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viernes, 9 de julio de 2010

DIOS MÍO, CUÁNTAS LOCURAS SOMOS CAPACES DE HACER POR EL SEXO

Dios mío, cuántas locuras somos capaces de hacer por el sexo.
Escribo esto con la certeza de que tarde o temprano yo también sucumbiré. Que quede un testimonio escrito es mucho mejor que se deshonre nuestra memoria con elucubraciones sobre nuestra indecente moral o nuestra estupidez juvenil. Lamentablemente no sé si llegará a leerlo alguien.
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Todo ocurrió hace unos dos meses, una noche a mediados de julio. No era tormentosa ni era aciaga. Era una noche de julio, sin más. Me llamo Claudia, y Enrique, María y yo, llegamos a casa de él a las cuatro de la madrugada, muy borrachos, después de haber estado bebiendo, bailando y tomando pastillas. Mi amiga y yo habíamos conocido al chico hacía pocas horas en un bar, que ahora maldigo, dominado por el humo del tabaco y el sudor.
María yo bailábamos en una zona apartada del tugurio, sometidas al influjo de las drogas y de la música. Enrique se nos acercó y tras cruzar unas pocas palabras, María quedó prendada del joven. Emitía una atracción varonil que no me pasó desapercibida, pero que, para mi amiga, fue subyugadora. Enrique tenía una mirada extraña, perdida, pero que no desentonaba con nuestro desenfreno. Nos sentamos en una mesa, después de bailar, y María le besó con obscena familiaridad. Él no se quedó atrás y se estuvieron metiendo mano a la vista de todos los demás. Pero a esas horas de la noche no eran los únicos que restregaban sus cuerpos en aquel cuchitril.
Cuando salimos del bar vomitamos varias veces en la entrada de un garaje cercano. Enrique nos convenció para ir a su casa a dormir la mona. Ellos no parecían tener sueño ni sentirse cansados. Estábamos muy cachondos, sobre todo yo, que me veía arreglándomelas sola o participando en un “ménage à trois”. De cualquier forma, yo sí estaba muy cansada, y aunque mi cuerpo es joven, las drogas y el alcohol me habían dejado destrozada.
Llegamos a su casa poco después, en una caminata cubierta de recovecos y de idas y venidas por calles oscuras y desiertas, haciendo imposible en nuestro estado recordar donde nos encontrábamos María y yo. Enrique vivía en un edificio antiguo, un tercero, si la mente no me falla. Sí que recuerdo, sin embargo, que no había ascensor y mientras subíamos las escaleras, Enrique y mi amiga se desnudaron mutuamente, entrando ambos en el piso desnudos y yo tras ellos, con sus ropas bajo mis brazos.
Desparecieron tras una habitación, despreocupándome de ellos, y me derrumbé en el sofá.
Me encontraba en un salón en penumbra con un suelo de parquet de barniz desleído, donde un sofá de tres plazas con aspecto de haber servido en varias casas me serviría de improvisada cama. El tresillo tenía enfrente una mesita baja y más allá, junto a la otra pared, había un mueble achatado sobre el que se amontonaban varios libros cubiertos de polvo espeso en pilas de equilibrio precario. Un televisor antiguo con varias manchas blancuzcas en el cristal y también una gruesa capa de suciedad en la parte superior descansaba sobre el mueble y denotaba no haber sido utilizado por mucho tiempo. Encima del aparato unas baldas paralelas hacían las veces de librería donde se amontaban más libros polvorientos apilados y figurillas de mujeres desnudas en sucias poses, así como un reloj de manecillas que, en contraste con la vetusto de lo que lo rodeaba, era de plástico y parecía mostrar la hora correcta, aunque también una capa de denso polvo lo cubría. Un gran ventanal dominaba el extremo del salón, con sus ventanas abiertas de par en par y unas cortinas de aspecto repugnante por su semejanza con las telas de araña se mecían con una suave brisa. Una farola de la calle iluminaba la habitación de luz difusa y convertía el salón en un espacio crepuscular, ceniciento.
Tenía la boca seca, la cabeza parecía querer desencajarse de mi cuello y notaba el estómago burbujeante. Además sentía una extraña picazón en el sexo que había comenzado esa noche, tras sacarme Enrique a bailar una pantomima de baile, muy sensual, donde nos frotamos nuestros sexos con escandalosa familiaridad. Una vez desinhibidos, aún en el bar, no me importó demasiado el arrascarme el sexo por encima de la falda y, cuando llegamos a su casa, me arañé, olvidados los pudores, sabiéndome sola en el salón, por debajo de la falda. Creía que me había picado un bicho o que, quizás, las pastillas estaban cortadas con alguna sustancia extraña. El caso es que no paraba de frotármelo, no encontrando ningún atisbo de satisfacción, y menos sexual. Por fortuna, al poco caí dormida.
Cuando abrí los ojos miré somnolienta el reloj de plástico de la balda. Eran las cinco y pico de la noche, no habría dormido más de hora y media. Tenía el cuerpo algo más descansado, pero el maldito prurito en el sexo seguía irritándome, insidioso. Tenía calor y aunque las ventanas estaban abiertas y las cortinas ondeaban con una débil brisa, consideré inaguantable el hecho de seguir vestida, por lo que me quité la falda, la blusa y las botas, quedando en ropa interior.
Al poco oí gemidos en una habitación cercana. Eran gemidos de placer. Me acerqué de puntillas, en la penumbra creada por una farola de la calle. Tenía todo mi cuerpo sudoroso, cubierto de una pátina brillante y pegajosa. Las plantas de mis pies dejaban en el suelo de parqué huellas oscuras, que se me antojaron brea viscosa. Las paredes se combaban en retorcidas curvas, las puertas se desgajaban de los marcos, tenía la mirada errática y el olfato atrofiado.
Enrique y María estaban follando en el dormitorio. Él estaba encima de ella, la cual se había puesto a cuatro patas levantando la grupa. María lucía un cuerpo blanco, lívido, bañado en sudor. Enrique poseía un cuerpo enjuto, estrecho de perfil, de huesos prominentes y músculos escuchimizados, nada que ver con la impresión que causaba con la ropa puesta. Sin embargo lucía un pene grueso y unos testículos hinchados bamboleantes que golpeaban el vello de María en cada empellón. Mi amiga tenía la cara enterrada en la almohada y se agitaba de vez en cuando. Sus gemidos nacían silenciados de la almohada y sus carnes blancas se ondulaban con cada embestida trasera.
El dormitorio estaba formado por la cama donde Enrique y María practicaban sexo. A cada lado había sendas mesitas, una de ellas con varias pilas de libros y la otra con una lamparita de pantalla oscura y largos flecos que se mecían al son de la brisa que entraba por las ventanas abiertas de par en par, al igual que las cortinas del salón. Sin embargo la persiana de la ventana estaba subida por lo que la luz de la farola de la calle iluminaba el dormitorio con una luz crepuscular, mucho más acogedora y amarillenta que la del salón.
Un gran matojo oscuro de vello crecía del sexo de María. De perfil sus nalgas despedían de su vulva un vello erizado, casi electrificado. El enorme pene de Enrique, metódico, se hundía en el interior de mi amiga con cadencioso hipnotismo. Parecía un bastón brillante, rojizo. Bizqueé y la escena pareció vibrar cambiante ante mí. Durante un instante me pareció ver a María agitando los brazos, con el rostro desencajado: se había girado, mirándome, apoyada en la almohada. Sus labios formaban palabas mudas. Pedía auxilio, ayuda. Boqueaba con los ojos abiertos y lloraba gotas de sangre que recorrían su rostro cetrino enmarcado por los negros bucles de su cabello. Sus ojos me hablaban de espanto, de dolor y de horror. Enrique la estaba empalando detrás de ella con su gran pene, el cual ahora poseía un color antinatural, un rojo vivo, fulgurante. Un humo oscuro salía expelido de su vulva cuando el miembro se retiraba de su cuerpo tras cada embestida.
Cuando parpadeé la escena volvió a convertirse en la de antes, con Enrique hundiendo su pene rojizo dentro del sexo de María, que gemía placentera con sonidos ahogados, sincronizados, metódicos. Me los quedé mirando durante unos minutos, ensimismada, arrascándome mi entrepierna de forma maniática.
Enrique se giró y me miró con expresión ausente. Tenía la boca entreabierta y un hilo de baba colgaba de su mentón. No me pareció que fuese consciente de lo que estaba haciendo. Pero dado que las paredes del dormitorio se combaban sinuosas y la cama parecía deshacerse en olas de sábanas acuosas, no me pareció que mis ojos me mostrasen la realidad.
Volví al salón evitando seguir mis pasos. Mis huellas negras me iban marcando el camino por donde había emergido del sofá. Encendí la lámpara que había sobre la mesita enfrente del sofá y una luz anaranjada pareció incendiar todo el salón. Los párpados cansados y las pupilas dañadas con el torrente de luz me impedían ver gran cosa. A lo lejos seguía oyendo los gemidos de Enrique y María.
Cuando me acostumbré a la luz, mi mirada errática se posó en una cajita situada detrás de las pilas de libros sobre las baldas. Me acerqué a ella, la saqué de su escondrijo y dejándome caer de nuevo sobre el vetusto sofá, la posé sobre mis piernas. Me arrasqué de nuevo el sexo, sobre las bragas, y la cajita tembló sobre mis muslos. Alcancé una cajetilla de cigarrillos de mi bolso, el cual yacía en el suelo, junto a mis pies, junto a la ropa de María y Enrique, y encendí un cigarrillo. Un humo denso y blanquecino ascendió ondulante ante mí procedente del extremo del pitillo.
La cajita era de madera oscura, lacada en negro brillante, libre del polvo que impregnaba el lugar de donde la había extraído. Tenía protegidas sus esquinas con adornos de metal herrumbroso, picado. No tenía ningún cerrojo. La abrí mientras inspiraba el humo del tabaco. La tapa era pesada, más que la parte inferior y bailó de nuevo sobre mis muslos a punto de resbalarse al suelo. Algo de ceniza cayó en el interior. Estaba forrada de terciopelo carmesí y parecía vacía.
Vacía, excepto por una diminuta piedra de color rosado. La saqué para verla mejor, o todo lo mejor que mi visión distorsionada me permitía. Más ceniza cayó en el interior de terciopelo de la cajita. A lo lejos seguía oyendo los gemidos de esos dos, parecían haber estado follando durante horas y seguir haciéndolo durante otras tantas. Cuando acerqué la piedra a mis ojos la luz de la lámpara titiló y acabó muriendo en un chisporroteo agudo, casi un lamento. Pero no estaba de nuevo en penumbra.
La piedra despedía un resplandor rojizo que iluminaba el salón con una luz potente que parecía escurrirse por los huecos, alcanzando todos los recovecos. Tenía forma redonda y unas bandas grises y opacas, como la plata, la surcaban longitudinalmente. Quedé impresionada por su belleza.
Me arrasqué de nuevo el sexo y la ceniza cayó esta vez sobre mis muslos. Solté un chillido al sentir la quemazón sobre mi piel, el chisporroteo de la carne quemada, poniéndome de pie. La piedra se me cayó, al igual que la caja, que me golpeó un pie. Oí rodar el canto por el suelo de parquet. La luz rojiza se extinguió y quedé de nuevo envuelta en una penumbra, solo iluminado el salón por la farola de la calle.
Me froté la carne dolorida en el pie y en el muslo. Sin embargo algo extraño me hizo olvidarme de mi cuerpo. Alcé la cabeza extrañada, porque seguía oyendo la piedra rodar por el suelo, como si éste se inclinase haciendo rodar la piedra por su superficie. O como si la piedra se moviese por sí sola. Como si estuviese viva.
Cuando recogí la caja del suelo algo dentro se revolvió. Metí la mano y allí estaba de nuevo la piedra. ¿Qué posibilidades había de que la piedra al caérseme hubiese rodado y, rebotando en yo que sé qué mueble del salón oscuro, volviese dentro de la caja?
Al tomarla entre los dedos volvió a brillar y a expeler esa claridad extraterrenal. Fue entonces cuando tomé conciencia de que aquel guijarro con forma esférica no era normal. ¿Por qué brillaba? ¿Por qué volvió a su lugar, dentro de la caja?
Ya no escuchaba a esos dos. Cuando giré la cabeza en dirección al dormitorio donde estaban me encontré a Enrique parado en la puerta. Me miraba con los brazos exangües, exhibiendo su repulsivo cuerpo huesudo y con la misma mirada estúpida. El resplandor sangrante le confería una suerte de fosforescencia rojiza a su cuerpo desnudo. Su grueso pene erecto, de un tamaño descomunal y de un intenso color rojizo, casi fosforescente, apuntaba hacia mí, impúdicamente. El prepucio estaba retraído y un inmenso glande, rosado y húmedo, coronaba el miembro.
-¿Qué haces? –preguntó con voz grave. Sus palabras no parecían haber salido de su boca. Al menos estaba segura de que no había movido los labios.
-La piedra… –dije enseñándosela, con voz aflautada, como quien enseña un tesoro descubierto. Mi lengua estropajosa parecía un trapo seco y enrollado sobre sí dentro de mi boca. Intenté tragar saliva pero no pude.
Se acercó a mí con pasos temblorosos, titubeantes. Parecía una marioneta. O un zombi. Sus pies desnudos pisaron mis huellas pringosas y Enrique resbaló cayendo al suelo de espaldas, agitando los brazos en el aire como una mosca. Oí como su cabeza golpeaba el parquet como un melón. Un sonrisilla idiota se me escapó. Sus pies se agitaron en el suelo como una tortuga boca abajo. Mi sonrisa se convirtió en risotadas y luego en carcajadas que me rascaban la garganta como si hubiese tragado trocitos de papel de lija.
Con gestos trabajosos y carentes de fuerza Enrique se incorporó quedándose sentado en el suelo. Oí caer algo detrás de él. Como un goteo de un líquido espeso. Se llevó una mano detrás de la cabeza y luego se miró la palma de la mano. A la luz fantasmagórica de la piedra que sostenía en mis dedos distinguí con toda claridad los suyos empapados de sangre. Mis risas fueron muriendo a medida que se iba mirando los dedos goteantes, y fui tomando conciencia que Enrique se había golpeado la nuca y estaba sangrando. Mi gesto cambió de la sonrisa hacia el temor.
Pero mi rostro se quedó demudado cuando me fijé en su pene. Se sexo enhiesto apuntaba directamente hacia la piedra que sostenía entre mis dedos, su glande húmedo miraba con fijeza ultraterrenal el canto. Estupefacta, moví la piedra y el pene siguió al canto brillante como si tuviese vida propia. El prepucio ocultó el glande y se retrajo en un rápido movimiento, en una suerte de parpadeo que me erizó el vello de los brazos, parecía haber lubricado la carne rosada.
-Joder… -musité.
El pene se giró raudo hacia mis ojos y el prepucio volvió a lubricar el glande en un parpadeo de piel ocultándolo y recogiéndose veloz. Un atisbo de horror se fue abriendo paso en mi mente. Enrique continuaba contemplándose con aire estúpido y mirada perdida sus dedos pringosos de sangre.
Mis propios dedos temblaron ante la espeluznante escena y la piedra se me resbaló de nuevo de ellos. Esta vez, mientras caía al suelo, tuve tiempo de ver alucinada el glande olvidarse de mí y seguir la trayectoria del canto en el aire. La luz se extinguió de nuevo quedándonos en penumbra.
Excepto por la fosforescencia rojiza que empezó a emitir el glande de Enrique. Al igual que la piedra, emitía una luz roja y crepuscular que invadía cualquier recoveco, una luz que iluminaba el cuerpo de Enrique confiriéndole formas aberrantes producto de las sombras acentuadas que proyectaban sus huesos prominentes.
La piedra rodó en el suelo y se acercó por sí sola, como por simpatía, hacia el miembro de Enrique. Entró en el espacio entre sus dos piernas y se detuvo junto a los enormes testículos peludos. El glande tocó el canto con un ligero roce y la piedra volvió a brillar de nuevo, con una roja y cómplice luminiscencia, igual que cuando la sostenía entre mis dedos.
Esto era más de lo que podía aguantar; tenía que salir de esta casa. Pero Enrique estaba sentado delante de la puerta del salón, bloqueándome la salida. Además, tenía que ir a por María.
El glande pareció darse cuenta de mis intenciones, no sé cómo. Me miró apuntándome con su rosada cabeza y extendió el prepucio sobre sí extinguiéndose la fosforescencia rojiza que desprendía. La piedra dejó de brillar y el salón volvió a sumirse en la penumbra. A la luz de la farola de la calle distinguí como Enrique trataba de ponerse en pie. Lanzó unos gemidos quejumbrosos, babeantes, que casi me hicieron perder la cordura.
Sentí mi respiración aumentar de frecuencia y mi corazón latir desbocado. Seguía sintiendo un escozor acuciante en mi sexo, pero la acumulación de acontecimientos insólitos me había hecho olvidarme de ello. Enrique se levantó y se acercó hacia mí con rapidez, intuyendo solo su posición por la penumbra apagada del salón.
Justo cuando se cernía sobre mí, sintiendo la presencia del glande apuntándome, rodé escabulléndome de las manos de Enrique, que trataban de atraparme. Sus dedos me atraparon el cuello pero, estando resbaladizos por la sangre que los empapaban, logré escurrirme a base de arañazos y patadas. Sin embargo, al huir, sentí su contacto en mi costado, junto a la axila. Sabía que el pene me estaba tocando. Su contacto parecía el de un ascua candente y grité dolorida sintiendo un chisporroteo de mi piel a lo largo de mi costado, desde la axila hasta el muslo. El sujetador se me soltó por donde el extremo del pene había dejado su marca, al igual que la braga. Sentía la piel dolorosamente cauterizada. No me importaba, lo única que quería era salir de allí con vida, porque realmente sentía que estaba en un peligro mortal, sino físico, al menos mental. Intuía que si me dejaba atrapar por Enrique mi cordura o mi vida se acabarían en una enloquecedora agonía.
Corrí espantada dejando atrás a Enrique y cerré la puerta del salón. Por desgracia no tenía cerrojo y se abría hacia adentro. A través de un cristal ajado que recorría de arriba a abajo la puerta, vi como él se iba acercando hacía mí. El glande estaba descubierto de nuevo y la diabólica fosforescencia roja se iba acercando a la puerta. Un gorgoteo ininteligible volvió a salir de los labios de Enrique. Sus ojos miraban al infinito pero a luz crepuscular sangrante atisbé como sus labios parecían formar la palabra “huye”.
Histérica, chillé gritando auxilio a María, amarrando la puerta, manteniéndola cerrada, sabiéndome atrapada en el piso. Este era mi fin. Aun recordaba cuando sus dedos apresaron mi cuello, sintiendo sus uñas penetrar en mi piel. Bramé impotente un insulto, viendo con espantosa angustia como se me iba acercando.
Cuando Enrique se acercó lo suficiente y alargó una mano para posarla sobre el pomo de la puerta, a Dios gracias, ideé una respuesta ofensiva.
Esperé hasta que Enrique asió con fuerza el pomo, eliminando la única barrera entre él y yo, y abrí la puerta de golpe, empujándola con todo el peso de mi cuerpo, estampándola sobre él.
La treta funcionó golpeando con un sonido horrible el canto de la puerta contra su cara, oyendo estallar el hueso de la nariz y viendo alucinada uno de los ojos salirse de su cuenca.
Retrocedió de espaldas trastabillando. Perdió el equilibrio y se derrumbó sobre el televisor, intentando agarrarse a él sin éxito, provocando que se volcase el pesado aparato sobre su cara. Escuché como el cristal de la pantalla se hacía añicos sobre su rostro, aplastándolo contra el suelo de parquet.
Un siniestro siseo se oyó dentro del aparato.
Probablemente esté muerto, pensé resoplando angustiada pero tranquila.
Pero el grueso pene se irguió lentamente de la entrepierna de Enrique. Se dobló en un ángulo imposible, iluminando con una fantasmagórica luz roja el televisor, pareciendo evaluar los daños causados. Luego se giró retorciéndose la carne del miembro para mirarme. El prepucio ocultó parcialmente el glande, las venas que recorrían el miembro se hincharon burbujeantes y la fosforescencia rojiza se convirtió en una furia granate que pareció incendiar el salón con una llamarada del averno.
Tragué saliva, muerta de miedo. Tuve, a pesar de mi pavor, la entereza de preocuparme de María.
Corrí hasta el dormitorio, en busca de mi amiga. La habitación estaba casi a oscuras, sólo se distinguían las formas de los muebles gracias a la luz difusa proporcionada por la farola callejera. Un tufo a carne quemada me sacudió al acercarme a mi amiga. Estaba cubierta por entero con una sábana.
-¡María, despierta! –chillé llorando de puro terror, golpeando las formas de su cuerpo bajo la tela. Estaba en la misma posición que tenía cuando estaba siendo follada por Enrique: a cuatro patas, con el culo erguido y la cabeza apoyada en la almohada. Cuando la destapé una repulsiva vaharada a carne chamuscada me invadió. Pero lo que me encontré fue la imagen más descarnada y cruel que jamás he presenciado.
Grité y chillé hasta volverme ronca, enloquecida de puro horror, consciente de haber causado un daño permanente a mi garganta.
A la débil luz distinguí con espanto un gran agujero oscuro donde debía estar su entrepierna. Parecían haberla penetrado salvajemente con un gran hierro candente, eliminando gran parte de las nalgas y el vientre. El colchón absorbía metódicamente un fino reguero de sangre verdosa que manaba de la enorme oquedad. Alrededor de ella la carne estaba calcinada en varias costras, delimitando el orificio. Y en su interior, vislumbré sus intestinos blancuzcos, a punto de desbordar el agujero. No me cupo ninguna duda de que mi amiga estaba muerta. Aquel hijo de puta la había matado. Esa polla asesina era la causante. El mismo glande que me había dejado una brecha en mi costado, había destripado a María.
Lloré con gemidos roncos y acusé un cansancio enorme en el cuerpo. Notaba un dolor punzante en mi herida del costado. El sujetador y la braga colgaban desgarrados del otro lado de cuerpo.
Debía huir de aquella casa cuanto antes.
Cuando me volví, vi a Enrique en la puerta del dormitorio. Su miembro fosforescente apuntaba directamente hacia mí, inundando con una llameante luz granate el dormitorio. Estaba en el maldito infierno. Mi vista ascendió hacia el rostro de Enrique y ahogué un chillido ronco de pavor. Donde antes estaba su rostro ahora colgaban girones de carne con varios cristales de diversos tamaños incrustados en ella. El hueso era visible en la mandíbula y varias piezas dentales faltaban. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y de ellas manaba un líquido espeso y blanquecino, salivoso y de aspecto putrefacto. La polla parpadeó y la luz infernal titiló. Luego el prepucio ocultó el glande y la estancia se sumió en una terrorífica oscuridad.
Quise chillar de angustia, pero solo un sonido ronco emergió de mi garganta procedente del miedo más profundo jamás sentido.
Aquel engendro, aquel ser diabólico que había asesinado a mi amiga, se acercaba ahora a mí con pasos veloces. Un pequeño punto rojizo en la oscuridad marcaba con exactitud el lugar donde el glande se alzaba, apuntando hacia mí, el prepucio no era capaz de contener la furiosa luz flamígera. Aquel ser de ultratumba corría hacia mí para matarme.
Al borde de la desesperación y teniendo a aquel monstruo casi encima de mí, un repentino arranque de fuerza, producto sin duda de un instinto de supervivencia, me hizo coger el cuerpo de mi amiga de la cama y lanzarlo con inesperada fuerza sobre el punto rojo que estaba sobre mí.
El engendro no se esperaba mi reacción y cayó al suelo empujado por el peso del cuerpo de mi amiga.
Escuché un siseo demencial, como el de un hierro al rojo vivo sumergiéndose en agua. Era el de un glande demoníaco abriéndose paso entre la carne y los órganos de María.
Y entonces, que Dios me perdone, oí a María chillar. No estaba muerta, por desgracia. En la penumbra del dormitorio vislumbré una agitación espasmódica de miembros, un chapoteo de sangre y fluidos desparramándose, un tufo demencial de carne reventando y calcinándose.
La escena dantesca, misericordiosamente velada por la oscuridad, iba acompañada por los chillidos agónicos de mi amiga y los míos propios, procedentes de una histeria y un horror sin igual que aún hoy me atormentan.
Ya no recuerdo cómo sorteé los cuerpos humeantes agitándose en el suelo, ni tampoco como conseguí alcanzar la puerta principal del piso y cerrarla a mis espaldas. Correría imprudente por las escaleras abajo, emergiendo a la salvadora calle, con mi cuerpo desnudo, con una gran cicatriz cruzándome el costado derecho y supongo que acusando mi rostro un horror inimaginable.
Lo siguiente que recuerdo fue que estando ya en la calle, corrí sin mirar atrás, lejos de aquel edificio. Lejos de aquel piso. Lejos de aquel ser que aún sabía vivo. Dejando atrás a mi amiga agonizante, a merced de aquel engendro.
Me crucé con varias personas que me miraron espantadas, rehuyéndome. Comprendo que evitaran el ayudarme debido a la mueca desencajada que exhibiría mi rostro, aquella que reflejaba una alucinante locura.
Corrí por las calles sorteando coches pitando y gente gritándome obscenidades. Corrí alejándome de un infierno de espeluznante muerte y horror. Corrí hasta que mis piernas no pudieron ya sostenerme en pie.
Ignoraba donde me encontraba. Las calles me parecían extrañas y no sabía orientarme. Me refugié en un callejón oscuro atestado de gatos que huyeron de mí entre bufidos y chillidos hirientes. Me apoyé en la pared, sintiendo mis pies desnudos pisar excrementos putrefactos y líquidos tibios. Fui cayendo con lentitud al suelo, recogiéndome entre sollozos, incapaz de serenarme, embargado por las lágrimas mi rostro, emitiendo un débil gorgoteo, un gimoteo que quería transmitir mi impotencia ante el increíble horror que había presenciado esa noche.
Fue entonces cuando, aún bañada en lágrimas, bajé la cabeza con estúpida estupefacción para emitir un chillido ronco seguido de un lamento al ver mi sexo desnudo emitir una débil fosforescencia rojiza.
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De aquello ya hace casi dos meses, como ya he dicho al principio de mi relato.
Sólo espero que alguien ponga en conocimiento de la opinión general mi historia para que el nombre de María o el mío propio no sigan siendo denostados en infames elucubraciones carentes de información fidedigna.
La muerte de mi amiga, al margen de haberla provocado yo misma en último término, espero que sirva como aviso, ya que aquel ser demoníaco sigue vivo, lo sé.
Los pocos momentos de lucidez que aún tengo, y que con menos frecuencia arriban a mi mente, me han servido para elaborar esta historia fiel a los hechos que, lo reconozco, será tildada de incoherente o fantasiosa por los escépticos.
Díganselo a esos jóvenes que han ido apareciendo en los contenedores durante los dos últimos meses. Esos cuyos penes han sido amputados, cauterizadas sus heridas. No busquen sus miembros porque jamás serán encontrados.
Dios mío, cuántas locuras somos capaces de hacer por el sexo.

viernes, 2 de julio de 2010

FANTASÍA AUTOBUSIL

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Subo al autobús.
Voy en dirección al trabajo, para ello cojo el 4, me bajo en la Plaza de la Concordia, hago transbordo en el 12 y llego al polígono industrial donde está la fábrica de golosinas donde trabajo. Todos los días, de lunes a sábado. Mañana y tarde, o tarde y noche. Estamos en agosto: altas temperaturas en la calle, en el autobús huele a sudor rancio, bebés berreando, carritos de la compra desperdigados, ancianos con mirada de águila buscando dónde sentarse, caras somnolientas, música de fondo, frenazos, obras, ding, yo me bajo aquí, ¡espere, espere!, gritan a mi lado, que viene corriendo, ya lo perdió.
Esta tarde es diferente. Despego la mirada de la barra donde me cuelgo cual macaco. Saco del morral a mi costado el botellín de agua. Glu, glu, este calor es asfixiante. ¡El aire acondicionado!, gritan al fondo, a punto de derretirse. Giro la cabeza. Bizqueo extasiado. Menudo monumento de jaca predispuesta tengo delante. Es jovencita, vibrante, tierna juventud; teniéndose de pie por el solo efecto de las miradas que la sostienen. Cuerpo cimbreado, sinuoso. Cabellera oscura, lustrosa, piel tostada, mirada azulina hechizante, labios gruesos y barbilla jactanciosa. Un cuello realzado con pendientes enormes da paso a una blusita de color hueso donde dos pechos colmados rematan las arrugas de la tela con dos pezones puntiagudos. Botones desabrochados abajo, dejando libre un ombligo. Y más allá… más allá… un inconmensurable espacio de vientre tostado hasta llegar casi a la ingle, hasta un pantaloncito vaquero de aspecto frágil, rompible en las nalgas. Luego largura inmensa, piernas desnudas y torneadas, tostadas como el resto de la carne visible. Suavidad aterciopelada, ternura indescriptible. La joven se sabe rodeada de un embravecido mar de deseos masculinos, podría alcanzar cualquier rastro libidinoso con la mano, son palpables. Miradas masculinas desnudándola, follándola con los ojos. Frenazo brusco, tetas arrastradas por la divina fuerza de la inercia, una ola de suspiros masculinos y navajazos aparentemente indiferentes de las demás féminas. Éstas pensarán que qué guarra es, ir así, medio desnuda, enseñándolo todo, no tendrá madre para decirla que viste como una putón, porque eso es lo que será, se dicen, una putona calienta-pollas, cuyo papi y mami la han dado rostro escandalizador, cuerpo pecaminoso, mirada tentadora. Esas son las que te roban al novio con un chasquear de dedos, con un meneo de tetas, con un mohín de picardía. Esas son, sí. Las que pervierten a los hombres con sus andares de nalgas presurosas, de posturas agravantes, de agitaciones testiculares. Dame de eso que tienes en la bragueta, cariño, dame que yo lo sabré guardar bien recogidito entre mis tetas o entre mis piernas, allí donde jamás tendrás acceso. Nunca jamás.
Un anciano corre como un poseso a la caza de un asiento y codea en una teta a nuestra diosa, quita de en medio, putona, parece decir. Ay, la ha dolido, lo mira extrañada, preguntándose porqué ha sido agredida, un mísero asiento, por un asqueroso apoya-culos. Pero el anciano es nuestro héroe, nuestro acaudillado, un héroe. La joven se frota la carne magullada sobre la blusa. Suspiros, anhelos, pollas irguiéndose, fiiiirmes. Es carne verdadera, no silicona pagada en oro al peso, con fresones puntiagudos, arañando la blusa. Ay, mi morena, como nos gustaría enterrar nuestra nariz entre tus globos, esos que algún día, quizás amamanten a un bebé. Ese día, en un parque, por la tarde, mientras se toma un refresco se sacaría una teta, gorda, repleta de alimento, coronada por pezones inflados y oscuros, de areolas invadiendo el grueso de la carne. Ay, quién sería bebé tuyo, morena, para chupar de tus tetas vivificadoras. Pero para tener un bebé antes habría que haberte montado, jaca mía. A pelo, sin condones plastificando nuestros internamientos. Tu cuerpo desnudo, receptivo, vamos, amor mío, dame tu semen procreador, escancia en mi cáliz tu vino de simiente. ¿Cómo la gustaría a mi morena follar? En un sofá no, muy prosaico. Y en una cama tampoco, muy anodino.
En un ascensor, sí, en un reducido cubículo al amparo de una llamada de emergencia. Eso la gusta más, sí. Y a mí también. Pulso el botón rojo. Tú, yo y cuatro espejos del suelo al techo tapizando el cubículo, extendiendo nuestras imágenes reflejadas hasta el horizonte. Me abrazas con decisión, hundiendo nuestras lenguas en boca ajena, apretando mis nalgas a través del pantalón, abriendo la bragueta, mi pene aparece encorvado, rindiendo pleitesía. Sin ropa interior, ya lo habíamos preparado: oye, cariño, me preguntaste antes, ¿te apetece que follemos ahora en el ascensor? Asiento y nos despojamos de ropa interior, solo la ropa que ahora llevamos, nada debajo, salimos de casa y montamos en el cubículo para desplazarnos hasta una planta ignota, una que jamás será alcanzada. Esos labios gordezuelos aprisionan mi miembro estampando besos empapados de saliva espesa, tórrida. Tu mirada azulina enmarcada por una sombra oscura de ojos se abre paso a través del espacio entre mi polla y mi boca. Engulles tragando saliva y lujuria. Tus dientes me arañan, me arrancan escalofríos libidinosos. Te levanto, tengo el nabo encharcado, meando tus babas espesas, tieso como el metal, duro como una piedra. Te abro la bragueta, deslizo tus shorts piernas abajo, inmensas, la prenda jamás llegará hasta tus tobillos. Un pubis rasurado y lechoso contrasta con el resto de tu carne tostada. Sabrosa delicia, manjar divino. Hundo mi cara en tu sexo, oprimo mis labios contra los tuyos, exhalas un gemido, te apoyas en la barandilla, tus pechos bailan carentes de sostén bajo la blusa. Encharco tu vulva, restriego mi cara en tu sexo, arranco destellos de orgasmo. Gimes gozosa, chillas alegre, jovial, menesterosa: cimbreas tus caderas dibujando óvalos sensuales y mi cabeza, un satélite esclavizado, te sigue en tu movimiento absorbente. No puedo más, la polla me va a explotar, el pellejo va a restallar en una explosión de lujuria. Te despojo de tus pantalones, me yergo y te alzo para aposentarte sobre mis caderas, arqueo las piernas, me apoyo en un espejo, te agarras a la barandilla y mi cuello. Dame un último respiro, mi morena, espera que te abro la blusa, quiero que tus tetas bailen para mí, luego podrás tenerme solo para tu goce. Claro que sí, cariño, respondes, todas para ti.
Deslizas una mano por detrás para guiar mi polla hasta tu entrada, aun conservas la entereza entre sudores de sonreír ladina y restregar mi nabo por tu vulva pringosa, acrecentando la hinchazón, expandiendo tus ansias, haciéndote gemir de puro deleite. Ya basta, morena, no juegues conmigo, bramo, y atenazo tus nalgas hundiendo la uñas en tu carne dúctil. Hundo el miembro hasta el vello, hasta donde nacen los huevos, donde se cocina mi simiente. Ahogas un grito asustada y recorro tu interior candente, deshaciendo obstáculos, removiendo brasas, saltando chispas. Tus tetas ya bailan para mí, danza embrujadora, pezones oscuros calmados, conservando su posición, pero carne aledaña lechosa agitándose como mar enfurecido. Tus tetas cabriolan y me hipnotizan, morena mía. Agárrate bien, cariño, la susurro apretando los dientes, hundiendo en cada acometida mi miembro, asolando tu desesperanza. Gimes oscura, insondable, garganta atravesada por el desfallecimiento. Estamos próximos, sí, ya llegamos a nuestro destino, más allá del nuestra imagen especular proyectada hasta el infinito.
Un sobresalto, un temor: el ascensor se mueve y nos miramos asustados. Ay, dios, nos pillarán desnudos, tu cuerpo moreno, lechoso en tus pechos y pubis, será recorrido por otras miradas, mi pene cubierto de fluidos diversos responderá a escrutadores vistazos, reprobadores en cualquier caso, conmiserantes con el tiempo. Tú y yo, morena mía, seremos causa del atornillamiento de una placa sobre el panel de mandos del elevador que rece: Abstenerse de utilizar el ascensor para perversiones. Pulso desbocado el botón rojo, para, maldito, para. Pero no se detiene, su ascensión es imparable, nuestro polvo llega a su fin. Te tapas los pechos en un intento desesperado de minimizar el escándalo, pero te mantienes junto a mí, solapada, penetrada, chorreando sudor por toda tu piel, con el cabello empapado y la mirada ansiosa, con nuestros corazones revolucionados, nuestra respiración en vilo. El ascensor llega a su destino, agitación dentro del cubículo al alcanzar el piso, un respingo mutuo, mi pene conserva milagrosamente su dureza y tu coño su viscosidad, las puertas se abren, nos preparamos para ser atravesados con lanzas de moralidad.
No hay nadie. Han llamado pero no hay nadie, el pasillo se alza ante nosotros vacío de personas, suspiramos sintiéndonos desfallecer. Sonreímos arrebolados, sofocados, pifiamos dando gracias a cualquier dios. Nos falta tiempo para pulsar el último piso y ocultarnos de los demás, recogernos en nuestro nido poblado de espejos.
Sigo dentro de ti, tú sigues pegada a mí. Entornas una sonrisa picarona y entrecierras los ojos azulinos, oprimes con tus piernas torneadas mis caderas, amarras con decisión la barandilla y pulsas nuevamente el botón rojo. Stop. El tiempo se detiene de nuevo, ¿dónde lo habíamos dejado, morena mía? Ah, sí, te estaba perforando el coño con mi polla, cariño, y tus tetas me bailaban delante de mi cara. No nos cuesta recuperar el ritmo, pero el repentino desconcierto y el miedo a ser descubiertos nos hace acelerarnos, hay urgencia en nuestros cuerpos deslizándose uno dentro del otro. Dame tu boca cariño, dámela, me da igual que no pueda ver tus pechos danzar, pero quiere tenerte dentro mío, tu lengua en mi interior, mi pene en el tuyo, tu lengua rebañando la saliva espesa de mi paladar, mi polla deshaciendo los pliegues de tu vagina pringosa.
Jadeos, gritos, gemidos entre cuatro cristales de un ascensor detenido. Te me corres antes, te siento gritar con fuerza, mordiéndome el cuello para ahogar los espasmos incontrolables que te sacuden el vientre. Yo me vengo después, sintiendo el semen ascender por mi pene y desparecer en tu interior, engulléndolo todo. Aprieto los dientes mientras eyaculo en tu interior, hundiendo muy adentro mis dedos en tus nalgas chorreantes de sudor.
Nos miramos sonrientes cuando la tormenta se calma, cuando las nubes se alejan, cuando escampa. Mi simiente viaja ahora en dirección a tu matriz deseosa de cumplir su función, tú lo sabes, yo lo sé. Embarazados. Recuperamos el resuello sentados en el suelo, uno enfrente del otro, tus pechos lechosos fabricarán el alimento de nuestro bebé, que emergerá de la entrada que acabo de horadar.
Sigo en el autobús, la morena ya se ha bajado, y yo sin enterarme. Una anciana calibra mi miembro empalmado, próximo a rebasar los límites de un calentón excusable. He sobrepasado mi parada. Pulso el botón, ding, para que el autobús se detenga en la próxima parada, un botón rojo para que se detenga mi ascensor, en busca de una tarde de trabajo anodina. No habrá morena esperando a agitarme en su interior cuando baje. Resoplo aburrido.

miércoles, 30 de junio de 2010

TE VOY A ENSEÑAR CÓMO FOLLARTE A UN TÍO

―¿Quieres una birra, Sandra? ―me ofreció Isabel.
―Vale, pero solo si traes otra para ti; odio beber sola ―contesté estrujando el pañuelo de papel entre mis manos. Estaba esponjoso de tanto absorber mis lágrimas y mocos. Incluso comenzaba a sentirlo pegajoso. La verdad es que daba un poco de grima. Lo miré entre mis dedos y la asociación que me vino a la mente fue inevitable. Las lágrimas regresaron a mis mejillas y al cabo tuve que sonarme la nariz en él, a pesar del asco.
―¿Otra vez, Sandrita? ―resopló mi amiga cuando regresó al salón con dos botellines de cerveza. Se sentó a mi lado, me colocó mi birra sobre la mesita de enfrente, sobre un tapete y me palmeó el muslo por encima de la falda―. A ver, ¿qué pasa ahora?
Cubrí mi rostro con las manos para que no me viese llorar. No ahora, que la había prometido antes que ya no lloraría más. Pero el pringoso clínex con su gruesa carga se me adhirió a la nariz y aquello ya fue el sumun de la repugnancia. Los mocos habían adquirido una consistencia glutinosa y me habían tocado la punta de la nariz. Volví a asociarlo con lo de ayer y la repugnancia me invadió. Lo tiré histérica a la mesita que tenía enfrente como se tira una inmundicia que apañas del suelo pensando que es algo más valioso.
―¡Dios, qué asco! ―exclamé con más rabia que fastidio. Lo malo fue que el pañuelo se desdobló en el aire deshaciéndose su forma apelotonada y extendiéndose, exponiendo morbosamente mis fluidos nasales y lacrimales. Y aterrizó justo encima del botellín de cerveza, cubriendo la boquilla como un paracaídas que salvara la vida a mis mocos de morir del impacto contra el suelo. El borde de la boquilla se dejó translucir a través del papel empapado del clínex y un reguero viscoso se fue colando por el interior.
Isabel se rió dando palmas, alabando mi aparente puntería. Te gusta comerte los mocos, eh, sonrió irónica. Mientras miraba mis excrecencias mezclándose con la cerveza la conté a qué me había recordado.
―Verás ―comencé, mirando compungida mi cerveza―, el tener el pañuelo pringoso me ha recordado un detalle que no te dije antes. Resulta que después de que Raúl me la metiera sin ton ni son, así, como si mi coño fuese una disco sin maromo, donde entra todo Dios, y después de pegarme esas horribles dentelladas en los pezones, que solo de pensarlo me dan escalofríos, se meneó dentro mío un minuto escaso y luego me plantó su nabo delante de las narices con la intención de que me lo metiese en la boca, así, porque sí.
Escenifiqué la situación. Me acuclillé encima del sofá con las piernas bien abiertas, sin importarme enseñar las bragas al arremangárseme la minifalda, sacándome los bajos de la blusa, y simulé agarrar con las dos manos una verga en el aire a pocos centímetros de mi boca.
―Imagínate la escena, Isabel. Yo con un calentón del quince, y con un mete-saca cortito, para salir del apuro. Del previo ni hablamos, ya te dije que se limitó a mascarme un pezón (y para colmo solo uno, no te jode) como si fuese una gominola, llenarme la boca de babas y sobarme el potorro como si fuese el lomo de un perro, ¡hala, bonito!. Pues me la saca el cabrito cuando empiezo a sentir algo y me planta su falo pringoso, embadurnado, chorreante de nuestros fluidos delante de los labios, dios, qué asco. Me mira con ojillos rutilantes pero cegados por la corrida que se pensaba iba a tener dentro de mi boca y me suplica que le repase el capullo con la lengua, que quiere venirse en mi paladar.
―Y fue entonces cuando le diste un manotazo a su polla y te marchaste, ¿no?
Asentí, sintiendo como las lágrimas volvía de nuevo a afluir por la comisura de mis ojos. Pero tuve la entereza de explicar a mi amiga porqué hice eso.
―No te imaginas la repulsión que me entró al ver el glande pringoso, asomando por el pellejo, bañado de una espumilla blancuzca. Admito que la mayor parte de esa mierda que embadurnaba su polla procedía de mi coño. Pero es que me pareció una tomadura de pelo. Era mi primera vez, Sandra. Soy, bueno, era una puñetera virgen, una jodida primeriza. Y el muy hijo de puta me soba durante unos minutos, me babea la boca, me clava sus dientes en el pezón y luego se contenta con metérmela un ratito para que luego engulla su vara como si fuese un Calippo. Te acuerdas de esos helados, ¿no?
Isabel sonrió asintiendo con la cabeza y luego se trincó de un trago la mitad del botellín.
―¿Tú lo ves normal, tía? ―pregunté con voz trémula, dejando que mis lágrimas recorriesen mi mejilla para acumularse en el mentón, goteando la blusa. Quería que mi amiga me consolase, que me dijese que Raúl fue un cabrón, que un payaso así no merecía ni ser mencionado.
―Pues yo se la hubiese mamado con mucho gusto ―me soltó en cambio. Abrí los ojos traicionada y la miré muda del sobresalto, con los labios entreabiertos. Mis mocos, acumulados sobre mi labio superior, se deslizaron por el contorno y alcanzaron la comisura, teniendo que saborear su regusto salado. Quizás amargo, debido a su contestación.
―Pero, Isabel… ―protesté ante lo que consideraba una puñalada trapera por su parte. Me senté de nuevo en el sofá, me bajé la minifalda para ocultar las bragas que dejaban translucir sin mucha imaginación mi vulva y crucé las piernas resentida.
―Mira, Sandra, comprendo que ayer fuera tu primera vez, y todo eso. Pero ya te lo dije hace días, cuando me pediste consejo, te acuerdas, ¿a que sí? ―y puso voz de falsete―. No espeeeres milaaaagros, ¿recuerdas?, de seguro que es un fiasco y te llevas una decepción, y más con Raúl, que es muy mono y tiene un cuerpo cojonudo, pero se le nota muy pagado de sí mismo y pichacorta, ¿qué no?
No tuve más remedio que asentir. En realidad Isabel fue la única que intentó frenar mis hermosas expectativas ante mi primera vez, todas las demás me lo pusieron por las nubes. Y aunque Isabel es buena persona, eran dos contra una. Por estadística la noche anterior tenía que ser tipo “pretty woman”. Y fue una puta mierda. Y yo una mierda puta.
―¿Te acuerdas de los “truquis” que te revelé? ―preguntó dándole otro trago a su botellín, apurándolo―. Seguro que ayer se te olvidaron todos, o no los quisiste usar, me imagino.
Imaginaba bien. La puñetera Isabel me iba leyendo el pensamiento.
Me miró durante unos instantes fijamente, con el botellín apoyado en su mejilla derecha y una sonrisa velada en sus labios. Sus ojos entornados bajo párpados lánguidos brillaron durante unos instantes y luego mi amiga resopló, como si no le gustase lo que iba a hacer, pero no tuviese más remedio que hacerlo, por obligación o por amor propio.
Isabel siempre me pareció la menos guapa de mis amigas. Pero ello no disminuía su magnetismo. Era, quizás, una suerte de encanto natural o adquirido que la hacía deseada. Muy deseada. Yo no sé cómo lo conseguía, pero las primeras miradas del ganado de sementales en la disco iban para nosotras tres, pero luego se posaban indefectiblemente en ella. Ganábamos el primer asalto, pero nos humillaban en el resto.
Sus ojos no tenían un color especial, más bien un anodino color pardusco que complementaba con una nariz ligeramente torcida y algo sobresaliente en cuanto al tabique nasal. Labios finos y mentón algo huidizo completaban el cuadro.
Sin embargo aquellos rasgos sosos por separado, en conjunto eran armoniosos y placenteros a la vista, admitámoslo. También su cabello oscuro y liso, con mechones definidos y de una negrura casi azulada, incentivaban el quedarte prendado de su cara durante horas y horas. Supongo que cuando nos juntábamos de marcha no éramos tres rubias tetorras con bonito pandero y Sandra, sino Sandra y tres rubias pechugonas de traseros prietos. Porque Isabel también tenía tetas, pero no tan bien puestas como las nuestras, sino más… abordables, digámoslo así. Incluso tenía el culo más redondo y las caderas más generosas. Nosotras, que lucíamos un vientre planito embelesábamos a los babosos y ella, con su tripita que gustaba de enseñar a la mínima, se llevaba de calle a todos los demás.
Marta, una de nosotras, las tres rubias, siempre decía cuando nos levantaba un ligue, que Isabel tenía el don de la accesibilidad, y que nosotras teníamos el obstáculo del pedestal. Su cuerpo con curvas de guitarra era más atrayente que nuestro tipín de rubia playera oxigenada.
Continuaba mirándome con esa sonrisilla mezcla de borrachera y conmiseración, con el botellín apoyado en la cara.
―Te apuesto a que antes de que te vayas te bebes tu cerveza del botellín, sin importarte los mocos y las lágrimas que hay dentro ―dijo Isabel dejando el suyo sobre la mesa con un golpe. Zas, como el martillo de un juez.
Miré de reojo la boquilla oculta por el pañuelo empapado por los mocos y sonreí ante su fanfarronada. Pero no oculté en mi mirada un resquicio de reticencia que ella captó de inmediato, acrecentándose su sonrisa.
―Pareces tonta, ¿a qué viene eso? ―pregunté con curiosidad. Sentía respeto por la legendaria fama que Isabel tenía entre nosotras de salirse siempre con la suya.
―Tú acepta y te juro que te llevarás a los labios el botellín sin importarte los mocos que ahora hay encima. Y también dentro ―aseguró sin darme ni una pista.
―¿Qué nos jugamos? ―pregunté animada por mi indefectible victoria. Fanfarrona, pensé, a ver que la saco a ésta.
―Si tú ganas, este mes te pago el alquiler del piso ―respondió ufana, con una medio sonrisa que invitaba a travesuras, a juego con un destello de sus ojos entornados. Ese gesto era la que en un bar, hacía volver todas las miradas masculinas hacia ella. Y también las nuestras, en honor a la verdad.
Cuidado, Sandrita, me dije, ésta juega con cartas marcadas. Sin embargo su oferta era demasiado tentadora; el dinero del alquiler me vendría de perlas para un vestido nuevo y podría por fin pagar las cuotas atrasadas del gimnasio donde esculpía mis prietas nalgas.
―¿Estás segura? ―pregunté sonriente, extendiendo la mano para sellar el acuerdo con un apretón, añadiendo un aura de solemnidad a la apuesta.
―Dos horas, aquí, en el salón, sin moverte―detalló. Asentí y me estrechó la mano, cerrando el acuerdo, manteniendo su media sonrisa y sus ojos brillantes.
Antes de atravesar la puerta de su casa, dos horas más tarde, me bebería la cerveza del botellín. El pañuelo de papel estaría pegado al borde de la boquilla. Pero lo arrancaría y me trincaría el contenido de un trago. Y sería la cerveza que mejor me sabría de todas las probadas, aun estado ya tibia. Perdería la apuesta. De calle. Y de qué manera. Menuda desgraciada.

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―Dice que vale ―me confirmó al pulsar la tecla del móvil de terminar la llamada―. Saca el bolso que está guardado en el cajón de abajo del mueble, el de color azul.
Yo no salía de mi asombro. Supongo que se me notaba en los ojos abiertos de par en par y la boca abierta como un besugo recién sacado del agua. Aún conservaba una postura defensiva, sentada en el sofá, cruzada de brazos y piernas, que adopté cuando me contó el plan.
―Pero… tú…tú… ―tartamudeé escandalizada, para luego gritar como una histérica― ¡Tú estás loca, Isabel!
―Ché, ché ―dijo chasqueando los labios y ladeando el dedo índice, negando. Se acercó y se sentó junto a mí pasando un brazo alrededor de mis hombros, acercando su rostro al mío. Entornó una sonrisa en la que emergieron unos dientes algo desparejos y se formaron unos hoyuelos en sus mejillas. Eran los famosos “hoyuelos de Isabel”, dos agujeros negros que hacían que las miradas de ambos sexos se desviasen de sus quehaceres y se posasen sobre ellos hasta que Isabel las dejase marchar. Si su sonrisa traviesa hacía volver las miradas hacia ella, sus hoyuelos las retenían como un imán―. Te recuerdo que hemos hecho una apuesta, Sandrita.
Negué con la cabeza, apretando los labios.
―Eres una puta pervertida, Isabel, y tú lo sabes ―susurré, aunque luego pensé que quizás habría escuchado mal la proposición de mi amiga y me estaba inventado cosas que no eran.
―Pretendes ―dije lentamente en voz baja, casi cuchicheando, como si alguien nos pudiera oír, aunque estábamos solas en su casa―, pretendes que os grabe a Raúl y a ti follando en el salón. Un asqueroso video porno, eso quieres.
Isabel me besó en la mejilla, asintiendo. Me hubiera gustado apartarme, alejarme de ella, impedir que me tocase, pero me pilló por sorpresa. Además, estaba hechizada con sus hoyuelos. Y, porqué no, tampoco quería apartarme.
―A decir verdad ―confesó ella entornando los ojos destellantes ―al acuclillarte en el sofá antes, cuando me escenificaste la mamada…
―El conato de mamada, Isabel, recuerda, que ni se la rocé siquiera. No me pongas a tu nivel ―siseé, cortándola asqueada.
―Bueno, pues cuando Raúl casi te la endiña en la boca, se te subió la falda al acuclillarte en el sofá y me fijé en tu precioso coñito, y en cómo sostenías su polla en el aire. No sabe cómo me pusiste, chica, con un calentón del bueno. Y me imaginé como hubiera sido si yo hubiese estado en tu lugar. Qué habría hecho. Cómo habría discurrido el polvo. Qué habría sucedido si me hubieses hecho caso.
Precioso coñito, ha dicho. Ay, mi madre.
―Y no se te ocurre mejor forma que llamar a Raúl y pedirle que venga a follar y grabar el polvo, no te jode.
―Exacto. Quiero que veas de primera mano cómo se folla bien follado a un tío. Y que tengas un video de cómo fue el polvo, para que te lo estudies.
Sonreí jactanciosa.
―La has cagado, Isabel ―dije sintiendo algo de pena por mi amiga, aunque tras los últimos acontecimientos, debería añadirla otro sobrenombre: putona ―. Raúl es de los que las prefieren rubias, de tetas firmes y culo duro. No se la vas ni a poner dura, fíjate lo que te digo.
―Bueno ―rió Isabel enseñando la punta de la lengua entre los labios―. No me ha puesto ni una pega para hacer este corto, ¿no?
No respondí. Apreté aún más las piernas y los brazos, intentando olvidar aquel resquicio de lengua que asomó por sus labios, rosado y brillante. Me aterraba el impulso irrefrenable de besarla que en aquel momento sentí, e intentaba crear una coraza que impidiese que su lúbrica sonrisa me hiciese perder el control.
Tuve que admitir que, al margen de mi inesperada atracción por Isabel, me excitaba la idea de ver al hijoputa que me desvirgó ayer sin miramientos follarse a mi amiga mientras yo grababa el polvo delante de ellos. En cierto modo quería verla sufrir.
Quizás era morbo. No. Con seguridad era morbo. El morbo de ver a Isabel desnuda y follando con mi desvirgador. A ver qué coño tenía esta morena para jodernos los findes y liarla parda cuando se la antojase. Como si fuese una vulgar estudiante que necesitase de un maestro. Además quería dejarme en ridículo. Follar por follar. Lo dicho, una putona.
La que quedaría en ridículo sería ella. Raúl era un payaso impresentable, de cara adorable y cuerpo moldeado, pero, como ella había dicho, pichacorta y demasiado bien pagado de sí mismo.
―Es cierto que hay tíos que no saben follar ―me había explicado―, ahí no hay que darle más vueltas. Pero esto es como una corrida de toros; te toca el morlaco más sosainas pero tú tienes que sacarle todo el jugo y hacerte valer. No lucirás pero tampoco puedes tirar el capote a la arena.
Resoplé disgustada ante lo que se me antojaba una tarde demasiado cochina para mi gusto y me dispuse a sacar la bolsa que me había indicado Isabel.
―Sabes cómo funciona, ¿no?― preguntó cuando saqué la videocámara de la bolsa.
―Estudiamos Imagen y Sonido, ¿recuerdas? El que sea rubia no quiere decir que sea tonta ―repliqué ofendida.
―Vale ―dijo ella sin inmutarse―. Recuerda variar los planos, e improvisa. ¡Empápate de la película!, como nos decía el de segundo de Cinematografía.
Respondí con un chasquido de lengua viéndola internarse en el cuarto de baño. Encendió una radio y comenzó a tararear y al poco escuché el sonido de la EpiLady sobre la música. Monté la cámara y constaté que la batería estaba cargada y el disco duro interno con espacio suficiente para dos horas de grabación. Supongo que aún tenía ligeras dudas de que realmente fuese a suceder lo que iba a suceder. Pero en el fondo deseaba que sucediese. En mi interior ansiaba ver el coño martirizado de mi amiga y el repulsivo semen rebasando sus finos labios cuando Raúl se corriese dentro de su boca. Ay, quita, qué asco, diría. Para, para, ni me toques. Y luego un buu, buu, llorando como una Magadalena.
Me acerqué al cuarto de baño en silencio cuando dejé la cámara a punto y me asomé a puerta abierta para ver a Isabel. Ya no se oía la depiladora eléctrica, así que ya habría terminado con las piernas y las axilas. De fondo se oía en la radio la última de Bisbal. Se estaría ahora dedicando al pubis. Sí, era morbo, constaté. Morbo por ver a mi amiga depilándose el sobaco y las ingles. Morbo por ver la almeja sonrosada de Isabel antes del polvo.
Allí estaba, sentada al borde de la bañera, frente a mí, desnuda y bien abierta de piernas, encorvada para poder mirarse el pubis con amplitud, con un espejo redondo convexo en el suelo por el que ella y yo veíamos su vulva y su ano aumentados. Con unas tijerillas y unas pinzas se iba recortando el vello oscuro y ensortijado que le tamizaba la vulva, cayendo en el espejo.
Levantó la vista cuando carraspeé: no quería ser una voyeur, sino una espectadora. Sonrió y continuó dedicándose a varios pelitos dispersos por las ingles arrancándoselos con las pinzas.
―No me negarás ―dijo irguiéndose sentada, separándose los labios de la vulva con el dedo índice y medio― que mi coñito es apetitoso―. Su ano expuesto me guiñó con un fruncimiento de los músculos del esfínter a través del espejo.
Gruñí en una suerte de sonido insustancial e indiferente. Isabel me miró mientras yo mantenía la mirada fija en su rosado clítoris, enorme comparado con el mío, y su entrada cavernosa, seguramente dilatada de tantos manubrios como la habrían visitado.
―No me engañas, Sandrita, te mueres por lamerme el garbanzo y confirmar a qué sabe mi coño.
―No seas puta, ¿por quién me tomas? ―pregunté alterada, desviando la vista de su vulva hirsuta para posarse sobre sus tetas de piel blanquecina y areolas oscuras. Se agachó de nuevo para seguir depilándose, dejando que sus tetas colgaran del pecho como dos ubres de vaca, apuntando como dos lápices afilados, sus pezones al suelo. Me encandiló descubrir que su piel oscura contrastaba con fiereza con la sordidez de sus blancuzcos pechos y pubis. Las marcas del bronceado que yo mitigaba lo máximo posible con rayos uva desnuda en inquietantes ataúdes azulados, para Isabel eran un fetiche del que parecía vanagloriarse, mimándolas como un preciado tesoro.
―A los tíos les bulle la sesera cuando te ven en cueros y con las líneas del bikini ―explicó al darse cuenta de mi fijación por sus contornos lechosos―. Es como mostrar aquello que debe estar oculto, como disponer de unas gafas de rayos X con las que pueden desnudarte estando en la playa. A un tío le motiva más descubrir lo oculto y confirmar su lúbrica imaginación que mostrar a las bravas lo mil veces visto en revistas y cine porno, ¿sabes?
―Si tú lo dices… ―respondí aparentando apatía, aunque en el fondo sus palabras me parecían bastante razonables y juiciosas. No quería darla la razón, aunque la tuviese. Pero era cierto: a los hombres (y a nosotras, claro) les excita más vislumbrar un mechón de vello rizado asomar por el tanga del bikini o el slip que ver el sexo completo. Estaba de acuerdo.
Cuando terminó, recogió todo y se pasó una toalla por el chumino para luego mirarse al espejo desde arriba, asintiendo al ver su vello recortado. Había desviado la vista hacia el pasillo para no exponerme más aún a sus sonrisas. Riéndose se sentó sobre la taza del inodoro. Me miró mientras meaba. Yo no sé por qué, pero giré la cabeza para mirar a mi amiga cómo hacía pis. El chorro salpicando la loza, sus dedos separando sus pliegues. Un sonido de sifón y luego un tintineo al chocar la orina contra el inodoro. Se levantó un poco para que pudiese ver el cordón amarillento aparecer de entre sus dedos y desaparecer en el borde de la taza.
―¿Te gusta verme mear, Sandrita? ―preguntó mordiéndose la lengua con expresión pícara. Hoyuelos. Un rápido meneo de dedos y el chorro se convirtió en lluvia, salpicando el asiento con gotas amarillentas. Quise que un sentimiento de asco y repugnancia mi hiciese torcer el gesto, pero solo me salió un ceño fruncido. Se limpió con un trozo de papel y me miró erguida, desnuda.
―Me das asco ―dije intentando escupir las palabras, pero salieron de mi boca como un lamento angustioso―. Eres una puta guarra.
―Si tú lo dices, morbosilla… ―respondió tirando de la cadena.

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Raúl llegó al cabo de media hora exacta. Venía colorado y con una sonrisa de oreja a oreja ante lo que se le presentaba (un polvo regalado) que no podía disimular. Incluso venía con el arma medio enarbolada. Menudo idiota. En ese momento me hubiese gustado lanzarle un rodillazo a aquel bulto entre sus piernas y luego escupirle a la cara, entre los ojos. Pero puse cara enfurruñada, cruzada de brazos, disgustada.
No me hizo caso. Toda su atención estaba puesta en Isabel, que lo había recibido en ropa interior, aunque un salto de cama de gasa oscura la cubría decorosamente el torso y la mitad de sus muslos.
Isabel se había peinado hacia atrás, todo atrás, segura de sí misma, y se había echado gel Pure Wet en el cabello para darle un efecto mojado. Parecía recién salida de la ducha, limpita, rosita, con ganas de ensuciarse el cuerpo. Se había pintado los labios con un gloss de cereza y los párpados con sombra aguacate. Hasta a mí me daban ganas de lamerla toda la cara desde el mentón a la frente, de hundir los dedos en su cabello pringoso, estirar de él hacia atrás para que gimiese asustada, dando un respingo, y regarle la fina piel de la garganta de babas calientes.
Joder, por dónde vas, Sandrita. Céntrate, anda, céntrate.
Raúl no se fue por las ramas. Me dio dos besos de rigor, como si fuese una amiga sujetavelas. Intenté que no me rozara la piel, girando la cabeza para que sus labios no me tocasen, pero no hizo falta, ni siquiera hizo amago de tocarme. Yo apoyada en la videocámara Sony (cual vaquero del oeste en la barra del bar) montada en el trípode, con el visor desplegado a la izquierda, viendo a través de él la mitad del salón.
A través de la pantalla de tres pulgadas entra Raúl. Isabel ya está dentro del cuadro, sentada en el sofá. No se ha levantado para saludar a mi desvirgador. Cruzada de piernas. Maleducada, impresentable, haciéndose la dura. Descansando los brazos al costado, con aire confiado, dominando la situación. Enseñando un diminuto triángulo de escote. Pulso el botón rojo y un ligero zumbido procedente del plato del disco duro empezando a girar sisea de las tripas del aparato. Por la pantalla de tres pulgadas se ve a Raúl sentándose al lado de Isabel. Alzo la vista del visor y los veo más grandes, más reales, más coloridos. Pero en la pantalla son dos actores de cine porno. Dos cochinos y asquerosos actores.
―Parece que vas en serio ―dice él.
―Y tanto, Calippo mío ―sonríe Isabel con picardía, componiendo su sonrisa entornada, sus ojos entrecerrados y atrayendo la mirada de Raúl (y la mía) hacia sus hoyuelos en las mejillas. Esos hoyuelos que desarmaban hasta a los más imperturbables. Raúl sonrió y yo sonreí, qué cojones. Me encantaría coger a Raúl del pescuezo y tirarlo por la ventana, posar una gota de saliva sobre esos hoyuelos para arrancarla luego la bata y masticar sus pezones a través del sujetador. Esta maldita cerda me estaba desquiciando.
Raúl no se resiste a su sonrisa. Tampoco tiene porqué. Ha venido a follar, eso ya lo tiene claro. Y nosotras.
Raúl pasa al ataque sin mediar un mísero flirteo. Fuera preliminares. Adiós conversación. No hay obstáculos. Casi igual que conmigo ayer. Se pensó que con dos risitas, jiji, jaja, ya bastaba, y en un parpadeo ya me había embadurnado los aledaños del morro con sus babas.
La besa con la boca abierta, sin el tanteador beso inicial de labios fruncidos esperando una señal para internar la lengua. No pierde el tiempo, como si le faltase. Enfoco su beso y a través del visor, acercándome con el zoom hasta el máximo, x24, capto el instante en que sus lenguas se atraviesan, intercambiando salivas, explorando recovecos, a través de una rendija entre sus morros casi fundidos entre sí. Ladean la cabeza como si bailasen sobre sus cuellos. Gruñen y me parece notar que sus gargantas vibran, como rencorosas por no poderse también unir. Me alejo de ellos con un siseo del zoom para meter en el plano la mano de Raúl internándose en la nuca de Isabel, como un peine, sujetándola del cuello, impidiendo que se escape. Muy posesivo. Es mi caramelo, zorra, y no me lo vas a quitar, me parece oír en su cabeza. Claro que no, marrano mío, responde ella, tómalo todo para ti, es tuyo, no te lo quito.
Doy más amplitud al cuadro. Noto mi respiración agitada. Raúl ha posado su mano izquierda sobre el escote de Isabel. Ella no se inmuta, concentrada en los giros de cabeza al besarse. Ayer él no me hizo eso. Me pongo cachonda sólo de pensar si yo estuviese en lugar de Isabel, con ese torrente de saliva anegándome la boca, su mano derecha impidiendo una separación, la izquierda a punto de escabullirse por el escote. Y yo, como Isabel ahora, con los brazos en la misma posición, lánguidos, imperturbables, cruzada de piernas, pero con un afluente de fluidos emergiendo de la vagina, sintiendo los labios hincharse, tórridos, con el clítoris latiendo desconsolado.
Hago un zoom vertiginoso sobre sus bocas al despegarse, recogiendo el detalle del hilo de saliva pesado que une ambos labios inferiores. El pintalabios ha aguantado bien el primer asalto, pero parte del gloss ha desaparecido y la mamola está ligeramente colorada por la pintura corrida. Capto los poros del mentón de Isabel, incluso la pelusilla de la mamola. Suspiro sintiendo mis pezones arañar el sujetador de encaje que llevo bajo la blusa. Y mi vagina escupir viscosidades, empapando el forro interior de la braga. Joder, estoy cachonda, como si Raúl me hubiese besado a mí.
Su mano desnuda el hombro, descubriendo el tirante del sujetador, al lado de un surco gemelo blanquecino. Sus labios se cierran sobre el cuello recorriendo la piel hasta llegar a la tira del sujetador. Sus dedos la desplazan a un lado perdiendo su condición elástica, convirtiéndose en un tirante suelto. ¿Qué es peor que un tirante de sujetador, estrecho y menudo, sobre un hombro redondeado, sinuoso? El mismo tirante suelto. Melones bamboleándose, recato decoroso, sonrisas avergonzadas amparadas en el tirante rebelde. Ay, mi madre.
Se sonríen. Les sonrío. Raúl desata el nudo de la bata e Isabel descruza sus piernas. Abre la bata como se abre una puerta doble, mostrando un mundo más allá. El sujetador transparente muestra el pezón abultado, un botón gordezuelo, una grosella nega emergente. Los dedos aprisionan la teta. Estrujan la carne blanquecina a través del sujetador mientras ellos se miran ansiosos, con labios entreabiertos y ceño fruncido. Aprietan la carne los dedos índice y pulgar en torno al pezón y yo capto con mi zoom el ojo entrecerrado de Isabel acusando el pellizco, sintiendo la carne de la teta condensada, aplastada. Se muerde el labio inferior, en un gesto ansioso, suplicante de más presión. Pero qué puta eres, Isabel.
Quiero sentir lo mismo, excitada como estoy, y me pellizco con saña un pezón a través de la blusa. Está duro, vaya sorpresa. Me aprieto más fuerte, hasta sentir el pinchazo de dolor, el punzamiento de placer emerger del botón.
Plano medio. El vientre de Isabel, expuesto sin el amparo de la bata, abierta ahora de par en par, se arruga sobre sí, no es terso como el mío, pero me gusta, y más abajo hago otro zoom a las marcas blancas bajo el minúsculo tanga que lleva puesto. Como una sombra inversa. La prenda también es transparente. En esta ocasión Raúl no se refrena, no se ciñe a un guión erótico, sino que tira del tanga hacia los muslos obligando a Isabel a levantar las nalgas del sofá para ayudar a hacerlo desparecer, dejándolo enrollado en las rodillas, como una goma retorcida. Abre las piernas. La prenda lo permite, es flexible. Tiene postura de mear, de soltar un chorro amarillo por su conejo de un momento a otro. Allí estaría mi boca, como si fuese sidra.
Inevitable sorpresa. Otro zoom al rostro de Raúl al contemplar el pubis de Isabel. Se relame los labios, ya degustando el plato. ¿Qué está mirando? Plano corto, las bragas se salen del cuadro, zoom al coño. Dos surcos difusos y blanquecinos surgen de las caderas ocultas por las puertas de la bata y convergen en un trapezoide lechoso, minúsculo. Isabel se ha dejado crecer la mata oscura de vello más allá de los márgenes blancos de su piel, invadiendo la zona bronceada superior. Entorno los ojos y exhalo un gemido. Quedará grabado. Los pelillos rizados escapan del cerco blancuzco e irrumpen en la piel oscura. Isabel me sonríe, pero la videocámara no lo capta. Sabe que estoy igual de ensimismada que Raúl, con la mirada fija en su coño recortado. Qué hija de puta. Sabiéndose fuera de plano me saca la lengua divertida, encantada con nuestro anonadamiento.
―Me encanta tu chocho ―suspira Raúl. Y como si se diese cuenta que algo andaba mal, como si en un partida de ajedrez te das cuenta que aún no has movido creyendo que mueve el otro, se revuelve en el sofá, despojándose de su ropa en un santiamén, quedándose con los calcetines puestos, unos calcetines marrones, finos, donde se trasparentaban los dedos. Se levanta y se agacha dándome la espalda. Zoom al culo de Raúl. Un culo blancucho, prieto, alguna espinilla rosa, un lunar, las marcas del elástico de los slips dibujaban una suerte de bragas sobre las nalgas de mi desvirgador. Un grueso vello arrebujado sobre el escroto oscuro ascendiendo por la raja que divide su culo, mostrando un agujero fruncido, como un ojo guiñado en penumbra.
La mirada de Isabel aparece tras la cadera de Raúl, emergiendo tras el perfil de la nalga, su ceño fruncido y un hoyuelo en su mejilla. Trago saliva, ¿qué coño hace?. Desenfoco nalga, enfoco sus ojos. Me señalan más abajo. Abro plano. Los dedos de mi amiga sosteniendo los huevos de Raúl, sopesándolos en la palma de la mano, con la otra se intuye un meneo de rabo oculto por el cuerpo, los dedos se cierran sobre los testículos. Aprietan. Raúl gime, se tambalea. Isabel me sonríe detrás, desenfocada. Las uñas se cierran sobre la piel laxa y velluda, comprimen, amasan. Raúl grita. Más fuerte. Los dedos sueltan el escroto. Descienden un poco. Ascienden de súbito. Golpe, zas. Dolor. Puta, hija de puta, exclama Raúl. Otro golpe, zas, puta, puta, más, hija puta, quiero más. Golpe, golpe, más fuerte, más impulso, zas, zas. Enrojecimiento. Las canicas se hinchan y bailan en la bolsa rojiza. Se detienen. Isabel desaparece tras las nalgas. Sonido de gorgoteo, sonido de succión. Es hora de variar el plano, Sandrita.
Desatornillo la cámara del trípode y me acerco a la mamada. Me tumbo en el suelo, debajo de ellos, contrapicado, con las piernas abiertas, arremangada la falda, expuestas mis bragas húmedas. Da igual. Están a lo suyo. Mantengo el plano mientras me toco el coño. Me froto por encima pero luego siento la urgencia, la necesidad de sentir en mis dedos toda la viscosidad de mi coño jugoso. El encuadre tiembla. Se activa el estabilizador óptico minimizando mi masturbación. Gemidos arriba. Puta. Comepollas. Bien, bien, así, trágatelo todo, puta, más que puta. Más zoom a la mamada. Del mentón de Isabel cuelgan lianas de saliva. Las gotas de baba salpican la lente. Sigo grabando. Arqueo la espalda hasta sentirla crujir, machacada, mientras mantengo el plano de los labios de Isabel engullendo y vomitando el falo de Raúl y yo rascándome convulsivamente la vulva con las yemas de los dedos, como un boleto de lotería, buscando encontrar el premio. La saliva se acumula en la lente. Gotea del mentón y de los dedos de Isabel que sujetan el nabo, un nabo reluciente, brillante, del que una lengua menesterosa se encarga de lustrarlo sin descanso. Un goterón de saliva espumosa salpica la lente de refilón, me ha golpeado la mejilla. La rebaño con la lengua. Sabe a sudor tibio y salado. Me apoyo en un codo y asciendo para sorber del mentón de Isabel un pringoso cuajarón salivoso que amenaza con inundar la lente. Caliente, soso, viscoso. Me relamo.
Desenfoco la mamada, enfoco las tetas enfundadas en el sujetador. Raúl las sopesa con los dedos, calibrando espesor y peso. Ya no tienen el auxilio del tirante. Botan. Pezones emergentes, puntiagudos. Raúl desabrocha el sujetador y deja que la prenda resbale por los antebrazos morenos deteniéndose junto al codo. Tira de los pezones hacia arriba. Carne turgente, piel tirante. Suelta. Boin, boin. Gemido de Isabel. Más zoom. La areola de chocolate se hincha y el pezón oscuro se inflama. Otra vez, con dos dedos, como si diese asco. Aprisiona el pezón con las yemas. Chillido. Casi siento como la carne se comprime y a Raúl apreciando el botón con una textura como las gomas de borrar de Milán. Retuerce la carne entre las yemas. Capto el detalle. Isabel gruñe con la polla en la garganta. Atornilla, desatornilla. Más gruñidos. Más chillidos. Tira de la carne hacia arriba, como probando cuán elásticas son las tetas. Joder, eso tiene que doler, seguro. Gimo. Abro el cuadro. Voy enfocando los diversos elementos: tetas estiradas, mamada baboseante, mirada compungida de Isabel, mirada torturadora de Raúl.
Para, para, que me corro, cojones, que me corro, grita Raúl agarrando de los pelos a Isabel, tirando de ella, del cabello efecto mojado. Resurge el rabo de Raúl, inundado de babas, goteando babas, meando babas, sudando babas. Túmbate, puta. La estampa en el sillón. Y ella me sonríe, sonríe a la cámara, zoom a la lengua que se muerde encantada, hoyuelos en su máximo esplendor. Ya no hay gloss en sus labios. Arrebaña con la lengua la saliva de las comisuras. El zoom delata la saliva acumulada en la lente. Abro plano. Las tetas vilipendiadas, los pezones hinchados como una fresa, jadeando sin respiración. Buena mamada, extiende el dedo pulgar hacia arriba, fuera de cámara. Me abro la blusa como puedo sin dejar el plano, me saco los brazos, una mano, luego la otra, limpio la lente con mi blusa. Me arrodillo sin dejar de mirar a Isabel. Raúl se está colocando un condón, fuera de cámara. Él y yo nos miramos. Me mira el coño húmedo y enrojecido. Tengo la falda arremangada, las bragas enrolladas a los muslos. Mantengo el plano en Isabel. Raúl me sigue mirando, desde arriba. Mis lubricaciones resbalan por los muslos, igual que el sudor. Solo llevo el sujetador puesto, los pezones como dos pitones, lo demás está a la vista. Jadeo y le señalo con una mirada a mi amiga. Sonríe y asiente.
Abro el plano. Isabel ha izado sus piernas, dobladas, sentada en el sofá, toda su vulva expuesta, su ano oscuro boqueando, como un ojo que parpadea o el diafragma de una cámara tomando fotos. Labios empapados en los jugos vaginales, como una flor abierta. Vulva hinchada, igual que la mía, enrojecida. Vello púbico brillante. Zoom al ano de Isabel. Parpadeo del ojo. Los fluidos afluyen de la raja arriba y discurren paralelos alrededor del agujero. Otro guiño, otra foto. El vello rizado coronando la vulva, invadiendo ambos lados del pubis. Brillante, ensortijado, efecto mojado natural. Raúl invade el cuadro, pero bajo sus nalgas el diafragma de Isabel me sigue tirando fotos. Un pene plastificado de azul se cierne sobre el coño. Un pellejo de látex se posa sobre la entrada, sobre los pétales de la flor. Más zoom. Puta, ya verás ahora. Un golpe de cadera y el falo se hunde en la vagina, de golpe. Plas, choque de ingles. Plas, plas. Jadeos, gemidos. Yo también gimo, oh, dios. El rabo emerge del agujero y se vuelve a clavar, como en un pozo petrolífero. Los testículos se revuelven como dos canicas dispersas en su bolsita enrojecida. Arriba, abajo, arriba, abajo, la polla azulada emerge de la flor arrastrando en su ascensión grumos de lubricante del coño. Abro plano. Tengo ambos anos encuadrados. Arriba uno, abajo otro. Ambos se abren y cierran. Fotos, más fotos. Me guiñan sincronizados cuando el rabo perfora el coño. Gritos. Jadeos. Chillidos. Insultos. Vamos, puto mierda, ¿sólo sabes hacer eso?, jódeme, puto cabrón, párteme en dos, jodido Calippo de los huevos, vamos.
Abro plano. Las uñas de Isabel se clavan en las nalgas de Raúl, marcando territorio, dejando surcos carmesíes, abriendo como un melón las nalgas, muy cerca del ano masculino, que ya no puede guiñar, un agujerito que quiere cerrarse pero no puede por la tensión. Puta, puta, grita él. El sillón chilla espantado, golpeado contra la pared, los cojines bajo ellos con un surco de fluidos. Trago saliva. Me desabrocho el sujetador y dejo que las tetas caigan fuera de las copas. Desatornillo un pezón, chillo como una cerda y el dolor me recorre el pecho entero. Siento mi vulva rezumar, cocinándome por dentro, tengo el horno a punto de estallar. Me muerdo el labio hasta sentir el regusto tibio y salado de la sangre en mi boca. Sudo como una puerca, siento una gota fría de sudor descender por mi costado. Mis axilas lloran sudor, igual que mis sienes, mi frente, mi vientre, mis muslos, estoy meando sudor, cojones.
Mi mano se desliza hacia mi chumino. Enrojecido, salvaje, sediento, hinchado. Froto con la palma de la mano. Una torta, otra. Has sido malo, chocho mío, muy malo. Otra torta, zas. Más fuerte. Gimo como una desgraciada, mantengo el plano, al estabilizador óptico le cuesta centrar la imagen. Me sigo atizando. Zas. Más fuerte. Dolor. Restriego los dedos por el canal interior, mana una viscosidad que extiendo por toda mi vulva. Las uñas rozan mi ano. Otra torta, zas. Distiendo el esfínter. Más fuerte, puta. Zas, zas, zas. Gimo, grito, puta, puta, soy una puta. Froto sacándome brillo. Noto el calor emerger de mi culo y mi vulva. Mi clítoris inaguantable. Zas, zas, zas. Aprieto los dientes y se me escapa la saliva por las rendijas de las encías. Froto y froto. Estoy ardiendo. Tengo el coño ardiendo. Zas. Me estoy golpeando con saña. Puta, puta. Me meto dos dedos de golpe, me araño la entrada, los saco encharcados. Zas, zas. Lloro desconsolada, me muerdo el labio hasta sentir más sangre rebullir dentro de la carne.
―A lo que estamos, Sandrita ―me dice Isabel, cortándome la película, devolviéndome a la suya. Se han tornado las posiciones, Raúl sentado e Isabel acuclillada, cerniéndose sobre el pilón azulado, agarrándolo de la base baboseada, centrándolo hacia su entrada pringosa, ella apoyada en el respaldo. Cuerpo en tensión, tetas distendidas. Esto es nuevo, no lo hice ayer. Trago saliva, asiento, dejo de tocarme, estaba a punto, joder. Zoom al glande forrado de látex azulino. Ahora no se hunde, es engullido por el coño de Isabel. Más zoom al regurgitar el pilón plastificado. Traga, vomita, traga, vomita. Me duele mucho el coño. Más jadeos, chillido de Isabel. Joder. Eso duele, amiga mía. Te gusta pero duele, sufre puta morena, sufre jodida mamona. Chilla, puta marrana, chilla.
Abro plano. El vientre de Isabel se revuelve, no lo tiene tan firme como el mío, no. Zoom a la cara de Isabel. Es un vaivén de sobresalto y dolor. Ah, ah, gime. Oigo crujir un tendón. Más jadeos. Ceño fruncido, lágrimas manando, saliva reseca en el mentón, fosas nasales dilatadas. Cabello efecto mojado mecido por los empellones, restallando con cada acometida sobre su cara,. Aprieta los dientes, enseña los inferiores, dolorida. Se le escapa la saliva. Sus ojos señalan más abajo. Abro plano. Los dedos de Raúl se clavan como garras en sus tetas. Espachurradas, pellizcadas, golpeadas, manoseadas. Aparecerán cardenales, seguro. Los pezones oscuros y tiesos parecen aguantar la posición, pero la blanca carne se bambolea como en un terremoto. Las uñas se hunden en la fina piel, arañan la teta y dibujan en la piel surcos como un arado. Cabrón, cabrón, grita Isabel mirando a cámara, arráncamelas, hijoputa, cabrón, quédatelas, son tuyas. Raúl las golpea, las da manotazos. Habéis sido malas, muy malas. Zas, zas. Los dedos dejan marcada su impronta en la piel. La carne se revuelve, mareada, golpeada. Zas, zas.
Trago saliva, respiro por la boca, tengo la nariz taponada de la congestión. Tengo el cuerpo viscoso y húmedo del sudor, me noto sucia, guarra, cerda. Noto el coño dolorido. Mucho dolor. Escuece. Noto la piel seca alrededor de mi pubis. Hinchada como nunca lo ha estado. Inflamada. Estoy malita. Me muerdo el labio notando las marcas dejadas antes por los dientes. Ya no hay sangre, solo cardenales. Labios hinchados, tumefactos.
Se levantan de repente, caigo de espaldas del susto. Se plantan junto a mí, Isabel arrodillada, Raúl de pie. De perfil. Enfoco. Ellos sudan más que yo, sus poros exudan sudor, las gotas emergen. Capto el detalle. Isabel arranca con los dientes el condón y mira a Raúl arriba. Sonríe, se muerde la lengua. Hoyuelos. Manipula el falo de Raúl, pringoso, hinchado, enrojecido. Se golpea la carne contra sus mejillas. Plas, plas. Sus dientes arañan el glande amoratado. Plas, plas, se golpea la cara. Engulle, vomita. Más rápido. Está ordeñando el pene de Raúl a dos manos. Más sonrisa. Más rapidez. Gruñido. Los dedos de él se cierran sobre un matojo de su cabello, estirándolo, cabello negro efecto mojado. Sigue dándole, tira más del pelo. Gemido. Chillido. Grito. Ah, me corro. Isabel abre la boca. Dámelo, hijoputa, dámelo, lo quiero.
Grita. El primer escupitajo erra, salpicando la mejilla y la lente de leche espumosa, otro grito, el segundo se interna en la gruta, al igual que el tercero. Y luego más gritos, más eyaculaciones. Los dedos tiran de su cabello, alzándola la cabeza, cuello en tensión. Los dedos estrujan, oprimen la carne viscosa. Menos espesos, más translúcidos, parecen ahora escupitajos de suero. Isabel traga. Sonido de tráquea. Ahhh. Joder, joder. Qué rico, pienso, qué sabroso debe ser.
Poso la cámara en el suelo y me acerco sumisa a cuatro patas a Isabel. Me mira jadeante, llorosa, sudada, ensuciada. Quiero un poco, ¿me das? Sonríe aun en vilo con el cabello tensado, hoyuelos, la cara estirada. Lamo el chorretón. Viscoso. Tibio. Salado. Quiero más. Lamo la mejilla, el hoyuelo cargado de simiente, la comisura del labio, el mentón. Está bueno. Aliñado con sudor y lágrimas.
―Está bueno ―confirmo a Raúl desde abajo, que nos mira satisfecho, jadeando.

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Una hora más tarde abro la puerta de la casa de Isabel, poco después que Raúl. Me voy. Se me escapa un eructo. Es la birra que me he tomado, me la he bebido bien a gusto, de un solo trago, con los restos resecos del pañuelo adheridos a la boquilla del botellín. Qué hija de puta. Ya estará caliente, dice, ¿te la enfrío en la nevera? La miro, ¿me quiero quedar? No sé. Creo que me voy, la digo. Levanta los hombros, resignada.
Las dos en la puerta. Sonrisas. Nos miramos. Ha estado bien, ¿eh? Nos miramos. Me acerco a ella. Un beso. Otro beso. Ahora las lenguas se saludan. Nos abrazamos, pecho contra pecho, tripa contra tripa. ¿Quieres quedarte a cenar? No sé cocinar, respondo. Pues pedimos algo, sonríe. Nos miramos. Hoyuelos. Otro beso. Desciendo mis manos hasta su culo. Aprieto sus nalgas. No lleva bragas, joder. ¿Te corriste?, la pregunto. No, dice. Cierro la puerta a mis espaldas de una patada. Isabel ganó la apuesta.

sábado, 29 de mayo de 2010

PEPINOS

-Es quizás una opción poco probable pero, bien mirado, parece la única alternativa posible, dadas las circunstancias- dice el doctor Carrero.
Alfredo y Juana se miraron preocupados. No querían llegar a este extremo. Al menos no por ahora.
-Pero… -aventuró Juana con la voz trémula, bajando la mirada hacia sus zapatos- ¿Seguro que no hay otro posibilidad menos… no sé… algo menos… personal?
El doctor Carrero inspiró aire y tras unas gafas redondas de diseño antediluviano, entornó los ojos y comprendió el embarazo de la joven. Apoyó los codos en mesa y juntó las puntas de los dedos y los índices en su mentón barbudo, en un gesto grave.
-No.
-Les aseguro que no la hay –añadió-. Es más, les puedo ofrecer los teléfonos de varios colegas para tener una segunda opinión…
-Pero es que lo que usted nos está diciendo –le cortó Alfredo cogiendo de la mano a su mujer-, es que para que ella pueda quedarse embarazada, tenemos que… que… ¡mierda, si es que suena absurdo se diga cómo se diga!
-Juana debe dilatar su vagina con un enorme pepino para que su vagina se amolde a su pene, señor Guijarro.
-¡Está usted loco! –bufó Alfredo sin poder contenerse, mientras Juana estallaba en lágrimas.
-Comprendo que estén algo alterados con mi tratamiento…
-¿Y por qué un pepino, doctor? –preguntó Juana sacando un pañuelo de papel del bolso, con la los ojos enrojecidos y moqueando sin parar.
-Ya se lo he indicado varias veces, señora Guijarro –el doctor corrige su tono al ver al marido entrecerrar los ojos y fruncir el ceño. Uno de sus puños le está temblando de ira. El cuello muestra varias venas palpitantes. ¿Por qué se especializaría en para-ginecología? -¿Se ha dado cuenta de la enormidad del sexo de su marido? Un pepino es lo más parecido en tamaño y forma y sólo tiene que encontrar una frutería de confianza que…
-Dios… -sisea Alfredo a punto de abalanzarse sobre el desdichado doctor, y éste calla al instante-. Vámonos, querida. Vámonos o no respondo, te juro que no respondo.
La pareja se levanta de sus sillas y abandona la consulta del doctor Carrero que, imperturbable por fuera, pero acongojado por dentro, espera hasta que la puerta se ha cerrado para exhalar un suspiro de fastidio.
-No te jode… -murmura abriendo la carpeta donde figura el historial de la señora Guijarro. Sus ojos zigzaguean entre resultados de análisis y mediciones corporales. Se detiene, sin embargo, su mirada en las fotografías tomadas con micro-cámara del interior de la vagina de doña Juana y del sexo previamente excitado de don Alfredo. En ambos casos se han tomado con el mismo objetivo para evaluar y demostrar con una sola mirada el tamaño de ambos sexos.
El doctor Carrero sostiene en el aire las dos fotografías, una de ellas de un tamaño casi el doble que la otra y chasquea la lengua varias veces.
-Es una pena –murmura para sí volviendo a guardar las imágenes en la carpeta. Se levanta de su butaca y guarda ésta en un archivador de varios cajones que ocupa toda una pared. De paso saca otra carpeta que coloca sobre su mesa, sentándose de nuevo en la butaca, con gesto cansado.
-Es una pena –repite pasándose los dedos por su cabello ralo y canoso, pero esta vez sonriendo. Luego, pulsando un botón del interfono, pide con voz cantarina:
-Lola, hágame pasar a la siguiente pareja, por favor.
La puerta se abre y un enfermero de cuerpo fornido y cara seria, con una camisa de fuerza bajo el brazo, se sienta frente a la mesa del doctor Carrero.
-Por hoy ya basta, don Severino, que me va a meter en problemas. Póngase esto y vayamos a su celda sin armar ningún escándalo, ¿eh?

OCASO

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 Era una maravillosa tarde de Agosto, pedaleando en una bicicleta vetusta que, a cada bache del camino de pedregales por el que Inés iba paseando, el timbre iba emitiendo un ring, ring con una intensidad comparable a la sacudida que experimentaba el vehículo. Lo cual ocurría casi de continuo.
 El ambiente era bucólico, casi indolente. Incitaba a la siesta, a tumbarse en una de las muchas verdes praderas que Inés iba dejando a ambos lados, regocijándose en la hierba que la acunaría el cuerpo y la produciría cosquillas en las pantorrillas y los antebrazos. Descalzarse y sentir las hojas tiernas mullirse en la planta de tus pies es un placer incomparable e inalcanzable para los presurosos y los diligentes.
Inés vestía unos sencillos pantalones cortos de color beige y una camiseta holgada de tirantes estampada de franjas horizontales de colores blanco y marrón, intercaladas, y unas alpargatas de color gris. Bajo estas prendas su cuerpo desnudo, su irrepetible juventud plena invitando al goce de la brisa acariciante y las vibraciones agitando sus pechos y su vientre inclinados ligeramente hacia adelante.
¡Qué importaban las miradas jubilosas de los mozos intuyendo el contorno de sus atributos en su camiseta o el atisbo de un pezón enhiesto a través de los huecos de los costados! Desdeñar las miradas reprobatorias de los ancianos del pueblo, alimentarse y jactarse de las miradas anhelantes de los jóvenes y no tan jóvenes, sentirse viva, especial, única. Porque el cuerpo cambiará y las arrugas poblarán zonas antes tersas y brillantes, y lo que antes era objeto de deseo y esperanza se tornará en amargo desvelo y motivo de vergüenza y oprobio propios.
Aprovechar lo que tenemos ahora, olvidarse del futuro incierto, vivir el presente preñado de esperanza y júbilo. Así pensaba Inés. Y por esa razón se dirigía esa tarde calurosa en una bicicleta de soldaduras herrumbrosas y timbre destartalado al encuentro de su amigo Juan, que lo esperaba en lo alto de una colina apartada del cúmulo de casas de adobe y ladrillos oscuros que conformaban el pueblo veraniego. Una colina coronada con un manantial en lo alto, casi ignorado, en la que una diminuta laguna al lado invitaba al descanso y al goce, a la promesa de un amor incomprendido y una curiosidad natural por el disfrute del cuerpo ajeno, postergado por el celo parental.
Regueros de sudor discurrían por la piel suave de su torso confluyendo en el espacio entre sus senos, en la depresión de su espalda, en sus sienes palpitantes, mientras el esfuerzo de remontar la cuesta que le acercaría a él y a la laguna se la antojaba lógico obstáculo y precio justo por las promesas imaginadas. Los muslos relucían del esfuerzo, los pies resbalaban en la suela por el sudor acumulado, las axilas destilaban profusos arroyuelos por los costados. Su camiseta y pantalones estaban humedecidos casi por entero por su voluntad indomable. Inés no quería bajarse de la bicicleta y recorrer el trecho restante y laborioso a pie: en su incontestable razonamiento el arduo esfuerzo sería recompensado con dicha y placer, derrame de ansiados anhelos y descubrimientos.
Por eso, cuando llegó a la cima de la colina y contempló orgullosa detrás suyo el camino tortuoso recorrido, recuperando el resuello y apartándose el cabello adherido a su frente empapada, exhaló un grito de energía, de desplante ante el obstáculo superado. Y allí estaba Juan, caminando hacia ella, con expresión de estupor y de honda admiración ante lo que consideraba también una prueba de arrojo y denuedo. Pero también su rostro translucía la excitación de las formas femeninas exageradamente marcadas por la camiseta adherida a la piel, el sudor envolviendo el cuerpo, el rostro acalorado, el cabello revuelto y los labios hinchados y entornados. La mirada brillante de Inés invitaba al abrazo, al encuentro de labios, a la estrechez de dos cuerpos unidos. E Inés valoraba también con una sonrisa vanidosa el bulto vertical que se adivinaba bajo el bañador azul de Juan, prueba fehaciente de la admiración por su cuerpo juvenil y entregado, ignorante de las huellas de la amargura de la madurez, de la pesadez de la sociedad apática e intransigente.
¿Por qué retener aquel primer beso en su boca y esos dedos ahuecando su cintura? Correspondió con una lengua sinuosa y expectante de aromas y sabores ajenos mientras sostenía la bicicleta por el manillar, dejando que los dedos ascendiesen por debajo de la camiseta, despegándola de la espalda, aprisionando el sudor derramado entre las líneas de la mano, sintiendo su piel ardiente contra la tibieza de aquellas manos voluntariosas y carentes de maldad o lujuria, al menos por ahora.
Dejó la bicicleta a los pies de la de Juan y caminaron cogidos de la cintura en dirección a la laguna, en cuya ribera asomaban juncos y lirios, en la que el croar de las ranas era alegre y distendido y en la que las sonrisas de ambos jóvenes estaban inmersas en la frescura del agua que remoloneaba en las orillas.
Solo sus miradas, sólo sus sonrisas. Fuera prendas, fuera prejuicios, desnudados de la vida adulta, gozando la ausencia de preocupaciones. Aquí no hay atascos, no hay hipotecas, no hay trabajos mal pagados. Sólo hay un croar de ranas, un chorro de agua de manantial salpicando lejano, el frescor de la laguna, el calor del atardecer veraniego y el abrazo desprovisto de obligación de un cuerpo núbil, desnudo como el de ella.
El agua cubriendo los recovecos del cuerpo, lamiendo sus contornos femeninos, empapando su agreste vello púbico. Y aquel falo emergiendo de la superficie, como los juncos que los rodeaban, nacido de un vello igual de agreste que el suyo, brillante por el agua, hinchado por la excitación, terso por la impetuosa juventud. Aflorar el glande amoratado era casi una obligación, un consuelo satisfecho, un regalo sin ambages ni correspondencias.
Juan la enseña cómo se hace. Cierra una mano sobre la suya, las dos entorno al miembro del chico y la indica con suaves movimientos que para hacerle estallar de placer debe deslizar arriba y abajo la mano a lo largo del sexo. Bajo la fina piel del pene, Inés siente las venas palpitar y los músculos tensados estremecerse. Juan aprueba la cadencia de Inés con un gemido gutural preñado de gratitud. Cambia de mano porque la otra se le cansa, es un movimiento que exige ritmo preciso y mimo preciosista. Ella siente sus pechos revolverse ante el esfuerzo y sonríe al ver el rostro de Juan enrojecido y soliviantado. Pero Juan disfruta, sí, lo puede ver en sus brazos tensos recogidos detrás de la cabeza, su cuello agarrotado y sus ojos cerrados con fuerza.
El croar de las ranas se disgrega cuando Juan alcanza el éxtasis y exhala un grito gozoso. El esperma fluye en sucesivas descargas que alcanzan el agua y se quedan flotando en ella, como gotas de aceite. Pero no son ambarinas ni negras, sino blancas, grumosas, gelatinosas. Inés prueba el semen lamiendo un reguero que se ha quedado atrapado entre sus dedos y lo encuentra salado y amargo. ¡Qué dicha al sentir el sexo de Juan explotar de júbilo, inflamando el aire con sus jadeos y viendo las lágrimas derramándose por sus mejillas! ¿Por qué algo tan simple provoca en el chico un sentimiento de agradecimiento tan hondo? Sonríe contenta. Es muy fácil contentar a Juan. Pero quizás también tenga que ver el hecho de que ella lo hacía con ganas, con sincera cortesía, sin contratos. Porque ella quería.
Y Juan quiere agradecerla aquél desinterés, aquella entrega.
La besa con ternura, ahuecándola la nuca con una mano, internando sus dedos entre el cabello fino y alborotado. Y con la otra acaricia sus senos coronados por bulbares pezones. Los dedos amasan la carne, pellizcan la piel, resbalan en el sudor dejado por el esfuerzo de la masturbación. Ronronea plena de goce. Otros dedos recorren sus pechos, otra lengua se instala entre sus dientes, otra mano la sujeta su cabeza. Reconfortada, querida, deseada. Todo eso siente y más. Y un cosquilleo en su vientre nace, zascandileando entre su sexo, haciendo vibrar sus muslos bajo el agua. Sus brazos se sacuden y acusan la agitación de su respiración entrecortada, del murmullo de su excitación creciente. Cuando la mano desciende por su torso y recorre su vientre deteniéndose entre sus piernas cierra los ojos. Juan sabe cómo hacerlo. Pero ella necesita sentirle dentro, pues comprensivo es su cuerpo pero ahora demanda ardor y guerra, y le susurra palabras de aliento y desconsuelo; lejanas esas palabras le parecen a sus oídos, pero él atiende sus súplicas.
Y los dedos se internan en su interior y acarician su botón hinchado. Juan retiene entre sus dientes el mentón de Inés, saboreando el desamparo de la chica, el ardor de su rostro congestionado por el deseo y el estallido de gemidos y ahogos. Y cuando el éxtasis la abruma y la convulsiona, sus besos la escancian saliva en su boca sedienta de comprensión. Porque ella también ha hecho agitar las aguas de la laguna con sus piernas agitándose, revolviéndose, desembarazándose de la realidad e internándose muy hondo en el goce propio.
Besos, caricias, abrazos, roces. Calor, humedad. Ranas croando y juncos doblándose. El sol se resiste a morir en el horizonte y, mientras, Inés y Juan continúan abrazados bajo el agua tibia de la laguna ignorada.
Quizás no haya mejor satisfacción para ellos que estar juntos y contemplar el ocaso rojizo mientras se susurran palabras de amor.