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domingo, 24 de abril de 2011

El brazo que te falta

—No sé ni para qué voy —me dije mientras caminaba hacia la casa de mi tía Dorothy.
La noche estaba bien cerrada y el ambiente húmedo presagiaba lluvia. El frío y el viento me obligaban a levantar las solapas de mi abrigo para cubrirme parte de la cara. No entendía por qué había salido de casa a estas horas, con este tiempo; mucho menos porqué iba a casa de mi tía Dorothy.
Detestaba a mi tía Dorothy. Nos había negado a mi madre y a mí un lugar donde descansar una noche como esta, años atrás, una en la que mi padre ebrio golpeó por última vez a mi madre. De eso ya hace algún tiempo (pero el tiempo ayuda a perdonar, no a olvidar).
Era de noche. Yo estaba dormida. Me despertó un fuerte golpe sobre la pared. Poco después oí llorar a mi madre y a mi padre chillando como un gorrino desangrándose. Siguieron varios golpes ahogados por la pared. Mi padre chillaba y chillaba y las paredes y el techo parecían deshacerse con sus chillidos, sus agudos chillidos de gorrino agonizante mezclados con los golpes graves, unos golpes graves que reverberaban sobre el suelo. Golpes fortísimos, golpes potentes, de hachazos sobre la cerámica del suelo. Uno de mis poster junto a la cama, ése que estaba sujeto a la pared con chinchetas, se desmoronó sobre mí. Luego mi padre calló. No se oyeron sus gemidos, no hubo más golpes sobre el suelo. Mi madre abrió la puerta de mi habitación al poco. El perfil de su cuerpo oscuro, casi negro, recortado sobre la luz del pasillo me hizo estremecer. Su cuerpo era una sombra espesa, una sombra deshilachada meciéndose en la brisa de la muerte. Tenía el pelo alborotado y llevaba agarrado del dedo pulgar una sección de brazo amputado, hasta más arriba del codo. Los tendones colgando, el hueso astillado rezumando médula; gotas espesas cayeron de una arteria vivaracha . Lo tiró al suelo, a un lado; el reloj de pulsera de mi padre, el que yo elegí en su anterior cumpleaños, golpeó el suelo y se quebró el cristal de la esfera. Mamá entró en mi habitación y se acercó a mí. Cerré los ojos. Un hedor a sangre y descomposición, a heces embadurnando carne recién cortada, me hizo regurgitar una bilis incandescente a mi garganta. Me cogió en brazos y salimos de casa. Yo simulé estar adormecida, aun cuando sus lágrimas goteaban sobre mi cara, aun cuando el hedor a heces y carne corrompida me hiciese regurgitar más bilis espesa. Simulé estar dormida mientras me llevaba en brazos por la calle.
—Buscaros otro sitio, aquí no podéis estar —nos dijo mi tía cuando aparecimos de madrugada, ella en pijama y yo con la braga y el camisón, delante de su puerta. No nos preguntó qué había ocurrido. Entreabrí un ojo y mi tía Dorothy se fijó en mí. Enarcó una ceja y levantó el labio superior, mostrando un colmillo amarillento, picado.
Mi madre suplicó y lloró pero mi tía Dorothy no dijo nada y cerró la puerta. Tiempo después recordé que mi madre estaba cubierta de sangre y pedazos de órganos y materia fecal fresca y que su pelo alborotado tenía astillas de hueso.
Tras deambular por las calles esa noche, un coche de policía nos recogió.
No volví a ver a mi madre. Yo simulaba estar adormilada y mis siete años de edad contribuyeron a la mentira. Recuerdo una casa de acogida, unos nuevos padres muy severos, un hermano que se divertía escondiendo restos de chicles recogidos de debajo de los asientos del tren, del autobús, de los inodoros, restos multicolores que escondía entre mi pelo cuando dormía y un perro de pupilas ambarinas y colmillos romos que me mordió en la cara y se comió un pedazo de mi oreja porque yo me había subido a su lomo y le había metido los dedos en los ojos. Mis recuerdos se fragmentan y se tornan difusos a partir de los nueve años. Las eminencias de batas blancas me han diagnosticado un desorden nemotécnico originado en la represión de experiencias traumáticas. Tengo un certificado que avala mi inferior desarrollo cognitivo. Al último doctor le pregunté si había visto uno de mis pendientes en el suelo. Cuando se agachó debajo de mí le pegué una patada en la boca. Mientras contenía la sangre de los labios rotos con su bata impoluta, me aparté el pelo de una oreja y le mostré el lóbulo ausente, la oreja cercenada por un mordisco canino.
—Ayúdame, mi amor. Soy Dorothy, ¿me recuerdas? Ayúdame, querida mía, ayúdame, Margaret —susurró al teléfono mi tía una hora antes.
Mi memoria será confusa pero recuerdo bien su labio superior levantado, evocando un canino amarillento y carcomido por el tabaco. No sé por qué acudo a su llamada; ella no nos ayudó entonces, ¿por qué habría de hacerlo yo ahora?
Y, sin embargo, llego hasta el portal del edificio ruinoso de tres plantas donde mi tía tiene su piso que era y es su hogar. Sigue viviendo en el segundo. El viento arrecia en la noche fría y húmeda; las ráfagas arrastran polvo que me daña la piel de la cara y me obliga a entrar dentro del portal sin pensar qué hago. La puerta que encontré abierta no cierra bien, raspa con el suelo, rechinando mil lamentos como mil son las piedrecitas que patinan en el gres. La dejo entornada, como estaba.
La luz del portal no se enciende. En la penumbra rota por cientos de sombras en movimiento distingo las escaleras que llevan al primer piso y me dirijo hacia ellas. El frío también se ha adueñado del interior del edificio y siento sutiles brisas que parecen provenir de debajo de los escalones, ascendiendo, internándose por los bajos de mis pantalones, lamiendo la piel de mis espinillas.
Cuando llego al rellano, dejo atrás la penumbra y la oscuridad se hace espesa; voy ascendiendo a tientas, sujeta a la barandilla carcomida con una mano y a la pared húmeda con la otra. El vaho de mi respiración se me clava como agujas en la cara y mis pasos producen ruidos que la negrura se traga al instante.
Llego hasta el segundo piso, el de mi tía Dorothy, y pulsando el interruptor de la luz del pasillo una bombilla se enciende despidiendo una luz informe, como una nebulosa fosforescente de bordes definidos, una gota de aceite luminoso que hace retroceder a las sombras oscuras. Camino hasta la puerta de la casa de mi tía y la encuentra medio abierta. Al abrirla para entrar, la luz de la bombilla titila y se apaga con un zumbido.
Una penumbra violácea surge del interior. Un hedor a hacinamiento y comida pútrida impregna un pasillo estrecho, iluminado al fondo, en un recodo, de donde surge una claridad rojiza que se mezcla con la oscuridad azulada que ahora me envuelve. Contengo la respiración, pues no quiero que la fetidez de la comida podrida evoque la imagen de la carne agusanada atravesando mis labios. Intento cerrar la puerta del piso tras de mí pero el pestillo dela cerradura está trabado y choca contra el marco de la puerta produciendo un golpe sordo mezclado con el ruido de astillas humedecidas aplastándose.
—Tía Dorothy —la llamo levantando la voz—. Soy Margaret, tu sobrina Margaret, ¿dónde estás, tía querida?
Durante unos segundos solo escucho los golpes del pestillo golpeando la puerta, cada vez más espaciados porque a cada acometida abro más y más la puerta para dar impulso y horadar con un crujido sordo el marco humedecido, y no sé por qué lo hago pero me siento disfrutar oyendo los quejidos de la madera astillándose, desgarrándose y el pestillo desclavándose del marco con cada tirón, seguido de un golpe sordo, un golpe húmedo, cada vez más fuerte, y más fuerte.
El último golpe deja encajada la puerta y no la puedo abrir. Tiro del manillar y no se abre. Una rendija asimétrica separa la negrura del rellano de la penumbra violácea del interior. En mi imaginación se asemeja a un humo espeso, voluptuoso, una repugnante viscosidad espacial de negrura infinita que lame la madera humedecida de la puerta y pugna por invadir este repugnante hogar y adueñarse de la penumbra morada del fondo del pasillo.
Camino por el pasillo estrecho. Dejo atrás la puerta abierta de la cocina después de mirar de soslayo. La luz titilante del interior de un frigorífico abierto, ilumina varios contenedores de plástico, cuyo contenido visto al trasluz, muestra a varias formas de vida chapoteando sobre gelatinosas salsas de colores oscuros.
Un siseo acompañado del ruido de unas babuchas arrastrándose por el suelo surge a mi espalda. Al volverme hacia la puerta no veo a nadie y al girarme de nuevo hacia el final del pasillo aparece, recortado tras la luz rojiza del recodo, el perfil de mi tía Dorothy; un cuerpo achatado y encorvado y regurgitante, surcado de protuberancias óseas que desfiguran su espalda. Sus babuchas se arrastran por el suelo hacia mí, convirtiendo su andar en un reptar desapasionado, carente de vida, como si el pellejo deforme que es su cuerpo fuese arrastrado por el suelo.
Llega hasta mí y un nauseabundo hedor a muerte y descomposición me envuelve y parece fagocitarme, engullendo el perfume con el que me goteé el cuello y las muñecas al salir de la celda del asilo. Una mano temblorosa, más un borrón oscuro y vibrante que una mano, se aferra a mi codo, por encima del abrigo, y sus uñas atraviesan mi abrigo y mi blusa y se clavan como agujas en mi carne, igual de palpitante que sus dedos, pues siento temor y aprensión y quiero marcharme de esta cueva donde habita un ser muerto ya hace tiempo. Un ser que ha muerto y cuyo cadáver se resiste a ser olvidado. Mi piel palpita porque tengo miedo, pero también frío. En el interior de la casa hace frío, tanto como en el exterior.
—Llegaste, querida. Ven, Margaret, ven conmigo, querida —surgen sus palabras de una rendija informe en la cara. Su aliento me irrita los ojos y me hincha la lengua dentro de mi boca.
Me tira del codo y me lleva al final del pasillo en penumbra y atravesamos el mar de azul oscuridad y nos internamos en la penumbra sanguínea tras el recodo.
Me hace sentar en un sillón de mimbre que cruje bajo mi peso y que exhala un gemido parecido a crujidos húmedos. A mi alrededor, en aquella estancia que es lugar de paso entre el pasillo de negros azulados y el dormitorio oscuro, se esparcen un tresillo antiguo, desconchado y cuyas patas en algún tiempo fueron roídas por alguna rata, un viejo televisor apagado con una raja diagonal que parte el cristal de la pantalla negra como un rayo en la noche. También hay una mesa camilla que se balancea y soporta un tapete de ganchillo a medio y una lámpara encendida cuyo fulgor es incapaz de atravesar la pantalla granate empolvada de insectos resecos, y que es la causante de la luminosidad sanguínea de la estancia.
La tía Dorothy se deja caer sobre el tresillo, a mi lado, y su cuerpo parece desmontarse, las juntas que unen sus miembros parecen desencajarse, sus brazos se agitan y sus piernas se balancean en el aire. La luz de la lámpara granate ilumina un rostro enrojecido, ajado, retorcido por los años, cubierto de una pelusilla que se torna densa y oscura en las comisuras del labio superior y en el mentón, a la manera de una gorda araña de patas cubiertas de púas negras y abdomen recubierto de pelusilla repulsiva. Las rendijas que son sus párpados apenas dejan entrever el blanco amarfilado de unos ojos descompuestos que lloran de continuo y cuyas lágrimas se acumulan en las zanjas de la piel y se pierden para siempre. No sé cuál será el destino de esas lágrimas, al igual que ignoro el de las migajas de saliva espesa que se escapan de la abertura longitudinal que es la boca desprovista de labios.
—Tu madre ha muerto, Margaret —dice con un remedo de voz.
—Murió hace años, tía Dorothy —respondo tiritando, cruzando los brazos y las piernas. El frío se adueña de mis articulaciones y las oigo crujir, desvencijándose como los engranajes de una muñeca de plástico. El aire no está frío, más bien el frío arrastra aire consigo a su paso. No me extrañaría ver aparecer una fina capa de escarcha empapando mi abrigo, un rocío de hielo que luego se agrietaría con mi tiritona.
—No, querida, tu madre ha muerto hoy.
Mi madre murió hace doce años en el penal de Sant Vicent, en el ala psiquiátrica. Se sacó los ojos y escarbó con sus uñas, horadando el hueso en el interior de su cabeza hasta alcanzar su cerebro. Llegó a arrancarse masa encefálica que encontraron dentro de sus puños cuando la descubrieron a la mañana siguiente. Murió en el completo silencio de una muerte que había esperado demasiado tiempo. Mi madre se cansó de esperar y encaró su destino.
No tengo ganas de contradecir a mi tía Dorothy. Aún no sé por qué he venido, solo sé que quiero marcharme. Me juré olvidar su existencia cuando aprendí a jurar y no quiero faltar a mi propia palabra.
Un silencio de minutos arrastrándose entre nosotras se esparce por aquel lugar de paso entre el pasillo azulado y el dormitorio rojizo.
—Decías que tenía que ayudarte —dije para sacudirme el frío de los labios—. ¿Para qué tengo que ayudarte, tía Dorothy?
—Tu madre quiere matarme, querida. Tu madre quiere matarme y yo la mataré a ella primero.
—Mi madre no quiere matarte, tía Dorothy, mi madre está muerta.
Tía Dorothy me miró un instante y luego desvió la mirada hacia el tapete para luego volver a posarla sobre mí. Sus pupilas eran casi indistinguibles detrás de sus párpados plegados.
Posó una mano sobre mi rodilla y un escalofrío me recorrió la pierna entera. Sus uñas estaban negruzcas y quebraron la fina capa de hielo que se había depositado en mi abrigo, aquella que yo había especulado e imaginado que aparecería y que, al final, había surgido. Sus dedos reptaron hasta mi ingle, subieron por mi cintura y se cernieron sobre mi pecho, abarcaron mi seno izquierdo y se atenazaron a la forma a través del abrigo. Pequeños fragmentos de hielo cayeron de las solapas de mi abrigo y tintinearon en sus dedos.
—No me engañarás, hermana —susurró inclinándose hacia mí, lamiendo con su lengua granulosa las cerdas del vello de sus comisuras de araña gorda—. Yo siempre fui la más lista.
Sus uñas se clavaron como alfileres sobre mi pecho, atravesando abrigo blusa y sujetador, penetrando piel y pezón. Su lengua me pareció silbar en el aire, bifurcándose y repartiendo ponzoña en el aire que respiraba.
Chillé horrorizada al notar como mi piel se desgarraba, como mi pecho se desprendía. Agarré su mano por la muñeca y me levanté del sillón de mimbre. Apoyé un pie en su pecho y tiré del brazo sintiendo como las débiles cuerdas que lo amarraban a su cuerpo cedían con un crujido de tensión desgasta, desgajándose como cables carcomidos. El papiro de su piel se desgarró y los huesos se descoyuntaron. Un chillido mudo surgió de aquella boca surcada de pelillos enhiestos, duros como cerdas, como barrotes que su lengua de ofidio intentó atravesar para dejar escapar un estertor agónico. Su otra mano se clavó en el pie que aplastaba su esternón y sus uñas atravesaron el cuero de mis zapatos y se introdujeron en mi carne.
Pero su brazo se tronchó y se separó del tronco. Mi tía Dorothy abrió los ojos soltando un bufido y sus ojos desencajados, sus dos esferas mates de amarillento contenido, surcadas de raicillas de venas azuladas, vieron su brazo separarse del resto de su cuerpo.
Un chillido surgió de la herida de su brazo amputado, un chillido malsano, corrupto, un chillido que acallé cuando me libré del brazo que había desgarrado mi pecho abriendo profundas laceraciones y también cuando me libré de la mano que inmovilizaba mi pie. Acallé el chillido cuando hundí mi pie en su cara arrugada.
Su único brazo se agitó en el aire, buscando a tientas mi pierna hasta que lo encontró y reptó por el muslo interior y sus dedos se hundieron en la carne de mi sexo. Sus uñas me desgarraron pantalón y braga, carne y tejidos. Al igual que la puerta del piso, impulsé mi pie para hendir su cara dentro de su cabeza. Fluidos y polvo surgían del interior de su cráneo deforme. Viscosidades gelatinosas mancharon la suela de mi zapato mientras la mano que me desgarraba mi feminidad iba perdiendo fuerza y el chillido iba muriendo al igual que su dueña.
Mi tía Dorothy se debatió unos segundos más para luego caer su cuerpo sobre el tresillo. Sentí los gargajos de sangre manar de mi sexo pero, al igual que los de mi pecho, las heridas cicatrizaron a causa del extremo frío. La escarcha cubrió el cuerpo inerte de mi tía Dorothy en poco tiempo mientras imaginaba a su espíritu abandonar aquella cáscara hedionda. De su brazo seccionado no goteó una sola gota de sangre y solo sobresalía un hueso ennegrecido, hueco por dentro, recubierto de una humedad viscosa que se heló en poco tiempo.
Tiré el miembro inerte al suelo y caminé como pude, con un pecho y una vagina echados a perder, hasta el pasillo y luego hasta la puerta. Necesité de un gran esfuerzo y el palo de una escoba para desencajar el pestillo del marco. Dejé la puerta abierta y salí al rellano. El humo denso y voluptuoso del exterior comenzó a invadir el interior de la vivienda, adueñándose de aquel lugar de desolación carente de vida. Un zumbido procedente de la bombilla intentando encenderse fue el único ruido que escuché mientras bajaba las escaleras, alejándome del piso de mi hermana Dorothy.
Salí a la calle y contemplé la ventana del rellano del piso segundo. Una débil luz titilaba.
Caminé de vuelta al asilo, donde me esperaba la cama calentita de mi celda. La hija que nunca tuve me estaría esperando, ansiosa de conocer los detalles de mi salida.

Oxígeno

Existe cierta confusión entre Alberto y yo sobre una inquisitiva cuestión lanzada por él mientras estábamos sentados la noche de ese sábado en un banco del parque. Me pongo a pensar y se me escapa la risa cada vez que pienso en lo bien que nos reímos aquella noche pero todavía no entiendo por qué solo recuerdo su absurda pregunta y no de qué nos reíamos tanto en aquel banco que ya no sé ni en qué parque se encuentra. Me duele la cara y me froto encima del vendaje que me la cubre. Cada vez que hago eso, un olor penetrante, desagradable, como carne fermentada bajo el sol, como heces recalentadas, surge del interior del vendaje.
Quizás, porque repito que la memoria se me escapa como el sudor de una tarde de verano, lentamente bajo el sol pero a borbotones cuando te refugias en la sombra…, digo que quizás la pregunta que me hizo Alberto me ocupó tanto la cabeza que al lunes siguiente o el lunes del mes que siguió —tampoco lo recuerdo—, acudí de mañana a la biblioteca municipal, donde me encuentro ahora.
Deambular entre las estanterías supongo que fue lo que hice, repito que se me escapan los recuerdos, incluso los inmediatos. Dentro de la biblioteca era complicado avanzar hacia los libros; el oxígeno parecía sustanciarse a mi paso entre las montañas de libros apilados, niños correteando, niños leyendo, niños riendo y madres y padres sentados sobre sillitas ridículas. Realmente nadaba entre cálidas y oleosas capas de oxígeno, sumergiéndome más y más con cada brazada, impulsándome hacia las profundidades de la biblioteca (todos me miraban pero yo no podía distraerme porque perdería el ritmo). Para tomar aire, bajaba levemente la cremallera y hundía mi cabeza dentro del interior de mi anorak, aspirando un aire rancio, pútrido y viscoso (hacía tiempo que no recargaba mi anorak con aire limpio). Los padres y madres que estaban sentados en las mesas cercanas —mesas bajas, estrechas, de patas cortas— cogieron a los niños que pintaban con ceras de colores y se los llevaron lejos, hacia la salida de la biblioteca. Chasqueé la lengua y meneé la cabeza, incapaz de comprender por qué arriesgaban la vida de sus hijos a las profundidades del cálido y oleoso oxígeno de la biblioteca sin algo tan básico como un anorak como el mío que les permitiera respirar. Algunos padres gritaron, pero sus chillidos resultaron ahogados por el oxígeno espeso. Les hice señas indicando que se procuraran un anorak como el mío, no hacía falta que se gastasen mucho dinero. Una madre me miró con aprensión pero asintió y corrió con su hija hacia la salida, supongo que en busca de unos anoraks para ambas a la tienda más cercana. Me rasqué las vendas sobre mi cara. El tufo de fermento cárnico se adueñó de nuevo de mi olfato.
Encontrándome solo en la biblioteca, solo yo y los libros, enterrando a intervalos regulares mi cabeza dentro del anorak para tomar aire, fui consultando textos, vademécums, mamotretos, manuales y tratados, aunque poco de eso había en la sección juvenil donde me encontraba. Aun así, perseveraba, buscando una buena pista que me diese la respuesta a la pregunta planteada por mi amigo Alberto. Era complicado obtener una respuesta cabal; el muy canalla se había trabajado la pregunta. La noche de ese sábado, luego de levantarnos del banco y salir del parque, recuerdo (me viene y se va la memoria, mi querida memoria, mi tierna memoria), digo que recuerdo que después de salir del parque nos acercamos a un rincón entre dos edificios, una callejuela estrecha, donde el relente de la noche nos encogió los pitos —creo que fueron los pitos— cuando los sacamos para mear. Luego empecé a gritar y no recuerdo por qué.
Desvié la vista de los libros y contemplé la cremallera abierta del bolsillo derecho de mi anorak; me di cuenta que disponía de menos aire del que había pensado, ¡qué fallo más tonto!, me había descuidado y ahora era seguro que tendría problemas a la hora de emerger de la biblioteca con aire suficiente. Subí la cremallera hasta arriba; debía racionar el poco aire aprovechable que me quedaba dentro del anorak, aire que iba sintiendo cada vez más rancio, más pútrido; aparte de no haberlo recargado, mi anorak no era de calidad: la propina de mis padres no daba para más. Pero la suerte me sonrió y posé mi vista sobre el volumen exacto de la enciclopedia que estaba buscando. Lo desencajé con dificultad de los otros (el oleoso oxígeno cada vez era más espeso o, seguramente, las fuerzas me estaban abandonando). Lo abrí al azar, esperando no encontrarme lejos de la palabra que andaba buscando. Grandes grupos de párrafos de letra apretada con una palabra inicial en negrita me sacudieron la vista. Grandes ilustraciones en blanco y negro, algo toscas, casi litográficas, me indicaron que no andaba desencaminado sobre la cercanía de la respuesta. Pero tenía prisa: el descuido del bolsillo abierto me impedía detenerme en las ilustraciones. Pasé las hojas con rapidez, meciéndose en abanico, agitando el oxígeno espeso a su alrededor, y se detuvieron al encontrarme una fotografía impresa en un grueso papel, encajada entre las páginas a modo de marcador de lectura.
La noche de ese sábado, en la callejuela, con nuestros pitos encogidos, creo que grité pero no recuerdo el motivo. Alberto salió corriendo, con la bragueta abierta, dejando un reguero por todas partes pero, ahora, mientras tomo la fotografía de entre las páginas del volumen, su pis era oscuro y su pito estaba arriba, en el cuello, y su bragueta abierta estaba en la boca y los engranajes de la cremallera eran sus dientes. Alberto se llevó las manos a la boca, de esto estoy seguro. Creo que grité enfadado porque me salpicó al volverse hacia mí. Yo tenía algo en la mano, algo largo y con mango, pringoso, no más grande que el suyo. Alberto parpadeó y su único ojo estaba desencajado por la perplejidad y su mandíbula se balanceaba inerte debajo de una de sus orejas; tenía la bragueta deshecha. O quizá no tuviese ya bragueta, al igual que ya no tenía uno de sus ojos; no sé, ya he dicho que me falla la memoria.
Era una foto antigua, en blanco y negro, muy borrosa, aunque no puedo asegurarlo porque empezaba a sufrir frecuentes picores en los ojos a causa del oxígeno urticante. Aparté varios brotes de oleoso oxígeno delante de mis ojos y pude distinguir mejor la foto. Era un niño, poco más mayor que yo, uno de antaño, quizá ya fuese viejo o, incluso, estuviese muerto y enterrado; estaba vestido de marinero para una comunión, una confirmación o un cumpleaños en una familia de posibles (es un traje muy socorrido). Tenía el gesto enfurruñado, y parecía molesto por posar bajo un ardiente sol de verano que había quemado hasta los bordes de la fotografía; tenía bien colocada su gorrilla y su chaleco con chorreras y pantaloncitos cortos, calcetines negros hasta las rodillas y botines de charol. Llevaba las manos en los bolsillos y miraba a un lado, disgustado. Parpadeó y me pareció distinguir una sombra de temor en sus ojos entornados, un leve rastro de duda en sus labios apretados. El niño me miró y luego señaló con un sutil gesto de su cabeza y sus codos hacia un lado, hacia el lugar que estaría a mi derecha. Giré la cabeza y me percaté de la presencia de un policía que iba acompañado de un señor vestido de blanco y azul. Después de mirarme unos segundos, cruzaron sus miradas y adiviné que ambos se habían dado cuenta que habían descendido hasta la biblioteca sin anorak. No me quedaba mucho pero les ofrecí el poco aire que quedaba dentro del mío. Negaron con la cabeza y me sonrieron con desprecio, arrugando los labios superiores y frunciendo el ceño. Comprendí que querían despojarme de mi anorak.
No recuerdo bien, como ya he dicho varias veces, qué sucedió con Alberto ese sábado. Repito que la memoria me falla y no sé si después de caérsele media cara se fue a casa a dormir o si se fue a otro lugar. Tampoco recuero qué hice yo. Solo sé que noté algo pringoso en un bolsillo del anorak y que me dolía mucho la cara.
El tipo de blanco y azul me puso la mano encima y yo me lancé sobre él; no estaba dispuesto a dejarme robar el poco aire que me quedaba. Forcejeamos hasta que el policía se alió con el de blanco y azul para robarme mi anorak. Mientras rodábamos por el suelo, me golpearon en el vendaje de la cara y un dolor fortísimo me sacudió entero, un dolor que me hizo recordar los recurrentes dolores que me asaltaban la cara desde la noche de aquel sábado. Quedé de rodillas, a merced de los dos ladrones; tenía aún entre mis dedos la fotografía del niño vestido de marinero que ahora me miraba con manifiesto desagrado.
Grité a ese par de energúmenos que querían robarme mi aire que me dejasen en paz pero el de blanco y azul se me echó encima y me agarró del pelo y sentí como se me iba el sentido; pero reuní fuerzas para continuar luchando por mi vida pues no iba a dejarme arrebatar tan fácilmente mi anorak. Conseguí levantarme y nadé con poderosas brazadas sorteando las mesas de la biblioteca, dejándolos atrás; pero también eran expertos nadadores. Como su corpulencia era mayor y estaban a punto de alcanzarme, cogí aire, me deshice del anorak y lo lancé lejos para despistarlos.
No hicieron caso de mi treta pues habrían adivinado que el anorak estaba vacío y que el único aire que quedaba era el de mis pulmones. Yo estaba muy cansado y me dolía mucho la cara, bajo el vendaje. Estaba llegando a la salida de la biblioteca cuando me alcanzaron y me tumbaron sobre el suelo. Me golpearon en el estómago y tuve que soltar el aire. Les grité que me dejaran en paz mientras con las manos intentaba atrapar los jirones de aire que se esparcían alrededor de mí. Les imploré que me dejasen salir de la biblioteca ya que me iba a ahogar si seguían reteniéndome allí dentro, sin aire que respirar, sin ningún anorak disponible.
Me colocaron boca abajo y me esposaron. Me arrancaron la fotografía que llevaba en una mano y me levantaron en el aire para sacarme a rastras de la biblioteca. El policía que me esposó me encerró dentro de una ambulancia que esperaba junto a la puerta del edificio; el hombre de blanco y azul se sentó junto a él en el otro asiento. Me tumbaron sobre una camilla y me amarraron con cinchas y muchas cadenas. Un corro de personas rodeó el vehículo y escupieron sobre los cristales, lanzaron piedras sobre ellos y el policía tuvo que enfadarse para poder salir de allí, asomándose por una ventanilla. Una enfermera me colocó varias pegatinas cableadas en la frente y me abrió la camisa con una tijera para colocarme más pegatinas de ésas por el pecho. Luego procedió a quitarme poco a poco el vendaje que llevaba en la cara. Cuando terminó, ninguno de los tres quiso mirarme aunque, uno tras otro, posaron su mirada sobre mí.
—Es demasiado para hacer aquí —murmuró la enfermera, frunciendo los labios—. Hay muchas zonas gangrenadas; no sabría ni por dónde empezar.
—Si por mí fuera le dejaría suelto con la familia de la víctima —dijo el de blanco y azul mientras metía mi anorak en una bolsa de plástico—. Yo no sé cómo un crío puede hacer esto a otro.
El policía tuvo que recurrir a una bacinilla para vomitar cuando del bolsillo de mi anorak se deslizó un trozo de la cara de Alberto y se aposentó en la esquina de la bolsa de plástico. Mientras el policía se limpiaba su tez pálida con un pañuelo, me giré hacia su compañero, el de blanco y azul, y le pregunté con cierta dificultad (no entendía por qué me costaba tanto hablar después de aquella noche):
—Oiga, mi amigo Alberto me hizo una pregunta y a lo mejor usted sabe la respuesta.
El hombre de blanco y azul me miró de soslayo.
—¿Cuánto tiempo puede alguien vivir sin boca?
—Dímelo tú —me respondió señalando con un dedo la superficie pulida de acero de una bandeja que tendió delante de mí.
Abrí los ojos al ver mi reflejo y contuve la respiración.

En la oscuridad

Tengo verdadero pavor a la oscuridad. También tengo fobia a los cuchillos, pero solo a los romos porque cuando están cubiertos de mermelada de frutas del bosque parece que te estés untando la tostada con coágulos de sangre viscosa, mezclada con jirones de músculo. También evito los terrones de azúcar, flotando sobre el café, absorbiendo toda la negrura del mejunje, para luego desaparecer dentro de la taza, regurgitando una burbuja de aire; luego remueves la cucharilla y notas el poso al fondo, como arenisca en tu taza que al tragar se te cuela entre una muela y el paladar.
Pero la oscuridad me aterra aún más. No es un miedo a estar en ella, a que te envuelva. Es la sensación de indefensión, la impotencia a sentirme incapaz de no saber qué me rodea. De tener que utilizar las manos para saber qué tienes delante, o qué se te acerca por detrás. De tener que depender de tu oído para saber de dónde viene ese ruido extraño, discordante en tu antes iluminado espacio. La noche no me asusta, el crepúsculo tampoco. Es la oscuridad firme, la negrura de una luna ausente, la habitación cerrada en la que no hay resquicios por donde se filtre la luz.
Ahora estoy en la oscuridad, la absoluta, la inmensa, la que cubre como brea espesa todo alrededor mío, brea espesa en la que estoy sumergido. He despertado hace unos diez minutos, o al menos creo que son diez; podrían ser más. Estoy tumbado y oigo los sonidos de mi respiración, de mi corazón, de mis tripas, de mi saliva al tragarla, de mis párpados al cerrarlos; todo retumbando a mi alrededor, multiplicándose, alzándose y mezclándose sin saber ya si ese ruido es mío o no. Sé que estoy dentro de algún lugar angosto, muy angosto. El olor a madera húmeda, revenida, impregna todo mi alrededor. Madera de barrica podrida, madera de tablón bajo mil lluvias.
Ya sé que no es un sueño y tampoco una pesadilla. Es la realidad. Trato de incorporarme, pero noto mis codos sujetos a mis costados y no puedo moverlos, por eso sé que estoy en un lugar muy angosto. Algo presiona mis manos sobre mi vientre. Es un tablón de madera que siento sobre el dorso de mis manos. Madera rugosa, húmeda, combada. Comienzo a respirar fuerte, sintiendo el aire húmedo rascarme la garganta. Sé que tengo abiertos los ojos pero, al cerrarlos, no noto diferencia: es la gran oscuridad. Trato de incorporarme de nuevo y me golpeo la frente con más madera. Grito frustrado. Grito con el convencimiento de que no servirá de nada, de que mi aullido solo servirá para martirizarme aún más, para convencerme de que estoy dentro de un ataúd, que me han enterrado mientras seguía vivo, mientras un hálito de vida rezumaba de mis labios o de mi nariz. Grito para enloquecer de puro terror porque ya nada importa. Grito porque mi aversión más profunda, la más enraizada dentro de mi ser, aquella de la que a veces me reía al imaginarla, ahora es real.
Tengo frío. Sigo voceando, pidiendo ayuda, pidiendo auxilio. Mis súplicas sonoras me envuelven, rebotando entre las paredes de mi cajón angosto. Termino por estornudar y luego toser sobre el tablón que tengo pegado a la frente; la humedad y el frío me han dañado la garganta. Siento como mis esputos aterrizan en mi cara, goteando de la tapa del ataúd, una lluvia de miasmas, algunas de las cuales están vivas y se mueven despacio entre mis labios. Pero ahora tengo libres las manos. Al toser mis brazos cayeron a los costados. Voy recuperando su sensibilidad, a medida que la lluvia de esputos sobre mi cara va amainando.
Un cosquilleo en mis dedos me indica que voy recuperando el tacto. Súbitamente, noto algo reptar por el dorso de una mano. Algo se mueve, silencioso, tibio, húmedo, desde los nudillos hasta la intersección de los dedos. También lo empiezo a sentir en la otra mano, son varios, son muchos. Me sacudo como una marioneta encajonada, intentando desembarazarme de los bichos. Ahora son más. Noto como rodean mis muñecas, arrastrándose por entre mis dedos. El rastro húmedo que dejan huele a cobre, a metal herrumbroso.
Es mi sangre. No hay insectos correteando por entre mis dedos, ni entre mis labios; es mi sangre manando en reguerillos coagulados. Al mover los dedos, siento varías astillas clavadas en el dorso de las manos, como alfileres que sujetaban mis manos a mi pecho, como un insecto enmarcado para el entomólogo.
Trato de mover el brazo para medir con los dedos la altura de mi ataúd. No puedo mover las manos mucho. Extiendo los dedos y noto ambos extremos, base y tapa, con los dedos meñique y pulgar. No hay mucho margen.
Entonces, los noto al alcance de mis dedos; no estaban lejos. Sonrío, luego me río y, por último, me sorbo los mocos y la sangre. A ambos lados de mi cuerpo hay dos objetos. Tras unos segundos de duda al palparlos, deduzco qué son. Uno de ellos es un mechero. El otro es un cuchillo. Palpo sus dimensiones, a veces se me escurren de mis dedos pringados de sangre viva. La hoja del cuchillo tiene punta —no es roma, gracias a Dios—, tiene filo y una pequeña sierra de dos dedos de largura. El mechero es uno de plástico, pequeño y manejable y, al agitarlo un poco, oigo algo que parece gas en su interior. Me río de nuevo. Toso otra vez. Más esputos cálidos sobre mis párpados; dejo que mis viscosidades salivales resbalen de mis párpados hasta mi mejilla. Noto mi garganta inflamada, hinchada.
Trato de encender el mechero. Respiro hondo, giro la rueda. Mi dedo resbala en ella por la sangre que lo embadurna. Giro otra vez. ¿Una chispa, he creído ver una chispa? Carcajeo y me afano en limpiarme el pulgar en la madera que me encierra. Sí, ahora sí. Giro la rueda y la llama se enciende. Y grito. Grito muerto de terror, de pavor, de horror. Suelto el mechero.
Porque he visto, durante un segundo, el infierno, el averno reducido a una caja estrecha como mis hombros, alta como mi pecho, larga hasta mis pies. Estoy desnudo, grandes heridas cubren mi cuerpo y una capa enorme y espesa de sangre negruzca se extiende por toda la base del féretro.
La oscuridad me ha envuelto de nuevo, privándome de seguir viendo el averno, mientras aún resuenan dentro de mi caja los ecos de mi grito. Hay una especie de odiosa crueldad en ello; mi más oscuro temor me protege del horror que han vislumbrado mis ojos. Hay veces que tu fobia se torna en tu mejor amiga, aquella que te consuela y te aparta de la locura, de la obsesiva diversión que pervierte tu mente. Aunque sólo sea para luego, considerándote salvado, darte una patada hacia ella.
¿Por qué a mí?, me pregunto. ¿Qué mal he hecho?, me lamento. Unas lágrimas recorren mis mejillas, cayendo por mis pómulos. Se enfrían con rapidez y solo añaden humedad al ambiente húmedo que lo envuelve todo. Pensar en una razón por la que me halle aquí es insultantemente banal porque lo importante es salir de aquí. Pero, tras haber visto fugazmente mi lamentable cuerpo y la estrechez de mi oscura morada, no puedo por más que pensar qué hago aquí. Ello me hace recordar mi noche anterior, cuando me fui a la cama, cuando me tapé con sábanas y colcha suaves, apoyando mi cabeza en una tierna almohada, amoldándose mi cuerpo en un mullido colchón, viendo en las paredes de mi dormitorio la luz filtrada por las rendijas de la persiana, iluminando las paredes de mi habitación. Entonces mi espacio era mayor, el lugar donde podía moverme era más amplio, más acogedor. Más lágrimas fluyen de mis ojos al abrirlos y las oigo gotear sobre la madera húmeda, con un ruido apagado al ser absorbidas por la madera húmeda que ahora me encierra. Al cerrar los ojos veo como las paredes de mi dormitorio se estrechan, la cama se hunde en el suelo, las sábanas y la colcha desaparecen. Me van comprimiendo mi dormitorio, las paredes me coartan, el techo cae hacia mí, aplastando mi aliento, impidiendo que pueda salir de mis labios, haciéndolo retornar de nuevo hacia mis pulmones. Quiero estirarme por última vez pero ya no puedo.
Grito de nuevo. De rabia, de impotencia, de desdicha. Pero, ¿y mis pies? Aún no los he sentido. Trato de mover uno, pero las sensaciones de mi cuerpo parecen perderse más allá de mi vientre, como si una vez cruzada mi pelvis me hundiese en un cenagal, un agujero negro dentro del cual se perdiesen mis piernas. No siento dolor ni frío en ellas, pero sé que están ahí, porque antes las he visto. Me esfuerzo por mover los dedos de los pies, pero mis esfuerzos se siguen perdiendo en la lejanía, como un eco resonando varias veces hasta enmudecer. Al fin, como una cerilla encendida en la lejanía, me parece imaginar una débil respuesta. La sensación va reptando por mis muslos, arrastrándose con dificultad por mis piernas hasta llegar a las rodillas. Noto un cosquilleo en mis tobillos y por último, el dedo gordo de un pie me saluda, emitiendo un famélico movimiento. Luego es el otro dedo del otro pie y, cuando me quiero dar cuenta, los demás dedos se doblan sobre sí, presionando sobre la tapa del fondo. Río y me carcajeo, exultante, sabiéndome poderoso porque mis deseos han alcanzado el extremo del ataúd, han viajado desde mi cabeza cubierta de esputos y sangre hasta la punta de mis extremidades. Grito de satisfacción, sí, de orgullo ante mi hazaña. Es una risa histriónica, algo rota, pero es una risa real, inmensa. Una sensación de calor me invade cada fibra de músculo de mi cuerpo, desde la base del cuello hasta los talones.
Y entonces me revuelvo en mi cajón con más fuerzas. No me quedaré aquí; puedo moverme, saldré de este oscuro sepulcro. Intento doblar las rodillas, pero no tengo altura, los talones casi ni se mueven al recoger las piernas. Siento dolor en las rótulas, despellejándose la piel alrededor de ellas al frotarla contra la tapa superior del ataúd.
Algo muy frío me toca la mano izquierda. Es el cuchillo, aún lo mantengo dentro de mi puño, apresándolo entre mis dedos, con el extremo inferior aserrado clavándose en mi dedo índice. No puedo ponerlo vertical. Recorro con un giro de muñeca la tapa superior con la punta del cuchillo. Oigo a la punta recorrer las vetas de la madera, valles y montañas de diferentes longitudes, más anchas al alejarse de los nudos. Y, entonces, la punta se hunde, se estanca en un zona blanda. Hundo la hoja con lentitud y siento atravesar la madera como si fuese carne reseca. Mis dedos resbalan en el mango y siento varias veces la mordedura de la sierra de la hoja entre ellos. Un cosquilleo me resuena en las uñas al chocar la hoja del cuchillo contra algo metálico o quizás pétreo. Remuevo el cuchillo, agrandando la herida sobre la carne reseca. Algo surge de la hendidura. Es viscoso y cálido. No sé qué puede ser.
Remuevo más la hoja intentado agrandar la brecha en la madera. Noto que el reguero de líquido caliente y espeso cobra fuerza, vertiéndose dentro de mi ataúd, sobre mi vientre. No importa. Es mi mejor oportunidad de salir de aquí; saldré o moriré ahogado, pero no moriré quieto. Rio y lloro, carcajeándome en todo y todos. Porque voy a salir, sí, porque voy a salir y mirarles con la cabeza bien alta. Pensaban que estaba muerto, bien enterrado, bien atrapado… ¡No! Saldré de esta tumba, maldita sea.
Me rechinan los dientes al topar el cuchillo con piedras mientras voy agrandando la herida de la tapa. Cuando no puedo continuar más, utilizo los dos centímetros de sierra del cuchillo para avanzar, para desgarrar esta madera podrida. ¡Chapuceros! Ahora veréis de lo que soy capaz. De repente oigo como la tapa se resquebraja encima de mí, sobre mi pecho, oprimiendo mi cuerpo; lo que hay encima pesa mucho. Casi no me deja respirar. Estoy casi encenagado en ese líquido que ha traspasado la tapa. Siento como me aplasta los dedos de los pies, sintiendo como los huesecillos de los dedos crujen, partiéndose como ramitas. ¡No importa, curarán, sí, curarán! Doblo las rodillas todo lo que puedo para que la tapa termine de rajarse. Las astillas me despellejan la piel y resbalan por mis rótulas al aire. Pero sigo doblando las piernas, oyendo como la madera se resquebraja más y más.
Con un rechinar ensordecedor la tapa revienta encima de mí. Se me clava en el vientre y la cara. La tierra húmeda cubre mis orificios y se mezcla con el líquido del interior del ataúd, enlodazando el interior. Y por, un instante, una bocanada de aire me sacude lejana. ¡La superficie está cerca! Me afano por emerger, reptar como un gusano, como una pútrida babosa. Noto como las astillas se me clavan por el vientre y los muslos, como desgarran mi piel y arrancan mi carne. ¡No importa, porque he conseguido sacar una mano al exterior! La tierra rellena el espacio que dejo atrás y parece un torbellino que me succiona, que me chupa al interior. Porque ahí no, maldita oscuridad: ahí no voy a volver. Voy a salir vivo, sí, la lo veréis. El aire se agota. La tierra ya me inunda la garganta y se instala en el interior de mi nariz. Las piedrecillas me arañan la cara y los ojos y me lastiman los labios, pero yo tengo que salir. Porque quiero vivir. Porque quiero sentir de nuevo el aire frío poniéndome la piel de gallina, el sol quemarme la espalda y la tierra bajo la planta de mis pies. Porque quiero de nuevo correr hasta quedarme exhausto, beber agua, comer pan, hacer el amor, besar otra vez.
Cuando me quiero dar cuenta estoy tumbado boca arriba sobre la hierba húmeda, escupiendo tierra, estornudando barro y mascando terrones de piedra fangosa y mezclada con raíces. La cabeza me da vueltas y no puedo evitar toser con tanta fuerza que los ojos me parecen estallar dentro de las cuencas. Cuando abro los ojos la tierra entre los párpados me araña los ojos. Pero una claridad me saluda en silencio. Es la luna, o quizás el sol en su ocaso, lo veo todo oscuro. No, es la luna, ahora distingo mejor las formas y los colores. Todo está borroso, pero es mucho mejor que la oscuridad de brea en la que me he estado ahogando, consumiendo.
Trato de ponerme de pie, pero algo me lo impide. Los brazos casi no me responden, mi espalda está firmemente anclada en la hierba. Un paisaje desolador me sacude cuando me miro el cuerpo de refilón. Entre las capas de tierra y de fango que me recubren, distingo numerosas heridas, tantas que el dolor que me provocan supera el umbral. Algunas son meros raspones, pero tras son más profundas, tajos en carne, gruesas astillas de madera sobresaliendo de mi vientre, incluso creo ver el hueso blanquecino en mis rodillas. Intento gritar pero solo consigo escupir tierra y vomitarla, mezclada con sangre y bilis. Si no puedo levantarme, al menos podré arrastrarme hasta un lugar concurrido donde pedir ayuda. Pero los brazos tampoco me responden, como si alguien me hubiese clavado los codos al suelo.
¿Es que voy a morir así, cuando he conseguido escapar de tan abominable prisión? ¿Acaso he llegado hasta aquí para expirar al lado de mi tumba? Quiero gritar de rabia, pero nada sale de mi garganta; la tierra habrá dañado mis cuerdas vocales, aún la noto entre mis dientes, como el azúcar insidioso que se aglutina entre las encías y el paladar ¡Qué destino más cruel: la vida se me escapa y no puedo hacer nada! Al menos, dentro del ataúd, tenía una meta que alcanzar. Casi no podía moverme, pero conseguí destrozar la tapa del féretro y pude emerger. Y todo, ¿para qué, para morir igual de atrapado, igual de coartado? Siento como la vida se me escapa por mis heridas, como la sangre mana de mi vientre y empapa la hierba sobre la que me asiento. ¡Pero yo quiero vivir! Intento revolverme, como dentro del cajón. Ahora sí tengo espacio, ahora sí puedo extender los brazos, las piernas. ¡Pero no puedo!
Y luego, al instante, llegan las convulsiones. Algo falla dentro de mí, como un cortocircuito. Me sacudo como un pelele. Siento como algo sube de mi estómago, un líquido que me quema el paladar y me abrasa los labios. Soy incapaz de retener mis esfínteres y oigo como los latidos gimen espaciándose, fundiéndose con el silencio reinante. Cuando mi visión se va oscureciendo, una luz lejana aparece en la periferia de mi alcance visual. Una luz que se acerca, aumentando su intensidad.
Pero para mí ya es tarde. El corazón ya se detuvo hace rato, dejé de respirar mucho antes. Ni siquiera puedo llorar. Ojala alguien lo pueda hacer por mí.
Vuelve la oscuridad, la temida oscuridad.

lunes, 7 de febrero de 2011

Consummatum incestus

—Papá, mamá, me da igual lo que penséis. Ya soy una mujer y, aunque vuestras opiniones son muy importantes para mí, no son determinantes. Y tampoco categóricas. Si os cuento esto, no es por agradaros o informaros, sino porque sois mis padres y creo que tenéis derecho a saberlo, pero no os creáis que ese derecho que os otorgo podéis usarlo para intimidarme con vuestras miradas fijas o vuestras poses interrogadoras.
La joven entrecruzó sus dedos enjoyados y depositó sus manos en el regazo. Pero luego, despacio, muy despacio, posó sus manos en el hueco que se formó al separar sus piernas, recogiéndose la falda. Había sido una suerte que le dejaran vestirse con aquel vestido, con sus anillos, con sus joyas, sin ataduras de ningún tipo, y lo iba a aprovechar.
Se dejó resbalar un poco más en el respaldo de la silla, arremangándose la falda, y disfrutó con una sonrisa satisfecha, entornando sus ojos, cuando notó el embarazo de sus padres al ver la mayor parte de sus muslos al descubierto y sentir los tirantes de sus hombros deslizarse por sus brazos, acariciando la piel. Descruzó las manos y se llevó un mechón negro que caía delante de sus ojos hasta detrás de una oreja, sintiendo como sus pendientes tintineaban al agitarse.
Soslayó la mirada del hombre y la mujer que estaban delante de ella y se regocijó al ver la turbación reflejada en sus rostros cuando volvió a converger sus manos en la falda, subiendo la tela más aún, más allá de la franja de piel que limitaba el recato, dejando atrás la provocación, internándose en el descaro. Notó bajo la tela el vello púbico encrespado aireado y se mordió el labio inferior al sentir como su interior se iba humedeciendo. Entornó los ojos de puro gozo, alimentándose del nerviosismo de su padre, del martirio de su madre. Ahuecó los hombros para permitir que la parte superior del vestido se deslizase, centímetro a centímetro por su pecho y detuvo el avance de la tela cuando advirtió un débil respingo en las caderas de su padre. Se miró los pechos y enarcó una triunfal sonrisa cuando vio aparecer en la costura de la tela el inicio de la oscuridad de su pezón derecho.
Consideró entonces, puestos sus progenitores ya en situación, continuar con su relato.
—No me golpeé con una piedra, ni me ocurrió nada extraño o traumático. Sé que os han dicho muchas cosas, porque muchos son los rumores que se cuentan en los pasillos, esos chismes de enfermeras maliciosas. Es verdad que muchos médicos de la ciudad han hablado conmigo, con batas impolutas y carpetas relucientes, andares apresurados y miradas graves; pero aún no han concluido, y no creo que lo hagan jamás. Y vosotros queréis una respuesta, ansiáis encontrar una respuesta. Matarías por una respuesta, seguro.
La madre se llevó las manos a la cabeza, en un intento de exteriorizar su repulsa, de buscar un apoyo en su marido. Pero, al ver que su gesto no provocaba ninguna respuesta por parte del padre, simuló colocarse el cabello y atusarse la coleta.
—Acudí a la poza por el extremo calor que había por la tarde. La llaman la poza de los suspiros y yo aún no sabía por qué.
Aquella tarde, las chicharras envolvían el aire con sus ruidos en el campo de al lado y, cuando salí de casa a tumbarme en el jardín bajo la sombra del abedul, en mi caminar, las sandalias levantaban un polvo seco, denso, que se resistía a posarse de nuevo en la tierra y que llevaba consigo el calor del suelo. Notaba bajo las suelas el polvo abrasador y, entre la corta distancia entre la puerta del patio trasero y el abedul, todo mi cuerpo estaba ya cubierto de pegajoso sudor. Me notaba húmedos los pliegues de los párpados y parecía que llorase lágrimas de sudor. Cuando me senté entre las raíces del viejo abedul, en el hueco que se amolda perfectamente a mis caderas, ese hueco caprichoso, forrado de musgo seco, me noté el cabello empapado. A lo lejos contemplaba el patio y a ti, mamá, tendiendo la ropa recién sacada de la lavadora, y a ti, papá, meciéndote en la hamaca, sesteando.
Las chicharras de los matojos del jardín, enmudecidas por mi caminar, volvieron a envolverme con sus ruidos persistentes, propagando su cantar hasta más allá del maizal que hay detrás del jardín, hasta más allá de la huerta del vecino. La sombra del abedul convertía el soporífero ambiente en soportable pero, aun así, el aire era abrasador, y mi sudor empapaba todo mi pelo, mi vestido, mis bragas, mi sujetador y hacía resbalar las plantas de mis pies fuera de mis sandalias. Mi saliva era espesa y remojaba mis labios con ella, sintiéndola evaporarse al instante. Me desprendí del sujetador y de las bragas y formé con las prendas una bola húmeda de tela y aros de metal que dejé sobre una raíz del abedul. Costaba respirar y el calor parecía irradiar del suelo, del musgo seco, del aire, incluso del mismo árbol.
Decidí entonces acercarme a la poza. Salí del jardín por la puerta trasera y no os distéis cuenta. Caminé por el sendero entre los maizales, cuya longitud producía una sombra que solo me llegaba hasta el cuello. Agitaba frecuentemente el vestido, despegándolo de mi piel, y el aleteo de la tela húmeda lo enfriaba, y al posarse de nuevo en mi piel, me estremecía ante el único bienestar que podía procurarme. A lo lejos, muy a lo lejos, se oía un tractor y las omnipresentes chicharras cantaban a mi alrededor. En el cielo, una nube oscura, solitaria, se acercaba despacio, pareciendo desgajarse en pedazos a medida que avanzaba. El polvo que levantaba mi caminar se adhería a mis pies y mis piernas y enmudeció con rapidez el sonido de succión que el sudor de las plantas de mis pies provocaba en las sandalias.
El agua de la poza, la poza de los suspiros, estaba oscura y serena. Los juncos se combaban hacia la superficie y el amarillo de las hierbas resecas aledañas dio paso al verdor vivificante que emanaba alrededor de la poza, enmarcada por una floresta de hierbas salvajes, moras y frambuesas silvestres, grosellas y bayas mezcladas con ramas espinosas, todo cubierto y oculto por varios sauces llorones cuyas hojas alargadas y densas se inclinaban en busca del agua. Sus hojas parecían en verdad llorar y el agua que tenían debajo eran sus lágrimas derramadas. La humedad de la poza era fuente de vida y de calma, de reposo y transición. De cambio.
Me quité el vestido y me descalcé y me sumergí sin dudarlo en el agua negra y tibia de la poza.
Delirio, frescor, éxtasis… Quizá las palabras no sean argumento suficiente para describir aquel momento de gozo que sentí al meterme en el agua; agua que quizá proviniese de las lágrimas de los sauces. Parecía como si el calor huyese de aquel remanso ovalado, un oasis en medio de la cruel y fogosa tarde. Hundí varias veces la cabeza en el agua y a cada inmersión iba deshaciendo más y más capas de polvo que se habían cuarteado en mi piel, emergiendo aún más limpia que antes, aún más pura, aún más inocente. Porque necesitaba recuperar la inocencia, papa, la inocencia que había perdido, mamá.
Suspiré ensimismada en mi propio placer y comprendí porqué se llamaba la poza de los suspiros.
Apoyé los codos en un saliente rocoso con aspecto de neumático derretido y agité las piernas en la superficie, riendo como una chiquilla, salpicando todo a mi alrededor, feliz como una niña que descubre de nuevo la felicidad que creía haber perdido. Porque volvía a ser una niña, papá y mamá, una niña inconsciente, atolondrada, irreverente, ociosa, cuyo único afán era disfrutar de las sensaciones placenteras que me regalaba la vida y que, en ese momento, la poza, con su agua espumosa y los juncos combados y las hojas de las sauces agitándose con mis pataleos, reunía sin lugar a dudas. Las sensaciones de la poza de los suspiros.
¿Podéis creer que me quedé dormida? Sí, igual que una niña que se ha cansado de jugar y chillar, de reír y cantar. Apoyada en mi piedra-neumático, flotando mi cuerpo desnudo, emergiendo mis atributos de niña-mujer, me quedé traspuesta. Era un duermevela, la típica modorra del atardecer, un paso ligero y huidizo entre la vigilia y el sueño, infundido por el calor sofocante y la placidez de aquel oasis.
Y llegó Tomás. Mi hermano Tomás. Vuestro hijo Tomás.
—Hola, mi reina del agua —me saludó.
Parpadeé varias veces desembarazándome de la confusa modorra y aprecié que estaba desnudo, igual que yo, igual que otras veces. Me sonrojé como la chiquilla que era al ver su sexo envarado, despuntando de su fronda oscura, ridiculizando los juncos combados que le flanqueaban. Apartó varias ramas del sauce que tenía detrás de él y se introdujo a mi lado en el agua. Yo no quería, mamá, porque estaba desnuda y era una chiquilla. Pero Tomás tenía el cabello fosco y cubierto de polvo y quería bañarse.
—Frótame en la cabeza, mi reina, que tengo el pelo muy sucio —dijo mi hermano acercándose a mí.
Mis dedos desenredaban su cabello, emergiendo burbujas que exhalaba por su nariz y su boca. Y, mientras, sus manos descendían por mis costillas y se ceñían al contorno de mis senos. Sus uñas rozaban mi piel y dibujaban el contorno ovalado de mis pechos, imprimiendo una fina línea que iba recorriendo mis senos, acercándose con ineludible precisión hacia mis pezones. Sus caricias me provocaban risas y lamentos, carcajadas y resoplidos, porque sentía sus dedos bajo el agua alcanzar con cada vuelta recorrida mis pezones inflamados. Y, cuando al fin llegaron a la corona de mis senos, deteniéndose en la piel tirante y pellizcándolos, una inexplicable risa me invadió, una sucesión de carcajadas me obligó a reír dichosa. Tomás, mi Tomás.
Quizá fueron cuatro minutos, seguro que menos tiempo, pero a mí me lo pareció así, y luego mi hermano ascendió impulsándose en mis hombros, surcando el aire con su cuerpo limpio, aspirando una gran bocanada de aire, mirándome con sus ojos de mora silvestre, arañando mi vientre y mi pecho con su sexo envarado, como un arado que hiende la tierra y la abre para permitir que el aire la oxigene.
—¡Reina mía! —exclamó para luego volver a hundirse en el agua, su piel contra mi piel, dejando una estela flamígera con su sexo en mi piel a medida que descendía.
Aprisionó mis caderas con mis manos mientras hundía su cara en mi sexo, ahí abajo, insondable, bajo el agua. Y me hacía cosquillas con su nariz y yo reía fuerte, muy fuerte. Sopló con fuerza en mi interior y las burbujas afloraron a la superficie como nenúfares preñados de regocijo. Y yo agitaba las piernas y Tomás me las abría más y más para permitir que las burbujas que encerraban su aliento me recorriesen todo mi sexo, escarbando en mi interior, deslizándose por mi piel para ascender a la superficie.
Porque, papá, mamá, Tomás me decía que yo le hacía feliz, y así me sentía yo también, como la chiquilla más feliz sobre la tierra y el agua. Porque hacía feliz a mi hermano.
Tomás emergió y yo me apoyé en la piedra-neumático con los codos, sonriendo, mientras Tomás me rodeaba con los brazos. Su cuerpo pegado al mío, su sexo envarado presionando sobre el mío, sus pezones convergiendo sobre los míos. Su aliento era cálido y me infundía pensamientos arrebatadores. Su nariz resbalaba sobre la mía y sus labios rozaban los míos. Y sus ojos de mora silvestre me miraban risueños y me decían que todo estaba bien, que la vida era un placer y que merecía la pena disfrutarla en compañía.
De modo que le abracé alejándome de la piedra-neumático y los dos nos hundimos en el agua de la poza, en la negra y tibia agua de la poza. Mi cabeza apoyada en su cuello, sus manos ahuecándome la nuca. Nos hundíamos cada vez más y más. La claridad superior se fue difuminando y el agua nos iba envolviendo más y más a medida que descendíamos en el interior de la poza. Los débiles jirones de luz que aún quedaban se oscurecieron y la negra e insondable poza fue acogiendo nuestro descenso.
Yo era feliz, papá, yo era feliz, mamá, y Tomás era feliz; porque yo sabía que le reconfortaba mi abrazo y se refugiaba en el calor de mi cuerpo a medida que la densa oscuridad nos envolvía y el agua iba sepultándonos más y más. Y no dejó de abrazarme ni yo a él, ni dejó de ahuecar su cara en mi cuello, fundiéndonos en la negra noche de agua.
Pero desperté. Maldita sea, asqueroso tractor del infierno. Su ruido inmundo y su pedorreo de gasóleo quemado me devolvieron a la mierda de vida que sigo viviendo, la que me toca vivir ahora, sin Tomás.
Salí del agua y me vestí con el inmundo traqueteo del tractor cercano, escupiendo ventosidades al aire. Mascullé imprecaciones y odié profundamente al conductor mientras me calzaba las sandalias y caminaba de vuelta a casa. Supongo que, aquel que condujera el tractor, me vio alejarme de la poza. El horrendo sol me secó el vestido húmedo, porque húmeda estaba mi piel al salir de la poza de los suspiros, y al llegar a casa ya no conservaba ningún vestigio de humedad en mi cuerpo ni en mi vestido. Y el recuerdo de Tomás ya se había desvanecido y consumido bajo aquel calor infernal.
—Y ahora decidme, papá, mamá, ¿por qué tuvo Tomás que ahogarse en esa poza? Porqué nadie estuvo cerca cuando se cayó dentro, porqué aún sigue sin señalizar, sin cercar, sin drenar, sin secar, sin tapar, ¿por qué se permitió que muriera mi hermano Tomás?
El hombre y la mujer no respondieron. Solo se miraron y las lágrimas afloraron a sus ojos y resbalaron por sus mejillas y luego se levantaron, se acercaron a su hija y se arrodillaron frente a ella. Fue la madre quien habló, porque el padre, al preguntar, se le quebró la voz al empezar a hablar. Un enfermero se acercó al ver la poca distancia que había entre la interna y los visitantes pero otro enfermero, que esperaba en la otra esquina de la sala, le disuadió con un meneo de cabeza.
—No, hija mía, no —sollozó la madre— ¿Por qué mataste tú a Tomás? ¿Por qué le ahogaste en la poza?
—¿Yo maté a Tomás, dices? —susurró la joven para luego emitir un falso suspiro, dibujando una sonrisa—. Quién sabe, quizá tengas razón, mamá, o quizá fuese él quien me matase primero, muchas veces, quizá no fueron los sauces que rodeaban la poza quienes lloraban y que mi piedra-neumático tuviese otro fin distinto al de apoyarme en ella… Por cierto, ¿cómo está mi niño? Ya tiene que haber empezado a ir a la guardería. Seguro que es el más guapo de todos, ¿a que sí, mamá? Tiene los ojos muy bonitos, ¿no es cierto?
La madre no respondió. La joven sonrió, acercando su rostro al de su madre, deleitándose en el horror que empezaba a florecer en los ojos de su progenitora.
—¿Sigue teniendo mi hijo esos ojos de mora silvestre que tenía el tuyo?
Y la madre, tras parpadear durante varios segundos, emitió un alarido que sacudió la sala entera. Un alarido que heló la sangre a los enfermeros e hizo estremecer el alma de su marido. Un alarido que provenía del convencimiento de haber engendrado a dos seres infrahumanos, crueles y horrendos.
Los enfermeros, tras reponerse de la impresión, redujeron a la joven que empezó a carcajear de pronto y la volcaron al suelo y la maniataron y la sacaron a rastras de la sala mientras seguía riendo, brotando siniestras risotadas de su boca desencajada. Y las risas se seguían oyendo, cada vez más lejanas, mientras, en la sala, el padre intentaba calmar a su mujer, la cual ya solo emitía débiles chillidos de agonía.

Necesitábamos el dinero

———PRÓLOGO———

—Bueno, preciosa, puedes empezar diciéndonos tu nombre.
—Me llamo Al… ¿tengo que decir mi nombre o me invento uno?
—Como tú quieras.
—¿Aún estamos grabando?
—Así es, guapa. Aquí no hay cortes ni repeticiones. Una sola toma.
La mujer tragó saliva y bajó la vista hacia sus manos, colocadas en su regazo. Jugó unos segundos con sus dedos.
«La alianza», pensó, dándose cuente del anillo en su dedo. Intentó sacárselo y descubrió horrorizada que estaba bien sujeta.
—¿Podéis cortar un segundo, por favor? —preguntó alzando la mirada hacia el entrevistador detrás de la cámara.
El entrevistador negó con la cabeza sonriendo.
—Es que… bueno, el…
No quería mostrar el anillo a cámara. No éste.
Otra negativa por parte del hombre sonriente.
Tragó saliva y ocultó las dos manos entre sus muslos. «Lo mismo da», se lamentó la mujer, «, la alianza se verá, antes o después».
—Me llamo Alex y tengo 32 años. Estoy casada y, como podrán ver, soy pelirroja.
—¿Pelirroja natural? —preguntó el hombre.
La mujer miró fijamente al hombre comprendiendo el contexto de su pregunta. Parpadeó varias veces.
Luego asintió con la cabeza.
—¿Nos lo demuestras, Alex?
Un rubor intenso afloró a las mejillas de la mujer. Miró hacia los lados y barrió con la mirada a los electricistas, a los ayudantes de cámara y sonido, al encargado de iluminación, al entrevistador…
Y entonces lo vio. Los ojos de la mujer se abrieron enormes y sus labios se entornaron. Una palidez extrema borró el sonrojo de su cara. Su mentón comenzó a temblar. ¿Cómo no lo había visto antes?.
—¿Es… está bien sujeto?
El presentador le señaló con la mirada el cartel que tenía a sus pies.
Alex leyó: “Única regla: No existe. No lo mires. No le hables. No lo menciones”.
—¿Nos demuestras que eres una pelirroja natural, Alex?
La mujer se obligó a cerrar la boca y volvió con lentitud la mirada hacia el entrevistador.
—Pelirroja… —murmuró la mujer mientras se levantaba de la silla y se llevaba las manos al cinturón.
Se lo desabrochó con movimientos torpes. No atinaba a deslizar la presilla al principio. Miraba a la cámara, pero no podía dejar de captar por el rabillo del ojo a aquella enormidad.
Se desabotonó el pantalón y se lo bajó hasta la mitad de los muslos. Cuando se tocó las bragas para bajárselas, se dio cuenta con un pavor insufrible que una mancha de orina las había empapado. La mancha continuaba extendiéndose bajo sus dedos titubeantes. Aún estaba caliente.
Aquello, lo que fuese, levantó la cabeza y husmeó en el aire captando el aroma de la orina de la mujer. Una hilera de dientes amarillentos y descomunales se dejó entrever entre sus belfos. Abrió los ojos y fijó su mirada ambarina en la mujer que mostraba su sexo cubierto de vello anaranjado a una cámara que se acercaba más y más, en un plano detalle.
La mujer notó como las lágrimas comenzaban a rebosar sus párpados y discurrían por su mejilla sin control.
Por el rabillo del ojo captó como la bestia se había desperezado y tenía la mirada fija en su cuerpo semidesnudo. Las piernas le temblaron, el vientre se tensó y no notó como el pis manaba a chorro de entre sus labios salpicando la cámara.
Solo notó su completa evacuación cuando oyó un repiqueteo a sus pies.
—Lo… lo siento —balbuceó.
El entrevistador negó con la cabeza, sonriendo y quitando importancia al hecho.
—¿Qué tal si te quitas el resto de la ropa, Alex?
La mujer se secó las lágrimas de la cara con los antebrazos y volvió a mirar al entrevistador.
—Todos queremos ver tu escultural cuerpo desnudo —insistió el hombre.
La mujer asintió y, tras secarse las manos en la chaqueta, comenzó a desvestirse.
 

———CAPÍTULO 1: ALEJANDRA. DIEZ DÍAS ANTES———

Necesitábamos el dinero. Solo así se comprende la locura en la que nos metimos Carlos y yo. Poco menos de un año antes le habría escupido en la cara y, al salir de aquella maldita fiesta, Carlos le hubiera dado una paliza.
Pero, ante la insólita proposición, mi marido y yo nos apartamos en un rincón para deliberar.
—Deliberar, deliberar, ¿qué coño hay que deliberar? —le pregunté cuando nos supimos fuera del oído de los antiguos compañeros de instituto.
—Me asombra que ya tengas una respuesta —me recriminó Carlos.
—Necesitamos la pasta, joder —le dije sin preámbulos—. Hace una semana que no pongo la lavadora porque no tenemos ni detergente y, ahora me sales con que hay que deliberar.
Carlos calló y me miró. Yo buscaba un apoyo, unas palabras de ánimo, un “tienes razón, cariño”.
En su mirada no hubo nada de eso.
—Me dan ganas de llevarlo a rastras afuera y darle una paliza —masculló Carlos en su lugar, apretando los dientes y buscando con la mirada a Pedro.
Lo miré con la cabeza gacha y terminé por bajar la vista hacia el combinado que tenía entre las manos. Hacía casi un año que no probaba el alcohol. En realidad hacía casi un año que no entraba en ningún bar.
—Son treinta mil —murmuré para mis adentros, aunque Carlos me escuchó.
—Da igual la cifra. No estoy seguro, no le tengo claro —dudó él.
Di un paso acercándome a él y alcé las manos para rodearle por la cintura. Claro que yo tampoco lo tenía claro. La diferencia era que él expresaba su temor y yo me lo guardaba.
—Si tienes dudas, buscaremos otra forma de salir adelante —le dije.
Le sonreí mientras me pegaba a él y presionaba con mi cuerpo. Sentí como algo comenzó a crecer en su entrepierna a medida que la presión de mis senos sobre su pecho se hacía más fuerte. Me miró a los ojos y contemplé el mismo destello verdoso que me enamoró un día, años atrás. Me habló y su voz sonó ronca, profunda, erótica.
—Dios, Alejandra, te quiero demasiado.
Me tomó por la cabeza y la sujetó mientras me besaba con dulzura. Besos hondos, pasionales. Más abajo, su sexo continuaba creciendo sin control. Tuve que apartarme. No podía permitir que aquello avanzase. Pero, mierda, cómo deseaba tumbarle sobre el suelo y explorar con mi lengua toda su piel.
—Sólo hay que pensar en el dinero —le susurré mientras recorría con un dedo el contorno de su cara. Noté como su excitación era máxima. La mía tampoco se quedaba atrás. Pero había que pensar fríamente—. Sólo es dinero, Carlos.
Me miró de arriba abajo. Sentí una punzada de vergüenza cuando sus ojos se posaron sobre la bisutería plástica que colgaba de mi cuello. Supe que estaba recordando aquella tarde en la que tuvimos que empeñar mis joyas. Solo quedaban nuestras alianzas. Sus ojos se empañaron y parpadearon varias veces, sus labios se curvaron hacia abajo, su frente se arrugó…
—Eh, eh, por favor —le animé tomando su mentón con mis dedos, obligándole a mirarme—. Aquí no o yo también me pondré a llorar y no sé qué sería peor.
Afirmó con la cabeza y me abrazó, hundiendo su cabeza sobre mi cuello. Dejé el vaso en una mesa cercana y respondí a su abrazo con otro. Al instante, empecé a oír su llanto monocorde.
Quien ha oído llorar a un hombre como Carlos sabe que no llora sin motivo y que la gravedad de la situación era enorme. Se me encogieron las tripas y me temblaron las piernas. No podía soportar oír a mi marido llorar. No más veces. Intenté contener mis propias lágrimas pero fue inútil. Él apoyaba su cabeza en mi cuello y yo en el suyo.
Nuestros lloros no nos consolaron. Carlos sorbió por la nariz y despegó su cara de mi cuello. Yo saqué un pañuelo arrugado del escote y sequé sus lágrimas y luego las mías.
Carlos carraspeó alzando la mirada detrás de mí. Le miré sin comprender. Me volví y mi cara cambió de inmediato. Así debió ser porque Pedro también lo vio.
—Caramba, Alex, has cambiado la cara en un instante —sonrió.
Busqué con desesperación detrás de mí la mano de Carlos. Encontré su puño vibrante.
Mantuvimos las miradas unos segundos sin decir nada.
—Bueno, ¿qué? —preguntó manteniendo su falsa sonrisa.
Noté como Carlos presionaba detrás de mí, a punto de abalanzarse sobre él. Lo retuve con esfuerzo.
Pedro ladeó la cabeza. Aquella situación parecía divertirle. Maldito sádico libidinoso.
—Veo que hay divergencia de opiniones —dijo él.
—Ya lo hemos decidido —oí a Carlos detrás de mí con voz monocorde—. Aceptamos tu proposición.
El mundo se me cayó a los pies. Carlos me sujetó por la cintura cuando notó que me iba abajo.
Nuestro destino estaba sellado.
—¿Es eso cierto? —me preguntó Pedro al verme palidecer.
Afirmé con la cabeza intentando mostrar algo de entereza.
Pedro palmeó sus manos y las frotó complacido mientras me miraba con esos ojos babeantes. Se me revolvieron las entrañas y la bilis me subió hasta la garganta del asco que me producía aquel ser.
Tragué saliva y noté un ardor descender hacia mi estómago. Era mi bilis pero también mi orgullo.
—Vale, a ver si me ha quedado claro —sonrió Pedro—. Tú, Carlos, consientes que tu mujer Alex, o sea, Alejandra, participe en una sesión de sadomaso donde la torturaré, afligiré y reventaré sus vergüenzas. Grabaré todo y distribuiré la cinta al mercado o donde yo quiera. Estás aceptando eso, ¿no?
Carlos se me escabulló. Se abalanzó sobre Pedro sujetándole por las solapas del traje.
—Te mataré, hijo de puta —le susurró mirándolo a los ojos.
Gemí desesperada. Jamás había visto a mi marido tan furioso. Era muy capaz de cumplir sus palabras.
Pedro, sin perder su sonrisa, se sacó una pluma y un talonario de su chaqueta y se los mostró a Carlos, agitándolos delante de sus ojos.
—¿Me dejas, por favor?
Carlos aflojó su presa y giró la cabeza para mirarme confuso. Derrotado. Golpeado. Humillado.
Pedro se deshizo de las manos de mi marido y se alisó el traje sin perder un ápice de compostura. Abrió el talonario y comenzó a rellenarlo.
—Cincuenta mil —dije con voz firme mientras él garabateaba.
Ni siquiera levantó la vista para mirarme. Siguió escribiendo, firmó y arrancó el cheque que me tendió junto con una tarjeta que sacó de dentro de un bolsillo.
—Ahí van la mitad, veinticinco mil euros.
Miré la cifra. Un dos, un cinco, tres ceros, una coma, dos ceros, un signo de almohadilla. Su firma. El número de serie del cheque. Mi nombre en el portador, Alejandra Sigüenza Aldreros. La tarjeta contenía el nombre de la empresa, una dirección de email y un número de teléfono. Producciones Imaginativas S.L.
—¿Y yo? —pregunté levantando la vista hacia él—. A mí no me has preguntado si yo acepto tu proposición.
Pedro se guardó la chequera y la pluma y se dio la vuelta echando a andar hacia los demás invitados de la fiesta.
—Tú lo estás deseando, pequeña putilla —murmuró mientras se alejaba.
 

———CAPÍTULO 2: CARLOS. UN DÍA ANTES———

—Acabo de llamar a Pedro —dijo Alejandra cuando volví con la compra.
Era fantástico volver a casa trayendo varias bolsas con la compra. Era fantástico disponer de dinero. Pero cuando me recordó de dónde provenía, se me agrió la cara.
—¿Y no podías haber esperado algo más de tiempo?
Alex estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas. Apoyaba la cabeza en una mano. Bajó la mirada sin atreverse a mirarme.
—Ya lo hablamos ayer, Carlos —susurró mientras sus ojos comenzaban a empañarse—. Cuanto antes ocurra, mejor, ¿no?
Me enfurecí. No sé por qué y si Alex me hubiese preguntado la razón por la que exploté, no habría podido explicarlo.
Discutimos durante varios minutos. Yo alcé la voz, ella también. Nos insultamos, nos dijimos cosas que ninguno quiso decir.
—¡Parece que lo estés deseando, joder! —grité mientras iba al dormitorio a ponerme algo más cómodo.
Me quité la camisa y los pantalones. Saqué unos vaqueros viejos (antes eran los de los domingos) y una camiseta azul recién estrenada. Alex vino corriendo con lágrimas en los ojos y se tiró en la cama boca abajo. Llevaba una camiseta blanca de tirantes ceñida y unos pantaloncitos. Todo su cuerpo temblaba con cada hipo.
Me arrepentí de inmediato al oírla llorar; sus gemidos estuviesen ahogados por la almohada. Me senté junto a ella y la aparté el cabello pelirrojo de la nuca y la espalda para intentar consolarla con besos.
—¿Cómo crees que me siento, Carlos? —me preguntó volviendo la cabeza hacia mí, desdeñando mi contacto.
No respondí. Ella era el juguete, el objeto de aquel pervertido, la razón por la que ahora tuviésemos aquel desahogo económico.
Su mirada se clavó en la mía y tuve que apartar la cabeza para no ver su dolor. Alcé la vista y miré las paredes y el techo del dormitorio. Una semana más y el banco habría ejecutado la orden de embargo. Cuando depositamos las cuotas e intereses vencidos de la hipoteca en el banco, los empleados se quedaron mudos. Nadie daba ya un puñetero céntimo por nosotros.
Y todo gracias a Alex. O, mejor dicho, a tener una mujer con un físico tan agraciado. O, mejor dicho aún, a que un desalmado hijo de puta quisiese gastarse una fortuna para humillar y torturar a mi mujer delante de una cámara.
—¿Crees que soy una puta? —preguntó Alex secándose las lágrimas con un tirante de la camiseta.
Negué con la cabeza.
—Vaya, menos mal. Por un momento me pareció que era eso lo que creías que era —comentó sarcástica.
—Lo… lo siento.
—Ya, claro, qué bien. Lo sientes. Muy bien, Carlos, muy bien —espetó Alex levantándose y encarándose hacia mí—. Y a mí que me jodan, ¿no? A la puta que la jodan.
—Yo… yo…
—Tú… tú… —repitió Alex imitándome—. A tu mujer le van a hacer yo qué sé que mierda de perversión. No quiero ni imaginar qué ocurrirá; se me ponen los pelos de punta, por el amor de dios. Y a ti solo se te ocurre compararme con una… cualquiera de tres al cuarto.
Me separé. Estaba empezando a intimidarme.
—Solo quiero un mínimo de comprensión, Carlos —dijo juntando el índice y el pulgar de una mano—. Quiero sentir que mi marido sabe que odio todo esto, que me repugna. Busco tu apoyo, Carlos, tus palabras, tus abrazos, tus lágrimas. No quiero tus insultos, joder.
—Te pido disculpas —dije atragantándome—. No sabía que…
—No sabías, no. Ya veremos —dijo quitándose la camiseta y el sujetador. Sus senos se revolvieron unos instantes en su pecho y sus pecas brillaron con la luz filtrada de la cortina. Los pezones oscuros estaban erectos.
Di un respingo que casi me hace caer de la cama.
—Dime a los ojos que me quieres, Carlos —me desafió mi mujer—. Dime que no ves dos tetas. Dime que solo me ves a mí, a tu compañera, a la mujer que prometiste proteger y amar durante toda tu vida. Dímelo, por dios, necesito oírlo.
Contemplé aquellas esmeraldas que eran sus ojos. Alex respiraba fuerte, dilatando las aletas de su nariz, sin parpadear, con los labios apretados. Me acerqué a ella y la tomé por los hombros.
—Alejandra —ella odiaba que la llamase así porque era el preludio de una conversación seria, una regañina o una discusión—. Perdóname si te he hecho sentir así, no era mi intención, de verdad.
Y decía la verdad. Moriría antes de que la sucediese algo. Me daba igual que fuese bajita o fea. Pero era alta y bella. ¿Y qué más daba? Yo solo veía en aquella cara a la misma chiquilla de mirada tierna y sonrisa crédula que me había enamorado.
Sostuvo mi mirada unos instantes. Luego bajó la vista hacia mi entrepierna donde se adivinaba un bulto creciente bajo los vaqueros.
—Tu cabeza dice una cosa y tu polla otra.
—Mi polla va por libre. No puedes quedarte con las tetas al aire y pretender que no me excite —tragué saliva—. Pero una cosa es el sexo y otra todo lo demás.
Alex se acercó a mis labios y depositó un tenue beso.
—Eres idiota, Carlos. Cualquiera en tu lugar me habría mentido y luego me habría tumbado en la cama y me habría hecho el amor.
—Pero yo no soy cualquiera, Alejandra. Soy tu marido y te quiero por cómo eres, no por tu cuerpo. No me casé contigo solo para follar.
Alex bajó la mirada hacia el bulto de nuevo. Su voz sonó ronca y sutil.
—¿Y si te pido que ahora me hagas el amor, que quiero sentirme amada y deseada?
La obligué a mirarme a los ojos.
—Dímelo a la cara, por favor —le pedí.
—Hazme el amor —susurró con labios temblorosos—, hazme el amor, por favor.
Nos besamos con avidez mientras le bajaba los pantaloncitos y las bragas. En algún momento ella me quitó la camiseta y me despojó de los pantalones y los calzoncillos. Abrimos la cama y nos metimos dentro. Su piel ardía y su aliento me abrasaba. Abracé su cuerpo tembloroso mientras me introducía en su interior. Sus manos buscaron mi espalda y sus dientes pellizcaron mi cuello. Gemíamos sedientos de la saliva del otro. Gritó mi nombre tantas veces que parecía invocar un mantra que la hiciese alcanzar el nirvana.
Nos separamos después de hacer el amor y nos miramos apoyando la cabeza sobre la almohada.
—¿Cuándo te ha dicho ese cabrón? —pregunté.
—Mañana, en una nave que tiene a las afueras de Madrid.
—Vendimos el coche, Alex, ¿cómo vamos a llegar hasta allí?
—Vendrán a recogernos.
Asentí con la cabeza y la besé en la frente.
—Tengo miedo —dijo acercándose a mí. Apoyó su cabeza sobre mi pecho obligándome a colocarme boca arriba. Me cogió un brazo y se lo colocó sobre su espalda. La estreché mientras la besaba en la frente.
Yo también tenía miedo. Tanto que me avergonzaba expresarlo.
—Solo es dinero —musité sintiendo como una lágrima caía por mi mejilla. La abracé más fuerte. Su cuerpo temblaba como un pajarillo. Noté como también ella lloraba sobre mi pecho.
—Solo es dinero —repitió ella.
 

———CAPÍTULO 3: PEDRO. ESE MISMO DÍA———

—No, no, no —dije con voz firme a Schriffer—. A Penélope y a Silva me los quitas pero ya. Porque me sale de los cojones.
Escuché durante unos instantes al director de casting y seguí negando con la cabeza. Resoplé varias veces y luego pronuncié mi amenaza de nuevo:
—¿Eso crees? No tienes ni puta idea de qué quieren los productores. Tú contrata a esos dos y ya puedes ir borrando mi nombre del proyecto.
Colgué sin oír las protestas de mi interlocutor. Mañana hablaría con el productor ejecutivo. Si querían ir a la Seminci sería como yo quisiese. No había ganado un León de Oro por que sí. Cuando uno adquiere fama tiene que demostrar algo de genio para conservarla.
Inspiré y expiré despacio varias veces. Hoy no quería enfadarme. Hoy no.
Sonó el interfono de mi ayudante.
—Alejandra Sigüenza y Carlos Hierro han llegado, señor.
Sonreí. Por fin, ya era hora. ¿Tanto tráfico hay en Madrid?
—Diles que estoy reunido —hablé al interfono—. Dales el contrato y que lo lean.
—¿Y si preguntan algún detalle?
—No preguntarán. Tú dáselo y lo firmarán. Luego haz que los lleven al set privado. Que les den algo de comer y beber.
—Pero, señor, no conozco los detalles del contrato y…
—Tú hazlo. ¿Sabes qué significa la palabra “hazlo”, eh?
Un carraspeo.
—Sí, señor.
Alex y Carlos. Qué pareja más extraña. La “pelirroja” y el “pasmao”. Así es como solíamos llamarlos en el instituto.
Cuánto tiempo ha pasado de aquello. ¿Diez años, quizá? Algunos más, diría yo.
Alejandra quería ser modelo y Carlos ingeniero industrial, eso sí que lo recuerdo. A ella no le faltaba talento, siempre con aquel cuerpo cimbreante y esa barbilla mirando al infinito. Andares de pasarela y toda aquella carne removiéndose a cada paso que daba. Los genes habían sido magnánimos con ella y los años no habían hecho más que macerar aquella belleza que tenía.
Con él no tuve mucho trato. Pero, claro, de quién estaba locamente enamorado era de ella. Carlos era un patán soso y sin sangre en las venas. No consigo entender como acabaron juntos. Y encima casándose. La vida da muchas vueltas, eso está claro.
Como la mía. De idiota oficial de la clase a director de cine. Lugar correcto, momento concreto, persona ideal. Esa conjunción me había ocurrido ya tantas veces que parecía que el destino estaba resarciéndome de todas las humillaciones y vergüenzas que pasé de joven.
Alex fue buena conmigo. Me procuró múltiples fantasías con las que aliviar mis ardores adolescentes en el cuarto de baño. A pesar de su inaccesibilidad, Alejandra siempre estuvo ahí como mi mejor amiga. Ser un flacucho enclenque y patizambo en un instituto público era bastante frustrante en los ochenta. Collejas e insultos eran mi pan de cada día. Solo lloraba en mi habitación y delante de ella, cuando coincidíamos en el parque al sacar a nuestros perros.
Tenía un cabello radiante y la cara surcada de pecas. Unas cejas espesas y unos labios largos y generosos. Una tarde, mientras las lágrimas aún no se habían secado en mi cara, la besé en un impulso del que nunca me he arrepentido.
Se apartó confusa.
—Pedro, creo que no entiendes nuestra amistad —me dijo con amabilidad.
Me dolió. Hubiera preferido un tortazo o una risa cruel. Pero se mostró comprensiva y tierna. Como si fuera un puto crío atolondrado.
—Pero yo te quiero —recuerdo que la dije.
Me secó las lágrimas de los ojos con un pañuelo de papel y me dio un beso en la mejilla que me sentó como una bofetada.
—Somos amigos, Pedro, buenos amigos. No lo estropeemos, por favor.
Otro día, mientras estábamos sentados en un banco mirando a su labrador jugando con mi caniche, la metí la mano debajo de la falda, aprovechando un descuido.
Me apartó la mano con una sonrisa pero me reprendió con la mirada.
—Pedro, no, por favor.
No llegué a tocarle las bragas. Tenía los muslos apretados y su piel estaba suave y caliente. Aquella noche creí que me moría de la cantidad de veces que me masturbé pensando en qué habría sucedido si se hubiese dejado.
Qué tiempos aquellos. Salí del despacho media hora más tarde y miré a Juan, mi ayudante. Me devolvió la mirada sin decir nada sobre Alex y Carlos.
Buen chico, ¿ves como sí que firmarían?
—¿Dónde están? —le pregunté.
—El Concejal de Cultura y su mujer están en la sala de espera.
Mierda. Había olvidado que hoy era la entrevista.
—Diles que vengan mañana.
—Pero…
Juan se fijó en mi mirada iracunda.
—Trae mañana a cualquier a cualquier putilla de la tele con tetas gordas —le expliqué—. Diles a ambos que mañana sus vidas pueden cambiar en redondo.
—¿Y la mujer del Concejal?
Me maravillé de cuán iluso era mi ayudante. Menudo elemento me había encasquetado mi hermana. Le respondí con una sonrisa.
Salí por la puerta trasera y bajé por las escaleras de emergencia hasta el aparcamiento. Me decidí por el BMW. Al subir la rampa, las ruedas chirriaron contra el suelo.
—Seguro que estos neumáticos los hiciste tú, Carlos —musité mientras me ponía las gafas de sol—. Vaya mierda de ruedas que hiciste, coño.
Dos años antes, cuando rodaba una escena en la fábrica de neumáticos de Alcorcón, descubrí a Carlos. Rodaba un anuncio que fue mortalmente aburrido de filmar. Y allí estaba él, el “pasmao” del instituto. ¿Con que ingeniero industrial, eh? Un currante de cuatro a doce con la cara tiznada y el mono azul pringoso.
—¿Quién es ese? —le pregunté a Remedios, la enlace con la fábrica.
—¿Quién, ese que tiene la bata blanca?
—No, ese que va por ahí.
—Ah, ese. No sé, un obrero más, supongo. No está cualificado, ¿le conoce?
Negué con la cabeza.
Antes de estrenar el documental, el personal de la fábrica recibió un pase para verlo en exclusiva.
Y allí estaba Alejandra. Esa boca grande, sonriente. Con sus pecas brillantes y su fabuloso cabello.
Y abrazando a Carlos.
Me escabullí del estrado. Recuerdo que oí desde el cuarto de baño al director de la fábrica pidiéndome volver y subir al estrado a decir unas palabras.
No volví al estrado. Esas palabras tendrían que esperar. Y vaya si las dije cuando los vi de nuevo en la fiesta del aniversario de la promoción del instituto.
En paro los dos. Casi desahuciados. Habían tenido que llevar a su perro a la perrera porque no tenían ni con qué alimentarlo. Pobrecitos.
Lugar correcto, momento concreto, persona ideal.
Aparqué el coche en la calle y entré en la nave del polígono industrial donde tenía mi set de rodaje privado.
Alex y Carlos se levantaron al verme entrar en la sala de espera. Me quedé en el marco de la puerta.
—¿Vienes cagada y meada? —la sonreí cruzando los brazos.
Carlos dio un paso hacia mí. Era capaz de arrancarme la tráquea de un bocado. Pobre infeliz.
Alex parecía estar entera, pero sus piernas temblaban a punto de derrumbarse en el suelo. Muy bien.
Me giré hacia el pasillo y pedí con un gesto de la cabeza a la peluquera que viniese.
—Belinda, llévate a Alejandra a atrezo.
Me arrellané en el marco de la puerta para aspirar el aroma a miedo que emanaba de Alex cuando pasó junto a mí.
Carlos y yo nos quedamos solos.
—He hablado con el director de la fábrica de Alcorcón —dije sin acercarme a él. Ahora que no había nadie que lo retuviese no podía fiarme de sus impulsos asesinos.
Carlos alzó una ceja de interrogación.
—Te readmitirán. Olvidarán lo del ERE y ya está. Empezarías en tres días.
Nos miramos fijamente unos segundos. A lo lejos, en el set de rodaje, oí como iban montando mis juguetitos. También escuché como mi mascota se alimentaba, hambrienta.
—Vale —dijo Carlos a modo de agradecimiento.
—No, no “vale”. Eso sólo ocurrirá si permites que te graben mientras tú ves la grabación de Alex.
Su cara de tenso odio se transmutó en furia en un instante. Me saqué del bolsillo el contrato para apaciguarlo.
Se acercó a mí y me lo arrancó de las manos. Lo leyó mientras respiraba con fuerza.
Intenté contener las ganas de echar a correr.
—Aquí dice sólo grabar, que yo no haré nada —dijo cuando terminó de leer las cláusulas.
—Sólo grabar —le confirmé sacando un bolígrafo de mi chaqueta y tendiéndoselo.
Miró mi bolígrafo temblar en el aire.
—¿Y el resto del dinero?
—También —dije sabiéndome sudado.
Firmaría. Bien.
Carlos leyó de nuevo el contrato y luego me miró unos instantes antes de firmar.
—¿La vais a hacer daño? —preguntó con voz suplicante.
Le sonreí sin responder.
Me alejé de allí lo más rápido que pude. Hablé con el ayudante de cámara para que montasen los bártulos en la sala de espera. Me acerqué hasta el cuidador.
—¿Cómo está Rufus?
—No da problemas, señor. Aún.
Asentí satisfecho. 

———CAPÍTULO 4: LA SALA DE ESPERA———

Carlos ya no sabía cómo sentarse en el sofá.
Tomó conciencia del zumbido de la cámara grabando todos sus movimientos. Incluidos todos los anteriores.
Al principio recordó haberse sentido relajado.
Ver a su mujer en una televisión le hacía pensar que todo era una pantomima.
Cuando Alejandra empezó a ponerse nerviosa, sin motivo alguno, mirando fugazmente fuera de cámara, comenzó a sentirse incómodo. Tenía calor, se desabrochó el primer botón de la camisa cuando Alejandra se bajó los pantalones. Cruzó y descruzó las piernas. Atenazaba los apoyabrazos, hundiendo las uñas en la tapicería, cuando su mujer se bajó las bragas. Luego se llevó las manos a la cabeza cuando se meó delante de la cámara.
Ahora tenía la barbilla apoyada en la palma de la mano, con sus dedos crispados sobre su mejilla.
Carlos se dio cuenta que movía los labios expresando palabras en silencio. Eran insultos, todos dirigidos hacia aquel director pervertido y sádico.
Pedro.
Sí, aquel maldito y odioso excremento humano, murmuró mientras veía como un brazo salía a escena para tender a su mujer un paño con el que limpiarse el orín de sus piernas.
Alejandra se quitó la chaqueta y luego la camiseta. Solo un sujetador ocultaba sus senos; el resto del cuerpo estaba desnudo.
Contempló el cuerpo de su mujer y parpadeó varias veces, presa de la angustia. Alejandra era una mujer frágil, inocente. Aquel malnacido estaba destrozando todo lo que era puro en su mujer.
Alejandra había hecho el gesto de quitarse el sujetador pero la habían ordenado que se dejase esa única prenda. Daba lo mismo si lo que querían era ver su cuerpo entero desnudo porque la gasa vaporosa de las copas del sujetador permitía contemplar sus areolas oscuras y sus pezones inflamados. Su mujer se cruzó de brazos ante la negativa del entrevistador a taparse con sus manos el sexo descubierto.
Alejandra seguía mirando furtivamente fuera de cámara y todo su cuerpo se estremecía con cada ráfaga de miradas. Sus piernas temblaban, sus rodillas castañeteaban, su vientre estaba encogido y sus senos palpitaban entre sus brazos.
El marido miró al ayudante del cámara, un joven con gafas y acné, y le interrogó con la mirada. «¿Tanto estómago tienes para ver sufrir a una mujer y no hacer nada?». El joven solo parpadeó, indiferente. Carlos se palpó la copia del contrato que tenía en un bolsillo. Recordaba todas y cada una de las cláusulas. Sobre todo la primera.
«Cláusula #1.
Me mantendré, durante la grabación del film, confinado en la sala de espera. No podré abandonar la sala bajo ningún motivo, excepto por causas de fuerza mayor.»
El marido prestó atención de nuevo al televisor que retransmitía la grabación. El entrevistador, o sea, Pedro, le hizo más preguntas luctuosas a su mujer. «¿Cuándo empezaste a tocarte? ¿Has probado el sexo anal? ¿Cuántas veces te gusta follar a la semana? ¿Te gusta exhibirte delante del espejo?»
Carlos deseó tener un cigarrillo que llevarse a los labios. Hacía tiempo que no fumaba. El mismo desde que se quedaron sin dinero para comprarlo. Se acercó a coger un vaso de agua de la mesa que tenía junto al sofá y, al inclinarse, notó como una erección presionaba sobre su vientre. Aquel hecho le incomodó más que cualquier otra cosa. Saber que su cuerpo le traicionaba y que algo dentro de su cabeza, muy adentro, disfrutaba con aquel espectáculo vejatorio le agrió la cara y terminó por explotar.
—¡Hijo de puta! —gritó enfurecido al televisor-. Te voy a matar, Pedro, te voy a descuartizar vivo, maldito engendro.
Ni el cámara ni su ayudante dijeron nada. Solo se miraron de reojo.
Se le había desparramado el agua al vociferar. Carlos dejó el vaso goteante en la mesa y se limpió la camisa y el pantalón.
Su erección seguía ahí, inconfundible.
 

———CAPÍTULO 5: AQUELLO———

Alejandra no podía evitar mirar de reojo al tigre.
Era un ejemplar enorme, majestuoso. Casi tres metros de largo del morro a la cola, la cual era larga y sinuosa y se movía despacio. Las orejas desplegadas, los ojos anaranjados fijos en la mujer desnuda, con aquellas pupilas verticales estrechándose, centradas en la piel blanquecina y pecosa de la hembra desnuda.
Su nariz negra husmeaba el aroma de la orina. Un aroma inconfundible, embriagador. Su instinto depredador se disparó al instante.
La bestia se relamió los belfos, surcando con su lengua rojiza la pareja de caninos afilados.
El tigre de Bengala no parpadeaba. Mantenía fija la mirada en aquel delicioso manjar, a cuatro metros escasos de sus garras. Una carne tierna, sabrosa, caliente. Un vientre delicioso, una piel exudando sudor, unos ojos aterrorizados.
El cuidador del tigre advirtió las intenciones de la bestia al instante. El lomo tensado, la cabeza gacha, las garras tomando posiciones, la cola inerte. La doble cadena y la columna de hierro forjado a la que estaba sujeto detendrían la acometida del tigre sin duda alguna. También estaban los dardos tranquilizantes y la escopeta.
Pero, ¿por qué arriesgarse?
Se acercó a Pedro y le susurró sus temores.
El director miró de reojo a su mascota y asintió conforme.
Rufus acababa de comer. Pero era mejor alejarle de la mente aquel manjar. Solo había una forma, pensó Pedro, de eliminar ese olor a orina que estaba enloqueciendo al tigre. Además, así humillaría un poco más a Alejandra.
Humillación tras humillación. A ver hasta dónde llegaba.
Un gesto a sus ayudantes bastó para que entendiesen sus intenciones. Después se levantó de su silla y se retiró a un rincón para cambiarse de ropa.
Era hora de disfrazarse.
 

———CAPÍTULO 6: LA POLEA———

Alejandra se subió encima del pequeño escalón de madera que colocaron debajo de ella.
Con los brazos cruzados y subida en la tarima, poco más de cinco centímetros de altura, se sentía aún más ridícula que antes.
Miró de reojo de nuevo al tigre. Una argolla gruesa rodeaba su cuello y había otra cadena que sujetaría otra parte de su cuerpo. Parecía dominado.
Pero estaba tan cerca. No hacía falta imaginar la potencia de sus mandíbulas, la largura de sus garras. Podía oler muy bien el hedor de aquella bestia, un intenso tufo a animal enjaulado. El felino la miraba sin parpadear, como un gato gigantesco de pelaje anaranjado, como su propio cabello, con sus pupilas rasgadas y fijas en su vientre, en su sexo, en sus muslos.
Pedro apareció en escena, junto a ella. La mujer sonrió incrédula al verle, olvidando al tigre.
El director de cine Iba ataviado con una máscara de cuero negro con dos orificios para los ojos y otro para la nariz. Una cremallera abierta permitía ver sus labios. Iba desnudo, con un slip también de cuero, con una bragueta, para sacar su sexo. Unas muñequeras de clavos y unas botas de suela gruesa completaban su disfraz de fantoche.
Pero todo aquel cuero repelente y estrambótico rivalizaba con su cuerpo descompensado. Una barriga prominente, peluda y oronda, estaba flanqueada por brazos escuálidos y terminaba en unas piernas combadas e igual de esqueléticas.
Parecía una patata con cuatro palillos. Una patata blanca, peluda y fofa. Alex sonrió aún más.
—Guárdate tu sonrisa para más tarde, Alex —le siseó Pedro—. La necesitarás.
Se volvió delante de ella hacia la cámara y mostró una brazada de cuerdas.
—Para que disfrutes aún más, mi niña —dijo Pedro girándose hacia la mujer.
Se colocó delante de ella y la llevó los brazos a su vientre. Comenzó a anudarle las muñecas. Una cámara iba captando el proceso de ligadura. El cáñamo áspero la irritaba la piel y comenzaba a notar el aumento de calor en sus manos sujetas.
Los dedos de Pedro acariciaban el vello púbico anaranjado y rozaban su vulva mientras la anudaba. La mujer se mordió el labio inferior con saña. Un cosquilleo placentero recorrió su vientre. Alejandra rezó para que Pedro no hubiese captado aquel gesto de placer. No le daría aquella satisfacción.
Era una cuerda realmente larga. Pedro chasqueó los dedos y una polea bajó del techo. Alejandra alzó la cabeza hacia el aparato que descendía y tragó saliva. El hombre pasó a través de la polea los muchos metros de cuerda que quedaban.
Luego tiró de la cuerda.
Alejandra gimió asustada al ver sus brazos subir y quedar tirantes. La cuerda quedó fija y su cuerpo tensado y expuesto, encima de la tarima.
Pedro trabajaba rápido. Recogió del suelo la cuerda, se agachó y también le inmovilizó los tobillos.
Alejandra consiguió deslizar la cabeza entre sus brazos para mirar el trabajo de sus pies, pero sus pechos le impedían ver el trabajo. Empezaba a respirar con dificultad. Tampoco podía doblarse, estaba firmemente sujeta. Solo notó los ligamentos ásperos rozarle la fina piel y los nudos clavándose entre sus tendones.
Cuando terminó, Pedro la sonrió triunfante. Gruesas gotas de sudor bajaban por los bordes de la máscara, deslizándose por el cuello. El director de cine sostuvo su mirada unos segundos, deleitándose con el desconcierto de la mujer.
Mientras ligaba sus tobillos había aspirado el aroma encendido del sexo húmedo de ella. El clítoris se había inflamado y los pliegues de la vulva se habían abierto. Tuvo que reprimir la enorme ansia de lamer aquella raja, de degustar aquel néctar.
Pero ello habría significado lo contrario a lo que ahora hacía. El dominador sometido por la dominada, qué bochorno.
El cuerpo de Alejandra estaba tenso, cimbreante. Las costillas sobresalían del torso, el hueso de la cadera se marcaba en la cintura. Pero seguro que podía aguantar un poquito más, sí, un poquito más, sonrió Pedro.
De una patada, el director de cine mandó lejos la tarima sobre la que estaba subida Alejandra.
Ella gritó mientras su cuerpo se estiraba. Sus pies bailaron en el aire pero consiguió apoyarse con la punta de los dedos en el suelo.
«Si… consigo… estirar más las piernas… podré apoyarme», pensaba frenéticamente Alejandra.
Lo consiguió. Se sostuvo vertical sobre el suelo, dando pequeños saltitos para compensar el movimiento de la polea. Casi no podía respirar. Notaba el pulso frenético sobre sus muñecas y tobillos inmovilizados. Se estaba acalorando.
Miró por el rabillo del ojo al tigre. Había dejado de mover la cola. Vio como sus garras sobresalían de las patas, como, bajo el pelaje listado, el cuerpo se tensaba.
Algo hizo ruido encima de Alejandra. Intentó levantar la cabeza para mirar arriba pero su cuello no daba más de sí.
No vio deslizarse la manguera por la polea. La boca de metal se situó encima de ella.

———CAPÍTULO 7: EL AGUA———

Un chorro de agua helada brotó con fuerza de la boca de la manguera.
Alejandra gritó sorprendida. Se retorció y gimió presa del pánico. El agua fría la contrajo la piel y los músculos, obligándola a estirar más su cuerpo. Cerró los ojos con fuerza. Le faltaba el aire, se ahogaba. El agua llenaba su boca y su nariz y casi no podía toser.
Pedro hizo una seña para que cesase la ducha. Retiraron la manguera. El agua se llevaría aquel olor a carne apetitosa que podría hacer a Rufus ingobernable.
Se acercó para ver con detenimiento la piel erizada, los pezones oscuros contraídos, duros como una roca. Acarició los botones a través de la gasa húmeda del sujetador, gozando con los gemidos guturales de la mujer. Demandó unas tijeras que le fueron suministradas en el acto. Recortó la copa de la prenda para que los pechos quedasen libres, dejando las costuras de la prenda intactas. Las areolas casi habían desaparecido para ayudar a los pezones a alcanzar su pétreo estado.
Un hilillo de baba se depositó sobre la prenda, procedente de los labios entreabiertos de Alejandra. Pedro se regodeó en las esmeraldas de esos ojos que lo miraban con infinito odio. Sus uñas lo despellejarían si tuviesen oportunidad.
«Que bien lo haces, amigo», se felicitó sonriente.
Se colocó detrás de ella y comenzó a comprimirla las tetas, amasándoselas con fuerza, hundiendo los dedos en la carne hasta llegar a las costillas.
Luego deslizó sus dedos por el resto de la piel erizada de su vientre, de sus caderas. Se acuclilló para surcar con los clavos de sus muñequeras los muslos y las rodillas.
Alejandra arqueó su espalda débilmente, rechazando aquellas caricias. Oyó sus músculos tensarse y resonar como maromas a punto de desgajarse. Pero no pudo reprimir el deseo. Estaba agotada y falta de aire. Y el calor que emanaba de su vientre convulso era liberador.
Pedro ascendió con sus dedos por la cara interna de las piernas hasta llegar al sexo y no le sorprendió encontrarlo candente. Alejandra se retorció jadeante cuando el director de cine empuñó un ramillete de vello rizado y tiró de él. Subió hasta su cara cuidando de no acercarse a su boca y sus dientes y hundió los dedos en su cabello empapado revolviéndolo en sus sienes.
Olisqueó el cabello húmedo alrededor de las orejas y lamió los lóbulos enrojecidos.
Alejandra emitió un gemido ronco.
—¿Disfrutas, mi niña? —le siseó Pedro mordisqueando el otro lóbulo—. No, no hace falta que digas nada. Tu cuerpo ya me lo dice todo.
El director de cine notó los inicios del orgasmo de la mujer. Nalgas contraídas, vientre agitado, suspiros contenidos.
«Ahora no, Alejandra, ahora no», pensó Pedro.
Hizo una seña para que aflojasen la tensión de la polea.
Los talones de Alejandra se apoyaron en el suelo. Luego, a medida que la polea iba bajando, quedó arrodillada, sin fuerzas. No fue capaz de mantenerse derecha.
Quedó tendida, boca abajo, sobre el suelo. Comenzó a llorar entre toses y saliva manando de sus labios.
—Hijo… hijo de… —balbuceó la mujer.
Pedro la pasó una mordaza por la boca y se la ató con fuerza a la nuca, deteniendo sus palabras. Desató los nudos de las muñecas y pasó sus brazos a su espalda. Los miembros estaban casi inertes y se dejaban hacer con dulzura.
Luego comenzó a atarla más y más, doblando sus piernas y juntando sus tobillos con las nalgas y las muñecas a la espalda. Separó los muslos y abrió el culo dejando al aire ambos orificios. Entrecruzó varias veces la soga por el vientre, por el pecho, por los hombros.
Tenía prisa. No sabía por qué, pero tenía ganas de alzarla, de verla aún más indefensa, aún más dominada.
Quería verla sufrir aún más.
Tiró de la cuerda y la alzó en el aire.
El cuerpo doblado de Alejandra se meció en el aire a medida que era izado. La saliva espesa desbordaba la mordaza y colgaba de sus labios. La mujer sintió como, aún a pesar de su crueldad, Pedro parecía hacer bien su trabajo. Ninguno de sus miembros soportó más peso del debido, ninguna cuerda mordió su carne con dolor. Solo una ligera molestia en su pecho la hizo estremecer.
Se debatió en el aire gimiendo y forcejeando pero solo consiguió dar vueltas sobre sí misma. Notaba su vientre horrorosamente sensible, su sexo parecía latir, su ano se estremecía estirado, palpitando inmisericorde el esfínter.
Pedro la subió hasta la altura de sus ojos y luego anudó el extremo de la soga a una argolla del suelo. Aún quedaba un cabo suelto que caía al suelo. Lo recogió y pasó varias veces la cuerda alrededor de los senos de Alejandra, apretando los nudos. Pronto la piel se sonrojó y los pezones crecieron hasta volverse bulbos encendidos. El armazón del sujetador quedó oculto bajo el cordaje barroco.
Alejandra quería chillar, vociferar. Notaba en sus pezones hasta el aliento de Pedro a un metro de distancia. La sensibilidad era tan cruel que deseaba llorar. Pero no podía dejarse vencer así.
Pedro terminó su trabajo cogiendo el cabello empapado de la mujer y anudándolo al complejo sistema de nudos de la espalda. Dio dos pasos atrás y contempló a la mujer pendiendo enfrente de él. Se lamió los dientes de acero de la cremallera de su máscara. La garganta de la mujer estaba tensa, vibrante. Podía tragar saliva, pero nada más.
Alejandra creyó que todo aquello había terminado cuando Pedro se alejó. Exhibida como un trofeo en el aire con sus miembros sujetos a la espalda, supuso que aquel sádico habría quedado satisfecho.
Abrió unos ojos desmesurados cuando el director de cine volvió con un látigo de múltiples tiras.
 

———CAPÍTULO 8: LA PANTALLA———

Carlos contemplaba la pantalla del televisor sin dar crédito a todas y cada una de las imágenes que veía. Estaba arrodillado en el suelo, delante de la pantalla, a pocos centímetros, mirando una mancha gotear de la pantalla.
Detrás de él el sofá y la mesita estaban volcados. Los cojines estaban destripados, el relleno de espuma esparcido por las paredes y el suelo.
Había gritado, había llorado, había jurado matar mil veces a aquel demente. Y mientras lo hacía, cada vez que su voz se resquebrajaba por el llanto, comprendía que precisamente era eso lo que Pedro quería, grabándole.
Ansiaban verle sufrir, perder el juicio, vociferar venganza. Solo quería eso.
Y lo estaba consiguiendo. Sí.
Destrozó todo el mobiliario sin que el cámara y su ayudante hiciesen nada por impedirlo.
Intentó ocultar su mayúscula erección cuando rociaron a su mujer con agua fría. Se desnudó por completo mostrando sus genitales a la cámara cuando Pedro comenzó a maniatar a su mujer.
—¿Queréis ver mi polla, cabrones? —gritó restregando su verga por la lente de la cámara—. ¡Jodeos todos, todos!
Luego se volvió a colocar los calzoncillos, pero no pudo contener aquel horrible sufrimiento en su sexo al ver a Alejandra izada en al aire.
Su mujer, aquella muchacha que le había invitado una noche años atrás a comer a un restaurante chino, aquella que lloró cuando casi atropellan a su perro, era ahora un amasijo de carne doblada sobre sí. En sus ojos esmeraldas refulgía la insumisión, pero en su cuerpo gobernaba el placer. Era notoria la excesiva humedad que surgía de su sexo, era prolija la cascada de saliva que manaba de su boca amordazada.
La cámara fijó un primer plano de aquellos pezones hinchados. Eran como fresas maduras, la piel de las areolas tirante como un tambor, los pezones inflamados de un rojo furioso. La cámara ascendió hasta la boca de la mujer y se sumergió en la cascada de saliva que manaba de sus labios. Saliva blancuzca, aglomerada ¿Saliva aglomerada?
Carlos bajó la mirada hasta su verga húmeda. No recordaba cuándo se la había sacado del calzoncillo. Cuando la había cubierto con sus manos. Cuando la había restregado y se había corrido. Solo veía una gran mancha, una espesa y pringosa mancha en el televisor, resbalando grumosa. Goteando del marco del televisor.
Carlos se dio cuenta que había perdido la razón.
 

———CAPÍTULO 9: LAS TIRAS———

Las tiras del látigo mordieron su carne con exquisita tortura. Prácticamente tocaban su piel sin impulso alguno, pero restallaban en su interior como si fuesen carbones ardientes.
Se plegó en el aire cuando sintió las tiras del látigo rozar sus pezones. Arqueó la espalda hasta sentir crujir sus vértebras, incapaz de soportar aquella tortura demencial. Le costaba respirar, cada vez más.
Pero, atónita, la mujer se encontró sintiendo un placer malsano.
«¿Por qué negarlo?», se dijo Alejandra, «¿por qué desdeñar el gozo que me embarga sentirme humillada?».
Presionando con la lengua, consiguió deshacerse de la mordaza que la oprimía los labios.
—¿No sabes pegar más fuerte, alfeñique? —escupió a Pedro para luego azuzarle— ¡Dame más fuerte, joder, más, más!
El látigo mordió su sexo. Las tiras se enredaron sobre su vello púbico arrancando pelos a su paso.
Y Alejandra gozaba. Oh, dios, sí, gozaba con el castigo. Sonreía y se lamía los labios amoratados.
Pedro se soliviantó. «No, no, así no, tú eres la esclava, tú eres la sumisa, tú no pides, tú obedeces, tú imploras».
La colocó la mordaza de nuevo y la apretó con fuerza. Anudó más su pelo a la espalda, tensando su garganta. Las aletas de la nariz de Alejandra se dilataron, respirando furiosamente, sonriendo a Pedro.
El látigo restalló en el aire, hendiendo la carne del vientre. Un aullido ronco surgió de la boca amordazada de Alejandra. Ese dolió y mucho. Otro restallido y sus nalgas acusaron la mordedura de las tiras.
Siguieron más latigazos. Ya no eran caricias, ya no excitaban. Las tiras levantaban verdugones en su sexo, en su ano, en sus brazos, en sus muslos, en sus pechos.
La mujer lloraba y gritaba enloquecida, incapaz de sublimar placer de aquel dolor, gozo del sufrimiento. El aire se enrarecía al entrar en su nariz congestionada.
El equipo entero hizo aspavientos con las manos para que Pedro se detuviera. Estaba haciendo daño a la mujer. Las marcas eran reales, los latigazos dejaban cardenales y morados.
Pedro hizo caso omiso y se quitó la máscara, imposible ya de contener su furia. Desoyó a su equipo cuando le exhortaron a no mostrar su cara. Tiró la máscara al suelo y hundió la cara en el encuentro de los muslos de Alejandra. Mamó, chupó, mordisqueó y sorbió todo lo que de allí manaba. Asió las piernas de la mujer que se debatían en el aire como un pájaro sin plumas.
Mostró su cara triunfante y embadurnada de jugos a las cámaras y se bajó la bragueta de su slip de cuero. Una verga gruesa y envarada surgió de la abertura.
Él mismo se encargó de descender el cuerpo de Alejandra a la altura de su sexo.
—¡Callaos! —vociferó a su equipo, que agitaban las manos en el aire, intentando contenerle. Un ayudante se acercó a Pedro para hacerle recapacitar y recibió una patada en el estómago.
Penetró el interior de Alejandra sin preámbulos. Sus dedos se hundieron en sus nalgas abiertas y sujetando a la mujer por su culo, ayudado por el cuerpo pendido en el aire, imprimió un feroz ritmo de acoplamiento.
Alejandra gemía y lloraba, embargada por el dolor de los latigazos y horadada por aquel miembro que la destrozaba la vagina reseca sin ningún miramiento.
Llegó un momento en que el aire que la mujer respiraba pareció acabarse. Casi no notaba la verga circular por sus entrañas. Solo sentía los latigazos de su piel latir al son de su corazón exhausto. El dolor de sus nalgas y de su esfínter estirado era casi insufrible y su corazón latía tan débil que sentía desahuciada de aquel cuerpo.
«¿Placer?», se preguntó al borde de la inconsciencia, «¿Qué placer puedo sacar de ser agredida, humillada, maniatada y violada por este sádico?»
El dolor de los pulmones vacíos era tan fuerte que era inaguantable.
Cuando la mujer sintió como el esperma llenaba su vagina, se abandonó al sueño que la venía llamando desde hacía rato.
Oyó gritos y luego voces airadas. Golpes lejanos, muy lejanos. Cosas caerse, partirse. Se sintió posada sobre el suelo y oyó lejanas unas tijeras cortar sus ligamentos. Una sirena de ambulancia parecía alejarse, o quizá acercarse; Alejandra no supo precisar.
Porque luego vino una negrura espesa y caliente.
 

———CAPÍTULO 10: EPÍLOGO———

Alejandra despertó una mañana, tres días después de caer en coma, en una habitación con las persianas a medio bajar.
Giró la cabeza y descubrió, tras una cortina medio abierta, a una compañera de habitación. Reconoció donde se encontraba por el blanco y el azul de las sábanas, las paredes y el techo. Un hospital.
Su cama estaba flanqueada por varias perchas de las que colgaban bolsas de líquidos de distintas transparencias. Notó una picazón en la garganta y, al llevarse la mano a ella, descubrió una vía aérea en su tráquea.
El miedo se apoderó de ella. Su corazón comenzó a latir apresurado, las máquinas iniciaron una serie de pitidos ensordecedores.
Pero aquellas máquinas y sus pitidos la traían sin cuidado. Ella quería ver a su marido. Le llamó angustiada.
—¡Carlos! —gritó en silencio.
Varias enfermeras acudieron ante la llamada de las máquinas. Inmovilizaron a la mujer. Alejandra se revolvió. Llamaba a su marido, quería ver a su marido, necesitaba a su marido.
La administraron un sedante y la mujer se calmó al cabo de unos segundos.
Las enfermeras llamaron al doctor. El doctor examinó a la mujer, revisó las centenas de heridas que salpicaban todo su cuerpo. Parecían curarse bien. Quedarían secuelas claro, algunas habían dañado tendones. Se marchó para atender a otro paciente.
Las enfermeras salieron de la habitación y una de ellas se apartó del resto, caminó por varios pasillos esquivando camas y enfermos y entró en la sala de espera. Se dirigió hacia el hombre sentado en un rincón.
—Su mujer ha despertado. No, aún no —añadió reteniéndole en la silla ante el impulso del hombre de levantarse—, quizá más tarde, ahora está descansando.
Carlos vio a la enfermera alejarse y volvió a posar su mirada en el suelo, agarrándose las sienes.
En su camisa aún estaba el cheque de Pedro. Había añadido un cero más a la cifra para que no surgiese su nombre en el atestado policial. En la fábrica le habían asegurado que su puesto de trabajo seguiría esperándole, cuando quisiera incorporarse.
La película no se distribuiría. La cara de Pedro era visible al final de ella y no quería manchar su reputación. Se conformaría con haber destrozado la integridad y la cordura de ambos.
Con eso bastaba.
«¿Qué precio pondrías a tu humillación?», se preguntó de pronto Carlos.
No supo qué responderse.