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martes, 21 de diciembre de 2010

MILAGROS

—¿Podría rellenarme este formulario, por favor? —escuché mientras caminaba hasta la sala de exploración.
—Claro, faltaría más —contestó una voz femenina, nasal, algo estridente. Arrastraba las eses y entonaba con autoridad, confianza. Pero era una seguridad irreal, producto de una aversión natural hacia nosotros. Incluso noté algo de aprensión en la última palabra.
Mmm, pensé, una nueva clienta.
Aminoré el paso y giré la cabeza lo suficiente para poder atisbar por la puerta entornada de la sala de espera.
Mujer, morena, en la treintena. Gafas de pasta de color oscuro, cristales estrechos. Ojos grandes, verdes o azules o una mezcla. Cejas espesas y perfiladas. Pómulos marcados, nariz fina y alargada, labios gruesos y pintados de cereza madura. Maquillaje superficial, casual. Mentón cuadrado, mandíbula recta. Cabello castaño, mechas oscuras. Moño desenfadado, adornado con finos mechones resurgiendo como surtidores de la confluencia entre moño y cabeza. Cuello fino, remarcado por el cabello recogido. Gargantilla de plata; precisa adornos para remarcar su belleza ya de por sí generosa. Pendientes grandes, también de plata; imprimen dinamismo a sus movimientos.
Francisco, el ayudante, se vuelve y oculta con su cuerpo el de la mujer.
Somos cuatro doctores en la clínica. Tres hombres y una mujer. Yo soy la mujer.
No es fácil ser higienista buco-dental y mujer a la vez, como supondrán. Le pides a un paciente que abra la boca y notas como mantiene los labios abiertos, las piezas dentales a la vista, la lengua replegada, la saliva acumulándose. Pero sus ojos zigzaguean aterrorizados cuando te ven empuñar la cureta. El sonido es agudo, chirriante, un taladro en miniatura. En manos de una hembra asusta, hiere al alma directamente. Los hombres chorrean saliva, su mirada se encomienda a su dios; las mujeres tiemblan, palpitan sus párpados de incrédulo pavor.
Al principio sus temores eran los míos.
Prejuicios, sospechas, desconfianza… qué se yo. Pero soy buena, lo sé. Aunque no puedo evitar ser mujer. Un hándicap. Ya me lo dijo mi padre, afamado rompe-ilusiones e hijo de puta a partes iguales, “las tetas y los dientes no casan, Virtudes, búscate otra especialidad”. Pues no, papá, dientes quise y dientes tengo.
Una hora más tarde entro en la sala de exploración B y sobre la silla ergonómica tengo a la mujer.
Está de espaldas, pero es ella; moño desenfadado, con surtidores de mechones. A su lado está Joaquín, enfermero diplomado. Muy sonriente, condescendiente, con las manos revoloteando sobre ella. Claro, la mujer es guapa. No se percatan de mi presencia.
Pero es una belleza fría, inaccesible para ti, Joaquín.
La silla está reclinada y ahora distingo un vestido morado de dos piezas. La chaqueta está colgada de una percha cercana. Blusa de satén, escote sugerente pero solo desde mi posición. Pechos revoltosos, sujetador algo suelto. Tiene los dedos cruzados y descansa las manos sobre su vientre, sobre la confluencia de la blusa y la falda de tubo. Medias oscuras, impolutas.
—Buenos días —digo cuando Joaquín está a punto de posar una mano sobre las de ella.
Joaquín se pone tieso, como un niño pillado in fraganti metiendo sus manitas en el bote de los chuches. Este chuche no es para ti, Joaquín, no es de tu tipo.
Es del mío.
—¿Está cómoda, Milagros? —pregunta Joaquín, dando un paso hacia atrás. Un último intento. Que no te enteras, chaval.
Una limpieza. Algo de sarro, sí. No demasiado. Encías sanas, un principio de caries en el segundo molar superior, nada grave por ahora.
Asiente tras la limpieza y me acerco a su lado, sentada sobre la butaca. Joaquín ha marchado hacia la sala de espera, ya no es necesario. Me quito la mascarilla y le pido que abra la boca de nuevo. Ya no tengo interés de galeno. Es otro interés.
Me gustaría quitarme los guantes de látex y sentir sobre el dorso de mis dedos posarse sus labios gruesos.
Su mano toca mi muslo, a través de la bata. Algo casual, todo muy casual. Está tentando, preguntando con el gesto, conociendo posibilidades,
Las hay, Milagros, claro que las hay, ¿por qué no?
Descruzo las piernas. Ella parpadea, captando mi respuesta nada sutil.
—En recepción le darán una tarjeta con el número de la clínica. En unos seis meses deberá hacerse un chequeo; hay que vigilar esa caries.
—¿Y si quiero que me atienda usted?
—La atenderé yo.
—Virtudes me dijo que se llamaba.
Asiento con la cabeza.
—Me he sentido muy tranquila con usted, Virtudes. No me había ocurrido antes con ningún dentista.
Sonrío halagada. Sus dedos acarician mi bata. Mantengo la sonrisa.
—Es usted muy competente, muy profesional.
—La veremos de nuevo por aquí entonces, ¿no?
—Esté segura de ello, Virtudes.
Se levanta y se coloca la chaqueta. Clak, clak, hacen sus tacones al golpear el piso de mármol. Algo más alta que yo; no llevo tacones, por lo que estaremos parejas.
La acompaño a recepción. Solicito a Gertru, la secretaria, una tarjeta de visita. Se me cae al suelo cuando se la tiendo a Milagros. “Perdón”. Ella se agacha, yo me agacho. Sus rodillas clarean tras las medias estiradas. Rodillas ligeramente separadas, permitiéndome atisbar la confluencia oscura de sus muslos. Escamoteo la tarjeta y la proporciono una sacada del bolsillo de mi bata. No se ha dado cuenta. O sí, pero no muestra sorpresa ni varia su sonrisa de disculpa.
Sale de la clínica sin volver la cabeza hacia atrás. Buena chica, ni yo sospecharía.
Por la tarde conduzco hacia mi casa, en las afueras. Suena el móvil. “Número desconocido”, muestra la pantalla. Activo el manos libres.
—Buenas tardes, Milagros.
Unos segundos de vacilación, se oye crepitar al altavoz con su respiración agitada. Duda. ¿Qué estoy haciendo, dónde me meto, qué busco?, se preguntará.
—Hola, Virtudes.
—En mi casa, calle Pelícano número 12, 3 A —la indico sin ambages.
—¿Una cena?
—Es posible —respondo tras un instante.
Me detengo en un semáforo y la escucho respirar fuerte, un suspiro, luego un carraspeo. Desea preguntarme algo, pero duda, no lo tiene claro.
Nada en esta vida está claro, Milagros. Hay cosas más o menos seguras, casi certeras. Otras no, hay que arriesgarse.
—¿Qué llevo puesto? —pregunta al fin.
Sonrío. Menuda chiquilla. Está confusa, insegura. Ese traje serio, esas facciones angulosas y aquel moño desenfadado, discordante, con ese surtidor de mechones clamando un poco de atención.
Corto la llamada. Ya es hora de que decidas tú, Milagros.
Suena el timbre de casa. La pasta está casi terminada. Capelettis a la romagnola. Abro la puerta. Clak, clak, suenan mis tacones sobre el parqué.
Abro la puerta. Milagros alza la vista y esboza una sonrisa tímida. Tiene entre sus manos una botella de Verdejo. Perfecto para acompañar a la pasta.
Viste un traje de tirantes sencillo, escotado, de falda amplia. Piernas desnudas, zapatos de charol. Gargantilla y pendientes minimalistas. Uñas pintadas de rojo, igual que su vestido, igual que su bolso, igual que sus zapatos, igual que sus labios.
Nos damos dos besos en las mejillas. Noto como los suyos exhalan un suspiro.
—Huele muy bien —comenta cuando la acompaño hasta el salón. Esta nerviosa, su mentón tiembla emocionado.
Se sienta cruzando las piernas. Bonitas piernas. Bronceadas, atléticas, piel tersa.
—Pareces tensa, ponte cómoda —la ordeno mientras cojo dos copas del estante sobre el televisor.
Descorcho la botella y escancio un tercio del vino.
Me acerco a ella y paso una mano por detrás de sus hombros. Contemplo mi reflejo sobre los cristales de sus gafas de pasta. Entreabre sus labios, su garganta se revuelve tragando saliva. Expectante. Dios, qué tímida eres, Milagros, me estás desarmando por completo.
Juguetea con sus dedos sobre la copa mientras me habla de ella. Telefonista. Divorciada. La gustan los niños. Prefiere la playa al campo. Rock melódico. El color rojo. Abuelos fallecidos. Odia el deporte.
Sentadas en la mesa del salón comemos los capelettis. Música de Vivaldi, Il Cimento dell'Armonia e dell'invenzione, opus 8, cuarto movimiento.
Comemos en silencio. Sonríe. Paladeo la comida y su embarazo.
Milagros se levanta de la mesa y se acerca a mí. Separo la silla, se arremanga el vestido y se sienta a horcajadas sobre mi regazo. Miro hacia abajo y vislumbro un tanga abultado donde el vello púbico resbala por entre los elásticos.
—Me gustas —susurra mientras apoya sus labios sobre mi mentón.
Hundo los dedos en su moño desenfadado y lo deshago. Cabello suelto que se desparrama por entre sus hombros desnudos, serpenteando por su espalda. Su lengua asoma por entre sus carnosidades y lame mi labio inferior.
Mis dedos reptan por la depresión de su columna que se adivina bajo el talle y alcanzo sus caderas. Estrecha nuestro encuentro de cuerpos. Milagros respira rápido, inundándome con su aliento tibio.
—¿Cuándo te empezaron a gustar las mujeres? —pregunto entre beso y beso.
—No lo sé, desde pequeña, supongo. Me casé pronto y mal. Una noche, mientras me penetraba, de repente, dejé de sentir su miembro. Fue extraño. Era como un tubo de carne ajeno a mí. Su lengua me raspaba las mejillas, sus dedos me arañaban los pechos, su aliento era fétido.
—El sexo no lo es todo. Ni siquiera una parte. Es solo algo. Se puede vivir sin sexo.
—Yo no.
—Tú no puedes vivir sin sexo.
—Yo no —repitió—. El sexo es la realidad y el amor la ficción. Mi coño es algo tangible, el cariño no es tangible.
—Pero aún le quieres —pregunté mientras desabrochaba el botón superior de su espalda y bajaba la cremallera.
Negó con la cabeza. Me miró con ojos de indecisión, acuosos, brillantes. Parpadeó y el aleteo de sus pestañas rozó las mías.
Abracé su espalda desnuda donde las costillas se notaban cercanas a la piel.
—¿Qué hago? —preguntó mientras aposentaba sus antebrazos sobre mis hombros—. No sé qué hacer ahora.
La llevé a la cama y la desnudé por completo. La hice tumbarse con los miembros estirados, apuntando a los vértices del colchón. Respiraba entrecortado, sus pechos se removían inquietos, su vientre palpitaba expectante, su sexo demandaba caricias.
La até a las columnas del cabecero y el pie de la cama. Se dejó hacer, confiada. Estaba tensa, quizá ilusionada por la dominación. La tapé los ojos con un pañuelo y me volví al salón.
Me tomé dos copas de vino antes de que gimiera mi nombre.
Volví a la habitación en silencio.
—Virtudes, ven —gimió de nuevo, ignorando que estaba a su lado.
Ladeaba la cabeza y combaba su vientre intentando deshacerse de sus ataduras. Pero no ponía mucho empeño. Aún no estaba asustada. Todavía tenía la esperanza de que todo fuese un juego. Una prueba, incluso.
—Dios, qué he estoy haciendo, joder —dijo en voz baja—. En pelotas, atada en la cama de la tía que me ha limpiado los dientes hoy, joder. Mierda, mierda.
Volvió a revolverse en la cama. El somier crujió y las ligaduras de sus muñecas y tobillos se ciñeron más y más. Empezó a respirar de forma compulsiva. De su sexo manaron unas gotas de orina que mancharon las sábanas blancas de amarillo. Ahora sí estaba asustada. Pronto se dio cuenta que, por más que se intentase zafar de las ligaduras, no era posible. Y aquello la aterrorizó aún más.
—Cálmate, Milagros, cálmate, joder —se dijo en voz baja. Estaba empezando a sudar por las axilas y las sienes. Luego me llamó, y en su tono había más rabia que miedo:—¡Milagros!
El sudor terminó por aflorar por toda su piel, convirtiéndola en una mujer aterrada, sucia, carente de autocontrol.
Su pecho subía y bajaba rápido, su respiración era ya compulsiva.
—¡Virtudes, ven aquí, joder! —chilló histérica. Las lágrimas empaparon la venda y la tela se ciñó a sus párpados y bajo la tela y sus párpados, vi como las convexidades de sus iris trazaban furiosas ráfagas.
De las comisuras de sus labios se escapaba la saliva. Terminó por vaciar su vejiga sobre las sábanas. Ni se dio cuenta, supongo. Volvió a agitarse sobre la cama húmeda con las renovadas fuerzas que la adrenalina le infería. El cabecero crujió y noté como sus muñecas se amorataban del esfuerzo.
Pero era un esfuerzo vano. Imposible. Madera de encina, Milagros.
—Estoy aquí —dije.
Chilló sobresaltada.
—¡No te he oído!, ¿desde cuándo estás aquí? —gritó angustiada—. Desátame, te lo pido por lo que más quieras, desátame.
Negué con la cabeza. Entendió mi silencio perfectamente.
—¿Qué quieres? ¿Quieres follarme? Fóllame y luego me marcharé —suplicó—. No diré nada, jamás diré nada.
—¿Quieres follar? —pregunté.
—Sí, quiero follar. Follaremos. Joderemos hasta que quedes a gusto. Y luego me marcho y todo perfecto.
—Acabas de mearte en la cama y toda la habitación apesta a sudor y orina. Y tú quieres follar.
—¿No quieres follar? —preguntó aterrada. Porque ahora mismo solo tenía su cuerpo. Solo podía ofrecer eso. No tenía nada más que eso. Ni confianza, ni control, ni rastro de orgullo.
—¿Qué quieres? —susurró tragando saliva con dificultad. La mayor parte de ella se escapó por entre sus labios— ¿Qué quieres de mí?
Suspiré y caminé hasta la cocina en busca de un botellín de agua.
—¿Adónde vas, qué haces? —gritó desde el dormitorio.
Volví y le acerqué el botellín a los labios. Tenía un dosificador, igual que un pezón, pero de plástico azul.
—Es solo agua —aclaré cuando apretó los labios, negándose a beber.
Sostuve el botellín en el aire, posado sobre sus labios. Pasaron los segundos y, tímidamente, los entreabrió y saboreó la gota que afloraba por el pezón azulado. Luego chupó con ahínco.
—Más despacio —la aconsejé.
No me hizo caso. Se atragantó y tosió escupiendo el agua sobre sus tetas.
—¿Esto es un secuestro? —preguntó tras recuperarse.
—No digas tonterías, Milagros, esto no es un secuestro —reí— ¿Crees que me habría preocupado de envolverte las muñecas y los tobillos con seda para que no te lastimasen las ligaduras? ¿Crees que seguiría igual de tranquila tras haber echado a perder un colchón de visco-elástica? ¿Te daría agua para hidratarte?
—No quieres follar, no quieres secuestrarme, ¿qué coño quieres?
—No he dicho que no quiera follar.
—Vale, follemos, pues.
—Mmm, no sé, no sé, Milagros.
—¿No te gusto? Dime lo que quieres, que yo te lo hago. ¿Lamerte el coño, las tetas, el culo, beber tu pis, comer tus cagadas? Dime lo que sea, yo lo hago.
—Si me cagase sobre tu boca, ¿tú comerías mis excrementos?
—Si me dejas marchar sí.
—Eres una guarra, Milagros.
Posé mi mano sobre su pecho izquierdo y aprisioné entre los dedos su pezón. Gimió asustada, pero luego emitió un gruñido que quería sonar a placer. Si demuestro placer estoy salvada, piensa. Pero finge muy mal.
—Mírate, Milagros.
—No puedo.
Su respuesta me descolocó y me hizo soltar una carcajada absurda. La quité la venda de los ojos. Parpadeó confusa y fui testigo de cómo sus pupilas se empequeñecían para aclimatarse a la luz de la tarde.
Se calmó al instante al verme desnuda. La desnudez implicaba deseo. Su cuerpo iba a salvarla, sí.
—¿Me vas a hacer daño? —preguntó fijando sus ojos en los míos.
—¿Quieres que te haga daño? —. Sorbí un trago de agua del botellín.
Negó con la cabeza y demandó con la mirada más agua. Agité el botellín vacío.
—Voy a por más —dije.
No gritó mientras iba a por otro botellín. Me senté a su lado y chupó del pezón azulado.
—Me hacen daño las cuerdas de los pies y las manos, Virtudes.
—Eso es porque te has asustado y has tirado fuerte.
—Me he asustado porque eres una demente.
—¿Yo? —pregunté señalándome ente las dos tetas con el botellín.
—Sí, tú, hija de puta. Me has asustado de veras. Creí que me moría del susto.
Negué con la cabeza, sonriendo incrédula.
—Te llamé —añadió. Comenzó a llorar de nuevo.
—Me necesitabas —dije.
—Estaba sola, asustada, atada en la cama, con todo al aire. Y tú no venías, joder. O viniste, pero en silencio. Para verme sufrir, para oírme chillar angustiada.
Seguí en silencio.
—Me he meado del miedo, mierda. Terror, Virtudes, estaba aterrorizada de que me clavases yo que sé, que me golpeases, que me torturases, que al día siguiente apareciese descuartizada en un vertedero.
Seguí sin responderla.
—Estás enferma —terminó diciendo.
—¿Te he dado a entender algo que apoye tus temores? —pregunté tendiéndola el pezón azulado.
Apretó los labios negándose a beber más agua.
—Esto no se hace, mierda, esto no se hace así, me has dado un susto de muerte, hija de puta.
Me encogí de hombros y la desaté despacio. Se levantó y me miró imprimiendo todo el asco y odio que podía imprimir una mirada.
Se puso el vestido y se calzó los zapatos. La tela del vestido chupó toda la humedad de la orina y el sudor que bañaban su espalda. Olvidó ponerse el tanga.
Cogió el bolso y salió de casa dando un portazo.
Volví al salón y me serví el vino que quedaba en la botella. Volví a conectar el equipo de música y Vivaldi volvió a acariciar las paredes del salón.
Al día siguiente, Milagros volvió a llamarme. Estaba recogiendo los platos del lavavajillas.
—Quiero verte —dijo con una entereza que no tenía. Finges muy mal, Milagros.
Respiré varias veces sin decir nada.
—Estoy en tu portal, ¿puedo subir? —preguntó desesperada.
Colgué y pulsé el botón de apertura de la puerta del portal. A través de la pantalla, Milagros cruzó rauda la puerta. Poco después escuché el clak, clak de sus tacones sobre el pasillo y dio unos toques a la puerta.
—Hija de puta —saludó mientras entraba en casa.
Se sentó en el sofá y se quitó la gabardina que llevaba puesta. Estaba desnuda. Aún se la notaban los cardenales de sus muñecas y tobillos.
Sacó del bolsillo de la gabardina un paquete de tabaco y encendió un cigarrillo sin preguntar. Saqué un cenicero de cristal de un cajón y se lo tendí.
El cigarrillo temblaba entre sus dedos. Daba caladas profundas, quemando solo el papel, dejando un gran cono brillante.
—Quiero más —pidió mientras miraba fijamente el cenicero. Luego me miró suplicante—. No sé qué pasó ayer, pero quiero más.
Me senté junto a ella y la cogí del mentón, obligándola a mirarme.
Dejó el cigarrillo sobre el cenicero y se abalanzó sobre mí, estampando sus labios sobre los míos. Se arrodilló sobre mi regazo y sonrió al ver que me dejaba hacer.
Me quitó la camiseta y el sujetador y, tomando uno de mis pechos entre sus dedos, se llevó el pezón a la boca. Lo embadurnó de saliva y luego me miró desde abajo.
Esperaba aprobación. Acaso un gruñido de satisfacción por mi parte.
La agarré de su cuello, de su fino cuello y sostuve su mirada unos instantes.
—A la cama —ordené con voz inflexible.
Se levantó y caminó presurosa hasta el dormitorio.
Chasqueé la lengua y me levanté, saqué una copa y descorché una botella de vino tinto. Luego me senté en el sillón y, mirando el reloj, sorbí un poco de vino.
Transcurrió casi una hora hasta que escuché su voz gimiendo.
—Virtudes, ¿estás aquí?

El ÚLTIMO TREN

Subirme al último tren.
En eso pensaba mientras caminaba por el andén de la estación del Norte, acarreando una maleta de viaje con unas pocas mudas y algo de ropa; no muy elegante, porque tampoco tengo tanto dinero. Y mientras iba con la maleta a cuestas iba mirando los vagones antiguos de madera y hierro que aquella locomotora vetusta había traído con una fatiga que le suponía dada la antigüedad de su desvencijado exterior.
La era del AVE y yo a punto de meterme en aquella cochambre ruidosa y chirriante. Sacudí la cabeza intentando deshacerme del impulso de correr hasta la ventanilla y anular el billete.
—¿Sube? —me preguntó un mozo de la estación.
—Eh… sí, claro —contesté algo dubitativa. Qué coño, si hasta había mozo de estación y todo.
Los escalones de entrada al vagón crujieron cuando me apoyé en ellos y un chillido de óxido carcomido pareció recorrer toda la estructura del vagón.
—¿Esto es seguro? —pregunté girándome hacia el mozo.
Pero ya no estaba.
Joder, Carolina, qué haces, ¿qué coño haces?, me pregunté cada vez más indecisa.
Pero entonces, como si alguien hubiese escuchado mis pensamientos y me diese un plazo extremadamente corto para decidirme, sonó el silbato de la estación. Era un sonido irreal, claro, un mp3 amplificado por los altavoces de la estación, en algo se iba el doble coste que había tenido que pagar por el billete.
Súbete las bragas y arrea, Carol, me dije para darme ánimos. Realmente los necesitaba.
Terminé de subir los escalones y entré en el vagón justo cuando, con un golpe seco que sacudió la estructura entera, la locomotora comenzó a moverse arrastrando los vagones detrás.
Cerré la puerta del vagón tras de mí y caminé por el estrecho pasillo. Clak, clak, sonaban mis tacones al golpear el suelo desvencijado de parque del pasillo.
Me detuve frente al compartimento 8D. Dos puertas correderas con cristales cubiertos con visillos con el logotipo de ADIF impedían ver el interior. Descorrí las puertas y entré en el compartimento. Dejé la maleta en el suelo y contemplé mis aposentos durante los próximos tres días.
Dos sillones laterales forrados de cuero granate y, sobre ellos, dos literas plegadas.
—Buenos días.
Me giré espantada hacia el origen de la voz y me encontré con un hombre sentado en una esquina en uno de los sofás.
—Espero no haberla asustado —se disculpó cortés.
—Pues lo ha hecho.
—No era mi intención, lo siento.
La estructura vibró durante unos instantes y el vagón sufrió una sacudida. Caí sobre el sofá que tenía detrás.
—¿Se ha hecho daño?
—¿Qué coño ha sido eso? —pregunté entre el miedo y la duda de si llegaría de vuelta de una pieza.
—Estos vagones antiguos no poseen prácticamente amortiguación alguna. Pero forma parte del encanto de lo antiguo.
Me cagar en lo antiguo, pensé.
—¿No es este mi compartimento? —pregunté recelosa tras mirar mi billete y constatar que había entrado en el mío. Pensaba que todo el compartimento era para mí sola.
—Seguro que lo es —contestó el hombre con una sonrisa—. Igual que el mío, ¿lo ve?
Me tendió su billete y lo contemplé incrédula. Bonifacio de la Torre. Ese era el nombre al cual estaba expedido.
No tiene cara de Bonifacio, pensé devolviéndole el billete. Más bien de Andrés o Antonio o Miguel. Pero no de Bonifacio.
—¿Y usted se llama?
—¿Mi nombre? —pregunté suspicaz ante su desfachatez.
—Ya que vamos a convivir durante tres días en el mismo compartimento no quisiera dirigirme siempre a usted como “señorita”.
—“Señorita” está bien —contesté mordaz.
El hombre sonrió mientras se encogía de hombros. El tal Bonifacio llevaba sobre sus piernas un sombre de ala corta y vestía un traje de franela gris a rayas. Se había quitado la chaqueta que colgaba de una percha junto a él y debajo llevaba un chaleco del que colgaba la cadenilla de un reloj de bolsillo. Lucía una pajarita negra bastante coqueta. Y me miraba con expresión divertida.
—¿Le gusta mi atuendo? —preguntó vanidoso.
—Es bonito, de época —confirmé.
—A juego con el vagón y nuestro viaje, claro.
Sobre la litera que tenía encima descansaba una maleta de cuero envejecido con las esquinas reforzadas con un metal igual de envejecido.
—Tiene también una maleta a juego —comenté divertida.
—Es natural, no iba a traer mi Samsonite.
—La verdad es que la discordante parezco ser yo, con mis vaqueros y mis camisetas —dije sonriendo.
—No diga eso, señorita, me va a hacer enrojecer.
Aquel tipo era de veras gracioso. Y ocurrente.
—Carolina —dije.
Bonifacio sonrió aún más y me tendió la mano.
—Bonifacio de la Torre, Bon para los amigos. Encantado de conocerla, señorita Carolina.
Estreché su mano y, al contacto con sus dedos, un escalofrío me sacudió entera. Me recorrió el brazo y me hizo tomar conciencia del roce sobre mis pezones de las dos camisetas que llevaba encima. Y de la incómoda estrechez de las perneras de mis pantalones sobre mis piernas. Bonifacio retuvo nuestras manos juntas un tiempo más largo de lo habitual. Y fue él el que deshizo el hechizo, soltando mi mano que quedó huérfana en el aire.
—¿Por qué ha tomado este tren, Bon? —pregunté apropiándome de su amistad con rapidez.
—Placer —contestó con voz burlona.
Su respuesta era casi tan atrevida como insinuante.
Sonreí estúpidamente acomodándome en el asiento y cruzando los brazos y las piernas. Aquel hombre me estaba desbaratando cualquier pizca de autocontrol que tuviese.
Si es que alguna vez la tuve.
Mis padres murieron jóvenes, en un accidente de tráfico teñido de alcohol e inconsciencia, y fueron mis abuelos quienes, reconozco que con bastante manga ancha, habían criado, lo mejor que pudieron, a la mujer insegura y suspicaz que ahora soy. Hacía dos años que ellos me habían dejado y, con un trabajo encontrado por azar y una fuerte dosis de descontrol, sobrevivía casi al día sin haberme encontrado aún a mí misma.
Pensé que estos tres días me darían tiempo para pensar, para encauzar mis derroteros existenciales en alguna dirección. Y si no era así, por lo menos disfrutar con el viaje.
—¿Y usted, señorita Carolina?
—Carol, por favor —supliqué. “Señorita Carolina” me retraía años atrás como si una maestra estirada agitase la regla en el aire mirando con desagrado mis deberes por hacer. Parecía como si aquel tipo lo hiciese aposta, como si supiese de mi indefensión ante la vida.
—Carol —repitió conforme.
—Escapar, supongo —contesté con vaguedad—. Descansar unos días del trabajo y no hacer nada.
Bon asintió sonriente, apreciando mi respuesta. Supe por su mirada que había entendido mi imprecisión en toda su amplitud.
Me revolví en el asiento y descrucé las piernas para volverlas a cruzar nerviosa. Bon me miraba fijamente y sonreía. Y sonreía, y seguía sonriendo. Su sonrisa me estaba crispando más allá de lo que habitualmente podía soportar.
—Oye, mira —le dije con franqueza—. No sé de qué vas con esa sonrisa tuya cómo si todo fuese gracioso para ti. Pero no me gusta. Me gusta la gente seria. Y tú pareces provocarme con esa sonrisita.
Bonifacio no cambió el gesto ni se mostró sorprendido.
—La pido disculpas si la he molestado —dijo—. Pero es que yo soy así.
—Así no me gustas —dije apropiándome del compartimento entero y, ya puestos, de su forma de ser.
—Tendrá que resignarse, Carol.
—Y una mierda —contesté cogiendo mi maleta y abriendo la puerta del compartimento.
Bon me miró con su eterna sonrisa mientras cerraba la puerta, pero antes, le dediqué una cariñosa despedida.
—Que te den, payaso.
Al cabo de media hora volví a entrar en el compartimento.
Bon apartó el libro que tenía frente a él y me miró por encima de sus anteojos. Joder, ni siquiera llevaba gafas normales y corrientes, sino unos cristales circulares engarzados en una escueta montura de metal negro.
—No hay… más plazas libres —dije con voz entrecortada. Luego, tras dejar la maleta sobre una esquina del sofá, me planté frente a él y le advertí.
—No quiero más sonrisas ni más miraditas suyas de esas, ¿estamos?
—Bájese en la próxima estación, si lo desea —contestó sin variar su posición.
Contuve la respiración unos instantes hasta que resoplé abatida.
—Haga lo que le dé la puta gana —repliqué mientras me tumbaba sobre mi sofá—. Ya verá lo bien que se lo pasa en la vida real.
Bon respondió. No esperaba que respondiese y menos que se encarase conmigo.
—Pienso que es usted la que vive amargada y asumiendo que la vida tiene que ser gris, tanto para usted como para los demás. Y eso es muy triste.
Me incorporé atacada allí donde más me dolía. Pero no por ello me reprimí.
—Tú no eres quién para juzgarme ni saber de mí, no me vengas con ese rollo, joder.
—Quien se pica ajos come —contestó sonriendo.
El comentario, de tan pueril como certero, me hizo enfadar de veras.
—Menudo payaso tengo aquí metido —replique cruzándome de brazos y piernas, desviando la mirada hacia la ventanilla. El paisaje estaba compuesto de borrones que iban tomando forma a medida que enfocaba hacia el horizonte.
Tras unos minutos le miré de reojo. Se había vuelto a enfrascar en la lectura del libro. Un libro antiguo, como no, de hojas amarillentas y tapas desconchadas, estampadas con un motivo abstracto de hojas verdes y moradas.
Así es como debían ser los libros, pensé. Sin una portada que captase la atención visual y que obligase a abrirlo para poder degustarlo sin un prejuicio previo.
El símil con aquel tipo era demasiado evidente para no darme cuenta. Solo interpretaba un papel, el de caballero de los de antes, a juego con el compartimento, con el vagón, con el tren entero. Al instante me arrepentí de mis palabras anteriores.
—¿Qué lee? —pregunté con tono reconciliador.
—“La insoportable levedad del ser”.
—Milan Kundera —contesté sin dudarlo.
Bon sonrió y siguió con la lectura.
—Escuche —pedí con voz ronca tras unos segundos. Tragué saliva y me aclaré la voz—. Creo que le debo una disculpa. Le he atacado sin motivo alguno y la verdad… la verdad es que me siento un poco mal por ello.
Bon me miró por encima de sus anteojos y tras recorrer visualmente toda mi anatomía, deteniéndose ligeramente en mis pechos, con aquella mirada suya tan electrizante, afirmó con la cabeza.
—Acepto sus disculpas —dijo sonriente.
—¿Por qué me ha mirado las tetas? —pregunté divertida.
—¿Sus tetas? —preguntó sorprendido, difuminando por primera vez su perenne sonrisa. Aunque luego la recuperó sin parecer haberla perdido nunca.
Me fijé, creo que por primera vez, su rostro. No era demasiado agraciado, admitámoslo, pero aquel bigotito fino y esa nariz aguileña le conferían un halo de deliciosa irrealidad. Bon no era guapo, claro que no, pero su sonrisa era franca, desarmaba hasta a la persona más borde que, en este compartimento, era yo.
—¿Le gustan mis tetas? —pregunté con mirada picante.
—¿Vamos a hablar de sus tetas?
—No, claro que no —respondí cambiando de sofá y arrimándome a él.
Bon entrecerró los ojos y miró fugazmente hacia el pestillo de las puertas corredizas del compartimento.
—Qué pajarita más mona llevas —susurré melosa mientras se la acariciaba con la uña del índice.
Dejó el libro sobre sus piernas y se estiró para colocar el pestillo de las puertas correderas.
Mis dedos corretearon por el cuello de su camisa hasta posarse sobre la piel de su garganta. Tragó saliva. Bajé la vista y contemplé divertida el bulto que se iba hinchando entre sus pantalones de pitillo.
Bon siguió mi mirada y se desabrochó el botón superior y se bajó la cremallera para liberar su opresión. Unos calzoncillos de algodón blanco asomaron por la abertura y su miembro estirado se dibujó con extrema precisión.
Era un ejemplar magnífico, grueso, estriado. Me relamí los labios imaginándome su color y textura.
Hay quien piensa que todas las pollas son iguales. No señor mío, no señor, cada una es única, un invento comparable al del ojo o la oreja. Un órgano que crece y se estira para penetrar en el conducto femenino lo más posible para que el semen alcance, con no pocas dificultades, la matriz.
—No dude, Carol, sé que lo está deseando.
Sonreí avergonzada y posé con delicadeza una mano sobre aquel falo. Estaba caliente. Sentí palpitar a través del algodón la sangre burbujear y arremolinarse entre las cavidades esponjosas del pene.
—¿Permite? —pregunté señalando con la mirada su polla. Me di cuenta que, a cada segundo que pasaba, me iba abstrayendo más y más en aquel juego de rol.
—Faltaría más —asintió complacido Bon—. Sírvase usted misma, Carol.
Deslicé una mano bajo el calzoncillo e hice emerger el pene a la luz. Sí, definitivamente era hermoso. Un tono sonrosado imprimía carácter y nervio al tallo. Venas de varios grosores serpenteaban juguetonas y terminaban en aquella fina piel que protegía el glande rojizo.
—No sé si debiera... —admití algo turbada. La punta de aquella polla llamaba a mis labios pero no quería parecer tan desconsiderada ni presuntuosa de llevármelo a la boca sin pedir permiso.
Decidí dar ejemplo y me quité los pantalones vaqueros tras desembarazarme de los botines.
—Espero que no piense mal —argumenté mientras me arrodillaba en el estrecho espacio entre los sofás—. Solo lo hago para sentirme más cómoda y permitirle recrearse la vista.
—No me incomoda —admitió Bon desplegando el glande y ofreciéndomelo gustoso—. Es un buen divertimento.
Sonreí divertida con la situación y me incliné sobre aquel espléndido espécimen, saboreando con delicados lametones su piel.
Un gruñido me indicó que acometía con especial dedicación mi trabajo.
—Estoy encantada de que esté encantado —comenté entre lametones salivales. No pude dejar de sonreír ante mi ocurrencia.
—Los dos encantados —admitió Bon dejando escapar un gemido de placer.
Con una mano sujetaba la polla que hundía en mi boca. Interné la otra para abrazar los testículos laxos que aún estaban ocultos bajo los calzoncillos. Jugueteando con las bolas logré intensificar el tono y calidez de los gruñidos de Bon.
Lamentablemente las dos operaciones mantenían mis manos ocupadas con la inconveniencia que en mis necesitadas partes eso suponía. No tuve más remedio que requerir de la ayuda de Bon.
—Siento importunarle tanto —sonreí lúbrica mientras me limpiaba con el dorso de la mano los labios empapados en saliva— ¿Podría aliviarme mi raja? No se lo pediría si yo pudiese hacerlo pero... ay, señor, ¡qué apuros!
Bon torció el gesto simulando desagrado. Qué cabrón, estaba representando fielmente a un caballero de los de antes, de los que odian tocar, manipular, manosear.
Pero yo ansiaba sus restregones por mi raja. Mis manos no, las suyas. Las mías podían satisfacerme cuando quisiera, las suyas proporcionarían un tacto nuevo, exótico. Lo quería a él.
—No es lo usual, Carol, compréndame —se cruzó de brazos y se mantuvo en su posición, con las piernas abiertas, los calzoncillos arremangados, la polla bañada en saliva y, aun así, cubierto de un halo de inflexible apostura. Quizá las orejas algo inflamadas, sí, un poco de colorete en sus mejillas, admitámoslo, incluso sus anteojos se habían deslizado por el puente de la nariz debido a los vaivenes de mi mamada. Pero mantenía su porte, qué demonios.
Me deshice de las camisetas y el sujetador y las bragas quedándome desnuda para él. Ya solo conservaba los calcetines que, para mi total indefensión, se habían arremangado hasta los tobillos.
—Complázcame —gemí sentándome sobre sus piernas, solapando su polla pringosa a uno de mis muslos—. Me es muy necesario.
Y en verdad lo era. Sentía el coño arderme reclamando una atención que me estaba costando más de lo habitual.
—Olvide su desdén —añadí como último recurso, apelando a su hombría— busco al caballero que no permitiría una insatisfacción femenina, hágame el favor de aliviar a una jovencita apurada.
Descruzó los brazos con lentitud mientras nos mirábamos a los ojos. El traqueteo provocaba que mis pechos se revolviesen como gorriones inquietos y mi vientre palpitase encendido.
Su mano se posó sobre mi sexo. Abrí las piernas con rapidez. Sus dedos abrazaron mi vulva.
No iba depilada pero al menos llevaba las bragas limpias y estaban casi nuevas. En mi descargo debo advertir que cuando te encuentras de sopetón con una fantasía erótica no sueles ir emperifollada.
Sus dedos comienzan a escarbar entre la maraña de vello empapado en mis sudores. Un olor penetrante asciende de mi sexo. Me abrazo a él mientras hundo mi cara en el respaldo de piel granate del sofá. Uno de sus dedos hurga entre mis pliegues y alcanza mi agujero. Otro dedo avanza inexorable, impúdico hacia el otro agujero.
—Por el otro no —susurro con voz grave, pero luego le tiento—, hoy no.
Me muerdo el labio inferior sintiendo como mis carnes se agitan volátiles ante los meneos de sus dedos. Exhalo un suspiro, luego un gemido, más tarde un gritito cuando me penetra con el dedo medio.
—No puedo más —gimo arrodillándome sobre su regazo.
Tengo tanta necesidad de algo que me inunde el coño que haría cualquier cosa, cualquiera. Mis rodillas sudadas resbalan sobre el cuero granate del sofá. Me enchufo la punta del nabo sobre mi vulva y antes de sentarme, miro a Bon.
Tiene los cristales de los anteojos empañados y su bigotito está brillante e hinchado del sudor que acumula. Un reguero de saliva mana de una comisura del labio.
—Señorita Carol —indica con voz todo lo firme que su polla medio enterrada en mi coño puede imprimir—, le ruego que me libere de mi compromiso, si alguna vez hubo alguno. Fornicar como monos hambrientos no nos hace más humanos. Vuelva a su sitio, se lo ruego.
Compongo en la cara una expresión de niña dolida. Eso no me va a servir, pienso al ver su gesto inflexible, así que adopto el papel de niña traviesa. Asomo la punta de la lengua entre los labios y sonrío negando con la cabeza mientras dejo caer poco a poco mis caderas sobre la polla. Joder, qué gusto.
—Señorita Carol —protesta con voz teñida por la emoción—, por favor...
Niego con la cabeza, meneando las caderas alrededor del miembro, notando como la punta hurga en mis interioridades arrancándome un gusto atroz.
Unos golpes a la puerta.
—Inspección. Abran al revisor, por favor —oímos una voz tras las puertas correderas.
Nos miramos con ojos como platos.
—Hostias —susurro dándome cuenta de mi posición. Al menos Bon está vestido. Se enfunda la polla y listo. Pero yo... mierda, si ni siquiera sé dónde andan mis bragas.
—Un minuto —responde Bon con voz aflautada. Carraspea y traga saliva mientras me mira—. La señorita está echándose la siesta, ahora le abrimos.
No hay tiempo para las bragas. Me enfundo los vaqueros y me pillo un mechón rizado con la cremallera. Aprieto los dientes y siseo una maldición.
Bon abre la ventanilla para que el aire fresco disimule el aroma a sexos rezumantes. La brisa me contrae los pezones y cuando me coloco las camisetas el roce me arranca incomodidades y otra maldición.
—Disculpen —oímos a la voz acompañada de otros toques sobre las puertas.
—El libro, el libro —susurra Bon al ver a su querido amigo boca abajo sobre mi sillón, con las hojas dobladas ¿Cómo coño ha ido a parar ahí? Se lo tiendo.
Nos acomodamos cada uno en su sillón. Asentimos mirándonos para darnos el visto bueno. Mierda. Tiene una mancha enorme de mis humedades en sus pantalones. Se la tapa con el libro, bien hecho, Bon.
Quita el pestillo, las puertas se abren. Un hombre con mostacho descuidado y peluquín alborotado estira el pescuezo y resopla malhumorado. Nos mira inquisitivo, paseando su mirada por nuestros aposentos.
Me revuelvo inquieta. Los pelos del coño atrapados en la bragueta me están arrancando destellos de dolor. Bon aguanta la mirada con indiferencia.
Pasea su mirada por todos los recovecos del compartimento. Su mostacho se agita, parece husmear algo raro. Detiene su mirada en las literas. La mía no está deshecha. Se supone que estaba dormida, mierda. El revisor gruñe confuso.
Miro a Bon pidiendo ayuda. Su mirada desciende hasta sus zapatos. Vaya, tiene bastante con esconder mis bragas bajo sus zapatos de charol. Ay de mis bragas. Sonrío abatida.
Pero el hombre abandona su talante inquisidor y relaja sus facciones.
—Lo siento —indica el revisor—, pero debemos asegurarnos que no hay daños en los vagones. Nos ha costado mucho restaurarlos, ¿son de época, saben?
—Lo entendemos —contesta Bon taciturno.
Y se marcha indicándonos que dentro de una hora se abre el vagón restaurante.
Bon cierra el pestillo de nuevo.
Yo me dejo caer sobre el sofá y no me importa que, al final, los pelos pillados se desprendan como alfileres claveteados en mi coño.
Bon adopta de nuevo su sonrisa. Me incorporo y me desabrocho el pantalón y me bajo la bragueta con lentitud. Noto como la entrepierna de mi pantalón está húmeda.
Bon aparta el libro ante mi gesto y libera su polla del encierro.
—¿Dónde lo habíamos dejado? —pregunta en voz baja, sonriendo lúbrico.
Le devuelvo una sonrisa traviesa y me acerco a él.

La hidra de Viceka (8)

8.
Avancé con una espada llameante hacia el agua. Agarré con fuerza el escudo con la otra mano. Las piernas cada vez me dolían más. Cada paso que daba era atroz. Debería encomendarme a algún dios, pero no sentía respeto por ninguno.
Arrojé varias piedras al agua.
—¡Hidra! —grité— ¡Bicho asqueroso, sal para que pueda verte tus feas caras!
El agua burbujeó en el centro de la laguna.
Arrojé más piedras. Las burbujas se movieron en mi dirección. El monstruo se dirigía hacia mí. Aquella criatura había hecho caso de mi llamada.
El paraje estaba lleno del humo denso del sebo y el olor era nauseabundo. Tragué saliva y tosí.
Estaba loco. Claro que estaba loco. El corazón me latía con fuerza y las piernas me temblaban. Sí, estaba loco.
Una cabeza emergió del agua poco a poco. La luz azulada de los fuegos se reflejaba en su piel escamosa. Dos ojos ambarinos me estudiaron con detalle. La cabeza era tan grande como mi escudo. Una lengua bífida y rojiza lamió el agua. Dioses, era enorme, más de lo esperado.
Otras dos cabezas surgieron del agua a ambos lados de la primera. Igual de grandes, igual de malignas. Se acercaron las tres. Sus cuellos eran largos, como los de una serpiente, sinuosos, cubiertos de escamas relucientes.
La hidra sacó su cuerpo del agua. Cuatro patas gruesas terminadas en garras afiladas hicieron retumbar la tierra. Una cola larga se agitaba como un látigo, restallando en el agua. Las cabezas chillaron y el humo se arremolinó en el aire con sus potentes rugidos.
Me miraron durante un segundo, agitando sinuosas sus tres cabezas en el aire, estudiando la ridícula situación: un gigante herido con una espada rota llameante y un escudo abollado. La bestia se abalanzó sobre mí.
Corrí hacia ella, bramando enfurecido.
Una de las cabezas se lanzó como un dardo sobre mí. La detuve con el escudo. Su boca abierta hedía a corrupción y sus dientes afilados resbalaron en la superficie del escudo. Esquivé otra cabeza que trató de arrancarme el brazo con el que sostenía la espada. Sus acometidas eran vertiginosas, sus golpes retumbaban en todo mi cuerpo, resbalaba por la arena. Las cabezas lanzaban chillidos ensordecedores, horrendos. Esquivé otro mordisco y descargué con un golpe todo el peso del arma y el brazo sobre el cuello. Saltaron esquirlas de sus escamas. Cercené limpiamente el pescuezo. Un rastro de grasa llameante rasgó el aire y un lastimero y estridente bramido sacudió todo el paraje. La cabeza decapitada se sacudió en el suelo, coleteando, intentando atraparme las piernas. Dejaba un rastro de sangre negra siseaba que carcomía la arena, fundiéndola y haciéndola estallar. Tuve que retroceder.
El cuello cercenado humeaba en la herida. La hidra se replegó hacia el agua y hundió el cuello descabezado en el lago.
—¡No! —grité alarmado.
El agua curó la herida. E impidió la cicatrización. Dos cabezas más surgieron del cuello decapitado con rapidez, con endemoniada rapidez. Cuatro cabezas. Resoplé disgustado. No había pensado que aquel monstruo fuese tan inteligente.
Las dos nuevas cabezas se abalanzaron sobre la cabeza inerte y la devoraron en pocos segundos, desgarrando la carne sanguinolenta entre las dos y engullendo grandes pedazos. Sus mandíbulas trituraban su propia carne y huesos con gula. Pronto aquellas dos nuevas cabezas eran igual de grandes que sus dos hermanas.
Las cuatro cabezas se giraron hacia mí y me pareció distinguir una malévola sonrisa en sus morros achatados. Las cuatro chillaron con inhumanos gritos que resonaron en el aire.
La espada me quemaba las manos. Pedazos de grasa en llamas me caían sobre los cuatro dedos y el antebrazo. La empuñadura se había calentado hasta un punto inmanejable. Corrí hasta la hoguera donde estaba la muchacha junto al escudo con las demás armas.
—¡Es inmortal! —chilló angustiada la muchacha tapándose la nariz y la boca para no respirar el humo negro.
—No, solo es más astuta de lo que pensé —dije echando la espada al caldo en llamas del escudo. Empuñé el hacha con el filo mellado. El mango siseó al contacto con la palma de mi mano y noté su calor extremo quemarme la piel de los dedos.
—Huyamos, por tu dios, nada puedes hacer —dijo ella intentando retenerme.
—Yo no tengo dios —dije desasiéndome de sus brazos—, solo tengo a mi hermana.
Me lancé a voz en grito hacia el monstruo. Las piernas me fallaron a mitad de camino. Caí al suelo, al inicio de la playa. La muchacha chilló angustiada. La hidra se abalanzó sobre mí sin contemplaciones. Recogí el hacha y me levanté jadeando, escupiendo gargajos oscuros y sangre. El sudor me cegaba los ojos y solo veía a cada parpadeo como el monstruo se acercaba con una rapidez asesina.
No sé cómo detuve la primera acometida. Alcé el escudo en el último instante. Las fauces de una cabeza me hicieron temblar el cuerpo entero. Otras dos cabezas se agitaron a ambos lados del escudo, buscando los costados; las esquivé. El hacha pesaba demasiado. Se me resbalaba entre los dedos entumecidos. La arena y el sudor hacían que a cada movimiento sintiese como el mango al rojo vivo se escurría entre mis dedos chamuscados.
Grité angustiado. La cuarta cabeza asomó por arriba, su baba goteando mi cara me hizo alzar la mirada. Se lanzó hacia mí con inusitada rapidez. La esquivé en el último instante, doblando mi espalda. La torsión hizo crujir mis caderas y mis piernas temblaron. Agité el hacha y descargué con una furia ciega el filo sobre la cabeza. Una fina lluvia de sangre me salpicó el brazo y el rostro. Grité de dolor, sentí como ardía mi piel.
Retrocedí agotado, calmando mis heridas con arena. Me costaba respirar. Casi no me tenía en pie, al final caí arrodillado. El cuello cercenado y humeante se agitó frenético en el aire.
La criatura volvió hacia la laguna y calmó su nueva herida. Dos nuevas cabezas comenzaron a brotar como ramas de un árbol.
Así era imposible. Jamás lo lograría. No podía luchar con el monstruo y a la vez impedir que retornase al agua para impedir su curación. Grite de rabia, de impotencia. Era frustrante, horriblemente frustrante.
La muchacha se me acercó y me ayudó a ponerme derecho.
—¡Te matará! —lloró desolada. Me limpió la cara de hollín y arena con sus andrajos.
Negué con la cabeza. El frío se había instalado en mis piernas y ya no se iba a ir. Tirité mientras seguía negando con la cabeza.
Intenté ponerme en pie pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caerme de bruces.
Ya está, pensé mientras me incorporaba, se acabó, no puedo hacer más. Mira lo que has conseguido, Braco, con las promesas del vino, las mujeres y la comida. Morirás como el perro que siempre fuiste.
Comencé a llorar. La muchacha enjugó mis lágrimas mientras me acompañaba en el llanto.
—No puedo ni tenerme en pie —sollocé.
Nos miramos a través de las cortinas densas del negro humo empalagoso. Vi como entre sus manos apretaba firmemente la bellota.
Un chillido nos hizo volvernos hacia la hidra. El monstruo ya había dado devorado la cabeza cercenada y se había dado cuenta de mi debilidad. Se abalanzó raudo hacia nosotros, levantando abanicos de arena húmeda a la carrera.
La muchacha me miró de nuevo y sonrió. Depositó un tenue beso en mis labios. Y se lanzó hacia la hidra.
—¡No! —grité estirando el brazo, intentando detenerla. Caí a la arena.
Cuando levanté la cara el monstruo estaba frente a ella. Dudaba. No podía ser tan fácil. Un bocado tan sencillo de coger. La muchacha tenía uno de los brazos estirado en alto, la mano cerrada, la bellota en el puño.
Una de las cabezas le seccionó limpiamente el brazo a la altura del hombro. No gritó, no pudo. Otra cabeza del monstruo se abalanzó sobre la cabeza de la muchacha. Las otras tres dieron cuenta del resto del cuerpo. No duró mucho. La muchacha tampoco era gran cosa, ni siquiera para alimentar a una bestia.
Entre el crepitar de las llamas y la fetidez de la grasa humana quemándose, solo se oían el triturar de huesos y la deglución de sus gargantas. Un mero aperitivo.
Las cabezas se volvieron hacia mí. Sonrieron. Sí, sonrieron. Aquellos cinco achatados morros curvaron sus belfos y estrecharon sus párpados. Unos chillidos agudos, el equivalente a sus risas, se oyeron en la noche.
Cuando la hidra se lanzó hacia mí algo sucedió. Una de sus patas quedó en el aire, indecisa. Las cabezas se miraron confusas y luego bajaron hasta su vientre, el cual se hinchaba por momentos.
Me enjugué los ojos de arena y hollín y lágrimas y sudor. Una de las cabezas emitió un ruido sordo, como un eructo. La otra cloqueó alarmada. Las otras dos golpearon con el morro a su vientre y la última cabeza me miró fijamente, silbando un chillido de odio. Si una criatura como esa pudiese odiar, su expresión sería la de la quinta cabeza. Dejó escapar hilos de baba por entre sus dientes.
Las dos primeras cabezas se atacaron entre sí mientras las demás mordisquearon con delicadeza su vientre. La delicadeza dejó paso a la furia y luego al descontrol. Se estaba dañando a sí misma.
Las cabezas iniciaron una sucesión de chillidos graves y agónicos mientras se iban atacando unas a otras y a su propio cuerpo. El aire se tiñó de una lluvia de sangre espesa y pedazos de carne que iban cayendo alrededor.
El frío, por mi parte, había trepado hasta mi cintura y se había instalado en mi pecho. Noté como cada vez me costaba más respirar. El humo oscuro me parecía más denso, más pegajoso. Intenté toser pero ya no podía casi ni respirar. Noté como la sangre afloraba a mis labios y bañaba mi barba. Los párpados me pesaron más y más.
A cada parpadeo veía como la bestia continuaba devorándose a sí misma, como las cabezas caían al suelo sin vida. Desgarradas, trituradas. La hidra iba a morir.
Igual que yo.
Frío, mucho frío. Me castañetearon los dientes. Cerré los ojos para no volver a abrirlos. Negro, solo negro.
Escuché pasos en la arena, lejanos, difusos. Alguien me tocó. Una voz pronunció mi nombre, una y otra vez, mientras sentía como me zarandeaban la cabeza.
Una chispa, una diminuta y fugaz chispa se encendió en medio de la negrura. Hubo otras, más y más. Un calor reconfortante pareció nacer en alguna parte de mi cuerpo o de mi mente. Sí, era calor, tierno y nutritivo calor.
Cuando abrí los ojos el rostro de Caudiona me miraba desde arriba. Sonreía.
—¿Estoy… muerto? —balbuceé.
—Aún no, grandísimo idiota —respondió acariciándome la cara con la suya—. Aún no.

La hidra de Viceka (7)

7.
Bajé de la loma rocosa con cuidado. Las rocas estaban sueltas y una pequeña explanada de arena, una playa cubierta de huesos y piedras, era lamida por el agua oscura del pequeño lago. Conseguí llegar hasta la arena y contemplé el pequeño desfiladero que daba acceso a la laguna. Varios hombres de Alcido llegaron temerosos. Esperaban encontrarme allí. Me escondí agazapado entre las rocas. No tenían ningún interés en despertar de nuevo a la bestia. Recogieron partes de la armadura cubierta de hollín de algún compañero achicharrado por el alcronte y se marcharon rápido.
Esperé hasta el atardecer, hasta que se inició la noche. Había cogido varios jirones de ropa carcomida por las llamas y me había procurado con ellos una suerte de calzones y una vendas para mis pies doloridos. Las heridas de los talones supuraban un líquido amarillento y los bordes de los agujeros se empezaban a ennegrecer, pudriéndose.
Salí de mi escondite cuando juzgué que ya no volverían más soldados. Varios pedazos de cuerpos, torsos y miembros, yacían desparramados por la arena, tiñendo de sangre reseca la playa. Busqué en silencio las armas que aún podían servir para la batalla. Hachas, espadas, cascos, escudos, armaduras. Todo estaba mellado o derretido, no habían dejado nada entero. Malditos soldados carroñeros. Maldito alcronte.
Despellejé los pedazos de carne que había, en busca de grasa humana y animal. Solo había una forma posible de matar a una hidra.
Las hidras son monstruos horrendos, voraces, feroces, no mayores que un mamut, con el cuerpo de serpiente. Suelen tener varias cabezas, parecidas a las de un lagarto, más grandes, y, si cortas una, crecen dos más en el lugar del muñón. La propia hidra se alimenta de sí misma cuando no tiene nada qué comer. La única forma de impedir que broten más cabezas es cauterizando con fuego la herida.
Para eso estaba destinado el alcronte y su aliento de fuego. El plan era ingenioso, pero un alcronte también lo es. No acata órdenes, se rige por una destrucción sin medida, acabando con todo rastro de vida terrenal a su paso. No tiene otro pensamiento en su cabeza.
El dolor en los talones era cada vez más intenso. La inflamación se extendía hacia la pierna y estaba empezando a notar un entumecimiento de los músculos. Por fortuna el dolor era tan grande que minimizaba el del dedo mutilado convirtiéndolo en molestia.
Sobre un escudo volcado fui depositando todo el sebo que fui encontrando raspando y sajando en los pedazos de carne.
—¿Qué haces? —oí detrás de mí.
Me giré con rapidez cogiendo un espada rota a la mitad de su hoja. Era la muchacha. Estaba sentada junto a una roca, mirándome con atención.
—No te he oído llegar —murmuré asustado, pidiendo con un gesto de la mano que acallase el tono de su voz. Si aquella mujer había podido sorprenderme no quería llegar a pensar qué sucedería si Alcido decidía volver a echar otro vistazo. El dolor me volvía descuidado— ¿Dónde están el noble y los suyos?
—Se marcharon.
Me acerqué para mirarla más de cerca. Tenía los pies desnudos llenos de arañazos y magulladuras al tener que descender por la ladera rocosa. Todavía sudaba y los corros de su frente y sus sienes mostraban más de esa piel blanca y pecosa que había debajo de la mugre.
—Tengo la señal —dijo señalándose el tatuaje del cuello—. Jamás podré rechazar ni esconder lo que soy.
“Ni tú ni nadie”, pensé.
—No sé hacer otra cosa —añadió.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nombre. Nunca lo he necesitado.
—¿No recuerdas dónde naciste, quiénes fueron tus padres?
Negó con la cabeza. Seguramente sus progenitores la vendieran a un burdel nada más nacer, incapaces de hacer frente al gasto que hacía falta cuidar de una hija. Era un subproducto, un residuo de la pobreza. Poco más que una cagada que depositas en un agujero, lo tapas y luego marchas.
—¿Qué haces? —preguntó señalando con la cabeza al casco.
—Recojo sebo. Impregnaré las pocas armas decentes que quedan con él y las prenderé fuego. Confío en que al cortar una cabeza de la hidra, el fuego del sebo prendido cauterice la herida.
Se encogió de hombros sin entender. Señaló con un dedo la bellota que llevaba al cuello.
—Sigue creciendo.
—Necesita un medio para vivir. Era de mi hermana. La sangre de la hidra servirá para ello. Es vivificadora.
—Tu hermana está muerta.
—No. No lo está.
—Y esa bellota hará que resucite —dijo con sorna—. Estás loco confiando en la hechicería.
—Es lo único que me queda. Detesto la magia, pero no tengo otra opción.
—Vas a arriesgar tu vida por la posibilidad de que tu hermana reviva gracias a una magia que odias.
—Sí.
Calló. Me volví para terminar de extraer la grasa blancuzca y cubierta de raíces rojas de los pedazos.
—Ojalá tuviese un hermano tan grande y tan loco que hiciese eso por mí —dijo acercándose. Sacó su estilete de entre los ropajes y me ayudó en la tarea.
—Solo la tengo a ella —murmuré—. Caudiona tenía razón. No debimos acercarnos al campamento. Todo es culpa mía.
Me miró sonriendo y se acercó a darme un beso en la mejilla.
Las aguas cercanas de la pequeña laguna estaban inmóviles. Negras. Espesas. La noche había empezado y necesitábamos hacer un fuego. Me alejé para recoger ramas secas. No había muchas; alrededor de la laguna solo había piedras y arena.
Monté una pequeña hoguera en pocos minutos. Troceé el sebo sobre el escudo cóncavo. Embadurné las pocas armas servibles que encontré con el sebo y comprobé que el fuego ardía en sus filos como había esperado.
—Tienes que ponerte a salvo, en las rocas.
—Puedo ayudar —dijo poniéndose en pie.
A la luz de las llamas su cuerpo tembloroso por el frío era aún más enjuto. Estaba igual de seco que las ramas que había encontrado. E igual de quebradizo.
—Escóndete —dije colocando las armas sobre el escudo volteado, pomos y empuñaduras en el borde. Las llamas eran azules y despedían un humo negro que tiznaba al acercarse y que hedía a podredumbre. Pronto todo el aire sería irrespirable, debía darme prisa.
La muchacha negó con la cabeza y se acuclilló junto al escudo.
—Te cuidaré el fuego.
Mierda. Necesitaba toda la ayuda posible. Sonreí.
La miré durante unos instantes y la tendí la bellota.
—Guárdala bien.
Disponía de un escudo abollado y dos espadas y un hacha que, en otro momento, habría desdeñado por estar inservibles. Ahora eran todo lo que tenía.
Miré las vendas empapadas en sangre de mis pies y los improvisados calzones que constituían mi única ropa. Mierda, pensé, de todo esto no puede salir nada bueno.

La hidra de Viceka (6)

6.
Desperté con dolores por todo el cuerpo. Abrí los ojos pero estaba oscuro. Estaba tapado con una tela sucia y agujereada que me permitía ver poco. Quise moverme pero no pude. Estaba aún somnoliento. La cabeza parecía que iba a caérseme del cuello, los hombros me crujían, las manos me ardían. Sentía la lengua espesa, lenta.
Estaba sentado, recogido. Las rodillas junto a mi pecho, los brazos inmovilizados entre las piernas. Me dolía un dedo, el meñique de la mano derecha. Giré la muñeca y advertí en la penumbra que no tenía meñique. En su lugar, un muñón junto al nudillo. Aún estaba fresca la herida, un corro de sangre resbalaba por mi pierna izquierda.
Intenté moverme pero me ardieron los tobillos. Me miré perplejo las piernas. Me habían agujereado los talones, entre el hueso y el tendón. Una soga gruesa pasaba a través de ellos, perforando los dos pies. Una soga peluda, empapada en sangre oscura, seca.
Grité enfurecido. Oí pasos alrededor mío. Gruñidos y una conversación que no entendí. Me golpearon la espalda y grité más fuerte.
Me quitaron la tela de encima y la luz de un día ya avanzado me dañó los ojos. Estaba sobre un carro, entre tinajas de barro. Dos soldados estaban de pie a ambos lados y me sonrieron burlones. Uno de ellos me escupió y su saliva me empapó los labios y la barba del mentón. El otro me pisó los dedos de los pies. Exhalé un grito de impotencia. Estaba desnudo y tenía el cuerpo magullado. Al menos, la parte que podía ver. Noté mi miembro entero.
—¡Qué es esto! —grité. Forcejeé pero cada movimiento significaba una tortura en mis talones. Me habían amarrado la soga alrededor de la espalda y al moverme tensaba la parte que me cruzaba los pies, produciéndome un dolor agudo.
—Llama al mando, ha despertado —dijo uno. Me golpeó en un hombro, cayendo de costado. Sentí como el tendón de los talones crujía y aullé dolorido.
A través de las rendijas de las tinajas distinguí la cara de un hombre. Mi miraba con los ojos abiertos. Tenía el iris opaco y una expresión de sorpresa se pintaba en la parte de su rostro visible. Parecía mirar más allá de mí, a lo lejos.
—Dime, compañero, ¿qué ocurre? —le pregunté.
No respondió, tenía la mirada fija en el infinito.
Dieron un golpe al carro y su cabeza giró alrededor de su cuello cercenado. Solo era una cabeza, no había más.
No entendía nada. Pero lo peor de todo es que recordaba menos.
Aun notaba la bellota alrededor de mi cuello. Las rodillas la compactaban sobre mi esternón. Noté como los recuerdos afloraron a mí con rapidez. Gracias a la bellota.
Recordé haber bebido mucho la noche anterior. Contra un mando que en realidad eran tres. Mi hermana. El alcrento. El campamento. La hidra.
Me pusieron derecho y me echaron un jarro de orines tibios en la cabeza. Enfrente de mí estaba Alcido, montado a caballo, rodeado de su séquito de mandos. Me miraba ceñudo, hosco, irritado. Tenía la cara cubierta de polvo y algunos arañazos. Peor estaban los hombres alrededor suyo. Quien no lucía una brecha por la que manaba sangre tenía un miembro de menos, con el muñón ennegrecido. Tenían los rostros tiznados de hollín. Un repulsivo hedor a carne humana quemada emanaba de sus heridas.
—Sigue vivo, mi señor —dijo uno de los mandos.
—Ya lo veo, inútil —respondió Alcido.
—¡Mi hermana, mi anillo! —grité.
Alcido se permitió una sonrisa y luego escupió al suelo.
—Menos es nada —musitó dirigiéndose a su subordinado, borrando su sonrisa y mirándome con odio. Luego se dirigió a los mandos del ejército—. Vale, nos vamos. Ordena a la turba que se ponga en marcha.
—Están heridos, mi señor. No soportarán el viaje de regreso.
—Me da lo mismo. Para lo que sirven, no me importa que no llegue ninguno vivo.
Se dieron media vuelta y se alejaron.
—Darle de beber algo. A ese desgraciado sí lo quiero vivo —dijo Alcido.
Una joven enjuta y de huesos marcados se subió al carro con dificultad y con un jarra de agua y un cuenco. Llevaba marcado en el cuello el tatuaje de su profesión. Tenía el pelo negro, cubierto de hollín, y crespo. Lucía unas piernas esqueléticas y unos brazos huesudos. Tenía el rostro pegado a la osamenta, los ojos saltones. Escanció agua turbia en el cuenco y me lo acercó a los labios.
—Dime, muchacha, ¿qué ha pasado, porqué hay tanta muerte? —murmuré tras tragar.
—Un desastre, todo por culpa de ese bicho… —respondió tras comprobar que los guardias no nos miraban.
—¿La hidra?
—A ese no lo he visto. El de las alas, el negro.
—El alcronte, el demonio.
—¿Era un demonio?
Intentó escupir, dejando escapar un gargajo de sus labios tumefactos y la saliva seca se quedó colgando de su mentón.
—Habla, muchacha, ¿qué sucedió?
—Los hombres marcharon hacia la hidra al entrar la mañana. Pero el demonio se volvió loco, no respondía a las órdenes, atacó a los soldados.
Intenté reírme. Solo me salió una carcajada a medias. Un alcronte no es un animal que obedezca sin rechistar. Son seres inteligentes y malvados.
—¿Y el nigromante que lo controlaba?
—Eran dos, un hombre y una mujer.
—Sí, mi hermana Caudiona, ¿qué pasó? Responde, mujer, dime.
—Vomitó fuego y muerte. Se volvió contra los soldados, contra las bestias de cuernos enroscados, contra los carros, contra nosotras. Escupía fuego y muerte allá donde quisiera. Las armas no podían nada contra él. Las flechas no le afectaban, espadas y hachas no llegaban a tocarle.
—Mi hermana, ¿qué pasó con ella?
—Los brujos intentaron controlarlo. Cuando por fin lo pudieron someter y encerrarlo en la laguna, el señor Alcido ordenó matarlos. Estaba furioso, nunca le había visto tan enfadado.
—¿Cómo… cómo que ordenó matarlos? —pregunté con voz trémula.
—Gritó que la magia era traicionera, que los brujos nos querían matar. Flechas. Los cosieron a flechas.
—Flechas —repetí sin poder creerlo. Mi hermana muerta. No era posible, no podía morir así. Caudiona no.
—Tiraron los cadáveres al agua, junto con los restos calcinados de todo lo aquel demonio carbonizó. Flotaron, pero luego algo se los tragó. Las aguas se removieron y salió espuma.
—Y yo durmiendo la mona —me lamenté.
La muchacha me acercó de nuevo el cuenco y bebí de nuevo aquella agua con sedimentos. Tosí al atragantarme. Las ligaduras por mi cuerpo se tensaron y mis talones crujieron. Apreté los dientes reconcomido por el intenso dolor.
—Tu bellota…
—¿Así llamas a mi verga? —pregunté mirándola de reojo.
—El colgante. Le ha crecido una raíz cuando el agua la ha tocado. Acaso… ¿también eres hechicero?
Negué con la cabeza.
—Ayúdame a cortar estas cuerdas, mujer.
Se alejó de mí, con sus ojos saltones temerosos, mirando a su alrededor, temiendo que alguien nos hubiese escuchado. Los guardias seguían cerca, pero sin prestarnos atención. Los pocos soldados que quedaban se iban reuniendo en un corrillo a lo lejos. No quedaban muchos. Algunos carecían de una pierna. Otros la arrastraban calcinada, envuelta en vendas que cubrían el hueso desnudo del miembro. No eran muchos, poco más de dos docenas.
—Corta las sogas, mujer —rogué.
—Nos matarán.
—Quizá, antes o después. Tú ya no sirves para satisfacer, te echarán a los perros. A mí me torturarán. Te llevaré conmigo.
—Estás herido.
—Son rasguños sin importancia —mentí—. Escaparemos o moriremos rápido. Te ofrezco la libertad o una muerte rápida.
Dudó. Lo noté en su mirada que evaluaba con rapidez mi cuerpo.
—La libertad —susurré de nuevo al ver como apretaba los labios indecisa.
Miró detrás de ella. Los guardias que nos vigilaban se habían alejado para participar en la rapiña de los pertrechos de los muertos. No iban a quedarse sin su parte del botín mortuorio.
Sacó de entre los harapos que cubrían su cuerpo consumido un estilete ennegrecido.
—Lo encontré entre las cenizas de los caídos —explicó mientras manipulaba torpemente la diminuta hoja—. Es de metal. Mira cómo reluce.
—Apúrate, mujer —la urgí—. Me da igual dónde lo hayas conseguido.
Sus movimientos eran toscos. Con una mano sostenía el cuenco cerca de mis labios, derramando el agua sucia en el resquicio entre mi pecho y mis piernas recogidas, simulando darme de beber. Por detrás, cortaba las sogas que había a mi espalda. Cada movimiento suyo, cercenando hebra a hebra el grueso de la cuerda, hacía vibrar la que penetraba en mis talones. Apretaba los dientes, reprimiendo el dolor agudo que me recorría entero.
—¿Te duele? —preguntó alarmada.
—Tú sigue, mujer, tú corta, corta, corta.
—Ya está, ya las he cortado. Quedan tus pies.
Mis brazos cayeron inertes a los costados.
—Quítame la soga de los talones, de un tirón. Yo tengo las manos dormidas.
—Muerde —dijo dándome a mascar el estilete entre los dientes—. Te va a doler.
Estaba escuálida. Solo así se comprende el horrible sufrimiento que padecí. Tiraba sacando la soga centímetro a centímetro. “Está agarrada”, se lamentaba sudando. Las gotas de sudor se llevaban la mugre de su cara, mostrando una piel blanca y pecosa. La soga velluda arrancaba pedacitos de carne y coágulos de sangre que la salpicaban los brazos y sus harapos.
—Ya está —suspiró arrodillada frente a mí tras lo que me parecieron horas interminables de angustia—. Eres libre. Somos libres.
Intenté mover las piernas y los brazos. Respondieron bien. Lentos pero bien. Todo mi cuerpo crujía. Mis brazos crujían, mi cuello crujía, mi espalda crujía, mi cintura crujía, mis rodillas crujían.
Los guardias seguían inmersos en su reparto de buitres.
Saltamos del carro y rodamos acuclillados en dirección a un saliente rocoso. Trepamos entre las piedras y nos ocultamos. Necesitaba estirarme, estaba anquilosado. Yo, desnudo y cubierto de moratones y heridas, luchando por respirar. A mi lado la puta; sonriente, empuñando el estilete, embargada por el éxtasis de la huida.
—Tenemos que alejarnos, mujer.
Nos arrastramos entre las piedras de la loma, despellejándonos el vientre, las rodillas cuando podíamos gatear.
Pronto llegaron los gritos de alarma. Nuestra ausencia ya era conocida. Oí como Alcido bramaba pestes y maldiciones. Los guardias fueron degollados sin preámbulos, chillando como puercos.
—¡Braco, excremento de vaca! —gritaba enfurecido. Nos habíamos distanciado lo suficiente, ladera arriba, para poder asomarnos entre las rocas sin que nos distinguiesen. Además, estábamos tan sucios de polvo y tierra que nuestros cuerpos eran grises y casi mimetizados con el paisaje rocoso.
—¡Te mataré yo mismo, igual que a tu hermana! —vociferaba— ¡Chilló como la puta que era cuando la descuarticé!
Apreté los dientes y luego azucé a la muchacha a seguir avanzando, alejándonos de aquel lugar. Los gritos de Alcido se perdieron lejanos.
La muchacha pronto se dio cuenta de cuál era nuestra dirección.
—Volvemos hacia la laguna —musitó asustada.
—Hacia la hidra —añadí.
—Estás loco, vamos hacia la muerte, insensato —se detuvo.
Me volví hacia ella y descubrí el horror pintado en su cara sucia.
—Vete si quieres.
—Tú solo no puedes hacer nada.
—Ya veremos —respondí cogiendo entre mis dedos la bellota que me colgaba del cuello. Un pequeño brote verde empezaba a asomar por la parte superior. Las raíces inferiores se extendían rápido, en busca de una fuente acuosa, de un terreno fértil.
Ignoraba qué brotaría de aquel fruto, pero emanaba un tufo a hechicería antinatural que provenía de mi hermana. Si la bellota luchaba por sobrevivir, el espíritu de Caudiona aún se resistía a caer en el olvido, en la oscuridad de la muerte.
—Huyamos, te lo ruego. Nos esconderemos. Seré tu mujer, seré tu esclava, seré lo que tú quieras —imploró la muchacha tomándome del brazo.
Se deshizo de los andrajos que llevaba y me mostró su cuerpo huesudo cubierto de llagas y eccemas. No tenía pechos, solo dos minúsculos pezones hundidos entre las costillas. El sexo afeitado estaba cubierto de costras sanguinolentas. No quería ni pensar el hambre que debía tener ni cuánto tiempo hacía que su cuerpo no conocía el agua.
—Te daré hijos. Fuertes, grandes como tú, y muchos. Que no te engañen tus ojos, bien alimentada daré leche abundante y mi cuerpo te acogerá siempre que quieras —lloró.
La agarré de los hombros. Bajo mis nueve dedos su cuerpo palpitaba. Era un saco de huesos cubierto de piel tirante. Parecía que fuese a resquebrajarse de un momento a otro.
—Te lo ruego… —farfulló sumida en un llanto incontenible.
—Deja de llorar, muchacha —dije borrando aquellas lágrimas con los pulgares. Su cabecita cabía en la palma de mi mano—. Deja de llorar o agotarás la poca agua que retienes.
—Entonces… —se animó.
—Entonces… tú decides. Si esperas un tiempo, Alcido y sus ratas se marcharán. Si los sigues de lejos llegarás a algún pueblo. Allí podrás empezar una nueva vida. O puedes acompañarme.
—Acompañarte a la muerte, me pides.
—A la muerte, sí. La de la hidra.
La muchacha recogió de mala gana sus ropas y se sentó en una roca. Desvió la mirada hacia el grupo de soldados, unos puntos difusos en la lejanía, más abajo, que se afanaban como locos en encontrarnos.
—¿Por qué? —musitó sin mirarme— ¿Tanto aprecias la recompensa?
—No, mujer. El rey o su hija pueden morirse de asco, si no lo están ya. Quiero esa sangre, pero no busco gratitud o premios. Ya ajustaré cuentas más adelante con Alcido. Ahora quiero salvar a mi hermana.
—La bruja de pelo de paja.
—Sí, esa bruja es mi hermana.
—Era. Está muerta. Te lo dije. La ensartaron flechas hasta que su cuerpo pareció un erizo. Y luego trocearon su cuerpo. La bestia que tú dices dio cuenta de sus restos.
Miré la bellota y acaricié las raíces translúcidas. Buscaban un sustrato fértil. Solo había uno posible.
Eché un último vistazo a la ramera y me alejé en cuclillas.
—Está muerta —repitió a mi espalda alzando la voz—. Muerta, muerta. Loco idiota, ¿por qué no lo entiendes?