RSS
Facebook

martes, 21 de diciembre de 2010

ESCALERAS ABAJO

Patricia empezó a descender las escaleras apoyada en el pasamanos sin saber si podría llegar hasta la planta baja sin tropezar y caer rodando escalones abajo.
Si caminar con zapatos con tacón de diez centímetros es burlarte de la gravedad, si añades otros cinco centímetros de plataforma, ya tienes el carnet de funambulista.
Todo el equipo estaba pendiente de ella, pero sabía que ellos no estaban pendientes de su titubeante descender y no podría esperar ninguna ayuda por su parte. Y ellas, en cuanto la vieran desmontada en el suelo, reirían dando palmas.
Se colocó un mechón que caía entre sus ojos detrás de la oreja y el gesto la hizo trastabillar peligrosamente. Era complicado mirar a la cámara aparentando indiferencia ante el abismo que surgía a los pies. Pero ni siquiera la cámara fijaba su lente en su andar patoso.
Todos tenían puestos sus ojos en su cuerpo desnudo. Ellas en su peinado, el maquillaje y las joyas que vestía. Ellos en sus tetas mecidas con cada escalón o su pubis afeitado rozado a cada contoneo de caderas con sus muslos enfundados en medias de rejilla. Cada cual a lo suyo, pero todos en su cuerpo.
El macho disfrutaba de la bajada sentado en el sillón, girado sobre el respaldo, con el pene duro como una roca. El director mirando de reojo la pantalla que mostraba la imagen grabada con la cámara. Los técnicos de sonido e iluminación cuidando que ninguna sombra afeara sus tetas o su cara esculpida con polvos y coloretes. Las maquilladoras y estilistas pendientes de que no surgiese ningún brillo descompesador. Los ayudantes de cámara recogiendo y estirando cables. Los mánagers pendientes del teléfono móvil con un ojo y de los demás con el otro. Los productores con las manos en los bolsillos, ocultando los puños.
Era una simple escena que presagiaba otra de más larga y elaborada, en la que el macho se la follaba durante tres posturas donde sus tetas deberían removerse por su pecho al ritmo de cien euros el meneo, más o menos, donde la verga del macho la jodería hasta cortar la escena dos días después, cuando en los testículos se hubiese acumulado suficiente semen para filmar una espectacular corrida.
Pero si no fue la moqueta suelta sería un escalón precario o, tal vez, el inseguro andar de ella, o las altas expectativas de los demás.
El caso es que acabó desmadejada en la planta baja con dos costillas rotas, un esguince de tobillos y un moratón enorme en una teta. Por no hablar del varapalo avergonzante de una risa siniestra que se oyó a lo lejos mientras todos acudían, tarde y mal, a socorrerla.
—Se acabó la película, llamad al seguro, a ver si podemos sacar algo, por lo menos para comer hoy. Y llevadla a urgencias, creo que se ha hecho daño.

CAUDIONA (7)

7.
Tosí sintiendo como mi garganta arrastraba miles de agujas de hielo por mi boca. Mi barba crujió bajo la tela cuando despegué mis labios. El aire estaba espeso y enrarecido.
La oscuridad era absoluta. Abrí los ojos sintiendo como el hielo alrededor de mis párpados se quebraba y se clavaban en mi piel.
Probé a mover los brazos y las piernas y, aunque al principio se negaron a colaborar, respondieron con dolorosos y lentos crujidos, casi ahogados entre el mar de entrañas en el que estábamos cubiertos.
Sentí el cuerpo de Caudiona acurrucada sobre mí. Saqué una mano de entre las vísceras secas y agité con cuidado el rostro de mi hermana. Escuché extasiado como empezó a emitir gruñidos de dolor y se iba desperezando.
—Caudiona —susurré con dificultad.
Mi hermana respondió con un quejido.
Estiré un brazo y palpé el angosto agujero donde nos encontrábamos. Mi guante resbaló por el duro hielo y distinguí un punto de donde parecía provenir un tenue resplandor.
Busqué mi puñal pero no lo encontré entre el mar de vísceras. Y tampoco tenía mi espada. Ningún objeto duro. Excepto mis puños.
Golpeé la superficie pétrea sintiendo como los nudillos parecían resquebrajarse con cada puñetazo. No tenía espacio suficiente para impulsar con fuerza mis golpes por lo que repetí mis puñetazos una y otra vez. Cada golpe iba a acompañado de un sonido sordo que hacía vibrar las paredes del nicho.
Continué hasta que sentí como la sangre me resbalaba entre los dedos enguantados. Por suerte el frío era tan intenso que no sentía casi nada de dolor.
Al fin fui recompensado con ruido de hielo resquebrajado y aquel sonido enardeció mis golpes hasta que toda la estructura se agrietó y se fragmentó. Grandes bloques de hielo cayeron sobre nosotros.
Sujeté a Caudiona y se fue abriendo paso entre las entrañas y la nieve compacta. Luego salí yo.
Cuando el sol nos inundó con su fulgurante resplandor grité de júbilo. Era como nacer de nuevo, como enfrentarnos a una nueva vida.
Emergimos de nuestro encerramiento y nos tumbamos exhaustos sobre la superficie de nieve, dejando que un sol misericordioso nos reconfortase con su divino calor.
Tras descansar unos instantes, nos levantamos y miramos a nuestro alrededor.
Un paisaje nevado se extendía en un extremo hasta el horizonte, más allá de donde alcanzaba la vista. Completamente liso y desértico. En el otro extremo, a lo lejos, se alzaban las montañas de donde habíamos partido.
No quedaba casi ni rastro de las torres. Parecía como si jamás hubiesen existido y solo varios pedazos de muros desgajados indicaban que alguna vez algo se había levantado sobre aquellos riscos.
Caudiona se deshizo del turbante llevándose varios mechones dorados adheridos consigo y lo tiró al suelo.
—Pongámonos en marcha —dijo exhalando una bocanada de aliento condensado.
Echó a andar al lado contrario a su anterior hogar, hacia el blanco horizonte inacabable.
—¿Adónde? —pregunté viéndola caminar con paso inseguro entre la nieve compactada.
—No lo sé. Lejos de aquí, no lo sé.
—¿Adónde? —repetí sin moverme.
Caudiona se giró, apretó los labios y me miró con aquellos ojos oscuros y pétreos.
Abrió la boca para contestar pero no dijo nada. Se volvió y siguió caminando.
Recogí su turbante en previsión de una más que segura gélida noche y eché a andar tras ella.

CAUDIONA (6)

6.
Me ceñí aún más al cuerpo de mi hermana sobre el lomo del monstruo mientras sufríamos los furiosos embates del viento huracanado. Durante nuestro alojamiento el tiempo había empeorado bastante y fuertes ventiscas que traían consigo grandes nubes de nieve compacta zarandeaban con poderoso ímpetu el vuelo de la bestia.
Caudiona gritaba de vez en cuando algo pero era incapaz de entender lo que decía. El calor que desprendía la bestia parecía doblegarse ante la intempestiva tormenta y pronto estuvimos tiritando, cubiertos de escarcha y nieve.
A nuestro alrededor solo había densas cortinas de nieve azulada y era incapaz de distinguir y oír nada más que el furioso viento gélido golpearnos una y otra vez. Ni siquiera los fortísimos latigazos sonoros producidos por las alas de la bestia eran audibles y, cuando giré la cabeza para fijarme en una de ellas, distinguí enormes agujeros y grietas entre los huesos que componían la estructura del ala.
—¡Los dioses de hielo están furiosos! —aulló Caudiona.
Súbitamente nos estrellamos contra la nieve del suelo y salí volando catapultado por el brusco aterrizaje.
Rodé sobre la nieve en un torbellino demencial de viento y hielo. Cerré los ojos y sentí un fuerte golpe en la espalda al detenerme contra algo duro.
Después solo sentí frío. Más frío del que jamás había sentido. Un frío que me envolvió y penetró en mi interior como si el hielo se penetrase en mi piel y congelase mi sangre, solidificando mis músculos y haciendo estallar mis huesos.
—¡Caudiona! —chillé en medio del vendaval. Mi grito no fue capaz de traspasar la barrera de nieve y viento que me rodeaba. Solo era capaz de distinguir un blanco compacto que me golpeaba el rostro y me hacía tambalear como un guiñapo.
Un chillido lejano, como el mugido de un buey moribundo, surgió de algún lugar imposible de determinar.
Sin pensar a dónde me dirigía, me levanté y caminé hundiendo las piernas en el espeso manto nevado. Había escuchado de nuevo el mugido y me pareció provenir de aquella dirección. Caminé con cada vez más cansancio en las piernas, ya inermes, hacia el sonido. La nieve crujía bajo mí y me habría paso a brazadas.
Al cabo de un tiempo que se me antojó eterno me topé con la bestia. Era solo un montículo nevado del cual sobresalía el morro congelado y un trío de ojos que parpadeaban con desgana. Con movimientos torpes fui desalojando con las manos bloques de nieve compacta del lomo de la bestia hasta que sentí el bulto que era mi hermana. Aún estaba abrazada pero su cuerpo estaba inmóvil.
—¡Caudiona! —grité sintiendo como la nieve penetraba en mi boca y se llenaba con rapidez.
La abrí la tela que cubría su cara y distinguí como movía débilmente los labios. Estaba viva, loados fueran los dioses en los que no creía.
La bestia emitió otro mugido y giró sus ojos para mirarme con aterradora resignación ante su destino.
A menos que se me ocurriese algo, Caudiona y yo acompañaríamos a la bestia al olvido de la muerte.
Una idea surgió en mi mente abotargada. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y comencé a retirar nieve de un costado de la bestia al ver que los vendavales solo azotaban el lado opuesto.
Al poco de empezar dejé de sentir mis dedos y los brazos y los hombros a veces se negaban a continuar. Pero, apretando los dientes y casi a ciegas, resolví seguir con mi absurdo plan. Nuestra muerte era casi segura y solo una pequeña esperanza, tan pequeña como ridícula, nos separaba de ella.
Cuando el nicho fue suficiente grande para cobijarnos, me deshice de la espada —sería un objeto inútil allí dentro—, abracé a Caudiona y rodamos en el interior. Me encogí tiritando y acogí en mi regazo el cuerpo replegado de mi hermana. Eché sobre nosotros mis abrigos de pieles.
Era el lugar y el momento de rezar. De pedir un favor a cualquier dios y solicitar una intercesión por nuestras vidas. Los débiles latidos, casi inapreciables, del corazón de la bestia fueron lo único que en aquel agujero se oyó.
Estábamos condenados a morir. Pero yo, en aquel infierno de hielo, nieve y viento, estaba satisfecho. Al fin y al cabo, tal y como había prometido a nuestros padres, había encontrado a Caudiona. Poco importaba ya, pensé, que fuese justo antes de morir congelados.
El último latido de la bestia coincidió con el taponamiento del nicho encima de nosotros. La losa que sellaría nuestro féretro.
“Ahí vamos”, pensé, mientras sacaba con movimientos espasmódicos el puñal de mi cintura. Palpé el vientre de la bestia encima de nosotros y clavé el puñal.
Fue como apuñalar una piedra escamosa. Varias chispas saltaron e iluminaron débilmente el nicho. Lo intenté de nuevo pero tampoco tuve éxito. No entendía si era debido a mis escasas fuerzas o a la naturaleza ultraterrena de aquel bicho.
—¡Por los dioses! —farfullé sintiendo como mi lengua se negaba a moverse.
La mano de Caudiona emergió de entre las pieles y me sobresaltó. Se posó sobre la mía, bajo la cual sostenía el puñal, y, tras unos instantes, distinguí como un fulgor rojizo surgía de la hoja despuntada del arma.
Contemplé perplejo como el acero mutaba a un color sanguíneo y, cuando mi hermana gruñó, hundí exhalando un grito la hoja en el duro pellejo del monstruo. La hoja atravesó limpiamente la piel y rajé encima de nosotros todo lo que la articulación del hombro me permitió.
Al instante se vertió encima de nosotros una marea de pringosas vísceras que nos envolvió hasta la cabeza con su calidez.
El hedor era horrible. Pero el frío contuvo mis ganas de vomitar y pronto me habitué a aquella fetidez.
En la oscuridad de aquella tumba, suspiré y, estrechando el cuerpo de mi hermana entre las viscosas entrañas de la bestia, me abandoné al dulce sopor al que me había resistido hasta entonces.

CAUDIONA (5)

5.
—¿Tanto he cambiado, Braco, cómo me ves? —musitó mi hermana mientras aposentaba su mejilla sobre mi pecho.
—Eres mi hermana.
—Acabas de yacer conmigo, Braco. No puedes escudarte en nuestro parentesco.
—¿Por qué lo has buscado? —pregunté refiriéndome a nuestra unión incestuosa mientras peinaba entre mis dedos sus cabellos dorados.
—Te reconocí cuando os vimos desde el aire. Además, era la hora de cenar.
La miré confuso, sin entender.
—Nos alimentamos de vuestros fluidos. Por eso he querido que terminases sobre mi piel.
La miré torciendo los labios ante tal atrocidad contra la naturaleza. Por suerte no advirtió mi gesto o eso creí.
Se incorporó quedándose arrodillada a mi lado. Me miró con sus ojos pétreos.
—Escucha, Braco, tu compañero y tú debéis salir de aquí.
—No me iré sin ti —protesté—. Te lo dije antes. Somos ladrones. Bernilius ha venido a por el oro. Yo a por ti.
—Solo hay un lugar posible para mí, y es dentro de estos muros, con las mías. Escúchame bien: vamos a mataros esta noche, no nos gusta tener alimañas ladronas en casa. Debéis huir.
—No sin ti —repetí—. Prometí a nuestros padres que algún día te encontraría.
—Diles que me encontraste —dijo desviando la mirada—. Que me casé con un rico comerciante y vivo feliz y que les he dado muchos nietos. O que aún no me has encontrado, da igual. Invéntate lo que sea.
La tomé de los hombros y la obligué a mirarme.
—Caudiona. Nuestros padres están muertos.
—¿Qué dices?
La hablé de mi anterior rango en el ejército. De cómo supimos, yo y varios leales soldados, de las intenciones de mi señor Ifadión cuando quiso apropiarse de las tierras de unos campesinos para levantar un coto de caza. De cómo me interné en su palacio una noche y le enseñé el color de sus vísceras. De cómo su hermano Alcides le sustituyó y, al no apresarnos, se ensañó con nuestras familias. De cómo lloré cuando tuve que reunir los pedazos que habían sido los cuerpos de nuestro padre y nuestra madre sin saber a quién pertenecía cada uno y les di sepultura a escondidas.
Caudiona me miró durante todo mi relato sin parpadear, fijos sus ojos opacos en los míos.
—Vale —dijo tan solo.
Se levantó y se acercó a la palangana donde hundió varios dedos en el agua para luego removerla durante un tiempo que se me antojó demasiado extenso.
—Muy bien. Os traeré una bolsa de monedas. Os llevaré lejos, donde la nieve está más tierna. Tendréis suficiente dinero para divertiros durante un tiempo.
—Caudiona… —protesté.
—No, Braco —me cortó—. Parece que todavía no entiendes qué soy. Vivo rodeada de nigromantes, de echo soy uno de ellos. Vendemos nuestras artes al que mejor nos paga. Y ya está. Así es mi vida. Con la tuya haz lo que quieras.
—Nuestros padres…
—Los tuyos. Yo ya los olvidé hace tiempo. Utiliza el dinero para vengar su muerte o emborracharte a su salud.
—Te raptaron.
—El tiempo diluye y empequeñece aquel hecho. Me otorgaron dones que casi nadie valora. A tu modo de ver me transformaron en un ser indigno de vivir fuera de estos muros. Pero dentro de ellos soy alguien, sirvo para algo. Tú solo te apropias de lo ajeno, matas a inocentes y correteas por ahí mirando siempre detrás de tu espalda, atento a las sombras, suspicaz ante lo extraño. Y todo por encariñarte de unos campesinos que te recordaron a tus padres. Pobre Braco, de la noche a la mañana el general admirado es un vagabundo perseguido.
Quise responderla pero no me dejó.
—Cuenta hasta cien. Reúne a tu compañero y esperadme aquí. La muerte es la única recompensa que obtendréis si intentáis cualquier engaño.
Salió en silencio y dejó la puerta entornada.
Entré en la celda de Bernilius. La puerta también estaba entornada y lo encontré tumbado sobre el colchón. Su celda era igual a la mía. Aún sonreía y resoplaba satisfecho.
—Jamás imaginarías lo que me ha ocurrido —sonrió.
Le expliqué con detalle el plan que había urdido mi hermana.
—Si nos va a regalar una bolsa de monedas es porque la cantidad que tienen es tan grande que no echarán en falta esa porción. Tenemos que hacernos con más.
—Caudiona no bromea, Bernilius. Cojamos ese dinero y larguémonos de aquí. Ya te he dicho que saben de sobra lo qué somos. Y no son tímidos comerciantes o afeminados burgueses.
Bernilius me miró con desprecio.
—¿No ansías más cuando sabes que hay de sobra? Te conformas con muy poco, Braco. Tú ya tienes a tu hermana, vayamos a por lo mío.
—Me conformo con salir vivo de aquí. Ese dinero es el pago por olvidarme de ella para siempre.
Bernilius desvió su mirada hacia la ventana y fijó su mirada en el furioso temporal que se cernía fuera. Negó lentamente con la cabeza.
Caudiona entró en la estancia. Llevaba en sus brazos nuestra ropa y las armas.. Paseó su mirada por nuestros rostros y adivinó al instante el pensamiento de Bernilius.
—Vístete, Braco, nos vamos. Tu amigo quiere probar suerte. Él sabrá.
Me calcé las botas y me fui colocando la ropa ante la mirada divertida de Bernilius. Mi hermana también había traído su túnica de múltiples capas y el turbante. Se lo embozó hasta dejar solo visibles sus ojos opacos.
—Bernilius —rogué mientras me ajustaba el cinturón del que colgaba la vaina de la espada.
—Tu hermana tiene razón. Probaré suerte —fue todo lo que dijo por respuesta.
Caudiona y yo salimos de la celda dejando entornada la puerta. Sonrió mientras nos alejábamos.
—Nuestra marcha y la falta de un bicho de esos resultará extraña —la advertí mientras ascendíamos por las escaleras al piso superior—. Te castigarán por ayudarme a huir.
—Seremos rápidos —respondió lacónica—. Y tú servirás para propagar un mensaje: nadie nos roba y sale con vida de nuestros dominios.
—¿Bernilius sufrirá?
Caudiona se giró para mirarme y estrechó sus párpados. Debajo de la tela que cubría su cara supe que sonreía.
—Oh, sí, y espero que cuando vuelva me hayan dejado algo.

CAUDIONA (4)

4.
Accedimos a una amplia sala donde la bestia se tumbó y nos bajamos. El suelo era de piedra al igual que las paredes. Grandes bloques pétreos apilados sin argamasa y de abombados salientes constituían la amplia pared circular que delimitaba la estancia. Otras dos bestias como la nuestra se agazapaban en un extremo de la sala, con las alas plegadas y la mirada fija en nosotros. Un grupo de sirvientes se ocupaban de las bestias y varios de ellos acudieron hasta nosotros.
Un mecanismo de pesos y cadenas elevó el portón hasta que la gruesa madera crujió y chirrió al encajarse en la abertura. Una luz difusa que manaba del alto techo iluminaba tenuemente la estancia. El olor de aquellas bestias aladas hedía a azufre y grasa descompuesta.
Las jóvenes se despojaron de sus ropas quedando desnudas salvo unas tiras anchas y cortas que ocultaban su sexo y sus nalgas. Los sirvientes se hicieron cargo de las ropas en silencio.
Sus cuerpos desnudos estaban cubiertos por tatuajes compuestos de miles de líneas finas y oscuras surcando cada porción de su piel. Sus curvas moldeadas y sugerentes incitarían a guerras y batallas con un solo contoneo de sus carnes.
—Aquí dentro no necesitareis vuestras ropas invernales —dijo la que había tenido delante de mí durante el viaje. Dos sirvientes se acercaron hasta nosotros.
Lo cierto era que en aquella sala la temperatura era agradable, incluso bochornosa. Bernilius y yo nos deshicimos de las pieles pero conservamos el peto, los calzones y las armas. Las mujeres torcieron el gesto al advertir nuestras espadas colgando a la cintura.
—Podéis confiar en nosotras, no tenéis necesidad de portar armas en nuestra morada —dijo la otra joven, exhibiendo una franca sonrisa. Tenía el cabello negro como la brea y refulgente como el onyx. Caía sobre su espalda y pechos como una cascada de aceite espeso—. Os serán limpiadas y afiladas antes de vuestra partida.
No tuvimos más remedio que obedecer. Si no descortés, al menos sospechosa habría sido nuestra negativa a quedarnos indefensos. No deshicimos de nuestras armas que fueron recogidas con celeridad por los sirvientes.
La joven elevó los brazos sobre su cabeza y describió con ellos un arco. Al instante la estancia se iluminó con profusión a medida que sus brazos describían el semicírculo. La grandiosidad de aquella magia rivalizaba con la belleza de sus rostros. Los intrincados tatuajes inundaban sus caras con círculos, elipses y curvas apretadas resaltando sus facciones, arremolinándose en impúdicos meandros sobre sus ojos.
Era magia, sí. Estábamos a su merced, sí. Tragué saliva. Estábamos completamente a su merced. ¿Qué robo y qué secuestro habríamos de cometer sin ropa, sin armas? Nuestra condición de ratas aprisionadas se fue afianzando en mi mente.
—Caudiona —dijo la de cabello moreno a la otra joven, de larga y dorada melena—, enseña a nuestros invitados sus aposentos.
Bernilius y yo fuimos detrás de la joven hasta unas escaleras junto a la pared que descendían hacia el piso inferior.
El nombre no era común, pero bastaba para hacer dudar. Sin embargo, la pequeña cicatriz en su ceja derecha, residuo de una aparatosa caída de pequeña cuando jugaba a perseguirme, era incuestionable.
Caudiona, repetí en voz baja. Había penetrado y luego esparcido mi simiente durante el viaje sobre mi propia hermana.
Mi compañero no me escuchó. Iba más pendiente del contoneo de las nalgas de ella que de mi voz.
La joven, sin embargo, sí que oyó mis palabras y se volvió un instante para mirarme con curiosidad mientras bajábamos por los escalones.
En el piso inferior un pasillo longitudinal lo dividía en dos mitades. Estrechas puertas se sucedían a cada lado y la joven se detuvo entre dos de ellas.
—Estas serán vuestras habitaciones. Descansad de vuestro agotador viaje. Confío en que nos acompañéis después a la comida para relatarnos vuestros viajes. ¿Cómo os llamáis?
—Yo soy Ciro de Germanio —dijo Bernilius inclinándose, tomando la mano de Caudiona y besando su muñeca—, y mi compañero es Berio de Solemnios. A vuestro servicio, mi señora.
La joven se marchó dedicándome una mirada suspicaz. Estaba seguro que me había reconocido. Aun por la barba y las cicatrices, pocas personas conocí que rebasasen los dos metros de estatura.
Cerré la puerta tras de mí y contemplé mi habitación. Constaba de un sencillo colchón de paja, un taburete y una palangana llena de agua tibia. Las paredes eran de piedra caliza y un ventanuco cerrado dejaba entrever una ventisca furiosa que golpeaba con nieve espesa sobre el cristal.
Me acerqué a la puerta e intenté abrirla. Me fue imposible, estaba firmemente anclada a la pared.
Encerrados como ratas. Maldije con un gruñido la situación en las que nos encontrábamos. Sopesé la posibilidad de echar la puerta abajo a base de empujones pero deseché el plan. Más inteligente sería averiguar cuál era el mecanismo de apertura cuando saliésemos a comer.
Me acerqué al ventanuco y contemplé como la nieve iba cubriendo sin pausa el alféizar exterior de nieve.
No sé cuánto tiempo transcurrió pero escuché unos pasos lejanos que se acercaban. La puerta se abrió y mi hermana entró cerrando la puerta tras de sí en silencio. Apoyó en ella la espalda y me miró con aquellos ojos opacos. Estaba desnuda.
—Braco —susurró en voz baja.
Me levanté y fui hacia ella para abrazarla. Pero un gesto de su cabeza me hizo detenerme a mitad de camino.
—¿Qué habéis venido a hacer aquí? Apestáis a ladrones de lejos.
—Mi compañero ha venido en busca de oro, sí —confirmé sin pensarlo. Era mi hermana. Y, de todas formas, todos en aquella torre estarían enterados ya—. Yo solo he venido a por ti.
—¿A por mí? —sonrió Caudiona. Era una sonrisa burlona pero era la primera vez que la veía sonreír. Estaba ciertamente hermosa. Pero chasqueé la lengua de fastidio al ver como aquellas líneas negras surcaban su piel. La marca de lo oscuro, de lo indigno, de la hechicería.
Adivinó mis pensamientos y ensanchó su sonrisa.
—¿Qué ocurre, hermano mío, te disgusta en qué se ha convertido tu desamparada hermanita pequeña?
—Estás… estás… —tragué saliva y di un paso atrás—. ¿Te jactas de ser lo que eres?
Se acercó hacia mí, alzando la cabeza para mirarme a los ojos. Me di cuenta, por primera vez, que la opacidad de los suyos se asemejaba a la del basalto. Era imposible no turbarse ante aquellos párpados lubricando sus ojos de piedra cada parpadeo.
—¿De ser qué? —preguntó relamiéndose los labios. Colocó sus manos a su espalda e inspiró hondo, sacando pecho, con altanería—. Venga, dilo, hermano mayor, dilo para que pueda oírte. Que estas paredes blancas sean el eco de tus palabras.
—Una sierva de lo oscuro —susurré dando otro paso hacia atrás.
Tropecé con el colchón y caí sobre él de espaldas. Caudiona se abalanzó rauda sobre mí, arrodillándose sobre mi vientre. Su lengua rosada se internó entre el vello de la garganta y ascendió por el mentón hasta llegar a mis labios entreabiertos que sorteó ascendiendo por mi mejilla hasta llegar a mi entrecejo. Su aliento era penetrante y olía a sangre fresca.
Yo, Braco, general del ejército del noble Ifadión, con cientos de muertes cargando sobre mis hombros incluida la de mi propio señor, ahora me veía desvalido y acobardado ante la lúbrica lengua de una joven hechicera. Podría apresar su fino cuello con una mano y apretar hasta que sus frágiles huesos crujiesen, sintiendo bajo la palma de mi mano como su garganta se quebraba. El mundo sería un poco mejor. Cualquiera me lo agradecería. No importaba que fuese mi hermana.
En cambio, apresé su pequeña cabeza con una mano, atraje sus labios a los míos y deslicé mi otra mano hacia la hendidura que sus nalgas ocultaban.