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lunes, 17 de septiembre de 2012

Disculpas

Hola a todas y todos.
Voy a empezar por disculparme.
En cuanto a la novela larga de la que he creado una encuesta sobre la viabilidad de su publicación, he decidido que será pospuesta.
¿Las razones? La principal es el tiempo, pero también la desilusión.
La novela corta "Entre paréntesis" me llevó cerca de un mes pensarla, estructurarla, escribirla, revisarla y luego revisarla otra vez.
Puede parecer lo contrario, pero escribir algo con coherencia lleva una cantidad de tiempo muy grande. Si, además, es necesario que el resultado sea ameno, los tiempos se multiplican exponencialmente.
No dudo que la aceptación de la novela ha sido buena. Durante estos días, las visitas al blog han aumentando muchísimo.
Pero no he recibido más que unos pocos comentarios que, lamentablemente, para mí no justifican todo el tiempo invertido.
Un poco de apoyo siempre es bien recibido, pero veo que ni siquiera he conseguido eso.
Como había comentado en la encuesta, la nueva novela está casi terminada. Quedaría una fase de revisión ardua seguida de otro periodo de revisión todavía más arduo. Creo que no merece la pena volcarme en ello. La novela seguirá su curso habitual, pero revisándola a mi ritmo, pausadamente. Y no tengo pensado publicarla en el blog.
Es por ello que, retomando la primera frase, os pido disculpas si en algo os he fallado.
Yo, por mi parte, estoy cansado. Siento que todo lo que hago no tiene ningún apoyo y, por ello, creo que no lo debo hacer bien.
De modo que este juego ha terminado. Mañana publicaré la última entrega de "Entre paréntesis".
Un saludo a todas y todos.

-(Entre paréntesis)- 8/9

CAPÍTULO 15

Mientras pasaban los minutos, a la espera de que Elisabeth saliese de la mansión y volviese al coche, Phill notaba como el sudor que había en sus manos iba aumentando. Llegó un momento en que era incapaz de agarrar el volante y sus manos resbalaban por él.
El sudor que de sus manos no era el único. También empapaba su espalda y la nuca. Incluso en sus sienes, en el nacimiento del cabello, notaba las gotas acumulándose. De repente, notó un agarrotamiento de sus dedos. Soltó el volante con dificultad. Había apretado tanto que ahora casi no sentía sus manos y los dedos habían adquirido forma de garras ganchudas.
Abrió la puerta y bajó del coche. Necesitaba tomar el aire, pues la brisa que ahora recorría el aparcamiento no fuese más que soplos que parecían proceder de los rescoldos de una fogata. Se aflojó la corbata y terminó quitándose la chaqueta. Se desabotonó los gemelos y se subió las mangas de la camisa hasta más arriba del codo palpando la tela húmeda.
Miró con desdén a las decenas de compañeros e invitados que había en lo alto de la escalinata que daba a la entrada de la mansión. También había algunos sentados en las escaleras. Todos charlaban y reían.
Se alegró de estar en un lugar oscuro del aparcamiento, a salvo de sus miradas. No quería ser recordado los días siguientes como aquél que se marchó antes del final de la fiesta porque su novia le montase una escena.
Miró su reloj de oro y bufó impaciente. Veinte minutos. Elisabeth estaba tardando demasiado. ¿Tanto tiempo se tardaba en encontrar a alguien y recuperar un bolso?
Sus ojos iban del reloj a la escalinata, del reloj a la escalinata. De pronto vio como salía Josh Walsh y el Gobernador de la puerta, se detenían en la barandilla y charlaban.
Esto era el colmo. No bastaba con que Elisabeth le hiciese esperar sino que, además, si las dos personas más influyentes del valle le veían en el aparcamiento solo, junto al coche, su reputación quedaría en entredicho. Bastante brusco había sido ya al irse de la fiesta sin despedirse de ellos como era debido, como para que ahora le encontrasen sólo en el aparcamiento.
Esto era más de lo que podía soportar. Necesitaba gritar a alguien, descargar su frustración y toda la cólera reprimida. Ojala estuviese en el garaje de su casa. Sacaría el bate de aluminio que llevaba en el maletero y descargaría adrenalina aporreando con él cualquier cosa. Hasta que quedase exhausto. Se imaginó bateando un saco de arena que usaba a veces como sparring. Le daría de golpes hasta que reventase o hasta que el bate resbalase de sus manos exánimes.
Pero, ¿por qué estaba así de nervioso? A Josh y al Gobernador podía verlos cuando quisiera. Una llamada telefónica a su padre y todo se solucionaría con una comida en algún lujoso restaurante. No, no era por ellos.
Era por Elisabeth.
Lo sabía. O, al menos, sospechaba que ella tenía algo que ver. Estaba convencido de ello después de su metedura de pata al responderla a su pregunta sobre el vestido de flores.
El maldito vestido de flores.
El plan era perfecto, no cabía el más mínimo error en él. Foto desenfocada de Elisabeth besando a otro con el vestido floreado. Mary Ann enseña la foto a Rodderick. Elisabeth recibe por mensajería el vestido como regalo de parte de Rodderick y acude a la cita con él vestida con él.
Todo perfecto, sí. Excepto por la maldita empresa de mensajería.
—Ya está.
Phill dio un respingo al oír la voz de Elisabeth. Había perdido la noción del tiempo al pensar en el plan.
Elisabeth entregó el bolso a Phill. Éste notó que algo no iba bien cuando notó como el bolso pesaba demasiado poco. Lo abrió y miró en el interior. Estaba vacío.
—¿Y tus cosas?
—Las tiene Doris.
Phill enarcó una ceja, sin entender.
—No necesito que me lleves a casa, Phill, me llevarán mis amigos.
—¿Por qué?
—Tú lo sabes muy bien —contestó Elisabeth dándose la vuelta y dirigiéndose hacia la escalinata.
Phill la agarró de una mano y la obligó a volverse. Nadie le daba la espalda. Y mucho menos le contestaba con esas palabras.
—Espera un momento —tiró de ella hasta tenerla frente a frente—. ¿Qué cojones estás diciendo?
Una leve sombra de temor hizo juntar las cejas de Elisabeth al notar la dureza con que Phill la sujetaba. La hacía daño.
—Urdiste una trama para que Rodderick y yo rompiésemos.
Phill intentó que la sorpresa no se reflejara en su rostro. Pero una gota de sudor resbaló por su frente y se la enjugó con el dorso de la mano.
—No digas tonterías, no sabes lo que dices.
Elisabeth dio un paso hacia él, apretando los labios de indignación.
—¿Eso son para ti? —alzó la voz— ¿Acaso las artimañas que usaste para que Rod y yo nos separásemos sólo son… tonterías?
Phill notó como las palabras airadas de Elisabeth habían captado la atención de los que se encontraban en la escalinata. También Josh y el Gobernador les miraban con curiosidad.
Mientras sujetaba la muñeca a Elisabeth, la cogió de la cintura para obligarla a subir al coche.
—Entra ahora mismo. Hablaremos de eso por el camino.
—¡No! —chilló Elisabeth forcejando— ¡Suéltame!
Phill interceptó a tiempo la mano libre de Elisabeth que se dirigía hacia su cara. Juntó sus manos para poder asirlas y la obligó a empujones a rodear el coche para entrar por la otra puerta. No resultaba nada fácil debido a que tenía las manos cubiertas de sudor y Elisabeth se revolvía con todas sus ganas.
—Me has costado demasiado como para que ahora te marches así como así.
—¡No tienes ningún derecho sobre mí! —lloró Elisabeth—. Suéltame o te juro por Dios que chillaré más fuerte.
—¡Sube te he dicho, maldita seas! —vociferó Phill. Era consciente de que algunos invitados se iban acercando a ellos alertados por los gritos y los gemidos de Elisabeth. Tenía que llevársela a toda prisa.
Sopesó la idea de golpearla en la cabeza para dejarla inconsciente. Aún estaban resguardados en la oscuridad. Podría convencer a cualquiera que se acercase de que Elisabeth había bebido demasiado.
Sí, era un buen plan. Un golpe certero en la nuca y todo solucionado. Además, se revolvía demasiado para poder obligarla a entrar en el coche. Dentro no confiaba en poder retenerla. Un golpe en la base de la cabeza solucionaría el problema.
—¿No la has oído o es que, además de cobarde, eres sordo?
Phill palideció al oír la voz. Procedía de un recodo del aparcamiento, a unos cien metros, entre tras las sombras. Una figura surgió de ellas y se acercó a él con pasos rápidos. Elisabeth gimió al notar como Phill apretaba con fuerza creciente sus muñecas.
—¡Suéltala he dicho! —gritó Rodderick, corriendo hacia ellos.
Phill soltó un chillido y empujó a Elisabeth a un lado tirándola al suelo. Alcanzó el maletero de su coche y lo abrió con rapidez.
Cuando Rodderick estuvo frente a él, ya tenía el bate de aluminio entre sus manos. Una sonrisa histérica desfiguró su rostro.
—Ahora verás cómo juego yo al beisbol, Rodderick Holmes.


CAPÍTULO 16

Rodderick se fijó en Elisabeth. Trataba de ponerse de pie. Phill la había tirado como un fardo sobre la grava del aparcamiento y gemía y lloraba. Se movió en círculo para tratar de llegar hasta ella pero Phill se interpuso adivinando sus intenciones.
—Ni se te ocurra, muerto de hambre. Es mía —confirmó con una sonrisa Phill mientras ladeaba el bate como un palo de golf.
Elisabeth se quitó los zapatos de tacón para poder arrodillarse. Se había lastimado la cadera con el golpe y le dolía mucho. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía delante de ella ahogó un grito.
—¿Estás bien, Elisabeth? —preguntó Rodderick dando un paso hacia ella, sin perder de vista el bate.
—Está perfectamente, yo la cuidaré. No te necesitamos —contestó Phill apuntándole con el bate—. Harías mejor en preocuparte por tu cabeza.
Elisabeth se giró en dirección a la mansión. La gente corría hacia ellos imaginándose lo que estaba ocurriendo. Incluso Josh Walsh, el Gobernador y los guardaespaldas de éste último estaban preocupados por el incidente y acudían corriendo.
—Déjalo, Rod —gimió ella—. Está acabado, no hay más que verle, ha perdido el juicio.
Phill se giró hacia ella con una sonrisa diabólica en su rostro.
—Habré perdido el juicio, zorra, pero él perderá algo más que eso.
Y, tras una risa histérica, se lanzó hacia Rodderick con un grito.
Phill torció la cintura para imprimir fuerza al golpe. Rodderick se inclinó y flexionó las piernas. No miraba el bate, sino las piernas de Phill. Llevaba jugando desde que era un crío al beisbol; sabía perfectamente distinguir cada golpe de bate por la posición de las piernas. Y las de Phill eran sumamente fáciles de predecir.
El bate de aluminio cortó el aire a la altura de la cabeza de Rodderick, pero este ya se había agachado para evitarlo. La inercia del golpe hizo girar a Phill más de la cuenta y terminó de espaldas a Rodderick, que aprovechó para empujarle sobre el capó del coche.
Phill aterrizó sobre la carrocería y el bate de aluminio golpeó la chapa y la luna y arrancó tintineos agudos. Phill se volvió con rapidez pero Rodderick ya no estaba frente a él. Estaba encima de él. Intentó arrebatarle el bate pero Phill no lo soltó. La fuerza de Rodderick era superior a la de Phill y éste lo sabía, era cuestión de tiempo. Tenía que jugar un poco sucio. Le propinó una patada en el estómago para alejarlo de él.
El golpe traicionero pilló desprevenido a Rodderick y cayó sobre la grava, a merced de Phill, el cual sonrió triunfal al verle desprotegido. Alzó el bate sobre su cabeza para descargar el golpe de gracia.
—¡Detente, Phill Crawford! —gritó Josh Walsh.
Phill se preparó para asestar el golpe definitivo, ignorando la orden del anfitrión de la fiesta.
—¡Quieto o disparo! —chilló alguien detrás de Phill. Este alzó la cabeza incrédulo. Se volvió despacio.
Era el guardia de seguridad. El lamentable hombrecillo que mañana mismo iba a ser despedido. Pero, en aquel momento, el hombrecillo empuñaba una pistola aturdidora con la que apuntaba directamente al pecho de Phill.
—¡Es mía! —gritó para explicarse. Se giró hacia Josh Walsh manteniendo el bate en el aire—. Elisabeth Reddith es mía. Yo la saqué del agujero en que se pudría con este infeliz. La vestí y la convertí en una verdadera mujer. No podéis quitarme aquello que es mío por derecho.
Elisabeth se acercó gateando hacia Rodderick. El golpe lo había dejado sin aire y se encontraba en una posición de total indefensión. Le ayudó a incorporarse.
—¡Tus tretas fueron las causantes de que rompiese con Rodderick! —chilló Elisabeth—. Y tus mentiras y tu dinero únicamente me repugnan; no te atrevas a decir que soy de tu propiedad.
Phill leyó en la mirada grave de Josh Walsh que su súplica no iba a resultar. Buscó entonces la del Gobernador, pero éste rehusó cruzar los ojos con él, meneando la cabeza. Recorrió entonces las miradas de todos los invitados de la fiesta. Habían creado un círculo alrededor de ellos y donde quiera que mirase solo veía reflejados en sus rostros la decepción y el bochorno de presenciar aquel espectáculo.
—¡Suelta el bate, maldita sea! —gritó de nuevo el guardia de seguridad. Su tono de voz sonaba a ultimátum.
Phill Crawford se dio cuenta que, en efecto, tal y como había dicho Elisabeth, todo había acabado. Ni su prestigio ni el dinero de su familia podrían borrar de los ojos de toda aquella gente reunida el desprecio que reflejaban sus miradas. Ni acallarían los rumores que oiría a diario a partir de ahora. No había dinero suficiente para poder comprar el respeto que tan duramente se había ganado.
Pero algo le quedaba, sí. La satisfacción de ver sufrir a las dos personas que habían propiciado su caída en desgracia. El dinero sí podía comprar a los mejores abogados. En el caso improbable de que fuese enjuiciado, ninguna fianza era suficientemente alta para permitirle salir de la cárcel. Y podría empezar una nueva vida lejos de aquel maldito valle. El dinero podía hacer todo eso.
Calculó que el guardia de seguridad demoraría el disparo dos o tres segundos. Suficiente para descarga un golpe certero. Uno de los dos, Elisabeth o Rodderick recibiría un regalo difícil de olvidar. Y la pistola aturdidora sería un mal menor, perfectamente compensable con el gusto que sentiría al recordar la cabeza aplastándose contra la grava. Apretó sus dedos contra el mango del bate y lo bajó despacio, simulando su derrota.
Tal y como esperaba, el guardia de seguridad, dejó de apuntarle con la pistola aturdidora al verle bajar el bate. Aprovechó el momento y blandió el arma con decisión, decidido a dar el último golpe.
Rodderick adivinó las intenciones de Phill en cuanto adelantó el pie derecho. Todavía estaba bajando el bate, obedeciendo al guardia de seguridad, pero se imaginó la finta. Estiró la pierna derecha y trazó con ella un arco sobre el suelo.
Phil ni siquiera lo vio venir. Cuando iba a descargar el bate sobre ellos, su pie golpeó los tobillos de Phill y le hizo perder el equilibrio.
El bate salió volando por los aires, afortunadamente sin encontrarse con nadie en su camino. Phill cayó boca arriba sobre el capó de su coche y varios hombres se lanzaron sobre él y le sujetaron por los brazos, inmovilizándole.
—¡No, no, soltadme! —gritó Phill intentando zafarse sin éxito.
Varios compañeros del equipo de beisbol del Campus ayudaron a Elisabeth y Rodderick a levantarse. Ella se aquejaba del duro golpe en su cadera y él del recibido en su estómago.
El Gobernador se acercó y se inclinó sobre Phill.
—Me das asco, Phill Crawford. Ni tu apellido ni tu dinero te ayudarán en ésta. Voy a hablar con el juez y me ocuparé personalmente de que recibas todo lo que te mereces.
Phill le miró sin parpadear y luego se giró hacia Rodderick y Elisabeth que se encontraban frente a él, mirándole con desprecio.
—No soy el único a quien debéis dirigir vuestro odio; si yo caigo, caerán todos conmigo.

sábado, 15 de septiembre de 2012

-(Entre paréntesis)- 6 y 7 de 9

(Disculpad que el capítulo de hoy sea doble. Mañana no podría publicarlo a tiempo. Disfrutad, ya queda poco)


CAPÍTULO 11

La luna menguante apareció de nuevo e iluminó con su tenue brillo la playa. La lluvia había desaparecido y el rumor de las olas era la única melodía que las cuatro personas en la playa podían oír. El grito de Rodderick les había proporcionado a Phill y Mary Ann el lugar exacto y, sin él, habría sido casi imposible encontrar nada en aquel paraje.
—Venga, Eli, nos vamos —dijo Phill dando un paso hacia ella y cogiéndola de la mano.
El brusco tirón hizo que la muchacha ahogara un gemido y levantara terrones de arena húmeda con sus pies.
Rodderick contempló el rudo espectáculo con los dientes apretados.
—Phill, espera —musitó Elisabeth oponiéndose a avanzar en dirección a la mansión—. La chaqueta.
—¿Chaqueta, de qué hablas? —masculló irritado. La arena húmeda estaba ensuciando los bajos de sus pantalones y también se había introducido por dentro de sus mocasines; era realmente incómodo.
Entonces se fijó en la chaqueta del esmoquin que cubría a su novia. Una chaqueta negra, de hombreras anchas y rectas. Elisabeth se la estaba quitando con cuidado cuando él la agarró y la arrugó entre sus dedos. La tela aún estaba ligeramente húmeda. El tacto le recordó a algo blando y viscoso, como la piel de un pútrido reptil.
La miró unos instantes. No podía creerlo. Aquella chaqueta representaba algo más que un gesto de cortesía o caballerosidad. Era una declaración de intenciones, su dueño lo retaba. Quería apoderarse de lo que era suyo.
Apretó la mano de su novia como si fuese el collar de un perro y la miró enfurecido. Elisabeth no le devolvió la mirada, tenía la cabeza inclinada hacia el mar. Phill gimió desconsolado. Elisabeth parecía avergonzada. Y en su rostro encontró, en aquel mentón fruncido, la añoranza de un recuerdo lejano.
“Maldita sea”, se dijo, “¿Por qué habría tenido que fijarme en esta mujer? Está claro que jamás será mía. Podré tenerla a mi lado siempre que la colme de regalos, pero su cabeza y su corazón nunca serán míos. No me apoyará en nada de lo que haga, solo pondrá buena cara, una bonita sonrisa y lucirá su cuerpo. Un cuerpo que tampoco será mío”.
Phill Crawford cada vez se iba enfureciendo más y más a medida que el aquel mentón fruncido iba convenciéndole de que solo tendría la cáscara de Elisabeth, pero no su interior. Y la chaqueta de tacto pútrido que sostenía en su mano era la causante. Era un símbolo del robo de algo que era de su propiedad. Aunque él sólo fuese propietario de la cáscara.
Y delante de él tenía al ladrón.
Tiró la chaqueta a los pies de Rodderick.
—¡Jamás vuelvas a acercarte a mi novia! —vociferó.
Rodderick gruñó y le miró con expresión burlona mientras se agachaba a por la chaqueta.
Era el colmo de la arrogancia. Se reía de él en su propia cara. Le robaba lo suyo y no mostraba ningún respeto.
—Maldito cabrón —siseó lanzándose sobre él.
El ataque fue fulgurante y Rodderick no se lo esperaba. Phill se lo llevó por delante y ambos cayeron a la arena, rodando uno sobre otro. Ambos acusaron sendos puñetazos que rozaron sus caras tratando de doblegar al adversario y situarlo bajo él.
Mary Ann chilló angustiada al ver la salvaje pelea. La camisa de Rodderick, húmeda y fina, se desgarró por la costura de un hombro mientras la chaqueta de Phill se manchaba de arena y algas oscuras. Los golpes de Phill eran caóticos y poco certeros mientras que Rodderick no buscaba atacar sino sólo defenderse.
Ambas mujeres se acercaron a los hombres con la respiración cortada. La situación había desembocado en un desenlace bochornoso. Elisabeth buscó con la mirada la de Mary Ann con la intención de buscar una solución para detener la pelea. En su lugar encontró unos ojos de un azul gélido y una sonrisa.
—¡Parad, por dios! —exclamó Elisabeth al borde de la histeria.
Rodderick consiguió levantarse y dejó que Phill también lo hiciese. Rodando por el suelo le era complicado esquivar sus golpes y tampoco quería lastimarlo. En realidad él no había buscado la pelea sino Phill y el ricachón había sido un estúpido por haberla iniciado. No podía ganar de ninguna manera; él era mucho más corpulento y le aventajaba en agilidad. Pero tampoco quería humillarle con un golpe.
Elisabeth corrió para interponerse entre ellos dos. No podían seguir peleando; también ella comprendía que Phill era un iluso si creía poder vencer a Rodderick. Pero si resultaba escarmentado no dudaba que la vida de Rodderick cambiaría para siempre. La familia Crawford tenía una sombra que llegaba a cualquier lugar del Campus. Y Phill usaría ese poder sin vacilar.
Pero entonces Phill contraatacó antes de que Elisabeth lograse interponerse. Cogió un puñado de arena y se la lanzó al rostro de Rodderick. La artimaña dio resultado y la imprevista distracción hizo que Rodderick se cubriese la cara con los brazos, dejando desprotegido su estómago. El golpe que lanzó fue demoledor. Rodderick se dobló sin aire y Phill aprovechó para golpear su barbilla con el codo haciéndole caer hacia atrás.
Rió sardónico y contempló a su oponente humillado en el suelo, retorciéndose como el pútrido reptil que era, gimiendo por el dolor de la arena en sus ojos y el golpe en el mentón.
Pero el escarmiento no había hecho más que comenzar. Rodderick habría de pagar toda la frustración que tenía por la imposibilidad de poseer a Elisabeth. Tenía que aprender que ella ya no era su novia, ahora era propiedad de Phill Crawford.
Se acercó a su costado y le lanzó una patada a la espalda.
No alcanzó su objetivo. Contempló incrédulo las manos de Rodderick atrapar su pie. Era imposible, ¿cómo le había visto? Era imposible, maldita sea.
Rodderick se giró y barrió con una pierna la arena para golpear sobre el pie en el que se apoyaba Phill. Cayó a la arena de espaldas. El golpe fue fortísimo; la arena estaba húmeda y compacta y no amortiguó la caída.
Rodderick se levantó mientras Phill gemía dolorido, incapaz aún de comprender porque ahora estaba a merced de un enemigo al que tenía ya reducido.
—¡Deteneos!
Elisabeth llegó a tiempo esta vez y se interpuso entre ambos. Dirigió una mirada de clemencia hacia Rodderick y luego se agachó sobre Phill para levantarlo.
Mary Ann se acercó con paso calmado hacia Rodderick. En ningún momento había sentido deseos de intervenir en la pelea. Más bien, si ella hubiese podido, la habría propuesto mucho antes. El ver a Phill Crawford levantarse con dificultad, apoyándose en los brazos de Elisabeth, le producía una satisfacción indecible. Aquel payaso estúpido y engreído había recibido su merecido.
—¿Estás bien, cariño? —sonrió Mary Ann limpiando la arena de la cara a su novio.
Rodderick no respondió.
Phill se llevó la mano a la espalda, a la altura de los riñones. La caída había sido demoledora. Pero el saberse derrotado pesaba más aún que el dolor físico. Elisabeth le guió en dirección hacia la mansión.
—Vámonos, Phill, ¿estás bien? —dijo en voz baja con infinita ternura.
Phill la miró y sonrió asintiendo. En los ojos de la mujer vio por primera vez compasión y preocupación, emociones que eran nuevas para él. Emociones que, supuso, eran cuñas más poderosas que el dinero y el prestigio para poder alcanzar el amor de Elisabeth.
—Menuda paliza me ha dado, ¿eh? —preguntó buscando parecer aún más desvalido.
—Porque tú te lo has buscado; tú iniciaste la pelea, ¿recuerdas? —Elisabeth no veía la forma de rogar a Phill que no se ensañase con Rodderick.
—Y la terminaré, Elisabeth. No dudes que esto no ha acabado… —Phill gimió doblándose sobre sí. El golpe había sido fuerte, sí, pero ya casi estaba olvidado. Aunque debía fingir para poder reclamar la atención de Elisabeth.
La muchacha le miraba con ojos desorbitados y rostro pálido. Su cabello estaba desmadejado y húmedo. Si estuviesen solos, la desgarraría el traje y la tomaría allí mismo, sobre la arena. Y no dudaba que ella le correspondería.
Y todo ella seguía siendo suya. Mucho más que antes. Cáscara e interior.


CAPÍTULO 12

—¿Por qué no le golpeaste en el suelo? Lo tenías.
Rodderick no respondió ni tampoco se inmutó cuando Mary Ann se acercó a él y le tomó la cara para ver a la luz tenue de la luna el raspón en su barbilla.
—Ese idiota de Phill —continuó ella acariciando su piel con mimo—. Pero le has dado su merecido. Quedó tendido en la arena como una cucaracha boca arriba, incapaz de darse la vuelta.
Rodderick seguía sin hablar. Se miró la camisa rota en un hombro y supuso que la fianza del alquiler del esmoquin ya no la recuperaría. Tendría que haber hecho caso a Mary Ann y aceptar su propuesta de regalarle el esmoquin. Pero tampoco quería parecer un mantenido o un consorte vividor a expensas del dinero de Mary Ann. Tendría que vender su coche porque tampoco estaba dispuesto a llamar a sus padres para solicitarles trescientos dólares. Al fin y al cabo él mismo se lo había buscado.
Y por aquel beso de Elisabeth volvería a repetirlo. Una vez más, y con peleas incluidas si fuese necesario.
La mano de Mary Ann aprovechó la rotura de su chaqueta para internar una mano sobre su pecho. Sus dedos cálidos sobre su piel provocaron al instante una descarga de excitación que lo sacó de su ensimismamiento. La mano descendió por los gruesos músculos del abdomen hasta internarse dentro de los pantalones. Se giró hacia ella y contempló sus ojos entornados y una sonrisa impúdica. Los dedos bajaron y rodearon el contorno de su verga hinchándose. Su cercanía provocó que, al bajar la vista hacia el escote de su vestido, una sensación lúbrica surgiese en él. La voluptuosidad de Mary Ann era hipnotizadora.
Mary Ann estiró su sonrisa al saberse objeto del escrutinio físico.
—Estás preciosa —murmuró Rodderick.
Mary Ann se encogió de hombros para subrayar que lo había estado durante toda la velada y sólo para él. Asomó la punta de la lengua entre los dientes para señalar que perdonaba su ceguera. Lo perdonaba si ahora dejaba que sus impulsos masculinos afloraran. Y seguro que el frotamiento sobre el miembro y los testículos de Rod acelerarían el proceso. Notaba la sangre caliente hinchar el pene y la bolsa escrotal revolverse alborozada.
La mano de ella se internó más, accediendo al interior del calzoncillo, empuñando la verga erecta. Sin dudarlo, se agachó hasta arrodillarse sobre la arena. Desabrochó el cinturón, bajó la bragueta y deslizó el enorme tubo de carne al exterior. Sus labios apresaron la punta del pene mientras los dedos empuñaban el falo. Un rápido tragar de saliva por parte de Rodderick indicó a Mary Ann que la excitación en el hombre estaba aumentando hasta su punto álgido. Su respiración era más acusada y, al ceñirse a su cintura, notó como la excitación crecía imparable. Tragó el miembro y succionó sin dejar de frotar sobre la base. Rodderick gimió ansioso. También ella estaba ansiosa de poder reclamar y apropiarse de aquello que era suyo por derecho. Llevó una mano hacia el trasero de Rodderick y clavó las uñas en la nalga prieta. Intensificó la felación, extendiendo gruesos lametones sobre el pene. Los gemidos de Rodderick se volvieron gruñidos. Tomó su cabeza con sus gruesos dedos y los internó entre su cabello.
Por la presión de los dedos, Mary Ann supo del inminente orgasmo. Era una consumada feladora y todos los hombres se venían con idénticos gestos. Avivó los frotamientos mientras succionaba con mayor ímpetu. Notaría los estallidos de un momento a otro.
Pero Rodderick se apartó dando un paso atrás.
—Espera, por favor —gimió él disculpándose.
Mary Ann se quedó alelada. Sus labios aún conservaban el sello de la verga de Rodderick entre ellos.
Las manos de ella quedaron suspendidas en el aire. “¿Qué clase de hombre rechazaba una mamada?”. Boqueó el aire de sus pulmones como si la hubiesen golpeado en el estómago. Bajó las manos para pegarlas sus costados y no aumentar el ridículo que sentía. Se levantó sola, viendo como él escondía su verga húmeda y se recolocaba los pantalones. Supo con perfecta claridad que Rodderick deseaba mantener sobre su cuerpo el recuerdo de otras manos, otros besos, otras caricias.
—No lo comprendo —murmuró abatida. La sombra de Elisabeth no podía ser tan larga. Él era un hombre, maldita sea. Se suponía que no pensaban.
—Lo siento, de verdad —intentó explicarse él.
Lo cierto es que Rodderick no quería que la arrolladora sensualidad de Mary Ann nublase el recuerdo de Elisabeth. Aunque ello significase insultar de aquella forma a su actual novia.
Mary Ann sollozó y Rodderick, se asombró de su propia reacción, al no acercarse a ella para consolarla. Quería abrazarla y pedirla disculpas. Besarla y estrecharla entre sus brazos. Sentir el calor que emanaría de la piel ardiente de su espalda. Despojarla de su vestido, tumbarla sobre la arena y hacerla el amor bajo el sutil brillo de la luna menguante. Maldita sea, él quería hacerlo.
Pero su cuerpo no se movió. Sus manos permanecieron quietas y su respiración fue recuperándose de la excitación
Supo que acababa de hacer daño a una segunda mujer aquella noche.
Mary Ann atajó cualquier disculpa con un tono cortante cuando habló, tras limpiarse los labios con la mano.
—Vámonos a casa, estoy cansada.
Rodderick asintió.
Los dos caminaron por la arena en dirección a la mansión, separados. Y, para Rodderick, aquella separación le pareció muy distinta del abrazo mutuo que Elisabeth y Phill se prodigaron cuando se habían marchado minutos antes.
—No me rendiré —dijo en voz baja Mary Ann.
Rodderick la miró en la oscuridad sin comprender.
—Te conquistaré, Rodderick Holmes. Aunque haya que arrastrase por el barro y suplicar una migaja de tu amor. Conseguiré que la olvides. Quiero que comprendas que mi amor por ti es incondicional. Y , tarde o temprano, te darás cuenta que el sentimiento es mutuo.
Rodderick apretó los dientes.
"El problema es que el sentimiento no es mutuo, Mary Ann", pensó desolado, "No hasta que averigüe quien urdió la trama que provocó mi separación de Elisabeth".
La mano de Mary Ann buscó en la oscuridad la de Rodderick. En su lugar encontró un puño apretado que vibraba.
“Se debate entre su recuerdo y mis palabras”, pensó ella. “Sólo hace falta un ligero empujón por mi parte y será mío para siempre. Y sé cómo conseguirlo”.
“Rodderick Holmes, ya eres mío, pero aún no lo sabes”.


CAPÍTULO 13

—Olvídalo, por favor —suplicó Elisabeth.
Phill negó con la cabeza sonriente mientras arrancaba el coche.
Elisabeth sabía que sus palabras no surtirían efecto sobre Phill. Le sabía vengativo y cruel. Su respuesta confirmó sus temores.
—Oh, no, querida, de olvidar nada —dijo abrochándose el cinturón de seguridad. Miró el suyo y su expresión se endureció—. Abróchate el cinturón.
Elisabeth obedeció sin dejar de mirarle. Phill se giró en el asiento para mirar por la luna trasera mientras daba marcha atrás para salir de la plaza. Evitó la mirada de ella con desdén.
—Déjame hablar con él. Te pedirá perdón, estoy segura —insistió Elisabeth aunque ello supusiese volver a ver a Rodderick y lo que ello implicaría para ambos—. Os daréis cuenta de que todo fue producto de un arrebato, algo que ninguno de los dos quiso.
—La cuestión es que yo sí que quise —respondió Phill apretando los labios y conduciendo por la amplia avenida de la mansión para salir de allí—. Dime que hacíais tú y él en la playa.
Elisabeth calló. Aún no había pensado en una respuesta convincente por más que temiese que aquella pregunta aparecía antes o después.
—Tal y como yo lo veo, querida —dijo mirándola con sonrisa siniestra—. Tú eres mi novia. Yo te cubro con ropas caras, te peino y te adorno con joyas, sandalias y bolso. Yo te traje a esta fiesta. Y resulta que has estado más tiempo con ese patético jugador de beisbol que conmigo. ¿Tú como lo ves?
Era justamente lo que había ocurrido. Elisabeth estaba de acuerdo.
—Tú no te divertías, Phill. Solo tratabas de pasar el mayor tiempo posible con el Gobernador y el Decano. Solo hablabais de política. Comprenderás que a pocas personas les resulte agradable permanecer a tu lado con ese plan.
—Mi plan es tu plan, Elisabeth, métetelo en la cabeza. Si te traje a la fiesta fue para que me acompañases, no para hacer lo que te viniese en gana, como así ha sido. Yo ordeno y tú obedeces, no es difícil de entender.
Se detuvieron ante las puertas de la salida. El mismo guardia de seguridad que se dirigió a él al entrar horas antes, se inclinó sobre la ventanilla.
—Espero que hayan disfrutado de la fiesta. ¿Desean que llamemos a un taxi si han bebido alcohol?
—No, gracias —respondió Phill con una sonrisa de oreja a oreja—. Ábrame la puerta, haga el favor. Y luego le aconsejo que se despida de su compañero; mañana será despedido.
El guardia le miró con expresión sorprendida mientras indicaba a su compañero que abriese las puertas.
—¿Cómo dice?
—Lo que ha oído —dijo Phill en cuanto se hubieron abierto las puertas. Metió segunda y salió de la mansión con un chirriar de neumáticos.
—¿Qué has hecho? —murmuró Elisabeth.
—Hablar con Josh Walsh. Solo me limité a repetirle la impertinencia que me soltó el guardia cuando llegamos.
Elisabeth tembló y se agarró al cinturón de seguridad sin dejar de mirarle.
Ese era el poder de Phill Crawford. Una palabra suya y un guardia de seguridad que trabajaba para otros, era despedido. Elisabeth no pudo reprimir un escalofrío al imaginar cómo se ensañaría con Rodderick, trayendo un infierno a su vida con la misma facilidad.
—¿Y tu bolso?
Elisabeth sacudió la cabeza ante el cambio de tema.
—Se lo dejé a mi amiga Doris cuando salí a la playa a pasear.
Phill la miró con ojos desorbitados.
—¿Doris, quién coño es esa? —bramó colérico— ¿Tú sabes, idiota descerebrada, cuánto costó ese bolso, joder?
Phill miró por los espejos retrovisores y, al ver que no venía nadie por delante ni por detrás, giró el volante para dar media vuelta. El chirriar de neumáticos fue atronador.
—¿Volvemos por un simple bolso?
—No. Volvemos por un bolso de 3400 dólares, joder.
Elisabeth ahogó un gemido. Jamás habría imaginado el valor de aquel complemento. Sabía que era caro, pero no hasta tal punto.
—No… no tenía ni idea, Phill. Pero Doris es…
—Doris tendrá tan poca idea como tú de dinero, Elisabeth. No quiero dejar 3400 dólares en manos de quien tampoco sabe ver el valor de las cosas.
Elisabeth se inclinó sobre Phill. Sabía que era tarde para pedir disculpas. Pero no podía permitir que Phill y Rodderick se viesen de nuevo tan pronto. El asunto estaba bastante turbio pero podía ensuciarse aún más.
—Vámonos, por favor, Phill, llamaré ahora mismo a Doris y…
Se detuvo en seco. Su teléfono móvil estaba en el bolso.
—¡No! —chilló Phill señalándola con el índice— ¿Tienes idea de lo que me costó el vestido que llevas? ¿O el traje que ese desgraciado me manchó en la playa? ¿O tu peinado?
Elisabeth se arrinconó sobre su asiento. Nunca le había visto tan furioso con ella.
—¿Es que no te das cuenta de lo que cuestas?
Elisabeth tragó saliva sin dar crédito a lo que había oído.
—¿Eso soy para ti, una mujer que puedes comprar, vestir y arreglar como una muñeca?
—Ojalá fuese así de fácil —murmuró él.
—¿Qué has dicho? —musitó indignada, con las primeras lágrimas recorriendo sus mejillas.
En ese momento se cruzaron con otro coche que iba en sentido contrario. Las cuatro luces inconfundibles de un Camaro del 78 indicaron de quién era el automóvil.
Fue un instante, menos de un segundo. Las miradas de Elisabeth y Rodderick se cruzaron y ambos comprendieron en la carretera oscura, sin dudarlo, lo que estaba ocurriendo en cada vehículo. Un parpadeo de sus ojos al unísono fue la señal que confirmaba sus impresiones.
Luego se alejaron.
Phill se limitó a mirar con desdén desde el espejo retrovisor los faros rojos del Camaro perdiéndose en la noche. También él sabía con quién acababa de cruzarse. Tenía el rostro contraído por el odio. Se detuvieron de nuevo ante las puertas de la mansión.
El guardia de seguridad al que Phill había amonestado miró el vehículo con desagrado manifiesto y luego abrió las puertas. Evitó mirar a Phill a los ojos.
Phill condujo por el jardín hasta el aparcamiento y aparcó en el mismo lugar donde había dejado el coche horas antes. Se inclinó sobre Elisabeth y le abrió la puerta.
—Trae el bolso, haz algo útil —ordenó con voz monocorde.
Elisabeth se desabrochó el cinturón de seguridad y salió del coche. Caminó unos pasos por la grava en dirección a las escaleras de la entrada cuando se volvió y se dirigió hacia la ventana de la puerta de Phill. Espero hata que él bajó la ventanilla con gesto enfurecido sin mirarla.
—¿Qué cojones te pasa ahora?
—¿Cuánto costó el vestido que me regalaste hace tres meses?
Phill la miró ceñudo sin comprender.
—Un vestido de tirantes y falda corta, estampado con flores, entallado en la cintura. Un mensajero me lo trajo a casa.
Phill palideció al comprender.
—Ese vestido te lo regaló Rodderick.
Al instante se arrepintió de sus palabras. ¿Por qué tenía él que saber qué vestidos le habían regalado otros?
Elisabeth le dio la espalda y se dirigió hacia la mansión.
Phill notó como un sudor frío le recorría la espalda. Subió la ventanilla pero la brisa no le calmó.


CAPÍTULO 14

—Detén el coche por aquí.
Rodderick miró a Mary Ann enarcando una ceja.
—¿En el arcén?
Mary Ann asintió con la cabeza mientras se inclinaba sobre Rodderick y posaba una mano sobre su entrepierna. Ronroneó mientras mostraba una sonrisa dulce.
Rodderick presintió que si Mary Ann seguía con aquel juego, se distraería lo suficiente para tener un accidente. La hizo caso y detuvo el coche antes de entrar en una curva.
Mary Ann se desabrochó el cinturón de seguridad y se removió en el asiento para, con una elasticidad en las piernas digna de una gimnasta, encaramarse entre él y el volante. Se subió la falda y aposentó su sexo desnudo sobre la entrepierna de él. Pasó una mano por el pecho de Rodderick, la deslizó por un costado, bajó por la tapicería del asiento y, alcanzando la palanca, el asiento se reclinó de golpe hasta colocarlo casi horizontal. Los dos rieron ante la brusca maniobra.
Rodderick tragó saliva al ver los ojos azul zafiro de Mary Ann entornándose hasta convertirse en finas rendijas, mientras pasaba la punta de la lengua por los labios.
—¿Aquí? —preguntó él sin saber dónde colocar las manos.
Mary Ann se mordió el labio inferior sonriente y asintió.
"Lo cierto es que no hay mejor momento ni lugar para echar un polvo", pensó Rodderick, "Solos, en la noche sólo iluminada por una luna menguante".
Tomó la cara de Mary Ann y se sorprendió al notar la piel de la chica ardiendo. ¿Cómo sería tener a Elisabeth en aquel lugar y momento?. ¿Se habrían atrevido a hacerlo con la sugestiva posibilidad de ser descubiertos por cualquier coche que apareciese de repente? Quizá no. Habrían preferido un lugar más íntimo donde poder deleitarse mutuamente con besos y caricias, palabras susurradas y escarceos de miradas.
Rodderick se dio cuenta que no podía dejar de pensar en ella.
Una sombra de duda cruzó en su mirada y no escapó a Mary Ann. Ella compuso un gesto de mohín pero lo deshizo en unos segundos, recuperando su lúbrica expresión. Se llevó las manos al cuello, liberó el nudo que tenía en la nuca y dejó que la parte delantera de su vestido cayese sobre su vientre. Luego cogió las manos de Rodderick y las posó sobre sus pechos.
—Recordaremos esta noche para siempre, mi amor —susurró Mary Ann presionando las manos de Rodderick sobre sus senos al notar que él no lo hacía—. Esta noche es mágica y quiero que hagamos algo diferente y especial.
Rodderick apretó los dientes. No quería hacer el amor. Pero tampoco quería insultar a Mary Ann diciéndoselo.
—Espera, espera —dijo conteniéndola cuando se inclinó sobre él para besarle—. Esto es muy incómodo y las piernas se me están durmiendo.
Mary Ann ladeó la cabeza sonriente.
—Tus piernas pueden dormirse mientras lo que haya entre ellas siga bien despierto —Las manos de Mary Ann descendieron hasta encontrar la verga bajo el pantalón.
Los labios de ella buscaron los de Rodderick y él giró la cabeza para impedir que se encontraran.
—No, por favor, Mary Ann. No quiero recordar el final de esta fiesta así.
Mary Ann tenía el rostro descompuesto por la lascivia. Su lengua buscaba el lóbulo de la oreja mientras presionaba su sexo contra el de Rodderick. Su mano se internó dentro del pantalón y no se amilanó al encontrar el miembro empequeñecido.
—¡Ya basta! —gritó Rodderick, incapaz de contenerse por más tiempo.
El tiempo se detuvo. Mary Ann se alzó y lo miró con los ojos abiertos y la boca desencajada.
Rodderick lamentaba de veras haber llegado a este punto pero el agobio que sentía había crecido tanto que no pudo contenerlo. Apartó con delicadeza a Mary Ann de encima de su cuerpo y abrió la puerta para salir del coche.
El aire fresco de la noche le calmó y le hizo ver hasta qué punto había rechazado a Mary Ann. No sólo había rehusado hacer el amor con ella, también había confirmado tanto a Mary Ann como a sí mismo que sus pensamientos estaban dirigidos hacia otra mujer.
Se apoyó en el lateral del coche. Desde su posición, las luces de la mansión aún eran visibles a lo lejos, en medio de la noche.
Una idea totalmente absurda cruzó por su mente pero fue interrumpida por el sollozar lastimoso de Mary Ann dentro del coche.
No se atrevió a mirar adentro. Seguramente la mujer estaría destrozada. Se sentiría ridiculizada y humillada. Estaría furiosa por haber sido rechazada y si él la ofrecía alguna palabra de disculpa, sonaría forzada, como en verdad sería.
Había hecho daño de verdad a Mary Ann.
Y todo por una mujer cuya imagen no se apartaba de su cabeza. “Intento olvidarla”, lo juro, le confesaría a Mary Ann para justificarse, “Pero no puedo, te juro que no puedo”.
Tomó aire para llenar los pulmones. En la quietud de la noche solo el mar lejano parecía acompañar los sollozos de Mary Ann.
Rodderick tomó una decisión. No la meditó ni valoró los pros ni los contras. Sólo dejó que le guiasen sus impulsos.
Y los impulsos apuntaban en una sola dirección de la carretera.
—Lo siento —dijo inclinándose sobre la puerta abierta del vehículo. Mary Ann estaba recogida sobre el asiento del acompañante, ocultando su rostro tras las rodillas, apoyada en la ventanilla de la puerta. Ni siquiera le miró. Dudó si explicarse o no. Tenía miedo de hacerla más daño pero Mary Ann merecía una explicación: —Elisabeth ocupa mi corazón y lo nuestro se ha acabado. Llama a un taxi.
Las palabras de Rodderick hicieron que Mary Ann levantase la cabeza aterrada. Cuando lo buscó con la mirada, Rodderick ya no estaba. Miró por la luna trasera y lo vio corriendo por el arcén, en dirección a la mansión.
Una máscara de genuina furia se adueñó del rostro congestionado de Mary Ann mientras veía como Rodderick se fundía en la negrura de la noche. Sus lágrimas fingidas cesaron de repente.
—Jamás la tendrás, Rodderick Holmes —susurró mientras se secaba los ojos con el dorso de la mano—. Jamás será tuya, lo juro por mi alma.