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domingo, 9 de mayo de 2010

PORNÉ (3)


Llamé a Soraya con el móvil, presionando las teclas con dedos temblorosos, dominada por un estado de nervios creciente.
Por fortuna contestó al cabo de pocos segundos.
-¿Pero dónde estás, Bea? –preguntó algo molesta. Se oía de fondo una música atronadora y gente vociferando. El sonido se entrecortaba, quizás hubiese mala cobertura en la discoteca.
-En casa, aún. Oye, Soraya, ¿aún estáis en el Aresia? –grité.
-¿Qué dices, Bea? Casi no te oigo.
-¡Que si aún estáis en la disco! -chillé al móvil, desgañitándome.
-Sí, claro, ¿dónde si no? El dueño nos ha invitado… -un fuerte pitido me impidió escuchar parte de lo que decía, solo acerté a oír el final de la frase- …preguntado por ti, no sé cómo, la verdad.
¿Qué el dueño ha preguntado por mí? ¿Eso había querido decir Soraya? Joder con la puta cobertura. Era frustrante.
-¡Salir de allí cagando leches, Soraya! ¿Me escuchas? ¡Cagando leches!
-¿Qué dices, Bea? No se te entiende… -otro pitido.
Cogí aire y me dispuse a gritar como nunca antes lo había hecho.
Y entonces, un sonido entrecortado sustituyó a la voz de mi amiga. La llamada se había cortado. Miré el móvil con cara extrañada. No me creía que este cacharro me hubiese hecho una putada semejante.
-¡Joder! –Grité asustada- ¡Joder, joder, joder!
Me vestí de inmediato.
Para darme cuenta tras cuatro pantalones y dos sujetadores que mi nuevo cuerpo no cabía en la ropa que tenía.
-¡A la mierda, joder! –me dije colocándome la túnica que tenía en el suelo, junto al armario, ciñéndomela con los broches que Hímero me había rogado que no descuidase. Lo que menos me importaba ahora era parecer una furcia. Si no me equivocaba, el nombre de la discoteca, Aresia, tenía algo que ver con el tal Ares que Hímero me había dicho. Y, por la poca conversación que sostuve con Soraya, me imaginaba que a quien estaban buscando en la disco era a mí. No creo que mis amigas les importasen demasiado. Sabía que esto iba en serio. Secuestro, amenazas, violación, muerte. Ya había vivido todo ello muy de cerca en la carretera.
Aunque algo me inquietó al pensar en el taxista. Éste dijo que me llevaba hasta alguien que me requería. Pero no iba a la discoteca; salió de la ciudad, más bien.
¿Es que me buscaban varios? ¿Y, en ese caso, quiénes eran?
Ni me planteé que lo de la disco fuese una paranoia mía. Prefería quedar como una loca que pensar que era la causante de que algo malo les ocurriese a mis amigas.
Soraya, Maite, Virginia y María. Todas ellas, si no andaba desencaminada, estaban en un grave peligro.
Me puse encima una gabardina de color marrón tostado con los puños deshilachados y dos botones casi descosidos (¡y mi madre quería tirármela cuando la vio!) que ceñí a mi cintura con el cinto. Me calcé unas sandalias anaranjadas de tacón bajo y tiras entrecruzadas que se sujetaban sobre mis espinillas y, tras coger el bolso, salí a la calle a coger el bus urbano.
Porque el taxi era ya una palabra prohibida en mi vocabulario, faltaría más.
Eran ya casi las doce de la noche. Esperaba que aún hubiese algún autobús circulando a estas horas. Cuando llegué a la parada, casi al trote, suspiré aliviada al ver a una pareja esperar sentados en los asientos de la marquesina.
Eran mis vecinos de arriba. Alex y Sofía. Tendrían mi edad, unos veintipocos, más o menos. Hacía poco que a él se le había acabado el paro y ella nunca había trabajado. Lo estaban pasando bastante mal. Sus discusiones eran frecuentes, a todas horas, y las voces y llantos que me llegaban eran lo suficientemente fuertes como para menar la cabeza y maldecir la puta crisis que había dejado sin trabajo a un sinfín de personas. La hipoteca, el coche, la comida, su bebé que estaba en camino, sus padres… bueno, una suma de despropósitos. Cuando nos veíamos en el portal nos saludábamos y poco más. Porque ellos sabían que yo lo sabía. Y los tres queríamos dar a entender que no sabíamos nada.
-Hola –les dije al llegar. Estaba un poco sofocada por el ritmo al caminar que había llevado para llegar a la parada. Sólo me faltaba que hubiese perdido el autobús.
Alex respondió a mi saludo con un gesto de la cabeza y una sonrisa forzada y Sofía me miró de arriba a abajo respondiéndome con otro hola. Me miraban extrañados, como si no me conocieran. Entonces recordé el nuevo cuerpo que vestía. Ni yo misma me hubiese reconocido.
-¿Sabéis si ha pasado ya el último autobús? –les pregunté mientras me sentaba junto a Alex.
Éste me seguía mirando extrañado. Le sonaba mi cara, pero no la asociaba a su vecina de abajo. Noté una curiosidad masculina en sus ojos al recorrer mi cuerpo y fijarse en la larga cabellera que había colocado sobre mi regazo.
-Hace pocos minutos. El nocturno llegará en media hora –dijo Sofía. Ella sí que parecía haberme reconocido, pero se la notaba que no quería preguntarme para cerciorarse.
Chasqueé la lengua con pesar. Debía de pensar en una alternativa. Tenía que llegar a la discoteca lo antes posible. Una melodía en mi bolso me distrajo.
Sonaba el móvil. Era Soraya. Supongo que Alex y Sofía ya se habrían dado cuenta que realmente era yo: tengo un tono de llamada inconfundible: un tronar de tambores y timbales.
-Bea, ¿dónde estás, cariño? Te estamos… esperando –su voz sonaba calmada y sosegada, pero falsa. No se escuchaba el estridente sonido de la música ni de la gente en la discoteca. Más bien había un silencio sepulcral, discordante. Además, utilizaba un tono de voz que no había oído nunca.
Me asusté. De veras que me asusté. El corazón comenzó a latirme encabritado (pobre corazón mío, la de disgustos que le estaba dando en tan poco tiempo).
-Pásamelo, anda –dije con voz cansada, pero alterada. El juego se había acabado sin empezar. Tampoco era tan estúpida.
Hubo un silencio. La respiración de mi amiga se aceleró. Su aliento provocaba en el móvil un cascarilleo cacofónico. Un sollozo lejano se dejó oír. Creí escuchar un golpe y luego un grito contenido.
Alex y Sofía cuchicheaban a mi lado. Supongo que debido al estado de nervios que mi rostro reflejaba.
-Beatriz, lo… -respondió mi amiga con voz rota, a punto de echarse a llorar.
“¡Trae acá!”, oí de fondo. Luego otros golpes amortiguados por la lejanía y varios llantos difuminados, mientras el móvil cambiaba de mano. El corazón empezó a latirme sin control. Bajé la cabeza, cerré los ojos y me froté las sienes con el pulgar y el índice.
-Ya sabes dónde estamos. No tardes, Porné –dijo una voz aguda y penetrante que me hizo apretar los párpados con fuerza -. No tardes, por su bien.
La llamada se cortó en medio de un chillido de fondo desgarrador, inhumano, demencial, que me hizo dar un brinco en el asiento de la marquesina. El móvil casi se me resbala de los dedos.
Una lágrima me fue recorriendo la mejilla mientras miraba la pantalla del móvil con ojos cuajados de lágrimas que amenazaban con rebosar de mis párpados. Los labios me temblaban, mi mentón se arrugó en un marchitar de angustia.
-¿Estás bien? –preguntó Alex a mi lado.
Los miré incapaz de impedir que las lágrimas surcaran mi cara y los mocos afloraran en mi labio superior.
-¿Te pasa algo, Beatriz? –preguntó Sofía levantándose y acuclillándose frente a mí, lo cual se la hizo difícil, al tener ya una barriga prominente; estaba de unos cinco meses, me habían invitado a su casa a tomar un refresco cuando lo supieron, para celebrarlo. Y ahora…
Me sequé las lágrimas y los mocos con la manga de la gabardina.
-Tenéis que ayudarme, por favor –les pedí.
-¿Qué ocurre? –preguntó Alex.
-¿Podéis llevarme en coche, por favor? –les pregunté mientras buscaba en vano en los amplios bolsos de la gabardina un pañuelo. Por fortuna, apareció un paquete entero de pañuelos de papel en un bolsillo en el que acababa de meter la mano encontrándolo vacío -. De verdad que os necesito, creedme.
Sofía miró a Alex preguntándole. Éste, tras mirarla con cara gris, se encogió de hombros.
-No tenemos gasolina –dijo Sofía con un gran pesar expresado en su rostro-. Además, en realidad ya no tenemos ni coche, el banco vendrá a recogerlo el lunes.
-Yo os pago la gasolina –dije solucionando el problema.
Pero Sofía no cambió el matiz de su cara ni Alex se movió.
-Por favor –supliqué con la cara cubierta de lágrimas y los mocos escapando por la comisura de los labios. Cogí de las manos a Sofía-. Os necesito, de verdad, no me hagáis esto. Por favor.
Sofía miró a Alex y éste, bajando la cabeza y posando su mirada en los pies, se metió las manos en los bolsillos del pantalón, negando con la cabeza.
-Qué pollas -susurró en voz baja-. Vamos a llevarla, que para lo que hacemos aquí, cualquier cosa es mejor.
Se levantó y sacó del bolsillo las llaves del automóvil. Ayudé a poner de pie a Sofía mientras la agradecía de corazón con una sonrisa su ayuda. Sus manos se me antojaron delicadas, sus dedos finos y sensuales. Sus nudillos destacaban en el dorso de sus manos con un rosa anaranjado que me impulsó de inmediato a morderlos y sentir el hueso con mi lengua.
-Además –dijo Alex, interrumpiendo mis pensamientos, mientras caminábamos hacia el garaje donde tenían aparcado el coche-, malditas sean las ganas que tengo de dárselo al puto banco tan pronto. Me dan ganas de darme una vuelta hasta Francia, abandonarlo por allí, y que le den por culo al banco.
Camina delante de nosotras, yo tenía cogida del brazo a Sofía, apretándola el brazo, sintiendo la piel fina de su muñeca muy cerca, con su calor corporal inflamando mi deseo.
-Eso, que les jodan- continuó Alex como escuchando a otra persona y aseverando lo que decía.
Mientras esperábamos a la puerta del garaje, bajo una farola de luz anaranjada a que Alex sacase el coche, Sofía y yo nos sonreímos. Las dos estábamos algo nerviosas. Me fijé en su aspecto: vestía un traje corto con tirantes anchos, un recogido en la cintura y una falda holgada abombada por su tripa hinchada. Un vestido algo pasado de moda, que sin embargo realzaban las curvas sinuosas y pronunciadas de su cuerpo. Sus pechos, hinchados por el embarazo, ceñían la tela a su pecho con fuerza, voluptuosos. Un collar de abalorios de madera decoraba su cuello y unos pendientes con forma de delfín lucían en sus orejas. Sofía era una chica de mi estatura, de cara redonda y mentón pronunciado; más de una vez pensé en cortarme el pelo imitándola, pero lo deseché: llevaba el cabello negro liso y corto, cortado a cazuela a la altura de su nuca, con dos puntas sobresaliendo oblicuas siguiendo el contorno de su mandíbula, y despidiendo destellos ambarinos reflejando la luz de la farola que teníamos encima. Tenía una nariz fina, perforada con una diminuta anilla dorada en una aleta de la nariz y unos labios gruesos y pintados de rojo bermellón. Sus grandes ojos verdes, con una dosis generosa de sombra oscura y rímel resultaban seductores y difícilmente podía sustraer la vista de ellos. Supongo que estaba resultando algo grosera al mirarla de aquella manera.
Porque Sofía me estaba provocando un cosquilleo inexplicable en mi interior. Era nerviosismo, era un arrebato impulsivo de agarrarla y besarla con pasión, de sentir su pelo entre mis dedos, de espachurrar su carne contra la mía, de oír sus jadeos y escuchar su respiración agitada. Aspiré con disimulo su aroma. Olía a una fragancia sutil pero intensa, que emanaba del escote de su vestido y de sus hombros. De sus axilas. De su vientre hinchado.
Y de su garganta. Sofía tenía un cuello estilizado debido al corte de pelo que tenía. Una pelusilla oscura discurría por su nuca. La piel tostada de su cuello se tornaba blanquecina en su garganta, muy fina. Su tráquea se adivinaba sin tapujos, al alcance de mis labios, de mi lengua, de mi saliva. Su fina piel se puso en movimiento y su tráquea se agitó cuando tragó saliva.
No pude reprimir un suspiro, que no sonó a congoja o temor. Era deseo.
Sofía se cruzó de brazos, realzando su pecho, mirando mi abrigo que desentonaba en junio en una noche algo bochornosa.
-¿Estás resfriada? Lo digo por la gabardina –preguntó.
Sonreí algo azorada, pero aún encadenada a su rostro. Sus labios, al hablar, provocaban pequeños hilillos de saliva entre ellos. No sé qué me pasaba, pero estaba sintiendo un impulso irrefrenable de besar aquella carne pintada de carmín y hundir mi lengua en su interior para atrapar la viscosidad que había entre sus labios y los dientes.
No podía resistirme a aquél rostro. Sofía me estaba provocando, sin ella saberlo. Me llamaba, me incitaba. Estaba excitada sin remedio, perdidamente enamorada de su cuerpo.
-Sofía… -dije con voz sensual, carente de amabilidad o cortesía. Supe lo que me ocurría al empezar a hablar: lo mío era codicia insana por poseerla.
Se ruborizó bajando la mirada. Aún la tenía agarrada del codo y deslicé la mano por su brazo, sintiendo sus latidos enardecidos en mi pulgar al llegar a la fina piel de la sangradura, y descendiendo más abajo, rozando el fino vello de su antebrazo, llegando a la suave piel de la muñeca.
Pero mírala, me dije, ansiosa por estrecharla entre mis brazos, me lo está pidiendo a gritos, me importa un huevo que esté casada y que yo no sea lesbiana. ¿O sí lo soy? ¡Qué más da! Me da igual que Alex aparezca de un momento a otro. Me importa un huevo el destino de mis amigas, no me incumbe. Sólo quiero hundir mis dedos en su cabello y recorrer con la punta de mi lengua la piel aterciopelada de su garganta, sintiendo los huesos de su tráquea tragar bajo mis labios.
Me acerqué a Sofía dando un paso, colocándome enfrente de ella. Nuestros pechos henchidos se aplastaron entre sí y su barriga inflada presionaba la mía. Intentó dar un paso atrás. No se lo permití, la agarré de los hombros sintiendo su piel tibia entre mis dedos, palpando con mis pulgares el hueso del hombro bajo su carne temblorosa. Sus ojos se revolvieron inquietos, inquirentes. Su respiración se agitó y sentí el aliento caliente y seco de sus labios entreabiertos sobre mi mentón. No pude resistirme, necesitaba saber a qué sabían esos labios, qué gusto tenía su saliva, cuán fuerte podía latir su corazón. Atrapé con mis dientes su labio inferior sintiendo el gusto del pintalabios sobre mi lengua. Nuestros mentones tocándose, nuestros ojos brillantes enfrentados. La carne de su labio era mullida, excitante, atrayente. Tenía el interior del labio húmedo de saliva y candente, igual que su hálito sobre mi nariz. Me excitaba, me atraía. Sofía me estaba matando de pasión y deseo.
Yo respiraba por la nariz con desorden, sin dejar que nuestros ojos bailasen, fijos los suyos en los míos. Sus párpados cayeron lánguidos y su mirada se tornó vidriosa. Deslicé una mano por su mejilla, internándola en su cabello, sintiendo sus mechones fluir por entre mis dedos, apreciando el aumento de calor y color en sus orejas. Ahuequé mi mano detrás de su cabeza y la besé con suavidad en los labios. Sus manos asieron mi espalda y estampó sus pechos sobre los míos con decisión. Sus labios correspondieron entreabriéndose y una lengua, en absoluto tímida, se internó en mi interior. Era húmeda, de saliva ardiente, juguetona, vivaracha. Hundí mis uñas en su cabello e interné una pierna entre las suyas, haciendo que mi muslo desnudo subiese su falda, sintiendo un aumento de calor a medida que la parte superior de mi pierna se acercaba a su sexo.
Descendieron mis labios hasta su mentón, siguiendo la línea de su mandíbula, apartando con la nariz la punta oblicua donde terminaba su cabello, encontrando la depresión entre el final de la mandíbula y el inicio de su oreja. Una fina pelusilla erecta fue el blanco de mis caricias con la lengua, del roce de mis labios. Su lóbulo se inflamó ardiente posado sobre mi mejilla, sintiendo el roce de su pendiente en forma de delfín sobre mi piel.
-Mmm… -gimió Sofía cerrando los ojos, cuando mi otra mano se posó sobre su garganta, sintiendo bajo mi palma el relieve de su tráquea, de los músculos de su cuello en tensión, de su clavícula sobre mi muñeca. Tragó saliva mientras la mía discurría en gruesas gotas por su cuello.
De reojo vislumbré un paisaje diferente. Ya no nos encontrábamos de noche, debajo de una farola, a las puertas de un garaje de donde Alex saldría con el coche de un momento a otro.
Una pradera verdeada sin fin se abría ante nosotros ondulada y un sol anaranjado se posaba indolente en el horizonte, desparramando un fulgor anaranjado sobre un cielo oscuro.
Tendí a Sofía boca arriba con cuidado sobre el césped, bajo mis brazos, preocupándome por el bebé que se gestaba en su vientre. Las briznas de verde enmarcaban su cabello negro y la silueta de su cuerpo, y yo estaba arrodillada, con mi rodilla levantando la falda de su vestido, descubriendo la piel desnuda de sus muslos, mi piel a pocos centímetros de su sexo.
Me está empezando a gustar esto de ser la tal Porné, pensé mientras me inclinaba hacia ella, aspirando su aliento encendido y frenético.
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