza. Su marido sería como yo pero no tenía ni pizca de seso, era bruto y algo dado a usar la mano cuando le daba la gana. En cuanto regresamos a España, me faltó tiempo para llamarla y quedar con ella. Me considero un poco manipuladora pero en su caso solo me hizo falta abrirla los ojos para que se diese cuenta del error que había cometido. Pensé que sería fácil pero costó lo suyo, máxime cuando se dio cuenta que estaba embarazada.
Así pues, desencantada de todo, Verónica me abrió su corazón pero no todo salió como yo quería. Verónica no pensaba en otra cosa que en su hijo, de modo que siguió con su matrimonio, moribundo desde su nacimiento, pero muy vivo el condenado. Me convertí en su amante. Durante los cuatro años siguientes, la descubrí una nueva forma de ver la vida y me beneficié de su amargura conyugal. Nos enamoramos perdidamente y nuestra relación, aunque oculta, día a día se iba consolidando. La primera noche que hicimos el amor fue muy especial. Acababa de acostar a su hijo, nuestro hijo ahora, su marido estaba de viaje y teníamos toda la noche para nosotras solas. Conocía ya su cuerpo desnudo al detalle, suspiraba por él todas las noches, pero nunca había sido mío. Me coloqué sobre ella y la besé con tanta pasión que luego me confesaría que se había corrido sólo con mis besos. Yo ya había preparado aquel encuentro desde hacía tiempo y me proponía cumplir una de mis máximas ambiciones, uno de mis sueños más deseados. Me coloqué un arnés alrededor de mi cintura e ingles del que pendía un consolador que hacía las veces de miembro surgido de mi entrepierna y cuyo extremo posterior se introducía en mi orificio. Verónica se asustó al ver aquel monstruo azul de látex bicéfalo pero la aseguré que sería todo muy suave, nada de dolores.
Ninguna de mis anteriores parejas había accedido a ser penetrada por aquella polla de plástico ni había aceptado que yo usase una prótesis. Lo más bonito que le habían llamado al verlo era grotesco. Pero para mí representaba mucho, qué digo mucho, para mí representaba la culminación de toda una vida, por fin podría cumplir mi sueño más íntimo, mi anhelo más deseado. Me introduje un extremo en mis partes y conecté el vibrador. El zumbido se adueñó de la quietud del salón. Verónica cerró los ojos y abrió sus piernas, abriendo con sus dedos la entrada a su caverna. La penetración fue mortalmente placentera para mí, algo dolorosa para ella. Cuanto más ímpetu arrojaba sobre su pubis, enterrando el consolador en su sexo, más se hundía el otro extremo en mi vagina. Llegué al orgasmo casi darme cuenta, al poco de empezar, como un adolescente novato. Al fin, y ahora que sabéis toda mi historia me comprenderéis, me sentía realmente desvirgada y realizada. Por suerte, Verónica disfrutó lo suficiente como para, en la siguiente ocasión que tuvimos, volver a depositar un voto de confianza en el artilugio.
No puedo contar más. El consolador de doble cabeza se ha convertido en elemento imprescindible en nuestras relaciones sexuales. Verónica y yo alcanzamos orgasmos tan intensos como extraordinarios y, en cierto modo, su rol de mujer de la casa no se ha visto muy alterado. Casi un año después de aquella noche, Verónica se separó de su marido y ahora vivimos las dos juntas junto a nuestro hijo.

¿Quieres dotar a tu relato de un encanto especial? -El escenario-


¿Quieres dotar a tu relato de un encanto especial? -El escenario-

Empiezo una serie de entradas en el blog sobre los detalles que caracterizan a un buen relato de uno excelente.

Supongamos que terminas tu relato. Es fantástico, piensas mientras lo relees, me encanta. Pero, y lanzas un suspiro, me falta algo. Hay algo que no cuadra, le falta chispa, le falta ese toque.
A lo peor, concluyes, todo es una mierda.
Vale, no nos agobiemos.
Hagamos un repaso:

Escenario

¿Está someramente descrito o sobran detalles por todos los lados? El escenario de un relato, por regla general, no debe ocupar en su descripción más que el espacio justo, las palabras exactas. Si quieres que el tragaluz de una buhardilla muestre una luz cenital que será importante para dar color al relato y que servirá para el argumento, ponlo. Si la buhardilla no será más que un lugar de paso, ni siquiera hará falta que describas su contenido. Recuerda: cuando dices buhardilla todos nos formamos una imagen. Y con eso basta si no necesitas más.
No detalles más de lo imprescindible. Solo lo que sirva. Nada más. Tienes que jugar con lo que el lector sabe. Y con lo que no sabe, pero debe conocer.
Un ejemplo:
Cuando decimos “mar”, todos sabemos qué es. Si quieres, sin embargo, un mar embravecido, tendrás que describir cómo de revuelto está o, Y ESTA ES LA CLAVE, que efectos produce en el personaje o en un objeto. Observa:
“El mar estaba revuelto, olas de considerable tamaño se alzaban ayudadas por el viento, que era frío e indomable”.
Compáralo con:
“El mar revuelto zarandeaba nuestra barca, propinando golpes peligrosos, eliminando cualquier estabilidad. Tenía miedo de caer al agua. El viento, además, azotaba mi cara con bofetadas de espuma, saladas y frías”.
Seguro que ahora lo ves todo más claro, ¿a que sí?

En la próxima entrada del blog miraremos cómo están los personajes.

martes, 6 de marzo de 2012

El pervertido me llama de nuevo




—El pervertido me llama de nuevo—

—Métetelo.
Me mordí el labio inferior mientras negaba con la cabeza. Aquello no podía estar pasando. Tenía que ser una broma cruel. Pero era tan real, y la explicación escuchada segundos antes tan demoledora, que no tuve remedio.
Abrí la caja, saqué el cacharro y lo coloqué encima. Luego me bajé las bragas, me arremangué la falda. Me senté de nuevo sobre el inodoro y abrí las piernas.
El gemido que se me escapó cuando el artilugio entró en contacto con mi sexo, provocó dos efectos: el pervertido soltó una risa honda, gutural y mi madre, en el salón, alzó la voz:
—Nena, ¿estás bien?
Media hora antes, el control sobre mi vida no era perfecto, pero me conformaba. Me había emancipado hacía poco, había comprado un pisito de segunda mano en la periferia, tenía un trabajo inestable aunque era trabajo y mi vida amorosa se reducía a ocasionales polvos tras probar el amargor de la ruptura de un noviazgo dilatado en los años.
Sin embargo, no me podía quejar en cuanto a vivir situaciones extrañas. Varias semanas antes, una mañana cualquiera había recibido la llamada de un desconocido. Le traté como a un pervertido y eso era esencialmente. Su voz grave y acompasada fulminó mis recelos y, juntos, compartimos una experiencia inolvidable. Poseía un timbre vocal tan grave como seductor. Dijo sobrepasar la cincuentena pero la amplia diferencia de edad entre nosotros no fue obstáculo para experimentar el mejor orgasmo de mi vida gracias a su voz y mi imaginación. Luego me enteraría de que él no se masturbó y que acechaba tras mi puerta. Seguía siendo un desconocido para mí, pero no así yo para él.
Sospeché en un primer momento de los vecinos del edificio, pero ningún hombre se ajustaba a los criterios de edad que el pervertido declaró, eran gente anciana, jóvenes púberes o mocosos malcriados. Además, me esforzaba por hacerles hablar, pues su voz habría de delatarle: tan honda y grave era que cualquier otra me sonaba estridente en comparación.
En los días que siguieron, no volví a recibir otra llamada suya, tampoco signo alguno de su presencia. Estaba excitada pero, a la vez, temerosa. Me acomodé y el regreso a mi vida anodina pero predecible me tranquilizó. Aun así, el recuerdo de su voz cavernosa, del placer disfrutado, seguían presentes y cualquier orgasmo que tenía no podía evitar contrastarlo con el que me arrancó el pervertido al teléfono.
Me masturbaba a diario, en posiciones cada cual más estrambótica, penetrada con los objetos más inverosímiles, estimulando zonas corporales antes ignoradas. Incluso adquirí un dildo con la esperanza de obtener un placer similar al de aquella mañana. Fue inútil: me confirmé que nada era comparable a su voz honda y su risa evocadora entretejiendo mi imaginación.
Mamá había acudido aquella tarde para enseñarme a coger el bajo a varios pantalones.
—A tu edad sabía bordar y coser cualquier cosa. Hasta nos arreglábamos nuestros vestidos.
—Mamá, hace treinta años era lo único que podíais hacer.
Mi madre sonreía, se subía las gafas de pasta por el puente de la nariz y volvía a concentrarse en las puntadas. Insistió en traerse la máquina de coser pero no quise: pesaba demasiado para ella.
Mamá se inclinaba para estudiar cada poco mi trabajo:
—Fíjate bien, Cristina, puntadas cortas, parejas, rectas. Me estás haciendo una escabechina que luego tendré que descoser yo. Una mujer que no sabe coser… ¡a dónde vamos a llegar!
Llamaron al teléfono. Hacía pocos días que había comprado un inalámbrico y tardé unos segundos en acertar con la tecla de descolgar.
Más me hubiese valido no haber contestado.
—Hola, ¿eres tú?
El corazón se me detuvo. Misma voz, mismo saludo. Un escalofrío me cruzó la espalda. Mi madre notó que algo raro me sucedía.
—Nena, ¿qué pasa? ¿Quién es?
—Dile a tu madre que soy un compañero del trabajo.
Un horror indecible me sacudió los cimientos de mi serenidad. Su voz grave y honda me traspasó el pecho. El pervertido atacaba de nuevo y, sin que supiera cómo, estaba al corriente de la presencia de mi madre.
Colgué sin pensarlo.
—Cristina, ¿quién era?
Pegué un brinco en el sofá cuando mi madre posó una mano sobre mi pierna.
Antes de que me preguntase de nuevo, antes de que la preocupación que traslucía su rostro aumentase, me levanté yo.
—Era una amiga, mamá. Que no salimos hoy, fíjate.
—Mejor, hija. Seguro que sólo salís a emborracharos y buscar problemas. Y, luego, ¡ay de mí! Si es que ahora vais…
—Mamá —interrumpí—, tengo un apretón, disculpa.
Me escabullí lo más serena que pude. Sabía que, de todos modos, a mi madre no podía engañarla. Me conformaba con que se tragase que había sido una amiga la que había llamado. Lo del apretón… bueno, tenía suerte si iba dos o tres veces a la semana; qué casualidad que tocase justo ahora. Dudaba que me creyese, pero fue lo único que se me ocurrió entonces. Tenía que alejarme de ella.
Porque sabía que el pervertido de voz profunda volvería a llamar.
Me encerré en el cuarto de baño. Me senté en el inodoro. El tiempo corría mientras buceaba entre los interminables menús en la pantalla digital del teléfono. No podía permitir que el teléfono sonase de nuevo, quería quitarle el sonido de llamada. Accedí a funciones que ni sospechaba que existiesen en el teléfono, me perdí en otras cuyos nombres ni siquiera estaban en español. Mis dedos temblaban. Cada vez acercaba más la pantalla a los ojos. Sentí un sudor frío recorriendo mi espalda.
¿Cómo decirle a mi madre que un pervertido con el que me corrí días antes llamaba de nuevo?
¿Acoso? ¿Invasión de intimidad? ¿Qué más daba todo eso si, por loco que sonase, me moría de ganas por oír de nuevo su voz?
Pero no ahora, joder. No ahora, con mi madre en el salón. Elaborando millones de preguntas con las que fusilarme en cuanto volviese. No, no.
¡Maldita tecnología! Las manos me sudaban, me notaba una flojera de piernas que iba aumentando a medida que transcurría el tiempo. ¿Acaso no podía quitarse el puñetero sonido?
Por fin desactivé el sonido. Un segundo después, recibí la llamada.
—Llámame más tarde —susurré.
—Tengo una idea mejor, Cristina. ¿Qué tal si llamo a tu madre?
No sé qué me hizo pedazos mi mundo: que el pervertido dijese conocer el número de mis padres o que conociese mi nombre.
Guardé silencio. Una indescriptible sensación de desamparo me caló hondo.
—¿Cómo…?
Su risa honda y cavernosa me cubrió por completo.
—Sé dónde vives, ¿recuerdas? Tu buzón y la búsqueda de tus apellidos por la guía telefónica no me llevaron más tiempo del que tú necesitaste para reponerte del orgasmo.
—¡Calla!
Sentía mis mejillas tan encendidas que hasta me dolían. Un ardor intenso comenzó a abrasarme el pecho.
Su risa se oyó de nuevo, más grave, más siniestra, más burlona.
Aquello había ido demasiado lejos. No tenía intención de perder mi intimidad ni de involucrar a mis padres por una jodida paja. Así se lo dije, apretando tanto los dientes que me dolían las muelas.
—Escúchame, hijo de la gran puta. Olvídame para siempre, para ti estoy muerta, ¿entiendes?
El pervertido chasqueó varias veces la lengua. Incluso sus chasquidos sonaban tan graves, tan melodiosos. Se me encogió el estómago.
—Lamento mucho tu enfado, Cristina.
—¡Olvida mi nombre!
Una pausa larga siguió a mi súplica murmurada. Si lo hubiese tenido delante lo hubiera matado sin dudarlo. A medida que el silencio se dilataba, más le temía. Y llevaba razón.
—Muy bien. Obedeceré. Seré bueno. No te molestaré nunca más. Con una condición.
Suspiré mientras me llevaba la mano a la frente. Me asusté al sentirme la piel tan caliente, me miré la palma de la mano estupefacta. ¿Qué tenía su voz para afectarme tanto? Era afrodisíaca.
—Quiero que te lo metas. Quiero oírte gozar.
—¿De qué coño hablas, chalado?
—De tu consolador, claro. Estoy totalmente seguro que a una chica joven y curiosa como tú no le falta ese accesorio.
Me mordí el labio inferior hasta hacerme daño.
—Estás enfermo, loco hijo de puta. ¿Qué quieres, que me lo meta mientras mi madre está ahí fuera?
No me respondió.
Tres, cuatro segundos, cinco, seis.
—Estás tardando —dijo de repente, con voz lenta.
Esta vez me mordí la carnosidad interior de los labios. ¿Pero qué coño había hecho yo para que me torturasen de esta manera, joder?
—Espera.
Abrí la puerta del cuarto de baño manejando el pomo con delicadeza exquisita. Tenía el artilugio dentro de la mesita del dormitorio. Por suerte no tenía que pasar por el salón. En el silencio de la casa, mientras caminaba de puntillas, escuchaba a mi madre respirar y a su dedal metálico tintineando con la aguja. El cajón del mueble fue algo más complicado: requirió de movimientos quirúrgicos para abrirlo y sacar la caja sin emitir un solo sonido.
Cuando volví, aparte de cerrar la puerta del cuarto de baño, giré el pasador de seguridad del pomo. Si mi madre sospechase algo, me moriría de vergüenza. Pero, por otra parte, ¿por qué había llegado tan lejos con esta mierda? Algún interruptor en mi cabeza se activó.
—Estoy aquí —dije volviendo a sentarme en el inodoro.
—Te noto la voz más animada.
Levanté la vista al techo, resignada.
—¿Tengo que reírme? Reza para que no te encuentre, cabrón. Te mato, juro que te mato.
—Claro que sí, Cristina. Vas a tener motivos de sobra. Pero, ahora, ya sabes lo que toca.
Ya, y un huevo.
—¿Y si no quiero? ¿Quién dice que una mujer no pueda tener un puto consolador? Es el siglo veintiuno, coño. Y en cuanto a llamar a mis padres, ¿qué? ¿Y si mi madre también quiere disfrutar con tu voz? No he hecho nada malo, masturbarse no es pecado, esto no es la Inquisición, joder. ¿Por qué coño tengo que hacerte caso?
Silencio por su parte. Una sonrisa por la mía.
Inspiré profundamente; estaba sofocada pero aquella respiración honda me hizo mucho bien. De nuevo, el control de mi vida me pertenecía. Jaque mate, fin de la partida. A joderse tocan, madurito de los cojones.
—Escúchame bien, Cristina. Tienes veintiséis años, un trabajo de técnico de sonido en una emisora de radio de segundas, precario y sin esperanza alguna de progreso. Tu novio, aquel con el que soñaste casarte, fue un inmaduro rastrero. Buscas polvos ocasionales para cubrir necesidades sexuales ocasionales. ¿Por qué? Porque tienes una vida insulsa, Cristina, una vida que tú misma odias y desprecias. Mi irrupción en tu existencia te ha ofrecido una razón, una jodida y puñetera razón para seguir viviéndola. Soy la sal y la pimienta en tu insípida existencia. ¿Quién crees que disfrutará más con este juego, yo o tú? ¿Qué recordarás el día de mañana, tu lamentable discurrir de los días o las veces que te hice tocar el cielo?
Tragué saliva. Cerré los ojos y me mordí el labio superior. Notaba como varias lágrimas luchaban por precipitarse mejillas abajo.
—Vale. ¿Qué quieres que haga?
—Métetelo.
Dejé el teléfono entre mis pies. Abrí la caja. La verga de silicona rosa pareció removerse en el plástico que la acogía. Una de las pilas cayó al suelo y rodó por él. La recogí, destapé el extremo de la polla, introduje las baterías y giré el extremo hasta el tope. Retomé al pervertido que ya no me parecía tan pervertido ni yo tan inocente.
—¿Cómo lo hacemos?
En cuanto pronuncié la pregunta, me mordí la lengua. Al usar el plural, admitía mi participación, manifestaba mi complicidad. Ignoraba que iba a ocurrir. Solo sabía que iba a ser algo grande, jodidamente grande.
Su risa volvió a oírse. Dotada de multitud de matices sonoros, sus notas graves reverberaban en mi cabeza como aleteos de un ave gigantesca.
—¿Tengo que explicártelo? De verdad, Cristina, hay veces que me desconciertas.
—No, idiota. Que qué quieres que haga con todo esto.
—Lo siento, supuse que era obvio: volver con tu madre.
Se me paralizaron todos los músculos del cuerpo. Quise coger aire pero sentía como si alguien presionase mi pecho y bloquease mi garganta.
—No… no jodas. ¡Es mi madre!
Un crepitar de estática se oyó lejano. Después, un ligero zumbido. A continuación, el pervertido volvió a hablar. Su voz sonaba lejana, como si se hubiese apartado del micrófono.
—Acabo de conectar el altavoz de mi teléfono. Sugiero que hagas lo mismo con el tuyo. Mantén la línea abierta. Estaré escuchando en todo momento.
Me remojé los labios; me mordí el inferior. Tragué saliva.
Me bajé las bragas, me arremangué la falda. Me senté de nuevo sobre el inodoro y abrí las piernas.
Unté el dildo con la muestra de lubricante al agua que había en la caja. Me arrimé al borde del inodoro y abrí mis genitales externos.
Esperaba encontrarme seca y fría pero el calor que emanaba de mi vulva acompañó a la abundante humedad que bañaba mi entrada. Me sorprendió encontrarme tan dispuesta a aquella locura.
El pene entró con tanta facilidad, se escurrió en mi interior con tal rapidez, que únicamente lo sentía avanzar a causa de la diferencia de temperatura.
Un profundo gemido escapó de mi garganta.
—Nena, ¿estás bien?
—Sí, mamá, ya salgo —clamé con voz aflautada.
En cuanto la silicona adquirió mi calor, la vagina comenzó a habituarse al cuerpo extraño. Me levanté, me subí las bragas y me coloqué la falda. Di algunos pasos por el cuarto de baño.
La sensación lindaba entre la incomodidad y el placer. Hasta que vinieron las contracciones. Me doblaba y me llevaba las manos a la entrepierna, incapaz de aguantar los espasmos de mi vientre. Arrancaban pedacitos de placer a mi cabeza, cada vez más enferma.
“Doblemos la apuesta”, pensé de repente, apoyada en la pared.
Manipulé el extremo del dildo bajo las bragas. Un zumbido casi inaudible me envolvió. Las vibraciones repartiéndose por mi interior me hicieron contraer los músculos del cuello. Intenté ponerme derecha, aparentar normalidad. Pero la saliva corría ingente por mi boca, mis dedos temblaban como hojas al viento y mis piernas amenazaban con dejar mi cuerpo tirado en el suelo en cualquier momento.
Tiré de la cadena de la cisterna, y abrí la puerta del cuarto de baño. Insistí obcecada varias veces con el pomo hasta darme cuenta que había girado antes el pasador de seguridad.
La clave, sonreí confiada mientras andaba hacia el salón, era dar pasitos cortos y caminar cerca de cualquier asidero provisional por si acaso. Piernas tan juntas que pareciesen una sola. Intenté improvisar una excusa para mi estrambótico caminar, también para mi anterior gemido. Además, me era urgente domar el corazón que parecía desesperado por provocarme un infarto. Brazos bien abiertos, manos dispuestas a agarrarse a lo que fuese.
Mi madre tardó en levantar la vista del pantalón. Me miró por encima de sus gafas de pasta acercarme hasta el sofá.
—Cristina, ¿te ocurre algo?
Apretaba tanto los dientes que pensé que se me saltaría hasta el primer empaste.
—Ay, mamá, cómo duele. Creo que me he roto el culo.
Mi madre sonrió, se levantó y me ayudó a sentarme en el sofá.
—¿Te tomas los comprimidos de fibra después de comer?
Afirmé con la cabeza. Un suspiró escapó de mis labios al sentarme. El consolador presionaba con fuerza sobre mis paredes y el ronroneo vibrador me hacía añicos cualquier esperanza de controlar una sonrisa que pugnaba por dibujarse en mi cara.
—¿Cuánto tiempo?
Miré a mi madre extrañada. No comprendía su pregunta. Bastante tenía con interpretar una inflamación anal, ocultar los efectos de una verga taladrando mi coño y borrar la estúpida sonrisa de mi cara. Dejé el teléfono en la mesa a nuestro lado.
—¿Desde cuándo no vas al servicio?
—Unos días. Pero deja eso, mamá, sigamos cosiendo, anda.
Me removí en el cojín, el dildo me estaba torturando incansable, inagotable. Tomé la aguja entre los dedos. Me asusté al verla vibrar; pensé que si el consolador se movía así en mi interior, tarde o temprano iba a estallar y gritar desaforada.
—Toma, Cris, enhébrame este hilo que ya casi no veo.
Mamá me extendió el hilo. Traté de agarrarlo varias veces, pero era una empresa imposible. Manoteé en el aire varias veces, parecía estar espantando moscas. Me notaba las axilas chorreando, el sudor me bañaba la espalda por completo, incluso notaba las gotas de sudor correr por mis sienes.
Mi madre se asustó al ver mi patética actuación. Me tomó una muñeca con determinación.
—¡Dios de mi vida, hija mía! ¿Tú sabes la fiebre que tienes, chiquilla?
Me hizo levantar y me dio la vuelta. Ahogó un gemido al ver mi espalda húmeda.
Tomó el teléfono y marcó con rapidez.
—Ahora mismo llamo a urgencias, que nos traigan una ambulancia.
No podía pensar, el placer era inabarcable. Era tan inmenso que desbordaba. Solté un chillido tan intenso que mi madre me miró atónita. Tras unos segundos, apartó el teléfono de su oreja.
—Hija, ¿pero qué es esto? Hay alguien riéndose al teléfono.
Me solté de su mano y caí al sofá. Gemí tan hondo y fuerte que mamá cayó de espaldas sobre el sofá. Se cubrió la boca abierta de par en par cuando me subí la falda y alcé una pierna en el aire.
—¡Mamá, que me corro, joder, que me estoy corriendo!
Me saqué el consolador y lo tiré al suelo. Botó sobre el parqué. El bicho se revolvió como una anguila, vibrando, reptando, manchando el suelo con su húmedo recubrimiento.
Azucé mi sexo. Mis dedos emborronaron mi botón. Chillaba y clamaba al cielo. Aquel orgasmo era inigualable. Todo mi cuerpo participó, espatarrado en el sofá, revolcándome en mi propio placer. Solo existía yo y mi orgasmo, nada alrededor mío, todo eran luces multicolores bajo mis párpados. Grité y aullé hasta dolerme la garganta. Jamás sospeché que tanto goce podía desparramarse por mi cuerpo; bombas de éxtasis estallaban al unísono en mi cabeza.
Fue solo tras un largo momento que pude regresar a la realidad.
Mi madre me miraba del revés, tan pasmada, tan quieta. O quizá era yo la que estaba cabeza abajo.
—Mamá, ¿te quedas a cenar?
No respondió. En su lugar, dirigió su mirada hacia el consolador; había alcanzado la esquina de una pared y su zumbido revolucionado repiqueteaba en el parqué.
—Te lo puedo prestar. Te enseñaré a usarlo.
Y vosotros/as, ¿alguna vez habéis llegado hasta estos extremos como Cristina al hacer una locura?